San Buenaventura de Bagnoregio, cardenal franciscano y Doctor de la Iglesia (III)

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El Santo con el hábito franciscano, el atuendo cardenalicio y los atributos de escritor. Lienzo de Claude François, “Frère Luc”.

Sus escritos
Son muy numerosos. Son seguras cerca de cuarenta y cinco obras, aunque con las inéditas, se llega a más de sesenta y cinco; y son de índole filosófico-teológicas, exegéticas, ascéticas y simples predicaciones. Fueron publicadas por la Orden Franciscana, en cinco grupos, en una edición crítica de Quaracchi, entre los años 1882-1902 y las mencionaremos someramente siguiendo los trabajos del padre Lorenzo Di Fonzo, franciscano conventual, presidente de la Pontificia Facultad Teológica de San Buenaventura, en Roma.

El primer volumen está formado por los “Commentarii in IV libros Sententiarum”, escritos entre los años 1250-1253, que son por sus contenidos, los comentarios escolásticos más importantes; el “Breviloquium”, escrito en 1256 y que es un compendio libre de sus sentencias teológicas; el “Itinerarium mentis in Deum”, escrito en 1259 y que se trata de un manual filosófico, teológico y místico que acompaña al hombre a través de las seis escalas de la ascesis hacia Dios, llegándose finalmente a la paz de la contemplación divina; “De reductione artium ad Theologiam”, que trata sobre la jerarquía entre las ciencias y la fe. La serie de tres cuestiones escritas entre los años 1254-1256: “De scientia Christi”, “De SS. Trinitate” y “De perfectione evangelica”. El “De X Praeceptis”, escrito en 1267 y el “In Hexaëmeron”, que es uno de los escritos más sublimes de la literatura cristiana. En este mismo volumen se publican cinco grandes sermones teológicos sobre la Santísima Trinidad, la Eucaristía y Cristo como Maestro.

En el segundo volumen se publicaron los comentarios exegéticos a los libros del Eclesiastés, Sabiduría y escritos de San Juan.
En el tercero, una serie de opúsculos ascéticos, como el “De triplici via”, que es un directorio de vida espiritual y de teología mística; “Lignum vitae”, dividido en doce capítulos y cuarenta y ocho meditaciones y que tuvo una gran influencia devocional, literaria, artística e incluso musical; la “Vitis mistica” que es una narración de la vida, pasión y Resurrección de Nuestro Señor y el “De sex alis Seraphim”. Este tomo también incluye otros escritos ascético-pedagógicos para los religiosos.

Detalle del Santo en su estudio. Reproducción de una tabla flamenca que se conserva en la parroquia de Bagnoregio (Italia), su ciudad natal.

En el cuarto tomo se incluyeron una quincena de escritos franciscanos, oficiales y legislativos, históricos, expositivos y apologéticos, relacionados todos con la Regla franciscana y entre los cuales, destacan: “Constitutiones” publicadas tras el Capítulo General de Narbona en el año 1460; la “Expositio Regulae”, publicada en 1257; la “Apología pauperum”, en 1270 y que es la obra más perfecta de la literatura franciscana; la “Legenda maior S. Francisci” o vida de San Francisco y la “Legenda minor” o coral, publicadas ambas en la Analecta franciscana X (1926-1941).

Y por último, en el quinto tomo se publicaron sus sermones, divididos en cuatro series: “De tempore”, “De sanctis”, “De B. V. Maria” y “De diversis”. Se sabe que otros muchos sermones se han perdido o han sido difíciles de identificar como obras suyas. Digamos que son obras apócrifas, que han tenido gran difusión y que incluso se les han adjudicado, en las que trata temas dogmáticos, morales, biográficos, etc.

Su doctrina
Aunque es dificilísimo sintetizar como un sistema unitario toda la doctrina filosófica, teológica y mística de San Buenaventura, dándole un gran valor especulativo y religioso y asignándole al santo un puesto especial en la historia, no solo de la Escolástica, sino de todo el pensamiento humano y cristiano en general, podemos atrevernos a decir que su síntesis doctrinal está plenamente formulada en sus obras filosóficas y teológicas y en un grupo importante de sermones anteriores al año 1257. Este pensamiento es confirmado en escritos posteriores que lo conectan a la gran tradición platónico-agustiniana, haciendo del santo el mayor representante de esta corriente filosófica, que ilustra y sostiene con ardor y convicción frente a la nueva tendencia aristotélica-tomista y a aquella averroísta-racionalista del siglo XIII.

El Santo en el Concilio de Lyon. Detalle de una tabla flamenca del siglo XIV.

