Beatos claretianos mártires de Fernán Caballero y Sigüenza

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Beatos mártires claretianos de Fernán Caballero.

Beatos mártires claretianos de Fernán Caballero.

La Congregación fundada por San Antonio María Claret tenía un seminario claretiano en Zafra, provincia de Badajoz. En el mes de febrero de 1936 empezaron los desórdenes en la ciudad y, ante el riesgo que corrían los religiosos y seminaristas, a finales del mes de abril, el Padre Provincial de la Congregación ordenó que se abandonara el seminario y que se trasladasen a Ciudad Real, donde el ambiente reinante era algo más tranquilo; sin embargo, no se imaginaban lo que habría de sucederles. Al llegar a la ciudad manchega se alojaron en un caserón medio abandonado, donde no había absolutamente nada. Allí estuvieron cuatro días viviendo como prisioneros, durante los cuales, los milicianos locales llevaron a unas prostitutas para que provocaran a los seminaristas, algunos de los cuales estaban a punto de ordenarse y que sufrían todo tipo de privaciones, falta de aseo e insultos con verdadera mansedumbre. El mismo Padre Provincial llegó a decir que: “Decir lo que en estos días hemos tenido que sufrir es del todo punto imposible”.

Ante este panorama, catorce seminaristas, cuyas edades oscilaban entre los veinte y veintiséis años, y el hermano Felipe González, recibieron la orden de irse a Madrid. El padre superior había conseguido unos salvoconductos para marchar a la capital de España y ellos se despidieron de los que allí se quedaron, quienes les desearon un feliz viaje. Acompañados por milicianos llegaron a la estación del ferrocarril, donde las amenazas, insultos y empujones aumentaron; incluso algunos alborotadores gritaban que los mataran allí mismo porque eran frailes. Pese a ello, los seminaristas aguantaron estoicamente, sin salir de sus bocas ninguna queja y confortándose unos a otros.

Subieron entre insultos al vagón y el tren arrancó, pero a unos veinte kilómetros, al llegar a la estación de Fernán Caballero, se consumó la tragedia. Fueron obligados a bajar al andén de la estación, los pusieron en fila y directamente los fusilaron mientras ellos gritaban “Viva Cristo Rey. Un viajero que iba en el tren, lo cuenta de esta manera: “Ordenaron a los frailes que se bajasen porque habían llegado a su destino. Unos bajaron voluntariamente pero a otros que se resistían a bajar los bajaron a culatazos. Los milicianos se pusieron frente a los frailes y algunos de ellos, levantando los brazos gritaron ¡Viva Cristo Rey!, mientras que los más temerosos se tapaban la cara. Uno era muy bajito pero les daba ánimos a todos. Empezaron las descargas y todos los frailes cayeron al suelo y al que intentaba incorporarse, lo remataban”.

Beato José María Ruiz y los beatos mártires de Fernán Caballero.

Beato José María Ruiz y los beatos mártires de Fernán Caballero.

Todos murieron en el acto, salvo Cándido Catalán, un navarro de apenas veinte años, que malherido y mezclado con los cadáveres de sus compañeros, fue ayudado por Carmen Herrera (hija del jefe de estación) y Maximiliana Santos (esposa del factor), quienes sintieron compasión por el muchacho, lo lavaron con agua caliente y con una sábana lo vendaron, llamando también a un médico que lo atendió en la misma estación, aunque murió algunas horas más tarde. Era el 28 de julio de 1936.

El hermano Felipe González de Heredia se había quedado en Ciudad Real, refugiado en la casa de su hermano, pero fue descubierto y lo llevaron a la cárcel del seminario, donde estuvo encerrado hasta el día 2 de octubre. Ese día, lo sacaron en un coche y sentado entre dos milicianos que constantemente lo estuvieron pinchando con unas navajas, lo llevaron también a Fernán Caballero mientras le decían: “Con perros como tú no merece que gastemos ni pólvora”. Pararon el coche a las puertas del cementerio y mientras el hermano gritaba con energía: “Viva Cristo Rey y el Corazón de María”, lo fusilaron.

Los claretianos mártires de Fernán Caballero fueron:
Beato Jesús Aníbal Gómez y Gómez, seminarista colombiano clérigo profeso.
Beato Tomás Cordero Cordero, seminarista clérigo profeso.
Beato Primitivo Berrocoso Maillo, seminarista clérigo profeso.
Beato Vicente Robles Gómez, seminarista clérigo profeso.
Beato Gabriel Barriopedro Tejedor, seminarista clérigo profeso.
Beato Claudio López Martínez, seminarista clérigo profeso.
Beato Ángel López Martínez, seminarista clérigo profeso.
Beato Antonio Lasa Vidaurreta, seminarista clérigo profeso.
Beato Melecio Pardo Llorente, seminarista clérigo profeso.
Beato Antonio Orrego Fuentes, seminarista clérigo profeso.
Beato Otilio del Amo Palomino, seminarista clérigo profeso.
Beato Cándido catalán Lasala, seminarista clérigo profeso.
Beato Ángel Pérez Murillo, seminarista clérigo profeso.
Beato Abelardo García Palacios, seminarista clérigo profeso.
Beato Felipe González de Heredia Barahona, religioso profeso.

