Beatos Anacleto González y compañeros, mártires mexicanos

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Beatos Anacleto González y compañeros, mártires mexicanos, con la Virgen de Guadalupe.

Beatos Anacleto González y compañeros, mártires mexicanos, con la Virgen de Guadalupe.

Introducción
El 20 de noviembre de 2005, en el Estadio Jalisco, de la ciudad de Guadalajara, fueron Beatificados trece mártires que murieron durante varios momentos de la persecución religiosa en México. La mayoría de ellos son laicos, casi todos jóvenes en la flor de la edad. Algunos casados y con hijos, estudiantes y profesionistas. Hay tres sacerdotes, uno nacido en España. Hay también adolescente. Todos ellos murieron fieles a su conciencia, su fe y su bautismo. Con decisión derramaron su sangre por Cristo Rey y Santa María de Guadalupe. Gracias a ellos, y a otros hombres ya canonizados y a otros muchos desconocidos, pero no menos héroes por ello, en la Patria Mexicana los fieles católicos pueden expresar libremente su fe.

Beato José Anacleto González Flores
Nació en Tepatitlán de Morelos, Jalisco; el 13 de Julio de 1888. Hijo de Valentín Gómez y María Flores; fue bautizado en la Parroquia de San Francisco, en esa Ciudad Alteña. Su infancia fue marcada por la pobreza y por las necesidades de una familia en la que tuvo nueve hermanos. Cuando tuvo la edad, fue inscrito en la escuela y llevado al catecismo. Para que su familia tuviera ingresos económicos, junto con dos de sus hermanos, Anacleto ganó dinero tocando en la banda de música del pueblo.

Tenía un carácter, valiente y atrevido, líder de grupos y pandillas, con una gran capacidad de mando a pesar de su figura enclenque y desgarbada; de corazón noble y rebelde, nunca permitió que alguien se aprovechara de los más débiles. La cultura que llegó a tener se debió a la lectura de periódicos, por eso, tenía la conciencia y el ardiente deseo de que tenía que estudiar. Siendo el Seminario de San Juan de los Lagos el único centro de la región con las características que llenaban sus aspiraciones, pensó ingresar allí, pero le detuvo el pensamiento de que tenía que ayudar a sus padres.

En una ocasión, en que un misionero de Guadalajara fue invitado a dar una Misión al pueblo, Anacleto asistió con el afán de escuchar su oratoria, en esta misión, Anacleto cayó en cuenta de la seriedad de la vida y fue otro hombre, fue más reflexivo y piadoso, sin dejar de ser alegre, característica propia de su carácter, se resolvió hacer algo por Dios y por la Patria.

Se dedicó a ser catequista. Alguien con posibilidades económicas del pueblo, se dio cuenta de su talento y lo becó para el Seminario; a los veinte años entró a estudiar, más no para ser sacerdote, sino para ser un seglar apóstol y culto. De inteligencia notable, pronto aprendió latín y podía dialogarlo con su profesor, por ello, al año, pudo ser suplente de los docentes que faltaban. En estos días fue cuando recibió el apodo de “El Maistro”, como sería recordado en la posteridad.

Del Seminario pasó a Guadalajara para estudiar la Preparatoria, donde obtuvo excelentes calificaciones; en 1903 comienza a estudiar en la Escuela Libre de Derecho en la Capital Tapatía; cuando se sintió capacitado, dio clases de Historia y Apologética en colegios particulares; con las ganancias retribuyó a sus protectores y luego se bastó por sí mismo.

Fotografía del Beato Anacleto González.

Fotografía del Beato Anacleto González.

Profundo enamorado, le gustaba tocar la guitarra, con la que daba paz a su alma cuando estaba agobiado por los pesares. Metódico en su vida, nunca dio pie a la improvisación y la irresponsabilidad; como docente, sus alumnos lo recuerdan como un formador en la lucha de la vida, quien los acostumbraba a hablar fuerte, pisar recio y mirar de frente. De vida intachable, sólo se recuerda que una vez se embriagó y que luego lo hallaron en un paraje orando y con los brazos extendidos al cielo.

Al aparecer las leyes que cerraron las escuelas católicas, se ve precisado a trabajar como panadero, sin embargo, formó grupos doctrinales para niños, a los que atrajo con un fonógrafo. Calmada la persecución, continúa su profesión de maestro y su carrera de abogado. Su ascenso intelectual le permite el contacto con las altas personalidades del mundo católico sin que ello le apartara de las organizaciones obreras. Habiendo sido él mismo obrero, insta a los trabajadores a dejar la bandera del odio y a elegir la única renovación que puede fundamentar un sólido orden social: el amor del prójimo, imposible sin Cristo, el verdadero obrero que acabó con su martirio con todos los despotismos. Defendió los principios del sindicalismo y formó círculos de estudio de sociología, filosofía y literatura. Orador insuperable, su palabra arrebató a las multitudes; el pueblo lo seguía por ver en él a una renovador de la sociedad mexicana.

Enemigo de la violencia, aunque no de la protesta airada, su pasión se concentraba en la pluma y la palabra; le repugnaba la falta de organización, hombre sencillo, supo vivir en la pobreza y huir de las vanidades. No tenía biblioteca, pues era dueño de una buena memoria y con una poderosa facultad de síntesis y análisis, leía los libros que sus amigos le prestaban, le bastaba una semana para leer los más voluminosos y conocer a fondo su contenido y repetir textualmente pasajes importantes.

También fue un hombre de sacrificio, de reflexión y de mucha oración hecha con atención y calidez, estableció un diálogo deslumbrante entre Dios y él, tendida su alma en un perpetuo dar y recibir. Su celo apostólico encontró el cause más amplio al nacer la ACJM en Guadalajara. Allí pondrá en práctica todos sus conocimientos y habilidades.

A fines de 1922 fue Coordinador del Primer Congreso Nacional Obrero Católico, celebrado en Guadalajara, que dio origen a la Confederación Nacional Católica de Trabajo. En Febrero de 1922 se graduó de la carrera de Derecho, cuando lo felicitaron, contestó modestamente “¿Mi carrera?, ¡pero si lo mío fueron puros saltos!” Ocho meses después contrae matrimonio con María Concepción Guerrero Figueroa, con quien procrearía dos hijos. Para seguir una línea de rectitud y pobreza, ingresó a la Tercera orden de San Francisco, siguiendo al pie de la letra el espíritu del Santo de Asís.

El Beato Anacleto fotografiado junto al Beato Miguel Gómez.

El Beato Anacleto fotografiado junto al Beato Miguel Gómez.

En 1917, al dictarse las leyes persecutorias, la ACJM realizó una titánica obra de protesta, muchos miembros de esta Asociación sufrieron cárcel y tortura. En una manifestación realizada el 22 de agosto, Anacleto fue orador. Ante el panorama de los templos cerrados, invita a los oyentes para privarse de paseos de todo tipo. Frente al peligro que enfrentaba la Iglesia, se consagró en cuerpo y alma a todos los campos a su alcance: el Partido Católico, la ACJM, la Unión Popular de Jalisco, la Liga, la “U” y círculos de oratoria y estudio.

