Beata Rafaela Ybarra, madre de familia y fundadora

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Fotografía de la Beata.

Fotografía de la Beata.

Introduccción
La santidad es la unión con Dios y no es un derecho exclusivo de los sacerdotes o los religiosos, puede decirse, sin temor al error, que es una llamada para todos los bautizados, de los cuales los laicos son la gran mayoría. Es en el grupo de los laicos donde la mujer destaca más por la práctica de su fe. El Libro de los Proverbios se cuestiona: “Una mujer fuerte, ¿quién la hallará? Vale más que las perlas y el corazón de su marido confía en ella” (Prov. 31, 10-11). Y en la Iglesia la mujer ha puesto al hombre el ejemplo de cómo vivir el Evangelio, de cómo creer en Jesucristo, y sobre todo, de cómo actuar con caridad para mostrar la fe. Esto es lo que nos enseña la vida de la Beata Rafaela Ybarra, que tuvo un gran corazón y una destacada talla espiritual.

Nacimiento e infancia
Nació en Bilbao el 16 de enero de 1843, primera hija de cinco que tuvo la familia formada por Gabriel María de Ybarra y Rosario Arramburi; fue bautizada al siguiente día, recibiendo en las aguas lustrales los nombres de Rafaela María de la Luz Estefanía. Su padre era un rico industrial dedicado a la minería, cuya familia tenía una sociedad minera que, con el tiempo, se conocería como Altos Hornos de Vizcaya.

Fue educada con gran esmero, como correspondía a una familia de la alta sociedad y que además era profundamente cristiana. De niña estudió en Bilbao y luego continuó sus estudios en Francia. Allí se convirtió en adolescente y comenzó a destacar en su personalidad un genio vivaz, una personalidad expansiva, llena de bondad, con una inteligencia muy aguda.

Matrimonio y vida familiar
Con 18 años, contrajo matrimonio con José Vilallonga, nacido en una rica familia catalana que estaba asociada con los Ybarra en la explotación minera. Era un ingeniero que también había estudiado en Francia, con carácter activo y emprendedor. De este matrimonio nacieron siete hijos, dos de los cuales murieron niños. La familia vivió en Deusto; allí pasaron los años más felices y allí nuestra Beata realizó su más fecunda labor apostólica y donde finalmente moriría.

Ilustración de la Beata rodeada de sus hijos, propios y adoptados.

Ilustración de la Beata rodeada de sus hijos, propios y adoptados.

Una de las preocupaciones que siempre tenía presente en sus oraciones era “que yo sea cada día mejor esposa, mejor madre, mejor hija”. En 1873, por causa de las guerras carlistas la familia emigró a Santander. Allí, una desgracia familiar le turbó y transformó la vida familiar: la enfermedad y muerte de dos de sus hermanas, una de las cuales, Rosario, le encomendó a sus cinco hijos pequeños. Con el consentimiento de su esposo, Rafaela integra a estos niños en la dinámica de la vida familiar. De regreso en Bilbao, en 1878, sufre una enfermedad que la postra gravemente en cama. Durante su convalecencia se puso a leer libros de vida espiritual, que la inquietaron y transformaron fuertemente, sintiendo una atracción a la vida de perfección.

En esos años de la Revolución Industrial, la vida en el País Vasco reflejaba el cambio de una sociedad que padecía pobreza, emigración, hambre. El trabajador explotado y mal pagado, las jóvenes que iban del medio rural a la ciudad se exponían a peligros que muchas veces terminaban por sofocar sus ilusiones juveniles. Así pues, la vida de Rafaela conocerá un radio más amplio de acción, la gracia le impulsó por interesarse de la cuestión social, su campo de acción en la familia le resultó pequeño y se lanzó a un apostolado que la dispuso a estar atenta a la cabecera de los enfermos, al cuidado de niños y de los jóvenes, propensos a peligros y carencias. Todo esto sin descuidar a su numerosa familia, en cuyo seno tuvo una prueba más: la parálisis de su hijo menor. En este tiempo tuvo que soportar también la muerte de su madre. Estos acontecimientos la llevan a mirar la cruz y asumir sus problemas con valor, abrazándose a ella con dulzura. Uno de sus escritos dice: “No hay amor sin sacrificio y tú, Jesús, nos diste primero ejemplo muriendo ignominiosamente en la cruz. ¿Qué cruz puede llamarse grande, si Tú, Señor, ayudas a llevarla? Por dura y pesada que parezca a nuestra fragilidad, enseguida se transforma en suave y ligera con tu apoyo”.

