El Beato Scoto y la Inmaculada Concepción

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Mosaico del Beato Scoto ante la Inmaculada. Pontificia Università Antonianum, Roma (Italia).

Mosaico del Beato Scoto ante la Inmaculada. Pontificia Università Antonianum, Roma (Italia).

Cuando escribimos sobre el Beato Juan Duns Scoto hace exactamente un mes, expusimos “grosso modo” cual había sido su posicionamiento ante el hoy dogma de la Inmaculada Concepción. Hoy, día en el que celebramos este privilegio de la Santísima Virgen, quiero abundar en este asunto aun a sabiendas de que quedarán muchas cosas en el tintero.

Antes de que apareciera nuestro Beato en la historia, ya parte del pueblo cristiano otorgaba a María esta prerrogativa en su concepción en previsión a lo que Ella sería años más tarde: la Madre de Dios, el sagrario que llevaría en su vientre al Verbo encarnado y la criatura que lo educó, alimentó y apoyó en todas sus actuaciones. La fe popular intuía este privilegio y lo defendía. Existe un libro apócrifo del siglo II, el Evangelio de Santiago (del que ya hemos escrito en este blog), que tuvo mucha influencia en la liturgia y que “podría ser el origen” de las fiestas de la Inmaculada, la Natividad de María y la de su Presentación en el Templo. Este evangelio nos narra como San Joaquín estaba desolado porque en su vejez aún no había concebido a un hijo y cómo un ángel se lo anuncia diciéndole que su esposa lo hará padre. Este texto, aunque sea apócrifo, ya nos da a entender la santidad de María y del mismo, casi se puede intuir, que su concepción sería milagrosa. De hecho, influyó en la vida de la Iglesia porque ya en el siglo VII en algunos lugares se celebraba la festividad de la Inmaculada Concepción, aunque todos sabemos que no era dogma y que tenía sus detractores. El pueblo cristiano sabía que en la concepción de María había ocurrido algo excepcional.

Es verdad que en el Concilio de Éfeso (siglo V), este tema no se toca pues el origen del mismo era resolver el problema de las dos naturalezas de Cristo, pero ya en él se define que María es la “Theotokos”, la Madre de Dios, una criatura especial. Más tarde, San Agustín defiende que en María no existió nunca ningún tipo de pecado, basándose en que por su maternidad divina, Ella había recibido una gracia especial de Dios, un “privilegio especial” como posteriormente cantaría el pueblo cristiano.

El Beato Juan Duns Scoto ante la Inmaculada Concepción.

El Beato Juan Duns Scoto ante la Inmaculada Concepción.

Esta doctrina popular, esta creencia popular, no definida aun oficialmente, sin embargo tuvo influencia en la liturgia y ya en el siglo VIII, los monjes palestinos celebraban la fiesta de la “Concepción de la bienaventurada Ana” el día 8 de diciembre, en función de que nueve meses más tarde se celebraba el “Nacimiento de María”. De esto nos hablan tanto san Andrés de Creta como Juan, el obispo de Evia. El Patriarca Focio de Constantinopla lo admite en la primera mitad el siglo IX y a finales de ese mismo siglo, el Papa León VI lo extiende a todo Occidente. En realidad no se celebraba expresamente la Concepción Inmaculada de María tal y como la entendemos hoy en día, ya que el concepto de pecado original no quedó definido tal cual hoy lo conocemos hasta mucho después, en el Concilio de Trento. Se celebrada que su concepción y su nacimiento fueron un milagro.

En el siglo XI, antes de la invasión normanda de Inglaterra esta fiesta era celebrada y, aunque quedó suprimida durante dicha invasión, pronto se recuperó e incluso fue defendida en el Sínodo celebrado en Londres entre 1127-1129. Desde Inglaterra la fiesta se extendió por media Europa, siendo el caso más famoso el de la catedral de Lyon a la cual se opuso el mismísimo San Bernardo de Claraval. Desde este momento se avivó la controversia entre quienes defendían la concepción inmaculada de María (los “immacolisti”) y los que no la defendían (los “macolisti”). Pero la celebración de la fiesta se fue extendiendo, logrando un gran impulso en el Capítulo General de los Franciscanos celebrado en el 1263, que decidió festejarla en toda la Orden. Ya en aquella época, algo más “calmado”, Santo Tomás de Aquino decía que “aunque la Iglesia Romana no celebra la Inmaculada Concepción, tolera la práctica de aquellas iglesias que celebran esta fiesta”. Roma callaba y toleraba, pero todo cambiaría cuando el Beato Juan Duns Scoto defendió esta tesis en la Universidad de París y cuando el Papa Juan XXII, la celebró solemnemente en Avignon donde estaba exiliado.

