Beato Buenaventura de Barcelona, fraile franciscano

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Lienzo-retrato del Beato.

Lienzo-retrato del Beato.

Se llamaba Miguel Bautista Gran y había nacido en Riudoms – localidad perteneciente a la provincia de Tarragona -, el día 24 de noviembre del año 1620, en el seno de una familia labriega muy pobre pero muy religiosa, quien le inculcó un especial amor a la Santísima Virgen. A causa de estas estrecheces económicas familiares tuvo que dejar muy pronto la escuela elemental para ayudar a su familia trabajando en el campo y como pastor. Sin embargo, diariamente visitaba la iglesia parroquial donde pasaba bastante tiempo arrodillado delante del sagrario.

Su padre tenía la pretensión de casarlo y así se lo propuso cuando tuvo dieciocho años de edad, pero él le manifestó que había decidido hacerse religioso. Aún así, tuvo que dar su brazo a torcer y casarse, aunque ambos esposos vivieron, durante el corto período de tiempo que duró el matrimonio, como si fueran hermanos. Se cuenta la anécdota de que el mismo día de su boda se “perdió”, se quedó largo tiempo en la iglesia y, cuando lo encontraron, estaba como sumido en un éxtasis. Muerta su esposa a los dieciséis meses de casarse, Miguel logró superar la reticencia paterna y se acercó al convento franciscano de San Miguel de Escornalbou. En un principio, el superior del convento lo rechazó por ser prácticamente un hombre inculto, pero Miguel, postrándose de rodillas ante él, le respondió: “Razón tenéis al despedirme, pero al fin y al cabo menester será cumplir lo que el Señor ha determinado”. Ante esta respuesta, fue inmediatamente admitido, iniciando el noviciado el día 14 de julio de 1640, festividad de San Buenaventura, por lo que cambió su nombre de pila por el del santo Doctor de la Iglesia.

Emitidos los votos, permaneció durante diecisiete años en la provincia franciscana de Cataluña viviendo en los conventos de la reforma franciscana de Mora, Tarrasa, Santa Inés y Escornalbou, donde ejerció los trabajos propios de un hermano lego: cocinero, portero, enfermero y limosnero. De este tiempo se cuenta una anécdota que dice que estando un día de fiesta en la iglesia del convento explicando el catecismo a unos niños, mientras hablaba miró durante un instante a un cuadro de la Inmaculada que estaba colocado en el altar mayor. Fue verlo y lanzarse disparado como una flecha por el aire hasta besar el rostro de la Virgen. Los niños empezaron a gritar asustados, por lo que acudieron a la iglesia tanto los frailes como muchas personas, los cuales contemplaron aquel espontáneo éxtasis hasta que el padre superior, para acabar con aquel alboroto de la gente, mandó a fray Buenaventura que bajase. Este obedeció y ruborizado se retiró a su celda.

Detalle de una imagen del Beato.

Detalle de una imagen del Beato.

Estando en el convento de Santa Inés y queriendo fundar un convento donde se viviera con más rigor la Regla escrita por San Francisco, sintió la llamada de marchar a Roma y, aunque a regañadientes, obtuvo el permiso para realizar el viaje en el año 1658, por lo que embarcó en Barcelona desembarcando en Génova. Visitó a pie los santuarios de Loreto y de Asís y allí, estando en oración en el convento de San Damián escuchó de nuevo la llamada de Dios que le apremiaba a que se marchase a Roma para fundar un convento aun más austero. Rápidamente se puso en camino llegando a Roma poco tiempo después.

Los dos primeros meses los pasó en la Curia General de la Orden en el convento de Aracoeli, aunque después fue enviado como portero al convento del colegio de San Isidoro de los irlandeses y como era tanta la gente que se acercaba a él, decidieron enviarlo al convento de Capranica di Sutri, desde donde más tarde y por los mismos motivos, retornó de nuevo al convento irlandés. Se cuenta una anécdota que le ocurrió en el convento de Capranica y es que un día, estando en Misa, en el momento de la comunión, al decir fray Buenaventura las palabras “Domine non sum dignus”, la Sagrada Forma salió volando de las manos del sacerdote posándose en los labios del beato. La noticia de este hecho llegó a los oídos de los cardenales Barberini y Facchinetti que, como veremos más adelante, fueron benefactores suyos.

Pero la verdadera misión de Fray Buenaventura era la de fundar conventos de retiro, más austeros, en la provincia romana de los franciscanos reformados, por lo que escribió personalmente al Papa Alejandro VII, el cual lo recibió en audiencia en Castelgandolfo y en el Vaticano y con la ayuda de los cardenales Francesco Barberini y Cesare Facchinetti – de cuya confianza y estima gozó siempre -, obtuvo el 8 de marzo del año 1662 la erección como retiro del convento de Ponticelli cercano a Scandriglia, en la diócesis de Poggio Mirteto. Posteriormente fundó los retiros de Montorio Romano (en la diócesis de Tivoli) y en el año 1677, en la propia Roma, el retiro de San Buenaventura en el Palatino.

Imagen del Beato en su localidad natal.

Imagen del Beato en su localidad natal.

Estos conventos que en un primer momento formaban parte de la provincia romana reformada, pudieron gozar de una cierta autonomía y en el año 1845 fueron erigidos como una Custodia propia. Incluso después de la muerte del beato, se unieron el convento de Pofi (en la diócesis de Veroli), el de Vallecorsa (en la diócesis de Fondi), dos conventos de Florencia y de Prato e incluso la llamada “Riformella” a la cual perteneció San Leonardo de Porto Mauricio; en el año 1900 se unieron con otros conventos de otras familias franciscanas en una sola: la Orden de los Frailes Menores, que es la que actualmente subsiste.

