San Bernardino de Siena, fraile franciscano

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Óleo del Santo, obra de Domenikos Theotokopoulos "El Greco". Casa-Museo de El Greco, Toledo (España).

San Bernardino de Siena nació en Massa Maritina el día 8 de septiembre del año 1380, siendo hijo de Albertollo de los Albizzeschi y de Raniera de los Avveduti. Cuando él tenía solo tres años de edad murió su madre y tres años más tarde también su padre por lo que fue educado en Siena por sus tíos paternos; allí estudió gramática, retórica y las obras de Dante, siendo sus maestros Honorio De Loro y Juan Ser Buccio.

Desde los años 1393 a 1396 estudió jurisprudencia en el Ateneo de Siena sin descuidar sus estudios de latín comenzando también a interesarse por la teología y las Sagradas Escrituras. Se licenció en Derecho Canónico y contactó con la “Compañía de los Disciplinantes”, cuyos miembros buscaban su propia perfección mediante la ayuda a las personas más necesitadas. Mientras se dedicaba a curar a los enfermos de peste en el hospital de Nuestra Señora de la Escala, cayó enfermo y cuando se curó, se dedicó durante muchos meses a asistir y curar a una tía suya que también lo estaba.

Durante este tiempo ronroneaba por su cabeza la idea de entrar en la Orden de los Ermitaños de San Agustín, pero en el año 1402, cuando tenía veintidós años de edad, decidió ingresar en la Orden de los Frailes Menores entrando en el convento de San Francisco en Siena. Después de permanecer muchos días en el convento fue enviado a hacer el noviciado en un eremitorio de estricta observancia situado en Seggiano y allí, el día 8 de septiembre, entregó todos sus bienes a los pobres y tomó el hábito de novicio. Un año más tarde haría la profesión religiosa. Se ordenó de sacerdote y el mismo día 8 de septiembre de dos años más tarde (1404) cantó su primera misa y pronunció su primer sermón.

Vuelto a Siena, solicitó a sus superiores habitar en un lugar solitario en la colina de la Cabriola donde construyó un pequeño convento para los frailes más observantes y así, desde 1405 al 1417 se dedicó a recopilar e investigar todo el material teológico, ascético y místico escrito por los doctores y teólogos franciscanos. Entre tanto fue nombrado padre Vicario de la Toscana por lo que tuvo que marchar a Fiesole (Florencia) y en 1417 inició en Génova su maravillosa predicación apostólica, que le llevó por gran parte del territorio italiano, consiguiendo numerosas conversiones.
Maffeo Vegio de Lodi, un célebre humanista contemporáneo suyo llega a decir que eran tantos los fieles que acudían a escucharlo que era difícil reunir un suficiente número de sacerdotes para que pudieran administrar los sacramentos de la penitencia y dar la comunión a todos aquellos que lo solicitaban. Con sus predicaciones, llegó a conseguir numerosas vocaciones religiosas.

Mausoleo y tumba del Santo. Basílica de San Bernardino de Siena, L'Aquila (Italia). Fotografía: Giovanni Lattanzi. Fuente: www.inabruzzo.it

En estos primeros años de apostolado consiguió sustituir las innumerables insignias y emblemas que la gente llevaba por una única insignia con el Nombre de Jesús. Gracias al intenso apostolado de San Bernardino y de sus discípulos, el culto al Nombre de Jesús se difundió rápidamente, siendo este un símbolo que además de adornar todas las iglesias, las casas particulares y los edificios públicos, contribuía a apaciguar, a pacificar, los corazones de todos los fieles. Pero este nuevo culto al Nombre de Jesús suscitó algunas suspicacias e incluso insidias por parte de los teólogos y filósofos de su tiempo, que aprovecharon esta circunstancia para oponerse personalmente al santo por motivos mucho menos nobles.

Intentaron en tres ocasiones abrirle un proceso eclesiástico, pero siempre fue reconocida su ortodoxia y la santidad de su vida por parte de la Santa Sede: los Papas Martín V en el año 1426 y Eugenio IV en el año 1431 y el Concilio de Basilea en el año 1438, siempre le dieron la razón y le ofrecieron los obispados de Siena, Ferrara y Urbino aunque él siempre los rehusó.

A partir del año 1430 se dedicó a escribir en latín sus grandes tratados teológicos, en los cuales desarrolló y argumentó las principales verdades dogmáticas y morales del catolicismo, tratando asimismo algunos problemas particulares relativos a la Santísima Virgen, a San José y a la vida ascética.

Desde el 22 de julio de 1438 ostentó la responsabilidad de Vicario General de los Observantes y en este cargo estuvo hasta el año 1442, engrandeciendo la Orden pues durante su mandato los conventos pasaron de veinte a más de doscientos. Promovió intensamente los estudios teológicos y combatió la llamada “santa rusticidad” que propugnaban algunos frailes. Esta “santa rusticidad” ayudaba solo a los frailes que se dedicaban únicamente a conseguir su perfección mediante el aislamiento, mientras que él defendía que la santidad activa era mucho más útil para todos.

