San Conrado Birndorfer de Parzham, fraile capuchino

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Detalle de un óleo popular del Santo.

Es el segundo santo alemán canonizado después de la escisión luterana. El primero lo fue otro fraile capuchino, San Fidel de Sigmaringa, protomártir de Propaganda Fide.
San Conrado nació el día 22 de diciembre del año 1818 en la pequeña aldea de Parzham (Alemania), en el seno de una familia numerosa, propietaria de la factoría de Venushof, en el valle del Rott. Sus padres se llamaban Bartolomé Birndorfer y Gertrudis Niedermaier y eran los típicos campesinos alemanes, rudos, trabajadores y muy piadosos.

Ellos tenían una costumbre muy curiosa: cuando les nacía un hijo no permitían que fuera besado hasta que no hubiera recibido el sacramento del bautismo, pero él, a quien pusieron el nombre de Juan, fue bautizado el mismo día de su nacimiento, por lo cual, ese mismo día sus ocho hermanos y sus padres si pudieron besarlo “porque había un nuevo ángel en la casa”. Diariamente rezaban el rosario y el ángelus y de ahí le vino a nuestro santo su gran amor a la Madre de Dios. Uno de los sirvientes de la casa de sus padres nos cuenta que leyendo un día la vida de un santo, Juan dijo muy seriamente: “Yo seré así como él”. Su casa era un hogar de paz y de tranquilidad.

Como con solo seis años de edad se conocía perfectamente el catecismo, el párroco de la localidad se interesó especialmente por él procurando que el mismo ambiente que vivía en su casa, fuera el que encontrara en la parroquia, en el colegio y entre sus compañeros. Pronto comenzó a disfrutar de los animales y de la naturaleza que le rodeaba y como conocía la vida de San Francisco de Asís, pronto empezó a ver en todo la mano creadora de Dios.

Con solo dieciséis años de edad murieron su padre y su madre, quedando él solo con sus nueve hermanos, pero aun así, la paz que se vivía en su casa jamás se alteró ejerciendo él en la práctica como si fuera el cabeza de familia y eso sin ser el hermano mayor; todos sus hermanos lo obedecían y respetaban hasta el punto de que un vecino llegó a afirmar que “los hermanos Birndorfer, aunque son ricos, son muy piadosos, no son ambiciosos, reciben asiduamente los sacramentos y en su casa, todos, incluso los criados, se comportan como si fueran una sola persona con un solo corazón”.

Conjunto escultórico del Santo, iglesia de los capuchinos de Kempten, Alemania.

Aunque dedicaba el día al trabajo y al cuidado de la casa, siempre encontraba tiempo para la oración y cuando el día se presentaba muy ajetreado, lo hacia por la noche. Un día, su hermana Teresa descubrió que había estado toda la noche rezando porque la cama estaba muy bien hecha. Al preguntarle que por qué no se había acostado, él le contestó diciéndole que si ella creía que él no sabía hacer bien la cama, pero desde entonces, siempre procuró deshacerla un poco para que nadie en su casa sospechara que aquella noche la había pasado orando.
Visitaba con frecuencia el santuario de Altötting, situado en la Baja Baviera y fue allí donde empezó a conocer aun mejor la vida de San Francisco y el espíritu franciscano por lo que decidió pertenecer a la Tercera Orden Franciscana.

Con el trato asiduo que empezó a tener con los frailes del convento-santuario y sintiendo que la propia Virgen se lo insinuaba, fue creciendo en él la idea de hacerse capuchino, por lo que repartió entre los pobres la parte de su herencia y comunicó a sus hermanos que había decidido entrar en el convento; esa decisión fue acogida con gran alegría por parte de sus hermanos y sobrinos. El ya había decidido con el padre superior en qué día habría de ingresar en la Orden y así, con algo más de treinta de edad, tomó el hábito en el convento de Laufen el día 17 de septiembre del año 1851, día en el que la Orden festejaba la estigmatización de San Francisco, cambiando su nombre de Juan por el de Conrado.

Durante el noviciado fue sometido a duras pruebas de trabajo, de obediencia y hasta humillaciones, llegándosele incluso a negar la Comunión. Todo esto lo hacía el maestro de novicios con el fin de probar la vocación de Conrado y cuando un día, perplejo, le preguntó que por qué lo hacía todo con tanta exquisitez y humildad, él le contestó que aquello no era tan duro y que “no esperaba recibir las caricias que recibe un niño”. En el noviciado decidió llevar un pequeño cuaderno donde anotaba todas sus experiencias y emociones, siendo una de sus anotaciones: “Siempre tendré la costumbre de estar en la presencia de Dios; seré riguroso con el silencio y para poder dialogar mejor con Dios, corregiré mis muchos defectos”. Realizó la profesión religiosa el día 4 de octubre del año 1852, festividad de San Francisco de Asís y fue destinado como portero del convento de Santa Ana de Altötting. Durante toda su vida en el convento, cuarenta y tres años, jamás abandonó este destino, dando ejemplo de caridad, de humildad franciscana, de un tacto exquisito y de paciencia infinita tanto a los frailes como a los miles de peregrinos que acudían al santuario.

