Beato José Puglisi, sacerdote asesinado por la Mafia (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía del Beato celebrando la Eucaristía.

Fotografía del Beato celebrando la Eucaristía.

Su muerte
Él había recibido multitud de amenazas a lo largo de su vida y sabía a lo que se exponía; por eso, cuando el asesino se enfrentó a él, le dijo: “Te esperaba”. Esperaba porque tenía conciencia de que era un hombre condenado a muerte, pero lo hacía gustoso porque sabía que ése era su destino, al haber escogido voluntariamente su enfrentamiento a los métodos mafiosos. Sus colaboradores se lo advertían, especialmente Sor Carolina Lavazzo, pero su firme voluntad y entrega a la regeneración de la juventud de su barrio, su coraje e intolerancia hacia cualquier forma de extorsión, le hacía presagiar su destino.

El día 23 de mayo de ese mismo año – 1993 – era el primer aniversario del asesinato del juez Giovanni Falcone, y él pensaba organizar un acto de homenaje. Se acordaba de las palabras del santo Papa Juan Pablo II pronunciadas en Agrigento: “Dios dijo una vez: no matarás y ningún hombre, ni solo ni organizadamente, ni la Mafia, puede cambiar esta ley y pisotear al Pueblo santo de Dios que vive en Sicilia. Este pueblo está apegado a la vida y no puede vivir bajo la presión de la civilización de la muerte. Es necesaria una civilización de la vida y en nombre de Jesucristo crucificado y resucitado, en nombre de quien es el Camino, la Verdad y la Vida hago un llamamiento a sus líderes: dejad de matar y arrepentíos, porque un día os someteréis al juicio de Dios”. Las palabras del Papa le dieron nuevos bríos, aunque la víspera de ese día – el 22 de mayo –, a plena luz del día, un grupo de jóvenes montados en bicicletas lanzaron bombas de gasolina contra la iglesia, quemando una furgoneta de la empresa que la estaba restaurando. Aun así, el acto de homenaje, que consistía en una marcha, se llevó a cabo, aunque participó poca gente debido al miedo a los mafiosos.

El 25 de junio organizó otro acto en memoria de Paolo Borsellino, magistrado también asesinado por la Mafia y, durante la misa, pronunció una dura homilía: “La Iglesia ya ha castigado con la excomunión a los culpables de estos crímenes tan atroces, pero yo añado que los asesinos, los que viven y se alimentan de la violencia, han perdido su dignidad humana, no son hombres y con sus actuaciones han adquirido la condición de animales. Con la Cosa Nostra no se puede esperar un futuro mejor, la Mafia nunca construirá una escuela para este barrio o una guardería donde dejar a los niños cuando se vaya a trabajar… Pero también os digo que apelo a los protagonistas, a los que de sobras conocemos, para que no obstaculicen a quienes tratan de educar a sus hijos en la legalidad, en el respeto mutuo, en los valores de la sociedad civil. Nos solidarizamos con quienes se ven afectados, nos mantendremos unidos a ellos y seguiremos hacia delante, porque como dice San Pablo: Si Dios está con nosotros, ¿a quién tendremos en contra?”. Por la tarde, organizó una fiesta en la que participó la hermana del juez Borsellino, aunque bien es verdad que se vieron amenazados por algunos jóvenes e incluso a uno de sus colaboradores le dieron una paliza.

Exhumación previa a la beatificación.

Exhumación previa a la beatificación.