En la Causa de beatificación de los claretianos mártires de Fernán Caballero está también incluido un sacerdote claretiano, que es el que encabeza la Causa y que fue martirizado en la ciudad de Sigüenza. Se trata del padre José María Ruiz Cano, nacido en Jerez de los Caballeros (Badajoz) en el año 1906 y que había sido ordenado sacerdote en el mes de junio de 1932.

Restos del beato colombiano Jesús Aníbal Gómez Gómez.

Restos del beato colombiano Jesús Aníbal Gómez Gómez.

Su primer destino fue Aranda de Duero (Burgos) y pasado un año, fue enviado como profesor al seminario claretiano de Sigüenza, ciudad hasta entonces muy tranquila. Allí estaba cuando estalló la guerra, siendo el responsable de la formación de unos sesenta seminaristas menores, cuyas edades oscilaban entre los doce y los dieciséis años. El día 25 de julio, el obispo de la ciudad y cuatro claretianos fueron detenidos y condenados a muerte. Ante estos acontecimientos, el padre José María reunió a todos los seminaristas en la capilla y antes de enviarlos a sus casas, quiso animarlos con estas palabras: “No tengáis miedo ni lloréis. No pasa nada pero en previsión de lo que pueda pasar, los superiores hemos acordado que tendremos que cerrar el seminario durante algunos días. Así que salid en grupos hacia los pueblos que están más cercanos porque los vecinos se han prestado a alojaros”. Mientras los niños iban saliendo, dirigiéndose a la Virgen, le dijo: “Madre, estoy dispuesto a ser una víctima, pero no permitas que les suceda nada a estos niños inocentes”.

El padre José María se puso al frente del grupo de los más pequeños y, despidiéndose del hermano Víctor, marchó hasta Guijosa, que está a unos siete kilómetros de Sigüenza. Allí llegaron al anochecer y fueron recibidos por el párroco y todos los vecinos. Cuando ya los niños estaban a salvo, le recomendaron que se marchara y escondiera pero él les contestó que: “Aunque me cojan y me maten, yo no abandono a los niños”. Allí se quedó y el día 27 de julio, a mediodía, se presentaron unos milicianos para detenerlo. Durante una hora estuvo retenido en un coche vigilado por dos milicianas y los niños, al enterarse, se reunieron alrededor de él. Entonces, aparecieron unos milicianos con una imagen del Niño Jesús que habían robado en la parroquia y se lo arrojaron al padre diciéndole que lo cogiera para que “mueras bailando con él”. Él lo recogió con cariño, pero otro miliciano se lo quitó y lo tiró al suelo, destrozándolo.

Antes de irse en el coche, se despidió de los niños y los bendijo, y al llegar al monte del Otero, que está a medio camino entre Guijosa y Sigüenza, pararon el coche y le ordenaron que se bajara y subiera al monte. Él los bendijo, les dijo que los perdonaba y bajó, y mientras subía, lo fusilaron. Era el 27 de julio de 1936 y tenía veintinueve años de edad. En el mismo lugar del martirio existe actualmente una cruz en su recuerdo. Fue sepultado en Sigüenza, mientras que los mártires de Fernán Caballero fueron sepultados en el cementerio de esta localidad y posteriormente trasladados a Madrid, a la cripta del Santuario del Corazón de María de la calle Ferraz-Marqués de Urquijo.

Restos del beato José María Ruiz Cano.

Restos del beato José María Ruiz Cano.

La Congregación claretiana inició la Causa de beatificación de estos dieciséis mártires, cuyo decreto “super scriptum” fue firmado el 22 de marzo del 1961 y cuyo martirio fue reconocido por el Papa Benedicto XVI mediante decreto firmado el día 1 de julio del año 2010. Antes de la beatificación, los cuerpos de todos ellos fueron exhumados y trasladados a la parroquia que los claretianos tienen en la ciudad andaluza de Sevilla. Todos ellos fueron beatificados en Tarragona el día 13 de octubre del año pasado.

Antonio Barrero

Bibliografía:
“Index ac Status Causarum”, Vaticano, 1985
– RUIZ, G., “Bibliotheca sanctorum, I appendice”, Città N. Editrice, Roma, 1987.

Enlace consultado (09/04/2014):  
– http://www.claret.org

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Beatos Mártires de San Joaquín, México

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Dibujo a color de los Beatos Mártires de San Joaquín, México.

Dibujo a color de los Beatos Mártires de San Joaquín, México.

El 25 de abril de 1927, en el km. 491 de la vía del tren que va de León a Guadalajara, fueron fusilados dos sacerdotes: José Trinidad Rangel Montaño, Vicario de Silao, Guanajuato, Andrés Solá Molist, español de nacimiento y miembro de la Congregación de los Misionero Hijos del Corazón de María, fundada por San Antonio María Claret y el laico Leonardo Pérez Larios.

