Beatos Francisco Pacheco y ocho compañeros jesuitas mártires

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Pintura japonesa del siglo XVII representando el martirio de cristianos y misioneros en Nagasaki.

Pintura japonesa del siglo XVII representando el martirio de cristianos y misioneros en Nagasaki.

Francisco Pacheco nació en Ponte do Lima, localidad portuguesa perteneciente a la archidiócesis de Braga, en el año 1556, en el seno de una noble familia. Desde niño se sintió atraído por el ideal misionero e hizo voto de morir como mártir, ideal que se fue acrecentando con la lectura de algunos textos que llegaron a sus manos y que exaltaban la propagación de la fe en el Lejano Oriente. Su vocación misionera recibió un impulso decisivo cuando estudiando en Lisboa, se puso en contacto con algunos misioneros japoneses que volvían de Roma y marchaban de nuevo al Japón.

Con treinta años de edad, el 1 de enero de 1586, ingresó en la Compañía de Jesús y una vez realizados los votos y ordenado de sacerdote, después de pedirlo insistentemente, fue enviado al Extremo Oriente en el año 1592, siendo su primera etapa la India y después Macao, donde hasta finales del 1604 desempeñó el papel de lector en teología. Constantemente solicitaba permiso para que lo enviasen al Japón y, obtenido el cual, desempeñó su labor apostólica en Ozaca, Meaco y Tacacu, donde fue elegido superior de su comunidad y donde obtuvo un éxito considerable en cuanto a conversiones al cristianismo.

Después de algún tiempo, retornó a Macao para dirigir el Instituto que los jesuitas tenían en aquella ciudad, pero de vueltas al Japón, colaboró con el obispo Cerqueira, llegando a ser su vicario y, posteriormente, sustituyéndole como administrador apostólico. Se asentó en el puerto de Cochmotzu, en Arima y no en Nagasaki, hospedándose en la casa de unos fieles cristianos, ya que allí encontró más seguridad y porque además, esta localidad estaba cercana al mar, lo que le facilitaba mantener contactos con diversas comunidades cristianas japonesas.

En el año 1616 el emperador firmó un edicto por el que se perseguía el cristianismo y se ordenaba la expulsión de todos los misioneros extranjeros. En la zona de Arima, existía una cierta tranquilidad porque el gobernador inicialmente, no ejecutó los decretos imperiales de persecución a los cristianos, haciendo la vista gorda y dejando que los misioneros, de forma clandestina, ejercieran su apostolado, pero en el año 1625, visitó la corte imperial y al ver el trato que allí se daba a los cristianos, se asustó de su propia tolerancia y dio órdenes para que en su región se empezara a perseguirlos y así fue, porque después de unos años de tolerancia, la persecución se inició como en el resto del país.

Representación del beato Francisco Pacheco vestido como japonés.

Representación del beato Francisco Pacheco vestido como japonés.

Un cristiano apóstata denunció el escondite del padre Pacheco junto a los hermanos Matías Cisaiemon y Mancio Firozaiemon Araki, en cuya casa fueron capturados. Ambos hermanos fueron también martirizados y beatificados junto con el padre Pacheco. Análoga suerte sufrió su hermano coadjutor Gaspar Sadamatzu, que estaba escondido en una casa vecina perteneciente a los esposos Pedro Cioboie y Susana Araki, que murieron como mártires y también fueron beatificados.

Arrestados el 18 de diciembre de 1625, fueron llevados a la cárcel de Ximabara, donde en un principio, fueron tratados cruelmente, viviendo a la intemperie durante el crudo invierno y recibiendo comida mala y repugnante. Cuatro días más tarde también fueron arrestados el padre Juan Bautista Zola y otro grupo de cristianos. Pasado el invierno, los carceleros recibieron orden de darles un mejor trato. Sin embargo, aún en esas condiciones – malas o tolerables -, los sacerdotes, catequistas y los fieles que estaban en prisión hacían que transcurrieran sus jornadas como si vivieran en el seno de una comunidad monástica, con horarios comunes para levantarse, para orar e incluso, para hacer penitencia. Durante este tiempo en el que estuvieron prisioneros, con un permiso especial, admitió a sus catequistas en el seno de la Compañía de Jesús: a Pedro Rinscei, Pablo Xinsuki y Juan Kinsacu. El 15 de marzo de 1626, en una tercera redada fue apresado también el padre Baltasar de Torres.

