Beato Nöel Pinot, presbítero y mártir

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Estampa del Beato con su instrumento de martirio, la guillotina. Ilustración perteneciente a la serie de Alberto Boccali ("Bertino").

Estampa del Beato con su instrumento de martirio, la guillotina. Ilustración perteneciente a la serie de Alberto Boccali (“Bertino”).

Introducción
La Revolución Francesa fue un movimiento social que transformó la historia, pues con ella, dio comienzo a la edad contemporánea. Este movimiento, como cualquier otro de índole social, tuvo un largo periodo de gestación, y desafortunadamente, por razones de una justicia social con desigualdades, estalló de manera violenta, causando el derramamiento de sangre, en la cual se englobó a la nobleza, los revolucionarios, el pueblo sencillo y hombres de la Iglesia.

Los postulados que proponía la Revolución de “Libertad, Igualdad, Fraternidad” son valores universales y que subyacen en la identidad de la persona, sin embargo, este movimiento, al ser provocado y promovido por seres humanos, no se vio libre de que los sentimientos y emociones se hicieran presentes en el desarrollo político, judicial y social del mismo. La Iglesia Católica muchas veces se ha causado enemigos por no vivir lo mejor posible los valores evangélicos y estos enemigos, cuando enfrentan a la Iglesia, enfrentan sus mismos vicios y pecados, por ello, el encono crece y muchos inocentes sufren la muerte a consecuencia de odios y resentimientos.

El martirologio no es ajeno a las víctimas que en esta lucha padecieron y murieron por Cristo. Hay varios grupos de sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos que han sido reconocidos por la Iglesia como Beatos, pues muriendo a causa de sus estado clerical, por ser fieles a su conciencia y al Evangelio, son mártires reales y como tales se les venera. Hay algunos casos entre ellos que han sido beatificados individualmente, como es el caso que ahora se trata, del Beato Nöel Pinot, una de las víctimas más célebres de la persecución religiosa que sufrió Francia en este período.

Nacimiento, infancia y vocación
Nació el 19 de diciembre de 1747 en Angers, capital del condado de Anjou, sus padres fueron René Pinot y Claude La Grois. Fue bautizado al siguiente día de su nacimiento en la iglesia de San Martín. Fue miembro de una familia numerosa, compuesta por dieciséis hermanos, de los que fue el último. Cabe señalar que el primogénito René y el benjamín Nöel serían sacerdotes.

Durante su infancia hace sus estudios en la escuela parroquial y en el Colegio del Oratorio. En estos tiempos sufre la muerte de varios de sus hermanos y también de su padre. A los trece años siente la vocación sacerdotal e ingresa al Seminario dirigido por los padres de la Compañía de San Sulpicio, Fue ordenado sacerdote en 1771 y durante diez años fue vicario parroquial en Bousse y Corzé. Luego, en 1781 es designado capellán del Hospital de los Incurables de Angers, donde se encuentra con su hermano sacerdote, que es capellán de la catedral. Con él comparte un par de años sus experiencias sacerdotales, tiempo en el que sus alegrías se ensombrecen por la muerte de su madre y de su propio hermano a finales de 1782. Pareciera como si la Providencia fuera templándolo en el sufrimiento para la delicada misión que luego enfrentaría.

El Beato celebra la misa clandestian. Pintura de René Victor Livache.

El Beato celebra la misa clandestian. Pintura de René Victor Livache.

Párroco
El trabajo desarrollado en el Hospital de los Incurables le granjeó una excelente reputación ante sus superiores, por lo que se le tuvo la confianza de designarle el nombramiento de párroco de una de las parroquias rurales más importantes de la diócesis de Angers: Louroux-Béconnais, con cerca de siete mil hectáreas y con unas treinta mil almas. Tomó posesión de su parroquia el 14 de septiembre de 1786. Allí desarrolló una pastoral entregada a la salvación de las almas, desarrollando un apostolado variado e intenso: predicación, catecismo con los niños, tiempo suficiente al confesionario y con cualidades de un buen confesor guía espiritual. Un sacerdote lleno de caridad para con los pobres y los enfermos; las grandes rentas de su parroquia pasaban literalmente de sus manos a las de los necesitados, demostrando así que le interesaba el bien de las almas y no su provecho particular. Demostró ser un pastor de hechos y no de palabras.

Durante la Revolución
Entre 1789 y 1790 su ministerio sacerdotal se vio trastocado su apacible desarrollo. El 8 de marzo de 1789, en el vestíbulo de su parroquia, tuvo lugar una reunión para la elección de diputados para los Estados Generales: su pueblo se había convertido en cabeza del partido del distrito de Angers. El alcalde del lugar, Juan Boré, fue elegido presidente de la asamblea. Este hombre tendrá luego un triste protagonismo.

