Santa Magdalena de Canossa, virgen fundadora

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Estampa devocional de la Santa con el hábito de su Instituto.

Estampa devocional de la Santa con el hábito de su Instituto.

Hoy celebra la Iglesia Católica la festividad de Santa Magdalena de Canossa y por eso quiero hoy dar algunas pinceladas sobre su vida y sobre su obra: una condesa, que no quiso vivir como tal y que dedicó toda su vida al cuidado de los más necesitados.

Se llamaba Magdalena Gabriela y era descendiente lejana de la gran condesa Matilde de Toscana, que en el siglo XI fue el centro de concordia en una lucha encarnizada entre el Papado y el Imperio (la llamada querella de las investiduras y la reforma gregoriana). Matilde medió entre el emperador Enrique IV y el papa San Gregorio VII, consiguiendo que este levantara la excomunión al emperador.

Magdalena Gabriela nació en la ciudad italiana de Verona el día 1 de marzo del año 1774. Con solo cinco años de edad, quedó huérfana de padre y, junto con cuatro hermanos, fue abandonada por su madre, que se casó en segundas nupcias con un hombre que maltrataba a los niños. Un tío suyo llamado Jerónimo la puso bajo el cuidado de una institutriz francesa, quién se dedicó a cuidarla, pero que nunca llegó a comprenderla.

Aunque ella era de constitución enfermiza, cuando tenía quince años de edad se vio atacada por una larga y grave enfermedad, durante la cual maduró en ella el deseo de consagrarse a la vida religiosa, por lo que en el mes de octubre del año 1791, viéndose atraída por la espiritualidad carmelitana, entró en un monasterio, en el cual permaneció solo por espacio de un año, ya que comprobó que aquella no era su vocación. Sin embargo, esta experiencia reveló en ella una intensa vida de oración, por lo que hizo un segundo intento ingresando en el Carmelo de Conegliano, aunque en él solo estuvo cuatro días. Regresó a su casa, en la que permaneció durante varios años haciéndose cargo de la administración del palacio con el consenso de toda la familia y sirvientes. Incitada por su director espiritual don Luigi Libera, estas tareas domésticas no le impidieron dedicarse también a la protección de las niñas pobres que habían sido abandonadas o que estaban en peligro.

Retrato de la Santa en su juventud, todavía con vestiduras de noble.

Retrato de la Santa en su juventud, todavía con vestiduras de noble.

Comenzó su obra a principios del año 1801, reuniendo en su propio palacio a las dos primeras que, juntas con las demás niñas que se reunieron paulatinamente al grupo, fueron definitivamente acondicionadas en una casa comprada en las cercanías de la iglesia de San Zenón, donde intentó establecerse ella misma en el año 1805. Pero cediendo a las presiones de su tío, tuvo que retornar al palacio en el que vivían sus familiares, aunque tres años más tarde consiguió que Napoleón Bonaparte – que, impresionado por la pureza de su vida, admiraba su obra -, le cediera el suprimido convento de las Agustinas de San José y San Fidencio en Verona, a fin de “colocar allí un establecimiento de caridad” (así se lee en el decreto de cesión fechado el 1 de abril del 1808).

Allí abrió una escuela y se instaló con sus maestras y estudiantes, poniéndolas bajo la dirección de Leopoldina Naudet, quién realizó esa tarea hasta el año 1816. Este fue el primer núcleo de lo que sería su futura Congregación de las Hijas de la Caridad, llamadas posteriormente “Canossianas”, en honor de su fundadora. El momento histórico que le tocó vivir, que era un período revolucionario, agravó la miseria de las clases más pobres, por lo que Magdalena, llamada por los hermanos Antonangelo y Marcantonio Cavanis, dejó Verona y marchó a Venecia, a fin de atender en los hospitales a los enfermos más graves y desatendidos.

Fue allí, en Venecia, donde concibió de manera definitiva cómo sería su Congregación, fundando una nueva casa en el antiguo convento de Santa Lucía, donde comenzó a escribir en el año 1812 lo que serían las Constituciones de su Instituto. Estas fueron las normas bajo las cuales ella había vivido aun antes de escribirlas, sabiendo que con ellas se había santificado a si misma y pretendiendo santificar también a sus hijas y alumnas. A los hermanos Cavanis, declarados venerables por la Iglesia, se les considera co-fundadores de su Congregación.

