San Dámaso, papa

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Escultura contemporánea del Santo en el seminario de Madrid (España).

Pregunta: Enhorabuena por vuestro trabajo. He oído infinidad de veces que Papas españoles ha habido muy pocos, pero que el primero de ellos fue San Dámaso. ¿Eso es verdad?

Respuesta: Gracias por tus elogios. Es verdad que los Papas nacidos en nuestra tierra se pueden contar con los dedos de una mano, pero no es verdad que San Dámaso fuese el primer Papa español, sencillamente porque en aquella época no existía España. Fue el primer Papa hispano, o sea, nacido en la península ibérica, posiblemente en lo que hoy es el norte de Portugal o el sur de Galicia y eso lo dice el mismo Liber Pontificalis: “Damasus natione hispanus ex patre Antonio sedit…”, nacido en el año 304 y cuyo pontificado duró desde el 366 al 384, o sea, que murió con unos ochenta años de edad. Es él mismo el que da algunas noticias sobre su familia: dice que su padre se llamaba Antonio y que su profesión era escribano y que recibió las órdenes sagradas y se ordenó de sacerdote. Dice también que su madre se llamaba Laurencia y que vivió ochenta y nueve años, consagrándose a Dios desde que se quedó viuda con unos sesenta años de edad; que tenía una hermana llamada Irene que dedicó a Dios su virginidad y aunque no habla nada de su propia juventud, si que dice que fue ordenado de diácono. Como he comentado antes, esto lo sabemos por él mismo.

En tiempos de Constancio II y azuzado por los arrianos, el papa San Liberio se opuso al emperador y no condenó a San Atanasio, cosa que si hicieron San Eusebio de Vercelli, San Lucífero de Cagliari o San Hilario de Poitiers, por lo que el propio papa fue condenado al exilio en Tracia en el año 354 acompañándolo el diácono Dámaso en el exilio, pero poco después, con la autorización de San Liberio regresó a Roma, donde dio pruebas de fidelidad al papa. El mismo día que el papa abandonaba la ciudad, el clero romano entre quienes se encontraban el archidiácono Félix y el diácono Dámaso, ante todo el pueblo de Roma juraron que mientras viviese Liberio no se nombraría a ningún otro pontífice, pero se sabe que poco tiempo después el archidiácono Félix se hizo consagrar como obispo quitándole el pontificado a Liberio. Aun así, siendo anti-papa, es venerado por la Iglesia como San Félix II.

Dámaso fue ordenado de sacerdote y el papa San Liberio, desde el exilio lo nombró su vicario mediante una reunión que se celebró el día de Pascua en una de las catacumbas de la vía Salaria y en la que participaron todos los presbíteros y diáconos fieles a Liberio. Cuando murió San Liberio el 24 de septiembre del año 366, siete días después, Dámaso fue elegido obispo de Roma, con sesenta y dos años de edad, sucediendo así a San Liberio. Pero esta elección se vio amenazaba por el cisma del arriano Ursicino, que fue consagrado al mismo tiempo que San Dámaso, ya que el pueblo romano se dividió en dos beligerantes facciones, apoyando la mayoría a Dámaso, pero otros a Ursicino. A principios de octubre, en un solo día, en la basílica liberiana de Sicinino fueron asesinados ciento treinta y siete romanos partidarios de uno y otro bando. Este luctuoso episodio está relatado en un epitafio encontrado en uno de los cementerios romanos, diciéndose en él expresamente que ocurrió en tiempos de Dámaso. La violencia fue tan grande que los prefectos de la ciudad tuvieron que restaurar el orden separando a los partidarios de ambos bandos. Dámaso fue reconocido por el emperador Valentiniano y Ursicino y sus partidarios fueron exiliados en las Galias.

San Dámaso dictando a San Jerónimo. Marfil de siglo IX conservado en Bremen, Alemania.

Al igual que ocurrió en tiempos del papa San Liberio, durante el pontificado de San Dámaso continuaron apareciendo movimientos heréticos ante los cuales él se mostró intransigente: arrianos, anomeos, macedonianos, marcelianos, fotinianos, apolinaristas y novacianos. Los novacianos, que eran seguidores del anti-papa Novaciano habían sido ya condenados a mediados del siglo III, por el papa San Cornelio en un sínodo de Roma, el cual aprobó lo que previamente había hecho San Cipriano de Cartago en su ciudad. Antes, en el sínodo de Alejandría convocado por San Atanasio, se reafirmó la fe del Concilio Ecuménico de Nicea, que declaró la divinidad del Espíritu Santo y la doctrina de la Encarnación (el Verbo de Dios tomó cuerpo y alma y se convirtió en verdadero hombre).

