Beato Alberto Marvelli

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Ilustración del Beato basada en una fotografía suya.

Ilustración del Beato basada en una fotografía suya.

La vida de Alberto Marvelli la conocemos gracias al testimonio de quienes vivieron con él y, sobre todo, de un diario que escribió entre los años 1933 y 1946. Alberto nació en Ferrara, 21 de marzo de 1918, en una familia numerosa y acomodada de profundas creencias y vida cristiana. Sus padres fueron Alfredo Marvelli – de oficio banquero, era director de banco y por el tipo de oficio que tenía, cambiaban de residencia frecuentemente – y María Mayr. Establecieron su residencia después de muchos sitios en Rímini. La familia Marvelli contaba con 9 miembros y Alberto tenía por hermanos a Adolfo, Carlo, Rafaello, Giorgio y Gede. Giorgino moriría tan sólo con tres años, al ser atropellado por un coche.

A Alberto lo podemos describir como un hombre fuerte y dinámico, que reflexiona sobre cómo ser santo en la realidad de la vida cotidiana. En 1941 escribió: “Quiero que mi vida sea un continuo acto de amor (…) El amor que es la fe, el amor es el amor, el apostolado, el sentido del deber, el deseo de santificar”. Estas palabras no son extrañas, puesto que el ejemplo de sus padres alentaba a toda la familia a vivir en la caridad; su padre era dirigente de la Acción Católica y Presidente de la Conferencia de San Vicente de Paúl en su parroquia, su madre María, catequista, y trabajaba con las señoras de la caridad. Lo que alimenta esta energía es la Eucaristía. “Todo mi ser – escribe en sus notas -, está impregnado por el amor de Dios, como él viene a mí con su cuerpo y su alma y diviniza todo mi cuerpo, mis pensamientos, mis acciones, mis palabras”. Su madre, además, era una mujer de profunda caridad, siempre atendió a los pobres que tocaban la puerta del hogar Marvelli, ocurriendo a veces que, en la mesa, para sus hijos, tras volver de la escuela, había sólo un primer plato. «Ha pasado Jesús», decía su madre. «Tenía hambre y le he dado aquello que tenía». Sus hijos comprendían que habían pasado muchos pobres. Alfredo y María gastaban en obras de caridad gran parte de sus ingresos. Alberto y sus hermanos fueron educados en este clima sereno y cristiano, enriquecido por el amor del intercambio, por la oración, por la caridad.

Con casi 15 años de edad muere su padre Alfredo, víctima de una meningitis, y es ahora cuando María debe guiar a una numerosa familia. Aun así, a pesar de los problemas económicos que vivieron, no dejó de ayudar a aquellos que tocaban la puerta.

El Beato practicando deporte junto con sus amigos.

El Beato practicando deporte junto con sus amigos.

En este tiempo es cuando va teniendo mayor contacto en la parroquia salesiana de María Auxiliadora, conoce el Oratorio y se inscribe en la Juventud Católica Italiana del círculo “Don Bosco”. Ahí en el Oratorio ejerció deporte, juegos, excursiones al teatro, el ambiente era rico, alegre y sereno. Así pues, la espiritualidad que de por sí ya poseía Alberto, se va impregnando la espiritualidad salesiana. Tenía un físico fuerte, robusto, sano, pero consideraba el deporte como un medio para afinar ciertas cualidades de carácter, para combatir la pereza, para fortalecer la personalidad.

Era inteligente, dotado de una buena memoria, pacífico aun siendo vivaz, fuerte de carácter, generoso, animado por un profundo sentido de la responsabilidad y justicia; gracias a sus cualidades humanas tenía una fuerte autoridad sobre los compañeros; era estimado por todos por sus virtudes.

