Beato Juan Huguet Cardona, sacerdote mártir

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Fotografía retocada del Beato para estampa devocional.

Con este artículo queremos continuar con la serie dedicada a los mártires españoles del 1936, año en el que España se vio envuelta en una guerra civil entre hermanos, guerra que duró tres años y que dejó a nuestro país dividido entre vencedores y vencidos. Muchos religiosos y laicos sufrieron martirio por su fe y sobre ellos escribimos estos artículos. Varios centenares han sido beatificados, algunos incluso están ya canonizados y de otros muchos hay abiertos procesos de beatificación.

Juan Huguet Cardona nace el 28 de enero de 1913 en la finca llamada “Son Sanxo”, del término municipal de Alaior, en la isla de Menorca.  Fue el primero de los hijos de Francisco Huguet Villallonga y Eulalia Cardona Triay, familia de campesinos de muy hondas raíces cristianas.

Juan fue bautizado en la iglesia parroquial de Santa Eulalia de Alaior, el viernes 1 de febrero de 1913. Le administró el sacramento de la regeneración el párroco D. Jaime Garriga Pons y se le impusieron los nombres de Juan, Francisco y Jaime. Apenas dió los primeros pasos empezó ya a acompañar a sus tíos al campo donde le colocaban a la sombra de algún olivo o acebuche mientras estos trabajaban. Si el tiempo era fresco lo cubrían con sus blusas. Años después recordarían como el pequeño Juan se quedaba ensimismado contemplando el cielo azul o las blancas nubes deslizarse rápidamente en los días de verano.

Juan recibió el sacramento de la confirmación a los tres años, según la costumbre general por entonces en España de llevar a los niños a confirmar en la primera ocasión que se presentara. Fue el obispo de Menorca Don Juan Torres y Ribas quien confirió la confirmación el domingo día 20 de agosto de 1916 en Alaior a numerosos niños y niñas, Juan Huguet figuraba con el numero 48.

Cuando tenía cuatro años solía jugar en el pórtico de la casa imitando la celebración de la misa y con frecuencia decía que un día seria sacerdote. Su abuelo Juan, haciendo un juego de palabras propio del menorquín, le decía que mas bien debería quedarse con él y ser agricultor, a lo que el pequeño Juan respondía que el quería ser sacerdote. Cuando acompañado de los suyos pasaba cerca de una iglesia, deseaba entrar a rezar y si ello no era posible en aquel momento, lo sentía mucho y lloraba. Aquellas iglesias de Alaior, Santa Eulalia, San Diego y la capilla de las Hermanas Carmelitas, serían muy pronto los lugares en donde el alma del muchacho se iría abriendo hacia un contacto cada vez mas personal y afectivo con el Señor, cuya llamada Juan empezaba a escuchar en el fondo de su corazón todavía infantil, pero ya dispuesto a defender fielmente al Amigo que daría una gran plenitud a su vida.

Fotografía del Beato el día de su Primera Comunión, y detalle del cáliz con el que celebró su primera Misa.

Juan tenia unos cuatro años cuando falleció su abuelo materno. No conoció a ningún otro abuelo o abuela pues todos habían muerto con anterioridad a su nacimiento. Su tío Jaime se hizo cargo entonces de las fincas. Los padres de Juan se trasladaron a vivir al pueblo de Alaior, donde nacerían después los otros hijos del matrimonio; Francisco en 1918,Vicente en 1921 y María en 1926. El cambio de ambiente resultó muy favorable para la educación de Juan, que desde 1917 frecuentó el colegio de los Hermanos de la Salle.

Un compañero suyo de aquellos años de infancia, fue el sobrino de un sacerdote, que por aquellos años era capellán de la iglesia de San Diego; se llamaba Lorenzo Montañés Villalonga. Iba a jugar a casa del propio Juan, y ellos dos, junto con otros niños eran monaguillos de la iglesia de San Diego. Juan era el líder en ese grupo de niños acólitos, y aunque los demás jugaban con replicas de armas y figuras de soldados, él solía jugar imitando las ceremonias religiosas y construyendo objetos similares a los que servían para el culto. Juan actuaba también como monaguillo en la iglesia parroquial y sobre todo en la capilla del hospital o asilo atendido por las Hermanas Carmelitas.