El 8 de Febrero de 1927 se expidió una orden en León, Guanajuato, de que todo sacerdote se debía presentar ante las autoridades el día 10, so pena de considerársele como rebelde; allí coincidieron el P. José Trinidad Rangel y el P. Andrés Solá en una casa donde también se hospedaba Leonardo Pérez, ambos sacerdotes hicieron íntima y franca amistad. El P. Solá ya estaba escondido desde el año de 1925, cuando se publicó el edicto que expulsaba a los sacerdotes extranjeros.

El Padre José Trinidad llamaba al P. Andrés “Señor Cura” y a sí mismo se tenía como su vicario. En esa casa, propiedad de las hermanas Josefa y Jovita Alba, celebraban misa, administraban los sacramentos y se resguardaban de la persecución. Al acercarse la Semana Santa, unas religiosas, las Hermanas Mínimas, pidieron un sacerdote para las celebraciones. Ellas vivían en San Francisco del Rincón, Guanajuato, una de las zonas más peligrosas por la lucha cristera. Esta misión se le encomendó al P. José Trinidad por parte del Obispado de León. Aceptó diciendo: “Aunque muera, ante todo está el cumplimiento del deber”.

El 22 de Abril de 1927, en la casa que se hospedaba se presentaron unos militares para registrarla. Él los recibió y atendió y fue por sus maneras humildes y sencillas que fue reconocido como sacerdote: “Tiene las trazas de cura, tiene el letrero en la frente” y fue aprendido. Fue llevado en un carretón de la basura a la estación del Tren en León.

Al día siguiente fueron apresados el P. Andrés Solá y Leonardo Pérez, siendo juzgados el día 24 por la tarde en un remedo de juicio que les acusaba del descarrilamiento del tren que iba a Guadalajara. El P. Andrés se defendió diciendo: “Señor General, séame lícito manifestar que no tengo más crimen que el de haber cumplido con mi deber de sacerdote y misionero. Sepan, pues, ustedes que tanto por eso como por ser extranjero, no me pueden fusilar”. El General le respondió: “También para los extranjeros tenemos balas”. Este militar, de apellido Sánchez, recibió del General Joaquín Amaro, Secretario de la Defensa Nacional y perseguidor furibundo de la Iglesia, un mensaje oficial que decía: “Lléveselos al lugar de descarrilamiento, fusílese a los tres y a los curiosos, escarmiénteselos y déjeles libres”.

Montaje de los Beatos Mártires de San Joaquín y la imagen de Cristo Rey de la Paz venerado en el Cubilete, México.

Montaje de los Beatos Mártires de San Joaquín y la imagen de Cristo Rey de la Paz venerado en el Cubilete, México.

Fueron llevados en tren en una góndola abierta, con una escolta de cinco soldados. Durmieron en Lagos de Moreno y el 25 reanudaron en la madrugada el camino hacia Encarnación de Díaz. El tren se detuvo en el km. 491 y a las orillas de las vías, exactamente en el lugar del descarrilamiento, en un lugar despoblado, perteneciente al Rancho de San Joaquín, fueron bajados. Los reos llegaron a un espacio donde había unos charcos de chapopote y en profundo silencio, luego de darse la absolución mutuamente y de dársela a Leonardo Pérez, reciben la orden de dar la espalda, se les hace la descarga y también el tiro de gracia. Los soldados despojan luego de las víctimas de sus pertenencias y posteriormente el oficial dio la orden a unos trabajadores ferroviarios de quemar los cuerpos. Eran las 8 y 52 minutos de la mañana del 25 de abril de 1927.

El P. Solá no murió inmediatamente, al acercárseles los trabajadores les dijo: “¿Qué va a hacer conmigo? ¿Ves a esos dos muertos a mi lado? Uno es sacerdote de Silao, de la Iglesia del Perdón y yo soy sacerdote español, de León. Somos dos sacerdotes que morimos por Dios, muero por Jesús”, luego le dijo que el otro señor no era sacerdote y que por favor los enterraran.

La agonía del Beato Andrés Sol fue tremenda, sobrevivió como dos horas en el charco de chapopote con fiebre, atormentado por la sed, no podía moverse ni tampoco salir. Ayudado por los peones, fue recostado en la hierba; la sed le devoraba y la calentura le consumía, varias veces pidió agua, a falta de vaso, le sirvieron en un plato de barro. En su agonía exclamaba: “Jesús mío, misericordia. Jesús, perdóname, Jesús muero por ti”. Falleció como a las doce horas.

En vez de quemar los cadáveres, los ferroviarios cavaron tres tumbas, poniendo piedras para señalar el lugar. Manuel Pérez Larios, hermano de Leonardo, obtuvo de las autoridades que fueran exhumados el 1 de Mayo y fueran sepultados en Lagos de Moreno, por ser el lugar más cercano. La madre del P. Rangel, al saber la triste noticia de la muerte de su hijo exclamó: “¡Dios me lo dio y él me lo quitó. ¡Hágase su Santa Voluntad! ¡Antes mártir que apóstata!”.

Fotografía del Beato José Trinidad Rangel.

Fotografía del Beato José Trinidad Rangel.

