Los santos y la lepra

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El Beato Juan Beyzym atendiendo a un enfermo de lepra en Fianarantsoa (Madagascar).

Introducción:
Las Cruzadas” (en España, “El reino de los cielos”) es una película del año 2005, dirigida por Ridley Scott, película que hace hincapié en un ensayo sobre el rey Balduino IV de Jerusalén, un rey leproso (Jerusalén 1161-Jerusalén, 16 de marzo de 1185) al que en su película, a través de su sabiduría, le da un aura de santidad, aunque realmente este rey no está canonizado. Antes de entrar en este tema (la santidad y la lepra), digamos dos palabras sobre la enfermedad que padecía el rey Balduino.

La lepra (o enfermedad de Hansen) es una enfermedad infecciosa y crónica, causada por la bacteria “Mycobacterium leprae”, que afecta a la piel y los nervios periféricos de diversas formas y gravedad, pero debilitando mucho al paciente. Durante mucho tiempo fue considerada como una maldición de Dios y como una enfermedad incurable, pero en la actualidad se ha demostrado que hay que tenerle menos miedo y que es una enfermedad que se puede curar o al menos detener su avance. El nombre de esta enfermedad se procura evitar a fin de no llamar leproso a quién la padece, pues este término aun es un estigma en el conjunto de la opinión pública.

La lepra, como he dicho, era considerada como una maldición de Dios y en este sentido, un versículo del capítulo quinto del Segundo Libro de los Reyes dice: “Guejazi… la lepra de Naamán, se te pegará a ti y a tu descendencia para siempre. Cuando Guejazi se retiró de su presencia, estaba leproso, blanco como la nieve” (II Reyes, 5, 27). Fue el castigo que Eliseo le dio a su criado Guejazi, debido a su avaricia y falta de generosidad. De hecho, Eliseo había curado de lepra a Naamán. Leamos completo el pasaje bíblico:
Naamán, general del ejército del rey Arám, era un hombre prestigioso y altamente estimado por su señor porque gracias a él, el Señor había dado la victoria a Arám. Pero este hombre, guerrero y valeroso, padecía de una enfermedad en la piel.
En una de sus incursiones, los arameos se habían llevado cautiva del país de Israel a una niña, que fue puesta al servicio de la mujer de Naamán. Ella dijo entonces a su patrona: “¡Ojala mi Señor se presentara ante el profeta que está en Samaría! Seguramente, él lo libraría de su enfermedad”. Naamán fue y se lo contó a su señor: “La niña del país de Israel ha dicho esto y esto”. El rey Arám respondió: “Está bien, ve y yo enviaré una carta al rey de Israel”.
Naamán partió llevando consigo diez talentos de plata, seis mil ciclos de oro y diez trajes de gala y presentó al rey de Israel la carta que decía: “Al mismo tiempo que te llega esta carta, te envío a Naamán mi servidor, para que lo libres de su enfermedad”. Apenas el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestiduras y dijo: “¿Acaso yo soy Dios, capaz de hacer vivir o morir, para que este me mande librar a un hombre de su enfermedad? Fíjense bien y verán que él está buscando un pretexto contra mí”.
Cuando Eliseo, el hombre de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestiduras, mandó decir al rey: “¿Por qué has rasgado tus vestiduras? Que él venga a mi y sabrá que hay un profeta en Israel”.
Naamán llegó entonces con sus caballos y su carruaje y se detuvo a la puerta de la casa de Eliseo. Eliseo envió un mensajero para que le dijera: “Ve a bañarte siete veces en el Jordán; tu carne se restablecerá y quedarás limpio”. Pero Naamán, muy irritado, se fue diciendo: “Yo me había imaginado que saldría él personalmente, se pondría de pie e invocaría el nombre del Señor, su Dios; luego pasaría su mano sobre la parte afectada y curaría la enfermedad de la piel. ¿Acaso los ríos de Damasco, el Abaná y el Parpar, no valen más que todas las aguas de Israel? ¿No podría yo bañarme en ellos y quedar limpio? Y dando media vuelta, se fue muy enojado.
Pero sus servidores se acercaron para decirle: “Padre, si el profeta te hubiera mandado una cosa extraordinaria ¿no la habrías hecho? ¡Cuánto más si él te dice simplemente: Báñate y quedarás limpio! Entonces bajó y se sumergió siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del hombre de Dios; así su carne se volvió como la de un muchacho joven y quedó limpio.
Luego volvió con toda su comitiva adonde estaba el hombre de Dios. Al llegar se presentó delante de él y le dijo: “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra, a no ser en Israel. Acepta, te lo ruego, un presente de tu servidor
”. (II Libro de los Reyes, 5, 1-15).