Al morir su padre comenzó a escribir un diario, por el cual conocemos su persona y su espiritualidad; en él plasmó propósitos y aspiraciones, su relación íntima con Dios. Es a partir de aquí cuando luchará con todas sus fuerzas contra el pecado, se consagra a la Virgen María, en su diario queda plasmado su programa de vida espiritual que iba desde la oración, visitas al Santísimo, confesión frecuente, meditación… En el diario se puede leer «No se puede vivir una vida a medias, no se pueden conciliar Jesús y el diablo, la gracia y el pecado. Y yo quiero ser todo de Jesús, todo suyo. Si hasta ahora he venido siendo un poco incierto, ahora debo abandonar cualquier tipo de incertidumbre. El camino está tomado: sufrir todo, pero no pecar más. Jesús, mejor morir que pecar. Ayúdame a mantener esta promesa».

Tras el ingreso de su hermano Adolfo a la academia militar en Turín en 1935, Alberto será el cabeza de familia y ejemplo para sus hermanos menores; y así tomará en su vida otras responsabilidades para con su familia. «La vida es acción, es movimiento, y también mi vida debe ser acción, movimiento continuo sin descanso: movimiento y acción que tiendan al único fin del hombre: salvarse y salvar».

Fotografía del Beato entre los sacerdotes como delegado de Acción Católica.

Fotografía del Beato entre los sacerdotes como delegado de Acción Católica.

Se adhirió a la Acción Católica en 1930, entrando a formar parte del grupo de «jóvenes católicos». Vivía esta acción con intensidad y la difundía con entusiasmo. La Acción Católica era toda una comunidad y de ahí su importancia; allí se vivía una experiencia de Dios con un apostolado particular y es aquí donde realiza la maduración de su camino espiritual, su voluntad de ser santo. «Mi programa, – escribe en el diario -, se compendia en una palabra: santo. A esta palabra, que dice ya todo, quiero añadir la del apostolado pues, por ser joven de la Acción Católica, es mi obligación imperiosa hacer apostolado siempre y por todos lados». Decía también: «Nosotros, los jóvenes de Acción Católica tenemos una doble responsabilidad ante Dios y ante el mundo, porque pertenecemos a la Iglesia por un doble vínculo: por el bautismo y por la Acción Católica, que es la misma Iglesia». La Acción Católica fue el ámbito principal en el que Alberto educó su juventud para la generosidad, para el trabajo, para la santidad.

En la Universidad de Bolonia ingresó en la Facultad de Ingeniería Mecánica y este período universitario marcó un momento crucial y una apertura nueva en su formación espiritual, cultural y política. Esta intimidad con Dios, lograda precisamente a través de la Eucaristía, significaba que él estaba abierto al otro, sintiendo las profundas injusticias, pecados y miserias de su tiempo. Brilla el fervor de la caridad, que se manifiesta con una delicada atención a los problemas de la gente. Durante la Segunda Guerra Mundial, Marvelli está siempre en primer plano para ayudar a los militares, a los necesitados, a las personas sin hogar.

El Beato fotografiado de soldado (dcha.) en octubre de 1941 en Trieste, italia.

El Beato fotografiado de soldado (dcha.) en octubre de 1941 en Trieste, italia.

Al licenciarse ya Italia estaba en guerra desde el 10 de junio de 1940, una guerra que Alberto condena abiertamente definiéndola como «un momento catastrófico de la vida social». Escribe en su diario: «Todos los hombres hablan de paz, pero pocos son los que, como el Papa, trabajan por ella, para mantenerla, para hacer que vuelva. ¡Cuántas vidas se sacrifican, cuántos jóvenes derraman su sangre, cuántos dolores se renuevan! Jesús, protege Italia, presérvala de la destrucción total: ¡que desaparezca para siempre la guerra del mundo!».

El ambiente que se genera en el cuartel es de blasfemias, vulgaridades, inmoralidades, se añade la rabia por el largo servicio militar y la incertidumbre acerca del futuro. Así que reúne de entre los reclutas y graduados a los miembros de la Acción Católica y a todos cuantos estuvieran dispuestos a dar testimonio de la fe con valentía, organizando encuentros formativos y participando en la misa. Se acercaba a todos con una sincera amistad hecha de generosidad y altruismo. Estar cerca, servir, dar testimonio: éste era su estilo.