Otra de sus grandes preocupaciones fue su interés por llegar al fondo de cualquier tema por arduo y desalentador que fuera, todo en defensa del pueblo que se adormece por la ignorancia. No estuvo de acuerdo con la escuela laica, porque se contrarrestan todos los esfuerzos que se hacen en el templo, en el hogar y en cualquier lugar para orientar a la niñez y a la juventud hacia Dios.

En 1925, el Presidente Plutarco Elías Calles dicta la Ley de Adiciones al Código Penal, Ley con la que se oficializa la persecución y donde se vierte el odio que tiene contra la Iglesia. Antes de aplicarse esta Ley, se formó por seglares de reconocida valentía y preparación “La Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa”, con la finalidad de defender por todos los medios legítimos los derechos de la familia, la propiedad, la educación, especialmente, la libertad religiosa, “La Liga” ejerció acción cívica, religiosa, social y eventualmente, la acción militar.

En Guadalajara se formó el Partido de la Unión Popular, siendo designado Anacleto por votación aplastante como jefe y, como secretario, Luis Padilla. Por estos días fundó un periódico “Gladium”, donde fungió como escritor; en un artículo afirmaba: “Estamos en vísperas de un infame e inmenso emparedamiento. La Secretaría de Gobernación acaba de consignar a todos los príncipes de la Iglesia… y para ser lógica, la Revolución debe consignar a la Nación entera… y entonces tendrá que abrir una cárcel para cada hogar y faltarán puños de verdugos para atar manos de esclavos y cortar cabezas de mártires”.

Antiguo sepulcro de los Beatos Anacleto González y Miguel López.

Antiguo sepulcro de los Beatos Anacleto González y Miguel López.

Por perturbador y disidente de la Ley, fue preso en innumerables ocasiones, pero salía con nuevos bríos; en agosto de 1926, cuando se suspendió el culto público, al grito de “Dios se va”, planteó tres actitudes fundamentales de guardia: luto, penitencia y no cooperación: austeridad en la vida, oración en la conducta, inercia en la economía.

El pueblo organizado, siguiendo estas indicaciones vivió en recogimiento y modestia; se acabaron los lujos, los viajes en carruaje y antojos. Gozoso de sus conquistas escribía “El boicot es la llave con al que forzaremos el paso a la libertad. Las fuentes de producción es la gallina de los huevos de oro con lo que los verdugos pagan soldados y compran bayonetas… el Gobierno ha declarado a la Iglesia un boicot implacable, radical, a muerte, pero nuestro boicot se funda sobre esta base inconmovible: Dios sobre todas las cosas, Dios sobre el hambre, sobre la sed, sobre todos”. Otra organización suya fue: “Las Brigadas de Santa Juana de Arco, bandadas de señoritas enlutadas que se apostaban en los cines, mercados, almacenes de lujo para promover el boicot.

Hacia octubre de 1926 la resistencia se aflojaba, el boicot fue puesto en duda ante el poderío de gobierno; fue cuando se decidió por la lucha armada. Anacleto no estaba de acuerdo con eso, insistía en ganar la batalla sin derramamiento de sangre, que la fuerza moral bastaba; tuvo que desistir ante la Carta Pastoral del Arzobispo de Durango. El grito de rebeldía resonó en todos los ámbitos luego de un atentado sacrílego en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. La lucha se extendió por gran parte del país, el agua del río corrió más espesa por la sangre de los mártires derramada en esta lucha por la libertad religiosa.

Anacleto anhelaba el martirio, oraba largas horas de rodillas en la Parroquia del Dulce nombre de Jesús, pues quería fortalecerse para ese momento; comulgaba casi diariamente, decía que la Democracia de los mártires se vota con sangre, en contraposición de la Democracia, de los comicios, del escamoteo de los números: “Hoy votaremos con vidas y con la vida”. Vivía escondido en la casa de la Familia Vargas González, en la calle de Mezquitán, del Barrio de la Capilla de Jesús; se había dejado crecer la barba para pasar desapercibido. El 1 de abril de 1927 fue aprendido en compañía de Jorge, Ramón y Florentino Vargas González, y conducido con ellos luego al Cuartel Colorado. Allí se encontrarían con Luis Padilla.

Fotografía del Beato Luis Padilla.

Fotografía del Beato Luis Padilla.

Allí se le preguntó sobre el paradero del arzobispo Francisco Orozco y Jiménez, pero de su boca no salió palabra alguna que pudiera delatarlo, luego fue desnudado y colgado de los dedos pulgares hasta desencajarlos, fue azotado sin misericordia, le destrozaron la boca a culatazos de mausser, le desollaron las plantas de los pies y las palmas de las manos; pudo escribir en el cemento con su sangre “Viva Cristo Rey”.

Pidió que se fusilara primero a los hermanos Vargas para sostenerlos espiritualmente; luego de fusilar a tres de sus compañeros, (Florentino no fue fusilado y luego narraría lo que pasó en los últimos momentos) Anacleto, aún en pie, se dirigió al General Ferreira con estas palabras: “General, perdono a usted de corazón, muy pronto nos veremos ante el Tribunal Divino, el mismo Juez que me va a juzgar será su Juez, entonces tendrá usted un intercesor en mí con Dios”. Los soldados no se atrevían a disparar, entonces el General hizo una seña al Capitán de la Patrulla y este le hundió un marrazo en el pecho; al caer, los soldados descargaron sus armas sobre Anacleto, quien todavía pudo semiincorporarse para gritar: “Por segunda vez oigan las Américas este grito: Yo muero, pero Dios no muere, ¡Viva Cristo Rey!”. [1]

Escribió varios libros, entre los que destacan “La Cuestión Religiosa en Jalisco”, redactado por el autor en sus trincheras, obra filosófica enmarcada en la historia de la Constitución, donde expone las revoluciones y sus causas; pinta la revolución en sus hombres, sus hechos, sus catástrofes y sus locuras.

Su obra más memorable “El Plebiscito de los Mártires”, habla sobre los ultrajes a los derechos de la Iglesia. Actualiza la Pasión de Cristo, que sufre nuevamente de manos de los perseguidores, con estas leyes contrarias a la libertad religiosa; denuncia a los políticos que maniobran con el dinero para beneficiar sus fines mientras que el pueblo apenas tiene para sembrar Y cuya cosecha la reciben ellos, se preocupa por la unidad para dar fuerza a la lucha pacífica, critica a los católicos no comprometidos, que llama paralíticos, que no hacen nada para que Cristo sea Señor de todo.

Sus restos fueron sepultados en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, en el crucero norte, junto con los de Miguel Gómez Loza. Luego de su beatificación se depositaron en la Capilla del Sagrado Corazón de ese mismo templo.

Vista del relicario del Beato Luis Padilla. Capilla de Nuestra Señora de Guadalupe, en la Parroquia de San José de Analco, México.

Vista del relicario del Beato Luis Padilla. Capilla de Nuestra Señora de Guadalupe, en la Parroquia de San José de Analco, México.

