La Sábana Santa (V): cargado con la cruz

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Representación de Jesús cargando con el patibulum, partes de la cruz en forma de tau y el titulus.

Representación de Jesús cargando con el patibulum, partes de la cruz en forma de tau y el titulus.

Todo tenía que ser muy rápido, ya que la celebración de la Pascua hacía que los acontecimientos tenían que desarrollarse con cierta celeridad. La noche de ese primer Viernes Santo de la Historia había sido ajetreada y a poco de amanecer, más o menos sobre las 9’30 de la mañana, los lictores [1] colocaron sobre Jesús el madero de su suplicio. Este episodio es recogido en los cuatro Evangelios.

Como ya apuntamos, la sentencia dictada por Poncio Pilatos fue rápida y concisa: “Ibis in crucem” («irás a la cruz»). Ya el reo perdía cualquier tipo de derecho y era objeto de todo tipo de vejaciones. Fue a partir del siglo IV cuando se empezaron a representar a Cristo portando la totalidad de la Cruz, pero la verdad es que sólo llevó el patibulum, el madero horizontal, ya que el stipe o madero vertical estaba situado en el lugar donde se llevaba a cabo la ejecución.

El recorrido que tenía por delante Jesús era relativamente corto. Entre el pretorio de la Torre Antonia hasta el Gólgota había entre 600 y 700 metros. Un recorrido cuyo trazado apunta siempre hacia arriba, hasta salir de los muros de Jerusalén por la puerta Efraím, cerca de la cual estaba el monte Calvario. Un camino muy duro para una persona que había sufrido todos los castigos que le habían infringido a Jesús.

Vista de los patibula atados a los tobillos de los reos y entre sí, como sería la marcha hacia el Gólgota.

Vista de los patibula atados a los tobillos de los reos y entre sí, como sería la marcha hacia el Gólgota.

Era impensable que pudiera llevar la cruz completa, ya que ésta podía pesar sobre los 150 Kgs. aproximadamente; además, imposibilitaría la labor de los escoltas, que iban azotando al reo en su camino hacia el suplicio. La ley romana también consideraba cumplida la sentencia si el reo moría en el itinerario al suplicio, como ya se apuntó con anterioridad. Pero en el caso de Jesús, había interés de que muriera en la cruz, como veremos.

El patibulum era colocado sobre los hombros del condenado y de uno de los extremos una cuerda lo ataba con el tobillo, con lo que hacía más difícil el andar. Así, en el tobillo izquierdo se observa líneas sanguinolentas, debido a la señal de la soga que debió llevar atada. También se observa, tal y como indica el Dr. Heller, los pies despellejados, con lo que se deduce que fue descalzo.

En la Síndone, vemos que la espalda en la parte baja de los hombros, existe una zona erosionada, eso era debido al roce del patibulum, el cual, podía pesar sobre los 50 kilogramos. Hemos de tener en cuenta que el Hombre de la Síndone mide 1,81 metros y con tal envergadura, al abrir los brazos nos encontramos con 1’65 metros aproximadamente, con lo que el patibulum debía tener unos 15 centímetros de grosor, aproximadamente.

Pero seguimos. El Hombre de la Sábana Santa tiene erosionadas las rodillas, como más adelante se detalla, y la cara tumefacta. Esto era debido a las caídas. Siempre se ha considerado que Jesús cayó tres veces a pesar de que en ningunos de los Evangelios se dice el número de veces que pudo caer. Aquí, en este punto, podemos señalar que, incluso, el Vía Crucis de 1991 de San Juan Pablo II no hace mención de las caídas de Cristo, mientras que en la anterior versión, podemos ver que es considerado en tres estaciones (las tercera, séptima y novena).

Vista en 3D de las laceraciones en espalda y hombros del Hombre de la Síndone, causadas por el patibulum.

Vista de las laceraciones en espalda y hombros del Hombre de la Síndone, causadas por el patibulum.

