San Cirilo Bertrán y compañeros mártires de Turon (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Ilustración de San Cirilo Bertrán a partir de una fotografía real.

En el artículo de ayer narramos los últimos días y el martirio de los santos mártires de Turón, Cirilo Beltrán y compañeros. Hoy queremos dar algunos datos biográficos de cada uno de ellos.

San Cirilo Bertrán (José Sánchez Tejedor)
Había nacido en Lerma (Burgos) el 20 de marzo del año 1888 en el seno de una familia humilde. En la escuela elemental conoció a un hermano de la Salle y de ahí le nació la vocación religiosa ingresando en el estudiantado de Bujedo en el año 1905. En 1909 comenzó a dar clases, siendo enviado a Deusto y posteriormente a Madrid, donde estuvo destinado en tres centros. En el año 1913 estuvo en Villagarcía de la Torre (Badajoz) y posteriormente, en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) donde hizo su profesión perpetua. En todos los sitios por donde pasó destacó por su seriedad, caridad, alegría y disponibilidad.

En el año 1918 fue enviado a Cantabria, ocupando varios destinos en aquella comunidad autónoma. Fue director en distintas escuelas y comunidades durante trece años. Le gustaba la enseñanza y disfrutaba con ella aunque los trabajos de dirección los aceptó con obediencia. Desde 1930 hasta 1933 tuvo ejerciendo su apostolado en Valladolid y en este año, fue enviado como director al colegio de Turón en Asturias, donde llevaba un año cuando estalló la revolución.

Imagen de San Marciano José venerada en la iglesia de su pueblo natal, El Pedregal.

San Marciano José (Filomeno López López)
Nació en El Pedregal (Guadalajara) el 15 de noviembre del año 1900 y como un tío suyo estaba como enfermero en Bujedo, se animó a irse con él. Allí se mostró muy aplicado pero cogió una infección en los oídos por lo que quedó casi sordo y tuvo que regresar a su casa. Pero como él quería estar con los hermanos, aunque por su sordera no podía dedicarse a la enseñanza, siempre estuvo ayudando en los trabajos auxiliares de los colegios por donde pasó. Hizo los votos simples el día 3 de abril de 1918 y allí se quedó en Bujedo, dedicándose fundamentalmente a los trabajos en la huerta y ejerciendo el oficio de sacristán.

El 28 de mayo de 1928 fue enviado como cocinero a la escuela de Terán, en Cantabria y de allí paso a Asturias, Valladolid, nuevamente a Asturias, Vizcaya y finalmente, otra vez a Asturias, a Mieres. Es suyo el siguiente escrito a su familia: “Es probable que las persecuciones que nos vienen ahora estén motivadas por nuestra negligencia en el servicio de Dios. Si para satisfacer la justicia de Dios, es necesario que algunos de nosotros derramen su sangre, yo estoy dispuesto a hacerlo”.

En abril de 1934 fue trasladado a Turón. Como no daba clases debido a su sordera, pudo hacerse pasar por simple cocinero y así evitar el martirio, pero en ningún momento quiso negar su condición de religioso.

Ilustración a partir de una fotografía de San Julián Alfredo.

San Julián Alfredo (Vilfrido Fernández Zapico)
Nació en Cifuentes de Rueda (León) en el seno de una familia humilde y religiosa. Un tío suyo, que era sacerdote, lo orientó hacia los frailes capuchinos llegando a ingresar en el noviciado en Bilbao, pero al caer enfermo, tuvo que volver a su casa. Aunque lo intentó de nuevo, de nuevo tuvo que desistir. Con veintidós años de edad, se dirigió al monasterio de Bujedo donde estaban los Hermanos de la Salle y a todos conquistó por su sencillez franciscana, por la madurez de sus juicios y por su humildad. Tomó el hábito en 1926 y desde el 24 de agosto de 1929 se dedicó a la enseñanza, especialmente, a la catequesis para preparar a los niños a hacer su primera comunión. Era tan grande su amor a la Eucaristía, que siempre, antes de ir a clase, se pasaba por la capilla para solicitarle al Señor sabiduría para impartir y tacto para tratar a los niños.

Hizo sus votos perpetuos en 1932 y en el mes de septiembre del año siguiente fue destinado a Turón. Durante un año estuvo dando clases en el colegio, antes de ser detenido y martirizado.

Ilustración a partir de una fotografía de San Victoriano Pío.