Beato José Dionisio Luis Padilla Gómez
Nació en Guadalajara, Jalisco el 9 de Diciembre de 1889, fue hijo de Dionisio Padilla y Mercedes Gómez, perdió a su padre siendo muy niño. A los 17 años ingresa al Seminario Conciliar de Guadalajara, pero abandona la carrera sacerdotal por no sentir la vocación suficiente. Fue socio fundador de la ACJM. De conducta intachable, firme voluntad y pureza de costumbres, muy generoso; daba clases gratuitas en su casa a quien se lo pedía y fue tan distinguida su labor social y apostólica, que fue Presidente Arquidiocesano de la ACJM y Secretario de la Unión Popular. Tenía una sólida piedad, no solo en el Templo sino en su casa, donde había un oratorio doméstico, tenía también una profunda devoción a la Santísima Virgen María, fue miembro de las Congregaciones Marianas de San José.

Al recrudecerse la persecución religiosa en 1926, desplegó toda su actividad al frente de sus compañeros de la ACJM para hacer efectivo el boicot y colaboró con Anacleto González Flores en las actividades de la Liga; entonces le renació su vocación sacerdotal y quiso seguir por el camino que Dios le llamaba. Entre sus escritos encontramos pensamientos como este: “El Corazón de Jesús me ama, ¡qué pensamiento más dulce, más grande, más suave!… aquel Corazón, formado por el Espíritu Santo, me ama y no con un amor cualquiera, sino con amor de Padre, de amigo”.

Fue aprendido con su mamá y una hermana el 1 de Abril de 1927 a las dos de la mañana y conducido al Cuartel Colorado, encerrándolo en una mazmorra y recibiendo golpes e insultos. Allí se encontró con Anacleto González y los tres hermanos Vargas González. Ese día era viernes primero y quería confesarse. Anacleto lo alentó con estas palabras: “No hermano, ya no es hora de confesarse, sino de pedir perdón y perdonar; es un padre y no un juez, el que te espera, tu misma sangre te purificará”.

Con Anacleto, Ramón y Jorge, rezó el acto de contricción; fusilaron primero a los hermanos Vargas, luego pidió a sus verdugos unos momentos más de oración; se arrodilló y absorto en la oración recibió la descarga que le abrió las puertas del cielo. En su diario manifestó por escrito: “Soy un débil, soy un muerto lejos de Jesús Eucaristía, que es la fuerza de los débiles y la vida”. Fue sepultado en el Templo de San Agustín. Luego de su beatificación, sus reliquias se veneran en la Capilla de Nuestra Señora de Guadalupe, en la Parroquia de San José de Analco.

Fotografía del Beato Jorge Vargas.

Fotografía del Beato Jorge Vargas.

Beatos Jorgen Ramón y Ramón Vicente Vargas González
Estos dos jóvenes son miembros de una familia numerosa (once hijos) oriunda de Ahualulco de Mercado, Jalisco, cuyos padres fueron el Doctor Don Antonio Vargas y Doñas Elvira González, quienes con la prole emigraron a Guadalajara en 1914. Habitaron en una casa del barrio de la Capilla de Jesús, en Mezquitán 405.

Jorge era empleado de la Compañía Hidroeléctrica y Ramón era un estudiante de la Facultad de Medicina. En esa familia de profunda fe cristiana, durante la persecución religiosa suscitada por el Presidente Plutarco Elías Calles, se daba protección a un sacerdote del clero tapatío: Lino Aguirre, que sería Obispo de Sinaloa. A este sacerdote acompañaba Jorge en sus correrías ministeriales, realizadas con gran cuidado y sigilo para evitar ser sorprendidos y capturados por el gobierno. Cada ocho días iban a una casa conventual y Jorge lo seguía a distancia, en bicicleta y vestido de overol. Le bromeaba: “San Lino: (así le decía de cariño al sacerdote) vámonos con las pecadoras”. A lo que éste le respondía: “Son tan pecadoras que vamos con ellas cada ocho días y duramos toda la tarde”.

Con el transcurso del tiempo, la persecución arreciaba y Don Lino Aguirre tuvo que dejar de vivir en esa casa. Unos días después, Anacleto González Flores necesitó ser escondido, y al ser trasladado en un auto que se descompuso cerca de la casa de esta familia, ante el peligro inminente, tuvo que pedir asilo en ese lugar. Pronto se hizo como un miembro de la familia a quien se le tuvo mucho afecto. Para esa familia era una gran responsabilidad tener que cuidar del líder del movimiento que se opuso a la persecución. La casa de esta familia tenía una botica que se comunicaba aparte de la entrada principal con el interior. La atendía Lupe Vargas, que en una ocasión detectó espías y tuvo que alertar a Anacleto, quien terminó huyendo. A los ocho días volvió con la barba crecida. No se sentía más seguro en otro lado que allí. La seguridad se reforzó y hubo que negarle noticias seguras hasta a la esposa de Anacleto, quien estaba desconsolada. Doña Elvira reprendió a su hija Lupe por la aflicción causada a Concepción Guerrero, esposa del líder oculto.

Fotografía del Beato Ramón Vargas.

Fotografía del Beato Ramón Vargas.

Ramón estudiaba medicina. Le apodaban “el Colorado”, porque era pelirrojo. Ayudaba con sus servicios a personas pobres, a veces sin cobrarles nada. En alguna ocasión Anacleto lo invitó a unirse más de lleno al movimiento, y éste no aceptó, pero se ofreció para curar heridos. Una vez llegó Florentino, el hermano intermedio entre Jorge y Ramón a su casa, donde había una reunión. Al ver a todos tan serios y con las caras llenas de preocupación, les jugó una broma y gritó: “Alto ahí ustedes, ¿por qué conspiran contra el gobierno constituido?” y descargó su pistola. Los papeles cayeron de la mesa, algunos cayeron al suelo y rodaron. El chistoso se retiró dejando a todos furibundos. Por estos días Anacleto se cambió el nombre por el de Don José.

A finales de marzo, las pesquisas se recrudecieron y también se redobló más la vigilancia, pues habían apuntado esa casa. La noche del día 31, Ramón Vargas no pudo concentrarse en el juego de basquetbol. Se sentía inquieto. Ante la pregunta de un amigo, Rodolfo Pérez de qué le pasaba, le respondió que no quería ir a dormir a su casa, que tenía miedo. Su amigo le sugirió que se quedara a descansar en el hospital, pero no quiso preocupar a su mamá y a sus hermanas y llegó a su hogar como a las doce de la noche.

A las cinco de la mañana toaron a la ventana de la casa, pidiendo una medicina. Doña Elvira, la mamá, le pidió a Ramón que atendiera, pero él no aceptó porque estaba desvelado. La señora insistió apurada porque pudiera ser una emergencia y Ramón se levantó para atender a través de una ventana. Para esto la casa fue allanada y se introdujeron varios oficiales. Doña Elvira, asustada, se fue a la recámara de las mujeres para alertarlas. Anacleto fue avisado y se vistió rápidamente con un pantalón de mezclilla azul con pechera y salió al patio. Desde arriba lo amenazaron con una pistola y se metió al comedor y se escondió bajo la mesa, de donde fue sacado con todo lujo de violencia. Ramón entretanto, se apostó fuera de la recámara de sus hermanas e impidió el paso diciendo: “A esta pieza no se entra porque se están vistiendo mis hermanas”. “Pues encueradas me las llevo” respondió el oficial.

Dibujo a color del Beato Ramón Vargas.

