La Muerte de Jesús (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

"Cristo de San Juan de la Cruz", óleo del pintor surrealista Salvador Dalí (1951). Museo Kelvingrove, Glasgow (Reino Unido).

“Cristo de San Juan de la Cruz”, óleo del pintor surrealista Salvador Dalí (1951). Museo Kelvingrove, Glasgow (Reino Unido).

En el artículo anterior veíamos posibles causas determinantes de la muerte de Nuestro Señor y las descartábamos a todas por separado, porque decíamos que el fallecimiento de Cristo fue debido a la conjunción de diversos factores. Hoy continuamos desmenuzando todo este complejo proceso.

Recordemos que Jesús fue crucificado en un palo horizontal quedando los brazos en posición de ángulo recto con respecto a la vertical y que al conjuntar el “patíbulum” con el “stipes”, el cuerpo se hundió a consecuencia de su peso. Sobre los brazos recaía casi todo el peso corporal y muy poco sobre los pies debido a la posición del crucificado, ya que las rodillas estaban dobladas. En esta posición, con los brazos en alto y tanto peso sobre ellos, se produjo cierta inmovilidad en las costillas, debido a lo cual, los músculos intercostales prácticamente no funcionaban debido sobre todo al terrible castigo de la flagelación. Esta posición y circunstancias hacía que la respiración fuera muy dificultosa: entraba aire en los pulmones pues lo facilitaba el hecho de que los brazos estaban en alto, pero apenas podía espirar, expulsar el aire viciado. Esta insuficiencia respiratoria iba cada vez más en aumento.

La respiración se hacía cada vez más fatigosa, más jadeante y Jesús sentía que se ahogaba. El corazón trabajaba cada vez más acelerado y las condiciones de sus pulmones y aparato circulatorio le provocaron una taquicardia que iba en aumento. La intoxicación de la sangre por la falta de oxígeno y exceso de anhídrido carbónico pasaba a todas las células y órganos de su cuerpo, los cuales se vieron gravemente afectados, especialmente el corazón y el cerebro. Jesús se iba intoxicando cada vez más, se iba asfixiando y los órganos comenzaban a fallarle.

En los músculos se produjo un insoportable cuadro de calambres cada vez más dolorosos, el diafragma (que había sufrido bastante en la flagelación) se iba tensionando más y más y aumentaba sin cesar la acumulación de dióxido de carbono, la llamada “hipercapnia”. Si Jesús quería sobrevivir tenía que realizar un enorme esfuerzo apoyándose en los clavos de los pies para poder elevar un poco su cuerpo. Así aliviaba este cuadro agónico, pero esto le traía como consecuencia unos terribles dolores. Así, expulsaba algo de aire viciado sintiendo un cierto alivio en su asfixia, pero este alivio era momentáneo, porque al flaquearle los pies y caer de nuevo el cuerpo por su peso, se reanudaban las contracciones, los calambres, la cianosis y la tetanización. Para sobrevivir tenía que seguir haciendo esa dolorosa maniobra de levantamiento, pero cada vez las fuerzas eran menos y la maniobra, cada vez más dificultosa. Fueron tres horas de agonía, de subidas y bajadas del cuerpo, cuyo agotamiento iba en aumento. Terminó siendo incapaz de hacerlo.

Vista de la posición adoptada por el Hombre de la Síndone en la crucifixión.

Vista de la posición adoptada por el Hombre de la Síndone en la crucifixión.

Los calambres y la tetanización se extendieron por todos sus tendones y sus músculos. Comenzaron en los brazos, se extendieron al tórax – cuyos músculos son tan importantes para la respiración -, al torso, el abdomen y a las piernas. No podemos hacernos una idea de lo terribles que fueron estas tres horas para un Hombre que llevaba varios días sufriendo. Si cuando hacemos deporte y nos da un calambre en una pierna nos quedamos paralizados por el dolor, ¿qué sería sentir estos calambres continuamente en todas las partes del cuerpo? Ni imaginarlo podemos.

La posición de los brazos y todo el peso del cuerpo tirando de ellos le produjo, como hemos dicho anteriormente, una potente sudoración (exceso de sudor) y no solo en la frente, sino por todos los poros del cuerpo, sudor que caía hacia el suelo formando un charco en el mismo. Esto le produjo un intenso frío en todo el cuerpo por más que su temperatura corporal superaba los 40º C. Cada vez con menos fuerzas, cada vez más impotente, hecho un verdadero guiñapo y con la tensión arterial por los suelos. Cada vez respiraba menos porque cada vez le costaba más apoyarse en los pies para elevar el cuerpo.

Cristo Crucificado. Óleo de Pedro Pablo Rubens.

Cristo Crucificado. Óleo de Pedro Pablo Rubens.

En este terrible estado de postración, cada vez la sangre tenía menos oxígeno y más anhídrido carbónico, su piel estaba mas azulada, los músculos estaban más contraídos, aumentaba más el dolor y peor podía respirar. Así, no podía vivir. Los órganos vitales se degradaron, comenzaron a fallar los riñones y el hígado (ya dañados por la flagelación), el ritmo cardíaco se trastornó y el corazón entró en una arritmia incontrolada, llegando a la fibrilación ventricular. En estas condiciones, la vida era imposible: el cuerpo estaba cianótico en su totalidad, se asfixiaba, el tórax estaba hinchado, los ojos desencajados, la cara desfigurada, la mente obnubilada y prácticamente ciego. Aunque era joven (37-38 años de edad) y había sido fuerte, su naturaleza no pudo más: susurró un último deseo al Padre, inclinó la cabeza y expiró. “Todo está consumado, e inclinando la cabeza, entregó su espíritu” (Juan, 19, 30).

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Así murió nuestro Salvador, el Señor de la Vida. En ese instante, la Creación entera se estremeció. “Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron…, y el centurión y los guardias que lo custodiaban, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: ¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!” (Mateo, 27, 51-54).

Añadamos las palabras del salmista: “Miserere mei, Deus: secundum magnam misericordiam tuam. Et secundum multitudinem miserationum tuarum, dele iniquitatem meam”. (Salmo 50, 3).