Siempre se ha dicho que el Beato Scoto enfrentó sus tesis con el mismísimo San Buenaventura, pero esto no es del todo cierto ya que este último podríamos decir que mantuvo una tesis intermedia: algo especial había en María cuando ésta era considerada como mediadora entre Cristo y los hombres y cuando era considerada más santa que el conjunto de todos los santos juntos. El principal escollo era las palabras de San Pablo: “Todos hemos pecado en Adán y todos hemos sido redimidos por Jesucristo”. (Primera Corintios, 15, 22) y por eso, quienes estaban en contra de la concepción inmaculada de María, lo estaban porque defendían la universalidad de la redención de Cristo y también la universalidad del pecado de Adán.

El Beato Juan Duns Scoto defiende a la Inmaculada Concepción.

El Beato Juan Duns Scoto defiende a la Inmaculada Concepción.

Hechas todas estas premisas, resumamos cual era la tesis del Beato Scoto y cómo la defendió. Nuestro beato defendía la primacía absoluta de Cristo, pero también consideraba lo que podríamos llamar una “redención previa a María” por lo que tuvo el privilegio de ser redimida antes de su concepción en previsión de quién iba a ser. La tradición dice que cuando Scoto tuvo que defender en público su posición ante todas las autoridades eclesiásticas y académicas existentes en París – muchas de las cuales lo acusaban de herejía -, antes de entrar en aquella asamblea tuvo que pasar por la capilla del Palacio Real en la que había una estatua de María, ante la cual él oró diciéndole: “Dignare me laudare te, Virgo sacrata” y que la imagen inclinó la cabeza en señal de aprobación. Allí, mientras exponía su tesis, lo hizo de manera tan clara que nadie osó interrumpirlo, pero cuando terminó de hablar fue asaeteado a preguntas.

Sin entrar en los detalles de ese debate, sin embargo si quiero reseñar que uno de los presentes, Landulfo Caracciolo, que posteriormente sería nombrado arzobispo de Amalfi, llegó a escribir: “Nuestro Señor Jesucristo destinó a Duns Scoto, distinguido doctor de la Orden de los frailes menores en París, a donde fue llamado por mandato del Papa para un debate público sobre la Concepción de la Virgen. Scoto rechazó de tal manera todos los argumentos y razones de los opositores defendiendo la santidad de la concepción de María, que algunos de los oponentes quedamos impresionados y no pusimos objeciones. Por esta razón empezamos a llamarle “Doctor subtilis” y yo, Landolfo, deseoso de seguir la doctrina y las reglas del Papa y habiéndolo jurado en la Sorbona, deseo celebrar devotamente la fiesta de la santísima Concepción de María y quiero que esta fiesta sea solemnizada por todos”. Desde ese momento las tesis defendidas por Duns Scoto se fueron asentando en toda la Iglesia Católica hasta que finalmente, el beato Pío IX declaró el dogma el día 8 de diciembre de 1854. La mismísima Virgen María lo reafirmaba cuatro años más tarde en Lourdes autodefiniéndose: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.

Pero dicho cómo defendió Scoto su tesis, ¿cuál era el meollo de la misma? Scoto era franciscano y, al igual que San Francisco, tenía conciencia de la relación tan estrecha que había entre el Hijo y su Madre, una relación que no sólo fue momentánea durante el tiempo en el que vivieron en Palestina, sino una relación con unas profundas raíces teológicas y eclesiales. La primacía corresponde a Cristo, pero éste, como el Verbo que es predetermina cómo sería la santidad de su Madre incluso con el privilegio de su Concepción Inmaculada y esta tesis, él considera que es lo normal, lo que un hijo quiere para su madre y que no contradice ni a las Escrituras ni a la doctrina anterior de la Iglesia. Cristo es el primero y Cristo predetermina y, por lo tanto, María no tendría ningún sentido sin Cristo.