San Buenaventura la enriquece con el aporte del ideal del movimiento franciscano, con la experiencia mística de San Francisco y con su propia visión de la vida. Él revive en sí mismo la experiencia de amor del Pobrecillo de Asís y la introduce en la corriente agustiniana, en términos metafísicos y teológicos, tendentes a iluminar la realidad concreta de la vida del hombre que está destinado a ser elevado a un orden sobrenatural, gracias al misterio de la Redención.

En su filosofía, sin negar la distinción especulativa entre la razón y la fe con sus respectivas competencias y certezas, sus métodos y sus principios, él ordena y considera las distintas ciencias en el plano concreto de la realidad cristiana, que para él es sobrenatural, es la única existente. Su filosofía es una auténtica filosofía cristiana que se sustenta en la teología y en la mística. Para él, todo conocimiento y certeza, parte y culmina en Dios, último fin sobrenatural. Para conseguir esto, el hombre se vale de la gracia y especialmente, de la Eucaristía. Cristo es el único camino hacia Dios, es el mediador universal y solo a través de la imitación de su amor, se llega a la contemplación de la divinidad.

La posibilidad de este camino o itinerario filosófico-cristocéntrico nos viene dada en su “analogía” universal, por la cual, todo es vestigio, todo es imagen o semejanza de Dios que es la razón última y metafísica. Este es un concepto fundamental de la metafísica de San Buenaventura, que se funda y justifica en esta “analogía”, que es sobre todo, una analogía de la Santísima Trinidad, que es creadora y que está presente en todas sus criaturas. Él es un clásico de la “analogía de la fe”, más que de la “analogía de la entidad” que era la defendida por Santo Tomás. Él lo concretiza en varias tesis características, como la iluminación y la intuición analógicas, la cual no excluye la abstracción aristotélica. Se puede decir que San Buenaventura conoce bien a Aristóteles y utiliza todos sus sanos principios, pero su visión es más amplia de la realidad concreta del hombre y del mundo, lo que hacen que él sea el filósofo cristiano y místico por excelencia, que condena con decisión los errores aristotélicos, consistentes en la abstracción e insuficiencia – al menos de facto – de la filosofía pura, separada de la luz, del control y de los complementos necesarios de la fe.

Detalle del Santo en un fresco de la Iglesia de Todos los Santos de Florencia, Italia.

La teología de San Buenaventura, elaborada sobre los trabajos de San Agustín y de otros Santos Padres de la Iglesia, especialmente los griegos, con los diversos principios teológicos ya previamente definidos y acentuando la primacía de la voluntad y del amor de la contemplación terrena como un anticipo de la contemplación beatífica, presenta su doctrina sobre la Trinidad con una personal y particular amplitud y penetración, explicando cual fue la obra redentora de Cristo.

En el tema mariológico es uno de los escritores escolásticos más prolíficos, escribiendo de manera muy particular sobre la Maternidad Divina de María, sobre su Mediación universal y su Realeza. En el meollo de su teología está la proposición a que imitemos a Cristo y a María, ya que nadie puede ser santo, nadie puede salvarse, si no es a través de la mediación de Cristo y de María.

San Pío X, en el año 1904, decía de él que su “teología mística” ocupaba un lugar preeminente entre los escolásticos medievales y entre los teólogos de todos los tiempos. Ella se distingue no sólo por el tratamiento rico y completo que da a esta rama de la teología, sino también por su intencionalidad de hacer que todas las ciencias y conocimientos, tuvieran como meta suprema la contemplación divina, tesis que expone de manera muy particular en su obra “Itinerarium”, donde traza un programa completo y fascinante sobre la ascesis mística.

Partiendo de la descripción del estado primitivo del hombre y de su caída original, San Buenaventura establece en primer lugar y de forma dogmática, la esencia y la estructura de la vida sobrenatural, que es fundamental para la recreación de las almas por medio de Cristo y de su gracia; gracia santificante y sacramental que con el cumplimiento de las llamadas virtudes infusas (fe, esperanza y caridad), de los dones del Espíritu Santo y de las bienaventuranzas, contribuyen a que el hombre internamente se perfeccione, contando siempre en su defensa con la ayuda divina.

Escultura barroca del Santo en un retablo del Monasterio de Santa Clara de Estella, Navarra (España).

El camino para llegar a la perfección y a la contemplación se desarrolla en tres direcciones: purgativa, iluminativa y unitiva, que son como tres grados de perfección espiritual, que no se viven de manera sucesiva, sino paralelas. Cristo es la meta y para llegar a Él hay que alimentarse con la meditación en la Pasión de Cristo (vía purgativa), con la oración e imitación de Cristo (vía iluminativa) y con su contemplación y la Eucaristía (vía unitiva). Así, nuestra voluntad se une íntimamente a Cristo, místicamente morimos y salimos desde las tinieblas a la luz. De esa manera, él concluye un sistema compacto e integral, que no es solo el camino ascético de un cristiano, sino un camino místico.