(“Miserere”, Salmo 50)

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Cabezón Marín, C., “Así murió Jesucristo”, Edicel, Centro Bíblico Católico, Madrid 2003.
– Hermosilla Molina, A., “La pasión de Cristo vista por un médico”, Sevilla, 1984
– Sagrada Biblia de Jerusalén.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

La Muerte de Jesús (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Crucifixión (bizantino, martir, X, perfora el infierno).  Metropolitan Museun Art N. York, EEUU.

Crucifixión (bizantino, martir, X, perfora el infierno). Metropolitan Museun Art N. York, EEUU.

La crucifixión de Cristo no fue una crucifixión más, no fue una crucifixión normal, ya que ningún otro crucificado con anterioridad había padecido el sufrimiento de la hematidrosis antes de su apresamiento (sufrió “en presente” lo que habría de sucederle en el futuro) y ninguno se había encontrado tan solo ante lo que sabía al detalle lo que se le venía encima; por abandonarlo, lo hicieron hasta los más allegados y esa soledad le provocó un terrible dolor moral, que, junto con el miedo físico, fue la causa de la hematidrosis en Getsemaní. De ella se le derivó una grave disminución del volumen de sangre que circulaba por su cuerpo, una sed terrible, una disminución brusca de la presión arterial, un debilitamiento de su fuerza física y una epidermis que le puso la piel “en carne viva”, mucho más sensible a los roces, golpes, correazos, bofetadas, etc.

Pero hay más: a las personas que iban a ser crucificadas se les aplicaba la llamada “flagelación legal”, la cual se realizaba siempre cuando iba de camino hacia el lugar del suplicio, mientras que a Jesús, como Pilatos quería salvarle la vida (le castigaré y luego lo soltaré) la flagelación fue un sustituto de la pena de muerte, fue muchísimo más dura. Lo lógico es que la propia flagelación le hubiese producido la muerte. Asimismo, los romanos nunca coronaban con espinas a los condenados a muerte y esta coronación ilegal le supuso un sufrimiento difícil de explicar, que aún mermó más las escasas fuerzas con las que contaba.

Y no fue una crucifixión más, porque no se conoce ningún otro caso en el que un condenado a muerte fuera sometido a un doble juicio: uno religioso y otro civil. En el primero se le insultó, fue golpeado hasta tal punto que cuando fue presentado a Pilatos, este se sorprendió ya que a un simple acusado no se le podía golpear: así lo ordenaba la “Lex Iulia”. Estos padecimientos tan terribles no lo sufrieron ninguno de los otros dos malhechores que fueron crucificados con Él.

Cristo de la Expiración. Semana Santa de Huelva, España.

Cristo de la Expiración. Semana Santa de Huelva, España.

Por todo esto murió Jesús a la hora nona, después de ser crucificado a la hora sexta, y esto causó extrañeza al propio Pilato cuando se presentó ante él José de Arimatea solicitándole el cadáver para ser sepultado. Jesús había estado en la cruz tres horas escasas y lo habitual es que hubiera estado mucho más tiempo. Por eso Pilato, extrañado, llamó al centurión y después de cerciorarse de que la muerte había sido efectiva después de la lanzada de rigor (lo que podríamos llamar el golpe de gracia), entregó a José el cuerpo de Jesús. Una prueba más de que Jesús estuvo poco tiempo en la cruz es que a sus dos compañeros tuvieron que aplicarles el “crurifragium” o rotura de las piernas, para que al no poder apoyarlas sobre los pies, murieran por asfixia.

Esto que les hicieron a San Dimas y a Gestas era lo ordenado por la Ley. Los ajusticiados debían ser sepultados en el mismo día de su muerte porque los cadáveres no podían permanecer en la cruz durante la noche, ya que en este caso, los habitantes de la ciudad hubieran quedado legalmente impuros. A esto hay que añadir que la muerte ocurrió el viernes, víspera del Sabbat, que aquel año coincidió además con la fecha de la Pascua.

Pero hecho este preámbulo, ¿cuáles fueron las posibles causas que provocaron la muerte de Jesús? Mucho se ha escrito sobre este tema, pero todo el mundo está de acuerdo en que la muerte de Cristo se debió a numerosos factores ocurridos a lo largo de toda la Pasión. Siguiendo los trabajos del profesor Cabezón Martín, vamos a enumerar estos factores, muchos de ellos simples teorías, frutos del estudio de multitud de especialistas:

La sed
Jesús sufrió una sed tan terrible que, como dijimos en el artículo anterior, lo expresó cuando estaba crucificado. La sangre derramada en la hematidrosis de Getsemaní, flagelación y coronación de espinas, el sudor perdido durante varios días (desde la noche del martes hasta la hora nona del viernes) y la no ingesta de líquido alguno durante todo ese tiempo, hizo que sus funciones biológicas fallaran por falta de líquido. Una sed espantosa, que aumentaba conforme se incrementaba la fiebre, que se intensificó cuando suspendido en la cruz por los brazos comenzó a sudar intensamente, produciéndole unas contracciones y calambres provocados por el nervio mediano (nervio raquídeo mixto proveniente del plexo braquial) y la asfixia. Esta sed y la lesión del nervio mediático fueron las dos fuentes principales del dolor que sufrió Jesús en la cruz, pero aun así, la sed no pudo ser la causa determinante y última de su rápida muerte; fue una causa más.

Cristo de la Expiración (el Cachorro). Semana Santa de  Sevilla, España.

Cristo de la Expiración (el Cachorro). Semana Santa de Sevilla, España.

El hambre
Desde la última cena, Jesús no tomó alimento sólido alguno, pues ni los judíos ni los romanos tuvieron ninguna consideración con Él. Cierto es que nadie muere de hambre por estar sin comer durante algo más de tres días, por lo que el hambre, por sí sola, no fue la causante de la corta agonía de Cristo. En otros casos en los que la crucifixión duraba días, si pudo serlo, pero en Jesús, no.