En dicho asilo conoció la vida y personalidad de Santa Teresita del Niño Jesús, canonizada en 1925 y cuya espiritualidad influiría mucho en su vida. A los cinco años empezó a asistir a las clases en el colegio San José de los Hermanos de la Salle, donde se incremento notablemente su formación en materia cristiana. El día 23 de abril de 1922 Juan hizo la primera comunión a los 9 años de edad; fue un día de gran gozo espiritual para él. A los once años de edad, el día 1 de octubre de 1924 Juan ingresaba en el Seminario Diocesano de Menorca, que radicaba en Ciutadella, a 30 kilómetros de Alaior.

Cuentan sus hermanos que de pequeños Juan era un tanto miedoso y no quería dormir solo en una habitación. El primer día que estuvo en el seminario, su padre se quedo esa noche en casa de un conocido, pensando que quizá su hijo no pudiera conciliar el sueño y fueran a buscarlo para que se lo llevara a casa. No sucedió nada de eso, Juan durmió toda la noche y perdió el miedo para siempre. También tenia algunos caprichos en cuanto a comida, y no le gustaba el arroz. Su madre le dijo que en el seminario tendría que comerlo, y efectivamente fue lo que le dieron el primer día, lo comió sin mas y escribió una carta a los suyos bromeando acerca de ello.

En octubre de 1928 iniciaba Juan el ciclo académico de tres años que se llamaban de Filosofía, porque predominaban los estudios de esta materia, que para un muchacho de quince años podía resultar un tanto pesada y difícil de asimilar. El supo adaptarse debidamente a esta tarea estudiantil, obteniendo al final del curso la máxima calificación (“Meritissimus”) en todas las asignaturas. Durante ese curso de 1928-29 se produjeron algunos acontecimientos que serian de gran importancia para la vida del Seminario y para el desarrollo espiritual de Juan.

Fotografía del Beato el día que recibió las Órdenes Menores.

Uno fue la presencia del nuevo obispo coadjutor Don Antonio Cardona, que se alojaba en el seminario y acertó a dinamizar considerablemente las actividades apostólicas de la diócesis y a promover una importante renovación en la vida del Seminario.

Otro factor que también tuvo beneficiosos efectos fue la presencia de tres seminaristas mexicanos, alumnos de los cursos de filosofía, que debido a la persecución religiosa que se padecía en su nación, vinieron a España, siendo acogidos con benevolencia y simpatía en el Seminario de Menorca. Las vivencias que ellos transmitían acerca de las persecuciones y martirios sufridos en su país conmovieron a todos, especialmente a Juan, que mantuvo con estos seminaristas una cordial amistad.

Juan, como era natural en él, estaba muy vinculado a su familia y se mostraba muy afectuoso con los suyos. Tiene un cariño muy especial para su hermana María, de la cual es padrino de bautismo. Esta niña a los tres años de edad sufrió una enfermedad que causo gran preocupación a Juan. En esas circunstancias hizo unos ofrecimientos o promesas que puso por escrito de esta manera: Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confio. Santa Teresita, vos que prometisteis hacer caer una lluvia de rosas sobre la tierra, haced caer una de esas rosas o al menos una hoja de estas rosas deshojadas, y concededme la gracia que os pido, que es: Curéis cuanto mas pronto mejor a María Teresita Antonia Huguet Cardona(…) Prometí todo lo apuntado en la pagina anterior en Ciudadela día 12 de diciembre, fiesta de Ntra. Sra. de Guadalupe, del año mil novecientos veinte y nueve. Juan Huguet” (La mención de la fiesta de Guadalupe se debe, sin duda, al influjo de los seminaristas mexicanos).

La publicación de la “Historia de un Alma”,autobiografía espiritual de Teresa de Lisieux, suscitó en todo el mundo un intenso movimiento de admiración y de simpatía hacia esta joven carmelita, fallecida a los veinticuatro años de edad, que con una gran sencillez, a veces mal interpretada, enseñaba una espiritualidad muy profunda. Juan que desde pequeño había estado en contacto con las Hermanas Carmelitas Misioneras, conoció a esta maestra espiritual y leyó su autobiografía, quedando ya para siempre marcado por la doctrina y las vivencias de esta carmelita. Con toda naturalidad Juan se hace eco de lo que aprende de esta joven santa, a la que considera “modelo de almas sencillas y descubridora del hermosísimo camino de la infancia espiritual”.