Fotografía de San Damián de Molokai enfermo de lepra, convaleciente en su lecho.

Lo mismo ocurrió en un episodio de Jesús en Nazaret contado por el evangelista Lucas:

“Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu, y su fama corrió por toda aquella región. Enseñaba en las sinagogas de los judíos y todos lo alababan.
Llegó a Nazaret, donde se había criado, y el sábado fue a la sinagoga, como era su costumbre. Se puso de pie para hacer la lectura y le pasaron el libro del profeta Isaías. Jesús desenrolló el libro y encontró el pasaje donde estaba escrito:
El Espíritu del Señor está sobre mí. El me ha ungido para llevar buenas nuevas a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos, y a los ciegos que pronto van a ver, para despedir libres a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.
Jesús entonces enrolló el libro, lo devolvió al ayudante y se sentó, mientras todos los presentes tenían los ojos fijos en él. Y empezó a decirles: “Hoy os llegan noticias de cómo se cumplen estas palabras proféticas.” Todos lo aprobaban y se quedaban maravillados, mientras esta proclamación de la gracia de Dios salía de sus labios. Y decían: “¡Pensar que es el hijo de José!”
Jesús les dijo: “Seguramente vosotros me vais a recordar el dicho: Médico, cúrate a ti mismo. Realiza también aquí, en tu patria, lo que nos cuentan que hiciste en Cafarnaún.” Y Jesús añadió: “Ningún profeta es bien recibido en su patria. En verdad os digo que había muchas viudas en Israel en tiempos de Elías, cuando el cielo retuvo la lluvia durante tres años y medio y una gran hambre asoló a todo el país. Sin embargo Elías no fue enviado a ninguna de ellas, sino a una mujer de Sarepta, en tierras de Sidón. También había muchos leprosos en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio.”
Todos en la sinagoga se indignaron al escuchar estas palabras; se levantaron y lo empujaron fuera del pueblo, llevándolo hacia un barranco del cerro sobre el que está construido el pueblo, con intención de arrojarlo desde allí. Pero Jesús pasó por medio de ellos y siguió su camino
”. (Lucas 4, 14-30).

Padre Daniel de Samarate. Escultura en Villa Monteveccio a Samarate, Italia.

La curación de la enfermedad es un signo de la misericordia y de la bondad divina, pero en este pasaje de San Lucas se intuye que también es un don de la fe. Y es propio de la fe de los santos el que la lepra no sea vista como un castigo divino, sino que la vean con compasión hacia el hombre que sufre.
Esto es evidente en algunos testigos del Evangelio que vivieron su amor a los leprosos incluso llegando a participar de su misma enfermedad, como el gran sacerdote santo Damián de Molokhai, el humilde franciscano Daniel de Samarate o el sabio sacerdote jesuita Juan Beyzym. De otros santos se sabe que toda su vida o parte de ella vivieron como leprosos.

  1. San Abgar V Ukama (el Negro), rey de Edessa
  2. Santa Aleida de Schaerbeek, virgen
  3. San Amico, mártir
  4. Santa Angadrisma, abadesa
  5. Beato Bartolo Buonpedoni de San Gimignano
  6. San Lázaro de Kyoto, mártir
  7. Venerable Pedro Urraca de la Santísima Trinidad
  8. San Teobaldo de Provins
  9. Beata Salomé de Niederaltaich

Por último, hay algunos ejemplos significativos de esta santidad que no podemos dejar de mencionar cuando tratamos el tema de la santidad y la enfermedad de la lepra:

