Beata María de los Ángeles Ginard Martí

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Estampa más reciente editada de la Beata, en su atuendo de Celadora Eucarística, junto a la frase profética de su juventud.

Hoy hablamos nuevamente de una religiosa mártir de la Guerra Civil Española (1936-1939) en nuestro recorrido para honrar a estas mujeres que fueron injustamente asesinadas por odio a la fe cristiana durante este terrible conflicto bélico.

Infancia y juventud
Nació como Àngela Ginard Martí en Llucmajor (Mallorca) la tercera de nueve hijos, hija de Sebastià Ginard García y Margalida Martí Canals. Era aquél un hogar muy cristiano y los nueve hermanos fueron educados piadosamente. Tras su preparación para la Primera Comunión, Àngela en particular se sintió impulsada a una amistad personal y permanente con Jesús, al que visitaba a menudo en el Sagrario. Esto, y el hecho de que su madre tuviese dos hermanas que eran religiosas -una de clausura en el monasterio de San Bartolomé de Inca; y otra trinitaria dedicada a la docencia y al cuidado de enfermos- y por tanto las visitaban a menudo; fue madurando en Àngela la vocación religiosa desde muy temprano. Estaba muy impresionada por la vida que llevaban sus dos tías, y se sintió especialmente atraída por la vida contemplativa que llevaba su tía en Inca, por lo que ya muy joven empezó a soñar con el silencio del claustro.

Pero cuando tenía 16 años su familia atravesó diversas dificultades y tuvieron que mudarse a Palma de Mallorca, donde las tres hermanas mayores -Àngela incluida, por tanto- contribuían a mantener a la familia realizando bordados y confeccionando sombreros.
Su trabajo no le impedía desarrollar una vida profundamente piadosa. Madrugaba para participar diariamente en la Eucaristía y mientras bordaba recitaba el Rosario, actividades a las que añadía la adoración eucarística en la capilla de las Celadoras del Culto Eucarístico [1], orden religiosa en la que profesaría tiempo después.
Sin embargo, no por ello dejó de ser una joven normal y con una juventud feliz. Era alegre, complaciente y se las apañaba para hacer felices a los que la rodeaban. Cuando salía a pasear, siempre acompañada de su hermana Lluisa, muchos jóvenes la seguían y pretendían cortejarla, cautivados por su encanto, pero ella, con cierto gracejo, les daba a entender que llegaban tarde: otro amor había cautivado ya su corazón. Incluso un muchacho de buena familia cuya madre acudía a su taller de bordados se enamoró de ella y le pidió que se casara con él. Pero ella le rechazó: estaba resuelta a ser religiosa. Y eso que le gustaban los niños, cuidarlos y educarlos, y verse rodeada de ellos; pero no se veía madre, sino monja. Su amor por Cristo era desmesurado y no podía compartirlo con un hombre. En una ocasión confesó a sus hermanos: “La mayor felicidad que puede tener un cristiano es la de poder morir mártir por Jesucristo”. Sus palabras serían proféticas.

Fotografía de la Beata en los años de su juventud, correspondiente a 1914. Esta imagen real ha servido de base para sus posteriores estampas devocionales.

Ángela era angelical y todos lo decían. “Es un ángel”, decía siempre Margalida, su madre, cuando le preguntaban sobre ella. “Angelita es un ángel”, corroboraba su hermana Luisa, y posteriormente, cuando ya sea religiosa, hasta su madre superiora dirá de ella: “Además de trabajadora, era muy buena: se llamaba Àngela, y era un ángel”. Y aquel ángel no veía el momento de consagrarse definitivamente a su único anhelo.
En Palma entró en contacto con el sacerdote Sebastià Matas, de la nueva parroquia cercana a su casa, que se convirtió en su director espiritual. Tras consultarle, y a los 18 años de edad, solicitó permiso a sus padres para poder ingresar en el monasterio de Inca, donde estaba su tía. Sin embargo, su padre no se lo permitió: la quería en casa, trabajando, y que con lo que ganara del bordado costease los estudios de sus dos hermanos pequeños, ya que la familia no daba para más. Àngela se resignó a esperar y siguió trabajando, yendo a la parroquia y manteniendo el contacto con las Celadoras Eucarísticas, a las que acompañaba en su adoración sacramental.

Celadora Eucarística
Tuvo que esperar al año 1921, con 28 años cumplidos -¡10 años después!- a que las circunstancias familiares favorecieran liberarla de su compromiso. Así, solicitó el ingreso en el Instituto y permaneció seis meses preparándose para el noviciado: vistió el hábito en mayo de 1922 modificando su nombre de Àngela a María de los Ángeles. Pasado su año de noviciado, emitió sus votos temporales por tres años.
Es en este punto, ya en el año 1926, cuando es destinada a la comunidad de Celadoras Eucarísticas de Madrid, donde la nombran procuradora, cargo que desempeñará hasta su muerte. Ese mismo año renueva sus votos temporales por otros tres años y en 1929, por fin, emite sus votos perpetuos.
En estas fechas es enviada a la casa del Instituto en Barcelona en calidad de consiliaria, donde permaneció hasta el año 1934, cuando la eligen consiliaria de la casa de Madrid. Y a Madrid regresa a ocupar este puesto, sin dejar por ello su cargo de procuradora.