En el año 1440 fundó un grupo de estudio de teología moral en el convento de Monteripido, cercano a Perugia, donde él mismo explicaba el tema de las censuras eclesiásticas; al año siguiente erigió en Siena otro grupo de estudio teológico que tenía como objetivo la formación de los futuros profesores de teología; asimismo, promovió los estudios de derecho canónico. Se preocupaba de todos aquellos frailes que dependían de él, luchó por mantener la unidad en la Orden que estaba amenazada por la actitud de algunos frailes.

Detalle de la tumba del Santo en su mausoleo. Basílica del Santo en L'Aquila (Italia). Fotografía: Giovanni Lattanzi. Fuente: www.inabruzzo.it

Presentó su renuncia al cargo de Vicario General ante el Papa Eugenio IV, pero no le dejaron tranquilo porque algunos superiores de la Orden y el gobernador de Siena le encargaron algunos asuntos diplomáticos ante el duque de Milán. Realizados estos, volvió a sus incansables predicaciones y peregrinaciones apostólicas, pero junto a la villa de San Silvestre, muy cerca de la ciudad de L’Aquila, las fuerzas le abandonaron y habiendo recibido los sacramentos, murió en el convento de San Francisco de esta ciudad el día 20 de mayo del año 1444.
Su cuerpo fue expuesto durante tres días en la iglesia del convento y en la catedral, siendo muchos los milagros que atestiguan ocurrieron gracias a su intercesión. El 15 de abril del año siguiente, el Papa Eugenio IV constituyó una comisión cardenalicia para que se iniciara el proceso de canonización, siendo canonizado cinco años más tarde, el día 24 de mayo de 1450, fiesta de Pentecostés, por parte del Papa Nicolás V.

El 17 de mayo de 1474 las reliquias del santo fueron trasladadas desde el convento aquilano de San Francisco hasta el templo donde actualmente se encuentran, templo que fue diseñado por uno de sus discípulos: San Jacobo de la Marca. A nivel litúrgico, muy pronto se le llamó Doctor de la Iglesia, como así consta en los antiguos libros litúrgicos de la Orden y en el Leccionario de Siena donde expresamente se le da el título de Doctor. En la sexta lección del actual Oficio de Maitines propio de la Orden se dice que “escribió libros píos y doctos”, expresión que en la Iglesia se suele utilizar cuando se habla de los Doctores, como por ejemplo, de San Ambrosio de Milán.

Según el Papa Pío II, San Bernardino “fue un óptimo maestro de teología y doctor del derecho canónico” porque aplicó la doctrina de las Sagradas Escrituras, de los Padres y Doctores de la Iglesia a las exigencias pastorales de su tiempo, pero con aportaciones tan originales que aun hoy enriquecen a todos cuantos estudian sus escritos y su forma de apostolado. Pero sobre todo, San Bernardino de Siena fue el apóstol y el promotor del culto al Santísimo Nombre de Jesús. Este mérito tan particular de San Bernardino es también mencionado en el Oficio de la festividad del Nombre de Jesús extendido a toda la Iglesia Universal por parte del Papa Inocencio XIII.

Detalle del rostro incorrupto del Santo. Basílica del Santo en L'Aquila (Italia). Fotografía: Giovanni Lattanzi. Fuente: www.inabruzzo.it

San Bernardino de Siena fue también uno de los más grandes defensores de la “Mediación Universal de Maria”, título defendido por numerosísimos teólogos posteriores a él y que originaron las encíclicas “Iucunda semper” de León XIII (8 de septiembre de 1894) y la “Ad diem illum” de San Pío X (2 de febrero de 1904).
San Bernardino fue un teólogo que influyó muchísimo en el culto a San José, llegando a defender que tuvo el privilegio de una “resurrección anticipada”, opinión que con posterioridad también fue defendida por San Francisco de Sales y que incluso el Papa Benedicto XIV llegó a declarar como probable.

Digamos finalmente que San Bernardino de Siena debe considerarse como un renovador de la Orden Franciscana ya que influyó muchísimo sobre San Juan de Capistrano, San Jacobo de la Marca y los Beatos Mateo de Agrigento, Miguel Carcano, Bernardino de Feltre y Bernardino de L’Aquila y porque asimismo formalizó una nueva escuela de predicación seguida durante todo el siglo XV tanto por los franciscanos como por los miembros de otras órdenes religiosas.
Para realizar este trabajo nos hemos basado en los estudios del profesor Bruno Korosak, teólogo franciscano, miembro de la Pontificia Academia Mariana Internacional.

Antonio Barrero

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es