Beata Victoria Valverde González, religiosa calasancia mártir

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía y firma de la Beata Victoria de Jesús.

Fotografía y firma de la Beata Victoria de Jesús.

El año pasado dediqué un artículo a la Beata Francisca de la Encarnación Espejo Martos, religiosa trinitaria que fue brutalmente martirizada en Martos (Jaén) durante la Guerra Civil española (1936-1939). En ese artículo me ceñí exclusivamente a ella, con la intención de dejar los detalles referentes a sus dos compañeras de martirio para otro momento. Pues bien, ha llegado el momento de dedicarle el artículo a otra de ellas, la Beata Victoria Valverde, que fue martirizada con ella, aprovechando que ha sido recientemente beatificada en Tarragona el 13 de octubre de 2013. Sin embargo, recomiendo leer el artículo mencionado para conocer mejor el contexto en el cual se desarrolla el martirio de estas religiosas, víctimas de una matanza en represalia a un bombardeo franquista sobre la ciudad de Martos en 1936.

Juventud y vida religiosa
Nuestra mártir de hoy nació el 20 de abril de 1888 en Vicálvaro (Madrid), en el barrio de La Elipa Baja, hija de los jornaleros Nicomedes Valverde y María González, que eran naturales de Losana (Soria). La bautizaron a los nueve días de nacer en la iglesia de Santa María la Antigua, siendo llamada Francisca Inés de la Antigua, en honor a la titular de la parroquia. Fue educada en el Orfanato de Alcalá de Henares, donde la internaron sus padres y que era regentado por las Hijas de la Caridad desde 1858. Allí, las niñas eran instruidas en una firme educación cristiana y formadas en las labores del hogar.

Era común que las niñas internas tuvieran como director espiritual a los Padres Escolapios. Francisca Inés comunicó a su director espiritual que quería ser religiosa. Éste la puso en contacto con la Congregación de las Hijas de la Divina Pastora, que había fundado en Sanlúcar de Barrameda, el año 1885, el Beato Faustino Miguel de la Encarnación, sacerdote escolapio. Varias jóvenes procedentes de este Orfanato entrarían en la Congregación. Se cree que Francisca Inés ingresaría en la Congregación entre los meses de marzo o abril de 1910, a juzgar por la documentación conservada. Su ingreso en el noviciado tuvo lugar el 28 de agosto del mismo año, en el Beaterio de la Divina Pastora de Sanlúcar de Barrameda, y cambia su nombre de bautismo por el de Victoria de Jesús, que será para siempre su nombre en religión.

Fotografía de la Beata (izqda.) acompañada de la Superiora General y otra religiosa.

Fotografía de la Beata (izqda.) acompañada de la Superiora General y otra religiosa.

La sólida formación religiosa que había recibido en el Orfanato le sería de gran ayuda durante el noviciado, pues así lo muestra el primer informe escrito de la Superiora General, la Madre Julia Requena, acerca de ella: “Sor Victoria: Novicia, Corista. Esta novicia trae mucho adelantado en la vida espiritual. Conoce la Vida Religiosa y la practica siendo muy humilde y muy exacta en el cumplimiento de sus obligaciones. En la clase se conduce bien siendo por lo tanto su conducta en general buena. De salud bien”. Emitió sus votos temporales el 16 de septiembre de 1911, con 23 años de edad, permaneciendo en Sanlúcar de Barrameda hasta trasladarse a Monóvar. En 1915 llega a Monforte de Lemos, en Lugo, donde emitió sus votos perpetuos.

Llegó a la comunidad de Martos, en Jaén, en el año 1917, recién fundado un colegio en dicha localidad. Fue superiora de esta casa hasta 1922, año en el que nombraron superiora de Sanlúcar de Barrameda, volviendo a Martos también como superiora en 1931. En todos los colegios se dedicó a impartir clases de bordado y labores, así como de pintura, pues tenía aptitudes para ambas tareas. Siempre se consagró a su deber religioso con gran felicidad y entusiasmo: a pesar de que en las fotografías la vemos como una mujer más bien seria, conservamos el testimonio de una religiosa que vivió con ella en Sanlúcar de Barrameda: “Mi familia, que iba a visitarme a Sanlúcar de Barrameda, quedó admirada de la grandeza de esta mujer. Mi madre me dijo en una ocasión: “Hija mía, te voy a dar un consejo, fíjate en la cara de la M. Superiora y encontrarás tú también la felicidad de tu vida religiosa”. Se la veía siempre feliz”. Su consagración a Dios era motivo de su alegría constante, como ella mismo escribió a la Superiora General: “En medio de todo estoy contentísima y sólo pido al Señor me dé fuerza y mucho amor al sufrimiento”. En la profesión de votos perpetuos dejó claro su apego al Instituto Calasancio, su “amada Congregación; por ella estoy dispuesta a todo”. Y realmente lo estuvo, hasta el martirio.