  1. San Lázaro el Mendigo
  2. San Eliseo, profeta
  3. Beata Mariana (Bárbara) Cope de Molokai
  4. Siervo de Dios Marcelo Candia, médico
  5. Siervo de Dios Raúl Follereau, empresario
  6. Beato Bentivoglio de Bonis de San Severino Marche
  7. Beato Buenaventura de Potenza
  8. Santa Isabel de Portugal, reina
  9. Santa Brígida  de Irlanda (o de Cell Dara), abadesa
  10. Beata María Dolores Rodríguez Sopeña
  11. Beata Teresa de Calcuta (Inés Gonxha Bojaxiu)
  12. San Francisco de Asís

Fotografía de San Damián de Molokai en la juventud retocada para estampa devocional.

He aquí, brevemente, tres perfiles hagiográficos de los “tres leprosos santos”. Su ejemplo nos lleva a vivir nuestro amor al prójimo, por el amor a Dios y al prójimo que es el resumen de todos los mandamientos.
San Damián de Molokai:
El Martirologio Romano dice el día 15 de abril: “En Kalawao, en la isla de Molokai en Oceanía, San Damián José de Veuster, sacerdote de la Congregación de los Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús y María, que atendía con tal dedicación el cuidado de los leprosos, que murió golpeado por la misma enfermedad de la lepra”.

Siervo de Dios Daniel de Samarate:
El Siervo de Dios Felice Rossini (Daniel de Samarate), fue un misionero y apóstol de los leprosos. Nació en San Macario Samarate (Milán) el día 15 de junio del año 1876, siendo hijo de Pasquale y Giovanna Paccioretti  y al día siguiente fue bautizado imponiéndosele el nombre de Félix.
El 15 de enero del año 1890 entró en el convento de los frailes capuchinos de Sovere di Lombardia (Bergamo). Fue ordenado sacerdote en Fortaleza (Cearà), Brasil,  el día 19 de marzo del año 1899 y desde enero del 1900 fue destinado a la Colonia agrícola de San Antonio de Prata (Parà), donde permaneció como director, constructor y misionero hasta enero de 1913. Durante estos intensos años de apostolado entre la gente hambrienta de Dios, se contagió de lepra. De regreso a Italia por consejo médico, el día 21 de agosto de 1909, con inmensa fe, hizo una parada en Lourdes con la intención de recibir la gracia de la perfecta conformidad con los planes de Dios.
Vuelve a Brasil y después de un breve período como párroco de Anil-Luís (Maranhão), el día 27 de abril del año 1914 definitivamente se contagia de lepra en Tucunduba (Belém-Pará) y allí permaneció hasta su muerte, sirviendo a los demás con gran celo, mientras él sufría en sus carnes la propia enfermedad. Murió santamente el día 19 de mayo de 1924, con solo cuarenta y ocho años de edad, de los cuales, veintiséis los pasó como misionero.

Fotografía del Beato Juan Beyzym

Era conocida y guardada en el corazón de muchos de sus admiradores y devotos una fórmula de acción de gracias acuñada por él durante los últimos años de su terrible enfermedad: “A Deus louvado” (Alabado sea Dios). El día 4 de julio de 1998 se emitió el decreto de validez del proceso diocesano, el principal en Belém (Brasil) y el rogatorio en Milano (Italia).

Beato Juan Beyzym:
El Martirologio Romano dice el día 2 de octubre: “En Fianarantsoa (Madagascar), el Beato Juan Beyzym, sacerdote de la Compañía de Jesús, que desarrolló en toda la isla una intensa actividad entre los leprosos, sirviéndolos corporal y espiritualmente con gran celo y caridad”.

Damiano Grenci

Bibliografia y sitios

  • AA. VV. – Biblioteca Sanctorum (Enciclopedia de los Santosi) – Voll. 1-12 y I-II apéndices – Ed. Città Nuova
  • C.E.I. – Martirologio Romano – Libreria Editrice Vaticana – 2007 – pp. 1142
  • Grenci Damiano Marco – Archivo privado iconográfico y hagiográfico: 1977 – 2011
  • Sitio Web de santibeati.it
  • Sitio Web de wikipedia.org
  • Sitio Web de newsaints.faithweb.com

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