San Buenaventura escribe también sobre pedagogía, sociología, moral, teología de la historia… y lo hace a la luz de la más alta especulación cristiana; es el verdadero cumplimiento de la síntesis doctrinal cristiana, es el punto culminante donde beben todos los teólogos posteriores a él y es por eso, por lo que los Papas lo ponen como ejemplo: Sixto V, León XIII, San Pío X, Benedicto XV… Junto con Santo Tomás de Aquino es uno de los santos teólogos más apreciados. Jean Charlier Gerson, teólogo francés de los siglos XIV-XV, que estudió su obra en profundidad dice que “es el Doctor más completo, piadoso y seguro que instruye de tal forma, que al mismo tiempo, ilumina y caldea el alma”.

A San Buenaventura, que es llamado el Doctor seráfico, se le reconocen otras muchas cualidades doctrinales: un alto sentimiento pedagógico, un admirable espíritu de síntesis y una potente inspiración mística y poética. Sus escritos están llenos de calidez y de una gracia que le es característica y sus exposiciones son de un estilo limpio y sereno, con abundancia y vivacidad de imágenes, fórmulas y símbolos, con una riqueza de palabras tan sorprendente, que hacen de él, un clásico entre los autores escolásticos, un estilista y un verdadero estratega de la palabra y de las ideas. La armonía admirable de su espíritu se refleja tanto en sus escritos como en todos los actos de su vida, que estuvo perennemente irradiada por la luz de Dios.

Detalle del Santo en una tabla gótica de Vittore Crivelli (s.XIV).

Proclamación como Doctor de la Iglesia
Contrariamente a lo que se dice, fue realmente el Papa Sixto IV el que al canonizarlo, intencionadamente, en la bula de canonización lo llamó el “Seráfico entre los santos pontífices y doctores de la Santa Iglesia” y le asignó una festividad y un oficio litúrgico “veluti pro uno confessore pontifice et doctore”. Un siglo después, el Papa Sixto V, repitiendo lo que había hecho Paulo V con Santo Tomás de Aquino, con la bula “Triumphantis Hierusalem” del 14 de marzo de 1588, en la Iglesia romana de los Doce Santos Apóstoles, recibió al santo franciscano “inter praecipuos et primarios” Doctores de la Iglesia Latina, llamándolo expresamente “Doctor Seráfico”.

Hay que hacer notar que en esta misma bula y en el Consistorio realizado seis meses antes, el Papa Sixto V manifestó claramente que de “iure” el santo había sido incluido entre los Doctores de la Iglesia por el Papa Sixto IV. Así que después de haber conseguido el consentimiento expreso de todos los cardenales y teólogos, emitió la bula a la que anteriormente hemos hecho referencia. El Papa escogió expresamente la fecha del 14 de marzo porque era la fecha del traslado de su cuerpo, en la cual, pronunció un memorable discurso el célebre doctor francés Maurice Bressius. El mismo año, el Papa Sixto V, dio el nombre de San Buenaventura a una maravillosa nave de la flota pontificia.

Para conocer la iconografía de San Buenaventura, me remito a este artículo.

Antonio Barrero

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San Buenaventura de Bagnoregio, cardenal franciscano y Doctor de la Iglesia (II)

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Detalle del Santo en una obra de Bruno Mastroianni.

Festividad
Aunque San Buenaventura había muerto el tercer domingo de julio, el Papa Sixto V designó el segundo domingo como el día de la festividad del santo, asignándole el rito propio de los Doctores de la Iglesia. Con posterioridad, el mismo Papa la trasladó al día 14 de dicho mes tanto en la Orden Franciscana como en la diócesis de Bagnoregio. Esta segunda fecha fue probablemente instituida a propuesta de la Iglesia de Lyon en recuerdo al día exacto del reconocimiento real de las reliquias en el año 1490.

Hay que hacer notar que en las bulas de Sixto IV, gracias a los grandes servicios que en vida había prestado el santo a la Iglesia, inscribió su día festivo entre las fiestas del Sagrado Palacio Apostólico, concediendo especiales indulgencias a las iglesias conventuales de Roma, París y Lyon y que un siglo más tarde, Sixto V la había ampliado a indulgencia plenaria en estas mismas iglesias y a la de Bagnoregio prescribiendo además que el 14 de julio de todos los años se celebrase una Capilla Papal en la Iglesia romana de los Doce Santos Apóstoles. Esto se estuvo realizando anualmente hasta el año 1870.

