Apolo, un Santo de la época apostólica

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San Apolo (Apolonio), mártir en Egipto con Marciano y compañeros (5 de junio).

San Apolo (Apolonio), mártir en Egipto con Marciano y compañeros (5 de junio).

“Fue muy útil a aquellos que por obra de la gracia se convirtieron en creyentes”. (San Lucas).

Apolo (en griego Απόλλων) es una divinidad de la antigua religión griega, dios de la medicina, de la música y de la profecía, que también fue venerado en la religión romana. Cuando se piensa en este nombre, hoy en desuso en la anagrafía, se piensa en el dios grecorromano. La tradición cristiana recuerda algunos Santos de nombre Apolo, entre los cuales está el gran colaborador de San Pablo.

Escuchemos la catequesis de SS. Benedicto XVI en la cual, el 31 de enero de 2007, presentaba a la audiencia general del miércoles algunos colaboradores de San Pablo: Bernabé, Silvano y Apolo: “Queridos hermanos y hermanas: siguiendo con nuestro viaje entre los protagonistas de los orígenes cristianos, dedicamos hoy nuestra atención a algunos otros colaboradores de San Pablo. Debemos reconocer que el Apóstol es un ejemplo elocuente de hombre abierto a la colaboración: en la Iglesia él no quiso hacerlo todo solo, sino que tuvo muchos y diversos colegas. No podemos referirnos a todos estos preciosos ayudantes, porque son muchos. Basta recordar, entre otros, a Epafras (cfr Col 1,7; 4,12; Fm 23), Epafrodito (cfr Fil 2,25; 4,18), Tíquico (cfr At 20,4; Ef 6,21; Col 4,7; 2 Tm 4,12; Tt 3,12), Urbano (cfr Rm 16,9), Cayo y Aristarco (cfr At 19,29; 20,4; 27,2; Col 4,10). Y mujeres como Febe (cfr Rm 16, 1), Trifena y Trifosa (cfr Rm 16, 12), Pérside, la madre de Rufo — del la cual San Pablo dice: “También es mi madre” (cfr Rm 16, 12-13) — y no olvidemos a cónyugues como Prisca y Aquila (cfr Rm 16, 3; 1Cor 16, 19; 2Tm 4, 19). Hoy, entre esta gran lista de colaboradores y colaboradoras de San Pablo, dirigimos nuestro interés a tres de estas personas, que han desarrollado un papel particularmente significativo en la evangelización de los orígenes: Bernabé, Silvano y Apolo.

Bernabé significa “hijo de la exhortación” (At 4,36) o “hijo de la consolación” y es el sobrenombre de un judío levita nativo de Chipre. Establecido en Jerusalén, fue uno de los primeros que abrazaron el cristianismo después de la resurrección del Señor. Con gran generosidad vendió un campo de su propiedad, entregando lo obtenido a los Apóstoles para las necesidades de la Iglesia (cfr At 4,37). Fue a hacerse garante de la conversión de Saulo en la comunidad cristiana de Jerusalén, la que aún desconfiaba del antiguo perseguidor (cfr At 9,27). Enviado a Antioquía de Siria, fue a encontrarse con Pablo en Tarso, donde éste se había retirado, y con él estuvo un año entero, dedicándose a la evangelización de aquella importante ciudad, en cuya Iglesia Bernabé era conocido como profeta y doctor (cfr At 13,1).

Santos Isaac y Apolo, mártires en Nicomedia de Bitinia.

Santos Isaac y Apolo, mártires en Nicomedia de Bitinia.