La insolación
La muerte de Cristo ocurrió en el mes de abril y aunque en Palestina en ese mes puede hacer calor, no hace tanto como para hacer morir por insolación a una persona expuesta al sol durante tres horas. Además, el Gólgota era un lugar elevado, Jesús estaba crucificado en un lugar alto para que fuera visto por todos, por lo que tuvo la ventaja de estar sometido a una suave brisa que podría aplacar la sensación de calor. Además, la realidad de los hechos nos demuestra que los crucificados morían de la misma forma tanto si estaban expuestos al sol como si se encontraban en la sombra. La insolación, por si sola, tampoco fue la causa de la muerte.

Una gran hemorragia
Es cierto que Jesús había perdido muchísima sangre a lo largo de los tormentos a los que había sido sometido, sangre que no pudo recuperar por la falta de alimento y bebida, pero cuando escribimos el año pasado sobre el clavado de las manos y los pies, dijimos que los clavos no destruyeron importantes vasos sanguíneos. Los clavos, por sí solos, produjeron solamente una discreta pérdida de sangre durante estas tres horas, pero no una gran hemorragia. Si Jesús hubiese estado crucificado mucho más tiempo, el derrame sanguíneo producido por los clavos hubiera sido más preocupante, más grave. Como ya dijimos, los soldados romanos tenían mucha práctica a la hora de colocar los clavos: sabían donde ponerlos para que la crucifixión no produjese una muerte inmediata, luego una gran hemorragia no fue la causante de la muerte, aunque la pérdida de sangre si que fue un factor que influyó.

La agonía de Jesús interpretada por el actor Jim Caveziel. Fotograma de la película "La Pasión" (2004) dirigida por Mel Gibson.

La agonía de Jesús interpretada por el actor Jim Caveziel. Fotograma de la película “La Pasión” (2004) dirigida por Mel Gibson.

Colapso posicional
La teoría del colapso circulatorio tuvo bastante resonancia cuando el profesor alemán Herman Möeder la publicó en una revista médica estadounidense y fue aceptada inmediatamente por algunos especialistas médicos. Esta teoría se basaba en unas experiencias que él había llevado a cabo con unos voluntarios que se prestaron a que en ellos se realizaran estas pruebas. Herman los suspendió en la misma posición en la que quedaban suspendidos los crucificados, pero con las muñecas atadas con cuerdas y sin tocar con los pies ni el suelo ni ninguna otra cosa: totalmente suspendidos. Durante todo el experimento observó los trastornos vasculares y cardíacos de estos voluntarios y cuando sufrían un colapso, suspendía la prueba. Todos los síntomas cardiovasculares desaparecían una vez que los voluntarios ponían los pies en el suelo. Este profesor defendía que debido a la ley de la gravedad, la sangre bajaba a la parte inferior del cuerpo, aunque normalmente, cuando se está de pie, lo impiden diversos factores y mecanismos del organismo, como por ejemplo, el trabajo realizado por el corazón. El decía que en el caso de los crucificados era distinto porque al quedar el cuerpo completamente inmovilizado, la sangre bajaba a las partes inferiores dejando al corazón y al cerebro sin aporte sanguíneo suficiente, lo que provocaba un colapso al que seguía la muerte por falta de sangre al cerebro y paro cardíaco.

Esta teoría no es válida como causa determinante de la muerte de Cristo, ya que Jesús tenía los pies clavados en el “stipes” o palo vertical, que aunque le producía dolor, permitía que se elevase para poder respirar y mantener la circulación sanguínea. Esta posición no pudo provocar en Cristo un colapso y esta teoría fue desechada.

Cristo de la Buena Muerte. Semana Santa de Huelva, España.

Cristo de la Buena Muerte. Semana Santa de Huelva, España.

Lesión del nervio mediático
Cuando el año pasado explicamos el clavado de las manos decíamos que la lesión de la parte sensitiva del nervio mediano producía un terrible dolor y que este dolor siempre llevaba consigo la pérdida del conocimiento. Según esta teoría, aunque Jesús en un principio no perdiera el conocimiento, al rozar el clavo la parte sensitiva del nervio, el dolor era constante y esa acumulación de dolor producida cada vez que se elevaba el cuerpo para respirar terminó por producirle la pérdida total del conocimiento y posteriormente, la muerte.

Esta teoría no tiene una base sólida y no se puede admitir como una causa determinante de la muerte de Cristo, pues los evangelios nos dicen que hasta sus últimos momentos Jesús estaba plenamente consciente, estaba en plena lucidez cuando finalmente dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas, 23, 46). Es cierto que este dolor y la sed fueron los tormentos más intensos del Crucificado, pero no fueron la causa determinante de la muerte.

Rotura del corazón
El doctor Wilson Ian Wilian Stroud hizo una publicación en Nueva York en el año 1978 en la que defendía la hipótesis de que Jesús murió porque se le rompió el corazón. Esta teoría, aunque tiene un simbolismo místico muy importante, carece de fundamento ya que la rotura del corazón ocurre en casos muy extremos, y solo cuando el corazón está enfermo. Con un corazón enfermo, Jesús no hubiera podido llevar durante tres años una vida pública tan intensa, no hubiera podido realizar grandes caminatas a pie, ni hablar en público sin cansarse y nosotros sabemos que esa fue su actividad hasta el mismo día en que fue apresado. Es una teoría cargada de simbolismo, pero que carece de fundamento científico.

El beber agua después de haber dicho “tengo sed”
Este tema lo tocamos en el artículo anterior y entonces dijimos que el silencio de San Lucas, médico de profesión, es el argumento más fuerte contra esta teoría.

"Crucifixión", óleo historicista de Aimé Nicolas Morot (1850-1913).

“Crucifixión”, óleo historicista de Aimé Nicolas Morot (1850-1913).