Lo cierto es que debió caer muchas veces y, al ir con los brazos abiertos, por llevarlos atado al patibulum, sólo quedaba amortiguar las caídas bien con las rodillas o con el rostro. Así, en la Síndone se representa a un hombre con la nariz desviada; sólo es cuestión de trazar una línea recta que ratifica esta afirmación. Los pómulos están hundidos, bien por las caídas, bien por los golpes y bofetadas que le dieron.

También es interesante la opinión del Dr. Judica, ya que, al estudiar las lesiones de las rodillas, observa que éstas están contusionadas y que se ha encontrado tierra mezclada con la sangre, al igual que en la nariz. Por lo tanto Jesús, camino del Calvario, sólo llevó el patibulum sobre sus hombros, atado a las muñecas y con uno de sus extremos unido por una soga con el tobillo, y el otro extremo unido al reo que le precedía en la comitiva. De lo expuesto se desprende las zonas erosionadas que encontramos en el tobillo izquierdo y en las muñecas del Hombre de la Síndone. La cabeza también golpearía en más de una ocasión con el suelo, con lo que las espinas de la corona se le clavarían con más virulencia.

José Antonio Vieira


[1] Encargados de ejecutar las sentencias de los magistrados.

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La Sábana Santa (IV): la crucifixión

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Vista de la posición adoptada por el Hombre de la Síndone en la crucifixión.

Vista de la posición adoptada por el Hombre de la Síndone en la crucifixión.

Crucificado al mediodía
Eran sobre las doce del mediodía cuando crucificaron a Jesús, tal y como podemos leer en el Evangelio de San Marcos [1]. Previamente lo habían desnudado y al parecer, siguiendo los paradigmas de la Síndone, la Corona de Espinas se la dejaron. En la Síndone, podemos observar en la zona de la nuca, muestras de múltiples puntos por donde se producía otras tantas hemorragias, debido a los movimientos de la cabeza de Jesús sobre el madero y la presión que este producía sobre la cabeza, incrustando con más virulencia las púas de la corona.

Nada indican los Evangelios y se intuye observando la Síndone, que Jesús no tuviera colocado en el momento del suplicio el llamado “paño de la vergüenza o de pureza”, algunas veces llamado sudario por la voz popular de forma errónea.

Ya hemos apuntado que el madero vertical, el stipe, estaba colocado de forma fija en el lugar del suplicio, por lo que Jesús fue clavado en el patibulum por las muñecas, no por las palmas de las manos. Había varios tipos de cruces, pero el que nos interesa la “Crux patibulata”, que es la que está formada por un travesaño horizontal que se incrustaba en otro vertical fijo formando un ángulo recto. Otros tipos de cruces eran la “humilis” que era baja hasta el punto de que las fieras podían atacar al cadáver y otra que era la “sublimis”, que era muy alta.

Vista del Espacio de Destot, zona por la que se introdujeron los clavos en el Hombre de la Síndone.

Vista del Espacio de Destot, zona por la que se introdujeron los clavos en el Hombre de la Síndone.

Evidentemente, los sayones que clavaron a Jesús en el madero, eran profesionales y sabían perfectamente el lugar por donde debían introducir los clavos. Así, en la muñeca, existe un lugar entre varios huesesillos por el que se puede introducir un clavo y soportar el peso de un hombre. El peso que se le calcula a Jesús es de unos ochenta kilos aproximadamente. Es el llamado espacio de Destot, tal y como apuntó el Dr. Barbet. Al entrar el clavo por este lugar, se produce una flexión del dedo pulgar hacia adentro a causa de pinzar el nervio mediano, por lo que queda explicado el por qué no se ve el dedo pulgar de las manos. No obstante el Dr. Palacio Carvajal, especialista en traumatología y cirugía, defiende que el clavo entró por el carpo, en la muñeca, en la zona cubital de la mano y apunta que tal y como apunta la Sociedad Española de Cirugía de la Mano, “Me informan que en ningún tratado actual, en español, francés, inglés, alemán o italiano, consta su existencia (Espacio de Destot). Solamente aparece repetidas veces en los libros de Sindonología” [2]. En cualquier caso, lo que sí nos ofrece la Síndone es que el Hombre de la Sábana Santa no fue crucificado por las palmas de las manos.