Cabe recordar que al hacer las averiguaciones, luego de cuatro días y a pesar de que había llovido, la sangre del P. Rangel estaba fresca. Las reliquias de los tres beatos reposan en un Santuario al pie de la Sagrada Montaña del Cubilete, dedicada a Cristo Rey, por quien sufrieron el martirio. A continuación se ofrece una semblanza personal.

Beato José Trinidad Rangel Montaño
Sacerdote de la Diócesis de León, Guanajuato; nació el 4 de junio de 1887, en Dolores, Hidalgo, cuna de la Independencia Nacional. Seminarista modelo, ejemplar en la piedad y en la disciplina, estudiante aplicado. Sobresalía en las virtudes de la humildad, la caridad y la obediencia; al ser ocupado el Seminario de León, tuvo la oportunidad de irse a estudiar a Estados Unidos, durante la Revolución Carrancista. A quienes lo intentaban desanimar por los peligros que podría pasar, les contesto: “Si Dios quiere que muera en manos de ellos, moriré, aún cuando no sea sacerdote, de modo que eso no es un obstáculo”.

Fue ordenado sacerdote el 20 de Abril de 1919 por el Obispo de León: Emeterio Valverde Téllez; fue vicario en varias Parroquias y luego Párroco de Jaripitío posteriormente, siendo vicario de Silao, fue enviado a la atención espiritual de una comunidad religiosa femenina en San Francisco del Rincón donde fue capturado.

Beato Andrés Solá Molist
Nación en Taradell, Barcelona, el 7 de octubre de 1895, hijo de Buenaventura Solá, y Antonia Molist. A los 14 años entra en el postulantado de la Congregación de los Misioneros del Corazón de María, en Vich. Fue ordenado sacerdote el 23 de septiembre de 1922, en Segovia. Su profesión religiosa la había hecho antes, el 15 de agosto de 1913.

Fotografía del Beato Andrés Sola Molist junto a una imagen del Inmaculado Corazón de María.

Fotografía del Beato Andrés Sola Molist junto a una imagen del Inmaculado Corazón de María.

Llegó a México el 20 de agosto de 1923 y lo primero que hizo fue visitar la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en el Tepeyac. Trabajó en la ciudad de Toluca y en 1924 fue enviado a León. Durante la persecución se ocultó, realizando su ministerio con mucho cuidado y a escondidas. No aceptó irse de México porque no quería dejar sin pastor a su grey. Fue detenido el 24 de abril junto con Leonado Pérez Larios.

Beato Leonardo Pérez Larios
Nació el 28 de noviembre de 1889, en la ciudad de Lagos de Moreno, hijo de Isaac Pérez y Tecla Larios. Recibió el Bautismo el 6 de diciembre siguiente y según se cree, hizo la Primera Comunión en Encarnación de Díaz, Jalisco.

Niño obediente con sus padres y muy bondadoso con todos. En su juventud se dedicó al comercio en León en el establecimiento de “La Primavera”. Era frecuente en la recepción de los sacramentos. Tenía el deseo de ingresar en un monasterio e inculcó estos mismos sentimientos a su hermano, que ingresó en el Instituto del Espíritu Santo.

Era muy devoto del Santísimo Sacramento y tenía un cariño muy especial a la Santísima Virgen María, a quien veneraba en una imagen de la Inmaculada Concepción en el Rancho de “El Saucillo”, donde habitualmente vivía. En lo que concretaba su afán de vida consagrada, vivió durante diez años en una pequeña comunidad que tenía la finalidad de preparar vocaciones juveniles a la vida consagrada. Fue muy fervoroso en la oración, nunca se le vio enojado, a pesar de las regañadas que le daban por cualquier descuido. Su patrón, muy descreído, dijo una vez: “Si hay cielo, Leonardo lo tiene”.

Viviendo hospedado en una casa de León, propiedad de las Señoritas Alba, una de ellas, Jovita, le escuchó decir en una ocasión: “Anhelo de veras ser mártir de Cristo Rey”. Fue capturado con el P. Andrés Solá el 24 de abril de1927, mientras participaban en una hora santa. Los soldados que lo detuvieron pensaron que era sacerdote, Leonardo les aclaró: “¡Sacerdote no lo soy, pero católico, apostólico y romano, eso sí!”.

Fotografía del Beato Leonardo Pérez Larios.

Fotografía del Beato Leonardo Pérez Larios.

Beato Ángel Darío Acosta Zurita
Nació en Malinalco, Veracruz, el 13 de diciembre de 1908. Fue bautizado en la iglesia parroquial de San Mateo Apóstol, el 23 de diciembre, con el nombre de Ángel Darío. Desde pequeño quedó huérfano de padre, y su madre, al quedar viuda, tuvo que hacer frente a la pobreza extrema en que quedó ella con sus cinco hijos.

Ingresó al Seminario luego de enfrentar algunas dificultades. Allí se le recuerda por su carácter ecuánime y caritativo, su dedicación al estudio y su sólida piedad. Tenía fama de ser excelente deportista. Le gustaba el futbol y fue Capitán del equipo por varios años. Fue ordenado sacerdote por San Rafael Guízar y Valencia el 25 de abril de 1931. Cantó su primera misa en la ciudad de Veracruz el 24 de mayo siguiente. Se le asigno como vicario de la parroquia de la Asunción en ese puerto. Se dedicó con empeño a la catequesis infantil y al confesionario. De una predicación se le recuerdan estas palabras: “Si Cristo sufrió tanto por nosotros en la cruz, es preciso que también nosotros suframos por Él”.

