Beatos Luis Martin y Celia Guérin, esposos (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Casulla bordada por Santa Teresita a partir de un vestido de su madre. Las dos rosas son sus padres, los nueve lirios son sus hijos; los capullos cerrados son los que murieron de niños.

Casulla bordada por Santa Teresita a partir de un vestido de su madre. Las dos rosas son sus padres, los nueve lirios son sus hijos; los capullos cerrados son los que murieron de niños.

Lisieux
Luego de la muerte de Celia, por invitación de su cuñado Isidoro y por convenirle a la familia Martin, se le convidó a don Luis a vivir en este lugar, donde ya vivía él. Así habitaron un edificio que se le llama “Les Buissonets”. El traslado se realizó antes de acabar el año, el 14 de noviembre. El modo de vida se organizó sin tardanza; bajo la dirección del señor Martin, el orden, la limpieza y el decoro se van perfilando en el nuevo hogar. No hay ociosidad, el estudio está presente, hay cordialidad no sólo entre la familia, pues la servidumbre es tratada con dignidad. En esta ciudad se educaron las señoritas Martin Guérin, recibiendo una formación acorde a su edad y su posición social. Aquí, el espíritu del mundo no saltó las barreras de esa casa.

La vida de la familia Guérin tuvo un curso ordinario: estudio, trabajo, paseos, teniendo como eje la misa. El Beato Luis Martin tenía la predilección por ir a la primera misa con sus hijas “a la que van los criados y los obreros, en ella estoy en compañía de los pobres”. Su preparación a la misma era extensa: muchas veces al volver a casa, estaba todavía absorto. “Continúo con nuestro Señor”. Gracias a su apostolado y devoción, se debió a la institución de la Adoración Nocturna en Lisieux. De su bolsillo se costeó el altar mayor de esta catedral. Si Luis Martin sabía que Cristo estaba en el sagrario, estaba consciente de su presencia en los pobres. Cada lunes llegaba a su casa un desfile de pobres y necesitados que reciben una dádiva generosa. Hombre lleno de piedad, su rostro le daba cierta venerabilidad que admiraban sus vecinos. Luis vivía para sus hijas y trabajaba por darles una vida apacible. Aunque vive en el mundo, no es del mundo. En su casa, propiamente en su despacho, vive como un monje. Allí trabaja, ora, medita, canta, recibe a sus hijas y escucha sus confidencias, lee, estudia, observa. En su estudio decrece la curiosidad del investigador y crece la avidez del creyente.

El rey y su reinecita
De las cinco hijas que vivían con él en los Buissonets, fue la menor, Teresita, quien más trato y cariño tuvo con su papá, al grado que don Luis Martin la llamaba “su reinecita” y por eso, ella le decía “rey”. Mucho convivieron y se trataron padre e hija. Ella era el alma de la casa y su padre se prodigaba en detalles hacia ella. Cuando Teresita contaba con 12 años, tuvo una crisis de convulsiones, alucinaciones e incoherencias que le pusieron al borde del sepulcro. El 13 de mayo de 1883, luego de haberse mandado celebrar varios novenarios de misas, de hacer hecho mucha oración a la imagen de Nuestra Señora que estaba en la familia desde hace un cuarto de siglo, ésta se animó y sonrió a la enferma, aliviándose entonces. Este episodio lo cuenta su padre con mucha emoción en una carta.

Escultura del Beato con su hija, Santa Teresita, rememorando el momento en que le pidió ingresar en el Carmelo.

Escultura del Beato con su hija, Santa Teresita, rememorando el momento en que le pidió ingresar en el Carmelo.