Culto y reliquias
Como comentamos en el primer capítulo, se podría decir que el culto a San Buenaventura se inició en vida por parte del Papa Clemente IV en el año 1265 cuando lo nombró arzobispo de York y, posteriormente, después de su muerte con la suntuosidad de sus funerales a los cuales asistieron el propio Papa y los padres sinodales del Concilio de Lyón.

Aunque por los motivos que ya explicamos su canonización fue más tardía, previamente, la Orden Franciscana lo había inscrito en el catálogo de los beatos de la Orden como lo demuestran varios cronistas del siglo XIV: Arnaldo de Serrano, Bartolomé de Pisa, etc. En el siglo XV aparecen los primeros lienzos en los que es representado con aureola de santidad y una solemne traslación de sus reliquias fue realizada unos treinta años antes de la canonización oficial. Este traslado provocó un fervor tan intenso que por toda Francia se extendió su fama de santidad y de milagros, verificándose de esta manera una primera fase de culto.

Teca-relicario del siglo XVII con una reliquia del Santo.

Como comenté en el primer artículo, el 15 de julio de 1274 fue sepultado en la sacristía de la antigua iglesia de San Francisco en Lyon, permaneciendo allí el cuerpo del santo durante dos siglos, hasta mediados del siglo XV, cuando los franciscanos construyeron una nueva iglesia dedicada también a San Francisco.

Fue en el año 1450, treinta años antes del proceso iniciado en Lyon cuando se realizó el solemne traslado desde la antigua a la nueva iglesia en presencia del arzobispo de Lyon, Charles de Borbón y de numeroso clero y fieles que acompañaron la procesión por las calles de la ciudad. En aquel momento se comprobó que la lengua del santo “estaba fresca, bella y sonrosada” mientras que el resto del cuerpo había quedado reducido a cenizas y huesos. La lengua y el cráneo fueron expuestos ante el pueblo y posteriormente, el superior del convento, Fray Juan Bertheti, extrajo la lengua que se conserva en un relicario de marfil. Se hizo exactamente lo mismo que se había hecho con la lengua de San Antonio de Padua el día 8 de abril del 1263. El hecho de que la lengua se hubiese mantenido incorrupta fue interpretado como un designio divino.
Según las crónicas de la época, ese mismo día se verificaron numerosos milagros tanto en Lyon, como en el resto de Francia e Italia, por lo que siguió creciendo el fervor hacia el santo.

Cercana a esta fecha en la que se observó “este hecho milagroso”, el bolandista Sollier resaltó algunas discordancias entre los antiguos cronistas y las propias fuentes. De acuerdo con el padre B. Marinangeli, (La canonizzazione di San Bonaventura e il Processo di Lione, 1916) y con Petrangeli Papini (Vicende dei resti mortali di San Bonaventura, 1958), la fecha en la que ocurrió el mencionado hecho fue alrededor del 1450 y posiblemente, el 14 de marzo del 1451, que era el primer domingo de Cuaresma, como es lógico, un día festivo. Hay quienes afirman que este primer traslado fue desde la sacristía hasta el interior de la antigua iglesia, mientras que otros dicen que fue el traslado desde la iglesia antigua a la nueva. Fuera en un momento o en otro, en una circunstancia o en otra, el hecho fue que la lengua se encontró incorrupta. El franciscano Bartolomé de Pisa lo describe así: “Huius corpus dum de sacristía esset positum in sepulchro novo, ubi nunc iacet, corpora redacto in cinere, lengua inventa est sana et integra, ac si nunquam fuiste sepulta. Quod fratres videntes, eam in pyxide eburnea ponentes, in sepulchro eius recondiderunt”.

Brazo-relicario del Santo, venerado en su ciudad natal, Bagnoregio (Italia).

Algunos testimonios del proceso de Lyon dicen también que parte de la cabeza estaba incorrupta (cabellos, labios, boca, nariz, lengua…). Lo afirman De Martinis, Mariano da Firenze, Ariosti, Marcos de Lisboa, Tossignano y otros y de este hecho se hizo eco un texto del propio Breviario Franciscano en la festividad del 14 de marzo, aunque sin embargo existen dudas fundadas sobre la certeza de esto.

A este primer traslado del 1451 le siguieron dos solemnes reconocimientos del cuerpo, aunque estos, después de la canonización. La primera de ellas fue el tercer domingo de Cuaresma del año 1490, estando presente el rey Carlos VIII de Francia, algunos príncipes y nobles, cinco obispos franceses, el propio cardenal de Lyon y el Padre General de la Orden. El otro reconocimiento de los restos se hizo en los primeros meses del año 1494, en una fecha imprecisa, también en presencia del mismo rey que estaba a punto de entrar en guerra con el reino de Nápoles y quiso de esta manera conseguir la protección del santo, que por cierto, de nada le valió.

