San Cutberto, obispo de Lindisfarne

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Miniatura en el célebre códice del siglo XII custodiado en el British Museum de Londres.

Miniatura en el célebre códice del siglo XII custodiado en el British Museum de Londres.

San Cutberto, uno de los santos más venerados por la Iglesia de Inglaterra, nació en el año 634 cerca de Melrose, en el seno de una familia campesina anglosajona, que se dedicaba a la cría de ovejas. Desde niño trabajó como pastor pero con ocho años de edad fue enviado a Lindisfarne para que asistiera a la escuela que había fundado el obispo San Aidano y debió tener una buena relación con él porque según nos cuenta San Beda el Venerable en su “Vita Sancti Cuthberti”– que es la principal fuente histórica existente sobre este santo -, que una noche tuvo un sueño en el que vio cómo el alma del santo obispo era llevada al cielo por los ángeles: “Quomodo cum pastoribus positus animam sancti Aidiani episcopi ad coelum ab angelis ferri aspexerit”.

Con quince años de edad se enroló en el ejército del rey Oswin de Northumbria a fin de defender el castillo de Bamburgh, pero el recuerdo de aquella visión le impulsó a ingresar dos años más tarde, en el año 651, en un monasterio existente en su localidad natal, que estaba bajo la guía del abad Boisilo y en el que distinguió por su vida ascética. En el año 661, junto con un grupo de monjes fue enviado a Ripón por el rey Alchfrith (hijo de Oswin) a fin de fundar un monasterio y hacerse cargo del hospicio anexo al mismo. Misionó por toda la Northumbria y el sur de Escocia, pero cuando el rey adoptó las costumbres de la Iglesia Romana y San Wilfrido se convirtió en el abad de Ripón, los monjes que seguían las tradiciones celtas, abandonaron el monasterio y volvieron a Melrose y a la muerte del abad Boisilo, Cutberto fue llamado a sucederle en el gobierno del cenobio.

Cuando en el Sínodo celebrado en la Abadía de Whitby – recordad el artículo del pasado 14 de diciembre -, se acordó aceptar la costumbre romana en el cálculo de la fiesta de la Pascua, el monje Cutberto, por obediencia a sus superiores que, capitaneados por San Wilfrido, se impusieron el objetivo de unificar a toda la Iglesia de Occidente, asumió las decisiones de Whitby y trabajó activamente para que se aceptaran estas nuevas normas, unificando las costumbres de la iglesia anglosajona a los usos de la Iglesia romana. Recordemos que San Aidano, que era el que llevó el cristianismo a Northumbria en el año 631, había establecido el rito celta y su forma de calcular la fecha de la Pascua y que Cutberto había seguido las normas celtas, pero, como he dicho, más por obediencia a sus superiores que por propia convicción, asumió esta tarea, siendo elegido prior del monasterio de Lindisfarne en el año 664 para que introdujese en él la liturgia romana.

Miniatura en el célebre códice del siglo XII custodiado en el British Museum de Londres.

Miniatura en el célebre códice del siglo XII custodiado en el British Museum de Londres.

En el año 669, el abad Eata de Lindisfarne fue consagrado como obispo y Cutberto fue elegido abad, continuando sus viajes misioneros, predicando, extendiendo el cristianismo por las islas británicas y, según San Beda, realizando milagros. Quizás por su no completa convicción, tuvo muchas dificultades para convencer a muchos monjes celtas a fin de que aceptaran las costumbres romanas adoptadas en el sínodo de Whitby y, cansado, en el año 676 se retiró buscando la soledad en las Islas Farne, situadas en la costa de Northumbria: allí vivió como eremita en una pequeña gruta durante nueve años. Se construyó una ermita, comía solo verduras y pescado y siguió practicando en solitario su antiguo rito celta. Siguiendo una de las costumbres monásticas celtas recitaba los salmos mientras se bañaba en las frías aguas del Mar del Norte y dice la tradición que cuando salía del agua después de recitar sus oraciones, las nutrias le secaban los pies y las aves marinas de la isla le traían peces para que comiera.

En el año 685, San Teodoro de Tarso, arzobispo de Canterbury (el mismo que restituyó a San Wilfrido la sede de York), nombró a Cutberto obispo de Lindisfarne. Aunque se resistió a asumir esta nueva responsabilidad, la aceptó a regañadientes, tuvo que dejar las Islas Farne y fue consagrado en York el 26 de marzo de ese mismo año. Tomó posesión de su diócesis y reanudó su trabajo misionero. Pero poco le duraría esta responsabilidad ya que viendo que se acercaba su fin y deseando vivir y morir en soledad, un año más tarde renunció al cargo y se retiró de nuevo a las Islas Farne, donde murió el 20 de marzo del año 687. Fue sepultado en Lindisfarne, aunque diez años más tarde a instancias del obispo Eadberto, su cuerpo fue exhumado, encontrándose fresco e incorrupto. Su ejemplar vida y esta señal, fue tomada como signo de santidad, siendo desde ese momento venerado como santo mediante el acto de la elevación de las reliquias.

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En el año 793, los vikingos destruyeron el monasterio de Lindisfarne a excepción de la tumba de San Cutberto, pero los monjes a instancias del obispo Eardulfo y a fin de evitar futuros pillajes, trasladaron el cuerpo del santo realizando un largo viaje de siete años por toda Northumbria. Durante el traslado, recibieron numerosas donaciones, estuvieron en su localidad natal de Melrose (Mailros), en Durham, en Lancashire y en Yorkshire. Intentaron ir a Irlanda, pero se vieron impedidos a causa de una tormenta que ellos interpretaron que era la voluntad del santo para impedir pasar a aquella isla. Durante diez años estuvo en Chester-le-Street, pero en el año 995 los daneses invadieron Northumbria lo que obligó a que los monjes se lo llevaran a Ripon. Allí estuvo dos meses hasta que los monjes decidieron continuar con el traslado en un carro. Como el carro se quedó hundido en el barro del camino, los monjes interpretaron de nuevo que aquello era un signo sobrenatural por lo que después de ayunar durante tres días, les fue revelado que el santo quería ser sepultado en un lugar llamado Dunholme, cercano al río Wear. Allí fue sepultado y más tarde, en aquel mismo lugar fue construida la actual catedral de Durham.

Sepultura del santo en la catedral de Durham, Inglaterra.

Sepultura del santo en la catedral de Durham, Inglaterra.