La hermana Carolina le dio un toque de atención y le recomendó prudencia, a lo que él le respondió: “Lo máximo que pueden hacerme es matarme y no tengo miedo a morir si es por decir la verdad”. En los días previos al martirio le pincharon los neumáticos del coche e incluso le pegaron, partiéndole un labio. Cuando la hermana Carolina le preguntó qué le había pasado, él simplemente dijo: “Será culpa de un herpes”. El 14 de septiembre, festividad de la Exaltación de la santa Cruz y víspera de su martirio, en una homilía muy sencilla explicó el por qué Cristo sudó sangre en Getsemaní: “Cuando tenemos miedo o sentimos una intensa sensación de calor, se contrae la piel liberando el sudor, pero cuando esta contracción es muy fuerte porque el miedo se ha convertido en una angustia insoportable, se rompen los vasos capilares y por eso decimos que Cristo sudó sangre. Sudó sangre por el miedo que sintió a lo que se le venía encima y este miedo lo hace como uno de nosotros, como nuestro hermano y por eso, a través de Él hemos conocido el amor de Dios. Él dio su vida por nosotros y nosotros tenemos que darla por los hermanos… Es difícil morir por un amigo, pero morir por los enemigos es mucho más difícil, aunque Cristo murió por nosotros cuando aun éramos sus enemigos. Dios está junto a nosotros y esta es la razón de nuestra alegría”.

El día siguiente era su cumpleaños: cumplía cincuenta y seis años de edad y él tenía planeadas varias actividades: por la mañana, una reunión en el Ayuntamiento para solicitar una escuela de enseñanza media para el barrio y además, dos bodas; y por la tarde, entrevistarse con los padres y padrinos que estaban preparando el bautismo de sus hijos y tener una reunión con unos colaboradores, a fin de discutir los detalles de una visita de la Comisión Antimafia. Por la noche, de regreso a casa, contestar todas las llamadas pendientes del teléfono y leer un informe de una convención celebrada en Trento. Al llegar a su casa, fue asesinado de un tiro en la nuca. Antes de morir en el umbral de su casa, con una sonrisa en los labios, dijo al asesino: “Te estaba esperando”.

Exhumación previa a la beatificación.

Exhumación previa a la beatificación.

El asesino, que tenía veintiocho años, estaba casado y tenía tres hijos, fue detenido un par de horas más tarde y admitió haber disparado a Don Pino. Años más tarde, pidió públicamente perdón, diciendo que la muerte de Don Pino había contribuido al cambio de su vida. Dos días más tarde del asesinato del padre Puglisi, el Papa, que se encontraba en el santuario franciscano de La Verna – la montaña donde San Francisco de Asís recibió los estigmas -, visiblemente afectado, dijo: “En este lugar de paz y de oración no puedo expresar el intenso dolor que recibí ayer al enterarme de la noticia del asesinato de un sacerdote de Palermo, don José Puglisi. Alzo mi voz para lamentar que un sacerdote dedicado a anunciar el Evangelio y a ayudar a los hermanos a vivir honestamente, haya sido eliminado de manera tan brutal. Imploro a Dios la recompensa eterna para este generoso siervo de Cristo y pido a los responsables de este crimen, que se arrepientan y se conviertan. Que la sangre de este inocente sacerdote traiga la paz a Sicilia”.

Causa y beatificación
En el año 2000, Año Jubilar, el Vaticano añadió el nombre de Don Pino a la “lista de los testigos de la fe” cuya sangre fue derramada en el siglo XX. Pasados los cinco años de su muerte, como marcan los cánones, la archidiócesis de Palermo inició el proceso para el reconocimiento del martirio. Costó trabajo que el Vaticano considerase mártir al sacerdote asesinado, porque a esto se oponía el concepto clásico que la Iglesia tenía acerca de lo que era martirio.

Sarcófago definitivo en la catedral de Palermo.

Sarcófago definitivo en la catedral de Palermo.