Dibujo a color del Beato Ramón Vargas.

Anacleto estaba sentado en un equipal, con semblante pálido y mirada triste. Fue atacado por un hombre y Ramón lo defendió diciendo: “Al maestro no se le pega, lo que tenga que ver con él, avéngaselas conmigo”. “También para usted tengo”, le respondió y luego lo golpeó en el hombro. Un tst de indiferencia, acompañado de una subida de hombros y una mirada de desprecio, fue su respuesta. Luego trató de poner a salvo a su hermana menor María Luisa, llevándola al corral. Fue interceptado y se le preguntó que a dónde iba. “El Colorado” respondió altanero: “Uh, voy a miar, ni en mi casa puede uno hacer eso” y retrocedió.

Fuera había varios autos, donde subieron a casi toda la familia, incluidas a las mujeres. Ramón, como era alto, y físicamente diferente, se confundió entre la bola y caminó hasta distanciarse de su casa, pero el pensamiento de su madre y hermanas apresadas lo hizo volver. Un guardia se dio cuenta de lo sucedido y lo empujó violentamente contra la puerta de su casa, abriéndosele el labio superior por ello y sangrándole abundantemente.

Fueron llevados todos a la Comandancia de la Policía en el Palacio del Ayuntamiento, allí quedaron las mujeres, quienes se hallaron con la mamá y la hermana de Luis Padilla. Los hombres fueron llevados al Cuartel Colorado. La señora Vargas consoló a la señora Padilla, que estaba muy afligida por el incierto destino de su hijo Luis. A las 5 de la tarde fueron puestas en libertad, para esas horas, los jóvenes habían sido fusilados. Cuando María Vargas avisó a doña Elvira sobre la muerte de sus hijos, ella le contestó: “María, no llores, yo ya me lo temía y por eso ya se los he ofrecido a nuestro Señor, ellos ya están en el cielo”. El velorio se hizo en una casa en Pedro Loza 313; grande fue el desconcierto cuando llegaron los cuerpos de Ramón y Jorge, pero no el de Florentino, quien se escapó de morir y por quien se supo cómo sucedió la última etapa del sacrificio de estos mártires.

Los cuerpos de Ramón y Jorge fueron limpiados por Gloria González Núñez; Jorge no llevaba zapatos y le fue expoliado un crucifijo que traía en el pecho; Ramón tenía el pecho levantado y con la mano derecha todavía haciendo la señal de la cruz; a una tía que lloraba exageradamente le dijo Doña Elvira: “Cállate, cállate, Clara, ¿qué es eso? Acuérdate que nuestra misión de madres es llevarlos al cielo y yo ya tengo tres”; cuando llegó sorpresivamente Florentino, la madre le dijo: “¡Ay hijo, qué cerca estuvo de ti la corona del martirio, debes ser más bueno para merecerla!”.

Fotografía de los cadáveres de los hermanos Beatos Jorge y Ramón Vargas durante su sepelio.

Fotografía de los cadáveres de los hermanos Beatos Jorge y Ramón Vargas durante su sepelio.

Florentino refirió luego cómo, luego de ser aprendidos, fueron encerrados en el Cuartel Colorado; los tres hermanos Vargas en una celda y a Luis Padilla y Anacleto González, en otra, ubicada enfrente. El pasillo de entrada los separaba y se podían ver. Entonces Jorge le gritó a Luis: “Luis, nos van a pum… pum…” y sacaba las manos de las rejas simulando un fusil. Ramón le dijo: “No, ¿para qué lo estas mortificando? Déjalo, no digas nada”.

“Tienes razón”, contestó Jorge, “además, es viernes primero, no nos hemos confesado y si nos matan…”. “No temas”, agregó Ramón, “si morimos, nuestra sangre lavará nuestras culpas”, luego, volteando hacia una ventana, se trepó como pudo y desde ahí dijo: “Lo que es a mí, de hambre no me matan, lo harán con fusiles” y se puso a comer un birote con queso. Este pan a medio comer, lo hallaron dentro del saco de su cadáver.

Luego de un rato de platicar y bromear, llegó un soldado, que ordenó: “Levántese de entre ustedes el más chico”, lo hizo Ramón, que era él, se puso de pie y dijo a Florentino: “Levántate tú, Narciso” (así le decía de cariño) lo empujó y el soldado se lleva a los otros dos, junto con Anacleto González y Luis Padilla, que fueron luego fusilados.

El padre de los hermanos Vargas, el Doctor Don Antonio Vargas, no vivía en Guadalajara, sino en Ahualulco donde trabajaba; avisado veladamente de la situación familiar, llegó el 2 de Abril por la tarde, cuando el cortejo se alistaba para ir al panteón. Recibido por su hija Lupe, le explicó lo sucedido. Al concluir su narración, Don Antonio enjugó sus lágrimas y exclamó: “Ahora sé que no es el pésame lo que deben darme, sino felicitarme, porque tengo la dicha de tener dos hijos mártires”. A continuación se completa la semblanza de ellos.

Fotografía del Beato Ezequiel Huerta.

Fotografía del Beato Ezequiel Huerta.

Ramón Vicente Vargas González
Nació el 22 de Enero de 1905 en Ahualulco de Mercado, Jalisco; de estatura alta y pelirrojo, que le mereció el apodo de “El Colorado”, estudiaba cuarto año de medicina al momento de morir; fue miembro de la ACJM, donde trabajó con empeño por los problemas sociales de la comunidad. Antes de ser fusilado, hizo la profesión de su fe católica, formó la señal de la cruz con sus dedos y cayó en tierra, murió el 1 de abril de 1927.

Jorge Ramón Vargas González
Nació el 28 de Septiembre de 1889, en Ahualulco de Mercado, Jalisco; miembro activo de la ACJM, participaba frecuentemente en misa y comulgaba también. Tenía una vida con profunda oración, fue compañero de habitación de Anacleto González cuando se refugió en su casa antes de ser apresado. Fue torturado porque su cadáver tenía un hombro dislocado, contusiones y huellas de violencia. Al momento de ser fusilado tenía un crucifijo en la mano empuñada en el pecho, murió el 1 de abril de 1927.

Los restos de estos beatos mártires descansan en la Parroquia de San Francisco de Asís en Ahualulco de Mercado, donde son venerados.

Beato José Luciano Ezequiel Huerta Gutiérrez
Otro par de hermanos integra este elenco de mártires; fueron hijos de una familia oriunda del municipio de Magdalena, Jalisco, cuyos padres fueron Isaac Huerta y Florencia Gutiérrez, tuvieron otros tres hermanos: José Refugio y Eduardo, sacerdotes de la Diócesis de Guadalajara y María del Carmen.

Ezequiel nació el 7 de enero de 1876, en Magdalena, Jalisco; de carácter idealista, simpático, generoso y muy sociable, junto con su hermano Salvador, luego de haber estudiado la primaria en su pueblo, continuó los estudios en Guadalajara, en el Liceo para Varones. Dado que sus otros dos hermanos habían ingresado al Seminario Diocesano, sus padres decidieron irse a vivir también a la capital.

