Beata Prudència Cañellas Ginesta: hospitalidad a precio de sangre

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía de la Beata en los años de su juventud.

He querido parafrasear la expresión del hermano Manuel Soler Palà, M.SS.CC. -en el título del presente artículo- porque no existe mejor descripción para describir la causa del martirio de la mujer de la que hablaré hoy: una mujer increíble, única, admirable, espejo en el que todos deberíamos mirarnos. Hablo de Prudència Cañellas Ginesta, una viuda catalana que, en el marco de la Guerra Civil Española (1936-1939) ofreció refugio y alimento a sacerdotes perseguidos, y por ello la mataron, convirtiéndola en una auténtica mártir de la caridad. Aunque es conmemorada junto a sus compañeros de martirio –siete personas, dos sacerdotes, dos religiosas y dos laicos, aparte de ella misma-; los mártires del Coll (Barcelona), hoy hablaré únicamente de ella, dejando a las dos religiosas –la Beata Caterina Caldés y la Beata Miquela Rullan- para otra ocasión.

Prudència era, a primera vista, una mujer normal y corriente. Quienes la conocieron decían que tenia el geni curt, esto es, que adolecía de un carácter explosivo, cosa que le venía de familia. Sin embargo, era caritativa y compasiva con los males del prójimo. Por ello pertenecía a las Conferencias de San Vicente de Paúl y en particular a la Cofradía de la visita domiciliaria; por lo que visitaba a menudo a las personas necesitadas y pedía recursos con los que poder atenderlas.
Al proceder de una familia económicamente holgada y por tanto, no estar atada a horarios estrictos de trabajo, pudo disponer de mucho tiempo libre para dedicarlo a sus actitivades catequéticas y caritativas, así como a la práctica asidua de la fe. Heredó un inmueble llamado la Torre Alzina –escenario de su postrer heroísmo- de una tía suya, de la cual también recibió un negocio de corte y confección.

A pesar de su genio vivo, generalmente era de carácter afable y siempre comunicativo, dicharachera con la gente de su alrededor y dispuesta a participar en las fiestas locales y a animar a todos a que se unieran. Era molt trempada, dijeron de ella, muy alegre y vital. Siendo joven se dirigía con su hermana Maria, mayor que ella, a impartir catequesis en los barrios más desfavorecidos de Barcelona.

La vida le deparó decepciones en el amor. El primer joven por el que se interesó la rechazó al sentirse comprometido a cuidar de dos hermanas menores que tenía, enfermas mentales. La decepción la impulsó a buscar el matrimonio de una forma un tanto precipitada y así se fijó en quien sería su futuro marido, Ezequiel Aguadé Soler. Él estaba enfermo de tuberculosis y ya por aquel entonces escupía sangre; y además, la propia Prudència reconoció en privado que no estaba enamorada de él. Aún así, se empeñó en casarse con él. Ante esta extraña cabezonería de la muchacha, su tía exclamó contrariada: Quan una xicota té desitjos de casar-se, ho faria fins i tot amb una granera! [1]
En fin, que Prudència se casó con Ezequiel y dedicó su vida a cuidar de él, con toda dedicación y exquisitez. No era el amor carnal, sino otro tipo de amor, el que le había unido a él; y así, con el tiempo, la misma Prudència llegaría a confesar, sorprendida, que había llegado a amarlo con auténtico delirio. Él, acrisolado en aquella larga y penosa enfermedad, apenas había querido interesarse por las cuestiones de la fe. Pero años después, cuando falleció, era ya un cristiano ejemplar y recibió devotamente los sacramentos antes de morir. La explicación de esto la dio él mismo hablando de su esposa: Prudència sembla un àngel de la guarda. Un ángel cuyo ejemplo le había convertido.

Vista de Barcelona desde el lugar de la ejecución. Lo último que vio la Beata antes de morir.

Ella pues, queda viuda, pero su corazón y su alma gigantes todavía tenían mucho que dar. Siguió dedicada a sus obras de apostolado y caridad, como siempre había hecho, hasta el estallido de la Guerra Civil y la llegada de la prueba. En el marco de persecución, caza y asesinato de religiosos, sacerdotes y laicos creyentes, llega a oídos de Prudència que dos sacerdotes perseguidos, Simó Reynes y Miquel Pons, además del hermano Francesc Mayol, Misionero de los Sagrados Corazones; se han refugiado en la tienda de comestibles El Pagès, cerca del Santuario del Coll, en una zona patrullada día y noche por milicianos que deambulaban día y noche buscando a los clérigos. Viendo el riesgo que corrían, sin dudarlo Prudència da un paso al frente y les ofrece el refugio de la Torre Alzina, muy consciente de que estaba arriesgando su propia vida al hacerlo. Eso sucedió la tarde del 21 de julio.

El día 23, hacia el mediodía, numerosos milicianos, afiliados de la CNT, registraron la propiedad vecina, la Torre Vila, en busca de los religiosos ocultos. Tras revisar todas las estancias, destruyeron todos los objetos religiosos que encontraron y llamaron a la puerta de la Torre Alzina. Entonces, fue Prudència en persona quien les abrió la puerta, no permitiendo que lo hiciese Teresa Roca, amiga suya, que estaba en esos momentos con ella. Cuando le preguntaron si allí había religiosos escondidos, no le quedó más remedio que responder afirmativamente, ya que en cualquier caso habrían registrado la casa y encontrado a los refugiados. Entonces le ordenaron que los hiciese bajar inmediatamente.