En el estado de Veracruz se promulgó el decreto 197, conocido como “Ley Tejada”, que reducía el número de sacerdotes en la entidad, para acabar con el fanatismo del pueblo; el mismo Gobernador amenazó de muerte a quien no se sometiera. El vendaval de la persecución rugía con gran violencia, y el párroco llamó en varias ocasiones a sus vicarios para manifestarles la gravísima situación en que se encontraba la Iglesia y el peligro constante que corrían sus vidas, por el simple hecho de ser sacerdotes, dejándoles en absoluta libertad de ocultarse, si así lo consideraban; o de irse a sus casas, si así lo deseaban. La respuesta que obtuvo de los tres fue siempre: “Estamos dispuestos a arrostrar cualquier consecuencia por seguir en nuestros deberes sacerdotales”. El 25 de julio siguiente era la fecha establecida para la aplicación de dicha ley. Era un día lluvioso y la Parroquia de la Asunción del Puerto de Veracruz, hoy Catedral, estaba repleta de niños que llegaban de los centros de catecismo acompañados por sus catequistas. También había muchos adultos que se querían confesar.

Ilustración del Beato Ángel Darío Acosta, en su atuendo sacerdotal.

Ilustración del Beato Ángel Darío Acosta, en su atuendo sacerdotal.

A las 18.10 hrs, varios hombres ingresaron en el recinto y sin previo aviso, comenzaron a disparar contra los sacerdotes. El P. Landa fue gravemente herido, otro, el P. Rosas, se libró al protegerse en el púlpito. En medio del caos suscitado, el P. Ángel salió del Bautisterio y fue alcanzado por uno de los proyectiles, muriendo instantáneamente, alcanzando a exclamar: “Jesús”.

Su obispo, San Rafael Guízar, escribió ese día: “En estos momentos, cuando lloro por la espada de dolor por tan enormes crímenes, los ángeles del cielo reciben el alma de este mártir con gran alegría, para colocarlo entre los héroes del cristianismo”.

Sus reliquias se veneran en la Catedral de la Asunción del Puerto de Veracruz, lugar donde trabajó escasos dos meses luego de su ordenación y donde testimonió con su muerte su fidelidad al Evangelio y su ministerio sacerdotal.

Beato José Sánchez del Río
En este grupo de mártires también fue beatificado este adolescente michoacano. Se remite al artículo ya publicado sobre él para quien quiera estar más informado sobre su vida y martirio.

Humberto

Bibliografía:
Beatificación de 13 mártires mexicanos. Libro de la Celebración.
Yo fui Testigo. María Luisa Vargas González
Testigos de Cristo en Jalisco. Colección de Testigos de Cristo en México Tomo V. Guillermo María Havers
Testigos de Cristo en México. V Centenario de Evangelización en América Latina. Guillermo María Havers
Derramaron su Sangre por Cristo. Tiberio Ma. Munari m.x.
Tierra de Mártires. Diócesis de San Juan de los Lagos.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Beatos Felipe de Jesús Munárriz y compañeros claretianos, mártires en Barbastro

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Tapiz de la beatificación de los mártires claretianos de Barbastro.

Hoy vamos a escribir sobre uno de los grupos de mártires más numeroso de la Guerra Civil española; nos estamos refiriendo a los cincuenta y un claretianos martirizados en Barbastro (Huesca) y que, en su gran mayoría, eran jóvenes estudiantes de teología de la Congregación, además de sus superiores.

Barbastro es una mediana localidad del Pirineo oscense, que en el año 1936 vivía de manera tensa los primeros días del levantamiento militar, pues las tropas acuarteladas no aclaraban cómo iban a actuar. Sin embargo, se convirtió en uno de los focos más intensos de la persecución religiosa en España, llegando a ser llamada la “capital trágica de Aragón”.

Los misioneros claretianos estaban presentes en Barbastro desde el año 1869; y el 1 de julio de 1936, a su Colegio de Misioneros habían traído desde Cervera (Lleida) a treinta seminaristas estudiantes del último curso de teología por creer que este Colegio era un lugar mucho más seguro, pensando que allí encontrarían un poco de tranquilidad en aquellos momentos difíciles por los que atravesaba el país. Estos seminaristas estaban a punto de ser ordenados, aunque tenían el problema legal de la realización del servicio militar, y como en Barbastro funcionaba un servicio de adiestramiento previo, podrían acogerse a una reducción de la permanencia en filas, aquellos que pudiesen demostrar haber tenido al menos alguna instrucción teórica. Así que, en cuanto comenzaron las prácticas de estos jóvenes teólogos, se corrió malintencionadamente el rumor de que los claretianos se estaban preparando militarmente y tenían armas.

