Beato Jeremías de Valaquia, fraile capuchino

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Estampa devocional del Beato.

Estampa devocional del Beato.

Hoy quiero escribir sobre un hermano lego capuchino, rumano de nacimiento (Ieremia Valahul) e italiano por adopción, y quiero hacerlo porque considero ejemplar su vida, causa de unidad entre católicos y ortodoxos, y porque hoy conmemoramos su festividad.

Nació en la ciudad de Tzazo, en Valaquia (Moldavia Inferior) el día 29 de junio del año 1556. De su infancia no se tienen muchos datos, aunque se sabe que sus padres eran unos piadosos campesinos católicos, que vivían con cierta holgura, que eran muy generosos y que estaban rodeados de vecinos ortodoxos con quienes tenían una cordial y pacífica convivencia. Era el primogénito de seis hermanos y cuando fue bautizado se le impuso el nombre de Juan. Sus padres, Stoika Kostist y Margarita Barbato (de origen italiano), desde pequeño, según sus propias palabras, le inculcaron las excelencias de la península italiana “pues allí vivía el Papa y todos los monjes eran santos”. Su madre había tenido contactos con los frailes franciscanos conventuales, y aunque convivía pacíficamente con sus vecinos, sentía la presión de los ortodoxos, protestantes y turcos, y añorando el catolicismo de su tierra, quería que su hijo la conociera, la sintiera y la viviera.

Juan Kostist (nuestro beato) nos cuenta que un día, cuando iba al mercado a vender las verduras que cultivaba su padre, se encontró con un mendigo, a quien socorrió y que le dijo: “Tú has de ir lejos, más allá de los montes, a tierras meridionales, a un país que se llama Italia. Recorrerás un camino muy largo y sufrirás mucho, pero no tengas miedo, porque no te ha de pasar nada malo. Al término de tu viaje te pondrás al servicio de un grandísimo Señor, lo servirás con inmenso amor y gozo y serás gratificado generosamente por ello”.

Sintiendo la llamada a la vida religiosa, recordando las palabras de su madre, el vaticinio del mendigo del mercado y un cierto impulso que finalmente le dio su padre, analfabeto como era, ya que no sabía ni leer ni escribir, sin dinero, hablando sólo el dialecto de su tierra y sin una ruta concreta preconcebida, se puso en marcha. Quería volar como los pájaros, recordando una frase que su padre le había dicho un día en el campo: “¿Ves esos pájaros que suben y bajan al cielo? Pues se parecen a los monjes, que sin ataduras terrenales vuelan diariamente hacia el Señor”.

Reliquias del beato reconocidas en Nápoles (Italia).

Reliquias del beato reconocidas en Nápoles (Italia).

El viaje fue largo, duro y aventurero, ya que el mismo nos cuenta que “para llegar hasta donde había llegado y para salvarse, había sufrido lo increíble desde que salió de su tierra. Había hecho de todo: obrero de fábrica, darle a la azada, guardar animales, servir a un médico y a un farmacéutico. Todos los oficios menos dos: paje y verdugo”. Pasó hambre y frío, tuvo que dormir a la intemperie, sentir pánico cuando era sorprendido por una tormenta y no tenía donde resguardarse e incluso verse asaltado en el camino. Atravesando la cordillera de los Cárpatos y bordeando el río Tatros, llegó hasta Brasov, cerca de Alba Iulia, que era la capital de Transilvania, quedándose allí hasta el año 1576.

Ese año recibió una ayuda inestimable: el príncipe Esteban Barthory cayó gravemente enfermo y trajo desde Bari al médico italiano Pietro Lo Iacono. Este, cuando curó al príncipe, se dispuso a regresar a su ciudad natal, necesitando un criado que le acompañara durante el viaje. Teniendo conocimiento de que en la ciudad estaba Juan Kostist, que deseaba a toda costa llegar a Italia, lo aceptó y se pusieron en marcha. Pasaron por Belgrado y llegaron a Dalmacia. El camino duró tres meses, en los cuales, Juan se hizo casi dos mil kilómetros a pie siguiendo a su señor, que iba montado en un caballo. En la ciudad de Ragusa se embarcaron para atravesar el Mar Adriático rumbo a Bari, y allí se quedó como ayudante del farmacéutico Cesare Del Core.