En el año 1534, las huestes del rey Enrique VIII desenterraron el cuerpo del santo y al encontrarlo incorrupto, lo volvieron a enterrar en la misma capilla donde había estado sepultado. No quedó ahí la cosa, porque en el año 1827, fue exhumado de nuevo aunque en dicha exhumación se encontraron tres ataúdes. En uno de ellos estaba un cuerpo con una cruz en el pecho llamada la cruz de San Cutberto, la cual siempre había llevado encima desde hacía casi mil años. Se puso en un nuevo ataúd y se enterró en el mismo lugar. En el año 1899 se volvió a exhumar el cadáver para realizarle un reconocimiento canónico. A San Cutberto se le atribuye el milagro de envolver a Durham en una espesísima niebla que hizo imposible que durante la Segunda Guerra Mundial, la aviación nazi pudiese bombardear la ciudad. La festividad de San Cutberto de Lindisfarne se celebra el día 20 de marzo.

Las imágenes más antiguas del santo provienen del siglo X y son una escultura en la catedral de Carlisic y otra en el cementerio de Mosham en la que aparece junto a Cristo y los apóstoles. Son excepcionales las miniaturas de los códices del siglo XII de la “Vita Sancti Cutberti” de San Beda el Venerable, una de las cuales reproducimos en este artículo. En el códice custodiado en el British Museum de Londres, aparecen cuarenta y una miniaturas, bellísimas por su simplicidad, en algunas de las cuales es representado como un monje benedictino y en otras con los hábitos episcopales. Existen otras muchas representaciones iconográficas de este venerado santo anglosajón, las cuales son imposibles de enumerar, aunque no me resisto a recordar las que aparecen en el “Breviario de Bedford”, del año 1434, conservado en la Biblioteca Nacional de Paris y la escultura de la capilla de Enrique VII en Westminster.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Aprile, A y Rimoldi, A., “Bibliotheca sanctórum, tomo IV”, Città Nuova Editrice, Roma, 1987
– Beda, “Vita Sancti Cutberti”.
– Colgrave, B., “Two lives of St. Cuthbert”, Cambridge, 1940
– Craster, E., “Los Milagros de San Cutberto en Farne”, Analecta Bolandista, LXX, 1952 .

Enlace consultado (02/01/2016):
– http://feastssaintsmedievalchurch.blogspot.com.es

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San Nonoso, abad del Monte Sorate

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Escultura del santo en el monasterio de Thierhaupten (Alemania).

Escultura del santo en el monasterio de Thierhaupten (Alemania).

Conocemos a San Nonoso a través de “Los Diálogos” de San Gregorio Magno. Cuando en el verano del año 593, a petición de algunos amigos, se prestó a escribir las historias milagrosas de algunos santos italianos, pidió a Maximiano obispo de Siracusa, que le informase acerca de todos los milagros que se producían en su diócesis a fin de darlos a conocer. Y le pedía en particular que le informase “de domno Nonnoso abbate, qui iuxta domnum Anastasium de Pentumis fuit” (del señor abad Nonoso, que estaba junto al señor Anastasio de Pentumis), sobre el cual ya el obispo de Siracusa le había hablado con anterioridad. Maximiano informó a San Gregorio Magno sobre todo lo que sabía, quién a su vez también escuchó al viejo monje Laurión de Suppentonia, que había vivido bajo el gobierno del santo abad Anastasio, que era amigo de Nonoso. Pero desafortunadamente, todo lo que San Gregorio nos cuenta se reduce a tres milagros que habría realizado Nonoso, sin hacer ninguna referencia cronológica que nos permita establecer con exactitud como fue la vida de este santo abad.

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Según el bolandista Morica, San Nonoso “debería haber vivido en la primera mitad del siglo VI”, o sea, que sería contemporáneo de San Benito de Nursia, aunque esto no signifique que el monasterio de Sorate fuera una fundación benedictina ni que San Nonoso, fuera un discípulo de San Benito.

San Gregorio Magno pone a San Nonoso en estrecha relación con San Anastasio, al decir: “Qui nimirum Anastasius vitae venerabilis viro Nonnoso praeposito monasterii quod in Soractis monte situm est, et propinquitate loci et morum magnitudine et virtutum studiis adsidue iungebatur” (“Ciertamente, Anastasio, se encontraba a menudo con Nonoso, hombre de vida venerable, superior del monasterio situado en el monte de Soracto, tanto por la cercanía del lugar como por la grandeza de sus costumbres y el ejercicio de sus virtudes”). Es por esto por lo que al decirle San Gregorio al obispo Maximiano “del señor abad Nonoso, que estaba junto al señor Anastasio de Pentumis”, evidentemente se estaba refiriendo a que ambos monasterios, el de Nonoso y el de Anastasio, eran monasterios vecinos. El profesor Hartmann interpreta erróneamente esta frase de San Gregorio diciendo que Anastasio primero fue abad de Sorate y posteriormente de Suppentonia, pero de los textos de San Gregorio no se puede extraer esta conclusión. Tampoco hay razones para ver en Anastasio – como hace Hartmann -, a un abad muy severo bajo el cual estaba Nonoso, que era el prior del monasterio.

Cráneo del santo en el Museo diocesano de Bamberg (Alemania).

Cráneo del santo en el Museo diocesano de Bamberg (Alemania).

Menos aun se puede deducir de estos textos gregorianos lo que defiende Morica: que Nonoso, después de su priorato en Sorate se marchó a Suppentonia, donde sucedió a Anastasio como abad. Pero no nos liemos en esto, en si uno sucedió al otro o si estuvo debajo del otro, porque de todos modos en este tema no hay nada claro.

San Gregorio Magno es también el primero que habla del monasterio de Sorate y lo hace de forma genérica, sin hacer ninguna apelación específica, en su obra “Los diálogos”. La primera vez que se hace mención de este monasterio vinculándolo a San Silvestre es bastante más tarde, en un documento del Papa Gregorio II, cuyo pontificado fue del 715 al 731. A finales del siglo VI, en las cercanías del monasterio estaba una pequeña iglesia dedicada a San Andrés, la cual fue anexionada por el emperador Carlomagno en el 747 al monasterio de San Andrés “in Flumine”. Además, a los pies de este monte llegó incluso a fundarse un tercer monasterio dedicado a San Esteban, o sea, que finalmente, en el monte Sorate o en sus cercanías nos encontramos hasta tres monasterios.

Cuando los sarracenos invadieron parte de Italia, la vida monacal decayó, pero una vez pasada esta invasión, estos monasterios volvieron a florecer en vida y en santidad, aunque entre el 1439 y el 1443 pasaron a depender del monasterio de San Pablo en Roma y en el 1548, el Papa Pablo III los agregó a la abadía delle Tre Fontane, a la que pertenecieron hasta su total extinción.

Primitiva piedra sepulcral que se encuentra en iglesia de Molzbichl (Austria).

Primitiva piedra sepulcral que se encuentra en iglesia de Molzbichl (Austria).