Como era normal, aprovechando cualquier traslado o reconocimiento de los restos, se extrajeron reliquias: parte de la mandíbula, algunas costillas, un húmero, el antebrazo derecho, varias vértebras… que fueron distribuidas entre algunas ciudades e iglesias francesas e italianas. El antebrazo se conserva en su ciudad natal dentro de un precioso relicario; la mandíbula fue llevada a la capilla real de Fontainebleau donde estuvo hasta 1662 siendo posteriormente trasladada al convento franciscano de París. Parte del cráneo se conserva en un bellísimo busto-relicario en la iglesia de San Francisco de Lyon, etc.

Pero los hugonotes quemaron su cuerpo junto a su iglesia en el año 1562, echando posteriormente todas las cenizas al río Ródano. Se pudo salvar el relicario de la lengua pero actualmente se desconoce donde se encuentra. En el año 1793, durante la Revolución Francesa, pudo salvarse la mandíbula del convento de París que ahora se conserva en Lyon. Se ha perdido el cuerpo de San Buenaventura, pero permanece su espiritualidad, su obra.

Monumento dedicado al Santo en su ciudad natal, Bagnoregio (Italia).

Las reliquias que llegaron a Italia se salvaron: el antebrazo en Bagnoregio, un dedo en la iglesia romana de los Doce Santos Apóstoles, una esquirla de un hueso de un brazo en una iglesia capuchina romana, un pequeño hueso en la basílica de San Francisco en Assisi y otras reliquias en Nápoles, Ferrara, Carpi, Padova, etc. En España, se conservan la de tu pueblo y otra en el convento sevillano de San Buenaventura.

Tampoco tuvo suerte la casa natal del santo que estaba situada en la ladera derecha de Civita, Bagnoregio y que a causa de unos terremotos y por la progresiva erosión de las aguas vertiente abajo, quedaron solo las ruinas. Lo poco que quedaba fue convertido en iglesia por el cardenal Lorenzo Pucci. Según una tradición local, cercana a las ruinas del antiguo convento donde fue educado existe la llamada “gruta de San Buenaventura”, una oquedad angosta adonde se escondía de pequeño para hacer oración.

El culto al santo se desarrolló muchísimo después de la canonización. En su nombre, se construyeron muchas iglesias y capillas, se realizaron numerosas esculturas y fue pintado por casi la totalidad de los pintores más famosos. Sería interminable enumerar estas iglesias y hacer un elenco de las obras de arte realizadas en su honor.
Es el santo patrono de la ciudad de Lyon y el copatrono de su ciudad natal. También es patrono de los teólogos católicos, de los porteros y de los tejedores (!!!).

Antonio Barrero

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San Buenaventura de Bagnoregio, cardenal franciscano y Doctor de la Iglesia (I)

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Tabla gótica del Santo, obra de Vittorio Crivelli (s.XV).

Pregunta: Muchísimas gracias por contestarme y por lo que sus palabras me aportan para el conocimiento del relicario de San Buenaventura, cuya foto le envié. ¡Muchas gracias! Ya sabe que todo lo referente a este santo, me interesa mucho ya que es el Patrón de mi pueblo: Alcudia de Guadix-Valle del Zalabí, (Granada-España) y que si tiene más información que me la envíe  cuando buenamente pueda. Que San Buenaventura le bendiga. Le envío una foto del Santo. ¡Gracias!

Respuesta: Nos alegra el haberte sido útil. Escribir sobre San Buenaventura y pretender hacerlo en sólo tres artículos, supone que hay que saber manejar las tijeras mejor que un sastre. Veremos a ver qué nos sale.

Su vida
Nació en el siglo XIII en Civita, perteneciente hoy a Bagnoregio, siendo hijo de Juan de Fidenza y María de Ritillo; en el bautismo se le impuso el nombre de Juan. Tradicionalmente se dice que nació en el año 1221, pero como su doctorado en teología en París lo consiguió en 1253 y la edad estatutaria era de treinta y cinco años, esto supone que habría de nacer antes de 1218.
Él mismo nos cuenta que siendo niño fue curado milagrosamente de una enfermedad gracias a un voto que había hecho su madre a San Francisco de Asís. Fue educado en el convento franciscano de su ciudad natal, marchando en 1238 a la ciudad de París, a fin de estudiar filosofía, obteniendo su licenciatura en Artes en el año 1243 e ingresando el mismo año en la Orden Franciscana donde tomó el nombre de Buenaventura. Hizo el noviciado, estudió cinco años de teología siendo “su padre y venerado maestro” el insigne teólogo franciscano inglés Alejandro de Hales. Por su amplia y variada preparación, quedó como profesor en el mismo convento donde él se había preparado.