Estampa popular del Santo junto a la Virgen de Altötting.

De él se cuentan muchas anécdotas como por ejemplo: que muy cerca del convento vivía una mujer que estaba loca y que todos los días durante más de veinte años, iba a la puerta del convento para insultarle. Él siempre le abrió la puerta, siempre la recibió con una sonrisa y siempre tuvo con ella algún acto de caridad, bien dándole una limosna o una caricia o una frase cariñosa. Era el portero perfecto.
En otra ocasión se presentó un mendigo que le pidió de comer; él fue a la cocina y le trajo lo mejor que encontró. El mendigo lo probó y tiró el plato al suelo diciendo que aquello era una porquería y que el fraile se lo comiera. Él, sin inmutarse, volvió a la cocina y le preparó algo aun más sabroso. El mendigo, avergonzado, le pidió perdón de rodillas.

Junto a la puerta del convento existía una pequeña celda o cuartucho debajo de una escalera a la que los frailes llamaban “la celda de San Alejo” (recordar el artículo de nuestro amigo Mitrut publicado el pasado 17 de marzo) y en ella encontró San Conrado el cielo, ya que este cuartucho tenía una pequeña ventana que daba a la iglesia y desde la cual se veía el altar mayor. Así se encontraba él permanentemente delante del sagrario. Le permitieron vivir en ella y allí, a oscuras y sin comodidad alguna él se encontraba como he dicho: en el mismísimo cielo. Desde allí escuchaba la campana de la puerta e inmediatamente atendía a quién estaba llamando. Como San Alejo, encontró el cielo debajo de una escalera.

Llevaba un horario espartano, pues se levantaba de madrugada y después de estar varias horas en oración, preparaba la iglesia y la sacristía, asistía a la primera misa y aunque por aquel entonces la comunión diaria no era cosa habitual, consiguió que el padre guardián del convento se la concediera.
Como ya desde niño su madre le inculcó el amor a la Virgen, él, en aquel convento-santuario, se consideraba como el “portero de María” y aprovechaba cualquier ocasión para propagar el culto y el amor a la Madre de Dios, a la que diariamente seguía rezándole el rosario, el ángelus, el “oficio parvo de María” y la “corona de la Inmaculada”. Todo el mundo decía: “El portero de los capuchinos de Altötting está enamorado de su celestial Señora”.

Su vida era también una vida de continua inmolación. Sentía una especial devoción a Jesús Crucificado y mirando la cruz que siempre llevaba consigo decía: “La cruz es mi único libro porque me enseña cómo debo ser en todo momento”.

Única foto existente del Santo, tomada en su lecho de muerte.

Estaba dotado de los dones de profecía y clarividencia. Se cuenta que un hombre, llorando, fue a confesarse al santuario diciendo que era el mayor pecador del mundo. Al preguntarle el confesor qué era lo que le pasaba, contestó: “Le he pedido una limosna a Fray Conrado y me ha mirado tan dulce e insistentemente, que solo su mirada ha sido para mi un reproche que me ha conmovido. Quiero cambiar de vida para que Fray Conrado me mire de otra manera”.

Otro ejemplo: A una muchacha que se presentó en el convento vestida indecentemente, le dijo: “Hermana, vístase de otra forma porque esa forma de vestir no es propia de una futura monja”. Y efectivamente: años más tarde, esa mujer se hizo religiosa.
Y un tercer ejemplo: Un día y en presencia de todos los frailes, el padre provincial alabó el humilde pero ejemplar trabajo del Santo y éste, avergonzado, le dijo: “¡Qué ocurrencia tienen los santos!”. En efecto, Fray Victricio de Eggenfelden, que era ese padre provincial, está en proceso de beatificación. Su causa de beatificación fue introducida con decreto del Papa Pío XII el día 23 de diciembre del año 1952.

Cuando tenía setenta y seis años de edad, aunque su candor era el de un joven, físicamente era ya un hombre anciano y enfermo. Las piernas le fallaban y aunque se apoyaba en un bastón, siempre estaba atendiendo la portería hasta que un día le dijo al padre guardián que ya no podía más. Estuvo tres días en agonía y en ese estado, uno de esos días llamaron a la puerta del convento y cómo nadie atendía la llamada, él se levantó de la cama y alumbrándose con una vela, cogió su bastón y casi arrastrándose fue a abrir la puerta. Un fraile joven que lo vio, le obligó a meterse nuevamente en la cama.

Sepulcro del Santo en el Santuario de Altötting, Alemania.

Murió el día 21 de abril del año 1894 mientras la campana de la torre del santuario tocaba al rezo del Ángelus. Inmediatamente empezaron a producirse numerosos milagros gracias a su intercesión.
El Papa Pío XI lo declaró beato el día 15 de junio del año 1930 y con una rapidez insólita en lo que es un proceso de canonización, fue declarado santo el día 20 de mayo del año 1934. Su fiesta litúrgica es el día 21 de abril.
Está sepultado en el santuario de Altötting y el dedo anular de la mano izquierda, el que utilizaba para sujetar el rosario, se mantiene incorrupto.

Antonio Barrero

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