Dicho todo lo anterior y volviendo a la vida de San Nonoso, recordemos que hemos dicho que lo que sabemos de él se deduce de tres milagros que le son atribuidos cuando estaba en Sorate. El primero de ellos es parecido al atribuido a San Gregorio el Taumaturgo, quién con su fe movió a una enorme roca que impedía la construcción de una iglesia. Recordemos la frase de Cristo de que la “fe mueve montañas” (Mateo, 17, 20). San Nonoso hizo algo parecido: el monasterio estaba sobre la cima del monte, en una especie de esquina y en su entorno faltaba un cierto espacio donde pudiera cultivarse un huerto, ya que todo estaba ocupado por una gran roca que había que eliminar. Era tan enorme que ni siquiera una cincuentena de pareja de bueyes podían mínimamente moverla. Entonces, el santo se llevó toda la noche en oración y a la mañana siguiente la enorme piedra había desaparecido, quedando libre un buen espacio de terreno en el que los monjes pudieron crear y cultivar un huerto.

El segundo milagro consistió en la reconstrucción de una lámpara de vidrio que el santo tenía en sus manos y que al caérsele al suelo, se hizo en mil pedazos. La ferviente oración del santo hizo que todos los trozos, por pequeños que fuesen, se juntaran, restituyendo íntegra la lámpara y librándose así de una reprimenda que le habría echado el abad. Dice San Gregorio Magno que este milagro era parecido a uno que hizo San Donato, el obispo mártir de Arezzo, que reconstruyó un cáliz de vidrio que se le había roto en pedazos.

El tercer milagro nos hace recordar al profeta Eliseo que hizo inacabable el aceite de la viuda. (Leer el capítulo 4 del Segundo Libro de los Reyes). En el huerto del monasterio había muy pocos olivos y consecuentemente, la cosecha de aceitunas era muy escasa y el aceite, también. Entonces el abad ordenó a todos los monjes que visitaran a los agricultores vecinos a fin de pedirles aceite. Nonoso le rogó humildemente al abad que retirase esta orden, la cual habría podido poner en apuros a más de un monje. Conseguido el permiso del abad, ordenó recoger las escasas aceitunas que tenían los olivos del monasterio, las molió y el poco aceite recogido lo hizo verter en pequeñas cantidades en absolutamente todos los recipientes que había en el monasterio. Estuvo toda la noche orando y a la mañana siguiente, todos los recipientes estaban completamente llenos. Ante esto, San Gregorio elogia la humildad de Nonoso, su mansedumbre y su capacidad de calmar con su afabilidad el mal carácter que tenía el abad.

Sepulcro del santo en la cripta de la catedral de Freising (Alemania).

Sepulcro del santo en la cripta de la catedral de Freising (Alemania).

Si antes dije que no se sabía con exactitud en qué fecha exacta había vivido, es lógico que tampoco se conozca la fecha exacta de su muerte, aunque si se sabe que fue sepultado en Sorate. Desde allí, en la época de las invasiones sarracenas que llegaron a devastar el monasterio a finales del siglo IX, su cuerpo fue trasladado a Suppentonia, desde donde en el 1052, el obispo Nitkero lo transfirió en Freising, en la Baviera alemana. Encontrado a mediados del siglo XII durante las labores de reconstrucción de la catedral, fue colocado en la cripta en el año 1161, pero al cabo del tiempo se olvidó el sitio exacto donde se había puesto. En el 1708 gran parte de las reliquias fueron reencontradas y después de una semana durante la cual se celebraron unas solemnísimas fiestas, fueron puestas en un sarcófago nuevo en la misma cripta de la catedral. El cráneo del santo y el resto de su cuerpo se veneran en Bamberg ya que fueron llevados a aquella ciudad en una fecha difícil de concretar. O sea, los restos del santo están mayoritariamente repartidos entre estas dos ciudades alemanas.

Tienen particular devoción al santo los enfermos de riñón que practican el curioso rito de la “reptatio per criptam”, gateando a cuatro patas tres veces alrededor del sarcófago, mientras le rezan unas oraciones especiales invocando su ayuda. Este antiguo y raro ritual ya está descrito en el antiguo “Libellus miraculorum”, traducido al alemán y publicado en las “Actas sanctórum”.

San Nonoso no figura en los martirologios antiguos, apareciendo su nombre por vez primera en el gran “Legendario austríaco” del siglo XII. Posteriormente se incluyó en el Martirologio de Usuardo el día 2 de septiembre, o sea, hoy y de él pasó al Martirologio Romano. Es el patrono principal de las diócesis de Nepi y Sutri y co-patrono de la de Freising.

San Nonoso. Weikert Hofen, Dachau, Baviera (Alemania).

San Nonoso. Weikert Hofen, Dachau, Baviera (Alemania).

En Sorate su culto fue interrumpido a causa de la ruina del monasterio, pero a mediados del siglo XII, por iniciativa de un monje cisterciense llamado Andrés de San Buenaventura, volvió a reiniciarse. El 7 de agosto del 1655 obtuvieron de la Sagrada Congregación de Ritos la facultad de celebrarle misa propia y tres años más tarde, un oficio propio.

El 20 de noviembre de aquel mismo año, el sacerdote francés Pedro Naude estuvo de peregrinación en Sorate donde contó que en una ciudad de Baviera, de la que no recordaba el nombre, se celebraba la festividad del santo, comprometiéndose a comunicar el nombre de esta ciudad una vez que estuviese de vuelta a su destino. Y lo hizo, porque el 23 de enero del 1660 envió a Sorate una carta firmada por el vicario general de la diócesis de Freising en la que confirmaba que allí estaban las reliquias, carta que estaba acompañada por unas lecciones propias del Segundo Nocturno del oficio de Maitines que allí se recitaban. Al recibir la carta, los monjes de Sorate solicitaron algunas reliquias que les fueron enviadas en el año 1661. El 2 de septiembre del 1664, fue consagrado al santo el primer altar del monasterio y comenzó a celebrarse de nuevo su fiesta. Desde Sorate, su culto se extendió posteriormente por toda Italia.

Antonio Barrero

Bibliografía:
Analecta Bolandista, LVI (1938)
Analecta Bolandista, LXXXII (1964)
– Mastrocola, M., “Il monachesimo nelle diocesi di Civittà Castellana, Orte e Gallese fino al sec. XII”, Viterbo, 1962
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, tomo IX”, Città Nuova Editrice, Roma, 1989.

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San Willibaldo, monje obispo de Eichstätt

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Imagen del santo en el dorso del altar del sepulcro. Catedral de Eichstätt, Alemania.

Imagen del santo en el dorso del altar del sepulcro. Catedral de Eichstätt, Alemania.