Fue el Papa Benedicto XVI quien autorizó la apertura del Proceso mediante esta formulación. Se creó una Comisión que recogió numerosos documentos e interrogó a los testigos, completándose la fase diocesana del Proceso el día 6 de mayo del año 2001; y pasándose a la Congregación para las Causas de los Santos. En agosto del año 2010, el cardenal Paolo Romeo nombró como nuevo postulador a monseñor Vincenzo Bertolone. En el mes de junio del año 2012, la Congregación dio el visto bueno a la aprobación definitiva del decreto sobre el reconocimiento de martirio del padre Puglisi y, finalmente, el 25 de mayo del año pasado, fue beatificado en Palermo.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– AQUINO, C. y MONTELLARO, E.M., “Padre Pino Puglisi, il samurai di Dio”, Trapani, 2013
– DELIZIOSI, F., “Bibliotheca sanctórum, II Appendice”, Città N. Editrice, Roma, 2000.
– VIOLA, A. y VITELLARO, R., “La missione di 3P”, Roma, 2013.

Enlace consultado (07/04/2014):
– http://www.padrepinopuglisi.diocesipa.it/

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Beato José Puglisi, sacerdote asesinado por la Mafia (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

El Beato, celebrando misa al aire libre en un campamento juvenil.

El Beato, celebrando misa al aire libre en un campamento juvenil.

El 25 de mayo del año pasado, en Palermo, era beatificado don Pino Puglisi, sacerdote asesinado por la mafia siciliana el 15 de septiembre de 1993, delante de su casa, con sólo cincuenta y seis años de edad, por su continua denuncia contra esta organización criminal. Hoy y mañana queremos escribir sobre este valiente y santo mártir de nuestros días, porque creemos necesario conocer su testimonio en estos tiempos, en los que nuestra juventud se ve amenazada por las drogas y por otras actuaciones de organizaciones mafiosas. Inevitablemente, el primer artículo será más largo que el segundo.

Vida
José Puglisi había nacido en esta ciudad siciliana, el día 15 de septiembre del 1937, siendo el tercero de cuatro hijos de un matrimonio humilde formado por un zapatero y una costurera. De pequeño fue monaguillo y muy pronto se comprometió con la Acción Católica. Con dieciséis años entró en el seminario, siendo ordenado sacerdote el día 2 de julio de 1960 en el santuario de Nuestra Señora de los Remedios. Su primer destino fue el de vicario colaborador de la parroquia del Salvador y, cuatro años más tarde, era nombrado capellán de la iglesia de San Juan de los Leprosos. Dedicaba gran parte de su tiempo al trabajo pastoral con los jóvenes más desfavorecidos y al mismo tiempo más rebeldes, con aquellos que ni siquiera tenían una cama donde dormir o unos servicios para asearse. Es aquí y en sus dos destinos siguientes, cuando se plantea confrontar leal y abiertamente sus métodos de trabajo con los jóvenes profesores de la enseñanza secundaria, imbuidos por los vientos izquierdistas de la década de los sesenta.

Pero más allá de la oposición ideológica, buscaba la justicia y la solidaridad, y cada vez era más conocido por su carisma de educador y por su capacidad de diálogo. Decía: “El ateísmo nos divide, pero nos une la necesidad de la redención y la renovación de la sociedad”. El 1 de octubre de 1970 fue destinado a un pequeño pueblo – Godrano – a unos cuarenta kilómetros de Palermo, situado en la montaña más alta de la provincia, por lo que irónicamente decía a sus amigos: “Sin quererlo, me he convertido en el sacerdote de más alto rango de la diócesis”. Allí, teniendo presente las enseñanzas sobre ecumenismo del Concilio Vaticano II, logró organizar pequeñas experiencias de oración con un grupo de cristianos pentecostales que vivían en el pueblo y puso en orden todas las cuestiones relacionadas con la iglesia local, potenciando la labor eclesial de los laicos y entrando en contacto con la realidad social que lo rodeaba, por lo que vio enseguida que la sotana lo alejaba del pueblo y se vistió como uno más, siendo cariñosamente llamado “el sacerdote de los pantalones”.

El Beato, fotografiado rodeado de los niños a los que dedicaba su tiempo.

El Beato, fotografiado rodeado de los niños a los que dedicaba su tiempo.