Pero como ya hemos escrito en algún que otro artículo, por aquel entonces, los maestros parisinos estaban en lucha con las órdenes mendicantes, cuyos docentes sólo consiguieron el título y el derecho corporativo a enseñar el 12 de agosto de 1257 bajo el pontificado de Alejandro IV. En aquel tiempo, San Buenaventura era Ministro General de la Orden, habiendo sido elegido estando él ausente y con apenas cuarenta años de edad, en el Capítulo General de la Orden, celebrado en Roma el día 2 de febrero de aquel mismo año, sucediendo al Beato Juan Burali de Parma.

Su generalato duró diecisiete años, de 1257 al 1274 y coincidió con un difícil período dentro de la Orden, porque mientras que unos se empeñaban en seguir severamente la Regla, otros solicitaban una cierta flexibilidad en su aplicación, por lo cual tuvo que utilizar sus mejores dotes de inteligencia, prudencia y fidelidad al espíritu del santo fundador, siendo conscientes de las exigencias que se le imponían a una Orden que estaba en continuo desarrollo tanto en el número de frailes que la componían, como en las obras que realizaba tanto dentro de la Iglesia como en el seno de la sociedad civil.

El Santo es curado de niño gracias a la intercesión de San Francisco. Lienzo barroco de Francisco de Herrera, 1628.

Los que mantenían las posiciones más rigurosas, los llamados “espirituales”, cayeron en la desobediencia interna dándoles argumentos a los parisinos opuestos a las Órdenes mendicantes. Contra las oposiciones de los maestros parisinos y del mismo clero y siempre en contacto con los superiores provinciales de la Orden, San Buenaventura reivindicó el derecho de los franciscanos a tener su propia vida disciplinaria, su libertad de ministerio pastoral, sus estudios y actividades académicas, aunque sin solicitar para su Orden, ningún tipo de privilegios ni de favores papales y siempre recomendando a sus frailes que fueran moderados, que colaborasen armoniosamente con todos, que defendieran la plena validez de la vida mendicante y especialmente, el ideal evangélico de la Regla de su Orden. Son importantísimos sus escritos en este sentido: “Quaestiones disputatae de perfectione evangelica”, “De paupertate”, “Determinatio circa Regulan et Apología pauperum” y otros.

Presidió cinco Capítulos Generales, el primero de ellos en Narbona en el año 1260 y a instancia de los miembros de este Capítulo comenzó a escribir la vida de San Francisco. Se cuenta que estando en esta tarea, un día fue a verlo Santo Tomás de Aquino y se lo encontró absorto en su celda y para no interrumpirlo comentó: “Dejemos que un santo escriba sobre otro santo”.

Pero dejando aparte esta anécdota que parece que es real, digamos que en algunas de sus cartas, corrigió y denunció algunos abusos y defectos y justificó el uso de iglesias más grandes a las originales franciscanas a fin de poder celebrar mejor los oficios divinos. Con una serie de providencias disciplinarias, ascéticas, devocionales y litúrgicas, que fue sacando adelante en cada uno de los Capítulos Generales que presidió, dio a la Orden un conjunto de normas y directrices espirituales, que fueron fundamentales para su crecimiento espiritual y material, como por ejemplo, “las Primeras Constituciones Generales”, que salieron del capítulo de Narbona de 1260 o la “Legenda maior Sancti Francisci”, producto del capítulo general de Pisa en el 1263.

El Santo ingresa en la Orden franciscana. Lienzo barroco de Francisco de Herrera.

Secundó y promovió al mismo tiempo tanto las actividades intelectuales (los estudios), como las pastorales: predicación, misiones y ecumenismo a fin de conseguir la unión de las Iglesias latina y griega. Con su sabio gobierno, autoridad y santidad mantuvo unida a la Orden franciscana que en aquellos momentos tenía la friolera de más de treinta mil frailes. No fue tanto un gran organizador como un sabio legislador y un santo moderador en lo disciplinario, un padre y un maestro, un modelo perfecto de vida franciscana tanto en la acción como en la oración; una especie de unión entre las actividades de las hermanas Marta y María, por lo que se le ha definido como el segundo fundador de la Orden de los Frailes Menores.

Aunque como consecuencia de su delicada salud estuvo durante mucho tiempo en París, viajó muchísimo para atender las necesidades de la Orden, especialmente por Italia y Francia, aunque visitando Inglaterra en dos ocasiones, Flandes, Alemania y España, predicando tanto al pueblo como al clero y los monjes, en las universidades y en las cortes e incluso ante algunos Papas en Orvieto, Perugia, Viterbo y Roma.