Cuando en las elecciones de febrero de 1934 triunfa el Frente Popular -coalición de las fuerzas de izquierda- se generaron algunos incidentes como el incendio de algunas iglesias del barrio donde estaban establecidas las Celadoras -en la calle Blanca de Navarra, nº9-. Consecuentemente, las religiosas se asustaron, pero de momento continuaron con la actividad normal de su vida consagrada: la fabricación de hostias para consagrar y otros ornamentos sagrados. Algunas monjas estaban tan preocupadas que sugirieron huir a Mallorca, pero María de los Ángeles respondió con gran serenidad: “Lo más que nos pueden hacer es matarnos”. Esta gran entereza y calma ante la perspectiva del martirio es lo que más la caracterizará: hasta su último instante, ella jamás perderá los arrestos, se dirigirá a la muerte imperturbable y tranquila.

Lienzo de la Beata en su atuendo de Celadora Eucarística, usado como estandarte para su beatificación en Roma.

El 20 de julio de 1936, ya con la guerra en marcha, las religiosas se vieron obligadas a abandonar el convento vestidas de seglares; y como era habitual en estos casos, se repartieron en varios grupos para ir a refugiarse a casas amigas. Sor María de los Ángeles y Sor Esperanza, otra compañera, fueron acogidas en la calle Monte Esquinza, nº 24, por la familia Medina Brusa-Ariza González de Quevedo. Esta casa estaba justo enfrente del convento, haciendo ángulo entre la calle mencionada y Blanca de Navarra; por lo que desde la ventana, ambas religiosas fueron testigos de cómo las milicias asaltaban el convento y se hacían con él, convirtiéndolo en cuartel.

Pero la superiora de la comunidad, Margalida Arrom Mir, no estaba tranquila respecto a las hermanas Esperanza y María de los Ángeles: temía por ellas puesto que el portero de la casa, vecino del convento, las conocía bien y no era un hombre de fiar. Por eso se puso a buscar una casa más segura para ellas y la encontró, a la cual sor Esperanza se trasladó el día 24 de agosto. En teoría sor María de los Ángeles, en tanto que procuradora, tenía derecho a trasladarse primero -era peligroso que lo hicieran a la vez, pues llamarían la atención – pero ella, valiente y generosa como era, le cedió con gusto su turno y sor Esperanza se puso a salvo.
Sin saberlo, sor María de los Ángeles acababa de firmar su propia sentencia de muerte.

Martirio de caridad
En la tarde del día 25 de agosto llegaron al domicilio de José Antonio Medina unos milicianos de la FAI (siglas de Federación Anarquista Ibérica) en busca de las dos religiosas. Como la superiora se había temido, las había denunciado el portero: “El portero que teníamos, declararía después María Medina, hija de los dueños de la casa, era un canalla criminal, que delató a muchas personas buenísimas de la vecindad, a las que mataron por su culpa. Como él conocía de vista a las monjas del convento, denunció que en casa de mis padres había una monja y enseguida fueron a buscarla”.
En realidad, lo que el portero había denunciado era la presencia de dos monjas, no de una sola. Pero recordemos que sor Esperanza ya se había puesto a salvo y allí sólo quedaba sor María de los Ángeles. Los milicianos, esperando ver dos monjas donde sólo había una, se confundieron y echaron mano también a la hermana de la dueña de la casa, creyendo que era la segunda monja, para espanto de ella y consternación de sor María de los Ángeles. Pero dejemos que sea María Medina, testigo ocular del suceso, la que nos cuente los hechos:
“Cuando la sujetaron para llevársela [a sor María de los Ángeles] ni pronunció una queja, pero entonces los milicianos quisieron llevarse también a una hermana de mi madre que vivía con ella. Era una persona muy nerviosa, empezó a gritar y defenderse y entonces sor Ángeles se encaró con los milicianos diciendo: “Esta señora no es monja, dejadla, la única monja soy yo”.

Vista del cadáver de la Beata, fotografiado en el depósito antes de su entierro en el cementerio de la Almudena de Madrid. Se aprecian en la foto las heridas del rostro.

Si ya había sido valiente y caritativa al ceder su puesto a sor Esperanza para que pudiese ponerse a salvo, y con ello salvó su vida y se condenó a muerte ella misma; aquella frase pronunciada frente a los milicianos fue un acto todavía más heroico, todavía más lleno de caridad: al hacerlo, no sólo testimoniaba su fe y se entregaba al enemigo, sino que se aseguraba de salvar la vida a aquella inocente que nada tenía que ver con el asunto. Y de hecho, la salvó, pues los milicianos la soltaron y la dejaron ir, puesto que sólo les interesaba apoderarse de la religiosa.