En Bari se llevó uno de los desengaños más grandes de su vida: pensaba encontrarse entre católicos practicantes, pero se encontró con un pueblo despegado de la práctica religiosa, donde las blasfemias, las borracheras, las reyertas e incluso los asesinatos y la prostitución estaban a la orden del día. Aquello no se parecía en nada a su Tzazo natal, donde imperaba la paz y la convivencia, donde todo era diferente, y desanimado, decidió volver a su tierra, embarcándose de nuevo hacia Ragusa.

Tumba del beato en Nápoles, Italia.

Tumba del beato en Nápoles, Italia.

Pero todo cambió de manera providencial, pues un día se encontró a un anciano que, sin conocerlo, le preguntó: “¿Adónde vas, amigo Juan?”. Él se quedó sorprendido al ver que lo llamaban por su nombre de pila y respondió: “Me vuelvo a mi tierra porque no he encontrado en Bari lo que venía buscando en Italia”. El anciano le dijo que Bari no era toda Italia, que fuera a Nápoles, a Roma y a Loreto, donde se encontraría con la Virgen y hallaría a buenos cristianos. Quedó convencido y como el farmacéutico tenía familia en Nápoles, le dio una carta de recomendación y, acompañado por un amigo, puso rumbo a Nápoles, adonde llegó en el mes de abril del año 1578, conoció a los frailes capuchinos, se puso en contacto con el padre provincial e ingresó en la Orden el día 8 de mayo, tomando el nombre de Jeremías de Valaquia.

El noviciado lo hizo en el convento de Sessa Aurunca (Caserta) y allí conoció al fray Pacífico de Salerno, viejo y santo religioso con quien trabó una amistad que le duraría toda la vida. El padre Francisco Severini de Nápoles, su confesor, superior y primer biógrafo, lo definió como un “hermano lego, simple e ignorante, despreciado por algunos de los frailes y que siempre se ocupaba de los trabajos más serviciales y penosos”. El 8 de mayo de 1579 hizo la profesión religiosa, emitiendo los votos simples de pobreza, castidad y obediencia, siendo destinado como cocinero y hortelano a los conventos de San Efrén el Viejo en Nápoles y al de Pozzuoli.

A principios del año 1584 fue enviado al convento napolitano de San Efrén en Nuevo a fin de atender a los frailes enfermos. Dicho convento tenía una gran enfermería donde se atendía a todos los frailes enfermos de los conventos pertenecientes al Reino de Nápoles, de otras partes de Italia e incluso del extranjero, o sea, que trabajo no le faltó. Él atendía preferentemente a los frailes más humildes, porque decía que “los superiores ya están suficientemente atendidos por los otros frailes”. Fue allí donde demostró un extraordinario heroísmo, asistiendo amorosamente a los frailes enfermos durante cuarenta años, hasta el día de su muerte. Los lavaba, los curaba, les daba de comer, aguantaba sus impertinencias, trabajaba sin descanso y muchas horas de la noche, se las pasaba en oración en la capilla de la enfermería. Nunca tuvo una celda propia, dormía en la enfermería donde podía y cuando estaba completamente agotado. Cuando le preguntaban el por qué no tenía una celda, decía simpáticamente que “porque no tenía dinero para pagarse una pensión”.

Instalación definitiva de la figura-relicario en el convento-seminario de Onesti (Rumania).

Instalación definitiva de la figura-relicario en el convento-seminario de Onesti (Rumania).

Pero su amor no sólo se lo demostró a los frailes enfermos; también a los pobres, a quienes daba todo cuanto podía, ya fuera de la huerta del convento, ya fuera de lo que a él le correspondía. Uno de los testigos del proceso, que lo conoció personalmente, llegó a decir que “era tan grande su misericordia y su caridad, que incluso hubiera dado sus propios ojos a quien los necesitara”. Dejaba entrar a los pobres en el convento y en la huerta, y cuando unos frailes le pusieron una cerca para impedirles el paso, protestó y profetizó: “Ya no se cosecharán más esas cebollas gordas y hermosas como cuando no existía la cerca, porque esta avaricia que no es propia de los hijos de San Francisco, causará carestías en el convento”.

Y al igual que San Francisco, ese amor lo mostraba también de manera especial con los animales, procurando su alimentación y curándolos cuando estaban enfermos o heridos. Un día, para evitar que un burro se cayera en un pozo, hizo tal esfuerzo que se dislocó un pie, haciéndose tanto daño que durante meses anduvo como un cojo.