El Beato Juan Duns Scoto ante la Inmaculada Concepción. Vidriera contemporánea en el convento franciscano de París (Francia).

El Beato Juan Duns Scoto ante la Inmaculada Concepción. Vidriera contemporánea en el convento franciscano de París (Francia).

Dios es Amor, por amor crea al hombre, por amor le da y respeta su libertad y por amor nos hace hijos suyos y en el colmo del amor nos envía a su Unigénito al mundo. Por eso, recordemos como Duns Scoto decía que la Encarnación era el “Summum Opus Dei”. La Encarnación tiene primacía sobre todo y, por tanto, Cristo – Dios/Hombre – es lo absoluto, es lo incondicional, es la única santidad que puede dar gloria a Dios. Cristo viene al mundo para dar gloria a Dios y por eso, para Scoto, “aunque el hombre no hubiese pecado, el Verbo se habría encarnado en el seno inmaculado de María”. Esta predestinación absoluta de Cristo conlleva la predestinación de María y si María estaba predestinada a ser la Madre de Dios, tenía que participar de su santidad aun incluso antes de su concepción e incluso antes de cometerse el pecado de Adán.

En un mismo designio divino se predetermina la existencia de Cristo y el privilegio de su Madre. La universalidad redentora de Cristo, preserva a su Madre del pecado y por eso, María es santa desde el mismo instante de su concepción. Llega a decir que: “María en el mismo instante en el que debía haber asumido la herencia del pecado original, recibió la gracia de la santificación”. Dios le da la gracia en el primer momento, no después, porque si puede dar la gracia después, ¿cómo no va a poder darla antes? “Dios, desde el primer instante de la creación de María, le da la gracia que recibe cualquier persona al recibir la circuncisión o el bautismo”. María es redimida anticipadamente porque “María necesitaba de Cristo Redentor. De hecho, María habría contraído el pecado original si no hubiera sido impedido por la gracia preexistente de su Hijo. Lo mismo que todos necesitamos de Cristo para que se nos perdonen nuestros pecados, María tenía la necesidad, aun mayor, de no contraerlo”. Este privilegio no está apoyado en la propia María, sino en su propio Hijo, que fue quién la eligió como Madre.

Es cierto que Juan Duns Scoto era conocedor del texto de San Pablo y sabía que era doctrina de la época que el pecado de Adán se asumía en el momento de la copulación del hombre y la mujer engendrando a un hijo, pero, viendo esta dificultad, intentó eludir indirectamente este obstáculo mediante la teoría de la “redención universal”: reconoce que la redención se refiere a toda la raza humana y a cada individuo en particular, pero incluyendo que la redención también puede darse como preservación. De esta manera, toma de forma indirecta las palabras de San Pablo a los Romanos: “Todos han pecado en Adán, pero la gracia de Cristo ha abundado más que el pecado de Adán”, luego la Concepción Inmaculada de María coincide con la gracia divina que neutraliza completamente los efectos del pecado original. Por eso dice: “La Virgen Santísima, Madre de Dios, nunca fue un acto hostil hacia Dios, ni por razón de pecado personal, ni por razón del pecado original”. Por supuesto que él consideraba que María era hija de Adán, pero de antes de que el padre del género humano perdiese su inocencia original. El hecho de que María, por su naturaleza humana sea hija de Adán, no comporta necesariamente la inexistencia de gracia “ex se”. Por los méritos de Cristo una persona puede ser preservada porque la gracia de Cristo es más abundante que el pecado de Adán, conforme lo dice el propio San Pablo en el mismo texto. En otras palabras, Duns Scoto ilustra el privilegio mariano con el concepto de Redentor perfectísimo, presentando este privilegio como el primer y mejor fruto de la Redención. De esta manera se recupera intuitivamente el significado auténtico del texto del apóstol Pablo.

La Inmaculada Concepción con los Santos Francisco de Asís, Buenaventura, Antonio de Padua y Beato Juan Duns Scoto. Lienzo de Albert Küchler. Pontificia Università Antonianum, Roma (Italia).

