San Vicente Ferrer y el primer orfanato del mundo

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San Vicente Ferrer, fundador del primer orfanato de Valencia. Fuente: Biblioteca Valenciana Nicolau Primitiu,

San Vicente Ferrer, fundador del primer orfanato de Valencia. Fuente: Biblioteca Valenciana Nicolau Primitiu,

En el año 1170 el venerable Lamberto de Begues, piadoso presbítero de Lieja, fundó la congregación de Doncellas Seglares, la cual fue conocida bajo el sobrenombre de su fundador y llamada de las “Beguinas”, extendiéndose por Flandes, Alemania y Francia. Ramón Guillén Catalá, vecino de Valencia, legó una casa situada en la calle de San Vicente, frente a lo que era el Convento de San Agustín, para hospital de los ermitaños que por allí se albergaban en diferentes ermitas. En esta casa se guarecían cuando enfermaban y allí disponían de una pequeña renta para el caso y para los enfermeros que los cuidaban, cuyos ermitaños se llamaban Hombres de Penitencia o Beguines.

En septiembre del año 1410, San Vicente Ferrer utilizó la existencia de la casa de los Beguines para un fin superior, haciéndoles abrazar la regla de la Tercera Orden de Santo Domingo. Por aquel entonces, como las calles estaban llenas de moriscos, huérfanos errantes, abandonados según costumbre general a la caridad de los cristianos, el Santo aconsejó a los Beguines que se ocuparan de estos niños; y el Santo permaneció predicando un breve espacio de tiempo en Valencia; y en esos días es cuando tuvo lugar la Fundación del Colegio de los Niños Huérfanos en el conocido como Hospital de Santa María. El “Pare Vicent” incluía en sus predicaciones frecuentemente lo que todos contemplaban en las calles de su ciudad natal: mucha niñez huérfana y abandonada. Así, movido por su celo caritativo y apostólico, fundó el Colegio y es así como se pudo fundar el primer establecimiento conocido para la atención específica a los niños errantes.

A los Beguines, que desaparecieron por efectos de las guerras, les sucedió una cofradía llamada de los Huérfanos de San Vicente Ferrer. En el año 1626, en tiempos del patriarca Juan de Ribera, su acogimiento se hizo extensivo a todos los huérfanos indistintamente, moriscos o no, y se trasladó desde la Calle de San Vicente a la casa que ocuparon durante muchos años en la entonces denominada calle Sagasta, colegio que fundó el emperador Carlos V para albergar y educar a los hijos de los moriscos convertidos, por lo que aún hoy conserva el nombre de Colegio Imperial. Es así como los niños ocuparon la Casa del Emperador.

Los reyes Carlos I y Felipe II habían promovido la cristianización de los moriscos en su casa de Valencia de forma insistente. Como el intento no fue fructífero, Felipe III lo reintentaría en su tiempo. Pero en el año 1609 tuvo lugar la expulsión de los moriscos y, por ello, la Casa del Emperador quedó sin moradores y ello movió a que se pidiera dicha casa para los niños de San Vicente. Felipe IV, considerando el deseo de su padre de que los niños huérfanos ocupasen y pasasen a vivir perpetuamente en la Casa Imperial accedió a la petición. Se requería, además, la aprobación papal y la Bula del papa Urbano VIII se obtuvo en 1624. En el año 1968 el edificio, junto con su capilla, se desmoronó y fue trasladado años después a San Antonio de Benagéber. Hoy nos queda en la C/Pérez Báyer una estatua callejera del Santo en recuerdo de aquel edificio.

Antigua foto del Cristo de la Penitencia. Colegio Imperial de Niños Huérfanos de San Vicente Ferrer, Valencia (España).

Antigua foto del Cristo de la Penitencia. Colegio Imperial de Niños Huérfanos de San Vicente Ferrer, Valencia (España).

Cuando faltaron los Beguines, quedaron en su Casa-Hospital de Santa María dos imágenes: una la del Santo Cristo de la Penitencia, imagen destruida en el año 1936, que fue trasladada al Colegio de Niños Huérfanos de San Vicente Ferrer, o sea, al domicilio que existía en lo que era la calle de Sagasta. La otra, la de Nuestra Señora, que se denominaba de los Niños Perdidos y que recogieron los religiosos agustinos descalzos, fue trasladada posteriormente a la villa de Caudiel en cuya iglesia se venera bajo la advocación del Niño Perdido y que es la misma que tuvieron los Beguines desde 1334, y a la que hablaba familiarmente San Vicente Ferrer y que él dejó allí como protectora de sus hijos.

Hoy, el Colegio Imperial de Niños Huérfanos de San Vicente Ferrer tiene como fines dar albergue, alimentación, educación y formación moral, religiosa y social lo más completa posible, siguiendo la doctrina católica, a niños de ambos sexos, necesitados y que sean huérfanos o se encuentren en una situación familiar semejante a la orfandad. (Estatutos, art. 3, I). Sigue su estatutario diciendo que “Recibirán los colegiales la más completa formación integral que asegure el pleno desarrollo de su personalidad, siendo el pilar esencial de la formación que se pretende la religiosa, conforme a la doctrina de la Iglesia Católica y bajo la dirección espiritual del clavario director” (Estatutos, art 21, I) y que “Recibirán los niños la más completa instrucción escolar y post-escolar posibles, procurando que todas las mentalidades se aprovechen, según su capacidad y laboriosidad, y que los colegiales encuentren, a la salida del Colegio, en una íntegra formación, la mejor defensa contra las dificultades de la vida”. (Estatutos, art 21, II).

Salvador Raga Navarro

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