Cuando la Santa tenía 14 años, en esa Navidad esperaba el tradicional zapato, relleno de dulces y chucherías. El señor Martin expresó su disgusto al conocer esta expectativa de su hija y se lo hizo conocer a su hija Paulina, pues no estaba de acuerdo que a su edad, Teresa se comportara como una niña. Ésta dominó su emoción y recobró de pronto una fortaleza espiritual perdida tiempo atrás. Así consideró ella que este episodio fue su conversión, debida indudablemente al forjador de su carácter que fue su padre. Padre e hija eran íntimos confidentes. En cierta ocasión platicaban en el jardín sentados ambos, cuando Teresa le reveló su deseo de ser monja carmelita; su papá arrancó entonces una florecita y se la regaló. Por eso ella siempre se consideró una florecita, la Florecita de Jesús.

El Carmelo de Lisieux
La orden de Carmelo Descalzo llegó a Lisieux entre 1838 y 1839. En el convento aquí edificado ingresarán cuatro hijas del Beato Luis Martin: María Luisa, que tendrá por nombre María del Sagrado Corazón; Paulina, que se llamara Inés de Jesús; Teresa, que será Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz y Celina, que se conocerá como Genoveva de la Santa Faz. La última hija en ingresar a la vida conventual será Leonia, que tomará el nombre de Teresa Francisca en la Orden de la Visitación en Le Mans. Luis Martin, hombre de fe, supo desprenderse de sus hijas, cuya vocación aceptó y comprendió sin que por ello tuviera que tener la opción de no sufrirlo, poco a poco se las fue entregando a Dios, padeciendo la separación que traerá como consecuencia la enfermedad de sus últimos días.

Sin duda alguna el viaje a Roma que hizo con Teresita, con motivo de Jubileo del Papa León XIII, de entre los que hizo, es el más famoso. El carro del tren en que viajaba con Celina y Teresa se llamaba “San Luis”. Los demás pasajeros al tratarlo, decían que llevaban a San Luis en el carro de San Luis. En la Basílica de San Pedro fue presentado ante el Papa como padre de dos carmelitas y el Sumo Pontífice, como para agradecerle, tuvo su mano sobre su cabeza largo rato “como – dice Santa Teresita en su biografía- si en nombre de Jesucristo quisiera sellarlo con un signo misterioso”. Ni cuenta se dio por la emoción de este gesto, cuando su hija menor pidió al Papa permiso para entrar al convento con sus 15 años. Absorto, se le acercó Teresita toda llorosa para platicarle sobre su fallido intento. Ya hacía tiempo que conocía el interés de su hija por ingresar al convento, tras los pasos de sus hermanas mayores. Autorizó, para consuelo de ella, que ingresara al convento el 9 de abril de 1888. En casa quedó viviendo con Celina y Leonia, que pronto también optarán por la vida religiosa. Su vida hasta ahora es diáfana, pero entrará en la fase de penumbra.

Fotografía del Beato en sus últimos años, ya enfermo.

Fotografía del Beato en sus últimos años, ya enfermo.

El hombre de la cabeza velada
Hasta los 64 años, el Beato Luis Martin gozó de buena salud; pocas veces se enfermó y tuvo que ingerir medicamento. Tenía excelente vista, paso rápido, agilidad mental y parecía ser imposible de fatigar. Podría pensarse que alcanzaría las edades de sus padres al morir: 88 años su padre y 83 su mujer. Pero en 1887 comenzó a presentar una congestión cerebral, debida a una arterioesclerosis que se fue acentuando con el paso del tiempo, pese a las precauciones que él mismo se daba. Comprendió la gravedad de su mal cuando advirtió que, por negligencia, dejó morir a su cotorra favorita. Desde junio de 1888 el mal se declaró súbitamente. El 1 de enero de 1889 Santa Teresita vestiría el hábito. Luis Martin la llevó del brazo hasta la capilla, y ese día de fiesta fue el último para él en la tierra. Santa Teresita lo compara con un Domingo de Ramos.