San Victoriano Pío (Claudio Bernabé Cano)
Nació en San Millán de Lara (Burgos) el 7 de julio de 1905, siendo sus padres labradores. Le enseñaron el valor del trabajo, el respeto por la naturaleza y el llevarse bien con todo el mundo. Con trece años de edad, el 26 de agosto de 1918 entró en Bujedo y allí hizo el noviciado. Fue un alumno excelente pues se le daban muy bien todas las materias, por lo que después también sería un brillante profesor.

Los diez años de su actividad apostólica los pasó prácticamente en el mismo sitio: el colegio de La Salle de Palencia y allí se ganó la estima de todos por su alegría, por sus dotes musicales y artísticas y por saber tratar a todos con el máximo respeto. Atendía especialmente a los alumnos a los que les costaba más trabajo entender las materias y dirigió al grupo de niños cantores del colegio. Se encariñó con Palencia y sus gentes.

A Turón fue destinado al comenzar el curso en 1934 a fin de reemplazar a otro hermano que estaba muy asustado por el ambiente que ya allí había, así que llegó un mes antes de su martirio. En Turón se encargó de la clase de los niños mayores que eran quienes se habían quedado sin profesor.

Ilustración a partir de una fotografía de San Benjamín Julián.

San Benjamín Julián (Vicente Alonso Andrés)
Nació en Jaramillo de la Fuente (Burgos) el día 27 de octubre del año 1908, recibiendo de pequeño una educación sencilla y religiosa. Con solo once años de edad conoció a un hermano de La Salle que pasó por la escuela del pueblo y dijo que “quería ser como ese hermano costara lo que costara”. Pero en Bujedo no se recibían a niños tan pequeños y él con su tesón e insistencia consiguió que se hiciera una excepción. Así, el 7 de octubre de 1020 inició en Bujedo sus estudios aunque el camino no le fue fácil pues su educación elemental era muy deficiente. Se preparó, hizo el noviciado, profesó y estudió para maestro.

En el verano de 1927 fue destinado al colegio de la Inmaculada de Santiago de Compostela y allí, pronto se ganó el cariño de todos y la admiración por su manera peculiar de impartir las clases con alegría, orden y naturalidad. ¿Cómo era posible que un profesor tan bajo de estatura y tan joven pudiera tener tanto ascendiente y cautivar a todos sus alumnos? Esa era la pregunta que muchos se hacían. El director acostumbraba a responder diciendo que los niños no se fijaban tanto en la estatura ni en la edad del profesor, sino en su corazón.

En el verano de 1933 fue destinado a Turón y allí pasó un curso enseñando como siempre lo había hecho: con la misma dulzura, entrega y capacidad de hacerse comprender por los alumnos.

Ilustración a partir de una fotografía de San Augusto Andrés.

San Augusto Andrés (Román Martínez Fernández)
Había nacido en Santander el 10 de mayo de 1910, era el único hijo varón y muy pronto se quedó huérfano de padre. Desde niño frecuentó la escuela de San José que los Hermanos de la Salle tenían en la capital de Cantabria. Con once años le dijo a su madre y a sus hermanas que él quería ser hermano de La Salle y aunque la madre intentó quitarle la idea de la cabeza, al final tuvo que ceder porque el niño cayó enfermo, tuvieron que administrarle los últimos sacramentos y cuando pensaban que se moría, levantó la cabeza diciéndole a su madre: ¿Verdad, mamá, que me dejarás ir a Bujedo? La madre, no saliendo de su asombro, le contestó: “Ten por seguro que si”. La fiebre bajó y el niño se curó rápidamente y el 8 de agosto del 1922 ingresó en Bujedo. Como la madre, en su interior, seguía teniendo la esperanza de que su hijo desistiera, lo intentó por carta, pero Román tenía las cosas muy claras, aunque siempre tuvo el dolor de saber que en el fondo, su madre no quería que él fuera religioso.

En el año 1929 fue destinado al colegio de la Virgen de Lourdes de Valladolid, aunque tuvo que hacer el servicio militar en Palencia durante el curso 1932-1933; allí, en la mili, siguió ejerciendo su apostolado. En 1933 lo enviaron a Turón, donde fue un profesor modélico. El fue quién dijo a quienes iban a asesinarles: “Vamos donde ustedes quieran. Estamos dispuestos a todo”.

Detalle de San Benito de Jesús en el óleo de los mártires de Turón.