Desde joven tuvo habilidad para canto, pues poseía una buena voz; fue cantor en las iglesias de la ciudad y éstas se llenaban cuando los fieles sabían que iba a cantar, porque lo hacía con gran sentimiento y fervor; en una ocasión un compañero lo trató de matar cuando estaba cantando en el Templo de Santa Teresa, donde era cantor oficial, lo hirió con un puñal, pero el arma no penetró mucho en el abdomen y se salvó. El Beato perdonó al agresor y no lo demandó, porque era el pobre padre de una familia.

Sepulcro del Beato Ezequiel Huerta. Destaca la decoración de pentagrama, símbolo de su habilidad para el canto.

Sepulcro del Beato Ezequiel Huerta. Destaca la decoración de pentagrama, símbolo de su habilidad para el canto.

Sabía cantar ópera clásica, en una ocasión fue suplente del protagonista de una compañía italiana que visitaba la ciudad. Desempeñó con éxito su papel de tenor dramático, pero no aceptó un contrato con la compañía porque su voz era para Dios. Iba en bicicleta de iglesia a iglesia para prestar su voz al servicio del culto divino.

Contrajo matrimonio el 17 de Septiembre de 1904 en el Templo de Capuchinas con María Eugenia García, con quien tuvo diez hijos. Ezequiel amó entrañablemente a sus hijos y a su esposa, a quien le decían: “Otro hombre como Ezequiel, no lo encuentras ni con el Cirio Pascual”.

Hombre hogareño, se deshacían sus hijos en aclamaciones y abrazos cuando volvía del trabajo y les llevaba regalos. Tenía una casa grande y les procuró muchos juegos para que se entretuvieran. Esta familia vivió en la calle de Contreras Medellín 445 y el 27 de Mayo de 1914 consagró su hogar al Sagrado Corazón de Jesús.

Participaba diariamente en misa y su hija Carmen testifica el fervor con que comulgaba y cómo rezaba diariamente el rosario; era miembro de la Adoración Nocturna y desde 1923 fue miembro de la Tercera Orden Franciscana. Por su espíritu idealista y de artista, muchas veces no cobraba sus servicios de cantor de Iglesia, otras veces le daba pena cobrar o lo olvidaba, por ello con frecuencia sus dos hermanos sacerdotes le conseguían contratos en templos para tener ingresos económicos para sostener a su familia.

Fotografía del Beato Salvador Huerta.

Fotografía del Beato Salvador Huerta.

Beato José Salvador Huerta Gutiérrez
Nació el 18 de Marzo de 1880 en Magdalena, Jalisco; serio, obediente y cariñoso desde niño, supo desde pequeño dominar los impulsos de su carácter, estudió la primaria en Magdalena y continuó los estudios en Guadalajara con su hermano Ezequiel en el Liceo de Varones. Cuando su hermano José Refugio fue designado Vicario de Atotonilco del Alto, se fueron a vivir con él, su madre y su hermana, quedando él y Ezequiel con su padre en Guadalajara.

No quiso estudiar la preparatoria y decidió trabajar en el taller de un ingeniero alemán que le daba los trabajos más difíciles; en varias ocasiones salió ileso de accidentes de trabajo, uno de ellas, en Zacatecas, donde trabajo de técnico de bombas en una mina; también trabajó en Ferrocarriles Nacionales de México.

En una ocasión que visitó a sus familiares en Atotonilco, conoció a Adelina Jiménez, niña de doce años, hija única de familia acomodada; esperó un tiempo oportuno para declarársele oficialmente, pero al darse cuenta de que tenía varios pretendientes, la hizo su novia. Tuvo que vencer varias dificultades: le llevaba nueve años y que no podría darle la vida acostumbrada que tenía. Por fin contrajo matrimonio con ella el 20 de Abril de 1907 en la Capilla del Calvario, en Atotonilco. Los esposos radicaron en Aguascalientes y tuvieron once hijos, luego se trasladaron a Guadalajara para vivir más cerca de los padres de Salvador. Adelina padecía dolores hepáticos fuertes, un día su esposo le dijo: “Adelina, cuando me muera, lo primero que pediré al señor es que te quite ese dolor que tienes en el hígado”, a lo que su esposa respondió: “Prefiero quedarme toda la vida con este dolor a que te mueras”.

En una ocasión, cuando vivían por la calle de Libertad, su esposa observó que una pareja de vecinos que vivía frente a su casa se despedían con besos y abrazos y le dijo a Salvador: “Me gustaría que tú también te despidieras por la mañana como lo hacen los dos señores de enfrente”. “A lo mejor”, contestó bromeando Salvador, “los pobres no tienen recámara”.

Era de carácter fuerte con la disciplina de sus hijos, a los que, cuando tenía que amonestar y hasta castigar por sus travesuras, nunca lo hacía en presencia de la mamá. Se los llevaba al taller y les pegaba si era necesario. Así lo hizo con su hijo Gabriel un día que se hizo la pinta de la escuela, le dio unos fajazos y lo llevó personalmente a la escuela. Educó a sus hijos con firmeza, para que fueran responsables, a su hijo Salvador lo enseñó a manejar el auto cuanto tenía trece años, una vez lo mandó a Jocotepec con indicaciones de ir despacio y cambiar el aceite a medio camino. Iba con toda su familia a misa en los domingos y luego iban a pasear a Chapala o Atotonilco, a veces le gustaba servirles la comida mientras hacía descansar a su esposa en esos paseos.

Vista del sepulcro del Beato Salvador Huerta. La decoración de herramientas alude a su oficio de mecánico.

Vista del sepulcro del Beato Salvador Huerta. La decoración de herramientas alude a su oficio de mecánico.

Con su experiencia de mecánico pudo abrir un taller en la calle de Madero, cerca del Templo Expiatorio, y se dio a conocer en Guadalajara como el dueño del mejor taller mecánico, donde tuvo hasta ocho obreros. Se le conocía como el Mago de los Carros y le decían “el Maestro Huerta”, su responsabilidad y habilidad eran tan notorias que la Presidencia Municipal y la Comisaria de Policía le confiaban la reparación de sus autos.

Su taller era escuela y templo; es exigente con sus subalternos, pero les enseñaba los secretos de la profesión; inculcaba laboriosidad y respeto, puso un letrero en el taller que decía: “Se prohíbe decir malas palabras”, y a un cliente que se burló, lo sacó del mismo por decir groserías y le dijo que no volviera a pisar ese lugar.

En una ocasión participó como jefe de un circuito de carreras que se celebró en los años veinte en Guadalajara, en esa ocasión, una dama que competía con su carro perdió el control y lo atropelló, lastimándole varias costillas y un tobillo; cuando regresó a su casa, para no alarmar a su esposa, que estaba en cuarentena, se bajó de la camilla y entró a su casa caminando, luego tuvo que guardar reposo por largo tiempo y estuvo a punto de perder el pie. Cuando le quitaron el yeso, el pie seguía hinchado y el tobillo en mal estado, por eso, hasta el final de su vida cojearía. Estos malestares los aguantó con paciencia y hasta con buen humor, nunca se quejaba de sus dolencias, ni cuando en un accidente se amputó la falange de un dedo de la mano.