En 1929, con 16 años tuvo la inmensa alegría de poder peregrinar a Roma junto a un gran numero de seminaristas españoles; el Papa Pío XI promulgaba la celebración de un año santo extraordinario con motivo del quincuagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal. En 1934 realizó unos ejercicios ignacianos durante un retiro espiritual previo a su próxima tonsura, que recibió el 20 de diciembre, y en los dos días siguientes las ordenes menores de manos del obispo coadjutor. Juan iba a vestir constantemente el hábito clerical a partir de su tonsura.

El 20 de marzo de 1936 fue ordenado de diácono en la capilla del palacio episcopal de Barcelona por el obispo D. Manuel Irurita. Veía como se acercaba ya a la ansiada meta del sacerdocio. Sus compañeros de Seminario notaban que se realizaba en su espíritu un gran progreso espiritual, que se transparentaba incluso en su porte exterior. Además era bien consciente de que la perspectiva del martirio no era algo hipotético y lejano, (debido al negro panorama que se vivía en toda España)y para la que había que estar bien dispuesto.

El 6 de junio de 1936 Juan fue ordenado de presbítero en la capilla del Seminario de Barcelona por manos del obispo Irurita, el cual también moriría mártir. Por el testimonio de uno de los que se ordenaban aquel día, sabemos que en la plática el prelado les dijo:“Estáis destinados a la muerte y al sacrificio”, palabras que resultaron proféticas y que tuvieron un exacto cumplimiento en la persona del propio obispo, en Juan Huguet y en muchos de los ordenados aquel día.

Fotografía del Beato el día de su primera misa.

El 21 de junio fue la fecha escogida para la celebración de la primera misa del novel sacerdote. Era el domingo en que Ferrerias solemnizaba la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, cuya devoción estaba tan arraigada en el pueblo. Era también el día de San Luís Gonzaga, cosa que no paso desapercibida para algunas personas piadosas que gustaban de comparar a Juan con aquel joven santo, tanto por su aspecto exterior como por su piedad y virtud.

Después de su primera misa, Juan celebraba la Eucaristía con gran fervor a hora temprana en la parroquia de Ferrerias, excepto unos pocos días en que la celebró en los oratorios de dos fincas rurales llamadas “Santa Ponça” y “Ses Fonts Redones”. Se ocupaba en la preparación de unas pláticas que el párroco le había encargado.

En aquellos días empezaron a llegar inquietantes noticias acerca de la situación nacional. El 13 de julio fue asesinado el político Calvo Sotelo. Según refería la madre de Juan Huguet, esta fue la única ocasión que en que el hiciera en su casa una referencia a la política, diciendo: “No se donde vamos a parar, la cosa se enreda mucho”. Efectivamente se avecinaban para España unos muy dramáticos acontecimientos y una feroz persecución contra la Iglesia.

Una vez fracasado en Menorca el alzamiento militar del 18 de julio, desde el día 23 se afianzo un poder violento sustentando por algunos miembros izquierdistas de la clase de suboficiales del ejercito y apoyado por los individuos más extremistas y revolucionarios de la isla o venidos de fuera de ella. Enseguida se iniciaron actos de violencia y persecución contra la Iglesia. No faltaron, sin embargo, las personas de ideología izquierdista que estaban en claro desacuerdo con este modo de proceder.