San Benito de Jesús (Héctor Valdivieso Sáez)
Aunque su familia era oriunda de La Bureba (Burgos), él nació en Buenos Aires (Argentina) el 31 de octubre del año 1910, siendo sus padres Benigno Valdivieso y Aurora Sáez. Como allí en Argentina la vida no salió como ellos esperaban, regresaron a Briviesca y allí pasó los años de su niñez. Aunque su padre intentó de nuevo probar fortuna en México, él se quedó en España con su madre y sus hermanos.

Estuvo en un colegio de las Hijas de la Caridad pero un día se enteró de la existencia del colegio de Bujedo y allí ingresó con solo doce años de edad, en el año 1931.

Le surgió la oportunidad de profundizar en sus estudios en Lembecq-lez-Hall (Bélgica) y no se lo pensó. Solicitó el permiso de sus padres “para ir a Lembecq a formarme y después poder ir a enseñar el catecismo a los niños de Brasil, a nuestra patria Argentina o a cualquier lugar al que me destinen”.

En 1925 regresó a Bujedo para hacer el noviciado y estudiar magisterio. El 24 de agosto de 1929 fue destinado al colegio de Astorga (León) y pronto consiguió el aprecio de todos: compañeros religiosos, alumnos y padres. Escribió en “La luz de Astorga” porque tenía claro que quería ser “un propagandista católico”. Fue destinado a Turón en el verano de 1933 y allí murió mártir un año más tarde.

Ilustración a partir de una fotografía de San Aniceto Adolfo.

San Aniceto Adolfo (Manuel Seco Gutiérrez)
Es el más joven de todos los mártires pues murió con solo veintidós años. Nació en Celada Marlantes (Cantabria) el día 4 de octubre de 1912 quedando huérfano de madre desde muy pequeño. Con ayuda de los abuelos, su padre sacó adelante a la familia y cómo era muy religioso, él mismo enseñó el catecismo a sus hijos. El y dos de sus hermanos, Maximino y Florencio, ingresaron en Bujedo con la intención de profesar como religioso lasalianos. Al poco de ingresar, murió su padre. El noviciado lo inició en el año 1928.

Como estudiante, destacó por su tesón y trabajo y como novicio, por su piedad. El mismo animaba y daba consejos a sus otros dos hermanos, uno de los cuales era ya docente y el más pequeño, estudiante como él. Al terminar sus estudios, el 24 de agosto de 1932, fue destinado al colegio de Nuestra Señora de Lourdes de Valladolid y allí se dedicó a dar clases a los niños más pequeños. En Valladolid estuvo un año siendo destinado posteriormente a Turón, donde llegó a principios de octubre de 1933. Allí también estuvo durante un año, impartiendo clase a los más pequeños, hasta que fue encarcelado y fusilado.

Óleo contemporáneo de San Inocencio de la Inmaculada, mártir pasionista.

San Inocencio de la Inmaculada (Manuel Canoura Arnau)
El Padre Inocencio era un religioso pasionista de Mieres que se encontraba en Turón el día 5 de octubre de 1934. Había nacido en Santa Cecilia y San Acisclo, cerca de la costa de la provincia de Lugo. Con quince años de edad sintió el deseo de hacerse religioso pasionista ingresando en el noviciado de Peñafiel (Valladolid) y posteriormente, en Deusto (Vizcaya); el 26 de julio de 1905 realizó sus primeros votos. Se ordenó de sacerdote el 20 de septiembre de 1913 y se dedicó a la enseñanza en Daimiel (Ciudad Real), Corella (Navarra), Peñaranda de Duero (Burgos) y finalmente, en Mieres (Asturias). Siempre había estado disponible para asumir cualquier tarea que se le encomendase, bien en el terreno de la docencia como en el apostólico en general; no sabía decir que no.

Llegó a Mieres en los primeros días de septiembre de 1934 y allí atendía algunas clases de filosofía para los religiosos pasionistas que estaban en etapa de formación. Aunque le recomendaron no hacerlo, se ofreció a ir a Turón para ejercer el apostolado del confesionario y decir misa en el colegio de La Salle. Allí fue encarcelado junto con los ocho hermanos del colegio y junto con ellos, fue fusilado con solo cuarenta y siete años de edad. Ni siquiera fue perdonado en el último momento, cosa que sí hicieron con los otros tres sacerdotes de la localidad minera. Lo consideraron como a un religioso más que se dedicaba a la enseñanza.