De su vida cristiana se recuerda que participaba diariamente en misa y que rezaba con sus hijos el rosario, a los que para animar algunas veces ponía una moneda en la mesa, que ganaba el que mejor rezara. En la Cuaresma acostumbró a sus hijos a hacer un sacrificio y no comer nada entre comida, él mismo se privaba del chile, que para sí era una grande penitencia, ayunaba los miércoles y los viernes, asistía con toda su familia a los oficios de Semana Santa y el Jueves Santo le gustaba ir a visitar los “Monumentos”.

Celebraba con alegría la Navidad y el día de Reyes; un 24 de Diciembre no tenía dinero para los regalos de sus hijos, estaba triste por ello; de pronto llegó un cliente que le debía el pago por un trabajo que por tanto tiempo no se acordaba, salió enseguida a comprar los regalos comentando: “El Niño Dios nos ha traído estos regalos”. Pertenecía a la Adoración Nocturna y le gustaba hacer visitas al Santísimo Sacramento. Por ese cariño a Jesús Eucaristía, nunca permitió que sus hijos fueran acólitos porque decía que los sacristanes y monaguillos son los que menos respeto tienen al Santísimo Sacramento. Nunca faltó a la misa el viernes primero de cada mes en honor del Sagrado Corazón, cuya imagen tenía en su casa.
En 1925 falleció su madre, asistida por sus hijos sacerdotes. Salvador se hizo cargo de su anciano padre Isaac, toda su vida tuvo un gran amor, respeto y veneración por sus progenitores.

Vista de los sepulcros de los hermanos Beatos Ezequiel y Salvador Huerta, a cada lado de la Sagrada Familia.

Vista de los sepulcros de los hermanos Beatos Ezequiel y Salvador Huerta, a cada lado de la Sagrada Familia.

En 1927 la persecución religiosa empeoraba notablemente. El gobierno se centraba en los sacerdotes, por considerarlos instigadores de la rebelión armada. Los hermanos Huerta tenían dos hermanos sacerdotes, José Refugio y Eduardo, que llegaron a ser Párrocos del Dulce Nombre de Jesús, parroquia donde vivía Ezequiel. Además, tres de sus muchachos se habían enrolado en el movimiento armado: Manuel y Jesús, hijos de Ezequiel, y Salvador, hijo de Salvador. Manuel, el hijo mayor de Ezequiel, luchó en el sur de Jalisco y Jesús, muy apegado al padre, sobre todo en la profesión de la música, escapó de su casa a los 18 años, y se unió a los cristeros en la Región de los Altos. Salvador Huerta hijo, fue secretario de Victoriano Ramírez, el famoso “Catorce” y se unió a los alzados también en Los Altos de Jalisco. Tal era la situación de estos dos hombres, que vivían angustiados por causa de sus familiares.

El 12 de marzo de ese mismo año, María, la esposa de Ezequiel, fue capturada durante una redada en una casa donde se celebraba una misa. El sacerdote huyó, los fieles huyeron y fueron apresadas las pocas personas que quedaron. Esta mujer repartió las sagradas formas que quedaban y bebió ella misma el vino consagrado. La hija se quedó olvidada en ese lugar, donde sería hallada más tarde. Ese día Ezequiel tuvo que preparar la comida mientras se hacían los trámites para liberar a su esposa. Cuando fue puesta en libertad, ambos esposos se abrazaron, platicando luego largamente de que si lo que había sucedido no sería el preludio de algo peor.

El 1 de abril fueron apresados y fusilados Anacleto González, Luis Padilla, Jorge y Ramón Vargas. Por la tarde de ese día, Ezequiel fue a visitar a su hermano Salvador para comentar los tristes acontecimientos. El primero estaba más angustiado, por lo que su hermano le dijo: “Si nos quieren matar, que nos maten. Que disparen aquí, porque muero por Cristo a quien tanto amo” y se señaló al pecho. Ambos decidieron que lo mejor sería sacar a sus hijos del país y que se fueran a Estados Unidos. Mientras ellos lo hacían, graves acontecimientos pasarían en sus familias. Luego de platicar estas cosas, Ezequiel se fue al velorio de Anacleto, en la Calle de Garibaldi 681. Al día siguiente su esposa también fue al velorio, y mientras, en su casa, unos hombres llegaron a su casa buscando a los curas escondidos, haciendo no un cateo sino un verdadero saqueo, pues hasta los sacos de arroz, frijol y maíz fueron confiscados. En esto estaban cuando volvía María Eugenia, se llevaron a su esposo y nos los dejaron despedirse, ella y sus hijos no lo volverían a ver con vida en este mundo. Con él se llevaron a Juan Bernal, (que llegaría a ser famoso en esta ciudad porque se hizo sacerdote y atendía a las personas leprosas) quien luego contaría lo que sucedió en los últimos momentos. Fue conducido al Palacio del Ayuntamiento, donde le preguntaron por sus hermanos sacerdotes y sus hijos mayores y el movimiento cristero. No habló y por ello se le dio una golpiza. Trataron de amedrentarlo diciéndole como habían torturado a su hermano Salvador, a quien habían colgado de los dedos pulgares de las manos. Mejor se puso a cantar: “Que viva mi Cristo, que viva mi Rey” y en represalia, tuvo otra embestida de golpes y patadas. Fue llevado al calabozo donde se encontró con Juan Bernal. El mártir, con un hilo de voz pudo decirle: “Oye, cuando lleven mi cadáver a mi casa, dile a María, mi esposa, que en la bolsita debajo de mi fajo hay una moneda de cien pesos de oro. Es lo único que le puedo dejar”.

Ese mismo sábado 2 de abril, Salvador Huerta fue visitado en su taller por unos sujetos que le pidieron revisar un auto. Eran agentes de la policía secreta. Le vino un triste presentimiento y les pidió que mejor se lo llevaran. Como insistieran en que los acompañara, se serenó primero y busco sus herramientas y luego se encaminaron a la Comisaría. Nada más pasó la puerta, fue empujado y el Jefe sin rodeos le preguntó por sus hermanos los curas y su hijo Salvador. Lo llevaron al sótano para ser interrogado y lo colgaron de los pulgares. En tanto esto sucedía, otros oficiales fueron a su casa, donde ante la mirada asustada de sus hijos, la allanaron y revolvieron todo. Luego de comer y beber algo, le dijeron a su hija Lupita que llevara algo de comer a su padre en la Jefatura de Operaciones.

Esa noche, los hermanos Huerta tenían la preocupación de sus esposas e hijos, mientras un terrible presentimiento los acosaba. En la madrugada del domingo 3 de abril, los hermanos fueron reunidos y cobraron ánimo por ello; Salvador, preocupado, le dijo a Ezequiel: “¡Nos ha llegado la hora! ¿Qué pasará con nuestras familias?” a lo que el otro respondió: “No te preocupes, Dios proveerá desde el cielo y les echaremos una mano”.

Luego fueron sacados de la Presidencia Municipal y los llevaron al Panteón de Mezquitán, los hicieron bajar y caminar hacia la derecha hasta el paredón; “el mayor de los dos póngase allí” gritó el oficial. Ezequiel miró a su hermano y pronunció sus últimas palabras: “Les perdonamos ¿verdad?” Luego una descarga apagó su vida.