Relicario de la Santa.

Relicario de la Santa.

De regreso a Verona, se encontró con una ciudad sumida en la miseria, por lo que decidió no vivir en el palacio familiar, sino en una casa en los suburbios, y consagrarse completamente a ayudar a quienes pasaban necesidades, asistiendo a los niños abandonados, a los jóvenes delincuentes, a los pobres que diariamente acudían a ella y a todos aquellos que vivían en malas condiciones. Sus familiares comenzaron a inquietarse, creían que se había vuelto loca, ya que lo daba todo, y toda ella se entregaba a los demás, pero ella les respondía: “¿Por haber nacido marquesa no he de tener el honor de servir a Jesucristo en sus pobres?”. En esa casa de los suburbios de Verona, donde vivía con algunas de sus acompañantes, fue donde fundó su Congregación de las Hijas de la Caridad, que definitivamente se encargó de la escolarización gratuita de las niñas pobres, la catequesis, la visita a los enfermos en los hospitales y el apoyo a los sacerdotes en las parroquias.

Para someter la aprobación de su Instituto al Papa Pío VII, en el año 1816 se acercó a Piacenza, donde el Papa había hecho una parada de descanso durante el viaje de retorno desde Fontainebleau, consiguiendo el decreto de alabanza el día 20 de noviembre. En el 1916 fundó la casa de Milán, en el 1820 la de Bergamo, ocho años más tarde la de Trento, marchando aquel mismo año a Roma para solicitarle al Papa León XII la aprobación de la Regla, cosa que consiguió con un Breve Apostólico fechado el día 23 de diciembre.

Estaba a punto de fundar dos nuevas casas en Brescia y en Cremona, cuando el 10 de abril del 1835, encontró la muerte en su Verona natal, concluyendo así una larga vida de incansable actividad y apostolado, que ella misma confirmó con sus propias palabras: “La vida religiosa no es más que el Evangelio traducido en obras”.

Urna con el cuerpo de la Santa.

Urna con el cuerpo de la Santa.

Su Causa de beatificación fue incoada en el año 1877. El Papa Pío XI la declaró venerable mediante decreto del 6 de enero de 1927. Pío XII la beatificó el 7 de diciembre de 1941 y finalmente, San Juan Pablo II la canonizó el 2 de octubre de 1988 diciendo de ella: “En Magdalena de Canossa, la ley evangélica de la muerte que da la vida, encuentra así una nueva y luminosa realización. Cuando se dio cuenta de las terribles heridas que la miseria moral y material propagaban entre la gente de su ciudad, se dio también cuenta de que no podía amar al prójimo “siendo una gran dama”, es decir, continuando disfrutando de los privilegios de su entorno social, limitándose a distribuir sus bienes sin darse ella misma. La visión del crucifijo se lo impidió”. Como dije al principio, su festividad se celebra hoy, día de su muerte.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Bresciani, C.C., “Vida de Magdalena, marquesa de Canossa”, Venecia, 1849.
– Giordani, I, “Magdalena de Canosa”, Brescia, 1947
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, tomo III”, Città Nuova Editrice, Roma, 1990.

Enlaces consultados (15/03/2015):
– www.canossian.org

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Santidad y esclavitud (I)

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Fotografía de las manos de un esclavo negro.

“NO SERÉIS MÁS SIERVOS, SINO AMIGOS”

Introducción
“No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Juan, 15, 15).
En el capítulo 15 del Evangelio de San Juan resuena esta advertencia de Jesús. Una profecía que ha traspasado todos los siglos y que aun hoy resuena, después de que la humanidad haya superado – aunque no en todos los lugares de la Tierra – la plaga de la esclavitud.