San Dámaso, ya como papa, adoptó una postura conciliadora: convocó dos concilios en Roma (en el 371 y en el 374) y sin condenar expresamente a los herejes, si condenó el negar la divinidad del Espíritu Santo y la perfecta humanidad de Cristo. Pero especialmente en Oriente, las herejías causaban disturbios dentro de la Iglesia, especialmente a la hora de elegir obispos en las sedes vacantes.
Convertido al cristianismo el emperador Teodosio I en el año 379, hizo que las sedes que estaban en manos de obispos arrianos pasaran a obispos fieles a las tesis conciliares y que San Gregorio Nacianceno pudiese tomar posesión de la sede de Constantinopla, que había sido ocupada anteriormente por obispos arrianos.
Con el decreto de Teodosio I “De fide católica” del año 380, se declaró al cristianismo como la religión del Imperio Romano, del cual San Dámaso, en aquel momento era el supremo pontífice, pero hay que recordar que tras la muerte de este emperador, el Imperio Romano se dividió en dos.

Para restablecer de manera definitiva la paz religiosa, en el año 381 se convocó el Primer Concilio en Constantinopla (que es uno de los concilios ecuménicos) al que asistieron obispos enviados por San Dámaso y ciento cincuenta y cuatro obispos de Oriente; entre estos, había una treintena de obispos de tendencia macedoniana comandados por Eusebio de Cizico los cuales se retiraron del Concilio en cuanto salió a colación el tema de la divinidad del Espíritu Santo. El Concilio se reafirmó en la doctrina del Concilio de Nicea y anatematizó las herejías arriana, eunomiana, marceliana, fotiniana y apolinarista.

San Dámaso dictando a San Jerónimo. Biblia italiana del siglo XI.

Al año siguiente, bajo la presidencia de San Dámaso se celebró un sínodo en Roma al que asistieron entre otros, Paulino de Antioquia, San Epifanio de Chipre, Acolio de Tesalónica, San Ambrosio de Milán, San Valeriano de Aquileya y San Jerónimo, que había participado también en el Concilio de Constantinopla del año anterior. Este sínodo había sido solicitado por San Ambrosio y convocado por el emperador Teodosio con el fin de unir a los obispos orientales con los occidentales. San Ambrosio pensaba que dicho sínodo sería un verdadero Concilio Ecuménico, pero los obispos orientales solo enviaron a tres representantes y una carta en la que se reafirmaban en la fe de Nicea, diciendo además que las dificultades de orden práctico, ya se habían resuelto el año anterior en Constantinopla y que en materia de fe, Constantinopla y Antioquia estaban en plena comunión con Roma.

En este sínodo, basándose en el texto de San Mateo: “Y yo te digo que tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mateo, 16,18) se reafirmó el poder del Papa, reclamando que en adelante para que un concilio fuera válido, no bastaba la convocatoria por parte del emperador, sino que esta tenía que ser expresamente aprobada por el obispo de Roma y que si no se daba esa premisa, los concilios no tendrían influencia sobre el conjunto de la Iglesia. Este sínodo romano en la práctica, se limitó a confirmar lo acordado en Constantinopla, no llegando a tener la consideración de verdadero Concilio. Pero San Jerónimo que había visto en Constantinopla la mala jugada que algunos obispos le habían hecho a San Gregorio Nacianceno, llegó a escribir en una de sus epístolas que: “la necesidad de la Iglesia le había llevado a Roma” (Ep., CXXVII, 7).

Digamos que fue San Dámaso quién descubrió las cualidades de San Jerónimo durante su estancia en Roma. Consultaba a Jerónimo para pedirle aclaración sobre diversos textos de las Escrituras y de las cartas que entre ellos se cruzaban se deduce la intima relación de amistad existente entre los dos. San Dámaso puso especial empeño en cuidar los libros que existían en Roma, los cuales puso bajo la tutela de Jerónimo. Solicitó a San Jerónimo que utilizara el canon de los libros canónicos del Antiguo y Nuevo Testamento aprobado en el sínodo del año 374 y redactara una nueva traducción de la Biblia, incluyendo los cuarenta y seis libros del Antiguo Testamento y los veintisiete del Nuevo. Así nació lo que ha venido en llamarse la traducción “Vulgata”. Esta traducción fue aprobada oficialmente por el Concilio de Trento, siendo la versión oficial de la Biblia de la Iglesia Católica.

San Damaso y San Eutiquio, sepulcro en la Iglesia romana de San Lorenzo in Damaso.

No nos olvidemos que San Dámaso era hijo de lo que podríamos llamar un notario romano que había vivido en el tiempo de las persecuciones, por lo que tanto por el ambiente familiar en el que vivió como por los contactos que allí tuvo, él mismo era una buena fuente de tradición.
Las expresiones que utiliza cuando escribe sus versos sobre los mártires, dada la escasez de documentos escritos de su época, nos pone de manifiesto la seriedad del método que utilizaba a la hora de escribirlos. Por ejemplo, en el que escribe sobre Santa Inés, o sobre San Hipólito o sobre los santos Pedro y Marcelino; en este último caso llega a decir: “tuve estas noticias cuando yo aun era un niño”, o sea, era un tesoro de información por los numerosos testimonios que personalmente, había visto y oído desde pequeño.

