Beata María Dolorosa de Brabante (María la Miserable), virgen y mártir

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Estampa contemporánea de la Beata María la Miserable.

Estampa contemporánea de la Beata María la Miserable.

Pregunta: ¿Qué me podrían decir de la Beata María Dolorosa de Brabante? (1290). Gracias

Respuesta: La historia de esta mártir medieval es tan curiosa y particular, que bien merece un artículo. Conocemos a esta joven mártir de la castidad, que vivió en el siglo XIII, gracias a una biografía contemporánea, de autor desconocido, pero que los bolandistas Henshens y Papebroech publicaron en las “Acta SS. Iunii” de la Analecta Bollandista, dándole total y absoluta credibilidad.

Según este documento, María nació en Woluwe, en la región de Brabante, cerca de Bruselas, en un año desconocido de la segunda mitad del siglo XIII, en el seno de una familia muy humilde, pero de intensa actividad espiritual. Siendo muy joven, decidió renunciar al mundo para dedicarse totalmente a Dios, haciendo votos de pobreza y de castidad. Vivía de limosnas, miserablemente (de ahí, quizá, el hecho de que sea popularmente conocida como Marie la Misérable), en una especie de voluntaria segregación, en una capillita suburbana dedicada a la Virgen. Había solicitado y obtenido permiso de sus padres para retirarse en esta vida de solitaria, muy similar a otras prácticas de consagración devota de la época -caso de las célebres “emparedadas”- y, aunque ella no era una emparedada propiamente dicha, hacía vida solitaria en una casucha pobre adyacente a esta iglesia mariana, sirviendo al culto de la Virgen, de la cual había recibido su nombre. Fueron muchos años los que se dedicó a la oración y a la penitencia en este entorno, sobreviviendo únicamente con las limosnas que los piadosos lugareños, admirados por su vida, le daban para subsistir.

Sin embargo, pasado este tiempo, un jovenzuelo del lugar, llevado por la lujuria, intentó seducirla, pero ella lo rechazó decididamente; por lo que él preparó un “plan diabólico” para conseguir sus deseos. “El diablo”, dice la biografía de la Beata, “estaba celoso de sus virtudes, y excitando la pasión del hombre perverso, quería hundirlos a ambos en el cieno del vicio y destruir la santidad que la piadosa María había construido, pero sólo consiguió dar a la Iglesia de Jesucristo una mártir más, y poco después, otro ejemplo del poder de intercesión de los Santos ante Dios”.

En fin, el despechado joven, sabiendo que María frecuentaba la casa de un hombre piadoso que la recibía con grandes honores, impresionado por su fama de santidad y para pedirle que rezase por sus hijos, sustrajo de la casa de este benefactor de la joven un cáliz de plata, que posteriormente, no se sabe cómo, consiguió meter dentro de la espuerta que ella llevaba cuando pedía limosnas. La muchacha se llevó a su casa, sin darse cuenta, su bolsa llena de comida y entre ellas, la copa de plata; que los habitantes de la casa buscaron infructuosamente, apenas notaron su falta.

Retablo de la Virgen Dolorosa con episodios de la vida de la Beata a su alrededor: oración, limosna, calumnia, arresto, martirio y curación del calumniador.

Retablo de la Virgen Dolorosa con episodios de la vida de la Beata a su alrededor: oración, limosna, calumnia, arresto, martirio y curación del calumniador.

Posteriormente, el joven visitó de nuevo a María y la coaccionó con delatarla como ladrona del cáliz, si ella no accedía a los requerimientos sexuales que él le había pedido. Ella, después del horror inicial que la amenaza le causó, se repuso y respondió: “Prefiero morir mil veces antes que consentir lo que me ofreces”. El chico insistió, diciendo que la llevaría ante los jueces de la ciudad, a lo que ella respondió: “Estaría muy mal por tu parte que entregaras a una inocente al peligro de muerte, pues soy perfectamente consciente de que no he cometido este robo”. Entonces, el muchacho tomó el saco de las limosnas de María, sacó de ella el cáliz y lo puso ante sus ojos, diciendo: “Ahora tienes un testigo ocular que declarará contra ti, haz lo que te pido y no te entregaré a la justicia, ni te ocurrirá nada malo”. Ella, no pudiendo creer lo que veía ni entender cómo había llegado el cáliz a su bolsa de limosnas, lo dejó todo en manos de Dios y, con una enérgica e indignada negativa, ahuyentó al tentador.