Así pues, Bernabé, en el momento de las primeras conversiones de los paganos, entendió que era la hora de Saulo, el cual se había retirado a Tarso, su ciudad. Allí fue a buscarlo. De este modo, en aquel importante momento, devolvió a Pablo a la Iglesia; le dio, en este sentido, al Apóstol de los Gentiles. De la Iglesia antioquena Bernabé fue enviado a misión junto a Pablo, en lo que se llama el primer viaje misionero del Apóstol. En realidad, se trató de un viaje misionero de Bernabé, siendo él el verdadero responsable, al cual Pablo se unió como colaborador, tocando las regiones de Chipre y de la Anatolia centro-meridional, en la actual Turquía, con las ciudades de Atalia, Perga, Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra y Derbe (cfr At 13-14). Junto a Pablo fue al llamado Concilio de Jerusalén, donde, después de un profundo examen de la cuestión, los Apóstoles con los Ancianos decidieron desligar la práctica de la circuncisión de la identidad cristiana (cfr At 15,1-35). Solo de esta manera, al fin, han hecho posible oficialmente la Iglesia de los paganos, una Iglesia sin circuncisión: somos hijos de Abraham simplemente por la fe en Cristo.

Los dos, Pablo y Bernabé, entraron en conflicto a inicios del segundo viaje misionero, porque Bernabé era de la idea de que había que tomar como compañero a Juan Marcos, mientras que Pablo no quería, separándose el joven de ellos durante el viaje precedente (cfr At 13,13; 15,36 – 40). También entre los Santos hay conflictos, discordias, controversias. Esto me parece muy consolador, porque vemos que los Santos “no han caído del cielo”. Son hombres como nosotros, con problemas también complicados. La santidad no consiste en no haberse equivocado nunca, en absoluto. La santidad crece en la capacidad de conversión, de arrepentimiento, de disponibilidad a recomenzar, y sobre todo en la capacidad de reconciliación y perdón. Y así Pablo, que era más bien áspero y amargo en los enfrentamientos con Marcos, al final se reencuentra con él. En las últimas Cartas de San Pablo, a Filemón y la segunda a Timoteo, el propio Marco aparece como “mi colaborador”. No es pues el no haberse equivocado nunca, sino la capacidad de reconciliarse y perdonas, lo que hace Santos. Y todos podemos seguir este camino de santidad. En cualquier caso Bernabé, con Juan Marcos, volvió a Chipre (cfr At 15,39) en torno al año 49. Desde ese momento se pierde su rastro. Tertuliano le atribuye la Carta a los Hebreos, a lo que no le falta verosimilitud porque, siendo de la tribu de Leví, Bernabé podía tener interés en el tema del sacerdocio. En la Carta a los Hebreos se interpreta de modo extraordinario el sacerdocio de Jesús.

San Apolo (Apolonio) de Bawit, abad.

San Apolo (Apolonio) de Bawit, abad.

Otro compañero de Pablo fue Silas, forma helenizada de un nombre hebreo (quizá Sheal, “llamar, invocar”, que es la misma raíz del nombre “Saulo”), del cual deriva la forma latinizada Silvano. El nombre de Silas está citado sólo en el Libro de los Hechos, mientras que el nombre Silvano aparece sólo en las Cartas paulinas. Era un judío de Jerusalén, uno de los primeros en hacerse cristiano, y en aquella Iglesia gozaba de gran estima (cfr At 15,22), siendo considerado profeta (cfr At 15,32). Le fue encargado comunicar “a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia” (At 15,23) las decisiones tomadas en el Concilio de Jerusalén, y de explicarlas. Evidentemente se le consideraba capaz de llevar a cabo cierta mediación entre Jerusalén y Antioquía, entre hebreos-cristianos y cristianos de origen pagano, y así servir a la unidad de la Iglesia en la diversidad de ritos y de orígenes.