Una pericarditis traumática
Esta es una teoría defendida por el doctor Rudolf W. Hynek, expuesta en Praga en el año 1935. Este doctor defiende que la pericarditis (inflamación del pericardio) le habría sobrevenido como consecuencia de los latigazos sufridos durante la flagelación. Es verdad que pudo haber una pericarditis ya que Jesús fue golpeado fuertemente en el tórax y en la espalda, pero estas pericarditis debidas a traumatismos, no suelen ser causa de muerte, al menos de manera tan rápida. Existen muchas experiencias a este respecto.

Como hemos visto, ninguna de estas causas, por si sola, pudo ser determinante en la muerte de Cristo. Si fueron fuentes de dolor y sumadas unas a otras hizo que el dolor fuera cada vez más atroz, que fueran disminuyendo las fuerzas físicas, que se fuera debilitando y, consecuentemente, acortando su vida. La muerte de Cristo no debe atribuirse por si sola a ninguna de estas causas, sino a un conjunto de causas que actuaron de manera sinérgica y tan violentamente, que anticiparon lo que solía ser una agonía mucho más larga. El doctor Judica Cordiglia, en su obra: “¿Es Cristo el hombre del sudario?”, publicada en Barcelona en el año 1967, lo explica perfectamente.

Pero a pesar de todo, si que existe una causa determinante y última causante de la muerte de Jesús y esta es la asfixia. Por asfixia morían todos los crucificados. Pero no fue una asfixia rápida, sino lenta, progresiva. Esto lo explicaremos más detenidamente en el próximo artículo.

Antonio Barrero

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Bibliografía:
– Cabezón Marín, C., “Así murió Jesucristo”, Edicel, Centro Bíblico Católico, Madrid 2003.
– Hermosilla Molina, A., “La pasión de Cristo vista por un médico”, Sevilla, 1984
– Sagrada Biblia de Jerusalén

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

“Tengo sed”

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Escena de la esponja con vinagre en un paso procesional de Valladolid, España.

Escena de la esponja con vinagre en un paso procesional de Valladolid, España.

Utilizando las mismas fuentes de los años 2014 y 2015, en estos días de Semana Santa, quiero escribir nuevamente sobre los padecimientos sufridos por Cristo durante su Pasión y Muerte.

Quien había dicho: “Yo soy la fuente de agua viva” (Juan, 4, 14), en la cruz dijo: “Tengo sed”. Estas fueron unas de las pocas frases que Jesús pronunció estando ya clavado en la cruz y aunque algunos exégetas han querido dar a estas palabras un sentido místico, la realidad es que debido a la pérdida de sangre, agua y electrolitos durante toda su Pasión, la sed física, la necesidad de beber agua, fue uno de los peores tormentos a los que se vio sometido nuestro Redentor, quien no había bebido líquido alguno desde la cena celebrada en la tarde-noche del martes. Esa sed era insoportable, era una sed que incluso colaboraba en la alta fiebre a la que el crucificado estaba sometido. Jesús había perdido mucho líquido corporal en la hematidrosis de Getsemaní, tanto por el sudor como por la pérdida de sangre, en la flagelación y en la coronación de espinas donde aun perdió más sangre, teniéndose que añadir a toda esta pérdida de líquido corporal, la llamada “perspiratio insensibilis”, o trasudación insensible aunque no hiciera calor.

No olvidemos que el Crucificado, aunque era el Verbo encarnado, era también un Hombre y este ser humano era el que estaba clavado en el madero suspendido por los brazos aunque sus pies estuvieran sujetos por un clavo. Esta posición en la cruz, como se ha comprobado en otros hechos históricos, le provocó un intensísimo sudor y esta enorme pérdida de líquido le impedía llevar a cabo sus principales funciones biológicas. Jesús no se estaba quejando, tenía realmente una sed abrasadora, una sed insoportable. Este hecho, aunque con pequeñas variantes, nos es narrado por todos los evangelistas a excepción de San Lucas.

San Mateo nos dice: “En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber” (Mateo, 27, 48). San Juan nos lo cuenta de esta manera: “…para que se cumpliese la Escritura, Jesús dijo: “tengo sed”. Estaba allí una vasija llena de vinagre, entonces empaparon una esponja en vinagre y poniéndola en un hisopo se la acercaron a la boca. Cuando Jesús hubo probado el vinagre, dijo: Todo está consumado” (Juan, 19, 28-30) y San Marcos nos dice: “Uno corrió a mojar una esponja en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio a beber” (Marcos, 15, 36), aunque anteriormente dice: “Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero él no lo tomó” (Marcos, 15, 23), probablemente cuando iba camino del calvario.

Escena de la esponja de vinagre. Fotograma de la película "El Hijo de Dios" (2014).

Escena de la esponja de vinagre. Fotograma de la película “El Hijo de Dios” (2014).

Los doctores Le Bec y Louis – basándose en el caso de un empalado que murió dando un grito después de beber agua -, dicen que la toma de este líquido provocó un síncope en Jesús, tras el cual murió. Es cierto que uno de los evangelios dice que una vez probado el líquido, “dando un grito, expiró” (Marcos, 15, 37); sin embargo, San Juan, que fue testigo directo, nos dice que Jesús habló, pero sin pegar un grito: “Todo está consumado, e inclinando la cabeza, entregó su espíritu” (Juan, 19, 30). Y, como hemos dicho anteriormente, San Mateo nos cuenta que a Jesús le dieron a beber vinagre, pero no nos dice que dijo “Tengo sed”. Pero, ¿por qué San Lucas, siendo médico y muy buen observador, no menciona este pasaje? ¿por qué sin embargo si cita sus últimas palabras: “Clamando con gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró” (Lucas, 23, 46). Estas “contradicciones” nos pueden servir para afirmar que los evangelios no apoyan las teorías de los doctores Le Bec y Louis. Este silencio de San Lucas respecto al “Tengo sed” es tan importante que viene a ser el argumento más fuerte contra esta teoría: Jesús no murió por el simple hecho de haber bebido líquido.

