Beato Bartolomé Rodríguez Soria, sacerdote mártir

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía del Beato en su juventud, recién ordenado de sacerdote.

Fotografía del Beato en su juventud, recién ordenado de sacerdote.

Siguiendo en mi línea de hacer conocer a los mártires de la Guerra Civil Española, hoy os acerco a la vida del Beato Bartolomé Rodríguez Soria, que es uno de los sacerdotes mártires de la Diócesis de Albacete, mi diócesis.

Bartolomé nació el día 7 de Septiembre de 1894 a las nueve de la noche, siendo bautizado dos días después, como era costumbre en la época, en la parroquia del Espiritu Santo de Riópar, provincia de Albacete. Su infancia en este pueblo de la sierra pasó tranquila, sus padres Juan Vicente Rodríguez y Joaquina Soria tenían unos trabajos modestos y una economía estable, desde muy temprana edad su madre contaba a los vecinos y amigos que los juegos infantiles del Beato Bartolomé consistían en levantar pequeños altares y colocar en él estampas de Jesús y del Sagrado Corazón de María; y que pasaba horas entregado a la oración.

Antes de tener la edad reglamentaria, ya acudía al colegio del pueblo, por lo que aprendió a leer con facilidad para la edad que le correspondía, pasó a ayudar en misa como monaguillo y como niño fue el ejemplo de su casa por no dar el mínimo disgusto a sus padres, hermanos y profesores: era un niño muy humilde y obediente.

Cuentan que un día, estando acompañado de sus padres, escuchó como un vecino del pueblo profirió una blasfemia contra Dios, y el niño Bartolomé, despegándose de la mano de sus padres, se acercó a ese vecino y le dijo: “Si te queda saliva en la boca después de lo que acabas de decir, escúpeme a mí antes que blasfemar contra nuestro Señor”, a lo que este señor, sobrecogido, le dio dos besos y le prometió que nunca más volvería a soltar esos improperios.

En los últimos años de colegio, el profesor lo calificó como alumno ejemplar por su disciplina y buenos resultados, llegando a decir que no podía seguir en sus clases porque sabía más que él; cuando terminó sus estudios le preguntaron qué carrera le gustaría hacer, a lo que el respondió sin duda que él sería sacerdote.

El Beato, ya de sacerdote, fotografiado con algunos paisanos.

El Beato, ya de sacerdote, fotografiado con algunos paisanos.

Vida de seminarista
En el Seminario de la Archidiócesis de Toledo realizó sus estudios, siendo como se esperaba un alumno aventajado en todas las materias, muy amigo de sus amigos y estimado por los profesores que, en las cartas que enviaban a sus padres, se deshacían en elogiar su conducta y cualidades, llegando a decir el rector que este muchacho prometía mucho.

Cuando llegaba a casa después de unas pequeñas vacaciones se sumía en la oración en su cuarto poniendo sobre la mesa sus estampas y medallas; allí con dos velas encendidas cuenta su hermano que pasaba horas y horas. En una carta que envió a sus amigos les explicaba con detalle todo lo que veía en Toledo y describiéndoles la catedral les decía: “Cuando en la tierra y de manos de los hombres hay esto, en el cielo ¿qué será?”.

Sacerdocio
Ya como sacerdote ordenado en 1918 y pasada la provechosa etapa de seminarista, su primer destino fue como coadjutor en el pueblo de Elche de la Sierra (Albacete), muy próximo a su pueblo natal Riópar; allí pronto empezaron a conocerlo por sus predicaciones, por sus sabios consejos y por ser un buen director espiritual al que todos los parroquianos querían. Año y medio más tarde le confiarían el economato de la parroquia de Balazote y Peñascosa (Albacete), que llevaba meses sin un sacerdote fijo. Allí pudo desempeñar su gran la labor como sacerdote acercando a los vecinos mas desapartados de fe, con sus predicaciones y buen ejemplo con los más necesitados.

Autoridades eclesiales tan destacadas como el Arzobispo de Valencia, Don Prudencio Melo; se interesaron por él, pero más si cabe fue el Obispo de Ciudad Real, Don Narciso Estenaga, quien le mandó llamar para ofrecerle el cargo de su secretario personal y segundo padre diciéndole: “Todo esto es para ti, tú serás el dueño” (refiriendo al despacho, habitaciones etc.); con ambos obispos quedó muy agradecido pero él quería permanecer como sacerdote de pueblo, y en el concurso de parroquias del año 1927 le confiaron la parroquia de Munera (Albacete). El párroco al enterarse de la noticia exclamó a los fieles del pueblo “Nos viene un San Luis Gonzaga, este sacerdote fue su sustituto en la parroquia de Balazote, donde años más tarde diría que él se limitó a cosechar la abundante mies que el Beato Bartolomé tenía preparada y es que por donde pasó hizo una labor ministerial admirable.