Cuando Pablo se separó de Bernabé, tomó a Silas como nuevo compañero de viaje (cfr At 15,40). Con Pablo llegó a Macedonia (a las ciudades de Filipo, Tesalónica y Berea) donde se detuvo, mientras que Pablo continuó hacia Atenas y después Corinto. Silas se reunió con él Corinto, donde cooperó en la predicación del Evangelio, de hecho, en la segunda Carta dirigida a Pablo en esa Iglesia, se habla de “Jesucristo, que hemos predicado entre vosotros yo, Silvano y Timoteo” (2 Cor 1,19). Se explica así como él llegó a ser co-autor, junto con Pablo y Timoteo, de las dos Cartas a los Tesalonicenses. Esto me parece también importante. Pablo no ejerce de “solista”, de puro individuo, sino junto a estos colaboradores en el “nosotros” de la Iglesia. Este “yo” de Pablo no es un “yo” aislado, sino un “yo” entre “nosotros” de la Iglesia, entre el “nosotros” de la fe apostólica. Y Silvano es al fin mencionado en la Primera Carta de Pedro, donde se lee: “Os he escrito por medio de Silvano, hermano fiel” (5,12). Así vemos la comunión de los Apóstoles. Silvano sirve a Pablo, sirve a Pedro, porque la Iglesia es una y el anuncio misionero es único.

Estampa devocional de San Apolonio, mártir romano, perteneciente a la serie de Alberto Boccali ("Bertino").

Estampa devocional de San Apolonio, mártir romano, perteneciente a la serie de Alberto Boccali (“Bertino”).

El tercer compañero de Pablo del que queremos hacer memoria es llamado Apolo, probablemente abreviatura de Apolonio o Apolodoro. A pesar de tratarse de un nombre de raigambre pagana, era un ferviente hebreo de Alejandría de Egipto. Lucas, en el Libro de los Hechos, lo define como “un hombre culto, versado en las Escrituras… lleno de fervor” (18,24-25). La entrada de Apolo en la escena de la primera evangelización tuvo lugar en la ciudad de Éfeso: fue a predicar y tuvo la fortuna de encontrar a los cónyugues cristianos Priscila y Aquila (cfr At 18,26), que lo introdujeron a un conocimiento más completo de la “vida de Dios” (cfr At 18,26).

De Éfeso pasó a Acaya, llegando a la ciudad de Corinto, aquí llegó con el apoyo de una carta de los cristianos de Éfeso, que recomendaban a los corintios el darle buen acogimiento (cfr At 18,27). En Corinto, como escribe Lucas, “fue muy útil a todos los que, por obra de la gracia, se habían convertido en creyentes; confutaba virgorosamente a los judíos, demostrando públicamente a través de las Escrituras que Jesús es el Cristo” (At 18,27-28), el Mesías. Su éxito en esta ciudad tuvo un aspecto problemático, porque algunos miembros de aquella Iglesia, fascinados por su forma de hablar, se oponían a otros en su nombre (cfr 1 Cor 1,12; 3,4-6; 4,6). Pablo, en la Primera Carta a los Corintos, muestra aprecio por lo hecho por Apolo, pero reprende a los Corintios por lacerar el Cuerpo de Cristo dividiéndose en facciones enfrentadas. Ello trae una importante lección: ya sea yo o ya sea Apolo – dice- no somos otra cosa que diakonoi, esto es, simples ministros, a través de los cuales habéis venido a la fe (cfr 1 Cor 3,5). Cada uno tiene una tarea diferenciada en el campo del Señor: “Yo he plantado, Apolo ha regado, pero es Dios el que ha hecho crecer tanto… somos, pues, colaboradores de Dios, y y vosotros sois el campo de Dios, el edificio de Dios” (1 Cor 3,6-9).

Vuelto a Éfeso, Apolo resistió la invitación de Pablo de volver enseguida a Corinto, retrasando el viaje a una fecha posterior que ignoramos (cfr 1 Cor 16,12). No tenemos más datos suyos, aunque algunos estudiosos piensan que puede ser el autor de la Carta a los Hebreos, de la cual, según Tertuliano, era autor Bernabé.

Estampa devocional de San Apolonio el Apologista, mártir romano.

Estampa devocional de San Apolonio el Apologista, mártir romano.

