Beato Artémides Zatti, coadjutor salesiano

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Fotografía del Beato.

Fotografía del Beato.

Introducción
La Congregación Salesiana, fundada por San Juan Bosco, es una institución religiosa mixta, es decir, está formada por sacerdotes y laicos consagrados (hermanos). Cuando la obra de Don Bosco se iniciaba, Italia estaba inmersa en su unificación política y el ambiente de gobierno era hostil a todo lo religioso. Por eso, el fundador determinó nominar su obra con términos educativos para no levantar sospechas y evitar confrontaciones: Instituto, Inspectoría y (Padre) Inspector, (en vez de Provincia y Padre Provincial), Rector Mayor. etc. También a los hermanos religiosos les dio un nombre laico: Coadjutor Salesiano. Con este término quiso evitar el término de fraile y su apócope de fray, dándoles el apelativo civil de “Señor” NN. Así, quiso poner también de realce el papel del laico consagrado en su misión como educador de la juventud. Por este motivo, tampoco quiso que usaran un hábito formal.

La misión del coadjutor salesiano es dar testimonio de su estado laical a la juventud, a la vez que vive su papel de consagrado mediante los votos dentro de esta Congregación. Por lo general, las funciones que desarrollan se encuentran en el sistema educativo, en los talleres técnicos, en la administración de algunas áreas determinadas y actualmente, gracias a la avanzada tecnología, en medios de comunicación, editoriales, etc. Aunque no se ordenan de sacerdotes, (hay casos en que los superiores lo determinan y lo promueven al estado clerical y al sacerdocio), gozan de los mismos derechos de los sacerdotes como miembros del instituto y, junto con ellos, son los responsables de mantener vivo el carisma salesiano y de transmitirlo a las nuevas generaciones. El Beato Artémides Zatti fue un coadjutor salesiano.

Infancia
Nació el 12 de octubre de 1880 en Boretto, en Reggio Emilia, Italia; siendo el tercero de ocho hijos del matrimonio de Luis y Albina. Su familia tenía muchos valores humanos y cristianos, pero estaba sumido en la pobreza, por lo cual nuestro Beato tuvo que abandonar los estudios primarios para dedicarse a trabajar a los nueve años. Ni con el trabajo de los hijos se podía salir adelante, por lo que el papá de Artémides decidió emigrar a América, hacia Argentina. Así, en 1897 ya estaban establecidos en Bahía Blanca.

Fotografía del Beato más joven.

Fotografía del Beato más joven.

Vocación religiosa
A los 17 años, gracias al contacto que tuvo con los salesianos de su parroquia, tuvo el deseo de ser él mismo salesiano. Así lo manifestó a su párroco, don Carlos Cavalli, quien le ayudó a entrar como postulante. Su primera labor fue la de cuidar a un joven sacerdote salesiano enfermo de tuberculosis, por lo terminó él mismo también contagiándose. Estuvo muy grave, a punto de morir, pero en medio de su enfermedad invocó a María Auxiliadora, le confió su problema a la Virgen Santísima y le prometió que, si le alcanzaba de Dios la curación, dedicaría su vida para atender a los enfermos. Admirablemente, quedó curado.

En 1908 emitió sus votos como salesiano y fue destinado a Viedma, donde atendería la farmacia del hospital que dirigía el sacerdote médico Evasio Garrone y a cuya muerte quedó bajo su responsabilidad. En este lugar, que fue la obra de su vida, tuvo su modo de ejercer la caridad, especialmente con los enfermos más pobres y más desamparados. Aquí, Artémides cumplió a la perfección la promesa hecha a María Auxiliadora y éste fue el lugar donde alcanzó la meta de la santidad. Hombre práctico, en 1913 estudió y se diplomó en Farmacología, para atender mejor a sus enfermos.

En abril de 1934 fue canonizado San Juan Bosco. Artémides obtuvo de los superiores el permiso de ir a Roma para esa celebración. Allí fue testigo, junto con la familia salesiana presente, de la solemne ceremonia que le llenó de gozo. Tuvo la oportunidad de visitar Turín, cuna de la Congregación y conocer personalmente los lugares que guardaban el recuerdo de su Santo fundador. También conoció la obra de San José Benito Cottolengo en esta ciudad que lo dejó gratamente impresionado. Alcanzó a desplazarse a su tierra natal, luego de cuarenta años de haberla dejado. Allí convivió con familiares y amigos en un encuentro inolvidable.

Sacerdote de cuerpos
Vuelto a Viedma, se dedicó más de lleno a atender a sus enfermos. Fue como un sacerdote de cuerpos y médico de almas para ellos. Estaba junto a ellos en el día, su charla amena les hacía olvidar las penas. Daba mucha confianza, pues muchas personas con enfermedades vergonzosas querían ser curadas sólo por él, que tenía una discreción muy fina, un tacto especial y una delicadeza angelical. También los enfermos de cáncer solicitaban mucho su apoyo. Le decían: “Don Zatti, ¿no tiene miedo de los microbios?” y él respondía con una sonrisa: “No, porque yo tengo unos microbios más fuertes”.

El Beato fotografiado junto a uno de sus pacientes, un niño hidrocefálico.

El Beato fotografiado junto a uno de sus pacientes, un niño hidrocefálico.