Salvador se quitó su sombrero y se dirigió al cuerpo de su hermano: “Me descubro ante ti, hermano, porque ya eres un mártir”, luego se dirigió al sepulturero, llamado Casimiro Rodríguez, quien tenía una vela encendida en la mano, se la pidió, se descubrió el pecho y con voz firme dijo al pelotón: “Les pongo esta vela en mi pecho para que no fallen ante este corazón, dispuesto a morir por Cristo”, una nueva descarga selló sus últimas palabras. Fueron inmediatamente sepultados en una fosa de ese cementerio. Y es que las autoridades no querían que se repitiera el cortejo fúnebre de los martirizados dos días antes, pues dicho cortejo se había convertido en una marcha triunfal.

El 20 de Noviembre de 1980, los restos de estos hermanos fueron trasladados a la Capilla del Seminario de los Padres Xaverianos de Arandas, Jalisco. Con el afán de que estos testigos de Cristo fomentarán y protegieran las vocaciones misioneras y el éxito de las misiones. Con la beatificación de estos mártires, sus restos volvieron a la Parroquia del Dulce nombre de Jesús, donde se colocaron en el altar del crucero oriente, donde son venerados actualmente.

Detalle del Beato Miguel Gómez en la estampa que encabeza el artículo.

Detalle del Beato Miguel Gómez en la estampa que encabeza el artículo.

Beato Miguel Gómez Loza
Nació el 11 de Agosto de 1888 en Rancho de Paredones, hoy El Refugio, en el Municipio de Tepatitlán de Morelos, Jalisco; fue el menor de dos hijos del matrimonio formado por Petronila Loza y Victoriano Gómez; desde muy niño perdió a su padre haciéndose cargo del hogar la madre, quién luchó a brazo limpio para sacar adelante a sus hijos; ellos en homenaje a su esfuerzo, decidieron invertir sus apellidos como un reconocimiento a su gran labor como cabeza de familia.

Su infancia transcurre en un ambiente campirano y de rancho, la parcela, el ganado y las tareas anejas a estas actividades; cuando su hermano Elías ingresó al Seminario de Guadalajara, se hizo cabeza de familia. Estudió los primeras letras en su pueblo; fue acólito, sacristán y catequista y cuando creció y pudo hacerlo, organizó una caja de ahorros en su comunidad; era diligente, solicito, lleno de piedad eucarística y apegado a la religión.

En 1912 conoció a Anacleto González Flores, no fueron hermanos de sangre, pero sí de espíritu. Muchas cosas los unieron y los hicieron inseparables, compartieron ideales, profesión y una fe inquebrantable, entró con Anacleto en la preparatoria del Seminario, pero no tardó en darse cuenta que esa no era su vocación, tenía anhelos político-sociales y por esas fechas se afilió al Partido Católico Nacional.

Siempre unido a Anacleto, hicieron un buen equipo de trabajo, si Anacleto es la Autoridad, Miguel será el Ministro, uno idea, el otro verbo. Realidad y acción, uno es estratega, el otro responsable, Miguel será concreto, apasionado, decidido; tenía carácter sanguíneo. En 1914 estudia en la Universidad Morelos, donde recibe el apodo de “El Chinaco”, pues interrumpió una clase donde se hablaba de Benito Juárez y los chinacos fueron unos guerrilleros que combatieron a ese Presidente de México.

Impulsó en Guadalajara la prensa católica y el sindicalismo obrero, creó bolsas de trabajo, cajas de ahorro, cooperativas de consumo y un círculo de estudio para obreros al que llamó León XIII. En 1916 termina el bachillerato y se inscribe en la Escuela libre de Derecho. El 14 de Julio de ese año es miembro fundador de la ACJM. En 1917 se fue a vivir al Barrio del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe y trajo a su anciana madre a vivir con él. En Abril de 1919 participa activamente en la Organización del Congreso Regional Católico Obrero. Fundó varios círculos de la ACJM.

El Beato Miguel Gómez fotografiado con su familia.

El Beato Miguel Gómez fotografiado con su familia.

El 1 de Mayo de ese mismo año, los grupos hostiles a la Iglesia pusieron una bandera rojinegra en el asta de la Catedral Metropolitana, se abrió paso entre la multitud, ascendió la escalinata que conduce a la bóveda de la Catedral, retiró la bandera del asta y en la presencia de decenas de adversarios, la hizo pedazos. Los contrarios fueron incapaces de resistir su empuje y su brío.

Un penoso incidente sucedió en la Cuaresma de 1922: El 26 de Marzo, una mañana luego de misa, un grupo nutrido de obreros concluía sus ejercicios espirituales en el Templo de San Francisco de Asis; al salir se toparon con un contingente humano, nutrido, llamado sindicato Liberatorio de Inquilinos, de orientación ideológica bolchevique, capitaneados por Genaro Laurito y Justo González; frente a frente, pronto surgieron agresiones, los primeros regresaron al interior del Templo, mientras sus líderes, el Padre José Garibi Rivera, Anacleto y Miguel deliberaban. Los dos primeros eran de la idea de que los ejercitantes permanecieran dentro de la Iglesia, no así Gómez Loza, quien optó por manifestarse públicamente, con una arenga, en el jardín fuera del Templo, para legitimar su causa. Desafortunadamente, a las palabras siguieron los golpes y después los disparos en contra de los indefensos obreros católicos, muriendo seis de ellos y lesionando muchos más. El triste suceso costó a Miguel una dura reprimenda del Padre Garibi, la que aceptó con humildad.

A finales de 1922, siguiendo los pasos de su muy estimado Anacleto, contrajo matrimonio con su primer y única novia: María Guadalupe Sánchez Barragán, presidiendo el enlace su hermano Elías en la Capilla de la ACJM. El 1 de Marzo de 1923 asumió la gubernatura de Jalisco José Guadalupe Zuno, adversario político de Miguel, quién hizo posible para dificultar que Gómez Loza obtuviera su Título Profesional. El Alcalde de Arandas, Manuel B. Ascencio, aprovechó esta situación para que se expulsara de ese municipio al Beato, pues el político era acérrimo enemigo de su labor social; el desterrado huyó a Jalpa de Cánovas, Guanajuato, donde continuó con sus actividades apostólicas y sociales. Por esos días se hizo miembro de la Adoración Nocturna.

En 1925, luego de que el Gobernador Zuno clausuró el Seminario, los católicos organizaron una Asociación que derivó en la Unión Popular, cuyo directorio de cinco miembros incluía a Miguel Gómez Loza. Anacleto era el Jefe y Miguel era Jefe Civil en la zona de los Altos. Anacleto nunca estuvo de acuerdo con un levantamiento armado, pero accedió como mal menor a retirar la prohibición de tomas las armas sobre los socios de la Unión. Gómez Loza advirtió el costo de la empresa y sus casi seguras consecuencias, para esas fechas el Episcopado Mexicano había considerado lícita la lucha de los católicos en cuanto ciudadanos.

Vista del sepulcro del Beato Miguel Gómez.

Vista del sepulcro del Beato Miguel Gómez.

Se estableció en Tepatitlán de Morelos, desde donde repartía medallas, crucifijos y escapularios entre los que iban a lucha, con lo que ganaba como una contribución a su trabajo y que él consideraba un salario, lo enviaba para Guadalajara para sustentar a su esposa, hija y madre.