Los clavos utilizados en la crucifixión eran los denominados “clavitrales”, propios de la construcción y que tenían unas dimensiones de entre trece y dieciocho centímetros de largo por uno de ancho. Todo esto es corroborado por la arqueología, la cual en el año 1.971 en la colina de Giv’at ha Mivtar en Jerusalén, encontraron los restos de un hombre que fue crucificado en los albores de nuestra era. El hombre, llamado Yehehanán (Juan), que pertenecía el osario encontrado, tenía las piernas rotas a la altura de la tibia y en las muñecas tenía unas erosiones producidas por un objeto duro, y también, había un clavo de doce centímetros de longitud, el cual, todavía permanecía aún traspasando los talones.

Detalle de las heridas de los pies en la Síndone.

Detalle de las heridas de los pies en la Síndone.

En la imagen que se nos ofrece en la Síndone, vemos un punto de sangre en la muñeca derecha, que en el negativo real es la izquierda.

Los pies eran fijados normalmente con un solo clavo. La imagen de la Síndone así lo demuestra. El clavo de los pies es clavado sobre el metatarso, es decir, inmediatamente sobre los dedos de los pies. En la Síndone podemos ver que primero se colocó sobre el stipe el pie derecho y sobre éste el pie izquierdo (derecho de la Sábana). Para un buen ajuste de los pies, hubo que flexionar las piernas.

El rigor mortis en el cadáver hizo que la pierna izquierda quedara algo más corta que la otra. Este es el origen de las cruces bizantinas, las cuales poseen en la parte inferior del stipe un travesaño para los pies, inclinado, más largo para la pierna derecha para desechar la hipótesis de que Jesús fuera cojo.

J.A. Vieira


[1] Mc 15,25.
[2] CARVALAJ PALACIOS, José de, La Sábana Santa. Estudio de un cirujano. Ed. Espejo de Tinta. 2.007. Págs 129-130.

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La Crucifixión: Christus Patiens

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Detalle del rostro del Santísimo Cristo de la Expiración de Sevilla, dicho "El Cachorro", obra cumbre del escultor Francisco Antonio Gijón.

Entre los siglos XI-XII de nuestra era (Alta Edad Media) se produjo un cambio radical en la forma de representar a Jesús Crucificado. El Christus Triumphans ya no convencía a nadie, o mejor dicho, la gente se había acostumbrado a su visión de tal modo que ya no despertaba grandes sentimientos en el fiel, ni le decía nada aquel rey engalanado e instalado cómodamente en su cruz como si un trono fuera. Se había perdido el respeto y la devoción a aquella imagen. La religiosidad cristiana precisaba algo nuevo y diferente para restablecer la empatía con la Pasión, de este modo, nació el Christus Patiens: el Cristo que sufre.

Jesús apareció, por vez primera en el mundo cristiano, como nadie lo había visto antes, y desde luego de un modo inconcebible siglos atrás: no ya vivo, sino muerto; no ya vestido, sino desnudo (el taparrabos, añadido por pudor, llegó a retirarse en algunas esculturas del Renacimiento); no ya con la diadema real, sino con la corona de espinas (¡que hasta este momento jamás había aparecido!). Era algo que el mundo nunca había visto, pero que colmó la devoción de los fieles. Sin embargo, aún no era un Cristo muy sufriente, porque no tenía expresión de dolor en el rostro ni presentaba demasiadas heridas, es lo que en arte se llama crucifixión simbólica-tipológica (la célebre cruz de San Damián es un perfecto ejemplo de ello).

No sería hasta la llegada de las grandes pestes y la muerte de miles de personas en Europa (siglo XIV), cuando empezaron a aparecer crucifijos que realmente expresaban el dolor de Cristo en la cruz: los primeros fueron llamados crucifijos de la peste, se colocaban en los hospitales para que los enfermos invocaran a Jesús para lograr la curación. Ahora, el cuerpo de Cristo también se representaba en agonía, el cuerpo podía retorcerse de dolor, el rostro expresaba un sufrimiento desgarrador, sangraba por muchas heridas y si aparecía muerto colgaba pesadamente del madero, como vencido por la muerte.

