Beato Cristóbal de Santa Catalina, fundador

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Lienzo del Beato repartiendo limosna.

Lienzo del Beato repartiendo limosna.

El Beato Padre Cristóbal de Santa Catalina –Cristóbal López de Valladolid en el siglo-, nació en el seno una familia de labradores, numerosa y católica. Fue en la histórica ciudad de Mérida (Badajoz) el día 25 de Julio de 1638 y a los pocos días fue bautizado en la iglesia de Santa Eulalia de Mérida. Desde muy temprana edad ayudaba a sus padres en las labores de labranza y sufrió los graves efectos del hambre que azotaba su población natal. A todo esto su familia cada vez crecía más y sus padres hacían grandes esfuerzos para sacarla adelante.

Su infancia fue transcurriendo como la de un niño normal, con la excepción de que cuando no contaba aún con los nueve años de edad, fue adquiriendo una enorme sensibilidad religiosa, cosa que le llevó a presentarse al convento de Franciscanos de su ciudad solicitando al padre guardián su intención de ser fraile. El Padre quedó sorprendido por las inquietudes y sabiduría de este niño de tan corta edad y lógicamente no lo admitió, pero sí le dio grandes consejos e invitaciones a participar en el sacrificio de la misa (consejos que le sirvieron durante toda su vida).

Ya como adolescente destacaba por su buen comportamiento, su inteligencia superior al resto y su religiosidad. Por testimonio de sus confesores se sabe que fue gran amante de la penitencia y mortificación corporal, cosa que no abandonó ni aun estando enfermo. Ayudaba como sacristán en el convento de las Franciscanas Concepcionistas, madrugaba mucho para asistir a misa y trabajaba como enfermero en el Hospital de San Juan de Dios. Un día el sacerdote y director de este Hospital, viendo su forma de trabajar y de desvivirse por los más necesitados, le planteó un interrogante, insinuándole su clara vocación al sacerdocio.

Sacerdocio
El joven Cristóbal se planteó por muy poco tiempo el ser sacerdote, a lo que finalmente y muy decidido de su vocación, ingresó en el seminario; durante 5 años se formó y una vez concluida esta formación se ordenó el 10 de Marzo de 1663. Durante un breve periodo de tiempo compaginó a la perfección su ministerio sacerdotal en la catedral con el antiguo oficio de enfermero en el hospital, donde sus paisanos admiraban su labor; y es que Cristóbal se sentía muy realizado en los pobres, diciendo: “Cuán suave es el Señor servido en sus pobres”. Pero pronto fue destinado como capellán en los tercios españoles que luchaban en la guerra de Portugal; fue una experiencia dura y fuerte; ya que pasaba días socorriendo a los heridos, escuchando las últimas confesiones y todo ello en primera línea del frente abierto. Explican sus biógrafos que muchas veces escapó de una muerte segura inexplicablemente: un día, estando recostado en un árbol, éste fue alcanzado por una bomba de cañón, el árbol quedó destrozado y él se libró saliendo ileso; en otra ocasión iba montado a caballo junto con su pelotón y súbitamente su caballo se desbocó, desviándose bosque adentro, cosa que lo salvó de una emboscada que sufrió su pelotón, donde todos los soldados murieron, víctimas de los portugueses.

Lienzo del Padre Cristóbal en la fundación del hospital.

Lienzo del Padre Cristóbal en la fundación del hospital.

Así, hasta que un día, muy enfermo, estuvo a punto de perder la vida y su hermano que luchaba en el tercio lo recogió para llevarlo a la casa paterna de Mérida, donde se repondría de sus graves dolencias. Estando convaleciente, siente la llamada de Dios a una vida de soledad y penitencia, lo consulta con un sacerdote, pero en su interior no terminaba de decidirse y mientras tanto le ofrecen buenos trabajos, que él rechazó por no tratarse de lo que buscaba. Una desgracia inesperada, el asesinato de una gran amigo suyo sacerdote, le hace meditar y dar el pequeño paso que le faltaba para una vida más llena y cercana a Dios. Se enteró que la sierra de Córdoba se hallaba un eremita y hacia allí se dirigió, con la esperanza de ser admitido.

