Beata Carmen García Moyon: víctima del holocausto

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Detalle del rostro de la Beata. Lienzo contemporáneo inspirado en una fotografía suya.

Entre los muchos mártires laicos, asesinados in odium fidei durante la Guerra Civil Española (1936-1939) se encuentran muchos hombres y mujeres que destacaron por su labor de catequesis y apostolado. De algunas mujeres he hablado ya; y hoy hablaré de otra cuyo fuerte carácter y arrolladora personalidad le granjearon la muerte en un entorno y contexto en el cual se hubiese podido salvar fácilmente de no haber sido por su firme voluntad y negativa a ocultar lo que era; y una muerte, además, terrible: el holocausto, o sacrificio por el fuego; poco habitual en los mártires de esta época, que murieron en su mayoría fusilados.

“La Francesita”
Se llamaba Carmen Marie Anne García Moyon, y esta amalgama de nombres y apellidos tanto españoles como franceses lo debe a haber sido hija de madre francesa y padre español. De hecho, este doble origen le granjeará en España el apodo de “la Francesita”. Nacida el 13 de septiembre de 1888 en Nantes (Francia), era la penúltima de cinco hermanos; todos hijos de don José García, que se había exiliado a Francia debido a su pensamiento carlista y participación en la guerra de 1872-1876; y madame Marie Joséphine Octavie Moyon. En un momento impreciso entre finales del s.XIX principios del XX, la familia García Moyon regresó a España; concretamente a Barcelona, donde se instalaron. Los dos hijos varones murieron a temprana edad, quedando las cuatro mujeres y el padre.
Carmen fue educada, por tanto, en una familia estrictamente católica, calando muy hondo en ella los sentimientos cristianos que acabaría defendiendo con su propia vida. Ya entonces se avistaba un temperamento fuerte, muy heroico; que sería lo que más la caracterizaría, aunque también una gran amabilidad.

Posteriormente la familia se trasladó de Barcelona a Sogorb (Castellón), de donde era originario su padre. Allí Carmen entra en contacto con las Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia -instituto fundado por el Venerable Luis Amigó-; las cuales regían el asilo de Nuestra Señora de la Resurrección en el vecino pueblo de Altura. Probablemente este contacto suscita en ella la vocación religiosa y en torno a los 30 años de edad, junto a su amiga Asunción Fernández, ingresa en religión.
Tras los 6 meses de postulantado, Carmen ingresa al noviciado el 11 de enero de 1918, cambiando su nombre por el de Esperanza de Nantes. Durante los dos años que estuvo de novicia pudo disfrutar semanalmente de las visitas del Venerable Amigó, a la sazón obispo de Sogorb; así como de las tradicionales peregrinaciones al Santuario de la Mare de Déu de la Cova Santa, en la serranía de l’Alt Palància. En lo material fueron años de penuria; pero poco más puede saberse de esta etapa de su vida, dado que el archivo general de la Congregación fue quemado en julio de 1936.

Calle Santa Ana, 35, Torrent (Valencia, España). Lugar donde la Beata tenía su taller de corte y confección, y de donde partió hacia el martirio.

De la contemplación al apostolado activo
Sin embargo, pasados los tres años de los iniciales votos religiosos, ni Carmen ni Asunción los renovaron y de hecho, en 1924 ambas se habían trasladado a vivir a Manises (Valencia). El por qué las dos se salieron de la Congregación no parece claro. Se ha dicho que hubo incomprensiones y diferencias con algunas superioras; pero en general se asume que su carácter intrépido y su personalidad la llamaban al apostolado en el mundo y no a la vida consagrada.
En Manises ambas trabajaron en el horno de Aliaga durante cuatro años, hasta que pasado este tiempo, marcharon a la ciudad de Torrent, donde se hospedaron en la calle de Santa Ana 35, que conducía al convento alcantarino de Nuestra Señora de Monte Sión, regentado por los Terciarios Capuchinos. Allí entablaron de nuevo relación con dicho convento.

De hecho, Asunción contrajo matrimonio con el maestro de cocina del convento, pero siguió viviendo en la casa con Carmen, ellos arriba; Carmen en el piso de abajo, donde colocó un taller de corte y confección, donde enseñaba a las jóvenes torrentinas a coser, zurcir y bordar. Y no sólo eso: colaboraba con el convento constantemente y también daba catequesis a los niños de la escuela de los Padres, repasaba las ropas sagradas, limpiaba la iglesia… en fin, una auténtica trabajadora social. De hecho, el padre Tomás Roca, TC; nos cuenta de ella: “A la Sierva de Dios Carmen García Moyon la admiré desde niño como una auténtica líder del pensamiento cristiano femenino (…) Era de una vida de piedad intensa, que no solamente se limitaba a realizar los actos de piedad normales (…) sino que después lo llevaba a la práctica en un apostolado muy sentido y atrayente. Solía repetir, y así lo hacía, que había que introducir la religión en todas partes”.