El Papa Pío II en el año 1462 declaró que la esclavitud era un “enorme crimen” (magnum scelus).
El Papa Pablo III en el 1537 prohibió la esclavitud de los indígenas, prohibición que fue renovada por Urbano VIII en el 1639 y por Benedicto IV en el 1741.
Pio VII en el 1815, en el Congreso de Viena, solicitó la prohibición del comercio de esclavos. Este triste comercio fue nuevamente condenado por Gregorio XVI en el 1839.
Pio IX definìó como sumamente nefasto (summum nefas) el comercio de los esclavos y León XII en el 1888 escribió a los obispos de Brasil, a fin de que eliminaran completamente la esclavitud en su país.

En el 1888 el cardenal Lavigerie fundó en Bruselas, con el apoyo del Papa León XII, la Sociedad Antiesclavista. En 1842, el cónsul general británico en Marruecos, solicitó al sultán la abolición de la esclavitud o al menos, interrumpir el tráfico de esclavos. El sultán respondió en una carta: “el tráfico de esclavos es un tema en el que todas las religiones y todas las naciones están de acuerdo desde los tiempos de los hijos de Adán hasta el día de hoy” y continuaba escribiendo “no se sienta preocupado por el hecho de que esté prohibido por las leyes de alguna religión, nadie debe plantear esta cuestión, que es manifiesta para todos y de lo cual no es necesaria más demostración que la luz del sol”. El sultán tenía razón en cuanto al pasado, pero estaba equivocado con respecto al presente.

Lienzo contemporáneo de Santa Josefina Bakhita, esclava sudanesa que ingresó en la Orden Canosiana.

Occidente, que había eliminado la esclavitud en su propio territorio a finales de la Edad Media, en los últimos decenios del siglo XVIII empezó a combatir el comercio de esclavos y la propia esclavitud en todos los países a los que podía hacer llegar su propia influencia. La mayor potencia marinera de la época, Gran Bretaña, abolió el comercio de esclavos en el año 1807. Pronto fue seguida por el resto de los países europeos. El intento de Occidente de liberar a los esclavos de todo el mundo, se encontró con los intereses de los propios países africanos, que se enriquecían con el comercio de esclavos y con la cultura tradicional islámica. Por desgracia, aun hoy en día, se ve obligada la ONU a intervenir para condenar a países que en el siglo XXI protegen y toleran la esclavitud tanto en África como en Asia.

La santa más famosa que vivió el abominio de la esclavitud es Santa Bakhita, que un día dijo: “Si encontrase a los negreros que me robaron y también a aquellos que me torturaron, me inclinaría para besar sus manos, porque si no hubiese ocurrido eso, hoy no sería cristiana y religiosa…”

La santidad es la voz del Espíritu Santo, que crea nuevos modelos culturales, nuevas respuestas a los problemas y a los grandes desafíos de los pueblos y nuevos desarrollos humanitarios en el camino de la historia. Esa es la herencia de los santos, que no se debe perder, sino para debe entregarse a un permanente deber de gratitud y a un renovado propósito de imitación. A través de la historia de los santos, se puede releer nuevamente “un gran crimen”, como es la esclavitud, pero también a muchos otros holocaustos que tienen desvastada a la humanidad.

Concluyo con la afirmación del Cardenal José Saraiva Martins: “En un mundo cambiante, los santos no solo no siguen estando desplazados histórica o culturalmente, sino que se están convirtiendo en un tema cada vez más interesante y fiable. En una época de caída de las utopías colectivas, en una época de desconfianza e inapetencia de todo lo que es teórico e ideológico, está surgiendo un nuevo enfoque de los santos, figuras singulares en los cuales se encuentra no una teoría, ni siquiera simplemente una moral, sino un patrón de vida que contar, que descubrir mediante el estudio, de amar con devoción y de actuar imitándolos”.

Lienzo contemporáneo de la Sierva de Dios Teresa Juliana Tshikaba, esclava guineana que llegó a religiosa dominica.

Sierva de dios Teresa Juliana de Santo Domingo Chikaba (Chicaba o TSHIKABA) Guinea, 1676 – Salamanca (España), 6 de diciembre de 1748
Teresa Chikaba había nacido en el año 1676 en Guinea, región descubierta en el siglo XVI por los portugueses, junto con Angola y Mozambique y que llegó a ser sus colonias; Chikaba era una princesa africana de aquella región.
Según la costumbre de su pequeño pueblo, estuvo con su familia adorando a Lucero, el dios de aquel pequeño reino. Pero cuando todos estaban postrados en acto de adoración, la joven princesa sentía dentro de sí, desilusión, insatisfacción, ya que había tenido contactos con los misioneros católicos.