Estos tres hombres brillaron en el firmamento del testimonio del Evangelio por un punto en común más que por las características propias de cada uno. En común, además de su origen judío, tuvieron la dedicación a Jesucristo y al Evangelio, junto al hecho de haber sido los tres colaboradores del apóstol Pablo. En esta misión evangélica original encontraron el sentido de su vida, y así se nos presentan como modelos luminosos de desinterés y generosidad. Y repensamos, al final, esta frase de San Pablo: ya sea Apolo, ya sea yo, somos todos ministros de Jesús, cada cual a su manera, porque es Dios quien hace crecer. Esta palabra vale también hoy para todos, sea el Papa, sean los cardenales, los obispos, los sacerdotes, los laicos. Todos somos humildes ministros de Jesús. Sirvamos al Evangelio cuanto podamos, según nuestros dones, y opremos a Dios para que haga crecer hoy su Evangelio, su Iglesia”.

El Martirologio Romano (M.R.) nombra algunos Santos de nombre Apolo o Apolonio:

San Apolonio, filósofo y mártir de Roma (21 de abril)

San Apolonio, mártir en Sardi (10 de julio)

Santos Apolonio y Filemón, mártires en Egipto (8 de marzo)

Santos Marciano, Nicandro, Apolonio (Apolo) y compañeros mártires en Egipto (5 de junio)

San Apolonio mártir, venerado el 10 de abril: “En Alejandría de Egipto, San Apolonio, sacerdote y mártir”.

San Apolonio de Bawit, abad, venerado el 22 de octubre. Vivió en el siglo IV, probablemente entre los años 316 y 395. Ermitaño, de origen egipcio, tras un primer momento de soledad y aislamiento en torno a cuarenta años en la Tebaida, como otros padres del desierto, se convirtió en guía-abad de un cenobio cerca de Hermópolis. Hay que recordar que su retorno a la vida eclesial y civil es similar al que hizo San Antonio el Grande, cuando dejó el desierto para combatir a Julián el Apóstata.

Icono copto de los Santos Apolo y Abib.

Icono copto de los Santos Apolo y Abib.

Entre otros Santos de nombre Apolo que no aparecen en el Martirologio Romano, recordamos a:

– Apolo (Apolonio), ermitaño en Nitria.

– Apolo, mártir en Bitinia, con Isaac y compañeros.

– Apolo de Pelusio, ermitaño.

– Apolo obispo, recordado con el obispo Alejo en Bitinia.

– Apolo, colaborador de San Pablo.

Finalmente, las Iglesias Orientales recuerdan a:

– Apolo “el Pastor”, monje, venerado en la Iglesia Copta el 30 de enero.

– Apolo, venerado en la Iglesia Copta el 13 de octubre.

Concluyendo, la figura de Apolo nos recuerda que cada uno de nosotros tenemos un papel en la venida del Reino de Dios, el cual llega por la gracia, como recuerda San Pablo: “Yo he plantado, Apolo ha regado, pero es Dios quien ha hecho crecer… somos pues colaboradores de Dios, y vosotros sois el campo de Dios, el edificio de Dios”. (1 Cor 3,6-9).

“En una comunidad parroquial fue anunciado que en la noche solemne del sábado de Pascua el Mesías regresaría. El Reino de los Cielos sería llevado a pleno cumplimiento: había llegado el fin de los tiempos. El Mesías había comunicado su misión a la comunidad.

El sábado todos se reunieron. Las mujeres habían preparado la cena, los hombres habían ensayado largamente la música, los cantos y las danzas. Sabían que aquella noche, finalmente, el Mesías iba a llegar. La fiesta comenzó…

Lienzo de San Apolonio, obispo, obra de Girolamo Romani "Il Romanino". Basílica de los Santos Faustino y Jovita, Brescia (Italia).

Lienzo de San Apolonio, obispo, obra de Girolamo Romani “Il Romanino”. Basílica de los Santos Faustino y Jovita, Brescia (Italia).