Por sorprendente que parezca, esta imagen de Cristo ya nunca se ha retirado de la iconografía cristiana. Paradójicamente, Cristo sufriente triunfó sobre el triunfante. La gente necesitaba hallar consuelo e identificación en un Salvador que también fue humano y que sufrió atrozmente, que sabía tan bien como ellos lo que era el hambre, la sed y el dolor, la tortura y la muerte, porque Él mismo lo había experimentado en su carne. Aquel Cristo humano era lo que el mundo necesitaba, y por eso se quedó para siempre.

Crucificado de El Escorial, obra de Benvenutto Cellini.

En el Renacimiento, con la llegada de un mundo antropocéntrico, donde era el hombre y no Dios quien pasaba a ser la referencia de toda acción humana, aparecieron Cristos muy bellos, anatómicamente perfectos, como el famoso Cristo de Cellini en el Escorial (cuya desnudez integral sigue causando sorpresa en todo aquel que lo ve), con apariencia serena en lo sencillamente humano. Con el Barroco, se regresó al Cristo llagado, con una brutalidad nunca conocida antes: el barroco español es un ejemplo de estatuaria terrible y atroz, donde las llagas y las heridas adquieren dimensiones tremendas y hasta repugnantes, todo en un intento de recordar al fiel lo que Cristo padeció como humano por salvarle. Este estilo es el que ha perdurado hasta nuestros días como imagen principal de la representación del Cristo crucificado, y es poco probable que sea sustituida.

Ha habido también, en el arte, algunas variaciones,  como representar a Jesús clavado en un árbol o en una balanza, son todo simbologías particulares que no han prosperado. En cuanto al propio aspecto de Jesús, éste adopta, como los Santos, aquel rostro con el que más se identifica el pueblo, o el artista: desde el Cristo joven e imberbe, semejante a un efebo griego, hasta el Cristo maduro y barbudo, que apareció por primera vez en Siria, como aspecto predominante de lo que entendemos por un varón judío en la treintena de su vida. Cabe también decir que no aparecieron crucifijos tridimensionales hasta la época carolingia (s.VIII), hasta ese momento fueron siempre bidimensionales, y si tomaron relieve fue porque se pensó en usarlos como relicarios. Luego, esta función se perdió y simplemente se convirtieron en imágenes de culto.

Meldelen

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La Crucifixión: Christus Triumphans

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"Volto Santo de Lucca", óleo de Piero di Cosimo (1505-1510). Szepmuveszeti Muzeum, Budapest (Hungría).

A inicios de la cultura cristiana, la imagen de Cristo en la cruz no podía ser representada. Era un tema tabú para todos: para los judíos, un escándalo nacional, para los paganos, una locura venerar a alguien muerto cual esclavo, para los cristianos, recordar esa muerte humillante era infame. Siendo además una religión en principio anicónica –no se representaban imágenes antropomorfas, la figura de Cristo se representaba mediante símbolos como el Crismón (XP, letras griegas de Christus), o una cruz muy esquemática, o zoomorfos como el Cordero de Dios, alusión a la Pascua judía. En esta época de aniconismo destaca únicamente el llamado graffiti del Palatino, que un niño pagano dibujó para burlarse de un compañero cristiano, donde aparece adorando a un hombre con cabeza de asno clavado en una cruz.

La figura de Cristo como hombre crucificado no aparecerá en el mundo hasta el siglo V de nuestra era, y es una imagen que se contempla en las puertas de la Basílica de Santa Sabina (Roma). Por tanto, todas las imágenes posteriores de santos y mártires que vivieron antes del siglo V que aparecen portando una cruz, u orando ante un crucifijo, son bárbaramente erróneas: si muchos de ellos murieron por no adorar la imagen de un dios ajeno, ¿cómo iban a postrarse ante otra, aunque fuese el suyo? Simplemente no cabía en sus mentes: Dios no era representable, Cristo no era representable, jamás debía caerse en la idolatría.