Prestaba a ayudar a los niños y a los enfermos e infundía coraje a quienes sentían miedo; esta actividad suya alarmó a sus hermanos mayores, ya que pensaban que el pueblo la elegirían como su reina después de la muerte de sus padres, pero Chikaba les aseguró que aquello no entraba en sus planes. Se sabe que cuando tenía unos diez años fue robada por unos marineros españoles y reducida a la esclavitud; cuando ellos se dieron cuenta de que era de estirpe real, la vendieron a una rica familia española, los duques de Mancera, de Madrid, que la trataron como a un miembro más de la familia.

En el año 1700, con veincuatro años de edad, la joven africana convertida ya al catolicismo, intentó que la aceptaran en un convento de hermanas católicas, pero fue rechazada. Después de varios intentos, en el 1708, fue acogida en el convento de las Hermanas Dominicas de la Tercera Orden de Santa María Magdalena, en Salamanca y, con el permiso del obispo, se dedicó al servicio doméstico del convento, tomando el nombre de Teresa. Pasados muchos años y comprobada su sincera vocación y su crecimiento espiritual, también con el consentimiento del obispo, Teresa Chikaba fue aceptada como hermana dominica e hizo su profesión. Vivió santamente durante cuarenta años según la Regla de Santo Domingo y murió en su convento de Salamanca, el 6 de diciembre de 1748. Actualmente, sus reliquias reposan en el monasterio de las Dueñas, en Salamanca.

Por su intercesión se han realizado muchos milagros y son muchas las personas que han solicitado que la Iglesia incluya a esta princesa africana, esclava colonial y hermana ejemplar dominica, entre los santos. Su Causa fue abierta en el año 2000 y concluyó en el 2006. Ahora se está a la espera del reconocimiento de la heroicidad de sus virtudes y del milagro que la lleve a la beatificación.

Estampa contemporánea de la Venerable María Josefina Benvenuti (Zeinab Alif), esclava sudanesa que llegó a religiosa clarisa.

Venerable María Josefina Benvenuti (Zeinab Alif)
1845/6 – 24 de abril de 1926
Zeinab Alif (Sor María Josefina Benvenuti), más conocida con el apelativo de la “Moretta” por el color ébano de su piel y por su origen africano, nació en el 1845 – 46 en un pueblecito del Kordofan (Sudán). Siendo niña, fue robada por unos negreros árabes y fue vendida y revendida a unos dueños muy crueles. Rescatada por el Siervo de Dios don Niccolò Olivieri, fundador de la Pía Obra del Rescate de las niñas moras, fue llevada a Italia, el 2 de abril de 1856 y confiada a las Clarisas de Belvedere Ostrense (Ancona) a fin de que la formaran humana y cristianamente.

El 24 de septiembre de ese mismo año recibió los sacramentos de la iniciación cristiana y en el Bautismo, asumió el nombre de María Josefina y el apellido Benvenuti, que era el de su madrina. La consagración bautismal fue para ella el inicio de una vida mucho más íntima con Dios. Inteligente y vivaz, sensible y afectuosa, logró cambiar su carácter inquieto, haciéndose más humilde y más amable. Atraída por el ideal franciscano, desde su juventud se orientó hacia la vida consagrada. Estaba especialmente dotada para la música llegando a ser en muy poco tiempo una excelente organista, superando incluso a su maestro por su perfecta técnica y por sus versiones originales, llenas de inspiración.

El sonido del órgano reflejaba su exquisita sensibilidad psicológica y litúrgica y sus actuaciones eran un reclamo para los músicos de renombre y para el pueblo en general. En el año 1874 tomó los hábitos y en 1876, con su profesión, se consagró al Señor en la Orden de las Clarisas. En 1894, cuando fue suprimido el monasterio de Belvedere, fue enviada con otras hermanas al monasterio de Serra de’ Conti. Allí, llegó a ser vicaria, maestra de novicias y posteriormente, abadesa. Sabía hacerse amar y obedecer voluntariamente y fascinaba a todos por sus gentiles modales.

