San Damián José De Veuster, misionero de los Sagrados Corazones

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Foto del año 1873.

Foto del año 1873.

El Padre Damián (así le llamábamos cuando yo era pequeño), siendo tan solo un Siervo de Dios, era uno de los santos más venerados por el hecho de su trabajo heroico entre los leprosos de la maldita isla de Molokai, en las Hawai. Nació el 3 de enero del 1840 en Tremelo (Bélgica), siendo el penúltimo de ocho hermanos, hijos de una modesta familia de agricultores flamencos; al bautizarlo le impusieron el nombre de José. Tuvo dos hermanas religiosas ursulinas y un hermano que entró en el Instituto de los Picpus (Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María) en Lovaina. Este hermano, mayor que él, fue providencial para hacerle descubrir la vocación a la que José estaba predestinado.

En un primer momento, José pensó hacerse monje trapense, pero su hermano lo convenció para que entrara con él en su Congregación. A causa de su edad y de su falta de formación cultural, los superiores decidieron admitirlo como postulante para que fuera hermano coadjutor. José, que tenía diecinueve años de edad, aceptó gustoso esta decisión y cuando inició el noviciado el 2 de febrero de 1859, cambió su nombre por el de Damián. Sin embargo, no abandonando su deseo de ser sacerdote, bajo la guía de su hermano, aprendió el francés y el latín, siendo escogido en agosto de ese mismo año entre los novicios candidatos al sacerdocio. Un día, sobre su pupitre de estudiante en el noviciado grabó lo que quería fuera el lema de su vida: “Silencio, recogimiento y oración”.

Hizo la profesión simple en Issy (Paris) en el año 1860, iniciando sus estudios de filosofía en el convento que los Picpus tenían en París; posteriormente, retornó a Lovaina para continuar sus estudios filosóficos en la Universidad Católica. Allí mismo, en el curso 1862-63 inició los estudios teológicos. Al comenzar su segundo año de teología, su hermano fue destinado a las misiones de las islas Hawai, pero cayó enfermo algunos días antes de partir, por lo que el proyecto se vino abajo. Damián, de manera espontánea le dijo a su hermano: “¿Qué te parece si parto yo en tu lugar?” Y de acuerdo ambos hermanos, escribieron directamente al superior general de la Congregación obteniendo el permiso para que Damián se marchara a las islas Hawai.

Reunido con un grupo de niñas y mujeres en Kalawao en el 1870.

Reunido con un grupo de niñas y mujeres en Kalawao en el 1870.

Estaba ya en París el día 23 de octubre y desde allí marchó a Bremen donde se embarcó el 19 de noviembre, llegando a Honolulu el 19 de marzo de 1864, festividad de San José. Desde el primer momento de su llegada se mostró dispuesto a realizar cualquier misión que le encomendaran sus superiores. El 26 de marzo fue ordenado de subdiácono y el 17 de abril, de diácono, recibiendo la ordenación como presbítero el día 21 de mayo, de manos de monseñor Maigret, obispo de Honolulu. Inmediatamente después, fue destinado a la misión de Puna y un año más tarde, a la de Kohala, donde estuvo hasta el año 1873.

En el mes de mayo de este año, monseñor Maigret solicitó “un voluntario para que desarrollase su apostolado de manera provisional entre los leprosos de Molokai”. El obispo tenía la intención de confiar este ministerio a cuatro sacerdotes que se fueran turnando entre si después de pasar algunas semanas en aquella isla considerada como maldita, pero el padre Damián se presentó al obispo diciéndole: “Acepto ir, pero para siempre”. Marchó a la isla y hasta que no recibió el consentimiento explícito de que allí se quedaría para siempre no se encontró plenamente en paz consigo mismo. Desde allí le escribió a su hermano: “Apenas he llegado a la leprosería de Molokai el 10 de mayo de 1873, he confiado mi salud a Nuestro Señor, a su Santísima Madre y a San José. Ellos tienen la tarea de preservarme de este mal”.

