Beato Luís de la Consolata Bordino, religioso laico

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Foto del beato cuando hizo la profesión en el año 1948.

Foto del beato cuando hizo la profesión en el año 1948.

En el día de ayer, fue beatificado en Turín (Italia), el venerable siervo de Dios Luís de la Consolata Bordino, religioso laico italiano. Andrés Bordino – así se llamaba -, había nacido en Castellinaldo (Cuneo) el día 12 de agosto de 1922 en el seno de una familia cristiana de viticultores formada por Giacomo Bordino y su esposa Rosina Sibona, que tuvieron ocho hijos, siendo Andrés el tercero. Fue bautizado a los tres días del nacimiento. Con siete años de edad hizo su primera comunión y fue confirmado en septiembre de 1930, cuando tenía trece años. En la escuela fue un niño normal, que aunque no sobresalía en sus estudios, tampoco se desalentaba; era vivo, apasionado en el juego, sencillo, alegre y el más fuerte y robusto de entre todos sus hermanos. Como su padre cultivaba viñedos, después de realizar sus estudios elementales, lo ayudó en los trabajos propios del cuidado de las viñas. Era tal su fuerza y su estímulo en el trabajo que su padre decía que “utiliza la pala con la misma facilidad con la que un escritor utiliza la pluma”.

En otoño del 1938 realizó unos ejercicios espirituales con otros jóvenes de su diócesis y esa experiencia lo cambió; empezó a mantener una estrecha amistad con el coadjutor de la parroquia de su localidad natal que fue la persona de la que Dios se sirvió para educar cristianamente a Andrés. Su entusiasta participación en la vida parroquial llevó a que el sacerdote lo nombrara presidente de la Acción Católica cuando solo tenía diecinueve años de edad, ya que mostraba una madurez y un nivel moral que hacía que fuera uno de los jóvenes más admirado, un verdadero líder.

Pero todo esto se tenía que torcer porque los eventos ocasionados por la Segunda Guerra Mundial causaron estragos en muchas familias italianas y tampoco perdonaron a los tranquilos burgueses provincianos del norte de Italia. En enero de 1942, Andrés Bordino fue reclutado por la Artillería Alpina de Cuneo siendo trasferido al frente oriental, por lo que el joven Andrés y su hermano Risbaldo, tuvieron que marchar hacia Rusia formando parte de un ejército que carecía de cualquier tipo de estrategia militar. Cargado el armamento en mulas y caminando a pie unos veinte kilómetros al día, llegaron a Polonia y posteriormente a Rusia. A estos peligros y sufrimientos pronto se unieron las humillaciones del encarcelamiento ya que dos años después de llegar a aquellas lejanas tierras, los dos hermanos fueron hechos prisioneros en Valuiki y encerrados en un vagón de ganado que los transportó a Ak Bulak, donde se separaron siguiendo sus suertes diversos caminos. Andrés fue enviado a Siberia al tristemente célebre “Campo 99” donde permaneció durante un año trabajando en unas minas de carbón. Allí, aunque quedó reducido a un flaco guiñapo humano, entre tanta desesperación, pero más con acciones que con palabras, ofreció su discreto consuelo humano y cristiano tanto a los moribundos como a los supervivientes.

Con un grupo de sacerdotes y religiosos del “Cottolengo”.

Con un grupo de sacerdotes y religiosos del “Cottolengo”.

En la primavera de 1944, los dos hermanos fueron llevados a Uzbekistan para trabajar en los campos de algodón. Desde la helada Siberia pasaron al tórrido calor tropical y allí, Andrés, a fin de continuar con su piadosa misión entre los enfermos y los agonizantes (que eran aislados en cuarteles porque estaban infectados por todo tipo de enfermedades), por espacio de dos años renunció a cualquier tipo de ventaja personal que le hubiera proporcionado el hecho de que su hermano Risbaldo, que aunque también era un prisionero, estaba al cargo de la panadería. Su hermano era el responsable directo del reparto del pan en el campo de concentración y como sabía que por sus condiciones físicas, las tareas de recogida del algodón eran muy pesadas para Andrés, intentó colocarlo como su ayudante. Sabemos por las declaraciones de algunos de los encarcelados, que Andrés se negó prefiriendo quedar entre los presos infecciosos y moribundos.

Cuando la guerra estaba a punto de finalizar, Andrés que había aprendido algo de ruso, trabó amistad con una familia local quién le suministraba algo de miel que él repartía entre los enfermos y en octubre del 1945, cuando cesaron las hostilidades, ambos hermanos fueron repatriados, dejaron el campo y arreglándoselas como buenamente pudieron regresaron desde Uzbekistán a Italia, vagando por aquel inmenso territorio soviético. Tardaron casi cuatro años en llegar a su casa, haciendo largas caminatas a pie, a veces montados en carros agrícolas y descansando cuando podían. Al llegar a casa la alegría fue inmensa, pero Andrés llegó en un estado tan lamentable que había perdido más de la mitad de su peso. Como en tierras soviéticas habían hecho la promesa de si quedaban libres erigirle un santuario a Nuestra Señora de la Consolata, lo hicieron y su inauguración supuso toda una fiesta religiosa en Castellinaldo.

Trabajando como enfermero.

Trabajando como enfermero.

Los terribles sufrimientos de los campos de concentración habían dejado marcado para siempre a Andrés, que una vez conseguidas su libertad y fuerzas suficientes, decidió dedicar el resto de su vida a cuidar a las personas enfermas. En 1946 llamó a la puerta de la “Pequeña Casa de la Divina Providencia”, o sea, al “Cottolengo” de Turín, a fin de poner en práctica la inspiración que había tenido cuando estaba en prisión: dar su vida por los pobres como un seglar consagrado. Primero estuvo como postulante y el 13 de julio de 1947 inició el noviciado y al año siguiente hizo la profesión religiosa entre los “Hermanos de San José Cottolengo”, cambiando su nombre de Andrés por el de Luís de la Consolata, aunque los enfermos lo llamaban simplemente “hermano Luigi”.