La Inmaculada Concepción con los Santos Francisco de Asís, Buenaventura, Antonio de Padua y Beato Juan Duns Scoto. Lienzo de Albert Küchler. Pontificia Università Antonianum, Roma (Italia).

Con un expertísimo movimiento dialéctico y una felicísima intuición metafísica, Juan Duns Scoto, al incorporar a su tesis el concepto de la redención universal, lo profundiza desde el punto de vista teológico y lo vuelve contra sus oponentes diciendo textualmente: “Justamente por la universalidad de la redención de Cristo, se puede argumentar que María no contrajo el pecado original porque fue preservada del mismo” y sigue diciendo: “Nadie reconcilia perfectamente a una persona de una ofensa que pueda recibir, si no puede prevenir que esta persona sea ofendida. Si la reconciliación viene tras la ofensa, el amor de la misericordia no es perfecto porque no ha prevenido la ofensa. Por lo tanto, la redención de Cristo no sería perfecta ni universal, si no hubiese podido prevenir que alguien ofendiese a Dios en su misterio trinitario y en consecuencia, si alguien no hubiera contraído la culpa original”. Y añade: “Si el Redentor universal es perfectísimo tiene la potestad de evitar cualquier pena a la persona con la que se reconcilia. El pecado original es un dolor, un castigo aun más grande que la privación de la visión beatífica de Dios, porque el pecado, entre todas las penas de la naturaleza humana, es la más grande. Y si Cristo es el mediador universal –como todos vosotros afirmáis – el debe haber merecido que cualquier persona pueda ser preservada de la culpa original y esa persona no puede ser otra que su propia Madre”.

Y también defiende el famoso principio de que la inocencia perfecta es un bien mayor que la remisión de la culpa: “La persona reconciliada no está del todo obligada con su mediador si de este no recibe lo máximo que pueda darle. De la acción mediadora de Cristo puede obtenerse la inocencia, esto es, la preservación de la culpa original, bien contraída o por contraer. Por lo tanto, no podría tenerse a Cristo de manera perfecta, si Él no hubiese preservado a alguien del pecado original. Es un beneficio mayor el preservar a alguien del mal, que permitirle que incurra en él y después sea liberado. Si la inocencia perfecta es un bien mayor que la remisión de la culpa, a María le fue conferido este bien mayor preservándola de la culpa original, que reconciliándose con ella después de haberla contraído”.

Con esta defensa de la Concepción Inmaculada de María, el beato Juan Duns Scoto se ganó el merecido título de “Cantor de la Inmaculada”. Es verdad que antes que él había existido celebraciones litúrgicas en honor de la Inmaculada, celebraciones que tenían un valor teológico, pero había teólogos que negaban explícitamente esta verdad que para nosotros, hoy es dogma de fe. Scoto comienza lo que podríamos llamar la “historia del dogma”. Él defiende esta verdad contrastándola con las Escrituras; contrasta el significado teológico de María con la autoridad de las Sagradas Escrituras y con lo que la Iglesia ya le atribuía a la Virgen: ser Madre de Dios. Esto, insertado en el principio absoluto de Cristo, permitió a la Iglesia que la verdad de la Concepción Inmaculada de María, fuera declarada dogma de fe.

"Pudo, quiso, luego lo hizo". Vidriera contemporánea del Beato Juan Duns Scoto y la Inmaculada.

“Pudo, quiso, luego lo hizo”. Vidriera contemporánea del Beato Juan Duns Scoto y la Inmaculada.

Él termina sintetizando este tema, diciendo: “Dicitur communiter quod sic, propter auctoritates et propter rationes… Sed contra dico, quod Deus potuit facere, ut Maria numquam fuisset in peccato originali…” (Comúnmente se dice, tanto por las autoridades como por las razones… pero por el contrario, yo digo que Dios pudo hacer que María nunca estuvo en pecado original). Pudo, quiso, luego lo hizo.