En la guerra moriría su hermano Lello, en el frente ruso. Entre los hermanos, Lello era el más querido por Alberto, por su buen carácter y la sintonía que tenía con sus ideas. Tras esta experiencia reflexionó sobre el dolor humano, sobre la fe, sobre la voluntad de Dios. Le tocó a Alberto comunicar la noticia a su hermano Carlo, prisionero en Egipto: «… pensando que cada sufrimiento, cada dolor tiene su lugar en la economía divina, levantemos nuestro pensamiento a Dios, y desde lo profundo del corazón. Gracias, Señor, por la vida que me has dado, por los sufrimientos que me has enviado, por los sacrificios que me has pedido. Haz que no pasen en vano en mi vida, sino que me dejen una saludable y profunda firmeza y consoliden el propósito de cumplir toda acción para tu gloria».

Tras los bombardeos de noviembre de 1943 a septiembre de 1944 sobre Rímini, que quedó prácticamente destruida, Alberto y su familia ayudan a los heridos y necesitados desplazados por los bombardeos desde Vergiano, mostrando así siempre una compasión e interés por los que sufrían. Compraban víveres, daban de comer a los hambrientos, atendían enfermos. Como los alemanes seguían avanzando en el verano de 1944, y al no sentirse seguros, miles de familias buscan refugio en la República cercana de San Marino, confiando en su rigurosa neutralidad que, más tarde, no será respetada. También Alberto lleva a su familia a San Marino. Tras haberla acomodado, hace de nuevo más veces el trayecto Rímini-San Marino para poner a salvo a otras familias. La pequeña República, que normalmente contaba con 14.000 habitantes, tenía ahora 120.000.

Fotografía del Beato (el quinto a la derecha de la fila superior, con una flecha sobre la cabeza) a los 18 años, con los compañeros del Liceo.

Fotografía del Beato (el quinto a la derecha de la fila superior, con una flecha sobre la cabeza) a los 18 años, con los compañeros del Liceo.

El 27 de septiembre, los aliados ocuparon Rímini, venciendo las últimas resistencias alemanas. Los evacuados salen de sus escondites y toman el camino de vuelta a sus casas destruidas. Así quem junto con la comunidadm comienza la reconstrucción de Rímini. Así lo describe en su diario: «Servir es mejor que ser servido. Jesús sirve». La difícil situación de las familias y la situación de la ciudad hacen que se comprometa de lleno a la reconstrucción de esa sociedad; y como dedicó mucho tiempo en ello, sería criticado por algunos, pues ya dedicaba menos tiempo a las actividades eclesiales, a lo que respondía: «También esto es apostolado», reafirmando así su vocación de laico comprometido en el mundo. Alberto estaba convencido de que se podía llegar a la santidad precisamente en las tareas del mundo, en el trabajo, en la profesión, en la familia, en el estudio, en cualquier situación, siempre que se trabaje para que la convivencia social se inspire en el evangelio y al servicio del hombre.

Ya con una madurez humana y cristiana forjada desde la niñez con ayuda de sus padres, la experiencia de Dios en la vida cotidiana y con ayuda de su director espiritual, comenzó a participar en las cuestiones políticas, inscribiéndose al Partido Democracia Cristiana; así nuestro beato recordaba las palabras de Pío XI: «El campo político es el campo de una caridad más vasta, la caridad política». Se preocupó por reconstruir el futuro del pueblo italiano, sin ver lo que comúnmente se encuentra en los ámbitos políticos, como intereses personales y partidistas.

Fotografía del Beato con sus compañeros y abajo, haciendo deporte en bicicleta.

Fotografía del Beato con sus compañeros y abajo, haciendo deporte en bicicleta.

