Cristóbal, Antonio y Juan, niños mártires de Tlaxcala

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Los tres niños mártires vestidos a la usanza española. Anónimo del siglo XVIII. Sacristía del templo de Atlihuetzia, Tlaxcala (México)

Introducción:
Se trata de tres niños, educados en la escuela franciscana de Tlaxcala, que fueron martirizados por sus conciudadanos porque reprobaban la idolatría, la poligamia y las orgías paganas. El trabajo de evangelización que realizaron estos tres niños nos demuestra la madurez que tenían aun a su corta edad. Ellos colaboraron estrechamente con los misioneros destruyendo los ídolos existentes en su cultura a fin de demostrar que el Dios verdadero es un Dios no hecho de piedra ni de madera, sino un Dios vivo que sobre todo, habita en los corazones de quienes creen en Él.

Ellos, aun en su juventud, tuvieron conciencia misionera porque, por ejemplo, existen datos que demuestran como Cristóbal (ó Cristobalito) animaba constantemente a su padre Acxotecatl para que se convirtiera a la fe en la que el mismo niño creía y a esto se le llama evangelizar. Por eso no es de extrañar que en aquellos momentos y circunstancias, en un ambiente idólatra fuera su propio padre quién se encargara de engalanarlo con la corona del martirio. Antonio y Juan, derramaron su sangre colaborando con los frailes dominicos en Cuauhtinchán.

Cristóbal (Cristobalito):
Cristobalito había nacido en Atlihuetzia posiblemente en el año 1514 y vivía en la ciudad de Tlaxcala con su padre Acxotecatl, acompañado de sus tres mujeres de las que tuvo cuatro hijos. Cristobalito en principio era el hijo predilecto y el que estaba llamado a heredar a su padre, que era uno de los principales caciques de la región. Siguiendo el ejemplo de sus otros hermanos se hizo instruir en la fe cristiana por los misioneros franciscanos y espontáneamente solicitó el bautismo llegando a ser en muy poco tiempo y con muy corta edad un verdadero apóstol entre sus familiares y convecinos.

Martirio de Juan y Antonio. Obra de Juan Manuel Illanes (1789) Curia diocesana de Tlaxcala (México)

El padre, hostigado por los criados y por su esposa, decidió acabar con su vida, por lo que llamó a sus cuatro hijos a su casa. A los tres hermanos de Cristóbal los envió a la calle y en una de las habitaciones de la casa empezó a golpear y a azotar al niño, acción que presenció uno de los otros tres hermanos llamado Luís que a través de la cocina se subió a la azotea de la casa. Acabada esta brutal paliza contra el niño lo dejó malherido pero no lo mató. Pero el padre, no contento con esto, cogió un palo de encina y con él le rompió al niño los hombros, los brazos y las manos con los que él su cubría la cabeza. Mientras era apaleado por su padre, Cristóbal imploraba al Señor pidiéndole fuerzas para soportar tal suplicio. Cansado de apalear a su hijo, el padre dejó que el niño saliera del cuartucho pero Xochipapalotzin se interpuso en el camino con la intención de impedir que el niño se fugara.

La madre de Cristóbal estaba en otro habitáculo de la casa pero al enterarse de la paliza que estaba sufriendo su hijo, corrió a socorrerlo encontrándolo ensangrentado y tirado en el suelo. Intentó llevárselo pero se lo impidió el padre por mucho que la madre se lo suplicara. Lleno de ira, Acxotecatl, arremetió también contra su esposa a la que dejó inconsciente y cogiendo al maltrecho niño, brutalmente lo puso encima de una hoguera encendiéndola con cáscaras de encina, quemándolo lentamente.
Cuando sacaron al niño del fuego, estaba aun vivo, lo cubrieron con una manta y aunque quemado y descoyuntados todos sus miembros, no dejaba de suplicar a Dios le diera fortaleza en esos momentos y perdonara a su padre a quién incluso llamó pidiéndole perdón por si en algo le había ofendido. Pidió un poco de agua para beber y le dieron tecomate de chocolate y así expiró. Existen algunos testimonios que afirman que el padre lo remató con un puñal. Eso ocurrió en Atlihetzía en el año 1527, luego el niño tendría unos trece años de edad.