San Damián José De Veuster cuando había contraído la enfermedad de la lepra.

San Damián José De Veuster cuando había contraído la enfermedad de la lepra.

Al ser un hombre sumamente generoso, inmediatamente se entregó al cuidado de los leprosos y con un espíritu de total entrega, siempre bajo la obediencia más absoluta a sus superiores, inició su apostolado en la isla. Cuando llegó a Molokai el 10 de mayo – el mismo día en el que le escribió a su hermano -, tenía treinta y tres años de edad, allí se contagió de lepra doce años más tarde y allí murió como un leproso más el Lunes Santo, día 15 de abril de 1889, a las ocho y media de la mañana, con solo cuarenta y nueve años de edad. Había dicho: “El buen Dios me llama para que celebre la Pascua en el cielo”. Fue sepultado en Molokai. Todo su cuerpo se había convertido en una pura llaga, incluso los dedos, con los que cogía el Cuerpo de Cristo cada vez que celebraba la Santa Misa. Había llegado a ser un leproso más entre los leprosos, ya que nunca los abandonó, mostrándoles así que Cristo tampoco los abandonaba. Había transformado el infierno de Molokai, la isla maldita, en un paraíso porque allí se había implantado una caridad sobrehumana Y en esa tarea, durante algún tiempo, le ayudó la monja estadounidense Santa Mariana Cope.

¿Cómo sería el padre Damián, cual sería su espiritualidad, su entrega a Cristo y a los leprosos para llegar a hacer lo que hizo? Por sus cartas y por sus notas espirituales sabemos que tenía una vida interior excepcionalmente intensa al mismo tiempo que una sencillez admirable, las mismas que solo una persona completamente entregada a Dios puede tener. Esta vida interior estaba sustentada en un intenso amor a la Eucaristía, una inmensa necesidad del sacramento de la penitencia (lo confesaban de lejos, desde un barco que no atracaba en la isla), un amor filial a María a quién diariamente dedicaba el rezo del Rosario y una abnegación total y absoluta que le hacía resistir el voluntario aislamiento al que se había sometido.

Enfermo en la cama.

Enfermo en la cama.

Escribió numerosas cartas en las que pedía a sus amigos: “Rogad a Dios por mi, para que me confirme en su gracia, como hicieron los apóstoles”. Tenía una especial devoción a los apóstoles Juan y Pablo; de ellos decía que habían vivido y amado “no con palabras, sino con obras y con verdad”. Como realizaba cualquier tipo de tarea por dura e ingrata que fuese, decía graciosamente que para los leprosos él era el hombre de los “treinta y seis oficios”. Como su hazaña fue mundialmente conocida y por cartas le llegaban algunas felicitaciones, él decía: “Soy un simple y pobre sacerdote que solo realiza los deberes de su vocación”. Fue sobre todo un hombre, un sacerdote, un religioso y un apóstol desde los pies hasta la cabeza.

Recibió algún que otro apoyo por carta, pero jamás una visita, que él tampoco la hubiera aceptado por temor al contagio del visitante. Como he dicho antes, aunque ansiaba el sacramento de la Reconciliación, se vio privado regularmente del mismo, ya que solo de vez en cuando, se acerca un sacerdote que de lejos lo confesaba a fin de no verse contagiado por la lepra. “Si me fuese quitada de mi pequeña capilla la presencia del Divino Maestro, no podría perseverar en mi propósito de compartir mi destino con los leprosos”. “Soy feliz y no me lamento por nada porque cuando lo necesito pero no tengo confesor, confieso mis pecados ante el Santísimo Sacramento.

Muerto en su cama. Junto a él Santa Mariana Cope.

Muerto en su cama. Junto a él Santa Mariana Cope.