Pocas semanas después tuvo una recaída y escapó de casa, alarmando a todos. Su cuñado tomo la decisión de internarlo en una casa de salud, el Sanatorio del Buen Salvador en Caen. Tenía ratos de lucidez, en los que mostraba su lado amable y su piedad ferviente y mantenía correspondencia con sus hijas carmelitas; tuvo períodos de alivio y tuvo la plena facultad de ofrecerse como víctima de holocausto a Dios. Poco a poco se fue paralizado de los miembros inferiores, al grado de usar una silla de ruedas, luego tuvo una enfermedad que le afectó los riñones. Sus facultades mentales disminuyeron casi en su totalidad.

Cuando Teresita era niña, tuvo una visión: vio a un hombre de la complexión de su padre que caminaba en el jardín, con la cabeza cubierta por un velo espeso. Ella, creyendo que era su papá que quería jugarle una broma, le llamaba sin obtener respuesta. El hombre desapareció sin dejar huella. Este episodio fue profético, pues dejó entrever el destino del señor Martin. El 29 de julio de 1894 comenzó su agonía. Antes de morir tuvo una mirada de lucidez, con la viveza de antaño, para consuelo de su hija Celina, que lo atendía. A las ocho y cuarto de la mañana, el fiel cumplidor del precepto dominical partió al cielo para participar en la misa eterna. Al día siguiente de su muerte, su cuñado Isidoro Guerin hizo exhumar los restos de su esposa Celia y de sus cuatro hijos para sepultarlos junto a los del jefe de la familia en el cementerio de Lisieux.

Silla de ruedas en la que el Beato pasó sus últimos años.

Silla de ruedas en la que el Beato pasó sus últimos años.

Culto
El proceso de beatificación de Luis Martin y Celia Guérin tuvo el tino de unificar en 1971 ambas causas, para promover a una pareja de esposos como ejemplo para tantos hombres y mujeres casados de nuestros días. Ambos fueron beatificados por disposición del papa Benedicto XVI en una ceremonia efectuada en la Basílica de Santa Teresita en Lisieux el 19 de octubre de 2008, ceremonia presidida por el cardenal José Saraiva Martins. Se determinó que la celebración litúrgica para ambos se realizara cada año el 13 de julio, aniversario de su matrimonio eclesiástico y comienzo de su vida como esposos.

Santa Teresita nos habla así de sus padres (tomado de Historia de un alma): [A mi madre querida Inés de Jesús] Los recuerdos que voy a evocar son también vuestros, pues a vuestro lado se deslizó mi infancia, y tuve la dicha de pertenecer a unos padres incomparables, que nos rodearon de los mismos cuidados y cariños. ¡Que se dignen ellos de bendecir a la flor más pequeña de sus hijos, y que la ayuden a cantar las misericordias divinas!… Quería Jesús sin duda, en su amor, hacerme conocer a la madre incomparable que me había dado, y a la que su divina mano quería a toda prisa coronar en el cielo… Dios se ha complacido en rodearme siempre de amor. Mis primeros recuerdos guardan la huella de las más tiernas sonrisas y caricias… Pero si el Señor puso mucho amor en torno a mi vida, se dignó también conceder a mi pequeño corazón un natural amoroso y sensible. Amaba yo mucho a papá y a mamá, y les demostraba de mil maneras mi ternura. ¡Qué rápido pasaron los años soleados de mi primera infancia! Pero también ¡qué dulce huella dejaron en mi alma! Recuerdo con agrado los días en que papá nos llevaba al Pabellón. Hasta los más pequeños detalles conservo grabados en el corazón… Recuerdo, sobre todo, los paseos del domingo, en los que siempre nos acompañaba mamá…

Relicario con el cabello de la Beata Celia Guérin.

Relicario con el cabello de la Beata Celia Guérin.