Pero, realmente ¿qué le dieron a beber a Jesús? Los detalles parece que no concuerdan del todo, pero no podemos obviar que los evangelistas, al escribir sus textos, tenían presentes lo que decían las profecías. Por eso, cuando dicen que le dieron a beber vinagre, tenían “in mente” lo dicho por el salmista: “En mi sed, me dieron vinagre” (Salmo 69, 22). Pero San Juan si que estaba presente, fue testigo directo y también nos dice que le dieron a beber vinagre. ¿Pudo equivocarse? Pudo, porque las leyes romanas eran muy severas y no permitían que nadie se acercara a los reos a fin de evitar que los amigos o allegados pudieran ayudarle a huir y Juan lo que vio fue una vasija, pero no el contenido de la misma.

Crucificado de la Hermandad de La Sed, Sevilla (España).

Crucificado de la Hermandad de La Sed, Sevilla (España).

San Marcos nos dice que le dieron a beber vino mezclado con mirra, pero en el lugar donde pone estas palabras, como he dicho anteriormente, nos da a entender que lo hicieron cuando iba camino del calvario. El evangelista nos narra el pasaje de Simón de Cirene, nos dice que lo llevaban al lugar conocido como Gólgota y en este contexto es cuando nos dice: “le ofrecieron vino con mirra, pero él no bebió”. Este hecho ocurrió en el camino. Parece que San Marcos recogió una costumbre piadosa de una cofradía femenina que había en Jerusalén y que se llamaba de la “Misericordia”, la cual se dedicaba a aliviar los sufrimientos de los condenados a muerte. Esto solo podían hacerlo durante el trayecto hacia el lugar del suplicio y consistía en darles a beber vino mezclado con mirra, pues ésta potencia el efecto embriagador del vino, por lo que podríamos decir que la bebida surtía el efecto de una droga.

¿Si no fue vinagre, qué le dieron a beber en realidad? La mayor parte de los exégetas bíblicos defienden que lo que le dieron a beber fue la “posca”, o sea, una bebida que habitualmente tenían los soldados durante las guardias. La posca era una bebida muy popular en la Antigua Roma, que consistía en una mezcla de vinagre y agua (acetum cum aqua mixtum), en cuya composición se utilizaban vinos de poca calidad que acababan avinagrándose, por lo que era mezclado con ciertas hierbas aromáticas. Era una bebida refrescante, típica del ejército romano y fue probablemente con la que empaparon la esponja con la que dieron a beber a Jesús.

San Mateo y San Marcos nos dicen que se lo acercaron con una caña y San Juan nos habla de un hisopo, pero es imposible que fuera con una rama de hisopo, ya que el hisopo es un arbusto débil que no produce ramas consistentes. El Libro de los Reyes nos dice que el hisopo brota en los muros, aunque no sabemos con certeza si el hisopo que cita la Biblia es el “hisopus officinalis”, ya que éste no crece en Palestina. Además, ¿qué hacía el hisopo – que la Biblia lo cita como algo bendito -, en un sitio inmundo como era el lugar de un suplicio. Algunos exégetas defienden que la palabra “hisopo” es una mala transcripción del copista: confundió la palabra “husspo” (hisopo utilizado por San Juan), con la palabra “husso” (pilum romanum), que era una espada corta que llevaban los soldados. Esa espada corta, que medía algo menos de un metro, si podía elevar una esponja empapada a algo más de dos metros de altura. Con respecto a la esponja, parece más propio pensar que se trataba de un trapo o algo similar que estuviera por allí, ya que los soldados no iban a tener ninguna delicadeza con un condenado a muerte.

Resumiendo: la sed fue uno de los grandes tormentos que sufrió Jesús a lo largo de su Pasión, pero de manera más cruel cuando estaba clavado y levantado en la Cruz. Quién había dicho de Sí mismo que era la fuente de agua viva a la que tenía que acercarse todo aquel que tuviese sed, sufrió la más terrible sed física que pudiera padecer cualquier ser humano. Y la sufrió por nosotros.

Antonio Barrero

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Bibliografía:
– Cabezón Marín, C., “Así murió Jesucristo”, Edicel, Centro Bíblico Católico, Madrid 2003.
– Hermosilla Molina, A., “La pasión de Cristo vista por un médico”, Sevilla, 1984
– Sagrada Biblia de Jerusalén.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

“Han taladrado mis manos y mis pies”

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Detalle de la mano de un Cristo Crucificado con el clavo correctamente insertado desde el rigor histórico y anatómico.

Detalle de la mano de un Cristo Crucificado con el clavo correctamente insertado desde el rigor histórico y anatómico.

“Han taladrado mis manos y mis pies y se pueden contar todos mis huesos” (Salmo 22, 16-17).

Ayer escribimos sobre cómo habían crucificado a nuestro Señor, pero hoy quiero que profundicemos más sobre las heridas de sus manos y de sus pies. Este es un tema duro, durísimo, pero hemos de tener conciencia del sufrimiento tan terrible que supuso nuestra Redención. Cristo pudo salvarnos con un simple acto de su voluntad, pero quiso sufrir en carne propia lo que ninguna persona ha padecido. Para tratar este tema, utilizaremos la misma bibliografía de esta serie de artículos, ya que es trabajo de especialistas en esta materia.

Desde el punto de vista teórico, la crucifixión de las manos puede hacerse en tres sitios de la misma, o sea, en la palma, en la articulación cúbito-radial inferior y en el carpo (muñeca). Estamos acostumbrados a ver miles de imágines de Cristo crucificado en las palmas de las manos, pero es plenamente sabido que las palmas de las manos no pueden soportar el peso de una persona. Si esto es así, ¿por qué los artistas nos representaron de esta forma al Crucificado? Todas las representaciones artísticas son posteriores a la abolición de la crucifixión por parte del emperador Constantino, por lo que los artistas no conocían cómo se había llevado a cabo la crucifixión, ya que ni los textos sagrados lo explican. Si se lee el salmo 22, se dice textualmente: “han taladrado mis manos”, el mismo Cristo le dice a Tomás: “Mete tus dedos en mis manos”, pero ¿qué es exactamente la mano? Antiguamente, cuando la anatomía del cuerpo no era conocida como lo es hoy, sencillamente se creía que las manos eran simplemente las palmas. Hay quienes ponen como justificación de esto los estigmas de los estigmatizados, pero si se estudia cada caso, puede comprobarse que no todos los estigmatizados lo fueron en la misma parte de la mano: unos en las palmas, otros en la parte superior junto a los dedos, otros en la parte de las muñecas e incluso otros, en los laterales de las mismas; luego las estigmatizaciones no confirman nada. Además, unos tenían heridas profundas que atravesaban las manos y otros, simples rasguños o heridas superficiales.