Los tres religiosos no vacilaron en bajar, no queriendo comprometer más a la señora Cañellas. Bajó en primer lugar el padre Reynes, para ser seguido por el padre Pons y finalmente, por el hermano Mayol. Tras ellos bajaron las dos mujeres, pero apenas llegaron a un portal que conducía al jardín, fueron inmediatamente tiroteados los tres varones. Se encarnizaron especialmente con el padre Reynes, quien cayó en una esquina y se encargaron de desfigurarle el rostro. El hermano Mayol fue herido en la boca del estómago y se desplomó en la linde de la cocina; mientras que el padre Pons cayó muerto en el mismo portal.

Estampa de los mártires del Coll, en Barcelona.

Enseguida bajaron Prudència y Teresa y se encontaron con el dantesco panorama. Se abrazaron la una a la otra, aterradas, pensando que les llegaba la hora, pero entonces los milicianos las dejaron estar tras amenazarlas muy seriamente si se les ocurría contar algo. Luego se marcharon, dejándolas allí con los tres hombres abatidos. Aturdidas y sin saber qué hacer, subieron a la planta superior y allí permanecieron abrazadas hasta que recobraron la serenidad. Al bajar de nuevo, se encontraron con que el hermano Mayol todavía daba signos de vida, y le preguntaron si le dolían las heridas. Y en aquel momento, aparecieron de nuevo los milicianos. Venían a por Prudència.

Con el pretexto de someterla a interrogatorio, la detuvieron. Al darse cuenta de que el hermano Mayol todavía vivía, lo remataron disparándole a la cabeza. Luego le pusieron el revólver en el pecho a la señora Roca para obligarla a enseñarles toda la casa, donde las registraron a ambas. A continuación destruyeron todos los objetos religiosos de la casa. Con eso ya eran las siete de la tarde. Poco después, una ambulancia procedente del Hospital Policlínic venía para recoger los cadáveres. Entonces, se llevaron a Prudència precipitadamente, dejando a Teresa en paz; pues ésta última era una trabajadora relacionada con los sindicatos y por ello la respetaron. Su testimonio es el que favoreció que conociéramos todos estos detalles.

Aquella noche, un camión que iba recogiendo religiosos y monjas en dirección a La Rabassada, lugar conocido de fusilamiento; juntó en un mismo martirio a Prudència Cañellas, dos religiosas franciscanas (Caterina Caldés i Miquela Rullan); dos teresianas (Mercè Prat i Joaquima Miquel) y el hermano Pau Noguera, M. SS. CC. Todos eran cristianos capturados en la misma zona. Prudència había presenciado el martirio de los que ella había socorrido, ahora iba a vivir el suyo propio.
Al llegar al lugar fatídico, las religiosas –de quienes hablaremos en otra ocasión- fueron colocadas en un lado de la carretera; y Prudència, junto con el hermano Noguera, al otro lado. Seis hombres se encargaron de disparar sobre ellos, dos ráfagas. La muerte fue rápida y misericordiosa con Prudència: el primer tiro la alcanzó de lleno y la despachó en el acto.
Así fue el fin de una mujer tan excelente, la recompensa por su caridad. Lo había sido todo en vida: misionera y catequista; laica casada y después, viuda; heroína misericordiosa y, finalmente, mártir de Cristo. Su cuerpo, arrojado a una fosa común, no ha podido todavía ser recuperado.

Placa conmemorativa de los M.SS.CC. martirizados en La Rabassada. La Beatas no están incluidas. Santuario de Ntra. Sra. del Coll, Barcelona (España).

Por sorprendente que parezca, al iniciarse el proceso de beatificación de estos mártires del Coll, Prudència no fue incluida en el mismo, al ser laica y no formar parte de la Congregación. Sin embargo ellos tenían una deuda con ella, por la gran labor que había hecho al refugiarlos primero y sufrir la consecuencia de esta acción: la muerte. Al cumplirse el cincuenta aniversario del martirio, uno de los religiosos dejaba escrita esta hermosa reflexión sobre ella:[2]

Prudència, buena Prudència, hija de Dios, cristiana de verdad, heroína de la caridad, por Cristo, por tu fe en Dios, te pusiste en el ojo del huracán. Al acoger a los tres religiosos, sabías que ponías seriamente en peligro tu vida… “No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos”. Has firmado tu fe con el trazo más fuerte: tu vida por Cristo en la persona de los tres misioneros. Te pedimos perdón: tú tendrías que haber sido presentada como testigo de la fe junto con los que habías acogido: tu testimonio es claro, es auténtico. ¿Por qué no te incluyen en el proceso de Beatificación con ellos?

Estas palabras expresaban el sentimiento de una amplia corriente de opinión que pedía que Prudència fuese incluida en la Causa. Así pues, y a petición de los M.SS.CC., el cardenal Angelo Felici, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, en carta de 7 octubre de 1989, se dirigía al Procurador del Instituto pidiendo una revisión del proceso para la incorporación de Prudència a la causa de los mártires del Coll. El 15 de junio de 2004, ya incorporados en la causa la señora Cañellas, los tres misioneros refugiados, el hermano Nogueras y las dos religiosas franciscanas, se emitió el voto positivo de los Consultores de la Congregación reconociendo el martirio de estos héroes de la fe. Y su Santidad el papa Benedicto XVI los beatificó a todos el 28 de octubre de 2007, junto con otros 497 mártires.

Beata Prudència Cañellas, tu que pagares l’hospitalitat a preu de sang, prega per nosaltres!

Meldelen

Bibliografía:
– SOLER PALÀ, Manuel (M.SS.CC.), “Els màrtirs del Coll: una crònica de bogeria i sang”, ed. Mallorca 2006.


[1] “¡Cuando una muchacha tiene ganas de casarse, lo haría hasta con una escoba!”
[2] Transcripción del catalán original.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es