Dedicado a su misión al grado del heroísmo, no tenía menos sensibilidad que el resto de los mortales: el miedo a las infecciones y la repugnancia a las heridas que supuraban, que a otros hacían retroceder, él las pasaba por alto; y tal vez logró esto al recordar que personalmente sufrió en carne propia la tuberculosis. Con sencillez, con toda normalidad y naturalidad, atendía y curaba sin hacer muecas y con una sonrisa enfrentaba los más nauseabundo y repugnante. Es que la vivencia del Evangelio le inspiraba su vida y su acción. Decían del señor Zatti que “se había casado con el dolor y desposado con la miseria”. El Beato Artémides fue un artífice de vida. Por ello, consciente de que en un hospital no todos los enfermos se alivian y que en muchas ocasiones el lugar es antesala de la muerte, a los enfermos que veía que vendría pronto su desenlace, los animaba en su tristeza y les decía. “Eso pasará, lo único que vale es el amor de Dios”, y los ayudaba a prepararse al paso de esta vida a la otra.

En cierta ocasión atendía un niño campesino con mucho cariño, era un enfermo recién ingresado. Y sabía bien que no tenía esperanza. Se dio cuenta de que no había hecho la Primera Comunión y lo preparó personalmente. Cuando estuvo preparado lo llevó a la catedral para recibir a Jesús por primera vez en el Sacramento del altar como su fuera su padre. Ni el niño ni Don Zatti sabían que era el último día de su vida. Al regresar al hospital, la salud del niño empeoró, aunque el niño rebozaba de alegría por ese primer encuentro con Cristo. Al poco rato le manda llamar y le dice: “Don Zatti, me muero…” y el Beato le respondió: “Bueno, si quieres morir, comienza por hacer la señal de la Cruz. Ahora, junta tus manos y ya puedes irte al cielo, así, sonriendo…”. El niño obedecía paso a paso y gesto a gesto las indicaciones y quedó serenamente. Al día siguiente, un médico le informó: “Ha muerto el enfermito, pero qué cosa más curiosa, ha quedado con una sonrisa en los labios”. Corrió el Beato a verlo y esa sonrisa que él había dibujado en los labios, continuaba impresa en su rostro.

Su servicio se extendió fuera de la ciudad, sin importar que fuera de noche o de día. Llegaba hasta los tugurios y muchas veces no cobraba la revisión. No es raro que muchas veces los enfermos prefirieran la presencia del enfermero santo a la de los médicos. Amaba a sus enfermos, al grado de ver en ellos el rostro de Cristo. No era raro que a veces le dijera a una enfermera: “Hermana, ¿tiene ropa para un Jesús como de 12 años?”. Infatigable, se cuenta que nunca tuvo tiempo de descanso más que cinco días que estuvo en la cárcel por culpa de un detenido que se escapó del hospital, fuga de la que trataron hacerlo responsable. Su persona irradiaba a Dios. Un médico incrédulo decía: “Desde que he tratado al señor Zatti, creo en Dios”.

Mural contemporáneo y sepulcro del Beato.

Mural contemporáneo y sepulcro del Beato.

Personalidad
La práctica puntual de sus obligaciones es el matiz que abre esta faceta de su vida. Edificante en su vida religiosa, se notaba en él el esfuerzo continuo por la superación espiritual. Servicio sacrificado a todas horas, sin malas caras y con la dedicación intensa a los enfermos más repugnantes. Siempre sereno, nunca alterado, con una alegría y optimismo que contagiaba. Luchaba por acabar con la pobreza y escasez del hospital. Confiaba mucho en la Divina Providencia, pero decía: “No le pido a Dios que me consiga las cosas, sino que me diga dónde hay para yo ir por ellas”.

Enfermedad y muerte
En 1950 se cayó en una escalera y entre este año y el siguiente tuvo que guardar reposo a grandes intervalos. Es entonces cuando él mismo, al examinar los síntomas detecta que tiene cáncer, pero don Zatti no perdió la serenidad. Así, el 15 de marzo de 1951, vivió su pascual personal. Toda Viedma estuvo pendiente de su enfermedad y se hizo presente en su funeral. Todos querían darle el último adiós a quien había pasado su vida en la tierra haciendo el bien. Sus pobres y sus enfermos lo acompañaron, todos querían estar a su lado para llevarlo a su última morada.

Culto
Fue beatificado por San Juan Pablo II el 14 de abril de 2002. Su celebración litúrgica se determinó entonces que se celebrara el 15 de marzo, aniversario de su muerte. En el año 2000 se canonizó a los Santos mártires Luis Versiglia y Calixto Caravario, salesianos. A ellos se les celebraba el 13 de noviembre, aniversario de la primera expedición misionera salesiana. Pero en el reordenamiento del calendario propio de la familia salesiana, efectuada unos años después, se les asignó como fecha de celebración el 25 de febrero, aniversario de su muerte. Al quedar vacante la fecha del 13 de noviembre, se ha traslado a este día la celebración del Beato Artémides Zatti, cuya ocurrencia dentro de la Cuaresma impide celebrarlo con mayor solemnidad.

Humberto

Bibliografía:
– MARTÍNEZ PUCHE José A., Nuevo Año Cristiano, Marzo, Editorial Edibesa, Madrid, 2002, pp. 188-193

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