Su amigo, fray Pacífico de Salerno, dice que cuando veía algo que no era correcto, lo hiciera quien lo hiciera, le llamaba la atención, y que siempre estaba atento a los demás, llegándole a escuchar a escondidas: “Señor, te doy gracias porque siempre he servido y nunca he sido servido, siempre he sido súbdito y nunca he mandado”. Otra frase que repetía con insistencia era: “Confiemos en la Sangre de Jesucristo que ha sido derramada por nosotros y en la Santísima Virgen, que es nuestra Madre” y esta otra: “No perdamos el tiempo, fatiguémonos cumpliendo con nuestros deberes ya que así servimos y amamos a Dios. Cuando nos sobre el tiempo, nos retiraremos a hacer oración”. Estas tres frases, resumen su vida de humildad, su opción por la vida apostólica antes que por la contemplativa y su espiritualidad cristocéntrica y mariana.

Visita de la figura relicario por diversas ciudades rumanas.

Visita de la figura relicario por diversas ciudades rumanas.

Pero, aunque él no lo quiso, porque prefería el servicio al prójimo, la vida apostólica antes que la contemplativa, estuvo favorecido por el don de éxtasis y en uno de ellos, se le apareció la Virgen quien le dijo: “Mi corona es mi Hijo”. Esta noticia se corrió entre los frailes, quienes la hicieron llegar a la princesa Isabel Della Rovere, quien encargó realizar un icono al que llamaron “icono de fray Jeremías”. Con ello contribuyó a impulsar el culto a la Theotokos, tan venerada en su Valaquia natal.

De él se cuentan innumerables anécdotas que demuestran su caridad, su gracejo, su paciencia e incluso como se ganaba a aquellos a los cuales, en principio, no les caía bien dada su forma de ser, a veces, un tanto “indisciplinada” a fin de hacerles más agradable la vida a los enfermos. Yo sólo voy a contar una, aunque en la bibliografía muy muchas y están al alcance de todos. La anécdota es ésta: como estaba completamente ocupado con el trabajo de la enfermería, tenía permiso del padre provincial y del padre guardián para poder comer algo fuera de hora y fuera del refectorio. Un día, el padre vicario, al verlo comer fuera de hora, lo reprendió con dureza y de malas maneras. Él le hizo comprender que tenía permiso para hacerlo, pero que si al vicario le importunaba, estaba dispuesto a renunciar a ello. El vicario lo vio – como vulgarmente decimos -, como una tomadura de pelo y se puso más histérico. Entonces, fray Jeremías, sin excitarse y con muchísima paciencia, le dijo: “Padre vicario, se ve que está cansado. No se tome el asunto tan a pecho. Venga conmigo; tengo preparada agua caliente y la he mezclado con hierbas aromáticas. Un buen lavado de pies le va a quitar el cansancio y le va a tranquilizar”. El gracejo con el que se lo dijo e hizo fue tal que terminó ganándose incondicionalmente al padre vicario.

Ceremonia en la parroquia de la Exaltación de la Santa Cruz en Cotnari (Rumania).

Ceremonia en la parroquia de la Exaltación de la Santa Cruz en Cotnari (Rumania).

El agotamiento durante cuarenta años de servicio a los enfermos y a los pobres, y la práctica del voto de obediencia, lo llevaron a la muerte. A finales del mes de febrero del año 1625, cuando ya tenía sesenta y nueve años de edad, fue enviado por el padre guardián para que atendiera al camarlengo del Reino de Nápoles, don Juan de Ávalos, que se encontraba gravemente enfermo en Torre del Greco. El invierno era muy riguroso, llovía copiosamente y el fuerte viento arrancaba los árboles de cuajo. En esas condiciones, agotado y anciano, tuvo que recorrer a pie los doce kilómetros que separaban ambas localidades. Cuando llegó a su destino estaba calado hasta los huesos e, inevitablemente, al día siguiente cogió una neumonía que se lo llevó por delante, muriendo en el convento de San Efrén Nuevo el día 5 de marzo a las diez de la noche, dando gracias porque moría por haber cumplido con el voto de obediencia.

Al conocerse la noticia de su muerte, miles de napolitanos acudieron al convento y ante la imposibilidad de que todos ellos pudieran darle el último adiós al fraile difunto, los frailes se vieron obligados a sepultarlo secretamente durante la noche. El proceso de beatificación lo inició el arzobispo de Nápoles el 20 de septiembre de ese mismo año y dos años más tarde el Papa Urbano VIII aprobó dicha iniciativa nombrando un comité que se encargara del mismo, y fue por eso por lo que pudieron testificar numerosas personas que lo habían conocido personalmente y por lo que existe mucha información sobre la vida de fray Jeremías, pues esta información está recogida en las actas del proceso. Sin embargo, aunque los testimonios y prodigios obrados por su intercesión fueron abundantes, el proceso cayó en decadencia hasta el año 1672, cuando nuevamente fue reabierto el caso por el Papa Clemente X, acto confirmado cinco años más tarde por el Papa Inocencio XI.