Él sabía de sobras que los momentos eran difíciles, pues aquella zona estaba desgarrada por una pelea entre clanes mafiosos que ya había causado quince muertos: la “vendetta”; y sabía que las propias madres les inculcaban a sus hijos que no se relacionasen con los niños de las familias en conflicto. Él, con la ayuda de algunos amigos y voluntarios de un movimiento de inspiración franciscana, intentó superar todo esto, promover la reconciliación en lugar de la venganza, que destruía a familias enteras y tenía amargado a todo el pueblo. Fue capaz de organizar diversas iniciativas con los niños, caminatas por los bosques cercanos, la celebración de las comuniones al aire libre e incluso, organizando un viaje en barco, pues aquellos chavales jamás habían visto el mar.

Como sabía que algunas familias no conocían el significado de la palabra “perdón”, realizó una serie de actividades tendentes a erradicar las raíces del odio existente entre ellos, como por ejemplo, suprimiendo las ofertas de dinero para adjudicarse la puesta de adornos a las imágenes, o alcanzar la presidencia de las cofradías, acontecimientos que ayudaban a expresar el resentimiento de unos contra otros. Por su parte, él llevaba un sobrio estilo de vida, viviendo de hecho con las donaciones que le realizaban los vecinos del pueblo. Si alguna vez aceptó dinero, siempre exigió el anonimato y fue para restaurar la iglesia parroquial, que había sido gravemente afectada por un terremoto.

Uno de sus lemas era: “Qué queremos hacer con nuestras vidas. Qué significado tiene la vida para ti”, y eso se lo preguntaba continuamente a los jóvenes, inculcándoles el deseo de realizarse como personas y no verse atraídos por los clanes mafiosos, que reclutaban a sus nuevos miembros entre la juventud. Sabiendo que la enseñanza básica era fundamental para la formación de los jóvenes, ayudó al maestro del colegio, enseñando matemáticas y religión, cosa que también hizo cuando, de vueltas a Palermo, se dedicó a la escuela secundaria de niños “Vittorio Emanuele II”, hasta el día de su muerte. Aunque no militaba en ninguna organización, nunca abandonó la lucha para conseguir la igualdad de derechos sociales para todos, lucha que se vio intensificada en Palermo, en la zona de la plaza de San Erasmo, que era en la práctica un ghetto. Dedicaba especial atención a los novios que se preparaban para el matrimonio, con quienes se reunía al menos una vez al mes para inculcarles el significado de lo que él denominaba “un amor duradero”. A todos inculcaba la amistad, la solidaridad e incluso, la fraternidad: la fe había que vivirla en comunidad.

Celebrando misa en Palermo.

Celebrando misa en Palermo.

El 24 de noviembre del año 1979, fue nombrado director del Centro Diocesano Vocacional y en esa tarea estuvo especialmente dedicado hasta el año 1990. Tuvo muchos colaboradores, pero una muy especial fue una trabajadora social llamada Agostina Aiello. Para preparar sus sermones y pláticas recurría a la experiencia de otros sacerdotes, teniendo continuos contactos con franciscanos, jesuitas y otros religiosos, sin importarle cuales habían sido sus experiencias ni sus orígenes. Era un hombre que, con una enorme facilidad, entraba en comunión con cualquier persona con la que se relacionaba, ya fuera religioso o seglar, culto o ignorante, un profesional o un simple campesino. Sabía escuchar y era muy alegre y dado al chiste. Como tenía las orejas muy grandes, decía que era como el “lobo de Caperucita”, que tenía las orejas tan grandes para escuchar mejor; no era el típico sacerdote que siempre tiene recetas mágicas para los que recurren a él, era extremadamente correcto en el trato y no sacaba a colación los temas religiosos si no venían a cuento. Decía: “Aunque no lo sepa, ningún hombre está lejos de Dios. El Señor ama la libertad, no impone el amor, no fuerza nuestros corazones. Cada corazón tiene su época, aunque no lo comprendamos. Jesús llama a nuestra puerta una y otra vez porque sabe que, cuando el corazón esté preparado, se abrirá”.