Conservo todavía en mi corazón todos los detalles de la enfermedad de nuestra querida madre. Me acuerdo, sobre todo, de las últimas semanas que pasó en la tierra. La pobrecita mamá estaba ya demasiado enferma para comer los frutos de la tierra. Ya sólo en el cielo se saciaría de la gloria de Dios, y bebería con Jesús el vino misterioso del que habló en su Última Cena, diciendo que lo compartiría con nosotros en el reino de su Padre. Quedó también grabada en mi alma la ceremonia emocionante de la extremaunción. Aún me parece ver el lugar que yo ocupaba, al lado de Celina. Estábamos las cinco colocadas por orden de edad. Y nuestro pobrecito padre también estaba allí, sollozando…

¡El corazón, ya tan cariñoso, de papá había añadido al amor que poseía un amor verdaderamente maternal!… No puedo decir cuánto amaba a papá, todo en él me causaba admiración. He aquí con cuánta fe aceptó papá la separación de su reinecita. Se la anunció a sus amigos de Alençon en estos términos: «Queridísimos amigos, ¡Teresa, mi reinecita, entró ayer en el Carmelo!… Sólo Dios puede exigir tal sacrificio… No me tengáis lástima, pues mi corazón rebosa de alegría.» Era, pues, hora de que un servidor tan fiel recibiese el premio de sus trabajos. Era justo que su salario fuera parecido al que Dios dio al Rey del cielo, su Hijo único… Papá acababa de hacer a Dios donación de un altar [para la catedral de Lisieux], él mismo fue la víctima escogida para ser inmolada en su ara santa juntamente con el Cordero sin mancha.

Nuestro padre querido bebería la más amarga, la más humillante de todas las copas. ¡Ese día ya no dije que podía sufrir todavía más! Las palabras no pueden expresar nuestras angustias, por eso, no intentaré describirlas. Un día, en el cielo, nos gustará hablar de nuestras gloriosas tribulaciones. ¿No nos gozamos ya ahora de haberlas sufrido? Sí, los tres años de martirio de papá me parecen los más amables, los más fructuosos años de toda nuestra vida. No los cambiaría por todos los éxtasis y revelaciones de los Santos. Mi corazón rebosa de gratitud al pensar en este tesoro inestimable, capaz de despertar una santa envidia aun en los mismos ángeles de la corte celestial. El 29 de julio del año pasado, Dios rompió las ataduras mortales de su incomparable servidor, llamándole a la recompensa eterna”.

Detalle del relicario de los Beatos.

Detalle del relicario de los Beatos.

Oración
Señor Dios, que has dado a los Beatos Luis y Celia Martin la gracia de santificarse como esposos y padres; concédenos por su intercesión saber amarte y servirte fielmente, pues la santidad de sus vidas es un ejemplo para cada uno de nosotros. Por Jesucristo…

Humberto

Bibliografía:
– PIAT, Esteban José, OFM, Historia de una familia, Editorial El Monte Carmelo, Burgos, 1950.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Beatos Luis Martin y Celia Guérin, esposos (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotomontaje con los retratos de los esposos, realizado para su beatificación.

Fotomontaje con los retratos de los esposos, realizado para su beatificación.

Introducción
“Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7, 16). El santoral contiene los nombres de todos los bautizados que se tiene la certeza de que han llegado al cielo y conforman la Iglesia Triunfante. Esta lista está conformada por hombres y mujeres de todos los pueblos, de todas las razas, de todas las naciones, de todas las edades, de todos los tiempos. Sin embargo, queda la sensación al leerlo de que son los consagrados quienes ocupan únicamente un lugar en este listado. Eso es necesario aclararlo: los laicos tienen un espacio propio desde el principio; baste recordar las primeras generaciones de mártires. Por ello y acorde al espíritu del Concilio Vaticano II que impulsa la figura del laico y que promueve su desarrollo como protagonista de la Iglesia que peregrina en este mundo, desde el pontificado de San Juan Pablo II, se ha vuelto nuevamente la mirada hacia el laico para proponerlo como ejemplo de santidad. Baste recordar a los Beatos Luis y María Beltrami Quatrocchi, Pedro Jorge Frasatti, Laura Vicuña, etc. quienes conforme al Evangelio, han tomado en serio lo que dice: “Ustedes son la sal del mundo y la luz de la tierra” (Mateo 5, 13-14), “Que los hombres vean sus obras para que den gloria a su Padre celestial”, (Mateo 5, 16).