Todo lo que hacía era todavía insuficiente para ella, así que, cuando en 1934 don Enrique Puig, presidente de la Real Pía Unión de San Antonio de Padua, funda la sección femenina de esta asociación religiosa, Carmen es la primera mujer en ingresar y lo hace como fundadora. Con ella también su amiga Asunción y otras tantas mujeres -las “Antonianas”-. Carmen fue una de sus más fieles colaboradoras y organizadoras, desempeñando el cargo de tesorera en la primera junta directiva de la asociación.

Relicario que contiene pequeñas reliquias de todos los mártires amigonianos, entre ellos la Beata Carmen García Moyon.

Tiempos de guerra y persecución
Hasta aquí resulta evidente el compromiso de Carmen con la fe y el apostolado, pero se suele decir que en tiempos de paz toda empresa es fácil. A partir de la proclamación de la II República Española -14 de abril de 1931- este compromiso sería puesto a prueba y ella daría muestras de estar a la altura. Citemos un ejemplo.
Una de las primeras acciones llevadas a cabo en Torrent fue subir a la zona del convento y derribar la cruz que coronaba el calvario. Carmen, indignada al ver esto, organizó y llevó a cabo una manifestación en contra de esto: llevando al frente una cruz hecha de caña, ella y las otras antonianas se presentaron en el Ayuntamiento para protestar por el derribo de la cruz. Seguramente, en aquel entonces, ya fue fichada por los anticlericales.
Días después de esta manifestación, un grupo de exaltados subieron al calvario y empezaron a derribarlo, destruyendo los pasajes del via crucis y derribando los casalicios. Y ahí de nuevo entraron en acción Carmen y el resto de antonianas, que ni cortas ni perezosas se enfrentaron a los vándalos y zarandearon a su cabecilla, Francisco Mares Sánchez. Al oír el escándalo, se asomó al balcón el padre Prudencio de Palmera, superior del convento, a quien Carmen preguntó: “¿Ha dado usted, padre, permiso para derruir el calvario?” A lo que él contestó: “No sólo no he dado permiso, sino que me opongo a ello”. Con lo cual las antonianas se las arreglaron para mandar de vuelta al piquete de anticlericales.
Sirva esto para hacerse una idea de cómo, debido a su carácter y protagonismo en la defensa de la fe y la cultura religiosa del lugar, Carmen se iba labrando odios y enemistades que la conducirían directamente al martirio.

Poco antes del estallido de la Guerra Civil, Carmen seguía dedicada a enseñar el catecismo en su taller de costura, tal y como hiciese la Beata algemesinense Josefa Naval Girbés. Así lo dice el presbítero don Felipe Salvador: “Su taller de modista era al mismo tiempo un taller de cristiandad, porque aprovechaba cualquier motivo y cualquier momento para la enseñanza de la religión. “No basta ser de la Pía Unión, decía, falta catecismo”. Y así, primero en casa y después en los locales de la Pía Unión, empezó a enseñar diariamente el catecismo a gran cantidad de niñas”.
El 24 de julio de 1936, ya estallado el conflicto bélico, invadieron el convento, expulsaron a los frailes y prendieron fuego a la iglesia. La situación era ya demasiado grave para que una mujer aguerrida como Carmen pudiese hacer gran cosa. Pero lo hizo: llevar ropa y alimentos a los católicos perseguidos, traerles la Comunión, tratar de mitigar sus dolores… fue testigo, en los tres primeros meses de persecución, del martirio de 20 sacerdotes y religiosos. No pudo hacer nada por ellos, salvo rezar, ayudar materialmente y aconsejar. Sin dejar por eso de impartir sus clases de corte y confección en su propia casa.

Lugar del martirio de la Beata, a las afueras de Torrent (Valencia, España).

Detención y holocausto
Una particularidad que cabe tener en cuenta es que el comité revolucionario local había dado orden de no hacer daño a las mujeres de Torrent. Esto no ocurrirá en otras partes. Y sin embargo, sabemos que Carmen fue la única mártir de este lugar. ¿Por qué matarla, si había orden de no tocar a las mujeres? Estaba claro que ella fue una excepción debido al odio que había suscitado su ardiente defensa de la fe. Acaso, de haber sido más tímida y cobarde, hubiese salvado su vida. Pero ella misma cimentó el camino a su propio martirio, y la rúbrica final que la condujo a la muerte, fue una imprudencia que ella misma cometió.

Los acontecimientos ocurrieron del siguiente modo: apenas entrado el 1937, una chica torrentina llamada María Vilata “la Boua”, acudió a Carmen para pedirle que le confeccionase un vestido de novia. Iba a casarse con un hombre que, o era del mismo comité revolucionario, o estaba muy próximo al mismo. Estaba claro que dicha boda sólo podía darse por lo civil, pero Carmen, sin pensar lo que estaba diciendo, y movida únicamente por su propia conciencia, le dijo: “Espera un poco a que se aclare esta situación de persecución y te podrás casar por la Iglesia”. Acababa de firmar su sentencia de muerte con estas palabras.