Pero una vez aparecido el Cristo Crucificado, hasta el siglo XI de nuestra era tendrá un carácter especial y concreto, que llamamos el Christus Triumphans, el Cristo que triunfa sobre la muerte: no un hombre muerto, sino un Dios vivo, de ojos abiertos, cuerpo erguido y desafiante desde el el patíbulo, sin rastros de heridas, ni de cansancio, ni de dolor, engalanado como rey. Podría estar sobre un trono más que sobre un instrumento de tortura, de hecho, la cruz es el trono. Es aquí donde la cruz misma empieza a perder su carácter tenebroso y horrible, y no antes. El Christus Triumphans es fruto de un contexto en que el emperador Constantino eliminó la crucifixión del derecho penal romano, ya no debía ser camino de muerte, sino de gloria.

Detalle de la Majestat Batlló, crucifijo románico del siglo XII. Museu Nacional d'Art de Catalunya, Barcelona (España).

Además, las herejías nestoriana y monofisita estaban en auge, pretendiendo negar el valor de la muerte de Cristo, ya que su naturaleza humana –defendían- fue neutralizada por la divina en el momento de su nacimiento. Este planteamiento negaba el valor de la Pasión, porque si Jesús era divino y no humano, no sufrió dolor físico ni su muerte tuvo ningún coste para Él, y por tanto no era necesaria, no estaba predestinada para salvar a nadie, simplemente sucedió porque sí. Para combatir este planteamiento se lanzó pues la imagen de la Crucifixión, y al final fue ella y su mensaje lo que triunfó: Jesús fue divino, pero también humano, padeció como padecen los humanos y murió como mueren los humanos, y lo hizo por todos los seres humanos, y no fue accidental ni imprevisto, sino que todo estaba predestinado.

El Christus Triumphans nace, pues, en Oriente, para combatir la herejía, y se difunde rápidamente por Occidente, sobreviviendo a la querella iconoclasta. A partir de este momento, la Crucifixión ya nunca desaparecerá del ideario cristiano, simplemente irá cambiando, como veremos en el siguiente artículo.

Meldelen

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La Crucifixión: realidad histórica versus ficción piadosa

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"La Crucifixión", óleo del pintor manierista Giambattista Tiepolo.

Con éste se da inicio a una serie de artículos que tratan sobre Jesús crucificado, para los cuales me he basado en la conferencia Cristo Crucificado como tema visual de la iconografía cristiana, impartida por Rafael Sánchez Millán, profesor de Historia del Arte de la Universidad de Valencia (España).  El objetivo es dar a conocer un poco más sobre este tema tan conocido por la comunidad cristiana, y desechar de una vez algunos mitos relacionados con ello.

La imagen más representada a lo largo de la cultura cristiana es el Cristo Crucificado. Por ejemplo, en España se conocen unos 8112 municipios que tienen de patrono a alguna advocación de Jesús Crucificado. Ello permite hacerse una idea de cuán familiar ha llegado a ser Jesucristo como imagen devocional, representando una narración: la crucifixión. Hasta la llegada del arte gótico (s.XIII) estuvieron representados los 4 clavos, luego, al reducirse el tamaño del patíbulo central, pasaron a ser tres. Vale la pena mencionar que el titulus INRI, característico sólo de los crucifijos latinos, expresa tanto el nombre del condenado (Iesus Nazarenus) como el motivo estrictamente político de su ejecución (Rex Iudaeorum).