San Willibaldo era hijo de San Ricardo y de su esposa Winna (o Bonna) y había nacido en el sur de Inglaterra alrededor del año 700. Según una leyenda surgida en la ciudad de Lucca pero que no tiene ningún fundamento, su padre gozaba de titulo real por ser el hijo de Clotardo, rey de Kent. Es asimismo del todo imaginaria la información de que había lazos de parentesco entre su madre e Ina, el rey de Wessex. Tampoco tiene ningún sentido su atribuido parentesco con San Bonifacio de Fulda, aunque existe algún documento que dice que era su sobrino. Lo que si es cierto es que Willibaldo tenía un hermano llamado Vunibaldo y una hermana llamada Walburga, ambos también considerados santos y venerados como tales.

Se dice que con solo cinco años de edad entró en calidad de oblato en el monasterio de Waltham a fin de ser educado en las ciencias y en las letras. Cuando lo consiguió, con unos veinte años de edad, decidió realizar una peregrinación a los principales centros religiosos y culturales de Europa, o sea, lo que podríamos llamar una especie de vuelta por el mundo de aquella época, siendo sus principales metas las ciudades de Roma, de Constantinopla y finalmente, Jerusalén.

Para poder hacerlo, tuvo que convencer a su padre que en un principio se mostró reticente aunque finalmente se lo autorizó pero acompañándolos a él y a su hermano Vunibaldo. Puestos en camino, su primera etapa fue la ciudad de Roma, por lo que embarcándose en Hamwich, subieron por el río Sena llegando hasta Rouen. Una vez allí, atravesaron a pie todo lo que hoy es Francia, los Alpes y el norte de Italia. Al llegar a Lucca perdieron a su padre y después de haberle rendido en aquella ciudad italiana los últimos honores, los dos hermanos continuaron solos camino de Roma, donde permanecieron por espacio de dos años y medio viviendo como monjes. Allí, a pesar de encontrarse enfermo, prosiguió sus estudios sobre las ciencias sagradas profundizando de manera muy especial en la tradición y espiritualidad de la Orden Benedictina.

Gabriel von Eyb, obispo de Eichstätt, con San Willibaldo y Santa Walburga. Pintura de Lucas Cranach el Viejo.

Gabriel von Eyb, obispo de Eichstätt, con San Willibaldo y Santa Walburga. Pintura de Lucas Cranach el Viejo.

En el año 723, o sea, con unos veintitrés años de edad, estos dos incansables viajeros tomaron el camino hacia Nápoles y desde allí, a Catania y Siracusa en Sicilia. Junto con otros compañeros, siguieron camino hacia las islas del Mar Egeo y desde una de ellas, en la Pascua de aquel mismo año, llegaron a Pafos, en Chipre. Atravesaron el Asia Menor y se pararon en Emesa. Allí fueron considerados como espías de Occidente y como tales, fueron hechos prisioneros y conducidos delante del juez. Un comerciante hispano que era hermano de uno de los funcionarios de Emesa se prestó a conseguirles la libertad si a cambio era recompensado monetariamente. Así, consiguieron la libertad y tomaron camino hacia Damasco, Nazaret, Caná de Galilea y el Monte Tabor.

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En el mes de enero del año 724 ya estaban en las riberas del río Jordán donde se quedaron algún tiempo, llegando en el mes de noviembre a Jerusalén. Se establecieron en aquella ciudad santa poniéndola como punto central de referencia y desde ella, visitaron Belén, Gaza, Hebrón, Trípoli, Tiro y Sidón.

Después de estar algún tiempo esperando, tomaron un barco y fueron a Constantinopla. Durante todo el invierno del 727-728 estuvieron navegando y como la navegación no fue nada fácil, no llegaron a la ciudad imperial hasta la Pascua del 728. Allí se detuvo para aprender los fundamentos de la cultura bizantina, aprovechando la ocasión para acercarse hasta Nicea. Vueltos a Europa occidental, pasaron por Catania, Reggio Calabria, Nápoles y Capua y en el otoño del 729 se detuvieron en la abadía de Montecassino, donde fueron amablemente recibidos por el abad Petronace, por lo que se quedaron durante un tiempo en aquella comunidad que entonces tenía poquísimos monjes. Durante el primer año estuvo como cubiculario y posteriormente, fue nombrado decano. Cuatro años ejerció como portero del monasterio superior y otros cuatro, en el monasterio inferior, de tal manera que su estancia en la abadía de Montecassino duró unos diez años.

Altar del sepulcro visto de frente. Catedral de Eichstätt, Alemania.

Altar del sepulcro visto de frente. Catedral de Eichstätt, Alemania.

Siendo autorizado a abandonar el monasterio y acompañado por un sacerdote que había llegado desde Hispania, marchó a Roma donde el 29 de octubre del 739 recibió la orden que quedarse junto al Papa Gregorio III, quién quiso informarse sobre su largo viaje y que le comunicó el deseo de San Bonifacio (su supuesto tío) para que le ayudara en la misión misionera que llevaba a cabo en Germania. Obedeciendo al Papa, se separó de su amigo Tidberto, quién lo había acompañado durante su largo peregrinaje y partiendo hacia el norte, se pasó por Lucca para venerar el sepulcro de su padre, atravesó nuevamente la cordillera de los Alpes, llegando a Eichstätt, donde fue ordenado como sacerdote el día 22 de julio del año 740. En el mes de octubre del año siguiente, su tío Bonifacio lo consagró como obispo y así, en calidad de obispo, participó en el primer concilio nacional germánico el día 21 de abril del año 742.

Apenas llegó a Eichstätt, emprendió la tarea de construir un monasterio provisto de una espaciosa iglesia, de la que tomó posesión como obispo y donde quiso enraizar las costumbres litúrgicas que había visto en la abadía benedictina de Montecassino. A partir de este momento, no tenemos noticias muy precisas sobre el resto de su vida, pero en cambio si que tenemos constancias de algunas circunstancias, como que su principal actividad fue la predicación, llegando a excederse tanto que en más de una ocasión puso en peligro su vida. En el año 751 inició la construcción de la abadía de Heidenheim, de la que fue abad su hermano San Wunibaldo hasta el día de su muerte en el año 761.

Estuvo presente en el concilio de Attigny celebrado entre los años 760-762 y fue entonces cuando aceptó las donaciones que el rey Pipino realizó a favor de la abadía de Fulda. Tanto en Attigny como posteriormente en Salzburgo participó en una especie de Confraternidad de oración.

Su hermana Santa Walburga completó el asentamiento de la Orden Benedictina en la abadía de Heidenheim, construyendo allí un monasterio femenino del cual fue abadesa y a donde en el año 777 hizo transportar los restos de su hermano Wunibaldo. El 20 de septiembre del 778 fue consagrada la nueva iglesia y las reliquias de Wunibaldo fueron puestas solemnemente en la cripta donde meses más tarde, también fue sepultado el cuerpo de Walburga, quién murió el 25 de febrero del año 779.