Con 42 años cumplidos y con la complacencia de su marido, formuló votos de pobreza, castidad y obediencia. Parece insólito que una señora casada de la alta sociedad, en plena madurez y con una enorme familia, se comprometiera de esta manera buscando una vida más perfecta. Era un llamado de Dios que se facilitó con la ayuda de su marido, que era su consejero y confidente, mejor apoyo y cooperador, tanto en su vida familiar como conyugal, de sus actividades apostólicas y de su labor doméstica. Don José repetía a menudo con una gran sonrisa: “A Rafaela le debo todo”.

Fotografía de la Beata.

Fotografía de la Beata.

Sólo la ayuda de Dios pudo hacer conjugar sus cualidades humanas, produciendo así virtudes como la fortaleza, dulzura, prudencia, comprensión y ternura que se necesitaba para armonizar situaciones que se antojan dispares, así como que esa gran señora de sociedad escondiera las finas delicadezas de sus virtudes, practicadas heroicamente tras la discreción que solamente los Santos saben hacer.

Vida apostólica
Cuando sus hijos y sobrinos ya no necesitaron tanto de sus cuidados, tuvo un margen de tiempo más grande para dedicarlo al apostolado de manera incansable. Su vida se hizo profundamente fecunda y le dieron una talla con atractiva personalidad. Junto con la Revolución industrial, Bilbao conoció el auge y la llegada de capitales para invertir. Sin embargo, juntamente llegaron la injusticia laboral, la especulación, el abuso del trabajador. Se acumulaban ingentres fortunas, pero también la escasez de vivienda, la falta de educación y la degradación de las personas.

Rafaela estaba situada socialmente entre los que tienen más recursos, y coherente con su vena espiritual, su conducta se acentuó y consolidó; oponiendo amor, entregándose en el servicio, renunciando a gustos personales y espacios de tiempo para enfrentar, desde su posibilidad, la opresión, la carencia y la extrema pobreza. Se dedicó a la clase trabajadora, especialmente a las mujeres y niños. Donde hubiera necesidad, se hacía presente. Si alguien ocupaba su persona y era necesario, sacrificaba su tiempo, su bienestar, su dinero y hasta su propia vida, como lo hizo tantas veces al atender en ambientes sospechosos y peligrosos a pobres y enfermos, y todo esto muchísimas veces.

Estampa devocional de la Beata.

Estampa devocional de la Beata.

A su temperamento jovial y expansivo se unían una fortaleza de carácter, simpatía de palabras y un ejemplo que daba confianza y protección. En su casa recibía muchísimas personas que acudían en demanda de ayuda material o espiritual, todos la buscaban y veneraban con el calificativo de “Madre” y eso es lo que ella hizo, ser madre de estas personas con debilidades y enredadas por el vicio: los escuchaba con paciencia, y repartía con prudencia y generosidad sumas de dinero recibidas de su generoso marido, de sus hijos, familiares y amigos. Su fama pronto se desbordó y de lugares lejanos venían a buscarla, incluso mediante correspondencia. Con clarividencia decía a menudo: “Las obras permanecen, las personas desaparecen”. Ayudó estrechamente a las instituciones dedicadas a la educación de la juventud: uno de sus mejores logros fue el establecimiento de la Escuela de Nuestra Señora del Rosario de Deusto, dirigida por los Hermanos de la Doctrina Cristiana; favoreció también el establecimiento de las Adoratrices en Bilbao en 1880.