Su humildad le había inspirado un curioso estribillo que a menudo repetía: “Líbrame, Señor, primero del pecado y luego del Abadesado”; sin embargo, todos afirman que llevó el cargo de abadesa con sagacidad, competencia y un empeño admirable. En los treinta años que vivió en Serra de’ Conti, Sor Maria Josefina, a juicio de todos los que la conocieron, dio pruebas de grandes virtudes: siempre estaba disponible a la voluntad de Dios, al sufrimiento, fidelísima a la regla del monasterio, inmersa en Dios y en la oración, amable y paciente con todos, a todos socorría y aconsejaba y ayudaba económicamente a cuantos recurrían a ella.

Nunca faltó a la caridad fraterna, nunca dejó escapar un gemido; a todo le daba un sabor sobrenatural. Como auténtica franciscana, contempló sobre todo los misterios de la salvación y su ascesis espiritual fue guiada por la Inmaculada a la que siempre amó filialmente. Solía decir: “Acude a María que te ayudará; ponte bajo su manto y no temas”. Recitaba con fervor el Santo Rosario. Ella misma le decía a sus novicias: “Solo por este medio sereis capaces de ser buenas religiosas”. Se llevaba horas enteras delante del Crucifijo y del altar de la Eucaristía rezando por todos. Al ver los delitos y la ingratitud de los hombres hacia Dios, multiplicaba sus penitencias y prolongaba su adoración; con infinita ternura contemplaba el Crucifijo.

Sus otras devociones eran San José, San Francisco, Santa Clara y Santa Cecilia. De San Francisco aprendió el amor al Crucifijo, de Santa Clara, el ardor de la oración, de San josé, la completa disponibilidad y de Santa Cecilia, sus maravillosas melodías, su recogimiento en Dios. Tenía el culto de la fraternidad: preveía las necesidades de las hermanas y utilizaba cualquier forma para ahorrar con su propio sacrificio el esfuerzo de los demás. Especialmente, en los últimos años de su vida, casi ciega, participó de la Pasión de Cristo en su cuerpo, mientras que su espíritu estaba lleno de una alegría celestial ante la certeza de que muy pronto habría alcanzado el cielo.

Murió la tarde del 24 de abril de 1926 y un día después, como le había prometido a una de las hermanas, le hizo saber que había entrado en la felicidad eterna de Dios. Temprano, por la mañana, el repique de una campana que nadie tocaba, hizo saltar de alegría en torno al monasterio a todos los habitantes de Serra de’ Conti. Se vio el milagro y todos repetían: “¡Ha muerto la “Moretta”, ha muerto una santa!”.
En el año 1985, el Postulador General presentaba a S.E. Mons. Oddo Fusi Pecci, obispo de Senigallia (Ancona) la súplica para que pidiera la introducción de la Causa de Canonización de Sor María Josefina. Después de ser introducida, la Santa Sede ha reconocido sus virtudes heroicas, el día 27 de junio del año 2011.

Oración por la Causa de Sor María Josefina Benvenuti:
Señor Jesús, te doy las gracias por los dones otorgados a tu humilde sierva Sor María Josefina que, siendo robada cuando era niña y convertida en esclava en tierras africanas, quisiste liberarla y totalmente consagrada a tu amor en la Orden de Santa Clara, fue preclaro signo de comunión eclesial entre nosotros. Dígnate glorificarla en la Iglesia para que resplandezca el ejemplo de su fe, de su esperanza y de su caridad.
Por su intercesión, Señor, concédeme siempre tu gracia y cuanto solicito humildemente, si esto es conforme con tu voluntad. Amén.

Imprimatur
+ Odo Fusi-Pecci
Obispo de Senigallia
6 julio 1992

Santa Josefina Bakhita
Oglassa, Darfur, Sudan, 1868 – Schio, Vicenza, 8 de febrero de 1947
Sobre la vida de Santa Josefina Bakhita publicamos un artículo en este blog, el día 8 de febrero del 2011.

Damiano Grenci

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Santa Josefina Bakhita, virgen sudanesa

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Fotografía de la Santa, vistiendo hábito canosiano, rodeada de las jóvenes del Instituto.