Poco después abrió comedores para pobres, gente sin techo, enfermos, marginados; vio las necesidades de sus hermanos y se preocupó de sus necesidades primarias, así como de las espirituales. Rezaba con ellos: «No somos nosotros los que os damos. Los que verdaderamente nos dais sois vosotros, que con vuestros sufrimientos y los problemas de la vida, nos enseñáis cómo se sufre y nos permitís manifestaros nuestro amor».

Respecto a su vocación como laico, meditando toda la intervención de Dios en su vida, llegaba a pensar qué más quería el Señor de él. En el año 1946 reflexionó sobre su vocación, y sabía que la vocación de laico era la llamada que Cristo le había hecho, apartándose de ideas de ser religioso o sacerdote. Enamorado de Marilena Aldé de Lecco, sentía que era la mujer con la que compartiría su vida. Así escribe en una carta dirigida a ella: «… desde el lunes, siento que mi corazón late por ti, tras haberte visto siempre preciosa y con los ojos un tanto melancólicos, pero tan buenos. ¿Podría ser esta la llamada que está despertando el amor?». Semejante carta dirigida a Marilena no tuvo respuesta alguna, de ahí que no insiste más en tener comunicación con ella.

La vida de Alberto terminó como la de su hermano, el infante Giorgino. Era 5 de octubre de 1946, cuando estando en bicicleta, dirigiéndose hacia un mítin político por la tarde, un camión militar lo atropella. Llevado al hospital, no recupera la conciencia; y dos horas después muere; junto a él, en el hospital, estaban su madre y dos hermanos.

En los funerales de Alberto se encontró una muchedumbre que lloraba y rezaba por él, pobres, políticos, amigos se reunieron en torno a él y a la familia Marvelli. Finalmente fue sepultado en el cementerio de Rímini, y en su lápida se lee: Alberto Marvelli, obrero de Cristo. Su fama de santidad no se hizo esperar: muchos acudían a él pidiendo gracias, su intercesión. Su fama lo llevó a abrirse el proceso para su beatificación que se inició el 13 de julio de 1975. Ya el 2 de mayo de 1986 es proclamado Venerable y sus restos mortales son trasladados a la iglesia de San Agustín, en Rímini.

El milagro para la beatificación ocurrió el 1991, al quedar sanado el profesor Malfatti, que sufría una dolorosa «ciática con hernia discal L4 L5 de tipo medio y para mediano izquierdo, retrolístesis de L4 L5». El profesor Malfatti no podía ya ejercer su profesión por los dolores que le causaba. Ante la sugerencia de su cuñada, fue a la tumba de Alberto Marvelli, a Rímini, para pedirle la gracia. Al cabo de una semana, los dolores desaparecieron y el médico pudo reemprender su trabajo normal. Fue beatificado por el Papa San Juan Pablo II en Loreto el 5 de septiembre de 2004 con ocasión de la Conferencia Italiana de la Acción Católica, tras la curación total y duradera del profesor Malfatti.

Sepulcro del Beato en la iglesia de San Agustín de Rímini, Italia.

Sepulcro del Beato en la iglesia de San Agustín de Rímini, Italia.

Alberto Marvelli fue un hombre activo de la vida eclesial, social y vida política de su ciudad; vocación a la que los laicos estamos llamados, participar de la vida eclesial, introduciéndonos en las cuestiones políticas para buscar el bien de la sociedad. Alberto fue el hombre con una relación íntima con Cristo, pero recordando que la iglesia doméstica en la que nació y creció fue ejemplo de virtud y santidad: sus padres y hermanos crecieron en un ambiente totalmente cristiano, Alberto sirvió a Cristo en los pobres con caridad.

El Beato Alberto Marvelli se fijó en la vida del Beato Pier Giorgio Frassati como modelo de juventud cristiana. Ambas vidas, asociadas y entrelazadas: jóvenes, preocupados por la situación social en la que vivían, emprendedores de cambios, pero sobre todo, modelos de juventud cristiana.

Emmanuel

Enlace consultado (31/01/2014):
http://chiesa.rimini.it/albertomarvelli/?page_id=42

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