El 17 de junio de 1626, cuando llevaban seis meses en prisión, el gobernador de Nagasaki lo trajo a su ciudad, junto con Juan Bautista Zola y algunos otros religiosos. En Nagasaki revisaron las causas abiertas a estos misioneros y a sus compañeros y dictaminó que fuesen quemados vivos. Así, en la colina de Nagasaki, el día 20 de junio fue quemado vivo junto con otros ocho religiosos jesuitas. A fin de que los cristianos no pudiesen recoger reliquias, sus cenizas fueron echadas al mar. Junto con el padre Francisco Pacheco, fueron martirizados:

El padre Baltasar de Torres, que había nacido en Granada, el 14 de diciembre de 1563 también en el seno de una noble familia. De niño estuvo en Ocaña, de donde su padre fue gobernador, estudiando en el colegio que la Compañía de Jesús tenía en aquella población toledana y donde sintió el deseo de hacerse jesuita. Con dieciséis años de edad, ingresó en el noviciado de Navalcarnero y hechos los votos, estudió filosofía en el colegio de Huete, siendo destinado posteriormente al de Cuenca como maestro de gramática. Luego estuvo en Alcalá de Henares estudiando teología y allí se le aceptó su solicitud de marchar a las misiones. Ordenado de diácono, con tres japoneses que volvían de Roma, marchó a Oriente, donde se ordenó de sacerdote. Llegó al Japón en el año 1600 y allí, desarrolló su apostolado en Meaco, Osaka, Ganga, Noto y en Zu. Cuando llegó la persecución de 1616 se quedó clandestinamente en el Japón hasta que fue arrestado, sometido a juicio y quemado vivo en la colina de Nagasaki.

Imagen del beato Francisco Pacheco en la iglesia de Santa María dos Anjos.

Imagen del beato Francisco Pacheco en la iglesia de Santa María dos Anjos.

Juan Bautista Zola, italiano nacido en Brescia, en el año 1575. Muy joven ingresó en la Compañía de Jesús y, habiéndose ofrecido para las misiones, en el año 1602 fue enviado a la India y dos años más tarde, al Japón. En 1614 se quedó de forma clandestina en el reino de Arima, donde continuó su trabajo apostólico. Pidió a dos compañeros jesuitas que fueron martirizados antes que él que intercedieran ante Dios para que le fuera concedida la gracia del martirio y ellos se lo prometieron por carta.

Pedro Rinscei, japonés de Arima, que desde muy pequeño se había criado con los jesuitas. De mayor, trabajaba como catequista con los misioneros jesuitas, siendo admitido en el seno de la Compañía de Jesús cuando estaba prisionero en la cárcel de Ximabara.

Vicente Kaun, que era un coreano que con trece años de edad marchó al Japón, donde educándose con los jesuitas, conoció el cristianismo y se convirtió. Hablaba el coreano, el japonés y el chino y era un insustituible catequista, colaborador de los misioneros.

Juan Kinsaku, que era natural de Cochmotzu. Se había criado con los misioneros convirtiéndose en un colaborador y catequista. Cuando los jesuitas fueron arrestados, habiendo podido conseguir la libertad, no quiso separarse de ellos y en la prisión de Ximabara fue admitido como miembro de la Compañía de Jesús por parte del padre Pacheco.

Pablo Xinsuki, que había nacido en Arima y que fue compañero del padre Pacheco, siendo un excelente catequista. También fue admitido en la Compañía de Jesús mientras estaba en la prisión.

Miguel Tozo, también de Arima, era ayudante del padre Baltasar de Torres, siendo apresado junto a él cuando le ayudaba en la celebración de la Santa Misa.

Gaspar Sadamatsu, natural de Omura, era un hombre muy culto y conocedor de las costumbres y religión japonesa. Convertido al cristianismo, ingresó en la Compañía de Jesús, ejerciendo su labor apostólica durante cuarenta años.

Estos nueve jesuitas, junto con otros ciento noventa y seis mártires más, o sea, doscientos cinco, que murieron dando testimonio de Cristo en Japón entre los años 1617 al 1632 y que pertenecían a diversas órdenes religiosas y diversas nacionalidades y que en su mayoría eran seglares japoneses, fueron beatificados en Roma por el beato Papa Pío IX, el día 6 de julio del año 1867. Del resto de estos mártires, por grupos, seguiremos escribiendo en próximos artículos.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– VV.AA. “Año Cristiano”, Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), 2003.
– VV.AA. “Bibliotheca sanctórum, tomo X”, Città N. Editrice, Roma, 1990.

Enlace consultado (18/05/2014):
http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=4873

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