Bakhita ha sido la primera sudanesa que ha subido a los altares. Nació en Sudán en el año 1869, aunque no se sabe la fecha exacta de su nacimiento. Tampoco se conoce su nombre real y se cree que su pueblo natal era Olgossa, en la región de Darfur, donde vemos a diario uno de los episodios más sangrantes sufrido por los seres humanos: huidos de sus pueblos y acampados viviendo apiñados en la más absoluta de las pobrezas y ante la mirada impasible de las naciones civilizadas. Allí nació Bakhita y allí creció junto a sus padres, tres hermanos y dos hermanas, una de las cuales era gemela suya. Siendo muy pequeña, niña, le ocurrió algo que la marcaría para el resto de su vida. Mientras ayudaba a sus padres en el campo, su pueblo fue atacado por unos negreros que buscaban esclavos y su hermana gemela, que estaba en casa cuidando del más pequeño de la familia, fue capturada. Ella misma lo cuenta: “Recuerdo cuánto lloraban mis padres y cuánto llorábamos todos”. Sudán era una fuente de recursos para los comerciantes y traficantes de esclavos.

El comercio de esclavos en aquella época se había cambiado desde el mercado americano (allí había sido abolida la esclavitud) al mercado árabe en el norte de África. Darfur, su región, pertenecía al dominio británico del Sudán donde el comercio de esclavos estaba prohibido, pero esto no era controlado por los gobernantes y menos aun si había pocos europeos. La esclavitud, en la práctica, se mantenía aunque estaba oficialmente prohibida. Allí hacían su agosto los traficantes. La práctica de venta de esclavos fue poco a poco abolida, solo después de la ocupación efectiva del interior del país por los ingleses a principios del siglo XX.

Bakhita significa “afortunada” y es el nombre que se le puso cuando ella también fue secuestrada, ya que por la fuerte impresión que experimentó, nunca llegó a recordar cual había sido su verdadero nombre. Ella misma nos cuenta su propio encuentro con los traficantes de esclavos. “Yo tenía nueve años cuando una mañana estaba caminando por el campo con una amiga. De pronto vimos aparecer a dos extranjeros detrás de unos arbustos. Uno de ellos le dijo a mi amiga: deja a la niña pequeña ir al bosque a buscarme alguna fruta, mientras tú puedes continuar tu camino; ya te alcanzaremos dentro de poco. Ellos querían alejar a mi amiga para que no pudiera dar la alarma mientras ellos me capturaban. Yo no sospechaba nada y obedecí como hacía siempre con mi madre. Cuando estaba en el bosque, ví a los dos extranjeros detrás de mí, uno de ellos me agarró fuertemente mientras que el otro me amenazaba con un cuchillo diciéndome: si gritas, morirás”.

Sí, la secuestraron, la separaron de su familia y ella quedó tan traumatizada que, como hemos dicho antes, jamás recordó su verdadero nombre. Fue vendida como esclava en la ciudad de El Obeid. Fue vendida hasta cinco veces, pasando de un dueño a otro. Intentó escapar varias veces pero no lo consiguió. Sufrió innumerables humillaciones y torturas y a la edad de trece años fue tatuada. Le realizaron ciento catorce incisiones en su cuerpo sobre las que colocaban sal para evitar infecciones. Ella dice: “Pensaba que me iba a morir en cualquier momento, especialmente cuando me ponían la sal”. Tenía sólo trece años de edad. ¡Qué atrocidad!

Vista de la espalda de un esclavo africano con las escarificaciones. El aspecto de la espalda de la Santa debió ser similar.

Su último amo fue un comerciante italiano llamado Calixto Leganini, quién la compró en Jartum en el año 1882 y, por primera vez, fue bien tratada. “Esta vez fui muy afortunada porque el nuevo patrón era un hombre bueno; no me maltrataba ni me humillaba y me sentía en paz y con tranquilidad”.