Relicario del santo en Scheer.

Relicario del santo en Scheer.

El 25 de marzo del 783, San Willibaldo escribió una carta de donación a favor de la abadesa Enchilda de Miltz. En el 785 asistió a la consagración del nuevo obispo Bernwulfo de Würzburg, fundó la abadía de Solenhofen y la sala capitular de San Sebaldo en Norimberg.

San Willibaldo fue obispo durante unos cuarenta y cinco años, muriendo con ochenta y seis años el día 7 de julio del 786, aunque algunos historiadores dicen que fue un año más tarde. De esta fecha se tiene constancia a través de un obituario existente en la iglesia de San Pedro de Eichstätt, cuyo listado de obispos es de hasta el 784, aunque a continuación se repite con una serie de nombres entre los cuales figura Willibaldo en primer lugar.

Si sabemos con detalle como fue su viaje por Europa y Medio Oriente y su estancia en Montecassino es porque a finales del mes de junio del año 778, tuvo la feliz idea de detallárselo a una monja de Heidenheim llamada Ugeburca, la cual lo dejó por escrito. Por eso, ha llegado hasta nosotros ese aventurero viaje, escrito en un latín muy sencillo. Este documento, aunque no es muy extenso, tiene un gran valor histórico porque nos da a conocer cómo eran aquellas regiones cristianas que en la época de San Willibaldo, acababan de quitarse de encima el yugo del Islam. A este documento se le conoce con el nombre de “Hodoeporicon”.

Existe una “Vita sancti Villibaldi” escrita por un monje anónimo perteneciente a la comunidad de Eichstätt a finales del siglo IX. Además existe otra, del siglo XI, escrita también por un autor anónimo. En el año 1150, el abad Adalberto de Heidenheim – sin reeditar una verdadera “Vita” como realmente se ha dicho -, reunió en un documento todas las tradiciones de su abadía, incluyendo a Willibaldo entre los santos de la misma. La última “Vita Villibaldi” fue redactada por el obispo Felipe de Eichstätt, el cual murió en el año 1322.

Altar del sepulcro visto de frente. Catedral de Eichstätt, Alemania.

Altar del sepulcro visto de frente. Catedral de Eichstätt, Alemania.

El culto a San Willibaldo es muy popular en Baviera, donde se le recuerda en el día de hoy. Sus reliquias, que se conservan en la catedral de Eichstätt, han sido reconocidas canónicamente en cuatro ocasiones: en el 989, en el 1256, en el 1269 y en el 1745. Es el santo patrono de la diócesis de Eichstätt.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Braun, J., “San Willibaldo”, Eichstätt, 1953.
– Coens, M., “Leyenda y milagros del rey San Ricardo”, Analecta bollandista XLIX, 1931.
– Meyrik, T., “La vida de Santa Walburga y el itinerario de San Willibaldo”, Londres, 1873.
– Suttner, G., “Hodoeporicon sancti Willibaldi”, Eichstätt, 1857.
– VV.AA., “Bibliotheca sanctorum, tomo XII”, Città Nuova Editrice, Roma, 1990.

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Santa Alena (Elena) de Forest, virgen mártir

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Detalle de la Santa portando su propio brazo. Vidriera decimonónica en la catedral de Bruselas, Bélgica. Fotografía: Barryra.

Detalle de la Santa portando su propio brazo. Vidriera decimonónica en la catedral de Bruselas, Bélgica. Fotografía: Barryra.

Hoy se conmemora la fiesta de una virgen mártir llamada Alena, cuyo nombre en francés se escribe de muchas maneras -Alène, Aline, Alena- y que no es otro que una adaptación local del nombre griego de Elena o Helena.

Su “Vita” fue escrita por un autor anónimo a finales del siglo XII, el cual, como dicen los bolandistas, “videtur habuisse antiquum scriptum, quod cum capite primo finitur” (se había basado en un escrito más antiguo, que terminaba en el primer capítulo). El resto no es más que un romance, una leyenda hagiográfica compuesto de elementos copiados de otras “vitas”, por lo que son cuestiones que hay que tomarlas con prudencia, es decir, que ello conlleva que la narración esté impregnada de las típicas características piadosas: narraciones fantásticas, tan usadas por los autores, que finalmente ya no se dispone de datos ciertos sobre el santo cuya vida pretendía narrar.

Passio de la Santa
Según se nos dice, Alena vivió en tiempo de la evangelización de la zona (siglo VII), y nació de padres paganos en Dielbeek, cerca de la actual Bruselas. Sus padres eran Bevold, señor de Dilbeek, y su esposa se llamaba Hildegard. Cierto día que Bevold salía a cazar, conoció a un cristiano que se había refugiado por razones religiosas en Forest y se había construido allí un hogar. Este hombre hizo un gran elogio ante Bevold, y le persuadió que fuese con él a la iglesia del lugar, para asistir al oficio religioso. Aunque el señor accedió y se mostró impactado por la ceremonia, no se convirtió a la fe, persistió en sus creencias paganas.

Pero al volver a casa, relató a su esposa y a su hija lo que había visto, y entonces Alena se sintió repentinamente tocada por la gracia, tomando la decisión de ir al bosque a iniciarse en los misterios de la religión cristiana. La muchacha se hizo instruir y bautizar a escondidas de su familia en una iglesia cercana a Forest; y a partir de ese momento, acudía todas las noches a las celebraciones, a hurtadillas, para lo cual sobornaba a los guardias de su padre dándoles sus joyas y en sus peregrinaciones al bosque, llegaba a cruzar caminando, como Cristo, sobre las aguas a pie firme (!!!).

La Santa se resiste a la detención por los soldados de su padre, quienes le arrancan el brazo. Tabla de la leyenda de la Santa.

La Santa se resiste a la detención por los soldados de su padre, quienes le arrancan el brazo. Tabla de la leyenda de la Santa.

Fue traicionada por uno de los guardias de su padre, por lo que éste se enteró, y furioso, ordenó a sus soldados que la prendieran en cuanto saliera de la iglesia y la llevaran ante él. Al decir que el padre tenía soldados a sus órdenes, el autor está dando a entender que éste era un rey, por lo que Alena era una princesa.

Cuando fueron a capturarla, Alena huyó; y cuando la persiguieron y atraparon, se resistió, y tuvieron que arrastrarla por la fuerza. En cierto momento la muchacha se agarró al tronco de un árbol y no había manera de separarla de allí. Perdiendo la paciencia, uno de los soldados tiró con tanta fuerza de su brazo izquierdo que se lo arrancó de cuajo, lo que le provocó la muerte por desangramiento el 17 de junio del 640, cuando sólo tenía veinte años de edad. En el momento en que moría, bajó un ángel del cielo, tomó su brazo destrozado y lo colocó en el altar de la iglesia, a modo de preciosa reliquia. Desde entonces, ninguna fiera ni animal salvaje se acercó a la capilla ni pudo acceder a ella.