Medianoche: ¡de aquí a poco tiempo le veremos!
La una de la mañana: su llegada era inminente.
Las dos: los corazones latían más fuertes.
Las tres: el cansancio empezó a hacerse sentir.
Las cuatro: algunos comenzaron a perder el ánimo.
Las cinco: se dormían y bostezaban todos… aún no llegaba…

A mediodía, ¡el Mesías llamó finalmente a la puerta! Entrando, dijo educadamente: “Perdonadme, pero me he encontrado un niño que estaba llorando y me he detenido a consolarlo…”

Mientras haya niños que lloran, el Mesías no llegará…” (extraido de “Il Gufo”).

Damiano Grenci

Bibliografía:
– AA. VV., Enciclopedia dei Santi “Bibliotheca Sanctorum”, 12 voll., Città Nuova, 1990.
– C.E.I., Martirologio Romano, Libreria Editrice Vaticana, 2007, pp. 1142.
– Sitio web de “il Gufo”
– Sitio web de la Santa Sede
– Sitio web de Wikipedia
– Damiano Marco Grenci, collezione privata di immaginette sacre, 1977 – 2008.

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San Bernabé apóstol mártir

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Miniatura del santo apóstol en un Breviario Romano del siglo XV.

En los Hechos de los Apóstoles (Hc.11, 24) se le presenta como un hombre lleno del Espíritu Santo y de fe.

Nació en la isla ce Chipre en el seno de una familia de origen levítico. Al circuncidarle le pusieron el nombre de José, pero los apóstoles le llamaron Bernabé, que significa “hijo de la predicación” o “hijo de la consolación”.

Según San Clemente Alejandrino y San Eusebio, pertenecía al grupo de los setenta y dos discípulos de Cristo. Sin embargo esta noticia, este detalle, no aparece en ningún documento antiguo.

Era un entusiasta de la predicación apostólica. Según el libro de los Hechos, tenía un campo, lo vendió y llevó el dinero poniéndolo a los pies de los apóstoles. Algunos exegetas interpretan que con este acto, Bernabé quería agradecer a Dios en don de la fe, dando una prueba de su plena adhesión a la causa de la difusión del cristianismo. Es cierto que aparece en los Hechos como uno de los evangelizadores más cualificados de la primitiva iglesia.

Fue enviado por los apóstoles a Antioquia para observar cómo se llevaba a efecto la inserción de los gentiles en la comunidad cristiana antioquena. Muchos cristianos habían abandonado Jerusalén cuando martirizaron a Esteban y se habían refugiado en Antioquia. Dice el Libro de los Hechos (11, 23). “al llegar y ver la gracia de Dios, se regocijó y exhortaba a todos a perseverar, con un corazón firme, fieles al Señor; porque era un hombre bueno y lleno del Espíritu Santo y de fe y una gran multitud se unió al Señor”, o sea, con su ejemplo, convirtió a muchos.

Bernabé ayudó a preparar el apostolado de San Pablo. Cuando San Pablo se convirtió, fue a Jerusalén y allí fue recibido con frialdad y miedo ya que los cristianos de Jerusalén no estaban convencidos de su conversión y fue Bernabé “el que tomándolo consigo lo presentó a los apóstoles y les refirió cómo en el camino de Damasco, Saulo había visto al Señor, que le había hablado y cómo en Damasco había predicado en el Nombre de Jesús” (Hechos 9, 27). Bernabé dio garantías sobre Pablo.

Martirio del Santo. Libro de Horas de madame Marie, Hainaut (s.XIV)

Algunos años después Bernabé se fue a Tarso en busca de Saulo y lo llevó a Antioquia y allí estuvieron un año entero, predicando y convirtiendo a muchos y fue en Antioquia donde por primera vez los seguidores de Cristo recibieron el nombre de cristianos. Esto también lo cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito por San Lucas. Seria alrededor del año 42.