Con el apoyo de su padre, abrió albergues para muchachas que llegaban la ciudad buscando trabajo y que, por ignorancia e impericia, se veían expuestas a graves peligros. Cuando estas obras se consolidaban, las confiaba a institutos religiosos para convertirlas en colegios. Ayudó a jóvenes embarazadas que eran rechazadas por su familia o eran despedidas de su trabajo. Pidió a las autoridades locales que abrieran una casa de maternidad y, ante la negativa, ella misma la fundó. Posteriormente la Diputación se hizo cargo de ella. Supo huir de protagonismos y ocultarse cuidadosamente conforme crecía su trabajo y su fama. Decía: “Dulzura en los medios y firmeza en los fines”.

Fundadora
Su obra cumbre es la Congregación de las Hermanas de los Ángeles Custodios, que se dedican a jóvenes y niñas con difícil situación familiar o personal. En vano buscaba una congregación religiosa que respondiera a su enorme celo y, animada por el obispo de Vitoria, a donde pertenecía Bilbao, se decidió a emprender la fundación. En 1893 nace el Colegio Ángeles Custodios de Zabalbide en la misma ciudad, para quedar inaugurado definitivamente el Colegio el 24 de marzo de 1899. El 8 de diciembre de de 1894, la Beata invita a tres jóvenes decididas y entusiastas a unirse a su obra. Las invita a ser madres y educadoras de aquellas niñas y muchachas; y las compara con los Ángeles Custodios, pues su misión se asemeja a la de ellos.

Lienzo contemporáneo de la Beata con las religiosas de su Instituto.

Lienzo contemporáneo de la Beata con las religiosas de su Instituto.

En 1898 fallece Don José, su amado esposo. A él se dedicó con mucha abnegación y cariño. Ante estas delicadezas, el marido le escribió en una carta: “Y a ti, querida mía, ¿qué he de decir de los mucho que te admiro y estimo en ti lo bueno para con todos y de santo para con Dios?”. Rotos los lazos que la retenían en el mundo, sintió el deseo de incorporarse a su naciente fundación, pero los planes de Dios eran otros para ella. La inesperada muerte de una nuera le vuelve a atar al mundo, porque seis nietos necesitaban una madre.

Entretanto, su obra crecía, se robustecía y sus frutos eras prometedores y esperanzadores. Pero su salud comenzó a decaer, no obstante, continuaba trabajando con el pensamiento de ingresar en su Instituto en cuanto fuera posible. No eran éstos los planes de Dios para ella.

Enfermedad y muerte
En 1899 sus fuerzas se debilitaban y la enfermedad apareció galopante. Un cáncer de estómago le fue diagnosticado. Vio acercarse su fin y lo aceptó serenamente. A sus religiosas les dedicó un testamento espiritual que descubría sus sentimientos más íntimos, les pidió que fueran verdaderas madres. Mandó poner en la entrada del edificio donde moraban estas palabras del Salmo 90: “He mandado a mis ángeles cerca de ti para que te guarden en tu camino”.

En sus últimos momentos pudo despedirse de sus hijos, sus familiares y amigos, sus religiosas y el personal de servicio. Para todos tuvo una palabra de afecto, agradecimiento y lleno de de consuelo y esperanza. Hasta en su muerte se olvidó de sí misma: se puso a consolar y animar a sus religiosas que lloraban su partida. Finalmente entraba en el descanso de su Señor el 23 de febrero de 1900. Su fama de santidad superó en mucho la que gozaba en vida.

Urna que contiene las reliquias de la Beata.

Urna que contiene las reliquias de la Beata.

Culto
El Papa San Juan Pablo II la beatificó el 30 de septiembre de 1984. Su Congregación se ha extendido en España, Italia y América Latina. Las hermanas de esta obra desarrollan una misión entre colegios, casas-hogar, residencias, pisos de acogida y pastoral parroquial.

Humberto

Bibliografía:
– DE ECHEVERRÍA Lamberto; LLORCA Bernardino; REPETTO BETES, José Luis, Año Cristiano, II Febrero, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2003, pp.498-510.

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