Sin embargo, con el tiempo contrajo tuberculosis, enfermando gravemente y teniendo que retirarse de las clases por temor a contagiar a las niñas, por lo que se limitó a desempeñar tareas domésticas para la comunidad, sin que ello minara su entusiasmo. Así nos la describen: “Era bajita de estatura, diminuta, no muy robusta; de salud delicada, había tenido una afección pulmonar, pero nunca la oí quejarse. Sin embargo, expuso siempre su vida. Llegó a consultar con el médico si su estado de salud podría ser motivo de contagio para las religiosas y niñas del colegio. Se retiró a Getafe-Madrid para tener una cura de reposo.”

Fotografía de la Beata en la gruta del colegio de la Divina Pastora, Martos (Jaén).

Fotografía de la Beata en la gruta del colegio de la Divina Pastora, Martos (Jaén).

Expulsión y refugio
Al estallar la guerra, la comunidad de religiosas calasancias se vio obligada a suspender las clases en el colegio. Se avecinaban momentos difíciles. Uno de los testigos nos dejó esta observación: “Tenía una apariencia de persona débil y, sin embargo, era muy valiente”. Esta valentía quedó demostrada el 18 de julio de 1936, cuando tras la destrucción de la parroquia local de Martos -la iglesia de Nuestra Señora de la Villa- la iglesia de San Francisco, en el Colegio de la Divina Pastora donde estaban las religiosas calasancias, tuvo lugar un violento registro. “En la Misa del día 18 de julio, la última que se tuvo en la Capilla del Colegio, entraron los milicianos gritando “que se acabe la Misa”. Sentimos un tropel muy grande, entraron muchos hombres. M. Victoria que era a Superiora se levantó y los detuvo en la misma puerta de la Capilla: por favor, esperen que se termine la Misa. Seguían gritando: “que se acabe la Misa”. Los sostuvo hasta que se terminó la Misa y se consumieron todas las Hostias, para evitar su profanación”. A partir de este momento se sucedieron los registros, saqueos y quemas de iglesias en represalia al bombardeo del bando franquista, como ya hemos relatado en el artículo dedicado a la Beata Francisca de la Encarnación.

Ante esta situación, la madre Victoria reunió a la comunidad y les dijo: “La que tenga miedo, debe marcharse. Yo no pienso abandonar la casa, si no me obligan”. Permitió a las religiosas abandonar el centro y marchar a refugiarse en casas de familias cercanas a la comunidad. Ella permaneció en el colegio con otras dos compañeras, hasta que fueron desalojadas por los milicianos el día 20 de julio. “Era una mujer heroica, dice un testimonio, la prueba está en que no quiso salir del convento hasta que no salió la última religiosa”. Decidió alojarse en Martos, en la casa Ana Fernández, viuda de Espejo, donde permaneció dos meses, ocupándose de la situación de cada una de sus religiosas, y luego, para no ser molestia para su anfitriona, se trasladó un mes a casa de la señora Camacho, volviendo después con la señora Fernández. Los milicianos la obligaron a informar constantemente del lugar donde se albergaba cada una de las monjas, primero; cada quince días, después, cada ocho, y finalmente lo tuvo que hacer a diario.

En este estado de cosas, y temiendo que la buscaran para encarcelarla o matarla, muchas familias allegadas de Martos le pidieron que abandonara la población. Ella respondió rotundamente: “Mientras haya una religiosa yo no me marcho de Martos (…) Yo soy la superiora y respondo por todas”. Así lo informan varios testimonios, como el de M. Salesa Baña: “Pudo haber salvado su vida escapando, pues se le ofrecieron varias oportunidades. No lo hizo, consciente de que si ella huía otra religiosa sería sacrificada”. Por ello, todo el tiempo que pasó refugiada, vivió con la certeza de que iban a matarla. María de la Cabeza, hija de la dueña de la casa donde estaba refugiada, dijo: “Tenía una habitación que daba a la calle, allí pasaba la mayor parte del tiempo.. rezaba mucho, se le veía serena, silenciosa, no quería dar mal ejemplo a los demás; delgada, menudita, de aspecto delicado, no se quejaba nunca, aunque la veíamos preocupada y a veces temerosa; su constante preocupación eran las religiosas de su comunidad, que nada les pasara, que le hicieran todo a ella (…) subía todos los días a presentarse en el Ayuntamiento. Nunca tuvo intención de huir del peligro y escapar de la situación”.

Fotografía de la Beata (dcha.) junto a otra religiosa y una antigua alumna.

Fotografía de la Beata (dcha.) junto a otra religiosa y una antigua alumna.