Sólo la anatomía nos dice qué es la mano: el carpo, el metacarpo y las falanges, o lo que es lo mismo, la muñeca, la palma y los dedos. El doctor Pierre Barbet (1884-1961) que ha estudiado este tema a fondo realizando multitud de experiencias en cadáveres o en brazos cortados en cirugía ha podido comprobar esto como si fuera “en vivo”. Ha comprobado que clavadas las palmas a cuerpos que pesaban más de cuarenta kilos, a los pocos minutos, estas se desgarraban y en menos de un cuarto de hora, el cuerpo se caía. Si esto ocurría con un cuerpo inerte –que no se movía – y de pequeño peso, ¿qué podría pasar con un cuerpo vivo que se mueve y que puede pesar el doble? Puede alegarse que como Cristo también estaba clavado por los pies, el peso del cuerpo no recaía solo sobre las manos, pero esto tampoco es así porque la cruz de Cristo no tenía “sedile” ya que no se quiso alargar el tormento, entre otras cosas porque era la víspera de la Pascua, pero aun así Jesús murió pronto, antes de tiempo, cosa que incluso extrañó a Pilato. Para los forenses, esta rápida agonía es una prueba de que Jesús solo fue clavado con clavos, porque si hubiera estado atado y hubiese tenido “sedile”, hubiera vivido más tiempo.

Vista del Espacio de Destot, zona por la que se introdujeron los clavos en el Hombre de la Síndone.

Vista del Espacio de Destot, zona por la que se introdujeron los clavos en el Hombre de la Síndone.

Algunos investigadores afirman que fue clavado por la articulación cúbito-radial, pero esto es rechazado por la mayoría de ellos ya que este tipo de crucifixión produce desgarros en importantes vasos sanguíneos, no solo por los clavos, sino también por los movimientos del crucificado al intentar levantar su cuerpo para no morir por asfixia. Entonces, ¿por donde fue clavado? Los anatomistas defienden que por razones de aguante de la suspensión del cuerpo y de los movimientos del ajusticiado, la forma utilizada por los verdugos fue la crucifixión por el carpo, o sea, la muñeca. Los romanos sabían que taladrando las manos por las muñecas los clavos no solo podían soportar el peso del cuerpo, sino también los movimientos bruscos realizados para evitar la asfixia.

Los clavos utilizados fueron los conocidos como “clavos herreros”, o sea, que no eran cilíndricos, sino cuadrados, de punta roma y de cabeza ancha. El clavo fue puesto en la muñeca en el centro de la flexión del puño, concretamente en el llamado “espacio de Destot”. Aunque este espacio es pequeño, se agranda o ensancha al entrar el clavo no rompiendo ninguno de los huesos y provocando una pequeña hemorragia ya que no encuentra ninguna arteria importante. Esto es así, pero si produce un dolor intensísimo ya que se roza e incluso se hiere el llamado “nervio mediano”.

Al pegarse el primer martillazo, se produjo una herida contusa en la piel pues la punta era roma. El clavo, después de cada martillazo, fue desgarrando la carne y todo lo que se encontraba a su paso, como nervios, tendones, venas pequeñas, etc. Los dolores eran terribles pero el sangrado era escaso. Cuando los clavos llegaron al “espacio de Destot”, se encontraron con el nervio “mediano” que sube por el antebrazo entre los nervios radial y cubital. Este nervio tiene ramas motoras (mueven los dedos) y ramas sensitivas que son las que producen los dolores. El rostro de Cristo se contraería de dolor y de manera brusca, el dedo pulgar se dobló y cayó sobre la palma de la mano: el nervio mediano estaba herido y el dolor era indescriptible y ese dolor se reproduciría cada vez que Cristo se moviera. Este es uno de los dolores más intensos y terribles que puede experimentar un ser humano, por lo que probablemente, Cristo pudo desmayarse momentáneamente. Ojala el nervio se hubiera cortado, pero lo más seguro es que se quedara dañada la parte sensitiva del mismo que quedó en contacto con el clavo y fuertemente tenso sobre el mismo cuando el crucificado fue elevado, fue puesto en vertical. Estas lesiones y la sed fueron los dos tormentos mayores que Jesús tuvo que soportar en la cruz.

Detalle y recreación de las lesiones experimentadas en los pies por el Hombre de la Síndone.

Detalle y recreación de las lesiones experimentadas en los pies por el Hombre de la Síndone.

¿Por qué digo que si Cristo se desmayó fue de forma momentánea? Esta claro: si Cristo hubiese perdido el conocimiento no hubiese hablado durante las aproximadamente tres horas que permaneció vivo colgado en la cruz y todos conocemos lo que ha venido en denominarse “las siete palabras”.

Pero nuestro Señor fue crucificado también por los pies. Clavadas las manos, pusieron a Jesús de pie levantando el “patibulum” hasta acoplarlo al saliente superior del “stipes”. Esto es lo que se denominaba “ascendere crucem” (subir a la cruz). En ese momento, no estando aun clavados los pies, el cuerpo de Cristo se hundió quedando solo colgado de los clavos de las manos. Pero así no podía quedar porque su muerte hubiese sido inmediata por asfixia. Había que clavar los pies pero no a la altura a la que habían llegado, sino algo más arriba a fin de que el cuerpo pudiese tener algún movimiento para poder respirar. Por eso, le aproximaron los muslos hasta dejar las rodillas casi juntas y estas las flexionaron hacia arriba para que los pies también subieran. Posteriormente, juntaron los pies poniendo el izquierdo sobre el derecho, el cual tocaba directamente el “stipes”. Así, con un solo clavo clavaron los dos pies juntos. En esta postura, el espesor de los pies por donde entró el clavo no es muy grande, aunque el clavo si que era mayor que el utilizado en las manos; medía aproximadamente lo que llamamos “una cuarta” (de doce a catorce centímetros). De esta manera, con las rodillas flexionadas, el peso del cuerpo no recaía del todo sobre los pies, ya que lo que verdaderamente se pretendía era que el cuerpo no quedase colgando. El clavo servía de punto de apoyo para que el crucificado pudiese levantar el cuerpo, expulsar del aire viciado de los pulmones y aspirar aire nuevo.