Oración:
Deus, qui per Immaculatam Virginis Conceptionem dignum Filio tuo habitaculum praeparasti: quaesumus; ut, qui ex morte eiusdem Filii tui preavisa, eam ab omni labe praeservasti, nos quoque mundos eius intercessione ad te pervenire concedas. Per eumdem Christum Dominum nostrum. Amen.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– BONNEFOY, J. F., “El Doctor de la Inmaculada Concepción”, Roma, 1960.
– LAURIOLA, G., “Il cantore dell’Immacolata, G. Duns Scoto”, Putignano, 1990
– SCHAEFER, O., “Bibliografía de la vida, obras y doctrina de Juan Duns Scoto, Doctor sutil”, Roma, 1955.

Enlace consultado (01/11/2014):
http://www.centrodunsscoto.it

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Beato Juan Duns Scoto, fraile franciscano

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Tabla flamenca del Santo, anónimo de Gante (ca. 1460-80).

Tabla flamenca del Santo, anónimo de Gante (ca. 1460-80).

Quiero escribir sobre una de las lumbreras de la Edad Media, cuya festividad celebramos en el día de hoy, de cuya vida sabemos relativamente poco, pero que escribió abundantemente sobre temas filosóficos y teológicos. Me estoy refiriendo al llamado “Doctor de la Inmaculada Concepción”, el Beato Juan Duns Scoto.

Nació en Duns, en el condado de Verwik (Escocia) en el invierno de 1265-1266, siendo hijo de Ninian Duns, pequeño terrateniente que poseía tierras en Litledean, bien relacionado con los frailes franciscanos por lo que envió a su hijo a la escuela de los frailes en Addington, donde realizó sus primeros estudios. Su tío Elías Duns fue elegido provincial de la Orden en el año 1278 y conociendo las virtudes y cualidades de su sobrino lo preparó para que ingresara en el noviciado con solo quince años de edad, aunque las leyes canónicas de la época exigían una edad mínima de dieciocho años. Terminado el noviciado y los estudios eclesiásticos, con veinticinco años de edad fue ordenado sacerdote por el obispo de Lincoln, el 17 de abril del año 1291.

Inmediatamente después de su ordenación, enseñó como profesor en la Orden hasta el año 1293, cuando fue enviado a París para completar sus estudios, permaneciendo allí hasta el año 1296. Conseguido el título de bachiller (lo que hoy sería una licenciatura) fue enviado a Cambridge – donde por primera vez leyó el libro de las “Sentencias” de Pedro Lombardo – y después a Oxford, donde las comentó. En el año 1302 volvió a París como profesor universitario y allí releyó y volvió a comentar las “Sentencias”, comentarios que son conocidos como las “Reportatas de París” y las “Cuestiones Disputadas”, discusiones en las que él intervenía bien como director o como oponente. Pero aunque tenía un buen porvenir como profesor, al no querer subscribir una apelación promovida por el rey francés Felipe el Hermoso contra el Papa Bonifacio VIII, tuvo que abandonar la Universidad. Prefirió renunciar y abandonar su cátedra volviendo a Oxford antes que firmar la carta contra el Papa.

Miniatura del Beato en su scriptorium. Manuscrito de las Quaestiones.

Miniatura del Beato en su scriptorium. Manuscrito de las Quaestiones.

Cuando en octubre del 1303 murió Bonifacio VIII, su sucesor firmó la paz con el rey francés y Scoto regresó con la intención de conseguir el doctorado, llevando consigo una carta de presentación de Gondisalvo de España – Superior General de la Orden -, que había sido su maestro. En esta carta Gondisalvo lo elogiaba diciendo que estaba plenamente informado acerca del candidato, “estoy plenamente informado, en parte por mi propia experiencia y en parte por la fama de su vida, que es digna de alabanza por su excelente preparación, por su sutilísimo ingenio, así como por otras insignes cualidades”. En 1305 consiguió el título de doctor, permaneciendo en París como maestro regente del “Studium” franciscano. Por defender el dogma de la Inmaculada, a fin de evitar la prisión, tuvo que abandonar París y a finales del 1307 lo vemos enseñando en Colonia hasta que murió el 8 de noviembre del año 1308, con cuarenta y tres años de edad. Fue sepultado en la iglesia de los franciscanos de Colonia y no en el cementerio del convento, lo que da a entender la santidad, el prestigio y la estima que lo acompañaron durante su vida.