Pero además de los sufrimientos acarreados por su trabajo y por su enfermedad, tuvo que sufrir las incomprensiones de algún superior que lo acusaba – sin verlo -, de no llevar una suficiente vida interior porque estaba demasiado ocupado en los trabajos materiales que le originaban su atención a los leprosos. Por eso es por lo que, siempre obediente, decía con resignación y con gracejo que “era el hombre de los treinta y seis oficios”. Viviendo en estas condiciones tan miserables, algún insidioso lo llegó incluso a acusar ¡de no tener espíritu de pobreza! e incluso le levantaron alguna calumnia referente a su celibato y al voto de castidad. A tal extremo llegó que, como por ignorancia se creía que la lepra se contagiaba por vía genital, fue obligado en tres ocasiones a ser inspeccionado íntimamente por un médico a fin de que este confirmase su virginidad. Injusticias de la vida: confesión desde lejos, inspección médica desde cerca. Pero siempre su inocencia se impuso sobre las calumnias y las humillaciones.

También se le acusó de haber contraído la lepra por imprudente y negligente, ignorándose deliberadamente que él cuidaba a los enfermos y que incluso, al dar con la mano la comunión a los leprosos, voluntaria o involuntariamente no podía evitar que su mano tocase la lengua de un enfermo. Pero él lo tenía muy claro: la salud corporal y espiritual de los enfermos dependía de él y el Evangelio le decía que el amor había que ejercitarlo hasta la muerte. No hacía falta que predicase ya que sus obras eran una continua predicación del mensaje evangélico, sus obras le llevó a ser un mártir de la caridad y del amor al prójimo.

Sepultura actual en Lovaina (Bélgica).

Sepultura actual en Lovaina (Bélgica).

Después de su muerte, le fueron erigidas estatuas en Molokai y en Lovaina. Incluso los Estados Unidos lo consideró como un héroe nacional el 15 de abril de 1969. En el mes de mayo del 1936 fue exhumado en Molokai y sus restos fueron llevados a Lovaina y puestos en la capilla antigua de su Congregación. En diciembre de 1962 fueron puestos en la cripta de la nueva iglesia donde aun continúan.

El proceso informativo de la Causa de beatificación fue iniciado simultáneamente en Honolulu y en Mechelen. El decreto de introducción de la Causa fue firmado por el Ven. Papa Pío XII el día 12 de mayo del año 1955. El 8 de julio de 1965 fueron aprobados sus escritos; fue declarado venerable el 7 de julio de 1977. San Juan Pablo II lo beatificó el 14 de junio de 1995, siendo finalmente canonizado por Benedicto XVI, el día 11 de octubre del año 2009. Su fiesta se celebra en el día de hoy.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Barry, M., “Saint Damien de Veuster: missionary of Molokai”, Boston, 2009
– Cicognani, A.G., “Father Damien, Apostle of the Lepers”, Washington, 1937.
– Gestel, O., “P. Damien De Veuster, Vie et Documents”, Lovaina, 1936
– Jourdan, V., “Le père Damien De Veuster, apôtre des lépreux”, Braine-le-Comte, 1931
– San Damián J. De Veuster, “Report on the Leprosarium of Molokai”, Kalawao, 1886
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, tomo XII”, Città N. Editrice, Roma, 1990.

Enlace consultado (20/03/2015):
– www.damiaanvandaag.be

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Los santos y la lepra

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El Beato Juan Beyzym atendiendo a un enfermo de lepra en Fianarantsoa (Madagascar).

Introducción:
Las Cruzadas” (en España, “El reino de los cielos”) es una película del año 2005, dirigida por Ridley Scott, película que hace hincapié en un ensayo sobre el rey Balduino IV de Jerusalén, un rey leproso (Jerusalén 1161-Jerusalén, 16 de marzo de 1185) al que en su película, a través de su sabiduría, le da un aura de santidad, aunque realmente este rey no está canonizado. Antes de entrar en este tema (la santidad y la lepra), digamos dos palabras sobre la enfermedad que padecía el rey Balduino.