Vista de la línea de Lisfranc, por donde entró el clavo.

Vista de la línea de Lisfranc, por donde entró el clavo.

Los forenses, que han estudiado este tema al igual que lo hicieron con las manos, dicen que el clavo no pudo pasar por la articulación del tarso, porque si el clavo lo hubiese atravesado, hubiese destrozado toda la articulación y no hubiera podido usarse como soporte, como punto de apoyo. Entonces, ¿por dónde entró el clavo? Los científicos dicen que el clavo entró por la llamada “línea de Lisfranc” entre las bases del segundo y del tercer metatarsiano. Esta parte del pie es blando, no está atravesada por la “arteria pedia”, la cual, si hubiese sido dañada hubiese provocado una gran hemorragia. El empeine quedó por encima del clavo y esto fue un buen punto de apoyo.

Este clavo también era romo, el primer martillazo provocó una herida contusa, se desgarró el tejido blando, el tendón, las fibras nerviosas y algunos vasos sanguíneos. El dolor fue muy intenso aunque menor que el dolor producido al clavarse las manos y además, ya todo el cuerpo de Cristo era puro dolor.

Con estos tres artículos, con los tres que escribimos el año pasado y, si Dios quiere, con los que sigamos escribiendo en años posteriores, queremos hacernos recapacitar sobre todo lo que sufrió nuestro Dios y Señor, Jesús de Nazaret, el Verbo Encarnado, que quiso padecer en su Cuerpo y Alma humanos tan terribles sufrimientos a fin de redimirnos de nuestros pecados, acercarnos a Dios, nuestro Padre y darnos un ejemplo supremo de amor. “Nadie ama más que el que da la vida por sus amigos” (Juan, 15, 13).

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Cabezón Marín, C., “Así murió Jesucristo”, Edicel, Centro Bíblico Católico, Madrid 2003.
– Hermosilla Molina, A., “La pasión de Cristo vista por un médico”, Sevilla, 1984
– Sagrada Biblia de Jerusalén

Enlace consultado (13/03/2015):
– http://en.wikipedia.org/wiki/Crucifixion_of_Jesus

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Cómo fue crucificado Jesús

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

"Crucifixión", óleo historicista de Aimé Nicolas Morot (1850-1913).

“Crucifixión”, óleo historicista de Aimé Nicolas Morot (1850-1913).

Sabemos cómo era la cruz de Cristo: un palo vertical sujeto al suelo, llamado “stipes” y otro horizontal, llevado a hombros por el reo, llamado “patibulum”. Pero ¿cómo fue crucificado? Por los evangelios solo sabemos que “al llegar al lugar de la calavera, le crucificaron” (Juan, 19, 17-18). Si al llegar al Calvario los soldados tuvieron que juntar los dos palos individuales que conformaban la cruz, podríamos decir que en el momento de la crucifixión, la cruz no estaba configurada. Si la cruz completa hubiera estado hincada en la tierra, la crucifixión hubiera entrañado muchísimas dificultades, pero estos mismos problemas hubieran surgidos si la cruz completa hubiera estado tirada en el suelo. Estas últimas dificultades incluso hubieran sido mayores porque una vez crucificado Cristo, tendrían que haberlo levantado haciendo una maniobra verdaderamente peligrosa: levantar un gran peso (unos 100 kgs. como peso de la cruz más unos 80 kgs. del peso de Cristo) e introducirla en un agujero estrecho excavado en la roca.

Debido a estas dificultades, los romanos no utilizaban ninguno de los dos métodos: ni clavar al reo en la cruz completa en posición vertical ni hacerlo en la cruz completa en posición horizontal. Entonces, ¿cómo lo clavaron? El Calvario era una cantera de piedra caliza blanquecina y al llegar Jesús a la cima de ella, que era el lugar idóneo para que todos pudieran ver al reo tanto de cerca como de lejos, lo desnudaron bruscamente y lo tiraron al suelo de la misma mala manera. La túnica estaría pegada a sus carnes y al arrancarla se reabrirían de nuevo las heridas que volvieron a sangrar máxime cuando el cuerpo fue golpeado contra la piedra. La violencia de este acto, hecho sin miramiento alguno, le produciría terribles dolores, pues las terminaciones nerviosas que estarían a flor de piel enviarían rápidamente la información a su cerebro.

Fue tirado hacia atrás, para que quedara boca arriba. De esta manera, la espalda y el cuello no solo se golpearon con las rocas sino contra el propio “patíbulum” que estaría tirado en el suelo. Seguro que no le quitaron el casquete de espinas y podemos imaginarnos el terrible dolor al golpear la cabeza contra la roca. Las heridas se llenaron de tierra y de pequeñas piedrecillas que, por sus formas irregulares, sensibilizarían aun mucho más las terminaciones nerviosas. Así, tirado en el suelo, le clavaron al “patibulum” por las dos muñecas. Extendieron los brazos de Cristo sobre el “patibulum” y fijando una mano sobre el mismo la clavaron por la muñeca, exactamente, por el pliegue del carpo. Con un par de martillazos atravesarían la mano, pero al llegar a la madera tuvieron que golpear con más fuerza; luego extenderían la otra mano lo más posible para que al quedar el cuerpo suspendido no quedara combado y repetirían lo mismo. Los dolores que debió sentir nuestro Señor fueron intensísimos, pero sobre esto escribiremos en el artículo de mañana.