Para fundar sus conventos y realizar sus reformas, el beato Buenaventura encontró muchos obstáculos por parte de los franciscanos reformados, pero con constancia y con el apoyo de personajes influyentes fue superando todos ellos. Él era sólo un hermano lego y aunque insistentemente se le pidió que se ordenase como sacerdote, él nunca quiso porque se consideraba indigno para desarrollar ese ministerio, aunque siendo – como he dicho -, un simple hermano lego, fue elegido guardián de los conventos de Ponticelli y de San Buenaventura al Palatino y comisario de todos los conventos que había fundado, no por voluntad suya sino por imposición del cardenal Barberini. Por este motivo compiló unos estatutos que obtuvieron la aprobación pontificia tanto de Alejandro VII, como de sus sucesores, Clemente IX, Clemente X y del Beato Inocencio XI, quienes lo honraron con su amistad personal.

De igual manera fue amigo de muchas familias nobles romanas, especialmente de la familia Barberini y asimismo contó con la simpatía, el cariño y la benevolencia del pueblo romano, especialmente de los pobres y necesitados que siempre encontraron en él a un benefactor por el que sentían verdadera devoción. Y era tal su celo, su sabiduría y su capacidad de consejo, que habiéndole preguntado un día un fraile donde había estudiado, él le contestó: “En las llagas de nuestro Señor, hermano”.

El 15 de agosto de 1684, se puso gravemente enfermo y aunque los médicos hicieron todo lo posible para sanarle, se dieron cuenta de que esto no ocurriría. El también lo presintió y desde ese momento solo solía repetir: “¡Paraíso, paraíso!”. El 11 de septiembre recibió los últimos sacramentos, bendijo a sus frailes y entrando en éxtasis, murió en Roma con sesenta y cuatro años de edad.

Urna del Beato en la iglesia de San Jaime de Riudoms, España.

Urna del Beato en la iglesia de San Jaime de Riudoms, España.

Destacó de manera extraordinaria por su caridad con los pobres, por ser extremadamente humilde y por practicar la pobreza más austera, o sea, era un digno hijo de San Francisco de Asís. Dios lo enriqueció con gracias especiales como éxtasis y el don de la contemplación, pero también supo escudriñar el interior del corazón humano e intuir lo que pretendían quienes se acercaban a él. Su espiritualidad era práctica, la demostraba incansablemente con el trabajo diario. De él solo se conservan algunas cartas y los estatutos de los retiros, así como un pequeño trabajo ascético, sobre el que sin embargo existen algunas dudas acerca de su autenticidad.

En vida gozó del don de milagros y después de muerto, en su sepulcro también se produjeron numerosos prodigios. Aunque yo no soy muy partidario de contar estas cosas, haré alguna excepción: Se cuenta que estando un día haciendo la comida, fue a realizar una visita corta a la iglesia y se quedó en éxtasis; consecuentemente, la comida se quemó. El hermano campanero se dio cuenta y fue a buscarlo diciéndole que aquel día los frailes no podrían comer. El le dijo que llamara a los frailes al refectorio y sirvió a los frailes la comida carbonizada, los cuales la encontraron tan apetitosa que manifestaron que jamás habían comido viandas tan sabrosas.

Otro: un día le dieron dos peces grandes para la comida de los frailes. El se ausentó de la cocina durante unos instantes y cuando volvió vio que unos gatos se los habían comido y solo habían dejado las raspas. El llamó a los gatos y sin enfadarse, le dijo al más viejo: “Eres un goloso y por ser el mayor deberías dar ejemplo a los otros gatitos no robando ni comiéndote la comida de los frailes. No tengo más remedio que castigarte a fin de que escarmientes”. Cogió al gato y le dio unas palmaditas en el lomo, mientras que un fraile que estaba en la cocina se partía de risa. Sin embargo, esta risa se le cortó en seco cuando pudo comprobar como en el plato aparecieron dos peces aun más grandes que los que había recibido y que dieron de comer a todos los frailes.

Detalle de la figura de cera que contiene las reliquias del Santo.

Detalle de la figura de cera que contiene las reliquias del Santo.

Y solo otro más: Una señora llamada Isabel Vila se ganaba la vida criando gusanos de seda, pero se quedó sin hojas de morera y, temiendo haberlo perdido todo, acudió a fray Buenaventura. Este se fue adonde estaban los gusanos y vio que eran muy pequeños y estaban muertos de hambre. Ni corto ni perezoso le dijo a la señora que no se preocupara y hablándole a los gusanos les dijo: “Puesto que no hay más hojas, haced vuestro trabajo para alabar al Señor”. Aquella misma noche, los gusanitos hicieron unos capullos tan grandes que la señora Vila ganó mucho más dinero del que esperaba.

Ultimado el proceso ordinario sobre la virtud y milagros de fray Buenaventura en el año 1732, cuatro años más tarde fue introducida su Causa en la Sagrada Congregación de Ritos, concluyendo con la beatificación realizada por San Pío X el día 10 de junio del año 1906. Su fiesta se celebra el día 11 de septiembre. Actualmente sus reliquias se encuentran en su localidad natal.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Baroncelli da Pofi, L., “El beato Buenaventura de Barcelona”, Roma, 1906
– Wallenstein, A., “El beato Buenaventura de Barcelona, maestro del espíritu”, en Archivum Franciscanum Historicum, XLII, 1949.
– VV.AA. “Bibliotheca sanctórum, tomo III”, Città Nuova Editrice, Roma, 1990.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es