El 18 de julio de 1936 la comunidad estaba compuesta por nueve sacerdotes, treinta y nueve estudiantes y doce hermanos; de ellos, cincuenta y uno fueron martirizados. Los otros nueve religiosos se salvaron: dos por ser argentinos, seis por estar muy enfermos o ser muy ancianos y el hermano cocinero, que al no llevar puesta la sotana, fue considerado como un simple seglar. Más adelante daremos otros detalles sobre ellos.

Como consecuencias de estas calumnias, el 20 de julio por la tarde, medio centenar de milicianos registraron el seminario de los claretianos buscando armas. Pusieron a los religiosos en fila, los cachearon y rebuscaron por todos los recovecos de la casa unas armas que no existían. Un pelotón se llevó a los tres sacerdotes de mayor responsabilidad en el Colegio – el superior, el prefecto y el ecónomo – a la cárcel municipal y al resto de los religiosos los trasladaron en fila india por las calles de la localidad, hasta el salón de actos del colegio de los escolapios, que sería su prisión. El padre Luís Masferrer aprovechó un momento de confusión para salvar la Eucaristía, que posteriormente utilizaron como comunión.

Fotografía de los claretianos del seminario de Cervera, entre los cuales hay muchos de los futuros mártires de Barbastro.

El padre Pedro Cunill consiguió que los seis religiosos más ancianos y enfermos fueran llevados a la Casa de las Hermanitas de los Pobres, por lo que pudieron sobrevivir a la matanza que posteriormente se desencadenaría. Los escolapios atendieron con suma delicadeza a los claretianos, les dieron de comer y les facilitaron algunas camas, colchones y almohadas, intentando darles esperanzas, pero estas duraron bien poco, pues aunque los milicianos les decían que no tenían nada contra ellos como personas, si odiaban todo aquello que oliera a sotana y ellos, la llevaban puesta y no se la quitaban ni para dormir. Guardaron la Eucaristía en un maletín que escondieron dentro de una máquina de proyecciones en el laboratorio de física y consiguieron que al hermano cocinero, que tenía callos en las manos y olía a grasa de cocina, lo dejaran libre al ser considerado como un trabajador explotado por los religiosos; así, se salvó de la matanza, aunque curiosamente permitieron que se quedara con ellos a fin de prepararles la comida.

En la cárcel municipal interrogaron a los tres superiores para que declararan donde escondían las armas y ellos, sacando sus rosarios les dijeron que esas eran sus armas. El día 25 de julio, los tres claretianos y otros sacerdotes y seglares presos, fueron trasladados al viejo convento de las capuchinas y desde ese convento, en la madrugada del 2 de agosto, atados de dos en dos, fueron llevados a las tapias del cementerio donde cayeron acribillados a balazos. Entre ellos estaba el Beato Ceferino Jiménez Malla, el Pelé, primer gitano mártir beatificado por la Iglesia Católica. Los que estaban en el salón de actos del colegio de los escolapios oyeron las descargas y los lamentos de las víctimas, que quedaron tiradas desangrándose en la entrada del cementerio.

Mural contemporáneo de los Beatos mártires. Museo de los Claretianos de Barbastro, España.

Los seminaristas, aunque eran jóvenes y alegres, como el miedo es libre, hasta cuatro veces recibieron la absolución por parte de los sacerdotes encerrados con ellos, porque veían inminente la muerte. Fueron sometidos a todo objeto de escarnio y hostigamiento, se burlaban de ellos diciéndoles que no entendían cómo siendo muchachos tan jóvenes e inteligentes, a la vez eran tan fanáticos e incluso amenazando a los dos argentinos de que no se librarían por muy extranjeros que fueran. En su encierro, rezaban diariamente el oficio de los mártires del breviario y en la medida en que podían seguían haciendo vida comunitaria incluso comulgando a escondidas con las formas que les bajaban los escolapios escondidas entre el pan y el chocolate del desayuno, aunque sin poder celebrar la santa misa, pues estaban constantemente vigilados y lo tenían prohibido. Metían la forma consagrada dentro del pan y se lo comían. Con el paso de los días, como también prohibieron a los escolapios la celebración de la misa, tuvieron que partir las formas en trocitos pequeños para poder seguir gozando diariamente de la Sagrada Comunión.

Como era un verano muy caluroso, el agua la tenían racionada y solo para beber por lo que no podían ni lavarse ni cambiarse de ropa, como les obligaban a hacer sus necesidades por grupos sin poder siquiera lavarse las manos, el sudor y el hacinamiento de todos ellos en veinticinco metros cuadrados, con el paso de los días, las condiciones higiénicas fueron realmente deplorables, llegaron incluso a tener piojos y llagas infectadas en el cuerpo por falta de limpieza y de hecho, cuando todos ellos fueron fusilados, tuvieron que desinfectar el salón donde estaban.

Existe mucha información sobre las brutalidades a las que fueron sometidos: tenerlos firmes contra la pared hasta que cayeran desfallecidos, hacerles correr y saltar cuando urgentemente tenían que ir al servicio, llevarles prostitutas con la intención de excitarlos sexualmente mientras dormían… Ellos, como sabían que los milicianos no soportaban el que dijeran “Viva Cristo Rey, estuvieron varias veces a punto de decirlo a fin de provocarlos y que les disparasen ya de una vez.