Al referirse este artículo a una pareja de esposos, Luis Martin y Celia Guérin, padres de Santa Teresita del Niño Jesús, es necesario aclarar que ellos no son Santos porque son progenitores de esta Santa Doctora de la Iglesia; su grandeza de espíritu y su vida de cristianos ejemplares son el origen de la eximia y preclara santidad de la Santa de Lisieux. Así, en el núcleo familiar de Alençon y luego de Lisieux, se generó un modo de vida donde Dios fue todo en todos. Luis y Celia enarbolaron como insignia las palabras del Evangelio: “Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos”. (Mateo 7,18).

Refiérese que cuando San Pío X (José Sarto entonces) fue nombrado obispo, al enseñarle su anillo episcopal a su madre, ésta le enseñó su argolla matrimonial y le dijo: “Sin éste, no hubiera ése”. Así pues, si la más grande Santa de los tiempos modernos, como llamó este Papa a Santa Teresita, es quien es, esto se debe sin duda alguna a sus padres, a quien la Iglesia propone como ejemplo ahora a todas las parejas de esposos y padres cristianos.

La Beata con sus dos hermanos.

La Beata con sus dos hermanos.

Celia Guérin
Azelia María o Celia María Guérin, como ella misma se presenta, nació el 23 de diciembre de 1831 en Pont, Gandelain, siendo la segunda hija del matrimonio formado por Isidoro Guérin y Luisa Juana Macé. Sus hermanos fueron María Luisa, que sería religiosa visitandina, e Isidoro. Su infancia fue enfermiza y creció junto con una rígida educación dada por su madre. En 1843 se muda con su familia a Alençon. Allí estudió con las Religiosas de los Sagrados Corazones, con quienes obtuvo muy buenas calificaciones. Alguna vez, motivada por la familiaridad con estas hermanas, tuvo la idea de consagrarse, pero Dios le tenía preparado otro destino; trató de ingresar con las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul, pero la superiora le hizo ver que ésa no era la voluntad de Dios. Desde entonces, ésta era su oración: “¡Dios mío, ya que no soy digna de ser tu esposa como mi hermana, aceptaré el matrimonio para cumplir tu santa voluntad! Entonces dame, te ruego, muchos hijos, y haz que todos se consagren a Ti”. Convenía preparar su porvenir y, conforme a una inspiración, se puso a estudiar el arte del punto de Alençon. Pronto obtuvo una gran destreza en esta artesanía y estableció un taller en su casa, donde trabajaba primorosamente y con dedicación por horas, produciendo verdaderas obras de arte que eran consideradas de alto valor, con cuyo comercio dio prosperidad a su hogar.

En 1853 su hermana ingresa en el monasterio de la Visitación de Mans, allí toma el nombre de Sor Dositea; por correspondencia mantendrá una relación fraternal y amistosa con ella, porque la quería muchísimo. Con la separación de su hermana, se abrió realmente la posibilidad del matrimonio. La joven tenía una figura atrayente. Era vivaz, fuerte, amable, muy alegre y culta, práctica e íntegra, con una gran fe. Por estas cualidades, era normal que atrajera las miradas de los muchachos. En cierta ocasión atravesó el puente de San Leonardo y se cruzó con un hombre de noble fisonomía. Sintió que una voz le decía; “Éste es el hombre predestinado para ti.” Discretamente se enteró del nombre de ese joven: Luis Martin.

Uno de los encajes realizados por la Beata.

Uno de los encajes realizados por la Beata.