La lepra (o enfermedad de Hansen) es una enfermedad infecciosa y crónica, causada por la bacteria “Mycobacterium leprae”, que afecta a la piel y los nervios periféricos de diversas formas y gravedad, pero debilitando mucho al paciente. Durante mucho tiempo fue considerada como una maldición de Dios y como una enfermedad incurable, pero en la actualidad se ha demostrado que hay que tenerle menos miedo y que es una enfermedad que se puede curar o al menos detener su avance. El nombre de esta enfermedad se procura evitar a fin de no llamar leproso a quién la padece, pues este término aun es un estigma en el conjunto de la opinión pública.

La lepra, como he dicho, era considerada como una maldición de Dios y en este sentido, un versículo del capítulo quinto del Segundo Libro de los Reyes dice: “Guejazi… la lepra de Naamán, se te pegará a ti y a tu descendencia para siempre. Cuando Guejazi se retiró de su presencia, estaba leproso, blanco como la nieve” (II Reyes, 5, 27). Fue el castigo que Eliseo le dio a su criado Guejazi, debido a su avaricia y falta de generosidad. De hecho, Eliseo había curado de lepra a Naamán. Leamos completo el pasaje bíblico:
Naamán, general del ejército del rey Arám, era un hombre prestigioso y altamente estimado por su señor porque gracias a él, el Señor había dado la victoria a Arám. Pero este hombre, guerrero y valeroso, padecía de una enfermedad en la piel.
En una de sus incursiones, los arameos se habían llevado cautiva del país de Israel a una niña, que fue puesta al servicio de la mujer de Naamán. Ella dijo entonces a su patrona: “¡Ojala mi Señor se presentara ante el profeta que está en Samaría! Seguramente, él lo libraría de su enfermedad”. Naamán fue y se lo contó a su señor: “La niña del país de Israel ha dicho esto y esto”. El rey Arám respondió: “Está bien, ve y yo enviaré una carta al rey de Israel”.
Naamán partió llevando consigo diez talentos de plata, seis mil ciclos de oro y diez trajes de gala y presentó al rey de Israel la carta que decía: “Al mismo tiempo que te llega esta carta, te envío a Naamán mi servidor, para que lo libres de su enfermedad”. Apenas el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestiduras y dijo: “¿Acaso yo soy Dios, capaz de hacer vivir o morir, para que este me mande librar a un hombre de su enfermedad? Fíjense bien y verán que él está buscando un pretexto contra mí”.
Cuando Eliseo, el hombre de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestiduras, mandó decir al rey: “¿Por qué has rasgado tus vestiduras? Que él venga a mi y sabrá que hay un profeta en Israel”.
Naamán llegó entonces con sus caballos y su carruaje y se detuvo a la puerta de la casa de Eliseo. Eliseo envió un mensajero para que le dijera: “Ve a bañarte siete veces en el Jordán; tu carne se restablecerá y quedarás limpio”. Pero Naamán, muy irritado, se fue diciendo: “Yo me había imaginado que saldría él personalmente, se pondría de pie e invocaría el nombre del Señor, su Dios; luego pasaría su mano sobre la parte afectada y curaría la enfermedad de la piel. ¿Acaso los ríos de Damasco, el Abaná y el Parpar, no valen más que todas las aguas de Israel? ¿No podría yo bañarme en ellos y quedar limpio? Y dando media vuelta, se fue muy enojado.
Pero sus servidores se acercaron para decirle: “Padre, si el profeta te hubiera mandado una cosa extraordinaria ¿no la habrías hecho? ¡Cuánto más si él te dice simplemente: Báñate y quedarás limpio! Entonces bajó y se sumergió siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del hombre de Dios; así su carne se volvió como la de un muchacho joven y quedó limpio.
Luego volvió con toda su comitiva adonde estaba el hombre de Dios. Al llegar se presentó delante de él y le dijo: “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra, a no ser en Israel. Acepta, te lo ruego, un presente de tu servidor
”. (II Libro de los Reyes, 5, 1-15).