Monumento conmemorativo a los mártires claretianos en el lugar del martirio. Cementerio de Barbastro, España.

La noche del día 8 de agosto, después de torturarlo vilmente, asesinaron al obispo de Barbastro, el Beato Florentino Asensio y esto, de alguna manera, precipitó la suerte de los jóvenes claretianos porque algunos miembros del comité local dieron las quejas al rector de los escolapios echándole en cara el que los seminaristas “gozaban de cierta libertad” en su colegio.

El día 11 de agosto recibieron la visita de un miembro del comité revolucionario local, acusándolos nuevamente de que tenían armas escondidas; les prohibió hablar entre ellos y los separó de dos en dos para que no pudieran organizarse. Los escolapios intentaron consolarles facilitándoles algunos libros y dándoles ánimos. De poco serviría pues a las tres de la madrugada del día 12, se presentaron y se llevaron a los seis religiosos de mayor edad que allí estaban encerrados, los ataron, montaron en un camión y fusilaron a las puertas del cementerio. A las siete de la mañana, nuevamente recibieron la visita de otro miliciano pidiéndoles que se identificaran con sus nombres de pila, confeccionando una lista con ellos. Aquel día, todos se confesaron por última vez y entre lágrimas de miedo mezcladas con una cierta alegría interior pasaron el día rezando y escribiendo donde podían lo que podríamos llamar “sus últimos deseos”. Los tres estudiantes no profesos, hicieron la profesión perpetua “sub conditione” de manos del padre Secundino Ortega.

Reliquias y objetos personales de los mártires conservados en el Museo de los Claretianos de Barbastro, España.

En la envoltura de una tableta de chocolate escribieron sus últimas palabras dirigidas a su amada Congregación: “Agosto, 12 de 1936, en Barbastro. Seis de nuestros compañeros son ya mártires y pronto esperamos serlo nosotros también. Pero antes queremos hacer constar que morimos perdonando a los que nos quitan la vida y ofreciéndola por la ordenación cristiana del mundo obrero, el reinado definitivo de la Iglesia Católica, por nuestra querida Congregación y por nuestras queridas familias. Vive inmortal, Congregación querida, porque mientras tengas en las cárceles hijos como los que tienes en Barbastro, no dudes de que tus destinos son eternos. ¡Quisiera haber luchado en tus filas: Bendito sea Dios!”. El Texto llevaba la firma de cuarenta de ellos.

Aquella noche del 12 al 13 de agosto sería la última para algunos de ellos, pues a medianoche irrumpieron un grupo de milicianos ordenando que se presentasen los mayores de veintiséis años de edad. Como ninguno los tenía, no se movieron y encendiendo las luces leyeron los nombre de veinte, los pusieron en fila contra la pared, les ataron las manos a las espaldas y los codos de dos en dos. Los que no habían sido nombrados no salían de su asombro y miedo sobre todo cuando escuchaban a sus compañeros perdonar a sus verdugos y despedirse hasta el cielo. En tono de sorna, a los que allí quedaron les dijeron que aprovecharan la noche y el día divirtiéndose porque al día siguiente volverían: “Mañana volveremos a la misma hora para buscaros y daros un paseíto a la fresquita hasta el cementerio; ahora, apagad las luces y dormid”. Allí, mientras ellos rezaban, escucharon a lo lejos los disparos que acababan con las vidas de sus compañeros, que murieron gritando “Viva Cristo Rey”. Era la una y veinte de la madrugada. A la mañana siguiente, los cadáveres fueron llevados al cementerio y enterrados en una fosa común que se obligó a abrir a unos gitanos del pueblo.

Vista de las urnas con los restos de los mártires, perfectamente identificados. Casa de la Congregación en Barbastro, España.

A las dos de la madrugada, los milicianos volvieron al salón para decirles a los dos seminaristas argentinos que se preparasen porque se los llevaban a Barcelona. Con lágrimas en los ojos y envidia santa por no poder morir como mártires, se despidieron de sus compañeros. Ellos fueron testigos que contaron con detalle a la Congregación los dramáticos sucesos, las vivencias de aquellos días y los últimos deseos de los mártires. Ellos fueron quienes se llevaron los textos escritos por el Beato Faustino Pérez y en Barcelona se los entregaron al padre Carlos Catá.