Entre sus principales obras hay que destacar: “Los comentarios al Libro de las Sentencias”, llamado también “Ordinatio”, los comentarios a los escritos de Aristóteles (“Methaphysica”, “De anima”, “De Praedicamentis”, “Perihermenías” y el “Liber Elenchorum”), varias “Disputationes”, entre las que destacan “De Quodlibet”, escrita en Oxford y “Collationes”, escrita en París, así como el “Tractatus de primo principio e Theoremata”. En el conjunto de todas ellas expone cual es su pensamiento, aunque la más importante de todas es “Ordinatio”.

Heredero de la escuela de Oxford, Juan Duns Scoto siguió el método estrictamente científico de cualquier demostración matemática; por lo tanto, evaluaba con muchísimo rigor las opiniones de los anteriores maestros así como las opiniones de sus contemporáneos, sin resentimientos ni partidismos, sino movido únicamente por un irresistible deseo de buscar y encontrar la verdad. No criticaba por criticar, sino que cuando lo hacía, le movía el deseo de esclarecer la verdad. Y lo hizo especialmente con Enrique de Gand y Godofredo de Fontaine, aunque como dice Gerson en su “Opera Omnia”, lo hacía “non singularitate contentiosa vincendi, sed humilitate concordandi” (no con la intención de vencer, sino de acordar humildemente).

Lienzo decimonónico del Beato.

Lienzo decimonónico del Beato.

Scoto raramente cita y discute las sentencias de Santo Tomás de Aquino, y cuando lo hace, lo realiza de forma indirecta. Cuando tomó posesión de su cátedra universitaria después de la condena de algunas tesis averroísticas y tomistas por parte de las autoridades eclesiásticas de París y de Oxford, el beato Juan Duns Scoto se “encontró en una situación similar a la que se encontraban los teólogos después de la condena del modernismo” (E. Gilson, “Jean Duns Scot. Introduction à ses positions fondamentales”, París, 1952). Por lo tanto, sería injusto culparle si “en presencia de un naturalismo filosófico” a él le pareció menos urgente aceptar y exaltar la filosofía que “defender la autonomía de la teología”, sigue diciendo Gilson en su obra.

La base del sistema filosófico del Beato Scoto, es la primacía del “ente” (lo que existe o puede existir) en el campo de la epistemología (rama de la filosofía cuyo objeto de estudio es el conocimiento) y la metafísica (rama de la filosofía que estudia la naturaleza, estructura, componentes y principios fundamentales de la realidad). La primacía de la voluntad es la característica de su ética y la doctrina del amor es el principio de su teología. Para él, la predestinación divina está centrada en el amor: “Dios, en primer lugar se ama a sí mismo”, por lo que el fin supremo de la creación es su glorificación. En segundo lugar, “se ama a sí mismo en los demás”, luego la creación es también el reflejo de su amor; y en tercer lugar “quiere ser amado por Aquel que puede amar en grado sumo” y este es Jesucristo. Por lo tanto, la Encarnación que es la “Obra Suprema de Dios” (Summum Opus Dei), no puede estar condicionada a la caducidad del hombre ni tener un puesto secundario en los designios divinos. Por eso, la Encarnación es el centro de la Creación y todo está ordenado en torno a ella.

Sigue diciendo que “Dios, en un único y solo decreto con Cristo, predestinó que su divina Madre, la más bendita entre todas las mujeres, en previsión de los méritos de su Hijo, fuese preservada del pecado original”. Y así como en la Encarnación brilló el amor de Dios, en la Redención brilló este divino amor aun mucho más y que habiendo podido el Verbo encarnado redimirnos de diversas maneras, quiso padecer y morir en una cruz “para atraernos a su amor”. Ese fruto de la Redención llega a los hombres a través de los sacramentos, entre los cuales, sobresale por excelencia el “Sacramento del Amor”, la Eucaristía, centro de la vida de la Iglesia y sacramento esencial para el culto latréutico (culto de latría), ya que es la Víctima del sacrificio del Nuevo Testamento.

Ilustración contemporánea del Beato.

Ilustración contemporánea del Beato.