Luego, el 12 de julio de 1790, se aprueba la Constitución Civil del Clero, la cual, entre otros puntos, suprime los cabildos catedralicios, se reestructuran las diócesis y parroquias tomando como modelo la estructura departamental. Se establecen 83 diócesis, una por departamento. Los obispos y sacerdotes son elegidos por los fieles. El Estado se hace cargo de la remuneración del clero, a todos los religiosos, que les permitían abandonar sus cargos y se les conmina a renunciar a su vocación y sus cargos, son ahora ciudadanos como los demás, sin privilegios ni regalías. El Papa no tiene sitio en Francia, salvo en materia doctrinal. Esta constitución civil trataba de establecer la total independencia de la Iglesia francesa respecto al  papado. Esta Constitución será luego desconocida por el Papa Pío VI por cismática y herética, conminando a los obispos y sacerdotes a desconocerla y no jurarla. Esta oposición será causa de una feroz e injusta persecución para la Iglesia francesa. Los sacerdotes que hicieron el juramento respectivo se denominaron juramentados y los que se negaron a hacerlo, se les conoció como refractarios.

Portada de un libro infantil sobre el Beato editado en Francia.

Portada de un libro infantil sobre el Beato editado en Francia.

El 23 de enero de 1791, al terminar de celebrar la misa, el alcalde, con su Junta Municipal, se acercaron para pedirle que suscribiera su adhesión a la Constitución, pero el Beato Nöel se negó, respondiendo que ellos no tenían potestad para retirarle los poderes que había recibido de parte de Dios y de la Iglesia; y que por ello, se consideraba el cura legítimo de esa parroquia, aunque le amenazaban con poner a otro que sí lo hiciera, porque su conciencia, ante Dios, veía unas leyes injustas.

Los acontecimientos se precipitan cuando los electores del Departamento eligieron a un obispo constitucional. Ante ese panorama, el 27 de febrero, al terminar la misa mayor, dirige desde el púlpito una valiente alocución defendiendo los derechos de Dios y de la Iglesia Católica, dando a conocer a sus fieles el riesgo del cisma que estaba por venir; esto provocó la cólera del alcalde ahí presente; y con gritos él y sus funcionarios le causaron un alboroto para que se bajara, pero los demás fieles sofocaron su intervención y salieron rápidamente hacia el ayuntamiento, para redactar un memorial de los hechos con el fin de denunciar ante las autoridades superiores “a este cura sedicioso y perturbador”.

Al volver a la sacristía, el sacerdote tuvo una entrañable escena con sus monaguillos, a los cuales dijo: “Quédense, hijos míos, en la iglesia, y prepárense a confesar, mientras voy a almorzar. Se avecinan días malos y no habrá un sacerdote católico que los pueda absolver”. A uno de ellos, al día siguiente, le dio la Primera Comunión.

La denuncia no tardó en surtir efecto, pues fue aprehendido la noche del 4 de marzo por más de cincuenta hombres, con la intención de dar escarmiento y llamar la atención, pues ese día era sábado y querían que todos se dieran cuenta de la detención del cura refractario. Acompañado por la Guardia Nacional como si se tratara de un peligro criminal, atravesó la plaza en ese día de mercado y luego fue llevado a la prisión real, donde fue condenado a vivir dos años a una distancia de 36 km. de su parroquia.

Por entonces hubo una insurrección en la región de La Vendeé, misionada y evangelizada tiempo atrás por San Luis María Grignón de Montfort. Gracias a este levantamiento pudo volver a su amada parroquia el 22 de junio de 1793, pero poco le duró el gusto, pues el descalabro que sufrieron las tropas vendeanas en Nantes hizo que la zona sufriera el yugo opresor de la Convención, quien modificó el lema revolucionario: “Libertad, igualdad, fraternidad o muerte”. Esto causó lo que muchos historiadores consideran el primer genocidio de la historia, pues siguió un exterminio sistemático a los habitantes de esas tierras que defendían su Iglesia y su religión. Ahora sí, el Padre Nöel tuvo que vivir errante y escondiéndose, pues se enfrentaba a una persecución en toda regla.

El Beato sube al cadalso. Fresco contemporáneo en una iglesia francesa.

El Beato sube al cadalso. Fresco contemporáneo en una iglesia francesa.