Bernabé es presentado también como un hombre provisto de capacidad de organización, como organizador y de una gran caridad, que unido a su espíritu universalista, hace que en el año 44, cuando los cristianos de Jerusalén padecían una grave carestía de bienes de primera necesidad, él fue allí con San Pablo para ofrecerle a estos hermanos las limosnas recogidas en Antioquia (Hechos, 11, 30).

Cumplida esta misión, se fue con Juan Marcos (San Marcos), que era su primo y con San Pablo para predicar el evangelio fuera de Siria. Esto ocurre entre los años 45 y 48. Bernabé y Pablo comparten las alegrías y las tribulaciones, los sacrificios y las persecuciones. En la primera etapa del viaje con Pablo, en Chipre, encuentra amistad y simpatía, cosa normal pues era su patria. De allí va a Asia Menor evangelizando Panfilia, Pisidia y Licaonia y en esta región, en Lystra, ocurre un curioso incidente. Pablo cura a un paralítico y hace que ande. La población, que era pagana, gritaba que los dioses se habían aparecido con apariencia humana e identificaron a Bernabé con Júpiter y a Pablo con Mercurio. Quisieron ofrecerles un sacrificio y ellos, con paciencia y energía tuvieron que evitar que se consumase el sacrificio en su honor. Algunos interpretan que identificaron a Bernabé con Júpiter por su apariencia física. De las narraciones del Libro de los Hechos de los Apóstoles, se puede deducir que la función, el papel de Bernabé con respecto al de San Pablo, iba perdiendo progresivamente importancia. De maestro de Pablo, se va, convirtiendo, poco a poco, en su discípulo.

En el año 49 va de nuevo con Pablo a Antioquia y allí comprueban que había un tema que agitaba a aquella comunidad y a la de Jerusalén: cómo había que admitir a los gentiles, ¿tenían que circuncidarse según el rito de Moisés? La iglesia de Antioquia envía a Pablo y Bernabé a Jerusalén para someter el problema al examen de los apóstoles y de los ancianos. Se realizó el Primer Concilio Ecuménico, el de Jerusalén, del que formó parte Bernabé que escuchó a todos con mucho interés. En concilio aprobó lo realizado por Bernabé y Pablo y los envió con Judas y Silas, llevando una carta que decía que no se les imponía ninguna carga más que las necesarias: “Abstenerse de comer lo sacrificado a los ídolos, de la sangre y animales ahogados y de la fornicación”. El Concilio por consiguiente, condenaba sin apelación posible la doctrina de los judaizantes: los gentiles convertidos al cristianismo no se tenían que circuncidar.

Sepulcro del Santo en Macheras, Chipre.

Pablo, después de haberse detenido algún tiempo en Antioquia, enseñando y evangelizando junto con Bernabé, alrededor del año 51 decide emprender un viaje para visitar las comunidades fundadas en el viaje anterior e invitó a Bernabé a acompañarlo. Pero en aquella ocasión surgió entre los dos apóstoles una discrepancia que les llevó a una ruptura: Bernabé quería llevarse a Juan apellidado Marcos (San Marcos) y Pablo no lo veía claro. Entonces se separaron y Bernabé fue a Chipre con su primo. Esta divergencia sorprende ya que no había discrepancias en la actividad apostólica; sólo si Marcos debía o no acompañarlos.

Pablo conservó su estima y amistad con Bernabé, pues en la Primera Carta a los Corintios lo elogia diciendo que tanto él como Bernabé trabajaban para comer, a fin de no serles gravoso a la comunidad. Las relaciones entre los dos apóstoles fueron buenas y Pablo renueva su amistad con San Marcos, que había sido la causa del contratiempo. Esto se confirma en las epístolas a los Colosenses (4, 10) y en la II a Timoteo (4, 11). A Timoteo le dice: “Toma a Marcos y tráele contigo, pues me es muy útil para el ministerio”. Desde que Pablo y Bernabé se separan faltan datos sobre la actividad de San Bernabé. Digamos que a partir de este momento, la historia empieza a confundirse con la tradición.