La chica corrió a contárselo a su novio, el novio informó al Comité, y al anochecer del 30 de enero había dos coches a la puerta de casa de Carmen. Querían llevarse también a Asunción, pero no pudieron: en esos momentos ella estaba fuera de casa y alguien la avisó de que no volviese, pues estaban allí los del Comité.
Cuando llamaron a su puerta, Carmen estaba cuidando al hijo de su amiga, un niño de cuatro años. Al ver que venían a por ella, sabía que era para darle “el paseo”, el que no tenía retorno: “A nosotras será a las primeras que nos arreglarán, porque somos católicas de cuerpo entero”, había predicho. Sin embargo, se resistió con todas sus fuerzas -que eran muchas- mientras intentaban arrastrarla hacia el exterior, con el niño pequeño agarrado a su pierna. Una vecina, la también antoniana Consuelo Vilarroya, intentó acudir en su ayuda, pero un miliciano le colocó el cañón de la pistola en el pecho y finalmente a Carmen no le quedó más remedio que rendirse. Rodeada de seis hombres fornidos hubo de subir a uno de los dos coches, que tomaron el camino de Montserrat.

Fueron a parar al Barranc de les Canyes, no lejos de una casita de camineros, entre viñas y algarrobos. Era la partida del Tollo, todavía en el término municipal de Torrent, en un viñedo a la izquierda del camino que va a parar a Morredondo.
Allí intentaron violar a Carmen, a lo cual ella se resistió con todavía más energía que cuando la habían detenido, gritando: “Primero me mataréis que abusaréis de mí”. Como no pudieron abusar de ella, la sacaron del coche, la rociaron de arriba abajo con gasolina y le prendieron fuego. El resultado llenó de horror y asco a sus mismos verdugos: “El espectáculo era dantesco, relató uno de los testigos del proceso, tanto que incluso les llegó a horrorizar, puesto que era una tea ardiente vagando por el campo. Hasta que se desplomó al suelo. Y así se consumió totalmente”.
El relato del martirio de Carmen, quemada viva por su fe, fue relatado por los mismos asesinos cuando regresaron al pueblo y se tomaron unas cañas en el bar de Lluiset. También dijeron que, mientras ardía, la mártir había gritado varias veces: “¡Viva Cristo rey!”.

Capilla de los Mártires en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de Monte Sión, Torrent (Valencia, España). Lugar donde actualmente reposan los restos de la Beata.

El largo camino hasta el altar
Es de imaginar el dolor y la frustración de Asunción Fernández cuando supo lo que habían hecho con su amiga. Nada más concluir la guerra, denunció su asesinato ante las autoridades de Torrent. Sin embargo, no iba a obtener justicia alguna, porque “la Francesita no era una mujer del pueblo”. Para más inri, aunque se detuvo y encarceló a los asesinos -quienes se delataron a sí mismos por la bravuconada de alardear de sus fechorías en el bar- llegado el momento del juicio los testigos se desdijeron por miedo o se negaron a acudir, por lo que los culpables fueron puestos en libertad.
Además, la práctica desaparición de la familia García Moyon, cuyos miembros fueron muriendo al poco del martirio de Carmen, las dificultades de la postguerra y el que los restos de la mártir fueron prácticamente engullidos por el fuego que la mató, fueron el colofón para que su martirio no tuviese el relieve que merecía.
A pesar de todo, la Pía Unión y en especial la sección femenina de las Antonianas jamás la olvidaron. Ellas colocaron en el lugar de su martirio una cruz de madera, que se encargaron de renovar cada vez que se deterioraba. Allí hicieron constantes peregrinaciones, a la espera de que la justicia divina, ya que la humana no lo había hecho, reconociera del sacrificio de aquella mujer fuerte, trabajadora social, cooperadora amigoniana seglar y catequista.

A finales de 1939 se procedió a la exhumación de todos los mártires de Torrent, entre ellos los restos calcinados de Carmen, recuperados de la fosa donde la habían puesto sus asesinos, e inhumados nuevamente en la iglesia arciprestal de la Asunción de Nuestra Señora. En 1995 se procedió a su reconocimiento, tratamiento y traslado a la Capilla de los Mártires en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de Monte Sión.
Aunque hubo diversas causas para los mártires de Torrent, el proceso de Carmen García Moyon se inició en 1990, siendo incluida en la causa encabezada por el padre Vicente Cabanes Badenes y 18 compañeros mártires de los Terciarios Capuchinos de Nuestra Señora de los Dolores. En 1994 fue enviada a la Congregación para las Causas de los Santos. Acabaron siendo unidas todas las causas en la Positio Super Martyrium – Terciarios y Terciarias Capuchinos de 1936. Y el 11 de marzo de 2001, junto a esa gran multitud de mártires valencianos, la Venerable Carmen García Moyon fue beatificada por el papa San Juan Pablo II.

Meldelen

Bibliografía:
– GONZÁLEZ, Antonio T.C, “Beata Carmen García Moyon: mártir antoniana”, cuaderno editado por la Real Pía Unión de San Antonio de Padua, tercera edición.
– RODRÍGUEZ FERNÁNDEZ, Gregorio: “El hábito y la cruz: religiosas asesinadas en la Guerra Civil Española”, ed. Edibesa, Madrid 2006, págs. 403-406.

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