Fotografía de San Damián de Molokai enfermo de lepra, convaleciente en su lecho.

Lo mismo ocurrió en un episodio de Jesús en Nazaret contado por el evangelista Lucas:

“Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu, y su fama corrió por toda aquella región. Enseñaba en las sinagogas de los judíos y todos lo alababan.
Llegó a Nazaret, donde se había criado, y el sábado fue a la sinagoga, como era su costumbre. Se puso de pie para hacer la lectura y le pasaron el libro del profeta Isaías. Jesús desenrolló el libro y encontró el pasaje donde estaba escrito:
El Espíritu del Señor está sobre mí. El me ha ungido para llevar buenas nuevas a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos, y a los ciegos que pronto van a ver, para despedir libres a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.
Jesús entonces enrolló el libro, lo devolvió al ayudante y se sentó, mientras todos los presentes tenían los ojos fijos en él. Y empezó a decirles: “Hoy os llegan noticias de cómo se cumplen estas palabras proféticas.” Todos lo aprobaban y se quedaban maravillados, mientras esta proclamación de la gracia de Dios salía de sus labios. Y decían: “¡Pensar que es el hijo de José!”
Jesús les dijo: “Seguramente vosotros me vais a recordar el dicho: Médico, cúrate a ti mismo. Realiza también aquí, en tu patria, lo que nos cuentan que hiciste en Cafarnaún.” Y Jesús añadió: “Ningún profeta es bien recibido en su patria. En verdad os digo que había muchas viudas en Israel en tiempos de Elías, cuando el cielo retuvo la lluvia durante tres años y medio y una gran hambre asoló a todo el país. Sin embargo Elías no fue enviado a ninguna de ellas, sino a una mujer de Sarepta, en tierras de Sidón. También había muchos leprosos en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio.”
Todos en la sinagoga se indignaron al escuchar estas palabras; se levantaron y lo empujaron fuera del pueblo, llevándolo hacia un barranco del cerro sobre el que está construido el pueblo, con intención de arrojarlo desde allí. Pero Jesús pasó por medio de ellos y siguió su camino
”. (Lucas 4, 14-30).

Padre Daniel de Samarate. Escultura en Villa Monteveccio a Samarate, Italia.

La curación de la enfermedad es un signo de la misericordia y de la bondad divina, pero en este pasaje de San Lucas se intuye que también es un don de la fe. Y es propio de la fe de los santos el que la lepra no sea vista como un castigo divino, sino que la vean con compasión hacia el hombre que sufre.
Esto es evidente en algunos testigos del Evangelio que vivieron su amor a los leprosos incluso llegando a participar de su misma enfermedad, como el gran sacerdote santo Damián de Molokhai, el humilde franciscano Daniel de Samarate o el sabio sacerdote jesuita Juan Beyzym. De otros santos se sabe que toda su vida o parte de ella vivieron como leprosos.

  1. San Abgar V Ukama (el Negro), rey de Edessa
  2. Santa Aleida de Schaerbeek, virgen
  3. San Amico, mártir
  4. Santa Angadrisma, abadesa
  5. Beato Bartolo Buonpedoni de San Gimignano
  6. San Lázaro de Kyoto, mártir
  7. Venerable Pedro Urraca de la Santísima Trinidad
  8. San Teobaldo de Provins
  9. Beata Salomé de Niederaltaich

Por último, hay algunos ejemplos significativos de esta santidad que no podemos dejar de mencionar cuando tratamos el tema de la santidad y la enfermedad de la lepra:

  1. San Lázaro el Mendigo
  2. San Eliseo, profeta
  3. Beata Mariana (Bárbara) Cope de Molokai
  4. Siervo de Dios Marcelo Candia, médico
  5. Siervo de Dios Raúl Follereau, empresario
  6. Beato Bentivoglio de Bonis de San Severino Marche
  7. Beato Buenaventura de Potenza
  8. Santa Isabel de Portugal, reina
  9. Santa Brígida  de Irlanda (o de Cell Dara), abadesa
  10. Beata María Dolores Rodríguez Sopeña
  11. Beata Teresa de Calcuta (Inés Gonxha Bojaxiu)
  12. San Francisco de Asís

Fotografía de San Damián de Molokai en la juventud retocada para estampa devocional.