Es recordada su presencia en Antioquia cuando se abrió la considerada controversia antioquena entre San Pedro y San Pablo. Pablo consideraba inútiles las prácticas judaicas y Pedro era excesivamente prudente por temor a escandalizar a los judíos. El ejemplo de Pedro fue seguido por muchos e incluso hasta Bernabé, que era más universalista, tuvo que acomodarse a aquellas simulaciones, cosa que ásperamente reprende San Pablo (Gálatas, 2, 11-14).

Cráneo del Santo venerdo en la iglesia de Santa Maria di Grado, Conca dei Marini (Italia).

Una leyenda transmitida hasta el siglo V narra su apostolado en Chipre. Esta leyenda dice que murió gloriosamente a manos de los judíos en Salamina de Siria. Los judíos, envidiosos de las conversiones que conseguía Bernabé, lo lapidaron y quemaron. Esta tradición tiene cierto fundamento y es aceptada por los hagiógrafos. El cuerpo de Bernabé fue sepultado cerca de Salamina y fue encontrado en el año 488 en tiempos del emperador Zenón. El apóstol tenía sobre el pecho el Evangelio de San Mateo, escrito de su propia mano. Posteriormente, fue llevado a Macheras (Chipre).

Se dice que San Bernabé evangelizó la Italia septentrional y especialmente, Milán. Pero esta es una tradición absolutamente infundada, porque San Ambrosio obispo de Milán, declarándose defensor del depósito de la fe de la Iglesia milanesa y nominando a sus predecesores, habla de Dionisio, Eustorgio y Mirocles, pero no menciona para nada a Bernabé. Si San Bernabé hubiese evangelizado Milán, hubiera sido reafirmado por San Ambrosio para confirmar la tradición apostólica.

La fiesta de San Bernabé se celebra el día 11 de junio en la Iglesia Romana y en la Iglesia Griega, pero ésta también lo celebra el día 30 del mismo mes y junto con los demás apóstoles y discípulos, los días 29 y 31 de octubre.

Relicario del Santo conservado en Roma, Italia.

A San Bernabé se le ha querido atribuir una cierta actividad literaria y una epístola que lleva su nombre fue creída como auténtica por San Clemente de Alejandría y por Orígenes. Pero ya San Jerónimo la considera apócrifa. También piensa lo mismo San Eusebio de Cesarea. Todos los críticos modernos niegan que San Bernabé sea quién escribió esta carta. La doctrina contenida en esta supuesta carta suya sobre el Antiguo Testamento es considerada doctrina herética, una concesión al gnosticismo y por su composición y estilo está datada con posterioridad al año 150, o sea, mucho tiempo después de la muerte de Bernabé. Todos sabemos que el gnosticismo es una doctrina filosófica de los primeros siglos de la Iglesia, mezcla de creencias cristianas con creencias judaicas y orientales. Tertuliano atribuyó a San Bernabé la redacción de la Epístola a los Hebreos, pero esta tesis es poco sostenible. Todos los exegetas se la atribuyen a San Pablo.

Desde el punto de vista iconográfico se le ha representado con el Evangelio de San Mateo en la mano, de avanzada edad y barba blanca. También se le ha representado  en el momento del martirio por lapidación y en la hoguera. En la iconografía toscana se le representa con un ramo de olivo.

Es el patrón de los barnabitas, Congregación fundada por San Antonio María Zacarías en el siglo XVI. Además de su sepulcro en Macheras (Chipre), existen reliquias de San Bernabé en Roma (Italia), Conca de Carini, Salerno (Italia), Pavía (Italia) y Tongeren (Bélgica).

Para confeccionar este artículo he usado: El Nuevo Testamento; “Acta et passio Barnabae in Cypro”, ed. M. Bonnet, Lipsia, 1903 y los trabajos de Gian Domenico Gordini, profesor del Seminario Regional de Bologna (Italia).

Antonio Barrero

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