Inmediatamente lo enterró dentro de la propia casa conminando a todos sus criados bajo amenazas a fin de que no lo delatasen pues si la noticia llegaba al Marqués del Valle, este lo condenaría a morir ahorcado y temiendo que Tlapalxilotzin, que era la madre de Cristóbal divulgase la noticia, ordenó se la llevaran a Quimichucan y allí la ejecutasen.

Martirio de Cristobalito. Óleo de 1795 de autor anónimo. Templo de Atlihuetzía, Tlaxcala (México)

El padre se quedó confiado creyendo que esas dos muertes no serían descubiertas, pero debido a las imprudencias de algunos de sus criados que maltrataron y robaron a un español, este se quejó ante el gobernador de la ciudad de México, el cual ordenó arrestar al padre de Cristóbal, abriendo una causa contra él para que reparase el robo cometido. Abierta la causa, se investigó el delito y Acxotecatl fue condenado a restituir lo robado. Pensando el padre que con esta condena estaba todo resuelto, cometió diversas imprudencias por lo que se supo lo que había hecho con su esposa e hijo siendo condenado a morir ahorcado.
Habiéndose descubierto la sepultura de Cristóbal un año más tarde, el franciscano Fray Andrés de Córdoba hizo exhumar el cadáver del mártir, encontrado incorrupto y trasladándolo a la iglesia de Tlaxcala.

Antonio y Juan:
Antonio y Juan nacieron en Tizatlán, también en el mismo estado de Tlaxcala, entre los años 1516 y 1517. El primero, Antonio, era sobrino y heredero del cacique de Tizatlán, mientras que el segundo, Juan, era un niño humilde, un simple criado. Ambos frecuentaban también la escuela que los franciscanos tenían en Tlaxcala.
Dos años más tarde de la muerte de Cristobalito, en el año 1529, dos frailes dominicos de paso por la ciudad, pidieron a los franciscanos ser ayudados por algunos jóvenes cristianos que les sirvieran de intérpretes en la evangelización y les ayudasen en la celebración de la liturgia y así, Antonio, Juan y un tal Diego se ofrecieron espontáneamente para acompañar a los misioneros aun a sabiendas de los peligros que corrían, pues estos mismos misioneros se encargaron de advertírselo.

Otra pintura que representa el martirio los Beatos Antonio y Juan.

Sabían que podrían encontrar el martirio al adentrarse en tierras paganas, pero aun así, convencieron a los misioneros para que les permitieran acompañarles y así llegaron a Tepeyacac, pueblo cercano a Tlaxcala. Allí, con gran ardor y sin miedo a las represalias se dedicaron a destruir cuantos ídolos se encontraban a su paso y lo mismo hicieron en Tecali y en Cuauhtinchán, topándose como era lógico con las represalias de los indígenas que los masacraron a bastonazos, primero a Juan y a continuación a Antonio que acudió en su defensa al darse cuenta de que estaban matando a su compañero. La noche siguiente, tiraron sus cuerpos por un profundo barranco en Tecali.

Viendo los dominicos que los niños no aparecían, solicitaron al español Álvaro de Sandoval, que era quién impartía justicia en Tepeyacac, que les ayudase a dar con su paradero, encontrándose sus cuerpos en el mencionado barranco. El fraile dominico Bernardino Minaya los recuperó con ayuda de algunas personas y los llevó a Tepeyacac donde los sepultó en una capilla.

Estampa contemporánea de los tres niños mártires de Tlaxcala.

La Iglesia mexicana ha considerado siempre a estos tres niños indígenas como verdaderos mártires, como los protomártires del continente americano, como las primicias de la evangelización del nuevo mundo y por eso, su causa de beatificación fue iniciada en enero del año 1982, siendo su postulador el carmelita descalzo, padre Simeón Fernández de la Sagrada Familia.
El decreto del reconocimiento del martirio fue firmado por el Papa el día 3 de marzo de 1990 y finalmente, fueron beatificados en la Ciudad de México por el papa San Juan Pablo II, el día 6 de mayo del mismo año. Su fiesta se celebra el 23 de septiembre.

Antonio Barrero

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