Reliquias del beato reconocidas en Nápoles (Italia).

Reliquias del beato reconocidas en Nápoles (Italia).

Pero nuevamente, la Causa cayó en el olvido. En el año 1905 el rumano Gheorghe Sion, que era un investigador apasionado de los libros rumanos sobre la antigua Roma, tuvo acceso a una “Vita di Fra Geremia Valacco”, que había sido escrito por el padre Francisco Severini de Nápoles, cosa que hemos dicho anteriormente. Al comprobar el adjetivo “valacco”, compró sin dudar el libro, haciéndoselo llegar en el año 1914 a Nicolae Iorga, quien no pudo divulgarlo a causa de la guerra. Posteriormente Gheorghe Sion lo donó a la biblioteca de la Universidad de Cluj. En 1926 lo leyó el padre Elías Daianu, quien escribió un artículo sobre fray Jeremías para publicarlo en una revista.

En el año 1946, el profesor Gregory Manoilescu fue a Italia, donde encontró una biografía más moderna titulada “Un romeno eroe en terra italiana”. Se preocupó por el tema y obtuvo el permiso para investigar la tumba de fray Jeremías ayudado por el profesor Giulio Cremona. El profesor Manoilescu descubrió el sarcófago el día 14 de octubre del 1947, dentro del cual, en un ataúd de madera estaban los restos de fray Jeremías. Junto al ataúd se descubrió una placa de mármol con la siguiente inscripción: “Hix iacet P. Jeremías Valacchi P. obiit di V Marty MDCXXV”. Los restos del beato fueron descubiertos en el convento de San Efrén Nuevo y trasladados al Roma a la iglesia de San Lorenzo de Brindisi.

El proceso nuevamente tomó impulso y el 18 de diciembre del año 1959, Fray Jeremías de Valaquia fue declarado Venerable por San Juan XXIII. En diciembre del año 1961 las reliquias fueron devueltas a Nápoles y colocadas en la iglesia capuchina de la Inmaculada Concepción de Piedigrotta. Fueron los rumanos ortodoxos quienes despertaron el interés de la Iglesia católica por su compatriota. Fue un profesor ortodoxo quien descubrió su sepulcro en el convento de San Efrén el Nuevo, convento que había sido suprimido por el gobierno italiano, que lo había transformado en cárcel. Fray Jeremías unió a ortodoxos y católicos rumanos en torno a su figura y eso es un signo más de ecumenismo y de deseos de unión entre numerosos miembros de ambas Iglesias. Finalmente, fue beatificado por San Juan Pablo II el día 30 de octubre del año 1983.

El Beato, nexo de unión entre Italia y Rumanía. Ilustración contemporánea.

El Beato, nexo de unión entre Italia y Rumanía. Ilustración contemporánea.

El 24 de septiembre del año 1992, el ministro provincial de la provincia capuchina de Nápoles, con la bendición del ministro general de Roma, dio el sí a una propuesta hecha por la diócesis rumana de Iasi para que enviase a un grupo de frailes capuchinos, los cuales se establecieron en Onesti. Allí abrieron un seminario bajo a advocación del Beato Jeremías de Valaquia. Ese mismo año, treinta y seis jóvenes rumanos católicos ingresaron en dicho seminario. En el año 2008, parte de las reliquias del Beato Jeremías, puestas dentro de una figura yacente, fueron enviadas a Rumanía, donde hizo un recorrido por varias diócesis católicas, quedando definitivamente instaladas en el convento-seminario de Onesti.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Francesco da Napoli, “Un eroe romeno in terra italiana…”, Roma, 1946.
Index ac Status Causarum, Vaticano, 1985.
– Toppi, F.J. ofm cap., “Fray Jeremías de Valaquia, un testigo de caridad llegado de Oriente”, Sevilla, 1993.
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, tomo VI”, Città Nuova Editrice, Roma, 1988.

Enlaces consultados (28/01/2015):
– www.ercis.ro/actualitate/ieremia.asp
– www.franciscanos.org/santoral/jeremiasvalaquia.html

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