He aquí, brevemente, tres perfiles hagiográficos de los “tres leprosos santos”. Su ejemplo nos lleva a vivir nuestro amor al prójimo, por el amor a Dios y al prójimo que es el resumen de todos los mandamientos.
San Damián de Molokai:
El Martirologio Romano dice el día 15 de abril: “En Kalawao, en la isla de Molokai en Oceanía, San Damián José de Veuster, sacerdote de la Congregación de los Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús y María, que atendía con tal dedicación el cuidado de los leprosos, que murió golpeado por la misma enfermedad de la lepra”.

Siervo de Dios Daniel de Samarate:
El Siervo de Dios Felice Rossini (Daniel de Samarate), fue un misionero y apóstol de los leprosos. Nació en San Macario Samarate (Milán) el día 15 de junio del año 1876, siendo hijo de Pasquale y Giovanna Paccioretti  y al día siguiente fue bautizado imponiéndosele el nombre de Félix.
El 15 de enero del año 1890 entró en el convento de los frailes capuchinos de Sovere di Lombardia (Bergamo). Fue ordenado sacerdote en Fortaleza (Cearà), Brasil,  el día 19 de marzo del año 1899 y desde enero del 1900 fue destinado a la Colonia agrícola de San Antonio de Prata (Parà), donde permaneció como director, constructor y misionero hasta enero de 1913. Durante estos intensos años de apostolado entre la gente hambrienta de Dios, se contagió de lepra. De regreso a Italia por consejo médico, el día 21 de agosto de 1909, con inmensa fe, hizo una parada en Lourdes con la intención de recibir la gracia de la perfecta conformidad con los planes de Dios.
Vuelve a Brasil y después de un breve período como párroco de Anil-Luís (Maranhão), el día 27 de abril del año 1914 definitivamente se contagia de lepra en Tucunduba (Belém-Pará) y allí permaneció hasta su muerte, sirviendo a los demás con gran celo, mientras él sufría en sus carnes la propia enfermedad. Murió santamente el día 19 de mayo de 1924, con solo cuarenta y ocho años de edad, de los cuales, veintiséis los pasó como misionero.

Fotografía del Beato Juan Beyzym

Era conocida y guardada en el corazón de muchos de sus admiradores y devotos una fórmula de acción de gracias acuñada por él durante los últimos años de su terrible enfermedad: “A Deus louvado” (Alabado sea Dios). El día 4 de julio de 1998 se emitió el decreto de validez del proceso diocesano, el principal en Belém (Brasil) y el rogatorio en Milano (Italia).

Beato Juan Beyzym:
El Martirologio Romano dice el día 2 de octubre: “En Fianarantsoa (Madagascar), el Beato Juan Beyzym, sacerdote de la Compañía de Jesús, que desarrolló en toda la isla una intensa actividad entre los leprosos, sirviéndolos corporal y espiritualmente con gran celo y caridad”.

Damiano Grenci

Bibliografia y sitios

  • AA. VV. – Biblioteca Sanctorum (Enciclopedia de los Santosi) – Voll. 1-12 y I-II apéndices – Ed. Città Nuova
  • C.E.I. – Martirologio Romano – Libreria Editrice Vaticana – 2007 – pp. 1142
  • Grenci Damiano Marco – Archivo privado iconográfico y hagiográfico: 1977 – 2011
  • Sitio Web de santibeati.it
  • Sitio Web de wikipedia.org
  • Sitio Web de newsaints.faithweb.com

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