Cuando los milicianos le ordenaron que se fuese con ellos, María de los Ángeles, con toda serenidad, les preguntó: “¿Me quito el delantal?” Al decirle que sí sus captores, con la mayor naturalidad del mundo se quitó la prenda y le dejó caer sobre una silla de un cuartito que estaba cerca y, a continuación y sin decir palabra, se fue con ellos. Cuando la familia Medina revisó el delantal, encontraron en él una cartera con 25.000 pesetas. Era la reserva de la comunidad de las Celadoras. Con su gesto sereno y aparentemente indiferente, María de los Ángeles acababa de poner a salvo también ese dinero, sirviendo como procuradora hasta el último momento. Los milicianos no pudieron echar mano del mismo, ni supieron cómo los había engañado.

Vista del actual sepulcro de la Beata, en la capilla del convento de las Celadoras Eucarísticas, Madrid (España).

María de los Ángeles fue escoltada por los milicianos hasta la checa de Bellas Artes. No se sabe lo que le ocurrió allí, pero sí que fue fusilada, y su martirio debió ocurrir en la tarde o noche del 26 de agosto. Hasta que no acabó la guerra no se encontraron las dos fotos de su cadáver, que fueron halladas en el Ministerio de la Gobernación. Se habían tomado en el depósito de Justicia el 27 de agosto, y allí constaba que la habían fusilado en la Dehesa de la Villa. Era habitual que se fusilara al anochecer, se dejaran los cadáveres abandonados toda la noche y se recogieran al día siguiente para ser llevados al depósito judicial.

En las fichas que acompañaban al cadáver se hacía constar que había sido enterrada en el cementerio de la Almudena. Ello permitió el registro de su defunción en 1941 y la exhumación, traslado y reinhumación de su cuerpo en las sepulturas pertenecientes a la Congregación de las Celadoras, en ese mismo cementerio.
No fue hasta el año 1985 que las Celadoras trasladaron lo que quedaba de ella -una cajita con cenizas- al convento de la calle Blanca de Navarra, donde reposan hasta hoy en un sencillo mausoleo. En 2005, estos restos fueron colocados en la capilla del modesto convento.

Glorificación de la mártir
Nadie dudó nunca que el sacrificio personal de aquella mujer valiente, sagaz, generosa y caritativa era un auténtico martirio. Desde el primer momento en que la Congregación supo de su fusilamiento, la consideraron inmediatamente mártir de la persecución religiosa.
Fue a finales de 1984 cuando se dieron los primeros pasos para incoar el proceso de beatificación en el Arzobispado de Madrid-Alcalá, donde fue abierto en 1987 y cerrado en 1990 en su fase diocesana; momento en que los autos pasaron a Roma, para ser estudiados por la Congregación para las Causas de los Santos.
En abril de 2004, el papa San Juan Pablo II aprobó la publicación del decreto de martirio para su beatificación. Se dispuso que ésta tendría lugar en la plaza de San Pedro en abril de 2005, pero el fallecimiento del Beato propició que su sucesor, Su Santidad Benedicto XVI, retrasara la ceremonia, que se celebró finalmente el 29 de octubre de 2005.

Lienzo de la Beata presente en el Santuario de Nuestra Señora de Lluc, Mallorca (España). Fotografía: Ana Mª Ribes.

La calma y valentía con la que María de los Ángeles caminó hacia el martirio, asegurándose de proteger y salvar a las que corrían peligro de verse arrastradas en la fatal espiral que la envolvía, es lo que más impresiona de ella y lo que nos revela el anhelo de un martirio para el que había estado preparándose desde niña, como si lo hubiese visto venir de lejos. Semejante heroísmo no se forja en un día, y como yo no acierto a alabar y a definir con mejores términos la semblanza de esta magnífica mujer, me despido con las palabras que el Santo Padre Benedicto XVI le dedicó el día de su beatificación: “Entregada totalmente al Señor, en la vida religiosa, dedicada a la adoración del Santísimo Sacramento, sin descuidar su servicio a la comunidad [la Beata María de los Ángeles] se fue preparando para ofrecer su vida como expresión suprema de amor a Cristo”.

Meldelen

Bibliografía:
Beata María de los Ángeles, virgen y mártir. Boletín Informativo de la Causa de Canonización de la Beata, n. 48 (abril 2011).
– RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ, Gregorio: “El hábito y la cruz. Religiosas asesinadas durante la Guerra Civil Española”. Ed. Edibesa, Madrid 2006.

Enlace web: (03/08/2012)

http://www.misionerasdelsantisimo.org


[1] Desde el 11 de abril de 2010, esta Congregación se ha fusionado con la de las Misioneras del Santísimo Sacramento y María Inmaculada.

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