En el año 1265, el Papa Clemente IV intentó nombrarlo arzobispo de York, pero el santo consiguió disuadirlo. Lo que no pudo evitar es que el 28 de mayo de 1273, el beato Papa Gregorio X lo nombrara cardenal obispo de Albano pues se lo impuso por “santa obediencia”, llamándolo urgentemente a Roma. Los legados del Papa que le llevaban el capelo cardenalicio, le salieron al encuentro y lo encontraron en el convento de Mugello lavando los platos y como él tenía las manos sucias, les rogó que colgaran el capelo en un árbol y que, mientras terminaba su tarea, ellos pasearan por la huerta del convento. Sólo entonces los atendió.

Como San Buenaventura había trabajado a favor de la unión entre griegos y latinos, el Papa Gregorio X le encomendó preparar los temas que iban a tratarse en el concilio de Lyón en el que se intentó conseguir la unión entre las dos Iglesias. Aunque al concilio asistieron los teólogos más famosos de la época, el padre conciliar más notable fue el propio San Buenaventura, siendo denominado “lingua loquebatur angelica, peregrinus in terris”. En el concilio tuvo dos importantes intervenciones el 26 de mayo y el 29 de junio del año 1274 y aprovechando el intervalo entre la segunda y la tercera sesión del concilio, convocó el Capítulo General la Orden, donde renunció a la responsabilidad de Ministro General. El beato Francisco de Fabriano dijo de él que era: “Vir eloquentissimus fuit, pulcherrimus sermocinator ad clerum et praedicator ad populum, in cuius praesentia ubique terrarum omnis lingua silebat”.

El Santo en el Concilio de Lyon. Lienzo del pintor barroco español Francisco de Zurbarán (s.XVII).

Participó activamente en las conversaciones con la delegación de la Iglesia Griega y conseguida la unión entre las dos Iglesias, en la celebración de la misa de acción de gracias el día de los santos apóstoles Pedro y Pablo, donde los textos de la epístola, el evangelio y el credo fueron cantados en latín y en griego, tuvo su famosa predicación de la que he hablado anteriormente. Extenuado y fatigado por los trabajos conciliares, durante la celebración de la cuarta sesión, que fue la más laboriosa por la cantidad de cánones aprobados y por otros actos, el día 7 de julio cayó gravemente enfermo y al cabo de una semana, al alba del domingo 15 de julio, con cerca de cincuenta y seis años de edad, moría en Lyon.

En sus funerales participaron el Papa y todos los padres conciliares siendo sepultado en la sacristía de la antigua iglesia de San Francisco. El panegírico sobre el santo fue pronunciado por el dominico Pedro de Tarantasia que posteriormente sería elegido Papa tomando el nombre de Inocencio V, el cual dijo de él: “Cuantos le conocieron, le amaron y le respetaron. Simplemente con oírle predicar, uno se sentía motivado a seguir sus consejos, ya que era un hombre muy afable, humilde, comprensivo y cariñoso; estaba adornado por todas las virtudes”. Su muerte le ahorró la pena de ver cómo el Patriarcado de Constantinopla rechazó el acuerdo conseguido entre griegos y latinos en el concilio de Lyon.

Canonización
De San Buenaventura casi podríamos decir que fue canonizado en vida; me explico: la bula por la cual el Papa Clemente IV lo nombraba arzobispo de York, elogiaba de tal manera su inocencia, el esplendor de su vida religiosa, su prudencia y demás virtudes, que era el equivalente a los elogios que sobre una persona se hacen en las bulas de canonización. Después de su muerte, el beato Papa Gregorio X hizo otro tanto ya que era palpable que la vida de San Buenaventura era un continuo ejercicio heroico de todas las virtudes, como hemos dicho más arriba, el propio Santo Tomás de Aquino lo denominó santo en vida y el estudio de su obra, asimismo lo atestiguaba. Sus objetos personales eran guardados como reliquias y su fama permanecía en el tiempo, pero pasaba el tiempo y la canonización oficial no llegaba.

Entierro del Santo. Lienzo del pintor barroco español Francisco de Zurbarán.

San Bernardino de Siena y otros eclesiásticos ilustres se quejaban de esto. Los tiempos de abandono por los que atravesaba la iglesia, el descuido de su cuerpo que prácticamente estaba abandonado en una iglesia antigua de Lyon, la falta de una biografía escrita y otras muchas cosas más, hicieron que hasta principios del siglo XV, la Iglesia que tanto lo había elogiado en vida, no se tomara en serio su canonización oficial después de su muerte. Pero en 1450, su cuerpo fue trasladado a la nueva iglesia de San Francisco de Lyon, se multiplicaron los milagros que se atribuían a su intercesión, el pueblo francés empezó a exigir su santificación y el capítulo general de la Orden en el año 1475, así como los príncipes de Florencia, Siena, Perugia y otras ciudades italianas empujaron al Papa Sixto IV, que era muy devoto del santo, para que ordenase la incoación del proceso.