Fue enterrada allí, en Forest, donde en 1105 surgiría un monasterio de monjas benedictinas. Hasta ese momento se dieron todo tipo de milagros en la tumba de Alena, inclusive uno en que uno de los subordinados de Bevold, el duque Omundo, fue curado de una grave lesión en el rostro. Este milagro tocó el corazón de Bevold, que se arrepintió profundamente de los sucedido y, junto a su esposa, se convirtió al cristianismo. Repartieron todos sus bienes entre los pobres y fundaron la iglesia parroquial de Dilbeek, dedicándola a San Ambrosio, donde más tarde se hicieron enterrar.

Un ángel coloca el brazo mutilado en el altar mayor de la iglesia de Forest. Retablo con la leyenda de la Santa.

Un ángel coloca el brazo mutilado en el altar mayor de la iglesia de Forest. Retablo con la leyenda de la Santa.

El culto a la Santa fue creciendo enormemente y como se sucedían los milagros en su tumba, su cuerpo fue exhumado en la fiesta de Pentecostés de 1193 por el abad Godescalco de Afflighem, haciendo una elevación solemne de los mismos; lo que equivalía a una canonización. En 1582 fue colocado en una urna de plata y situado en un nuevo altar en el coro del monasterio.

Interpretación
La “Vita Alenae” ciertamente nos da pocos datos que puedan considerarse históricos. No hay más que atender a la pasmosa similitud que presenta con las leyendas de Santa Dimpna, Santa Wivina, Santa Gúdula… cuyas Vitae fueron escritas décadas antes que la de Santa Alena. De esto se puede concluir que la leyenda de nuestra mártir de hoy no fue escrita hasta el siglo XIII, al menos después de 1272… ¡para una mártir del siglo VII! Efectivamente, su tuviéramos que creer la leyenda, Alena habría vivido en el siglo VII, siendo hija de un noble de Dilbeek (no un rey exactamente, como pretende el relato). Pero hay poca certeza al respecto.

Destaca su notable parecido con la Vita Dymphnae, escrita por el canónigo Pierre de Saint Aubert de Cambrai entre 1238-1247 aproximadamente. En esta historia, si recordamos, a Santa Dimpna también la vemos como una noble princesa la cual, después de haberse convertido al cristianismo, es perseguida y martirizada por su propio padre. En la Vita Godulae leemos que Santa Gúdula se levantaba de noche para acudir a un oratorio en el bosque, como dice la leyenda que hacía Santa Alena. Y en la leyenda de Santa Aldegundis leemos que era capaz de caminar sobre las aguas del lago. Y finalmente, en la vida de San Guido de Anderlecht leemos que en la capilla donde estaba enterrado tampoco entraban los animales salvajes… igual que en el caso de Santa Alena. Sirvan estos ejemplos para hacer ver que la historia que hemos leído es poco más que un “puzzle” hecho a partir de piezas escritas anteriormente para otros Santos, como en realidad ocurre con la mayor parte de la hagiografía antigua y altomedieval.

Urna de plata con las reliquias de la Santa. Iglesia de San Dionisio de Vorst, Bélgica.

Urna de plata con las reliquias de la Santa. Iglesia de San Dionisio de Vorst, Bélgica.

¿Quién fue Santa Alena?
Habida cuenta de que la Vita no nos dice nada auténtico ni real sobre ella, existen algunas tesis que han pretendido descubrir a la mujer real detrás de la leyenda. Se sabe con certeza que ella existió, porque nos han llegado muchas reliquias reconocidas, tenidas por auténticas, y veneradas hasta el día de hoy; y sabemos que su culto como Santa es real también, porque la elevación de las reliquias en 1193 equivale a una canonización.

Según R. Podevijn, es muy probable que Santa Alena naciese, no en el siglo VII, sino en torno al año 1100 en Dilbeek, hija de una de las familias aristocráticas locales, quizá los Sotteghem, quienes habían realizado grandes donaciones a la abadía de Afflighem. Así, según esta tesis, Santa Alena habría sido, no una princesa mártir, sino monja o incluso priora de esta abadía, hija de esta familia noble que se hacía enterrar también aquí, pues aquí es donde se halló su tumba.

Si se observa la imagen grabada sobre la tumba de la Santa, vemos que porta un hábito monacal propio de su época. No lleva palma del martirio, sino que sostiene en su mano izquierda un salterio y con la derecha está haciendo un gesto de bendecir. La parte inferior de la lápida, donde estaría la inscripción que identificara a la inquilina de la tumba, está rota, cortada. ¿Casualidad, o intento de ocultar algo así como “Santa Alena, priora de la abadía de Forest”, además de liquidar la auténtica fecha de nacimiento y muerte de esta mujer, y con ello, la posibilidad de refutar la leyenda? Posteriormente, una mano añadió la inscripción + SCA HELENA cincelada.

Grabado de la Santa en la lápida de su sepulcro, donde aparece como una religiosa bendiciendo.

Grabado de la Santa en la lápida de su sepulcro, donde aparece como una religiosa bendiciendo.

Para el padre Podevijn, la cosa está clara: Alena, monja o priora de la abadía, habría muerto en olor de santidad y fue enterrada en la iglesia primitiva, donde más tarde surgiría la capilla de Santa Alena. Tras su muerte, empezarían a ocurrir numerosos fenómenos inexplicables y milagros en su tumba. Éstos fueron registrados y dieron origen al llamado Libro de los Milagros de la Santa, y, cómo no, a la leyenda de la princesa mártir, en torno a 1240. Relato que, como decíamos, no vale nada como fuente histórica, siendo probablemente una falsificación de la auténtica vida de la Santa, desaparecida, que sería una recopilación de sus milagros ocurridos en la tumba. Por lo tanto, la leyenda se teje alrededor de la verdadera historia, utilizando el autor, para ello, fuentes históricas y leyendas de otros Santos como apoyo.

Culto, iconografía y reliquias
Como decíamos, las reliquias de la Santa han llegado prácticamente íntegras hasta hoy. Es interesante hacer notar que en el relato conocido, cuando el abad Godescalco de Forest realiza la elevación de las reliquias, el texto omite mencionar uno por uno los huesos de la Santa, al parecer siendo esto lo que se hacía para tales ceremonias. La omisión del autor de enumerar las reliquias respondería, según algunas tesis, a la intención real de ocultar la verdadera naturaleza de la Santa: si el esqueleto encontrado en la tumba tenía dos brazos, y no uno solo como sería lógico si fuese cierto que se lo arrancaron y que desde entonces, se veneró aparte; entonces revelaría que la leyenda es falsa, ya que esa mujer conservaba los dos brazos. No tiene más misterio insistir en esto: interesaba mantener el prestigio del brazo de la Santa como miembro disociado de su cuerpo desde el mismo instante de su presunto martirio. Interesaba que fuera una virgen mártir.