Detención y encarcelamiento
El 11 de enero de 1937, por la mañana, llegó Dolores Camacho y le informó de que el comité había acordado detener a todas las religiosas para matarlas, pero que iban a empezar por las superioras de cada comunidad. A partir de ese momento, la angustia y la zozobra ya no abandonaron a la madre Victoria. Al día siguiente dijo a su anfitriona: “Hoy tengo un presentimiento malo, no sé por qué me figuro que de hoy no pasa, que ya me apresan, y no quiero quedarme sin despedirme de mis hermanas (…) quiero ver a mis hijas por última vez”. Pudo ir a despedirse de algunas, pero no encontró valor para despedirse de todas, y regresó a la casa antes de una hora, diciendo: “No me siento con valor para despedirme de ellas, ¡las quiero tanto! (…) Que sea lo que Dios quiera”.

Fue sobre las ocho de la tarde cuando fueron a buscarla. Se oyó un gran estruendo y llamaron a la puerta violentamente. Victoria dio un salto, aterrada, y dijo: “Ellos son, ¡ya lo veréis!”. Y lo eran, ya que al abrir la puerta, oyó que la requerían: “¿Es aquí donde vive la superiora de San Francisco?”, pues era conocida como tal. Se echó a temblar al oírse mencionar, pero haciendo un gran esfuerzo, se sobrepuso al pánico y sin hacerse esperar, salió y dijo: “Yo soy”. Le dijeron que por orden del alcalde, debía acudir al Ayuntamiento. Pidió unos instantes para subir a recoger su chal y, en su habitación, cayó de rodillas y rezó el acto de contrición con gran fervor. Se colocó su crucifijo de religiosa sobre el pecho y saliendo, le dijo a doña Ana: “Muchas gracias, yo creo que no nos vemos más, hasta el cielo”. Cuando le preguntaron por las otras religiosas, para ir también a por ellas, respondió con gran entereza: “Mis hijas no han hecho nada, yo soy la responsable de todas y la que debe sufrir lo que a ellas les quieran hacer. Lo que tengan que hacer a mis religiosas me lo hacen a mí. A ellas perdónenlas”. Luego salió caminando, tranquila, escoltada por dos milicianos.

Fotografía de la Beata con otra religiosa y un alumno de educación infantil.

Fotografía de la Beata con otra religiosa y un alumno de educación infantil.

Allí fue encarcelada junto a otras religiosas, las dos trinitarias y la abadesa de las clarisas, que compartirían sus horas de espera hasta el momento del martirio. Ya hemos narrado anteriormente cómo fue esta terrible y angustiosa espera en el artículo de la Beata Encarnación. Pero a Victoria pareció abandonarle el valor que había mostrado hasta ese momento, porque rompió a llorar y estuvo así mucho tiempo. Como sus compañeras de celda quisieran consolarla, ella aclaró: “Yo no lloro por estar aquí, ni por la muerte; lloro porque no sé qué nos espera en manos de ellos; la muerte no la siento, sino cualquier atropello que quieran cometer en nuestras personas”. Así, como tantas otras mártires, manifestaba su terror, no al martirio, sino a ser violada. Terror que por desgracia muchas tuvieron que afrontar.

Ya hemos dicho quiénes compartieron prisión con la madre Victoria: la Beata Francisca de la Encarnación, sor Isabel Aranda, clarisa, y otra religiosa trinitaria, sor Teresa, que como sabemos fue salvada en el último momento. Por testimonio de esta trinitaria que salvó su vida, sabemos cómo fueron las horas de prisión: “(…) al rato de estar ahí, trajeron a aquel desmantelado lugar a la Rvda. M. Victoria de Jesús, Superiora de las Hijas de la Divina Pastora. Al verla me alegré de conocerla. Nos alegramos como los mártires de las catacumbas y hablamos de nuestra futura suerte (…) pero aquella reunión de cuatro personas (…) fue reducida a tres, pues servidora fue salvada por un individuo del Frente Popular (…)”

Martirio
En la noche del 12 al 13 salieron las tres religiosas custodiadas por milicianos hasta la cárcel de la iglesia de San Miguel donde se le unieron los cincuenta varones -sacerdotes y otras personas- que hemos mencionado en el otro artículo, y fueron todos obligadas a subir a un camión. Por el testimonio de José Valdivia, testigo del martirio, sabemos que las tres religiosas estaban llorando, especialmente cuando oyeron a dos milicianos -un tal Lujano y un compañero- hablar entre ellos, como si sus víctimas no pudieran oírles: “¿Tenemos suficiente munición?” Y el otro, tocándose la cartuchera, respondió: “¿Para éstos y para las monjitas? Por supuesto”.