Este muchacho, en efecto, cumplió su amenaza, acusándola de robo ante el burgomaestre de la ciudad, ante el cual presentó la copa robada y concluyó su acusación diciendo: “Así pues, esta mujer es una hechicera que embruja a los hombres, yo mismo me he visto fascinado por sus artificios y seducciones, de suerte que ya no puedo comer, ni beber, ni descansar”. El juez, que como todos en la ciudad, conocía a María y sabía de su virtuosa e intachable vida, no quería dar crédito a la acusación del joven, pero él siguió presentando la copa como prueba del robo, sosteniendo la acusación con tanta insistencia que, aunque la joven gozaba de gran estima por parte de todos, fue arrestada.

Estatua de la Beata en su capilla de Woluwe, en su iconografía más habitual: portando su alforja para limosnas.

Estatua de la Beata en su capilla de Woluwe, en su iconografía más habitual: portando su alforja para limosnas.

Cuando fueron a por ella, la muchacha, previsora, había llamado a sus padres y les había referido lo acontecido. Ellos, creyendo en su inocencia, la animaron a ponerse en manos de Dios y de la Virgen. Al ver llegar al juez y al acusador a la puerta del hogar, los padres se pusieron a defender apasionadamente a su hija, pero la respuesta que recibieron es que era necesario celebrar un juicio, por lo que María fue arrestada, atada y metida en prisión. Ella derramaba abundantes lágrimas al ver la consternación y sufrimiento de sus padres, más que por ella misma, y las gentes del lugar, al verla pasar atada y sollozando de pesar, le dieron el sobrenombre de “Dolorosa”. Después de pasar un tiempo en prisión, fue llevada al tribunal e interrogada. “Es cierto, admitió ella, que esta copa ha sido hallada en mi bolsa, pero ha sido colocada allí por otra persona, sin que yo tuviese conocimiento de ello”. Al oír esto, su acusador se puso en pie e hizo ver al juez cómo ella, maliciosamente, buscaba librarse de toda culpabilidad y cargar con ella a otra persona. Dada la obstinación del acusador, el juez consideró que la joven era culpable y la condenó al horrible castigo que se les infringía a los ladrones: ser enterrada viva. En aquella época, y especialmente en entornos locales, el robo era considerado un crimen que merecía la pena de muerte, y ésta debía ejecutarse cuanto antes. María ya no lloraba, sino que oyó la sentencia con calma y resignación, dejando a Dios el demostrar su inocencia.

El día llegaba a su final cuando fue conducida fuera de la ciudad, al lugar del suplicio. Cuando pasaba cerca de la capillita de la Virgen, donde ella había vivido sola dedicada al amor a la Virgen y a Dios, pidió la dejaran entrar para hacer oración. Puesta de rodillas, oró tan fervorosamente, afligida por aquel dolor que padecía injustamente, que el Señor y la Virgen se le aparecieron para socorrerla en aquella terrible prueba. Oró por todos aquellos que querían verla sufrir, por su acusador, implorando a Dios que lo perdonara y por todos aquellos que se acordasen de ella en el futuro al visitar aquella capilla. Y finalmente, oró por ella misma, para que fuese digna de recibir la doble corona de virgen y de mártir.

Habiendo llegado al lugar del suplicio, ante una muchedumbre que lloraba por ella, fue atada de pies y manos por el verdugo, y éste empezó a cavar un hoyo en el suelo. Cuando lo hubo terminado, y en medio de las lágrimas y lamentos de la multitud, el verdugo se volvió hacia ella y le dijo: “María, intercede por mí ante Dios, te lo suplico.” Ella respondió: “Ruego a Dios que os perdone lo que vais a hacer, así como vuestros demás pecados. Perdono también, de todo corazón, a los que me han ofendido con sus palabras y sus actos, y estoy dispuesta a pedir por ellos ante Dios misericordioso” [1]. Entre la multitud que observaba estaba el calumniador de la joven, mirándolo todo con ojos secos, sin derramar una lágrima. Entonces, el verdugo tomó en brazos a la muchacha, la colocó en el hoyo y la cubrió con tierra, sepultándola viva. A continuación, el verdugo tomó una estaca grande, de forma cuadrangular pero acabada en una afilada punta, colocó la punta sobre el cuerpo de María y entonces tres matones lo hundieron, atravesándola por completo, mientras se sucedían por turnos, pegándole martillazos. Así terminó la vida de la joven.