El día 23 Juan celebró su última misa; la celebró en la capilla del Santísimo Sacramento junto a la imagen del Sagrado Corazón y con la asistencia de un grupo de personas piadosas. Le ayudaba como monaguillo un niño de unos seis años, de familia muy cristiana, el cual ya había recibido la primera comunión. Unas horas después este niño contó a su madre una visión que había tenido mientras ayudaba en la misa al sacerdote Juan Huguet. Cuando este alzaba el cáliz, había visto en lo alto una figura, de tamaño natural, que era un joven con vestidura blanca y con los brazos extendidos en cruz, mirando hacia el cielo y a tres individuos de mala catadura, que estaban en actitud de apedrearle. Esta mujer fue rápidamente a contárselo a la madre de Juan, la cual se asusto muchísimo por lo que pudiera pasarle a su hijo. Las personas que posteriormente tuvieron noticia de esta visión la relacionaron, como es lógico, con el protomártir San Esteban y con la muerte gloriosa de este primer sacerdote mártir de Menorca. Es de notar que la diócesis menorquina tiene una especial veneración a San Esteban, ya que en el siglo V  algunas reliquias suyas fueron llevadas a la isla, como consta por la famosa carta del obispo Severo y por otros documentos de la antigüedad cristiana.

Al atardecer del día 23, tres guardias o milicianos, pistola en mano, se presentaron en el domicilio de Juan y le ordenaron que se fuera con ellos a las Casas Consistoriales. Estaban con él en casa su madre y sus hermanos Vicente y María. Juan en seguida se dió cuenta de que la separación de sus seres queridos podía ser la definitiva y por eso se despidió abrazándolos y diciendo: “Adiós, si no nos hemos de volver a ver”. Entonces salio de la casa custodiado por los guardias. Su hermana María, que contaba con 10 años de edad, le fue siguiendo por la calle, hasta que el le dijo que regresara.

Al llegar esta comitiva al Ayuntamiento, estaban ya allí detenidas cuatro personas. Al entrar en el Zaguán el señor Mascaro saludó, diciendo: “Buenas noches”. El comandante militar contesto groseramente: “¡Que buenas noches! Ahí, canallas”, indicando con el dedo que se colocaran junto con los otros detenidos. Junto a Juan había detenido también otro sacerdote. Les indicaron que se quitaran la sotana. Al ser registrado Juan, apareció un pequeño rosario con una medalla o crucifijo pendiente. Entonces el comandante agarró despectivamente este objeto religioso y sosteniéndolo con su mano izquierda a la altura del rostro del joven sacerdote, le apunto con una pistola y le dijo: “Escupe ahí, escupe ahí, que si no te mato”.

En el rostro de Juan se reflejo una honda impresión. Debió darse cuenta de que llegaba el momento presentido desde hacia mucho tiempo. Movió la cabeza haciendo una señal de negación. Al cabo de un instante alzó los ojos hacia arriba, extendió los brazos en cruz y con voz fuerte y segura exclamo: “Viva Cristo Rey. Seguidamente el comandante militar le disparo dos tiros a la cabeza. Al recibir el primer disparo, el Beato se tambaleo y al segundo se desplomo, cayendo en el suelo y vertiendo copiosamente su sangre. El sacerdote moribundo fue trasladado a unas dependencias del ayuntamiento y fue tendido sobre una cama de la vivienda del conserje o vigilante nocturno, donde acudieron a atenderle sus propios padres y otras personas.

Fotografía del velatorio del Beato.

El medico del pueblo Don Jaime Borras, a pesar de sus esfuerzos no pudo lograr salvarle la vida. Juan estaba agonizando y según parece, estuvo inconsciente desde el momento que hubo recibido los disparos. Allí mismo le fue administrada la Santa Unción. Pasadas las nueve de la noche se durmió en la paz del Señor.

Después de que hubiese fallecido, su padre ayudado por otras personas traslado su cuerpo al domicilio familiar, donde su madre, con sus propias manos le revistió con los ornamentos sacerdotales que había llevado el día de su primera misa. La afluencia de gente el día de su entierro fue inmensa, incluso acudieron personas, que se consideraban elementos de izquierda.

El día 24 de julio, vigilia de Santiago Apóstol, los restos del sacerdote Juan Huguet, fueron transportados al Camposanto de Ferrerias. El infeliz militar que acabó con la vida de Juan vivió arrepentido y con remordimientos por lo sucedido: “No puedo apartar de mi mente a aquel joven sacerdote que yo maté”. Acabada la guerra civil este hombre fue condenado a la pena capital. Murió con muy claras señales de sincero arrepentimiento y de haber obtenido el perdón de Dios.

Bibliografía: “Juan Huguet Cardona: Una vida entregada a Dios”, de Guillermo Pons, editorial BAC.

Abel

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