Luis Martin
Conocemos bastante del Beato Luis Martin gracias a los escritos de Santa Teresita, quien lo describe como un viejo venerable, muy piadoso, que adora a sus hijas, es un poco soñador y que vive de sus rentas. Luis José Luis Estanislao Martin nació el 22 de agosto de 1823 en Burdeos, hijo del matrimonio formado por Pedro Martin y María Ana Fanie Boureau. Recibió el agua bautismal sin tardanza, difiriéndose la crismación hasta octubre del mismo año porque su padre, que era militar, no estaba presente. El arzobispo de Burdeos debió presentir su futuro, pues dijo a los padres del pequeño: “Regocíjense: ¡Este niño es un predestinado!”. Por los azares de la milicia, la familia que tuvo otros cuatro hijos, vivió en Avignon, Estrasburgo y finalmente Alençon; luego el capitán Martin se jubiló y allí estableció una relojería. De él se refiere que era gallardo y muy piadoso. En alguna ocasión el capellán del regimiento le preguntó por qué permanecía arrodillado durante la misa tanto tiempo y le respondió: “Lo hago porque creo”. Este hombre forjará el carácter, la fe y la personalidad de su hijo Luis Martin, que era el predilecto. A él sus padres le dieron una buena educación, desde joven fue aficionado a la lectura y en Rennes estudio la relojería. En su juventud era un excelente nadador.

Cuando cumplió 22 años tuvo el deseo de una vida más perfecta, su fe era grande; tenía el deseo enorme de servir con agrado a Dios. Por septiembre de 1845 hizo un peregrinaje a pie hasta Suiza, al Gran San Bernardo, buscando una orientación vocacional y con el deseo de ser admitido en este lugar. Cuando el prior del monasterio platicaba con el joven, al advertirle que no sabía hablar latín, le sugirió que volviera entre los suyos y allí terminara de estudiar humanidades; hasta el fin de sus días añoró no haberse quedado a vivir allí. Luis Martin vio en este percance una indicación providencial y se dedicó de lleno a su oficio de relojero.

Fotografía del Beato a los 40 años de edad.

Fotografía del Beato a los 40 años de edad.

Poseedor de una estatura alta, fisonomía simpática, aire militar, frente ancha y abierta, faz bella y ovalada, con unos ojos dulces y profundos; anhelaba consagrar a Dios su libertad y había hecho de su taller un retiro claustral. Le gustaba la pesca y hacer largos paseos. Era austero y su tenor de vida era causa de aflicción para su madre, pues por lo visto no tenia intenciones de formar un hogar a sus 35 años. Fue la madre de nuestro Beato quien logró que se relacionara con Celia Guérin, luego del misterioso encuentro con ella en el puente de San Leonardo.

Matrimonio
Los jóvenes no tardaron en apreciarse y amarse; luego de tres meses de haberse conocido, se casaron el 13 de julio de 1858. El evento se realizó a medianoche, con discreción, en silencio. La señora Celia Martin se mudó a vivir con su esposo, donde instaló también su taller. Al casarse, ambos tenían una visión muy apreciada y respetada sobre el matrimonio y, como cualquier pareja, se enfrentaron a la aventura de ser esposos y formar una familia. No había por entonces un manual de preparación al matrimonio y el tema de la sexualidad estaba cerrado a la formación de las personas. Cuando Celia Guérin se enfrentó a esta realidad, tuvo un choque psicológico. Gracias a la comprensión de Luis Martin y su actitud acogedora y llena de consuelo, fueron creciendo en un amor espiritual, pero sin consumar el matrimonio. Luego de diez meses y con la ayuda oportuna de un confesor, los esposos Martin pudieron realizar de otro modo los deseos del cielo sobre su matrimonio, y su idea del mismo se amplió. A la repugnancia original sucedió la entrega normal de la unión conyugal. La expresión del amor sin reservas se hizo para conllevarse a Dios. Santa Teresita referirá esta idea sobre el matrimonio: “El matrimonio es hermoso para aquellos a quienes Dios llama a tal estado: es el pecado el que le desfigura y lo mancilla”. Luis y Celia Martin hallaron en adelante en la vivencia del matrimonio su centro de equilibrio y su manantial de perfección. En el matrimonio y por el matrimonio se santificaron y también demostraron que el desposorio no es donde naufraga la devoción y el deseo de la santidad, sino un punto de partida a una ascensión más inflamada porque se efectúa entre dos.