Una vida como ermitaño
Era el año 1667 y el padre Cristóbal se dirigió desde Mérida a Córdoba en busca de otra vida más llena para él: durante este trayecto de más de doscientos kilómetros, se encomendaba a Dios diciendo “Mi ánimo, oh Dios, es servirte en la soledad. Mi viaje no ha de ser por camino conocido. Guíame para que sin ser visto, pueda llegar a donde tu amor me llama”. Finalmente Cristóbal llega al eremitorio del desierto del Bañuelo y, encontrándose con el hermano mayor, le dice: “Soy un pecador que viene buscando quien le enseñe a hallar a Dios por el camino de la penitencia, porque no tiene otro que el que ha pecado. Te pido que me recibas como hijo y me enseñes como Padre que yo prometo ser obediente a tus mandatos”.

Desde ese momento el ermitaño lo acepta y vive como un ermitaño más bajo su gobierno y obediencia, comienza una vida de radicalización en oración, silencio y penitencia. Pero aun pasados los meses no desvela su condición de sacerdote para no ser distinguido entre los demás. Más tarde y durante mucho tiempo sin celebrar misa, lo desveló al hermano mayor. En adelante continua con su vida pero celebrando misa diaria en una ermita que le designaron, también ayudaba en las tareas agrícolas y ejercía la caridad haciendo leña y picón, para dejarlas sin ser visto en las puertas de los más necesitados al caer la noche.

Su biógrafo dijo de él estas palabra,s definiendo su paso por el eremitorio: “El Señor labró a su siervo en los campos y soledad del Bañuelo, para que bien asentado fuese fundamento y principio de la nueva congregación”.

Lienzo del Padre Cristóbal socorriendo a los pobres.

Lienzo del Padre Cristóbal socorriendo a los pobres.

En 1670, atraído por la espiritualidad franciscana, profesó en la Orden Tercera de San Francisco de Asís, donde tomó el sobrenombre de Santa Catalina. Sus grandes virtudes, afabilidad, respeto y buen mando hicieron que los demás ermitaños le propusieran ser su guía y maestro, lo que hizo que se constituyera el congregación de ermitaños de San Francisco y San Diego según el espíritu de la Orden Franciscana.

Hospitalidad franciscana en Córdoba
En sus asiduas visitas a la ciudad de Córdoba, puede ver con sus propios ojos las necesidades por las que pasan la mayoría de sus habitantes, son incontables las personas que pasan hambre. El corazón del Padre Cristóbal de Santa Catalina se estremece y lleva a tomar esta determinación: “Serviré a Dios sustentando pobres”.

El padre Posadas, de la Orden de los Predicadores, su confesor y hoy en día Beato, explica en una carta que teniendo noticia de las graves situaciones por las que atravesaban las mujeres de Córdoba se vio en la obligación de socorrer a los pobres por calles y casas. Y hallando caridad donde emplearse dio comienzo a la obra y fundación del Hospital el día once de Febrero de 1673, a la edad de 35 años.

“No vivir nunca para sí mismo, sino para la pública utilidad”, éstas serían sus palabras al ver nuevamente la tarea que le confía la Providencia. Después de llamar a muchas puertas, finalmente la Cofradía de Jesús Nazareno le cedió un hospitalito de seis camas, no era mucho para tanta necesidad, pero él vio con los ojos de la fe y con el tiempo se convertiría en un gran Hospital. A los pies de Jesús Nazareno le confía que sostuviera esta obra que emprendía diciéndole: “Mi providencia y tu fe mantendrán esta obra en pie”. Él mismo cargaba con los enfermos a hombros hasta llevarlos al Hospital y en muy poco tiempo quiso Dios premiarlo con la primeras vocaciones: uno de los ermitaños del desierto y otras dos mujeres, madre e hija, con los que empezó la nueva Congregación de Franciscanos Hospitalarios de Jesús Nazareno.

Reliquias del Beato Cristóbal el día de su beatificación en la catedral de Córdoba.

Reliquias del Beato Cristóbal el día de su beatificación en la catedral de Córdoba.