Este amor, esta caridad es el pilar de la perfección sobrenatural del hombre, que tiene como objeto primario a Dios como bien supremo en sí mismo, y en segundo lugar, a uno mismo y al próximo: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo, como a uno mismo”. La felicidad eterna consiste en el amor beatífico delante de Dios y este amor, sin dejar de ser libre, es estable e indefectible gracias a una predestinación positiva de la voluntad divina. En la doctrina del beato Duns Scoto hay también que mencionar sus enseñanzas sobre el magisterio de la Iglesia que aunque la acepta como una norma próxima a la verdad, antepone a ella la verdad de las Sagradas Escrituras. El siempre vivió conforme a este pensamiento y por eso había renunciado a su cátedra en París.

Vemos que Juan Duns Scoto fue un acérrimo defensor de la Inmaculada Concepción y en este tema quiero detenerme un poco. Era doctrina tradicional de la Iglesia que María no tuvo ninguna relación con el pecado y a mediados del siglo XII en algunas iglesias francesas e inglesas se había empezado a celebrar la festividad de la Inmaculada Concepción. San Bernardo de Claraval desautorizó esta celebración porque mantenía que esta doctrina entraba en contradicción con lo dicho por San Pablo: “Todos hemos pecado en Adán y todos hemos sido redimidos por Jesucristo”. (Primera Corintios, 15, 22). La opinión de San Bernardo tuvo una gran influencia entre los teólogos que afirmaban que María había sido concebida como todos, en pecado, pero que “fue santificada” desde el primer momento en el seno de su madre. Con esto pretendían armonizar las dos corrientes de opinión: los eruditos defendían la opinión de San Bernardo mientras que el pueblo llano decía que la Concepción de María era Inmaculada.

Juan Duns Scoto, a pesar de la autoridad de San Buenaventura, que había sido General de la Orden y que participaba de la opinión de San Bernardo, defendió la Inmaculada Concepción, no solo en Oxford y Cambridge, sino también en la Sorbona, donde defendió su posición en su comentario al tercer libro de las “Sentencias”. Hablando de Cristo y de sus relaciones con su Madre, defendió este privilegio de María. Fue el primero que se atrevió a hacerlo en París y la Universidad reaccionó de inmediato, organizando discusiones públicas, a veces violentas, sobre esta nueva doctrina llegando incluso a amenazarlo con la hoguera. Lo acusaron de hereje por ir en contra de las opiniones de San Bernardo, San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino, pero él, aunque tuvo que abandonar la Universidad parisina, salió airoso de esta disputa y desde entonces, dentro de la misma Universidad se abrió una corriente de opinión que vino en denominarse “opinión escotista”. Esta opinión fue poco a poco calando y gracias al entusiasmo de los fieles, fue finalmente aceptada por los teólogos e incluso por el beato Papa Pío IX, que en 1854 lo declaró dogma de fe.

Sepulcro del Beato.

Sepulcro del Beato.

Con la fama de su doctrina se divulgó también su fama de santidad, por lo que muy pronto recibió culto, prueba del cual fueron las frecuentes traslaciones y reconocimientos canónicos de sus reliquias, la última de las cuales se realizó en el año 1954. Muchas son las imágenes existentes en las que se le da el título de “Doctor de la Inmaculada”, muchos siglos antes de su beatificación. Igualmente, antes del reconocimiento oficial, ya recibía el título de beato y como tal consta en numerosos martirologios y calendarios. Incluso en el Oficio de la Inmaculada Concepción, aprobado por el Papa Sixto IV en el año 1480, ya es elogiado. En consideración a todo esto, la Orden Franciscana promovió el proceso a fin de que fuese confirmado el culto “ab immemorabili”, que fue reconocido el 6 de julio del 1991 por San Juan Pablo II mediante el Decreto “Qui docti fuerint”, en el que se reconoce oficialmente la santidad del Beato Juan Duns Scoto. El mismo Papa lo volvió a reiterar el 20 de marzo de 1993. Como he dicho, su fiesta se celebra el día de hoy.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– BALIC, C., “Bibliotheca sanctórum, tomo IV”, Città Nuova Editrice, Roma, 1987.
– BONNEFOY, J. F., “El Doctor de la Inmaculada Concepción”, Roma, 1960.
– SCHAEFER, O., “Bibliografía de la vida, obras y doctrina de Juan Duns Scoto”, Roma, 1955.

Enlace consultado (05/10/2014):
– www.franciscanos.org/santoral/juanduns2.htm

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