Cuando las tropas mahdis llegaron a Jartum en el año 1884, el patrón se vio obligado a abandonar Sudán y se marchó a Italia llevándose con él a Bakhita. Cuando llegó a Italia fue entregada a la esposa de Augusto Michieli y marchó a Ziango, un pueblo pequeño cercano a Venecia; con ellos trabajó como niñera y aunque la familia Michieli viajó de nuevo a la costa sudanesa del Mar Rojo, Bakhita se quedó en Italia. Ella, junto con una hija de la familia Michieli ingresó en un centro del Instituto de las Hermanas de la Caridad en Venecia. La Congregación había sido fundada por Santa Magdalena de Canossa y allí Bakhita se dedicó a cuidar a niñas pobres, a servir en los hospitales y a enseñar el catecismo. Aquí aprendió a conocer al Dios de los cristianos y se dio cuenta de que ese Dios había permanecido en su corazón desde que era niña, “aunque yo no lo sabía en ese momento”.

Fue bautizada el día 9 de enero del año 1890, con veintiún años de edad. Simultáneamente, recibió la Primera Comunión y el sacramento de la Confirmación de manos del cardenal de Venecia. Se le puso el nombre de Josefina Margarita Afortunada, pero se la conoce como Santa Josefina Bakhita. Cuando la señora Michieli volvió del Sudán se la quiso llevar de nuevo a África, pero Bakhita se opuso con coraje. La dueña se enfureció muchísimo pero desde la Congregación recurrieron al cardenal y al gobernador quienes declararon que la esclavitud era ilegal en Italia y que Bakhita era libre de tomar sus propias decisiones. Así, permaneció en el Instituto de las Hermanas de la Caridad, haciendo su profesión religiosa el día 7 de diciembre del año 1893, con treinta y ocho años de edad. En el año 1902 fue trasladada desde Venecia a Schio, en el norte de Italia donde trabajó limpiando y cocinando en el convento y cuidando de los pobres. Fue considerada como una santa, pero no se cuentan de ella ni milagros ni fenómenos sobrenaturales. Era una monja normal, modesta, humilde y de una gran espiritualidad.

Fotografía de la Santa (en el centro) rodeada de las jóvenes y niños de su Instituto.

Le ordenaron escribir su autobiografía y a viajar por Italia para contar la historia de su vida. Comenzó a escribir sus memorias en el año 1910 y fueron publicadas en el año 1930. Después de publicarse su biografía, Bakhita se convirtió en una personalidad en toda Italia y se vio obligada a viajar por todo el país dando conferencias.

En sus últimos años su salud flaqueó y se vio obligada a vivir en una silla de ruedas, pero aún así, continuó viajando, aunque sus últimos años estuvieron marcados por el dolor y la enfermedad. En medio de su sufrimiento, volvió a recordar su terrible experiencia como esclava y se sabe que decía a la enfermera que la cuidaba en sus últimos momentos: “¡Por favor, quítame las cadenas porque este dolor es demasiado!”. Murió el día 8 de febrero del año 1947 en Schio diciendo: “Señora, Señora” refiriéndose a la Santísima Virgen. Tenía 78 años de edad. Su cuerpo fue velado durante tres días y durante este tiempo, parecía que el cuerpo estaba vivo, con la temperatura de un ser vivo: 37º C. Una inmensa muchedumbre de fieles desfiló delante de ella.

Como el pueblo llano la consideraba una santa, en 1959 se inició el proceso diocesano que culminaría con la declaración de Venerable el día 1 de diciembre del año 1978. Fue beatificada el 17 de mayo de 1992, declarándose su fiesta el día 8 de febrero.

Vista del sepulcro de la Santa bajo el altar (dentro de la figura de cera). Iglesia del convento canosiano de Schio (Italia).

San Juan Pablo II en su beatificación alabó a la nueva beata por transmitirnos un mensaje de reconciliación y misericordia en un mundo tan dividido y herido por el odio y la violencia. Ella misma, que fue víctima de una de las peores injusticias de todos los tiempos, la esclavitud, llegó a decir: “Si volviese a encontrar a aquellos negreros que me raptaron y torturaron, me arrodillaría  para besar sus manos porque, si no hubiese sucedido eso, ahora yo no sería cristiana ni religiosa”. Fue canonizada por el papa San Juan Pablo II el día 1 de octubre del año 2000. Es una santa africana moderna.

Antonio Barrero

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