San David Galván Bermúdez

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía del Santo.

Fotografía del Santo.

Entre los Santos Mártires Mexicanos del siglo XX, el primero en dar la vida por Cristo y el Evangelio, fue San David Galván Bermúdez, sacerdote diocesano tapatío, cuya vida, con sombras y luces, nos ofrece un ejemplo muy humano de cómo ser santo, aun sin padecer el martirio.

Nació en Guadalajara, capital del estado de Jalisco, el 29 de enero de 1882, hijo de Trinidad Galván y de Mariana Bermúdez. Recibió el bautismo el 2 de febrero siguiente en el Templo de Nuestra Señora del Pilar, vicaría del Sagrario Metropolitano.
De familia humilde, su padre trabajaba como zapatero; cuando tenía tres años murió su madre. El papá contrae nuevas nupcias con Victoriana Medina, con quien tuvo dos hijas: María Trinidad y Flavia.

El 19 de septiembre de 1886 recibió la Confirmación de manos del Arzobispo Pedro Loza y Pardavé. Desde pequeño estuvo atraído a la religión; inclinado a la piedad y participaba constantemente en misa. Su formación escolar la inició en la escuela de la Sociedad Católica, pasando luego a completar la primaria y la secundaria en la escuela anexa al seminario.

En 1895 ingresó al Seminario Diocesano de Guadalajara, por entonces instalado en el inmueble que hasta hace un par de años albergó la XV Zona Militar. Estudió filosofía con notable progreso, pero en 1899, al salir de vacaciones tuvo una crisis vocacional y decidió abandonar los estudios eclesiásticos. Su salida del seminario tuvo también los motivos de que el plantel no tenía una disciplina y formación de calidad, los seminaristas no estaban de acuerdo con el proceder del Rector y se manifestaron en su contra, San David era unos de los que estaba al frente. Se dedicó entonces a trabajar con su padre el oficio de zapatero y en otras ocasiones, a ser maestro de escuela. En esta época su familia se fue a vivir al barrio del Retiro. Llevó por este tiempo una vida algo disipada, pues le gustaba embriagarse; su carácter era violento, en una ocasión terminó encarcelado por golpear a su novia porque la halló bailando con otro.

A pesar de lo antes mencionado, la vocación de David continuaba latiendo y tras una seria reflexión, volvió al seminario en 1902. Su vocación sacerdotal se la encomendó a Nuestra Señora de Zapopan, a quien le agradecía el haber retomado sus estudios clericales y de quien fue gran devoto. San David se entrevistó con el prefecto general del Seminario, un varón sabio y virtuoso, don Miguel M. de la Mora, quien conocía el temperamento del joven y lo creía capaz de grandes acciones. Por ese motivo lo readmitió, sometiéndolo a una especial y severísima vigilancia, que él ejerció personalmente, obteniendo resultados que, en lo personal, no le dejaron lugar a duda acerca de la recta intención del joven Galván para aspirar al estado eclesiástico.

Vista del bonete y el breviario usados por el Santo durante su ministerio sacerdotal.

Vista del bonete y el breviario usados por el Santo durante su ministerio sacerdotal.

Al regresar a su casa, como así llamaba al Seminario, era otro, muy distinto del indisciplinado y pendenciero seminarista que se había dado de baja. Este periodo de su vida fue difícil y decisivo, pues así como el oro se purifica en el crisol, su vida tuvo un cambio que transformó su existencia. Este proceso lo superó a pesar de los muchos sacrificios impuestos: ser disciplinado, dedicado al estudio, dar un buen ejemplo a sus condiscípulos, etc.

Como seminarista sobresalió por el dominio de su carácter, su fervor en la oración, su despego a las aficiones mundanas, el buen ejemplo dado a sus compañeros seminaristas y su constancia por superar las adversidades: ganarse la confianza de sus superiores, demostrar una vocación verdadera y perseverar en ella. Estricto en el cumplimiento del reglamento del seminario; fue tal su empeño por ser un buen seminarista que fue nombrado maestro del mismo, antes de ser ordenado sacerdote. Esto reflejaba la plena confianza que obtuvo luego de los dirigentes del Seminario.

Por ministerio del Arzobispo José de Jesús Ortiz, recibió las órdenes menores el 23 de diciembre de 1905. Del mismo Pastor recibió el Subdiaconado el 9 de mayo de 1909, el Diaconado el día 15 del mismo mes y el Jueves de Ascensión del mismo año, 20 de mayo, fue ordenado sacerdote, en el templo de Nuestra Señora de la Soledad. (Donde ahora se halla la plaza de la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres). Su Cantamisa la celebró en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. Después, quedó adscrito a la Parroquia del Sagrario Metropolitano.