Aunque entre los mártires de Turón no se encontraba el hermano Jaime Hilario, martirizado en Tarragona, al haberse unido su Causa a la de estos mártires en Asturias, fue beatificado y canonizado con ellos. Por eso, también de él, vamos a dar algunas pinceladas biográficas.

Cuadro contemporáneo de San Jaime Hilario.

San Jaime Hilario (Manuel Barbán y Cosán)
Nació en Enviny (Lleida) el 2 de enero de 1898, en el seno de una familia pudiente, quedando huérfano de madre siendo aun muy pequeño. Pasó dos años en el internado de los Padres Paules de Rialb (Lleida). Quiso ser sacerdote por lo que ingresó en el seminario de la Seu d’Urgell, donde estudió hasta los cursos de filosofía, pero debido a una enfermedad en los oídos, tuvo que abandonarlo y regresar a su casa.
Conoció a los Hermanos de la Salle e ingresó en Mollerusa (Lleida) el día 21 de julio de 1916 y fue novicio en Irún (Guipúzcoa) en el año 1917.

Como profesor, fue enviado de nuevo a Mollerusa y de allí al colegio de Manresa (Barcelona), regresando a Mollerusa en el mes de agosto de 1924. Posteriormente, lo destinaron al colegio de Oliana (Lleida). Tenía dotes literarias y aunque aprendió francés en Pibrac, cerca de Toulouse, siempre escribió en castellano o en catalán.
El 1934, estuvo como cocinero en Calaf (Barcelona) y precisamente allí se enteró del martirio de sus ocho compañeros en Turón. “Ocho de nuestros hermanos han sido asesinados en el cementerio de Turón, por cometer el crimen de haber enseñado a los niños el catecismo”, llegó a escribir.

El 13 de diciembre de 1934 fue destinado a Cambrill (Tarragona) y aceptó el cambio pasando a ser el hortelano del colegio. Como por sus problemas de oído había quedado medio sordo, tuvo que abandonar la enseñanza aunque nunca dejó de escribir. Fue detenido en Mollerusa el día 18 de julio de 1936 y aunque en un principio quedó bajo arresto domiciliario en casa de unos amigos, pronto fue encarcelado. Pasó un verdadero calvario hasta el día 18 de enero de 1937, cuando a las tres de la tarde, estando de pie y con las manos cruzadas sobre el pecho, fue fusilado en un lugar llamado “La Oliva”, cercano al cementerio. Le dispararon dos veces y como continuaba vivo y de pie, los asesinos huyeron porque creían ver a un espectro, pero el jefe del pelotón, se acercó a él y lo remató con un tiro en el mentón.

Estos son los diez primeros beatos mártires españoles del siglo XX que fueron canonizados por el papa San Juan Pablo II. El siguiente fue San Pedro Poveda, pero de él escribiremos otro día.
Para realizar este trabajo nos hemos basado en la documentación que nos han facilitado los religiosos de Bujedo a los cuales, quedamos muy agradecidos.

Antonio Barrero

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Cirilo Bertrán y compañeros mártires de Turón (I)

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Vista del tapiz de la canonización de los mártires.

En la década de los años treinta del siglo XX, en Europa se originaron grandes convulsiones políticas y por razones en las que no entraremos por cuestión de espacio, aunque si destacaremos el hartazgo del pueblo al verse explotado, en Asturias (España) se desarrolló un período revolucionario en el 1934, especialmente en el valle minero de Turón. En la tarde del 5 de octubre, los sublevados, se habían apoderado de los cuarteles de la Guardia Civil y se luchaba con furia en Gijón y otros lugares de la región.

Aunque las intenciones de los revolucionarios eran conseguir mejores condiciones de trabajo y de vida para el pueblo, inevitablemente se mezclaron también cuestiones de venganza y de rencor y así, especialmente los mineros, se lanzaron pelear por sus derechos aunque sus dirigentes habían dado consignas de evitar muertes y destrozos en el patrimonio. Por desgracia, algunos no respetaron estas consignas y se hicieron algunas confiscaciones de bienes. Algunos exaltados consideraron a los religiosos y sacerdotes como si fueran enemigos del pueblo y dieron órdenes de detenerlos, aunque por suerte, muchos pudieron esconderse. Quienes no lo consiguieron o no lo intentaron siquiera, fueron encarcelados.