Una familia
El hogar formado por estos esposos tuvo nueve vástagos: María Luisa, María Paulina, María Leonia, María Elena, María José Luis, María José Juan Bautista, María Celina, María Melania Teresa y la benjamina María Francisca Teresa. De ellos, cuatro morirán en la primera infancia, las cinco restantes profesarán en la vida religiosa, cuatro en el Carmelo y una en la Visitación. En esta vida familiar, tanto Celia como Luis aprendieron a ser esposos y a ser padres. Celia tenía el proyecto de ser una madre distinta a la suya, todo cariño, amor y entrega a sus hijos; ella estaba convencida de que los hijos son la obra maestra de la mujer.

Dibujo a carboncillo de la Beata y su hija, Santa Teresa de Lisieux, hecho por Celina.

Dibujo a carboncillo de la Beata y su hija, Santa Teresa de Lisieux, hecho por Celina.

Ambos esposos trabajaron con entusiasmo para que en su hogar hubiera alegría. Luis y Celia se dedicaron con entusiasmo a sus labores en la relojería y el taller de encaje como un apostolado, en el que se santificaban para dar el sustento a su prole. Así, laboraban arduamente toda la semana y no consentían, por todas las fortunas del mundo, quebrantar el descanso dominical. Este detalle les obtuvo la bendición de Dios, pues ambos tuvieron un rápido aumento de su clientela y la comodidad económica para su familia; cabe mencionar como una virtud especial del Beato Luis Martin el ser un buen administrador y ser cuidadoso con pagar a tiempo y justamente a los empleados.

La vida espiritual de ambos comenzaba con la misa cotidiana cada mañana, practicaban la comunión frecuente, la lectura de libros piadosos, el rezo del rosario. Esta vida anclada en Dios les dio la fortaleza para enfrentar entre 1865 a 1873 la apertura del sepulcro, cuatro de ellas para otros tantos hijos. En el hogar enseñaron a adorar a Dios como soberano, a confiar en su Providencia y a abandonarse a su voluntad; obedientes siempre de la Iglesia, es memorable su respeto a la abstinencia y los ayunos prescritos, aunque Celia expresaba lo difícil que le costaba cumplirlos. Esta mujer era servicial con todos, pero rigurosa consigo misma. Esta disciplina la obtuvo de su espiritualidad franciscana, pues perteneció a la Tercera Orden de San Francisco. Luis Martin, en cambio, estuvo afiliado a la Cofradía del Santísimo Sacramento. Ambos esposos honraban y hacían amar en su casa a la Santísima Virgen María: la imagen que hoy se conoce como Nuestra Señora de la Sonrisa era venerada especialmente en el mes de mayo.

Esta fe les impulsó a dar donativos económicos a familias pobres, a visitar a los enfermos y atenderlos, procurar que el Viático llegara a los moribundos y ayudar en los trámites de la inhumación de los que no podían pagar esos gastos. Cuando alguien estaba por morir y no daba señales de reconciliarse con Dios antes de abandonar el mundo, toda la familia oraba por su conversión. De estas plegarias se alcanzaron muchas victorias. Don Luis Martin era un hombre que arrastraba con el ejemplo. Muchas personas frecuentaron por su causa el Circulo Católico, a participar en la misma, a visitar a los pobres, a alistarse, como él, en las conferencias de San Vicente de Paul. Por él muchos se hicieron miembros activos de la obra más predilecta que tenía: la Adoración Nocturna.

