Beato Rupert Mayer, jesuita

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía del Beato.

Fotografía del Beato.

Sin duda el siglo XX fue un tiempo para la Iglesia en la que llovieron millones de mártires; pero es también el tiempo en el que surgen a lo largo de ese siglo importantes confesores, que si bien no derramaron su sangre, no quiere decir que tampoco estuvieron excluidos de persecuciones y sufrimientos. El padre Mayer es sin duda una de las grandes figuras del siglo XX como confesor, el propio Mayer sería un sacerdote al servicio de Dios, sería sacerdote porque él mismo decía: “Abracé el sacerdocio por amor a los hombres”.

El padre Mayer nació el 23 de enero de 1876 en Stuttgart, en Baden- Wurttemberg (Alemania), en una familia de comerciantes. De niño recibió una importante educación cristiana y a temprana edad sentía interés por los problemas de su tiempo. Tuvo un hermano y cuatro hermanas, y Rupert era un talentoso violinista, así como caballista.

Estudió filosofía y Teología en Friburgo, Munich y Tubinga, y prosiguió su formación al sacerdocio en Rottenburg. En 1899 sería ordenado sacerdote, y se uniría a la Compañía de Jesús el 1 de octubre de 1900 en Feldkirch, Austria. En 1902 hizo los votos. Sus primeros pasos como jesuita fue de la labor de misionero entre Suiza y Holanda, en Vorarlberg, en Alemania. En 1912 trabajó en Munich tras el llamado del cardenal Von Bettinger, para que estuviese trabajando con inmigrantes.

Mayer proporcionó ayuda espiritual y consuelo a sacerdotes tras el estallido de la Gran Guerra. Fue capellán de división y se sumergió en esta labor; estuvo en los campos de batalla de los Vosgos, en Galitzia y en el Somme. El padre Mayer fue el primer castrense condecorado con la Cruz de Hierro.

Foto del Beato (dcha.) en el monasterio Ettal, Alemania.

Foto del Beato (dcha.) en el monasterio Ettal, Alemania.

Como he mencionado anteriormente, Mayer se consagró sacerdote “por amor a los hombres”; este gran amor que les tenía casi le cuesta la vida en varias ocasiones como capellán en el frente; en 1916, en Rumanía, se lanzó sobre un soldado gravemente herido bajo el fuego de mortero; una bala le atravesó la pierna izquierda y tuvo que sufrir varias amputaciones, la última de éstas fue por encima de la rodilla. Tras todo esto, dejó el frente, pues su condición no se lo permitía: ocho meses después usaría una prótesis. Sin embargo, poco antes de terminar la guerra y aún después de ésta, el padre Mayer vio las grandes necesidades que se padecían en aquellas regiones afectadas por las guerras, y vio en ellas un amplio campo de actividades por realizar. Su labor pastoral y caritativa tras ver tanta miseria lo llevó a actuar para mitigar este sufrimiento.

Tras el nacimiento del movimiento nacionalsocialista, mantuvo reuniones públicas donde denunciaba el mal que comenzaba a revelarse. Los ataques y persecuciones crecían cada vez más, pero aun así continuó condenando las ideologías de este movimiento. En 1921 fue nombrado por el cardenal muniqués Michael von Faulhaber presidente de la Congregación de los Marianos. Mayer llegó a pronunciar hasta 70 sermones mensuales, predicando en la ciudad y en el campo a los hombres que le habrían sido encomendados.

En 1937 el padre Mayer sería detenido por los nacionalsocialistas y condenado a seis meses de libertad vigilada, pero como no cumplió con las condiciones impuestas por el juicio, fue arrestado y llevado a prisión a Landsberg am Lech. Tras su liberación, siguió predicando en contra de este movimiento. Por tal motivo fue detenido por tercera vez y sería enviado al campo de concentración de Sachsenhausen, donde permaneció en celdas de aislamiento durante siete meses. Esta condición fue afectando su salud, inclusive llegó a pesar 50 kilos; su vida se encontró gravemente en peligro y, temiendo la Gestapo que se produjeran disturbios, lo dejó en libertad, con la condición de que sus superiores le prohibieran la predicación.

Fotografía del Beato fallecido, de cuerpo presente.

Fotografía del Beato fallecido, de cuerpo presente.

Permaneció 5 años exiliado en el monasterio de Ettal, en la alta Baviera; es aquí cuando escribe su diario, donde expresa: “Desde entonces, viviendo, soy un muerto, porque para mí, que todavía estoy tan lleno de vida, esta muerte es mucho peor que la muerte real por la que tan a menudo me he visto amenazado”.

Ya en 1945, tras la caída del régimen nazi, también el padre Mayer había agotado sus fuerzas, su cuerpo se deterioraba por las luchas que dio contra la injusticia y para exaltar la dignidad del hombre. Tras la liberación de Alemania, colaboró con el gobierno militar estadounidense para mejorar la condición de vida de la población.

Durante un sermón en la iglesia de San Miguel de Munich, el 1 de noviembre de 1945, sufrió un ataque de apoplejía; sin caer al suelo se mantuvo apoyado en el altar; sus últimas palabras fueron: “El Señor, el Señor”. Murió la noche de ese mismo día, fiesta de Todos los Santos.

Fue sepultado en el cementerio del colegio conventual Berchmans de Pullach, cerca de Munich. Destruida durante la guerra, sus restos mortales fueron trasladados allí el 23 de mayo de 1948.

Sepulcro del Beato.

Sepulcro del Beato.

Fue beatificado en el estadio olímpico de Munich en 1987 por San Juan Pablo II. Este pontífice dijo en la celebración: “Tenemos la certeza de que este Siervo de Dios poseyó en grado heroico las virtudes teologales de la fe, la esperanza y el amor a Dios y al prójimo, así como las virtudes cardinales de la prudencia, la justicia y la fortaleza y las virtudes que van unidas a ellas”.

Emmanuel

Bibliografía
– SCHAUBER; SCHINDLER, “Diccionario ilustrado de los Santos”, Ed. Grijalbo, Barcelona, 2001.

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