Por razones que atañen únicamente a la leyenda, la Santa aparece representada en la iconografía como una princesa medieval, con un brazo arrancado y sangrando abundantemente; portando su propio brazo a modo de reliquia y de símbolo de su martirio; agarrada con fuerza a un tronco de árbol o bien, siendo brutalmente tironeada por los soldados de su padre.

Primitiva tumba -hoy cenotafio- de la Santa. Iglesia de San Dionisio de Vorst, Bélgica.

Primitiva tumba -hoy cenotafio- de la Santa. Iglesia de San Dionisio de Vorst, Bélgica.

Su fiesta se celebra el domingo que precede al día 24 de junio; pero en otras partes aparece específicamente que se la celebra el 17 o 18 de junio, o sea hoy.

Conclusión
Recapitulando un poco para que este artículo no resulte confuso, cabe decir que estamos ante una figura histórica, de indudable existencia: una mujer llamada Alena (Elena) que fue enterrada en la abadía de Afflighem y que aparece, en el relieve de su tumba, como una monja con salterio y en acto de bendecir. Para los críticos que han estudiado su caso, no cabe duda de que se trata de una religiosa de origen noble que murió en olor de santidad y que desde el principio, su tumba fue lugar de portentos y meta de peregrinaciones.

En algún momento, y sin duda para dotar de prestigio a la región de Dilbeek, se le construye una leyenda totalmente ficticia que la convierte en una princesa mártir, narra su fabuloso martirio y terrible muerte, tomando elementos procedentes de otras Santas muy veneradas en regiones próximas, tales como Dimpna o Gúdula. Pero no parece que este relato tenga nada que ver con la auténtica destinataria del mismo, que sería, no una virgen mártir, sino una religiosa benedictina del lugar que se santificaría, no mediante el martirio, sino a través de su vida monacal; pero a la que se convierte en princesa y en mártir porque así lo juzgó conveniente quien quiso exaltarla.

Meldelen

Bibliografía:
– INDESTEGE, Luc, “Het leven van de Heilige Alena vereerd te Dilbeek en te Vorst”, Dilbeek 1949.
– VVAA, Bibliotheca sanctorum: enciclopedia dei Santi, Città Nuova Editrice, Roma 1984.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Santa Wiborada, reclusa mártir

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Miniatura de la Santa en un códice de la biblioteca de la catedral de Sankt Gallen (Suiza).

Miniatura de la Santa en un códice de la biblioteca de la catedral de Sankt Gallen (Suiza).

En los primeros tiempos de nuestro blog, nuestro compañero Antonio atendió una consulta hecha por un lector respecto a quién fue la primera Santa canonizada del mundo, en sentido de proceso canónico. La respuesta es que lo fue nuestra protagonista de hoy, Santa Wiborada (o Viborada) de Sankt Gallen, reclusa y mártir durante la Alta Edad Media. Vamos a dedicar este artículo a hablar un poco más de ella, pues hoy es el día en que conmemoramos su martirio y mañana, el de su fiesta.

La vida de esta reclusa del monasterio de San Galo, en la actual Suiza, está descrita en dos biografías. Una fue escrita entre los años 993-1047 por el monje Hartmann; la segunda fue recopilada por el monje Erimano entre los años 1072-1076. De esta santa y de la invasión húngara de San Galo, ocurrida en el año, 926 habla también el Casus sancti Galli, que fue redactado por Ekkeardo IV en el siglo XI. De su reclusión y de su martirio dan testimonio también los Annales sangallenses mayores y su canonización también está documentada en una anónima Continuatio del Casus sancti Galli. O sea, existe bastante documentación histórica de que la se deducen los hechos siguientes.

Sanadora, maestra y peregrina
Su fecha de nacimiento se ignora, pero se sabe que provenía de una noble familia germana de la región de Turgovia (Thurgau), en Suabia, que comerciaba con los excedentes de su producción agraria y local. Concretamente nació en la ciudad de Kligna, condado de Aargau. Pese a su desahogada posición, desde muy pronto renunció a los lujos, especialmente en el vestir. Aconsejada por su hermano menor Itto (o Hatto), que era sacerdote y, más tarde, monje de San Gallo, durante su juventud se dedicó a atender a los pobres y a los enfermos, a quienes invitaba para curarlos en la misma casa paterna. Fue ella quien enseñó latín a su hermano, para que pudiese cantar el Oficio Divino; era, pues, una mujer culta además de trabajadora. Además, se sabe que hizo peregrinación a Roma junto a su hermano, a quien daba su pleno apoyo, algo insólito también para una mujer de la época.

La Santa atendiendo a un visitante. Miniatura medieval.

La Santa atendiendo a un visitante. Miniatura medieval.

Después de la muerte de su madre, en el año 912, vivió durante cuatro años en soledad, en una celda junto a la iglesia de San Jorge (cercana a San Galo) donde se dedicó a llevar una vida ascética y de oración que la preparase para vivir posteriormente como monja reclusa. En 916 se encerró de por vida en una celda del abad-obispo Salomón III, cercana a la iglesia de San Magno. Es una de las primeras reclusas cuya existencia está probada históricamente, viviendo durante diez años totalmente dedicada al ascetismo y a la oración.

Las razones por las cuales tomó una decisión tan radical son más bien turbias. Probablemente debido a su autonomía y al ejercicio de la medicina, así como el ser letrada, algo que la mentalidad de la época toleraba muy mal en una mujer, alguien la acusó anónimamente de una grave infracción o delito que ha quedado desconocido; quizás su virtud o buena reputación fueron puestas en entredicho; y es que las mujeres autónomas, y además una que recibía en casa a muchas personas -aunque fuese para bien, como la sanación- y trabajaba estrechamente con un hombre -aunque fuese su propio hermano- siempre estaba expuesta a todo tipo de calumnias o ataques de sus congéneres. Y cuando no se trataba de esto, se trataba de sospecha de brujería, una acusación harto frecuente en cualquier mujer que ejerciera la medicina o tuviera nociones de sanación y conocimiento de remedios terapéuticos.

La realidad es que, para poder probar su inocencia, a Wiborada no le quedó otro remedio que someterse al juicio de Dios, un proceso judicial medieval, carente de toda lógica y justicia, que se basaba en inflingirse voluntariamente un daño físico; tras el cual, si no quedaba herida o mutilación alguna, se entendía que la persona era inocente y se la exculpaba; en cambio, de sufrir la más mínima lesión, se entendía que era culpable y caía sobre ella todo el peso de la ley (con semejante justicia, es de entender que pocos se libraban…). Concretamente, ella sufrió la ordalía del fuego, teniendo probablemente que entrar en contacto con algún hierro al rojo vivo o someterse a quemaduras.