El 1 de Abril de 1927 fue martirizado Anacleto González y la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, nombró poco después a Miguel como Gobernador de Jalisco para los municipios adeptos al movimiento. Pocos días después un incidente vino a empañar la causa cristera, pues se asaltó el tren que venía de México y esto costó la vida a muchos civiles inocentes. El atraco fue planeado por el Padre Reyes Vega y Gómez Loza reprobó resueltamente el acto. En agosto de ese año se encuentra con su familia en Guanajuato y el 3 de septiembre, la Liga le confiere la administración del Occidente de ese mismo Estado.

La afinación de sus atribuciones políticas, giros de inspección, comunicados, emisión de circulares y decretos, así como el arbitraje de controversias, le trajeron fricciones con el General Enrique Gorostieta, Jefe Militar en Jalisco y Zacatecas. Su función como Gobernador era más bien de Procurador o Comisario Castrense de los miembros de la resistencia católica. Durante los enfrentamientos entre Cristeros y Federales, no le correspondía a él, como autoridad civil, participar en el fuego cruzado de los combatientes. Y aunque poseía dos armas, una de su difunto hermano y otra que le regaló un colaborador, jamás las usó contra nadie, ni aún para repeler alguna agresión.

Las primeras semanas de 1928, la resistencia se había consolidado y la lucha pintaba buenas perspectivas. Para marzo, Miguel Gómez Loza se estableció en una ranchería de Atotonilco el Alto. El día 21, una avanzada militar, aprovechando un descuido o la complicidad del centinela, se apostó afuera de la finca donde residía; la presencia del enemigo no dio oportunidad de escapar, Gómez Loza junto con Dionisio Vázquez, emprendieron la huida, llevándose documentos comprometedores, pero fueron alcanzados por la balas y murieron. Cuando se dieron cuenta de a quien habían matado, se llenaron de alegría y se llevaron el cadáver de Miguel a Atotonilco para exhibirlo. Fue embalsamado para ser trasladado a Guadalajara y mostrarlo públicamente como escarnio, pues se consideraba que ese golpe contra el movimiento lo debilitaría.

El Papa Pío XI lo condecoró con la Cruz Pro Ecdesia et Pontífice.

Fue sepultado en el Panteón de Mezquitán, el 01 de Abril de 1947. Luego sus restos fueron colocados en el muro norte del Crucero Poniente del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, junto con los de Anacleto González Flores. Con su beatificación, fueron llevados a la Capilla del Sagrado Corazón de ese mismo Santuario.

Fotografía del Beato Luis Magaña.

Fotografía del Beato Luis Magaña.

Beato Luis Magaña Servín
Nació el 24 de Agosto de 1902 en la ciudad Virreinal de Arandas; fue hijo de Raymundo Magaña y María Concepción Servín. Recibió el bautismo el 26 de Agosto siguiente, fue confirmado por el Arzobispo de Guadalajara Don José de Jesús Ortiz el 25 de Diciembre de 1909. Luis fue el mayor de dos hermanos, Delfino y Soledad.

Hizo los primeros estudios en la Iglesia Parroquial y desde pequeño ayudó en el oficio de talabartería en la tenería de su papá; desde muy joven ingresó en la ACJM y fue miembro también de la Adoración Nocturna. Es difícil imaginarse a un Santo como el común de los mortales, que comparte nuestra vida común. Hay un fotografía que lo retrata en traje de baño (de principios de siglo). Esto nos ofrece la idea de que los bienaventurados, son seres humanos normales que solamente se distinguen de nosotros porque tomaron en serio a Cristo y el Evangelio.

El 6 de Enero de 1926 contrajo matrimonio con Elvira Camarena, con quién procreó dos hijos, Gilberto y María Luisa, llamada así en su honor y quien nació cinco meses después de su muerte. Honesto trabajador en la curtiduría de las pieles, esposo fiel, padre ejemplar, apóstol de la doctrina social de la Iglesia, impulsó el estudio de la encíclica “Rerum Novarum” de León XIII. Colaboró estrechamente con su Párroco, el Poeta Amado J. de Alba.

El 9 de Febrero de 1928 unos soldados fueron a su casa para aprenderlo, pues su nombre era uno de los sospechosos que el Gobierno de Jalisco había registrado, pero no lo encontraron y detuvieron a su hermano Delfino, con la amenaza de que si no se presentaba Luis ante las autoridades, sería fusilado su pariente.

A medio día, cuando Luis Magaña se enteró del suceso, animó a sus familiares diciendo: “Tranquilícense, voy a hablar con el General Martínez, a lo más me enviará a Guadalajara, donde se arreglará todo”. Luego se baño, se rasuró y se vistió el traje oscuro que usó el día de su boda; después comió por última vez con su familia, salió a la calle y a los vecinos que le suplicaban que no se presentara, mientras levantaba las manos al cielo les dijo: “¡Qué felicidad, dentro de una hora estaré en los brazos de Dios!”.

Se presentó ante el militar diciendo “Mi General: yo soy Luis Magaña, a quien usted busca, el que ha sido detenido es mi hermano Delfino y él no debe nada. Si me buscan a mí, dejen libre a mi hermano”. Al verlo tan resuelto y viéndolo sereno, vestido como para ir a una fiesta le dijo: “Bien jovencito, vamos a ver si eres tan valiente como pareces” y volviéndose al oficial, ordenó que soltarán a Delfino y que fusilara al otro.

Vista del relicario del Beato Luis Magaña.

Vista del relicario del Beato Luis Magaña.

Fue llevado al atrio de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe y colocado a la izquierda de la puerta del Templo. No aceptó que le vendaran los ojos y pidió hablar: “Yo nunca he sido cristero ni rebelde, pero si de cristiano me acusan, sí lo soy. Soldados que me van a fusilar, quiero decirles que desde este momento quedan perdonados, y les prometo que al llegar ante la presencia de Dios, serán los primeros por lo que yo pida, ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!”. Sonó luego la descarga. Eran como las cuatro de la tarde del 9 de Febrero de 1928. Una pequeña cruz de madera, hecha incrustar en la cantera de la fachada parroquial, fue puesta por su papá, en recuerdo del lugar donde el hijo más preclaro de Arandas encontró las puertas del cielo abiertas de par en par. Luis Magaña fue fusilado con otro joven llamado José Refugio Aranda.

Sus reliquias, al igual que la de los hermanos Huerta Gutiérrez a petición de la Congregación de los Misioneros Xaverianos, fueron colocadas en la Capilla del Seminario de Arandas. Luego de la Beatificación, descansan en la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, en su ciudad natal.

Humberto


[1] El presidente de Ecuador, Gabriel García Moreno, un católico practicante que supo vivir su fe en el ejercicio de su investidura, fue asesinado afuera de la Catedral de Quito, por un grupo de liberales que manifestaban odiaban la fe católica. Sus últimas palabras fueron: “Dios no muere”. Esas mismas palabras son dichas por el Beato Anacleto antes de morir, lo recalca diciendo “Por segunda vez, escuchen las Américas este grito: Dios no muere…”

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es