El obispo Salizanes aprueba las reglas de la comunidad y sólo tres años después reciben la aprobación de la Santa Sede y Padre Cristóbal redacta las reglas con la espiritualidad Franciscana: Hablar poco, sufrir mucho, amar a todos, amar el recogimiento y resistir las tentaciones del demonio, ocupar bien el tiempo, tratar siempre con la verdad y aborrecer la avaricia, comer sólo para vivir, morir antes que pecar, tener en poco y despreciar las cosas mundanas, leer cosas útiles para el alma, pensar en la muerte, huir de malas compañías, tener a Dios siempre presente y amar muchísimo al prójimo.

Había veces que se aglomeraban muchos niños huérfanos, peregrinos, pecadores, reos y demás personas solicitando su ayuda y él siempre procuraba atenderlos, hasta llegar a entregar sus propias ropas y pagar las dotes de mujeres huérfanas para que se pudiesen casar.

La rama femenina de la Congregación, por disposición del concilio de Trento, debía permanecer en clausura, y se encargaban del cuidado de las señoras enfermas y de todos niños huérfanos. El padre Cristóbal les aconsejaba llevar una vida santa en la oración y en la mortificación, aconsejaba a sus enfermos la oración diaria y las prácticas de algunas devociones como el Vía Crucis, pero los comienzos no estuvieron exentos de problemas, pues algunos miembros renunciaron por considerar aquella vida propuesta por el padre muy exigente con los pobres y para los pobres. Él, aun así, no perdía la paz y decía a Jesús Nazareno: “Váyanse sus caridades, Dios no me ha de faltar”. A pesar de la falta de recursos siguió adelante y en situaciones límites siempre contó con la ayuda de Dios. Se cuentan milagros como el de las monedas y el arca llena de pan.

Su constancia en la oración era de tal importancia para él que, fatigado por los quehaceres del día se adormecía; y para que no se volviese a repetir ese hecho, halló un remedio ingenioso: se arrodillaba en una columna trunca de piedra en difícil equilibrio “Si te duermes y caes has de romperte la cabeza, ten cuidado Cristóbal siquiera por el cuidado del cuerpo, ya que no del alma”.

Jesús Nazareno de Córdoba. A sus pies estaba sepultado el Beato.

Jesús Nazareno de Córdoba. A sus pies estaba sepultado el Beato.

Al padre Posadas le gustaba describirlo como el “Girasol de Dios”, siempre orientado a Dios para cumplir su voluntad; y tal era su intimidad con Dios que en ocasiones se le vio levitar a la vista de todos en el patio de los naranjos de la Catedral de Córdoba.

Muerte y proceso de beatificación
En el mes de Julio de 1690, tras diecisiete años de total entrega, llega a su fin la vida del heroico fundador; y alrededor de su lecho se acumulan muchos de sus hijos para escuchar su testamento espiritual: “La hora es llegada de partida al Señor, pido con todo encarecimiento que atiendan a la honra y gloria del Señor, procurando guardar el instituto con grande humildad de sí mismos, con caridad de los pobres amándose unidos en el Señor”, entrega después de estas palabras su alma a Dios a los cincuenta y dos años, el 24 de Julio de 1690, contagiado de cólera por uno de sus enfermos; como Jesús Nazareno dio su vida por sus amigos.

En 1770, la Sagrada Congregación de Ritos declara válido el proceso de fama de santidad del Siervo de Dios. En el año 2007 dio un gran paso el proceso gracias a un posible milagro acaecido en el año 2002 y que tiene que ver con la curación inexplicable de una mujer embarazada; también este mismo año termina la fase diocesana. En el 2008 comienza la etapa en Roma, donde se analizaron los documentos en las fases médica y teológica. Finalmente el 20 de diciembre de 2012 el papa Benedicto XVI firmó el decreto del milagro, lo que permitió su beatificación, que finalmente se celebró el día 7 de Abril de 2013 en la Catedral del Córdoba, siendo presidida por el cardenal Angelo Amato. Fue la primera beatificación del pontificado del Papa Francisco.

David Garrido

Enlaces consultados (02/07/2013):
http://www.diocesisdecordoba.com/
http://fhjnazareno.org/web/
http://www.artencordoba.com/SEMANA-SANTA/Semana-Santa-Cordoba-Nazareno-cofradia.html

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