Nuevamente, el Beato Faustino Pérez, uno de los más atrevidos y valientes, había escrito: “Querida Congregación. Anteayer, día 11, murieron, con la generosidad con que mueren los mártires, seis de nuestros hermanos; hoy, 13, han alcanzado la palma de la victoria veinte, y mañana, 14, esperamos morir los veintiuno restantes. ¡Gloria a Dios! ¡Gloria a Dios! ¡Y qué nobles y heroicos se están mostrando tus hijos, Congregación querida! Pasamos el día animándonos para el martirio y rezando por nuestros enemigos y por nuestro querido Instituto; cuando llega el momento de designar las víctimas hay en todos serenidad santa y ansia de oír el nombre para adelantarse y ponerse en las filas de los elegidos; esperamos el momento con generosa impaciencia, y cuando ha llegado, hemos visto a unos besar los cordeles con que les ataban, y a otros dirigir palabras de perdón a la turba armada; cuando van en el camión hacia el cementerio, les oímos gritar ¡Viva Cristo Rey! El populacho responde ¡Muera! ¡Muera! Pero nada los intimida. ¡Son tus hijos, Congregación querida, estos que entre pistolas y fusiles se atreven a gritar serenos cuando van a la muerte ¡Viva Cristo Rey! Mañana iremos los restantes y ya tenemos la consigna de aclamar, aunque suenen los disparos, al Corazón de nuestra Madre, a Cristo Rey, a la Iglesia Católica y a Ti, Madre común de todos nosotros. Me dicen mis compañeros que yo inicie los vivas y que ellos responderán. Yo gritaré con toda la fuerza de mis pulmones y en nuestros clamores entusiastas adivina tú, Congregación querida, el amor que te tenemos, pues te llevamos en nuestros recuerdos hasta estas regiones de dolor y muerte. Morimos todos contentos sin que nadie sienta desmayos ni pesares; morimos todos rogando a Dios que la sangre que caiga de nuestras heridas no sea sangre vengadora, sino sangre que entrando roja y viva por tus venas, estimule su desarrollo y expansión por todo el mundo. ¡Adiós, querida Congregación! Tus hijos, mártires de Barbastro, te saludan desde la prisión y te ofrecen sus dolorosas angustias en holocausto expiatorio por nuestras deficiencias y en testimonio de nuestro amor fiel, generoso y perpetuo. Los mártires de mañana, día 14, recuerdan que mueren en vísperas de la Asunción; ¡y qué recuerdo éste! Morimos por llevar la sotana y morimos precisamente en el mismo día en que nos la impusieron. Los mártires de Barbastro, y en nombre de todos, el último y el más indigno, Faustino Pérez, cmf. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Corazón de María! ¡Viva la Congregación! Adiós, querido Instituto. Vamos al cielo a rogar por ti. ¡Adiós! ¡Adiós!”.

Detalle de una de las urnas: la del Beato Hilario Llorente. Casa de la Congregación Claretiana en Barbastro, España.

Pero los días 13 y 14 de agosto transcurrieron con absoluta normalidad, aunque los jóvenes seminaristas estaban sobresaltados y con los nervios a flor de piel. Pasaron el tiempo rezando y cuando dormían durante la noche del 14 al 15, fueron despertados por un griterío en la plaza y vinieron a por ellos; los ataron con las cuerdas ensangrentadas de sus compañeros que le precedieron en el martirio, los golpearon y los subieron al camión mientras cantaban; con ellos llevaron también a tres sacerdotes diocesanos. El Beato Faustino Pérez gritó “Viva Cristo Rey” y un miliciano le destrozó el cráneo muriendo en el mismo camión a causa de los golpes. Los demás fueron fusilados mientras gritaban “Viva Cristo Rey”, “Viva el Corazón Inmaculado de María”. Era la festividad de la Asunción de María.

El día 18 fusilaron a los dos que quedaban: Jaime Falgarona y Atanasio Vidaurreta, pues al caer enfermos, habían sido trasladados el 20 de julio al hospital y aunque los médicos, con la intención de salvarlos, hicieron todo lo posible por tenerlos ingresados, el 15 de agosto se vieron forzados a darles el alta.

Ésta es la relación de los cincuenta y un mártires:
Sacerdotes: Felipe de Jesús Munárriz (superior), Juan Díaz (prefecto), Leoncio Pérez (ecónomo), Sebastián Calvo, Pedro Cunill, Luís Masferrer, Secundino Ortega, José Pavón y Nicasio Sierra.

Hermanos legos: Manuel Buil, Francisco Castán, Gregorio Chirivás, Manuel Martínez y Alfonso Miquel.

Detalle de los Beatos Felipe de Jesús Munárriz, Juan Díaz y Leoncio Pérez en el tapiz de la beatificación.

Estudiantes de teología: José Amorós, José Maria Badía, Juan Baixeras, Javier Bandrés, José María Blasco, José Brengaret, Rafael Briega, Antolín Calvo, Tomás Capdevila, Esteban Casadeval, Wenceslao Claris, Eusebio Codina, Juan Codinach, Antonio Dalmau, Juan Echarri, Luís Escalé, Santiago Falgarona, José Figuero, Pedro Garcia, Ramón Illa, Luís Lladó, Hilario Llorente, Miguel Masip, Ramón Novich, José Maria Ormo, Faustino Pérez, Salvador Pigem, Sebastián Riera, Eduardo Ripoll, José Ros, Francisco Roura, Teodoro Ruiz de Larrinaga, Juan Sánchez, Alfonso Sorribes, Manuel Torras, Atanasio Vidaurreta y Agustín Viela.

Terminada la guerra, los mártires fueron exhumados e identificados uno a uno. Fueron beatificados por el papa San Juan Pablo II el día 25 de octubre del año 1992. Sus reliquias se encuentran actualmente en la casa que la Congregación sigue teniendo en Barbastro. Son conmemorados el día 13 de agosto.

Antonio Barrero

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