Aun en contra de las consignas dadas por los dirigentes de la revolución asturiana, los exaltados asesinaron a treinta y tres religiosos y sacerdotes sin ni siquiera someterlos a un juicio en el que pudieran demostrar su inocencia y el no haber estado metidos en cuestiones políticas y entre estos están incluidos ocho hermanos de la Salle que eran profesores de la escuela de Turón y el sacerdote pasionista Inocencio de la Inmaculada, que era el confesor del colegio. Ese mismo día 5, el primero en caer asesinado fue un estudiante pasionista que huía asustado del convento y que fue fusilado a quemarropa.

Los Hermanos de las Escuelas Cristianas tenían un colegio en Turón y se dedicaban simplemente a la enseñanza de los niños. La mañana de aquel día 5 de octubre, el Padre Inocencio celebraba misa en el colegio, pero cuando estaba en el momento del ofertorio se escucharon gritos fuera y empezaron a golpear la puerta. Intuyendo el peligro, entre los hermanos y el padre consumieron todas las formas consagradas que estaban en el sagrario y el hermano Marciano bajó a abrir la puerta. Se encontró con un numeroso grupo de personas que lo amenazaban con fusiles. Irrumpieron en el colegio con el argumento de que iban a confiscar las armas que allí se guardaban; lo registraron todo pero, lógicamente, no encontraron nada.

Colegio de los Lasalianos en Turón, Asturias (España).

Los hermanos, que en un principio se habían refugiado en las habitaciones de la planta superior, fueron desalojando sus habitaciones, saliendo al encuentro de los asaltantes. Lo arrasaron todo y detuvieron a los hermanos y al padre Inocencio a los que se llevaron a una casa que utilizaron como prisión y que estaba como a un kilómetro del colegio. Eran las siete de la mañana y ya los hermanos y el padre estaban detenidos.

Como el padre Inocencio llevaba puesta la sotana le ordenaron que se la quitara. El hermano Cirilo solicitó que les trajeran alguna ropa del colegio, pero por contestación recibió la orden de no comunicarse entre ellos ni con el resto de las personas que allí estaban detenidas. Ese fue el peor día para los hermanos y el padre porque no salían de su asombro y desconcierto ya que ellos solo se habían dedicado a la enseñanza.

Los familiares del resto de prisioneros les acercaron comida y ropa, pero de los hermanos nadie se acordó y pasaron todo el día sin comer, aunque a partir del día siguiente, la madre de un niño del colegio, se encargó de llevarles algo para comer.

El día 6, el médico de Turón tuvo que inyectar un calmante al hermano Marciano, que tenía problemas en la columna vertebral y sufría de terribles dolores debido a las circunstancias en las que se encontraban en la prisión y aunque solicitaron que le trajesen un colchón del colegio, se lo negaron. Como ese día comieron y estuvieron algo más relajados, por la noche pudieron dormir a ratos. Ellos seguían sin comprender como siendo simples educadores, estaban encarcelados y corrían el riesgo de ser fusilados, pero se reconfortaban mutuamente ya que estaban convencidos que de ocurrir, sería verdaderamente un martirio.

Lienzo contemporáneo de los mártires de Turón, Asturias (España).

El día siguiente, domingo día 7, no tuvieron la posibilidad de asistir a misa y por la mañana se sorprendieron al escuchar el ruido que hacían los motores de algunos aviones que sobrevolaban la zona, pero se tranquilizaban al escucharles a algunos de los carceleros que la revolución había triunfado y que llegaría la calma. Pero por la tarde, se presentaron algunos miembros del comité revolucionario y pareció que se interesaban por ellos, pues uno de sus miembros se identificó como antiguo alumno del colegio, hablando bien de los profesores que entonces le habían educado. Se interesó especialmente por saber qué era el hermano Marciano, si religioso o simple empleado y como éste era sordo y no se enteraba, el hermano Cirilo fue quién respondió. Desde entonces, por el tono de voz que empezaron a utilizar y porque les requisaron todos los objetos que llevaban, los hermanos comprendieron que el peligro de muerte era cierto y que tenían que prepararse.