Era muy estudioso, nunca dejó de estudiar y en más de una ocasión, cansado por el trabajo, se quedó dormido en un sillón con un libro entre sus manos. Tenía una cultura teológica muy sólida, conociendo especialmente las obras del teólogo Karl Rahner, que había sido uno de los padres del Concilio. También tenía profundos conocimientos de filosofía, pedagogía y psicoanálisis; y todos estos conocimientos los puso al servicio de los demás, llegando incluso a organizar actividades de terapia del habla y terapia de grupo. Una persona que recurría a él en busca de consejo, recordando al joven del Evangelio, le dijo que quería avanzar un poco más y él le contestó: “Cada uno de nosotros siente dentro de sí una inclinación, un carisma que es único e irrepetible para cada ser humano. A esto le llamamos vocación y es un signo del Espíritu Santo. Nosotros sólo tenemos que escucharlo, porque esta voz puede darle sentido a nuestra vida”. Esta persona le preguntó: “Entonces, ¿qué entiende usted por vocación?”. Y él le dijo: “El Concilio ha ampliado este concepto y en gran medida, vocación no supone sacerdocio. Hay que trabajar duro para, evitando el proselitismo, ayudar a los demás a realizarse y a acercarse a Dios y a los hermanos. El plan de Dios es particular para cada uno y puede desarrollarse en distintos ámbitos de la vida social y profesional. Nuestro proyecto es el amor y nunca terminaremos de conseguirlo; humildemente, tenemos que ser conscientes de haber aceptado la invitación del Señor, de caminar y de hacer todo lo posible para conseguir ese objetivo, ya que todos juntos conformamos el rostro de Cristo”. También decía: “Vemos el rostro de Jesús representado en la catedral de Monreale y cada uno de nosotros es como una pequeña pieza de ese gran mosaico. Tenemos que comprender cual es nuestro sitio y tenemos que ayudar a los demás a que comprendan cual es el suyo, porque así, formamos la única cara de Cristo que vive en la gloria. Lo importante es encontrar a Cristo para vivir como Él, proclamar su amor, llevar esperanza y ser constructores de un mundo nuevo”.

El Beato fotografiado junto a un grupo de jóvenes.

El Beato fotografiado junto a un grupo de jóvenes.

En 1990 fue encargado de la parroquia de San Cayetano, en el barrio palermitano de Brancaccio, un barrio de unos ocho mil habitantes cuya preocupación era cómo poder comer cada día y que estaba dominado por los hermanos Gravianno, jefes de la mafia muy ligados a la familia de Leoluca Bagarella, compañeros del “capo dei capi” de la Cosa Nostra: Salvatore Riina. Él enseguida se dio cuenta de que los adultos eran “un caso perdido” y, como anteriormente había hecho, se dedicó a trabajar con los jóvenes, que deambulaban por las calles y que lo único que podían aprender eran las lecciones que dan la delincuencia. El crimen estaba reglado, había que cumplir ciertas normas, todo tenía que hacerse con el permiso de los mafiosos porque, de lo contrario, se podía quitar la casa que se ocupaba, ser robado e incluso, desaparecer sin dejar rastro alguno. Los robos estaban a la orden del día y conformaban toda una red de complicidad de la Mafia. Era un barrio pobre, de desocupados, de analfabetos, que no sólo padecían necesidad material, sino incluso cultural y moral. Muchas familias ni respetaban su dignidad ni la dignidad de los otros, la mayoría de los trabajadores estaban contratados ilegalmente, el contrabando, el robo y el tráfico de drogas estaban a orden del día. El absentismo escolar alcanzaba cotas de récord y en el barrio sólo existían dos colegios de enseñanza elemental.