Pruebas y sufrimientos
Por ocho meses, en los que pudo ocultarse, vivió una experiencia pastoral maravillosa y dramática, unida a un calvario y una dramática aventura apostólica. Pudo acogerse en un lugar seguro, al igual que lo hicieron muchos eclesiásticos, o expatriarse conforme a una ley del 26 de agosto de ese año que expatriaba a los sacerdotes refractarios. Prefirió ser como el Buen Pastor, que no abandona a sus ovejas, y vivió un viacrucis solitario y glorioso a la vez.

Como su parroquia era muy extensa, llena de páramos, inmensos pueblos y amplios cortijos, con un terreno que favorecía a un sacerdote proscrito, se las ingenió para ocultarse en la periferia, con familias de confianza, gente prudente y discreta, muy cristiana y afecta a sus sacerdotes; que en general, como eran del occidente de Francia, eran poco simpatizantes con la causa revolucionaria. Al estar con gente que lo protegía bien, podría desarrollar su ministerio sacerdotal con ciertas libertades y podría ayudar a las zonas limítrofes con su misión.

Durante el día estaba escondido en casas solitarias o en graneros, pero por la noche, iba a donde se le necesitaba. Si las distancias eran largas, se dirigía en caballo. De día oraba intensamente, leía, y meditaba con su breviario y también descansaba. Al iniciarse las sombras, se entrevistaba con personas, las confesaba, luego, hacia media noche, luego de prepararse profundamente, celebraba la misa. A veces en una casa, otras veces en un establo, así, que, perseguido como un malhechor, renovaba el sacrificio redentor de Cristo. Para esto pasó muchas penalidades; frío, soledad, angustia, sobresaltos; hasta que, tras numerosas peripercias, fue descubierto y detenido nuevamente el 9 de febrero de 1794, mientras se disponía a celebrar la Eucaristía y se revestía con los ornamentos sacerdotales. Fue llevado al pueblo inmediatamente, donde ante el juez reconoció su permanencia en la zona, pero no quiso delatar a quienes lo protegieron.

El Beato sube al cadalso. Pintura contemporánea en una iglesia francesa.

El Beato sube al cadalso. Pintura contemporánea en una iglesia francesa.

Martirio
Al día siguiente se repitió la pantomima de su primera detención, se le hizo vestir con su sotana y se le puso el bonete en la cabeza de tal manera como si fuera una corona de espinas. Estuvo encarcelado nuevamente en la prisión real, siendo echado en el calabozo, un lugar húmedo e insalubre, siendo alimentado sólo con pan y agua, sin la posibilidad de ver a alguien.

El viernes, 21 de febrero, el tribunal militar lo interrogó en sesiones públicas en la antigua capilla de los dominicos. Se guarda el archivo de los interrogatorios como unas actas de los antiguos mártires. Ante la pregunta de por qué no se ajustó a la ley relativa a los sacerdotes no juramentados, respondió que quería instruir a su parroquia, la cual se la había encargado Jesucristo, que es Dios. Que la jurisdicción sobre la misma se la había dado la Iglesia y solamente ella la podía revocar.

Luego de un largo interrogatorio, fue condenado a muerte, que debía llevarse a cabo antes de 24 horas. Hecho el juicio, siguió la mofa. Los guardias le preguntaron si deseaba ir a la guillotina vestido con sus ornamentos como si fuera a celebrar misa. El Beato no lo pensó dos veces y aceptó. Salió de la sacristía-prisión, y se dirigió al altar-patíbulo. Va con un semblante sereno, como si se tratara de una procesión religiosa. Una sonrisa en su semblante indica que está dispuesto a dar el sacrificio de sí mismo, uniéndose con Cristo en su muerte. Antes de ser decapitado, se le despojó de su casulla, pues estorbaba a la navaja de la guillotina, la cual cayó y tronchó su vida, apagando además entonces algunos gritos de “¡Viva República!”. Eran cerca de las tres y media de la tarde, hasta en esto tuvo una semejanza con Cristo. Inmediatamente fue revestido con su casulla y llevado al cementerio, siendo sepultado en una fosa común, por lo que sus reliquias se han perdido.

Fue beatificado por Pío XI el 31 de octubre de 1926, quien pronunció estas palabras: “Nöel Pinot atestiguó, llevando hasta el momento de su ejecución la casulla, demostrando que la tarea primordial, más importante y más sagrada del sacerdote es la celebración de la Santa Eucaristía según el encargo del Señor: “Haced esto en memoria mía”.

Humberto

Bibliografía
– DE ECHEVERRÍA, Lamberto; LLORCA, Bernardino; REPETTO BETES, José Luis, Año Cristiano II Febrero, Biblioteca de Autores Cristianos, pp 448-457, Madrid, 2003.

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