Ya hemos contado cómo, llegando al término de las Casillas de Martos, a 14 km de la población, se fusiló a todos los varones contra las tapias del cementerio, obligando a presenciar la masacre a las horrorizadas religiosas. Era una noche de luna clara y todo se veía perfectamente. Luego se apoderaron de las tres monjas y las llevaron hasta la puerta del cementerio. En ese momento percibieron que, en efecto, las iban a violar antes de ejecutarlas, y ninguna de las tres quiso consentirlo: se agarraron a las rejas de la entrada, resistiéndose a pasar, y aún siendo cinco hombres, se las vieron y desearon contra ellas tres. Ya hemos narrado cómo fue brutalmente martirizada la Beata Encarnación, destrozada a golpes de culata mientras se resistía contra su agresor. Sor Isabel Aranda también padeció un horroroso martirio, luchando también por defenderse de la violación; pero dejaremos los espantosos detalles de su tormento y muerte para otro artículo. En cuanto a nuestra protagonista, la madre Victoria, se agarró fuertemente a las rejas y no podían arrancarla de allí, como sí lograron hacerlo con las otras. Parecía de pronto dotada con una fuerza sobrehumana, ella que era tan menuda y débil físicamente. De pronto, una voz exclamó: “Hacedlo ya, que os lo van a poner difícil”, y una descarga la acribilló en el acto. Tenía 48 años de edad.

Lápida de los mártires de Martos. Destaca el nombre de la Beata. Iglesia de Nuestra Señora de la Villa, Martos (Jaén).

Lápida de los mártires de Martos. Destaca el nombre de la Beata. Iglesia de Nuestra Señora de la Villa, Martos (Jaén).

“Una vez muertas, las dejaron tiradas en el suelo en el mismo sitio, hasta la mañana siguiente, pero como el estado en que quedaron horrorizaba a todo el que pasaba, tuvieron que retirarlas”, narra José Valdivia, “El alcalde de Martos envió a darles sepultura en el cementerio de Casillas y allí permanecieron hasta que terminó la guerra”. En julio de 1939 se recuperaron los tres cadáveres -hemos narrado también cómo fue la exhumación de la Beata Encarnación- pero ninguna religiosa calasancia pudo estar presente en la recuperación del cuerpo de su superiora, que fue identificado por algunos testigos. Primero los cuerpos fueron trasladados al cementerio de Martos y luego a la reconstruida iglesia de Nuestra Señora de la Villa, donde siguen actualmente todas las víctimas de la matanza, conmemoradas en una lápida funeraria.

Beatificación
Desde el primer momento, todos los testigos a los que se interrogó respecto a la muerte de la madre Victoria no vacilaron en afirmar que la habían matado por ser religiosa, por su fe cristiana y su consagración a Dios. Además, otros valores se unían a la muerte in odium fidei: la certeza de que se había ofrecido y había dado la vida por sus religiosas, ninguna de las cuales sufrió martirio después de ella; su defensa hasta el último momento de su voto de virginidad, pues fue fusilada mientras se resistía a un intento de violación; y sobretodo su fortaleza desde el momento en que los milicianos asaltaron el colegio hasta el instante de su muerte, a pesar del miedo que sentía. Otra motivación no ha podido ser encontrada para la causa de su muerte: ni política, ni social, ni personal: “Era una persona desconocida por sus asesinos, sencilla, amable, delicada y sin estridencias (…) era una mujer débil, enferma, miedosa ante el peligro, a la que Dios infunde valor en medio de la gravedad de los acontecimientos (…) vence la fragilidad y el temor, y toma sobre sí la defensa de sus religiosas”.

Por todas estas virtudes, no se dudó de sus virtudes heroicas y del valor de su martirio -virtudes que son plenamente compartidas por sus otras dos compañeras de martirio-, y por ello, como hemos dicho al principio, Victoria Valverde González ha sido finalmente beatificada el pasado 13 de octubre de 2013 en Tarragona.

Meldelen

Bibliografía:
– CALDERÓN RODRÍGUEZ, Sacramento, “La fuerza de la debilidad: Vida y Martirio de la M. Victoria Valverde González, Hija de la Divina Pastora”.
– CALDERÓN RODRÍGUEZ, Sacramento, “M. Victoria Valverde del Instituto Calasancio Hijas de la Divina Pastora. Testigo de la fe hasta la muerte (1888-1937)”.
– CALDERÓN RODRÍGUEZ, Sacramento, “Madre Victoria Valverde: no hay mayor amor que dar la vida. Recopilación de escritos sobre la Religiosa Calasancia”. Instituto Calasancio Hijas de la Divina Pastora.
“M. Victoria Valverde. Beatificación 13 de octubre de 2013, Tarragona. Testigo de la fe desde el carisma calasancio (1888-1937)”. Religiosas Calasancias Hijas de la Divina Pastora. Madrid 2013.
– RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ, Gregorio, “El hábito y la cruz. Religiosas asesinadas durante la Guerra Civil Española (1936-1939)”. Ed. Edibesa, Madrid 2006.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es