Este fue complejo en tanto en cuanto tuvieron que examinarse sus escritos, así como comprobar que todo lo que de él se decía era absolutamente histórico. De hecho, podríamos decir que hubo dos procesos paralelos: uno llevado a cabo en Roma por una comisión compuesta por tres cardenales y otro realizado en Lyon. Aunque los tres cardenales romanos recabaron todo tipo de información y examinaron exhaustivamente su vida y obra, fue el propio Papa quién para darle más solemnidad al proceso, ordenó mediante una bula fechada el 7 de agosto de 1478, que se reabriese el segundo en Lyon. En él, además de examinarse de nuevo toda su obra, se interrogaron a cincuenta y cuatro personas consiguiéndose numerosos testimonios de milagros atribuidos al santo. Las actas, finalmente se enviaron a Roma donde de nuevo fue sometido a un severo examen desde el punto de vista teológico y jurídico, concluyendo dos años más tarde con el voto unánime de todos los cardenales reunidos en un consistorio y con la Bula “Superna caelestis” promulgada el 14 de abril de 1482, que era domingo “in albis”. Ese mismo día tuvo lugar la solemne canonización en la basílica vaticana, estando presentes veintitrés cardenales, numerosos obispos y príncipes, clérigos y religiosos y una enorme multitud de peregrinos llegados principalmente de Francia e Italia.

Panorámica de la ciudad de Cività di Bagnoreggio, Italia, conectada por un puente a la patria natal del Santo.

Mañana trataremos sobre su festividad, culto y reliquias y en el último artículo, lo haremos sobre su obra, su doctrina y su proclamación como Doctor de la Iglesia.

Antonio Barrero

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Iconografía de los Santos Ramón y Buenaventura

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Detalle de "San Buenaventura y San Leandro", de Bartolomé Esteban Murillo (1653). Óleo sobre lienzo 200x176 cm. Museo de Bellas Artes, Sevilla (España)

Pregunta: Hola pues antes que nada los felicito por su página. Tenía mucho tiempo buscando una página web con éstas características, en la que se describiera la iconografía de los santos. Y ahora pasando a la pregunta, ¿me puedes decir cuál es la iconografía de los San Buenaventura? Tenemos una discusión sobre una imagen de bulto que vimos, unos dicen que es San Ramón Nonato y otros que San Buenaventura. Agradezco de antemano la atención prestada a éste mensaje.

Respuesta: ¡Buenas! Muchas gracias por los elogios al blog. Nuestro equipo está a tu completa disposición. Pasando a la respuesta a tu pregunta… Te describiré la iconografía de los dos santos, o sea, de San Buenaventura (15 de julio) y de San Ramón Nonato (31 de agosto). Primero vamos con San Buenaventura.

Viste el hábito de cardenal sobre el sayo franciscano, con el cápelo cardenalicio, algunas veces sobre la cabeza y otras colgado de un árbol recordando que cuando se lo trajeron estaba en la cocina trabajando y no dejó de hacer su trabajo para ponérselo. Cuando acabó se lo puso.

Entre sus atributos lleva un libro y pluma, un crucifijo, un ángel, el ostensorio frente al pecho, la mitra, un copón, la maqueta de una iglesia, y la capa pluvial de doctor seraficus teniendo los bordes adornados con serafines.

"Cristo corona a San Ramón Nonato", Diego Gonzales de Vega (1673). Museo del Prado, Madrid (España)

Ahora con San Ramón Nonato… Igual que San Buenaventura, viste el hábito de cardenal, pero esta vez lo lleva sobre el hábito mercedario y sobre el roquete.

Porta el cápelo cardenalicio normalmente en el suelo por que ‘’despreciaba’’ su cargo como cardenal.

También lleva como atributos la palma coronada tres veces (las coronas pueden representar que fue predicador, ‘’mártir’’  y virgen), la custodia o ostensorio y una o varias bolsas de monedas.

Algunas veces aparece repartiendo la comunión y otras delante un un grupo de mujeres llorosas y suplicantes que puede referirse a su patronazgo sobre las mujeres que están en cinta.

Y lo que es poco común es que lleve un candado en la boca por el martirio que sufrió –pero que no murió por él-. A veces aparece siendo coronado de espinas por Cristo y otras veces coronado de flores por María.

Harold

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