Vista del cáliz con que oficiaba misa el Beato, exhumado junto con sus huesos y restaurado.

Vista del cáliz con que oficiaba misa el Beato, exhumado junto con sus huesos y restaurado.

En Munera (Albacete) donde permaneció hasta su martirio, desempeño grandes labores con sus feligreses, afanándose en formar grupos de personas que participaran activamente en las labores parroquiales, llegando a formar un grupo de Acción Católica, Hijas de María y un numeroso grupo de niños y niñas para la primera comunión (300), a los que él mismo compró los libros. Se esforzó por llevar con rectitud las normas de la Iglesia, lo que alguna vez le costó algún enfrentamiento con los vecinos, que por citar un ejemplo se oponían a confesar y comulgar por lo menos una vez al año para poder ser miembro de una Cofradía o Apostolado, ejerció sin descanso el ministerio de la confesión y ayudó en secreto a las familias necesitadas del pueblo; en general cada día iba creciendo más y más el número de feligreses que asistían a misa y frecuentaban los sacramentos.

Por último y según los que lo conocieron, barruntando lo que se le venía encima organizó unas conferencias por la noche, quedando todos maravillados de su elocuencia. Por desgracia esto no duró mucho por los acontecimientos políticos que se sucedieron en el país y en el pueblo.

Martirio
Un año antes de las revueltas que empezaron en el verano de 1936, hablaba a sus fieles del padre jesuita Pro, quien murió mártir en México, y entusiasmado decía: “¡Quién pudiera morir así!”.

Días antes de su arresto y ya estallada la Guerra Civil, se le veía preocupado, sumido en la oración; decía: “Lo que más siento es no poder celebrar la Eucaristía, llenándosele los ojos de lágrimas. Todos los fieles le recomendaban que se marchase a un lugar seguro, a lo que él sin dudar y lleno de valentía, respondía: “El buen pastor no abandona a sus ovejas” y “El buen artillero muera al pie del cañón, precisamente cuando más me necesitan mis feligreses”.

Vista del antiguo suelo, explícitamente conservado, donde el Beato sufrió el martirio.

Vista del antiguo suelo, explícitamente conservado, donde el Beato sufrió el martirio.

Al poco tiempo dos grandes filas de milicianos se acercaron a la casa parroquial y lo arrestaron, por el mero hecho de ser sacerdote y de no renegar de su fe. Lo sacaron en “procesión” hasta la iglesia de San Sebastián, donde él como buen pastor había ofrecido tantas veces su vida por la de su ovejas. Abatido por la incertidumbre que corría en el pueblo y la capital (Albacete) que esa misma noche cayó en manos del ejército nacional, dijo: “Cómo me gustaría ser mártir si es la voluntad de Dios, lo sentiría por mi madre y mis hermanas”. Al sacarlo de casa no le dejaron despedirse ni tan siquiera de su madre; y junto con un grupo de treinta personas los encarcelaron en la sacristía con gran violencia.

El día 28 de julio empezó su martirio, que duró cuarenta y ocho horas. Empezaron quitándole la sotana, que era su vida y según su madre, nunca desde que la vestía se la quitó; como al mismo Jesús antes de ser crucificado, lo despojaron de sus vestiduras, lo tiraron varias veces desde el púlpito al suelo, lo golpearon y saltaron sobre su cuerpo, lo obligaron a blasfemar una y otra vez a lo que él se negó hasta el límite. Por último y como colmo, pidió agua por la sed que tenía y se orinaron en su boca; con las pocas fuerzas que le quedaban decía: “Por tu pasión, Jesús mío, por tu pasión”. Momentos antes de entregar su alma al buen Jesús, cogió las manos de unos de los milicianos, las besó y casi sin fuerzas le dijo: “Te perdono como Dios me perdona a mí”. Todos los allí presentes en esas horas amargas, lloraban al oír estas palabras de boca de Beato Bartolomé, incluso algunos milicianos cómplices allí presentes.

Con la palabra de perdón en los labios y con un dolor físico insoportable moría en el mismo recinto sagrado de la iglesia de San Sebastián, el 29 de Julio de 1936. Así mueren los Santos, así mueren los mártires. Su fiesta se celebra el 6 de Noviembre, día de los mártires españoles del siglo XX.

Vista de las reliquias del Beato, tras su exhumación y reconocimiento.

Vista de las reliquias del Beato, tras su exhumación y reconocimiento.

Proceso de beatificación
En 1940 se trasladaron sus restos desde el cementerio municipal a la Iglesia parroquial. Se conservan testimonios de varios favores atribuidos a su intercesión en el mismo pueblo y provincia. La Iglesia lo propone como modelo de fe y de santidad.

Su proceso de beatificación se adjuntó con otros 497 mártires más de la persecución religiosa española y fueron beatificados el 28 de octubre de 2007 por el Papa Benedicto XVI, en una gran ceremonia en la Plaza de San Pedro del Vaticano.

David Garrido

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es