Detalle del martirio de la Beata -enterrada viva y atravesada por una estaca- en el retablo de la Virgen Dolorosa en Woluwe, Bélgica.

Detalle del martirio de la Beata -enterrada viva y atravesada por una estaca- en el retablo de la Virgen Dolorosa en Woluwe, Bélgica.

La inocencia de esta joven mártir de la castidad se reveló de forma inmediata: el acusador que había asistido impasible al suplicio, pocas horas después, ya de vuelta en su casa, empezó a contorsionarse y a aullar, a tener visiones horribles, presa de una posesión demoníaca en la que estuvo atrapado por espacio de siete años. Tuvieron que atarlo de manos y pies para evitar que pusiera fin a su vida. Y para nada sirvió el que lo llevaran a diversos santuarios a fin de que se curase. No obtuvo la liberación hasta que fue llevado ante el sepulcro de su víctima y en aquel instante fue milagrosamente curado, ante la pasmada muchedumbre que, de inmediato, hizo sonar las campanas en honor a la intercesión de la Virgen María y de la Beata María, la Dolorosa. El joven, entonces, confesó el crimen y la calumnia que había provocado la muerte de la joven virgen, maravillando a todo el mundo por la eficacia de la justicia divina, donde la humana había fallado.

El cuerpo de la mártir fue sepultado entonces en aquella pequeña iglesia de Santa María que era tan querida para ella, y empezaron a prodigarse los milagros gracias a su intercesión, todos recogidos por su biógrafo. Posteriormente, el cuerpo fue llevado a la iglesia parroquial de San Pedro, donde actualmente recibe culto a nivel local.

El martirio de la Beata ocurrió el día 18 de junio del año 1290, sin embargo, su fiesta se celebra un día antes. En su honor, en la parroquia de su pueblo natal, se constituyó una Confraternidad. Su culto es antiquísimo, siendo aprobado mediante la concesión de indulgencias por parte de doce obispos en Avignon en el año 1363.

Pequeña imagen de la Beata en la hornacina de su capilla en Woluwe, Bélgica.

Pequeña imagen de la Beata en la hornacina de su capilla en Woluwe, Bélgica.

La Beata María la Dolorosa, María la Miserable de Brabante, es una de esas mártires medievales que mueren en defensa de su castidad, mártires de la pureza antes de que este término fuese acuñado; como es el caso de otras como la Beata Margarita de Lovaina, Santa Solangia de Bourges, y muchas otras. En su caso, el componente de calumnia -tal y como pasara con Santa Iria de Portugal– se añade a las razones de su muerte, bajo falsa acusación de robo y brujería. La terrible sentencia a la que fue condenada -ser enterrada viva y rematada siendo atravesada por una estaca- contrasta con la dulzura y mansedumbre con que aceptó su injusto destino, sin por ello defenderse salvo negando las acusaciones y, ante todo, no queriendo acusar ni delatar a quien realmente era responsable del robo, y de su propia muerte.

Siendo un culto muy local, esta Beata mártir es apenas conocida fuera de su entorno y las representaciones artísticas son bien escasas, limitándose a la imagen de una muchacha con velo y portando su alforja para limosnas; o, en ocasiones, sosteniendo la estaca que fue instrumento de su martirio o junto a su querida capilla de Woluwe. A menudo se la puede confundir con una advocación de Nuestra Señora de los Dolores, especialmente por lo que respecta a su nombre.

Meldelen

Bibliografía:
– VVAA, Bibliotheca Sanctorum: Enciclopedia dei Santi, Ed. Città Nuova, Roma.

Enlace consultado (29/06/2013):
– http://home.scarlet.be/amdg/oldies/sankt/marie-woluwe.html


[1] Era tradición que los verdugos pidiesen perdón a los reos de muerte por lo que se veían obligados, por profesión, a hacerles. También era bien visto que los reos perdonasen a sus verdugos, pues todos entendían que se hacía por trabajo, no por placer.

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