Reconstrucción de la crucifixión practicada en el siglo I a partir de los restos de Jehohanan.

Reconstrucción de la crucifixión practicada en el siglo I a partir de los restos de Jehohanan.

Esta manera de actuar no era extraña para los soldados por lo que al atravesar las muñecas, no rompieron ningún hueso y no lo hicieron porque introdujeron los romos clavos cuadrados por el lugar más apropiado para que el cuerpo quedara bien sujeto. Lo dicen las Escrituras: “No será quebrado ninguno de sus huesos” (Salmo, 34, 20 y Juan, 19, 36). Tampoco perforaron ninguna arteria importante, porque si lo hubieran hecho, Cristo se habría desangrado de inmediato. Realmente, los verdugos romanos eran unos expertos.

Una vez clavadas las manos, había que clavar los pies y para eso, dos o más soldados cogerían el “patíbulum” y a Cristo y lo elevarían hasta la altura en el que el madero horizontal quedara fijado al “stipes”. Hecha esta maniobra, clavar los pies era una tarea relativamente fácil. Cruzaron los muslos y las piernas, doblaron un poco hacia arriba las rodillas haciendo un ángulo de unos 120º, pusieron un pie sobre el otro – probablemente el izquierdo sobre el derecho -, y los clavaron al “stipes”. Seguro que no estiraron mucho las piernas ni clavarían los pies muy abajo, pues entonces Jesús no hubiera podido moverse en la cruz teniendo como punto de apoyo el clavo de los pies. Y Cristo tenía que moverse pues tendría que remontar su cuerpo para poder respirar y expulsar el aire viciado. De no ser así, hubiese muerto rápidamente por asfixia. Al ser esto así, fue crucificado con tres clavos. Probablemente, Jesús fue crucificado el primero de los tres, ya que su estado físico era muy débil y se corría el riesgo de muerte antes de ser crucificado, cosa totalmente ilegal. Se habían cumplido las Escrituras: “Han taladrado mis manos y mis pies” (Salmo, 22, 16). Posteriormente, serían crucificados los dos ladrones.

Vista de la posición adoptada por el Hombre de la Síndone en la crucifixión.

Vista de la posición adoptada por el Hombre de la Síndone en la crucifixión.

Hemos dicho anteriormente que Jesús fue despojado de sus vestiduras y esto lo dicen los propios evangelios. Existía también la costumbre de que las ropas de los ajusticiados pasaran como propiedad a partes iguales entre los miembros de la guardia y todo esto también queda recogido en los evangelios: “Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, cogieron sus vestidos e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Cogieron también la túnica, la cual era sin costura, hecha de un solo tejido de arriba abajo. Entonces dijeron entre si: No la partamos, sino que echemos suerte sobre ella a ver de quién será. Esto fue para que se cumpliesen las Escrituras que dicen: “Repartieron entre si mis vestidos y sobre mi túnica echaron suerte”. Y así lo hicieron los soldados” (Juan, 19, 23-24). En efecto, el salmista lo dice textualmente: “Repartieron entre si mis vestidos y sobre mi túnica echaron suerte” (Salmo, 22, 18).

Ya está Jesús crucificado en la cruz, elevado para que todo el mundo lo vea, ya tiene la cruz la forma que estamos acostumbrados a ver, el Salvador del mundo está clavado a la vista de todos. Algunos estudiosos afirman que en el “stipes” existía como una especie de asiento, llamado “sedile” y eso es cierto, pero la cruz de Jesús no lo tenía ya que eso solo se utilizaba en algunas provincias del Imperio con personas muy significadas por sus fechorías o traiciones a las que se les quería alargar el tormento, prolongar los sufrimientos y la agonía.

Fotograma de la película "La última tentación de Cristo" (1988) que muestra la crucifixión desde un punto de vista de rigor histórico y arqueológico.

Fotograma de la película “La última tentación de Cristo” (1988) que muestra la crucifixión desde un punto de vista de rigor histórico y arqueológico.

Jesús, crucificado durante unas tres horas (desde la hora sexta hasta la hora nona), mientras estaba vivo, estuvo permanentemente vigilado por el centurión y por sus soldados. Esta guardia era obligatoria y lo era para evitar que los familiares o amigos pudieran desclavar al reo de la cruz. Por lo tanto, la guardia estuvo montada hasta el momento de la muerte. Esta era la costumbre y esto queda recogido en los propios evangelios: “Y sentados, le guardaban allí” (Mateo, 27, 36). También nos dicen los evangelios que los soldados, al contemplar los fenómenos naturales ocurridos durante la muerte de Cristo, cambiaron de actitud hasta tal punto que el centurión, que era el jefe del pelotón, llegó a exclamar: “Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios” (Mateo, 27, 54). La guardia se quedó en el Calvario hasta que Pilato permitió que José de Arimatea tomara el cadáver para enterrarlo en un sepulcro de su propiedad.

Y llegados a este punto, preguntémonos: ¿Estaba Jesús completamente desnudo? El sudario que la imaginería ha puesto sobre sus muslos y genitales ¿se ha puesto por simple pudor? Si nos atenemos al comentario de Flavio Josefo al que nos referíamos ayer, Jesús no estuvo en la cruz completamente desnudo, ni fue crucificado desnudo. Es cierto que en Roma y en otros lugares del imperio esta era la costumbre, pero no lo era por pudor en Israel y los romanos acostumbraban a respetar las costumbres locales: “Los romanos nunca fuerzan a los pueblos sometidos a quebrantar su ley patria” (Flavio Josefo). Aun así, este será un tema que siempre estará en discusión.

“Jesús de Nazaret” (1977) – Escenas de la Pasión:

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Cabezón Marín, C., “Así murió Jesucristo”, Edicel, Centro Bíblico Católico, Madrid 2003.
– Hermosilla Molina, A., “La pasión de Cristo vista por un médico”, Sevilla, 1984
– Sagrada Biblia de Jerusalén

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