Hizo la profesión religiosa el 19 de julio del 1948 y como los votos había que renovarlos anualmente, eso hizo hasta el año 1965 cuando, con la aprobación de la Santa Sede a su Congregación pudo emitir sus votos de forma perpetua, o sea, de por vida. El sin embargo tenía muy claro que su profesión del año 1948 había sido irrevocable. Desde el primer momento, como religioso profeso, inició su actividad en la enfermería del centro donde puso en práctica la experiencia adquirida en Rusia, pero como quiso especializarse, en los años 1950-51 realizó con gran aprovechamiento unos cursos en una escuela de enfermería, lo que le habilitó para iniciar sus servicios en los sectores ortopédicos y quirúrgicos del “Cottolengo”. El cirujano jefe del hospital, el doctor Giovanni Villata decía que “el hermano Luís tenía una inteligencia muy superior a la media a pesar de que solo había asistido a la escuela primaria. ¡No se dónde habrá aprendido muchas de las actuaciones y conceptos utilizados por los especialistas en cirugía!”. La hermana Chiara Cortez, que trabajó con él durante algunos años decía que “cuando el hermano Luís lleva a algún enfermo al quirófano, lo prepara psicológica y espiritualmente, a fin de que entre sereno y tranquilo”.

Trabajando como enfermero.

Trabajando como enfermero.

Enfermero y anestesista de una estatura excepcional, pionero entre los donantes de sangre, se entregó totalmente al cuidado de los demás, dividiendo gustosamente su tiempo entre los enfermos y los marginados que continuamente lo asediaban, lo buscaban. Cuando terminaba su diario trabajo en los quirófanos, dedicaba sus tardes a los pobres de la ciudad de Turín y de los pueblos vecinos, lavando y cuidando todo tipo de heridas y llagas, dedicándose especialmente a las más graves, ya que en ellas venía las llagas de la Pasión de Cristo.

En el mes de octubre del 1959 fue nombrado primer consejero general de los Hermanos del Cottolengo. El 30 de abril de 1965, fiesta de San José Benito Cottolengo, la Santa sede publicó el decreto por el cual el beato Papa Pablo VI aprobaba las Constituciones de la Congregación; fue a raíz de esta aprobación cuando el hermano Luís y otros veintiséis compañeros realizaron sus votos perpetuos. En noviembre de 1966, fue elegido vicario general de la Congregación y al año siguiente, el arzobispo de Turín, cardenal Michele Pellegrino, lo nombró miembro del Colegio Directivo de la Pequeña Casa de la Divina Providencia.

Aunque el hermano Luís siempre se había mostrado como un hombre fuerte que gozaba de buena salud, en la primavera del 1975 comenzó a sentirse muy cansado hasta el punto de que tuvo que bajar su ritmo de trabajo y dejar de hacer deporte, pues era un gran aficionado al voleibol. El 8 de junio de 1975 tuvo que someterse a una serie de análisis clínicos, diagnosticándosele una leucemia mieloide (cáncer de sangre), una enfermedad que él conocía muy bien porque había visto en otros enfermos cuales eran sus fases dolorosas y su fatal destino final. El, en lugar de desesperarse, bendijo a la Divina Providencia recitando la jaculatoria “Deo gratias”, aunque es verdad que llegó a decir: “Lo siento porque ya no puedo hacer mucho por los enfermos y ni siquiera por los hermanos; ya no puedo ayudar, será lo que Dios quiera y esto quiero hacerlo también con alegría, ya que son los verdaderos momentos de la fe”. Por espacio de dos años, aunque hizo terapia antileucémica e incluso estuvo un tiempo de convalecencia en una localidad alpina, sufrió una serie de dolores cada vez más intensos y frecuentes, hasta que finalmente murió el día 25 de agosto de 1977 rodeado de parte de su familia y de sus hermanos en religión.

Tumba del beato.

Tumba del beato.

Unos meses antes de morir había visto por televisión una entrevista que le habían realizado a una monja que se había sometido a un trasplante de córnea y que manifestaba que desde ese momento había recuperado la vista. El dijo: “Esto es maravilloso porque puedo hacer el bien aun después de muerto” y se lo hizo saber a sus superiores solicitándoles permiso para que le extrajesen todos los órganos que pudiesen ser transplantados. Los órganos no pudieron donarse porque estaban dañados, pero las córneas se encontraban sanas y pudo dar la vista a dos invidentes.

Su Causa fue incoada en la archidiócesis de Turín recibiendo el “Nihil obstat” el 17 de noviembre de 1990. Con fecha 20 de abril del 1994 la Santa Sede validaba el proceso diocesano. Fue declarado venerable el día 12 de abril del 2003 y promulgado el decreto que reconocía el milagro previo a la beatificación el día 3 de abril del año pasado. Como dije al principio del artículo, ayer fue beatificado en Turín. En noviembre del año pasado fueron exhumados sus restos y confiados a las monjas cottolenginas del monasterio de San José. Si se quieren tener muchos más datos de este gran hombre, recomiendo se lea la biografía que se publica en la web que reseño en la bibliografía.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Carena, D., “De Siberia al Cottolengo”, Turín, 1979
– Cavicchioli, C., “El santo que vino del frío”, Milán, 1992
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, Apéndice II”, Città Nuova editrice, Roma, 2000.

Enlace consultado (07/04/2015):
– www.fratelluigibordino.it

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