El Padre Inocencio se confesó con el párroco, que también estaba preso, y posteriormente, entre ambos confesaron a todos los hermanos y a algunos otros prisioneros. Entretanto, los miembros del comité revolucionario de Turón discutían sobre la conveniencia o no de fusilar a los religiosos a fin de que sirviera de escarmiento y aunque la deliberación fue larga e incluso violenta porque algunos miembros se oponían, finalmente se impuso el criterio de los más vengativos y menos inteligentes, encabezado por un tal Silverio Castañón. Decidieron fusilarlos al día siguiente por la mañana, pero como en Oviedo había muerto un militante de Turón y tuvieron que sepultarlo aquel día, la presencia de sus familiares impidió que prepararan la fosa donde serían enterrados los hermanos por lo que decidieron fusilarlos por la noche.

Ese día, los médicos de Turón y numerosas madres de los alumnos del colegio, conocedoras de la decisión del comité, intentaron hacerles entrar en razón y consiguieron que muchos revolucionarios locales se negaran a ejecutarlos, pero el tal Castañón, reclutó a personal de Mieres y de Santillano y formó un piquete de fusilamiento y así, de noche como he indicado antes, excavaron una zanja en el cementerio y pasada la media noche se dio la orden de ejecutarlos.

Panteón donde estuvieron los mártires antes de su beatificación. Monasterio de Bujedo, Burgos (España).

Silverio Castañón le preguntó a los hermanos: “¿Saben ustedes adonde van?” Y el hermano Augusto Andrés le respondió: “Adonde ustedes quieran; ya nada nos importa porque estamos preparados para todo”. “Pues ustedes van a morir” recibieron por réplica. Llevaron a los hermanos y al padre Inocencio al cementerio sin que ninguno de ellos opusiera resistencia alguna. El mismo Castañón diría más tarde: “Los hermanos y el padre oyeron tranquilamente su sentencia. Fueron con paso firme y sereno hasta el cementerio sin pronunciar ninguna queja y yo, que soy un hombre duro, me emocioné por su actitud. Sabiendo donde iban, fueron como ovejas al matadero”. Abierta la puerta del cementerio, el enterrador se quedó fuera y los hermanos y el padre fueron obligados a entrar; lo hicieron rezando y consolándose unos a otros y viendo desde allí el colegio iluminado donde habían estado educando a tantos niños del lugar.

Les ordenaron pararse al pie de la zanja excavada y allí mismo, a quemarropa, fueron fusilados. Castañón les dio el tiro de gracia y al hermano Cirilo, aun vivo, lo remataron con una maza. Los asesinos salieron por la puerta trasera del cementerio a fin de que el enterrador, que se había quedado en la puerta, no los reconociera y así evitarse posibles denuncias por tan bárbaro acto criminal. Fueron criminales y además, fueron cobardes.
Era la madrugada del 8 al 9 de octubre de 1934. Aquella revolución asturiana del año 1934 sólo duraría tres semanas.

Los cuerpos de los hermanos mártires de Turón fueron exhumados y llevados al cementerio de Bujedo (Burgos) el día 26 de febrero de 1935. El del Padre Inocencio quedó en el cementerio y se perdió durante los bombardeos de 1936. El 9 de octubre de 1944, en la diócesis de Oviedo se inició la Causa de beatificación cuyos trámites concluyeron a nivel diocesano el 22 de junio de 1945; la documentación fue enviada a Roma. El decreto por el que se reconocía el martirio fue firmado en el año 1988 y la beatificación se realizó en Roma el 29 de abril del año 1990. Junto a ellos, fue también beatificado el hermano Jaime Hilario, lasaliano martirizado en Tarragona y cuya Causa se había unido a la de estos mártires de Turón.

Tumba actual, bajo el altar mayor, de los mártires de Turón. Monasterio de Bujedo, Burgos (España).

El mismo día de la beatificación, en la ciudad nicaragüense de León, la joven de veintidós años de edad Rafaela Bravo Jirón, afectada de un cáncer de útero, quedó instantáneamente curada. Previamente, ella y su esposo habían realizado dos novenas a los nuevos beatos solicitándoles la curación. Los médicos atestiguaron la curación milagrosa de quién estaba a punto de morir y esta se tramitó a Roma. Aceptado el milagro, los beatos mártires de Turón y el hermano Jaime Hilario, fueron canonizados por el papa San Juan Pablo II el 21 de noviembre de 1999. Su festividad la celebramos hoy, día 9 de octubre.

Como comentamos en nuestro artículo del pasado 8 de enero, estos santos mártires y San Pedro Poveda, son los únicos mártires de los años treinta del siglo pasado en España que ya están canonizados.
En el artículo de mañana, daremos algunas referencias biográficas de cada uno de ellos.

Antonio Barrero

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es