Y de esta información personal se valió para encontrar las sepulturas de numerosos mártires; sabía donde estaban sepultados aunque sus sepulturas y cultos hubieran caído en el olvido. Otro ejemplo: actualmente, como veremos en una de las fotos de este artículo, San Eutiquio está sepultado junto a él; pues San Dámaso narra el cruel martirio al que fue sometido este santo y como él había encontrado su sepulcro:
“Quaeritur inventus colitur fovet omnia praestat:
Expressit Damasus meritum venerare sepulchrum”.

O en los versos dedicados a los Santos Proto y Jacinto, en los que menciona los trabajos que tuvieron que realizarse para acceder al sepulcro:
“Extremo tumulus latuit sub aggere montis
Hunc Damasus monstrat servat quod membra piorum,
Te Protum retinet melior sibi regia coeli
Sanguine purpureo sequeris Hyacinthe probatus”.

Se podrían poner muchísimos más ejemplos, pero haríamos pesada la lectura del artículo.

Sepulcro de San Dámaso en la Iglesia romana de San Lorenzo in Damaso.

En base a diversos comentarios del “Liber pontificalis” y otros documentos, así como por los datos obtenidos en distintas excavaciones arqueológicas, podemos decir que San Dámaso edificó la Basílica donde fue sepultado, situada entre las vías Appia y Ardeatina. Esta se encontraba entre la catacumba de los santos Marcos y Marceliano y la de Santa Balbina. Hizo preparar la tumba de su madre, muerta al principio de su pontificado, dentro de la catacumba primeramente mencionada.

La inscripción sepulcral que San Dámaso compuso en vida para sí mismo es bellísima: es un acto de fe en la omnipotencia de Cristo que prometió que todos seríamos resucitados en el último día: “El que cree en mí, no morirá eternamente” (Juan, 12,44). Esta inscripción está en las catacumbas y posteriormente fue decorada con frescos y mosaicos alegóricos al Antiguo y al Nuevo Testamentos. Dice así:
“Qui gradiens pelagi fluctus compressit amaros
Vivere qui praestat morientia semina térrae
Solvere qui potuit letalia vincula mortis
Post tenebras fratrem post tertia lumina solis
Ad superos iterum Marthae donare sorori
Post cineres Damasum faciet quia surgere credo”.

Traducido al castellano: (“Aquel que caminando por el mar apaciguó sus amargas olas, que da vida a la semilla sepultada en la tierra, que pudo romper los lazos mortales del sepulcro después de las tinieblas y entregar de nuevo vivo, pasados tres días, el hermano a su hermana Marta, hará que Dámaso renazca de sus cenizas; así lo creo”).

San Dámaso erigió una basílica en honor de San Lorenzo junto al teatro de Pompeo, basílica que utilizaba como su propia casa; el lugar está cercano adonde hoy se encuentra la Basílica de San Lorenzo in Dámaso. Aquella primitiva basílica formaba parte de los “veinticinco títulos” romanos del siglo V y así nos lo recuerdan distintos documentos posteriores de los siglos VI y VIII. Construyó también la Basílica de San Sebastián en la Vía Appia.
Una inscripción marmórea que se encuentra en las Grutas Vaticanas hace mención a los trabajos que San Dámaso llevó a cabo para, mediante un sistema de drenaje, recoger el agua que manaba de la colina Vaticana, donde posteriormente se construyera esta Basílica. Lo hizo para impedir que se anegaran los cuerpos de los mártires allí sepultados, llevando dichas aguas a la fuente bautismal que él mismo preparó en el extremo derecho de lo que hoy es la nave transversal de la basílica.

Relicario del Santo en la Iglesia de San Lorenzo in Damaso, Roma (Italia).

Después de haber gobernado la Iglesia durante dieciocho años y con ochenta años de edad, murió el 11 de diciembre del año 384, siendo sepultado cerca de su madre y su hermana, en una tumba que el mismo se había preparado.

Bajo el pontificado del Papa Adriano I, el cuerpo de San Dámaso fue llevado a la Iglesia de San Lorenzo “iuxta theatrum”. Esta basílica fue restaurada por Adriano I y posteriormente, por San León III, aunque en el año 1495 fue demolida y posteriormente reconstruida la nueva de San Lorenzo in Dámaso, donde reposan sus restos en el altar mayor junto con los restos de San Eutiquio.

Iconográficamente se le representa con los atributos de Sumo Pontífice; a veces, acompañado de San Jerónimo entregándole el uno al otro un ejemplar de la Biblia. Incluso es pintado con una iglesia en sus manos en alusión a su actividad de restaurador de iglesias y de los sepulcros de los mártires. Raramente se le representa con un ostensorio. Se podrían mencionar numerosas obras de artistas tan importantes como Fra Diamante, Francesco Botticcini, Cosimo Rosselli y otros, pero este es un tema en el que mejor que yo, lo harían otros colaboradores del blog.

Antonio Barrero

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es