Puente de San Leonardo en Alençon, donde se conocieron los Beatos.

Puente de San Leonardo en Alençon, donde se conocieron los Beatos.

En un hogar así no hubo nunca un ambiente o atmósfera de sacristía. Los cantos y los gritos se escuchaban por todas partes, la alegría reinaba en la casa, pero sin alboroto ni algarabía. Hay una educación esmerada que forma en valores, actitudes y decisiones. Los padres convivían con sus hijas; dialogaban, paseaban, jugaban, vivían en una admirable comunión. Como esposo, Luis daba toda autoridad y libertad a su señora para la dirección de la casa y el cuidado de su familia, así el señor Martin ejercía toda su autoridad que siempre era respetada.

Como en todas las familias, algún hijo es el motivo de preocupación. En este caso tocó a Leonia ser causa de una atención especial. Era indisciplinada y, según su madre, una inteligencia retrasada; por más que buscaba corregirla, los métodos o disciplinas fracasaban. Realmente era una niña caprichosa. Tras esta conducta estaba la manipulación que hacía sobre la niña una criada. Esto significó para la Beata Celia Guérin una verdadera cruz, pues ignoraba la razón de la volubilidad de su hija. Gracias a la observación que hizo otra hija, María, se logró resolver el asunto. Esta táctica fue tan solapada que la mamá no la advirtió nunca.

Enfermedad y muerte de Celia Guérin
Doña Celia padeció un cáncer de pecho: con el tiempo y pese a su heroísmo, la enfermedad avanzaba. Entonces aceptó hacer una peregrinación a Lourdes, para visitar la gruta de Massabielle y pedir a la Virgen su curación. Su corazón flota entre la última esperanza y el presentimiento del fin: “Nosotros debemos situarnos en disposición de aceptar la voluntad divina, cualquiera que ella sea, porque nos reservará lo que mejor nos convenga”, escribió a su hija Paulina. Llegaron a Lourdes el 18 de junio de 1877. La peregrinación fue una serie de sinsabores y sacrificios para la mujer. A pesar de las oraciones y las abluciones, el cielo no respondió a sus deseos. En una carta escribió a su cuñada: “La Santísima Virgen nos ha dicho, como a Bernardita: “Yo os haré felices, no en este mundo, sino en el otro”. Volvió alegre a su casa y muy animosa. A su hija Paulina, que se mostró enojada con Nuestra Señora, le dice: “No esperes muchas alegrías sobre la tierra, y si no esperara las del cielo, me sentiría muy desgraciada”.

La enfermedad se aceleró con el viaje a Lourdes. Ante la inminencia de su desenlace, diagnosticado por su hermano Isidoro, le confió a éste: “¿Qué será de ese pobre Luis con sus cinco hijas? En fin, les abandono a todos en la Providencia de Dios”.

Muerte de la Beata en presencia de su marido e hijas.

Muerte de la Beata en presencia de su marido e hijas.

Los dos meses que le quedaban de vida fueron atroces, pero no decayó. Aprende su oficio, decía. Éste es su camino de la cruz, por el cual se irá desprendiendo poco a poco de la tierra. Dos veces sale más muerta que viva a la iglesia y en casa, la plegaria, en medio de sus atroces sufrimientos, es la respiración de su alma. En su última carta escribe a su hermano: “¿Qué queréis? Si la Virgen no me cura, es que mi tiempo ha concluido y que Dios quiere bondadosamente que yo descanse fuera de la tierra….” El 26 de agosto de 1877 terminó su paso por este mundo. Al día siguiente fueron sus funerales y recibió sepultura en el cementerio de Nuestra Señora de Alençon.

Humberto

Bibliografía:
– PIAT, Esteban José, OFM, Historia de una familia, Editorial El Monte Carmelo, Burgos, 1950.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es