La Santa oyendo misa desde la ventana de su celda. Miniatura medieval.

La Santa oyendo misa desde la ventana de su celda. Miniatura medieval.

El resultado le fue favorable, ya que fue exonerada del delito que se le imputaba y fue declarada inocente, pero la vergüenza sufrida en este proceso y la imposibilidad de superar este estigma social la llevó a tomar la drástica decisión de recluirse para siempre: retirarse del mundo, y convertirse en una asceta. Una mujer, llamada Rachildis, a la que ella habría curado, la siguió y se hizo anacoreta como ella, viviendo enclaustradas en la mansiuncula -habitación pétrea, tapiada por completo, con sólo una ventana dando a la iglesia para oír misa y otra para atender a los visitantes- adosada a la iglesia de San Magno.

Reclusa y profetisa
Como estaba dotada del don de profecías, era visitada por muchos que le solicitaban consejo; esto parece un poco contradictorio con su vida como reclusa, pero así se dice concretamente en ambas biografías: vivía encerrada, emparedada en una celda, pero la visitaban constantemente muchas personas que la seguían como una guía espiritual y estaba al tanto de lo que ocurría en el mundo exterior.

También se dedicaba a labores prácticas en su encierro: cosía ropa para la gente y encuadernaba libros para la biblioteca del monasterio, tarea manual y artesana de poca consideración social -siendo más sublime el trabajo iluminatorio de los monjes del scriptorium– pero de gran valor y utilidad para la conservación de los manuscritos iluminados.

La Santa aconsejando a un visitante desde su celda, adosada a la iglesia de San Magno. Miniatura medieval.

La Santa aconsejando a un visitante desde su celda, adosada a la iglesia de San Magno. Miniatura medieval.

Entre los años 920 a 922, después de la muerte de Salomón III y mientras la sede de San Galo estaba vacante, se acercó a su celda el obispo San Ulrico de Augusta (Ausburgo) solicitándole consejo, ya que los monjes de San Galo querían privarlo de su condición o dignidad de abad.

Martirio
En el año 925, predijo la invasión húngara. Visto el peligro que suponía, aconsejó al abad Engilberto (925-933) para que pusiese a salvo tanto a las personas como a los tesoros del monasterio. En 926, gracias a sus continuas peticiones, llevaron al monasterio de Reichenau, cercano al lago de Constanza, los más preciosos libros de coro de la época. También se preocupó de que se ocultara el vino, probablemente pensando en una posterior escasez, para que no faltara para la consagración eucarística.

Estaba pendiente de que personas y bienes del monasterio se pusieran a salvo, pero no hizo nada para salvarse a sí misma, respetando en lo más estricto su voto de reclusión. Incluso cuando las monjas y los monjes del monasterio huyeron para salvar su vida, ocultándose en las cuevas de las montañas, ella se negó a abandonar su celda pese a las insistencias del abad. Sus últimos días los dedicó a rezar por el pueblo, suplicando que se viera libre de la violencia de las invasiones.

Martirio de la Santa. Iluminación en un manuscrito medieval.

Martirio de la Santa. Iluminación en un manuscrito medieval.

Finalmente, ella misma fue víctima de la invasión húngara de la cual se había preocupado tanto en poner a resguardo a otros. El día 1 de mayo del año 926, las razzias llegaron a la ciudad y los magiares llegaron a San Galo, quemaron San Magno y rompieron el techo de la celda de Wiborada, tomándola por asalto, arrancando teja por teja. La asesinaron a hachazos, descargando tres golpes de alabarda sobre su cabeza, y la abandonaron allí para que se desangrara. Su compañera Rachildis, en cambio, salvó su vida y llegó a vivir otros 21 años. También la sobrevivió su hermano Hatto.

Culto e iconografía
El 8 de mayo, después de ser hallada tendida en un charco de sangre sobre su celda, fue sepultada en su reclusorio de forma solemne. El traslado y la elevación de sus reliquias en la iglesia de San Magno se realizaron en tiempos del abad Cralo, entre los años 946 y el 952. Como ya se ha dicho, fue canonizada por el Papa Clemente II en los primeros días del año 1047, en presencia del emperador Enrique III. De esta manera se convirtió en la primera mujer canonizada oficialmente por Roma. Con San Galo y San Otmaro, forma lo que se ha venido en denominar “las tres estrellas de los santos sangallenses”.

Busto-relicario de la Santa. Monasterio de Sankt Gall, Suiza.

Busto-relicario de la Santa. Monasterio de Sankt Gall, Suiza.

Iconográficamente se la representa como una monja benedictina, con un libro y una alabarda. El libro alude a don de profecía y la alabarda fue, como ya se ha dicho, el instrumento de tortura utilizado por los húngaros para martirizarla.

Debido a su cultura y formación, a que se dedicaba a la encuadernación de libros y al hecho de que se preocupase muy seriamente de que éstos fueran ocultados para evitar su destrucción, Santa Wiborada es considerada la patrona de los bibliotecarios, especialmente en Suiza. Como decíamos al principio, su fiesta es el 2 de mayo, aunque su martirio tuvo lugar el día 1.

Conclusiones
Santa Wiborada fue realmente una mujer excepcional. No sólo por lo insólito de sus vivencias, pues estamos hablando de una mujer noble que voluntariamente renunció a las comodidades para atender a enfermos en su casa, que sufrió, a causa de ello, calumnias que la obligaron a recluirse y vivir emparedada pese a su inocencia; sino también, una mujer que sentía una auténtica vocación religiosa, que tenía sensibilidad mística y que, pese a su aislamiento físico, no se olvidó del mundo en el que vivía y aún en su soledad se preocupó de los bienes materiales y de las personas que estaban en torno a ella; llegando a sacrificar su propia vida por cumplir, hasta el final, su voto de reclusión, mientras rezaba por los demás y no por sí misma.

Taburete empleado por la Santa. Monasterio de Sankt Gall, Suiza.

Taburete empleado por la Santa. Monasterio de Sankt Gall, Suiza.

Por ello esta mujer culta y entregada merece ser recordada; no es una mera víctima de las razzias magiares que tantas poblaciones de la zona sufrían en la época, sino que pudo haber escapado y no lo hizo. Su sacrificio fue voluntario, considerado un martirio desde el mismo instante en que sucedió.

Meldelen

Bibliografía:
– VVAA, Bibliotheca sanctorum: Enciclopedia dei Santi, Ed. Città Nuova, Roma 1984.

Enlaces consultados (30/04/2015):
– www.journals.unam.mx/index.php/rbu/article/view/25163
– www.santiebeati.it/dettaglio/92732

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