Pero ante este panorama él no se desanimó, se remangó y se puso a trabajar: “Yo acepté este destino por obediencia y por amor, sabiendo que nadie quería ser destinado a este barrio y siento la necesidad de trabajar corriendo”. Intentó reconstruir un grupo de trabajo parroquial y de inmediato rechazó los donativos que los capos de la Mafia realizaban a la parroquia, y les prohibió ocupar lugares destacados en las procesiones, que, por otra parte, redujo a su mínima expresión. Con el consentimiento y la ayuda del arzobispo Salvatore Pappalardo, quiso romper todos los vínculos que pudieran dar algo de legitimidad a la “Cosa Nostra”. “La espiritualidad hay que llevarla por dentro y el auténtico Vía Crucis está a lo largo de las calles del barrio donde vive este pueblo tan pobre”. Empezando desde cero, en su trabajo parroquial tuvo una colaboradora muy especial, Sor Carolina Lavazzo, que no sólo le ayudaba en sus tareas, sino que lo avisaba de los peligros que corría. Organizó cursos de alfabetización y clases muy básicas de teología para sus colaboradores: llevó a la práctica la misma forma de trabajar que cuando estaba en Godrano, y fue allí, en este barrio palermitano, donde cariñosamente se le empezó a conocer por el nombre de Don Pino.

El Beato en el bautizo de un bebé.

El Beato en el bautizo de un bebé.

Sintiendo la necesidad de crear un Centro donde atender tanto a los adolescentes como a los adultos, se propuso la compra de un edificio que estaba enfrente de la parroquia. El cardenal Pappalardo le dio una parte: treinta millones de liras, pero necesitaba doscientos cincuenta millones más: “¿Cómo pedir un préstamo si la parroquia no tiene ni una lira y yo mi sueldo de maestro lo entrego al completo y yo jamás he pedido dinero a nadie?”, “No te preocupes”, le dijo un compañero y amigo, e inmediatamente envió una carta a diversas personas honestas que conocía. Llovieron las ofertas de ayuda desde toda Italia y desde algunos países extranjeros se movilizaron muchas asociaciones, se organizaron rastrillos donde vender cosas superfluas e incluso grupos de niños pudientes entregaron el dinero que sus padres les daban como paga. A él, como le gustaban las cosas claras, todas estas donaciones las hizo públicas, colocando una lista de ayudas en las puertas de la parroquia. Para llevar a cabo las actividades del Centro, se contó con la ayuda de las “Hermanitas de los Pobres de Santa Catalina de Siena”, y el 29 de enero de 1993 se inauguró oficialmente.

Una de las primeras actividades del Centro – sólo veinte días después de su inauguración – fue la celebración de una charla coloquio sobre “La Iglesia y la Mafia: la cultura del servicio y del amor contra la cultura de la mala reputación”, y eso provocó su sentencia de muerte. Él, durante toda su vida, se enfrentó valientemente a la Mafia y a los políticos corruptos, y éstos no podían consentir que un simple cura les quitara su cantera de mano de obra. La “Cosa Nostra” encargaba a los chavales recoger el dinero de las pequeñas extorsiones a los comercios, les hacía participar en el menudeo de la distribución de la droga y hasta en ciertos actos de violencia, como la rotura de cristales o quemas de coches de quienes se oponían a pagar estos impuestos mafiosos. Don Pino estaba empeñado en sacar de esta dinámica a los jóvenes del barrio, y esto le costó la vida. Él trabajaba gustoso: “Si cada uno hace algo, todo puede cambiar”, y en gran parte lo consiguió porque, con su sacrificio, salvó a cientos de chavales de convertirse en asesinos, dando esperanzas a un barrio que estaba sometido a unos criminales.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– AQUINO, C. y MONTELLARO, E.M., “Padre Pino Puglisi, il samurai di Dio”, Trapani, 2013
– DELIZIOSI, F., “Bibliotheca sanctórum, II Appendice”, Città N. Editrice, Roma, 2000.
– VIOLA, A. y VITELLARO, R., “La missione di 3P”, Roma, 2013.

Enlace consultado (07/04/2014):
– http://www.padrepinopuglisi.diocesipa.it/

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es