Sobre el hecho de la crucifixión se ha versado mucho y la piedad ha ido deformando poco a poco la realidad histórica, por lo que cabría regresar a los orígenes del mismo. Jesús, en su proceso de condena y ejecución, no fue considerado como judío por sus compatriotas –como blasfemo, dejaba de ser un hijo de Israel de cara al Sanedrín- y por tanto no podía ser lapidado; pero tampoco era ciudadano romano, luego no podía ser decapitado. Estas dos formas de ejecución eran las consideradas características de cada pueblo; y al no ser Jesús considerado ni de uno ni de otro, fue condenado a la crucifixión: un horrendo método de ejecución inventado por los asirios, y tomado por los romanos de los púnicos, que lo copiaron y adaptaron a su derecho penal como una muerte legal, buena para esclavos y malhechores. Jesús fue flagelado y obligado a cargar el patibulum –tramo horizontal de la cruz- sobre sus hombros hasta el Gólgota, donde le esperaba el patíbulo vertical ya preparado sobre el suelo. La imagen de Jesús cargando con la cruz entera es, pues, falsa. Una vez allí, y según dictaba la ley, fue desnudado, narcotizado y crucificado.

Reconstrucción de la crucifixión practicada en el siglo I a partir de los restos de Jehohanan.

Naturalmente, no tenemos ningún resto corpóreo de Jesús, que según el dogma cristiano resucitó a los tres días y ascendió a los cielos, pero hemos podido comprobar la veracidad histórica con un hallazgo tan bueno como hubiera podido ser el propio Jesús: en el año 1968, en Giv’at ha-Mivtar (Israel), fue hallado el esqueleto de Jehohanan (en la imagen), un varón judío crucificado y contemporáneo de Jesús (ca. 4 a.C – 66 d.C). Fue él quien permitió, a partir del estado de sus huesos, reconstruir una crucifixión verdadera: los clavos jamás atravesaron las palmas de las manos, que se hubiesen desgarrado y desprendido casi enseguida; el cuerpo no estaba extendido en el patíbulo vertical, sino medio sentado sobre la sedecula, un listón de madera colocado entre las piernas (la iconografía cristiana ha colocado esta pieza bajo los pies de Cristo, cuando en realidad, estaría bajo las nalgas). Los clavos atravesaban los tobillos lateralmente y estaban reforzados con tablillas de madera, al igual que en las manos. Aunque sentados, la muerte se seguía produciendo igual por asfixia, y más cuando se recurría a la rotura de las piernas para acelerar el proceso.

La comunidad científica y médica estudió a la par que la arqueología los restos de Jehohanan y dio el visto bueno a su autenticidad y absoluta historicidad. Naturalmente, esto es absolutamente aplicable a todos los mártires cristianos crucificados: no hay razón alguna para pensar que tres, cuatro, seis siglos después de Jesús la crucifixión hubiera podido cambiar lo más mínimo, si ya no lo había hecho desde tiempos de los asirios, y más tratándose de una figura del derecho romano[1]. Y además está absolutamente fuera de discusión: hoy día, quien se empeña en negarlo aduciendo piedad o tradición sólo se engaña a sí mismo, pues también ha sido aceptado por la Iglesia con naturalidad, ya que ninguno de estos descubrimientos daña la figura de Jesús o la desmiente, si acaso, permite conocer mejor detalles de su vida que no habríamos tenido otro modo de conocer.

Otra lectura posible de la crucifixión de Jehohanan, atendiendo a los restos de los pies.

Pese a que la realidad de la crucifixión está ahora, y estuvo en tiempos antiguos, a la vista de todos [2], se prefirió entonces, y se ha seguido prefiriendo hasta ahora, representar la crucifixión de Jesús en el modo tradicional y acostumbrado. El por qué lo trataremos en el otro artículo.

Meldelen


[1] Recientes comprobaciones de los restos de Jehohanan han permitido descubrir que los restos que habían sido atribuidos a un solo hombre, pertenecen, realmente, a tres personas distintas, una de ellas un niño. Sin embargo esto no cambia la validez científica y médica del descubrimiento.

[2] La exposición de este artículo no debe conducir a error: lo que estamos viendo es sólo un modelo de los muchos diferentes de crucifixión que se practicaban en el mundo antiguo, pero por proximidad cronológica, es la más probable que se le pudo aplicar a Jesús.

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