Fue maestro del Seminario Menor, dando clases de latín y Cátedras de Derecho Natural y de Sociología. Director de la Revista “Voz de Aliento” y capellán del Hospital de San José y del Orfanatorio de la Luz.

Reliquia ósea del Santo.

Reliquia ósea del Santo.

Como sacerdote, se le recuerdan sus largas horas de oración ante el Santísimo, desde el Coro de la Iglesia de Santa Mónica, anexa al Seminario. Oraba mucho ante el crucifijo de su cuarto. La celebración de la Misa, la vivía con gran fervor, dedicando tiempo de oración para prepararla y también para dar gracias. Devotísimo de la Santísima Virgen María, inculcaba el cariño a ella en los niñas; el eje de esta devoción era el rosario cotidiano. Era muy fervoroso en el rezo del Oficio Divino.

Su alimentación era frugal y su forma de vestir, sencilla. Atendía a los enfermos y socorría a las necesidades de los pobres; proveía de zapatos a las niñas del orfanato para que pudieran comulgar, pues las religiosas, no permitían que lo hicieran descalzas. Convivía mucho con esas pequeñas del orfanato y cuando las visitaba, le gustaba regalarles nieve y daba ropa a las que la necesitaban.

Hombre de su tiempo, conforme al espíritu de la Encíclica del Papa León XIII, “Rerum Novarum”, que trataba sobre la cuestión social y la condición de vida de los trabajadores, colaboró en la formación de un sindicato de zapateros, para que supieran defender sus derechos y lograran abatir su pobreza.

Prudente formador en el Seminario, tuvo impacto en sus clases, logrando el mejor resultado. Obediente con los superiores, mortificado en sus gustos, huía de las ocasiones que pudieran excitar sus concupiscencias. Le disgustaban los chistes obscenos. Mantuvo un buen humor en las dificultades cotidianas de la vida. Tuvo entre sus alumnos a los Beatos Anacleto González Flores y Luís Padilla; también convivió con San José María Robles, cuando era seminarista y diácono. Con él y otra persona hizo un viaje a la ciudad México en 1910, durante las celebraciones del Centenario de la Independencia.

Hacia 1914 fue enviado a Amatitán, Jalisco, pues la guerra de la Revolución aquí en Guadalajara era una amenaza para los sacerdotes y más para los docentes del Seminario, a quienes los masones, que constituían gran parte de la élite gobernante, aborrecían por su labor formadora y por su apostolado en revistas y periódicos católicos. En ese lugar, aunque estuvo por breve tiempo, se ganó el corazón de los lugareños por su jovialidad y sentido del humor, por su dedicación al catecismo y su convivencia sencilla y entrañable. En la celebración de sus misas, en la Hacienda de San José del Refugio, participaban casi todos los trabajadores y también casi todos comulgaban. Convivía tan familiarmente, que en una ocasión que había una fiesta, sorprendió gratamente a los presentes al torear él mismo.

Vista de la urna con los restos del Santo e imagen yacente de bronce. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Guadalajara, México.

Vista de la urna con los restos del Santo e imagen yacente de bronce. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Guadalajara, México.

Allí en Amatitán le halló la llamada “Revolución Carrancista”, una guerra que además de sus fines políticos, económicos y sociales, tuvo un cariz de persecución religiosa. Los bandos revolucionarios que lucharon por todo el territorio nacional, por influencia del odio de la masonería y de sectas protestantes, persiguieron a los obispos, sacerdotes y creyentes.

Profanaron iglesias, destruyeron instituciones educativas y de asistencia social. Por esta causa, cuando un ex condiscípulo suyo, el capitán Enrique Vera, llegó al poblado, apresó a San David. Aunque le dio ciertas libertades y atenciones con intereses particulares, lo encarceló luego en Ameca, Jalisco, donde estuvo preso por algunos días y después fue trasladado a la Penitenciaría de Escobedo, en Guadalajara. (Donde hoy está el Parque de la Revolución). El referido militar jugó un papel decisivo en su martirio, como luego se verá.

En enero de 1915 esperaba su nombramiento a una de las parroquias rurales más necesitadas, como La Yesca, Atemanica o El Salvador, con difícil acceso y con pobreza muy alta. Él estaba gustoso de ir a uno de esos lugares, donde podría realizar un fecundo ministerio sacerdotal.

De diciembre de 1914 a enero de 1915, la ciudad de Guadalajara se vio convulsionada en sangrientas batallas. Dos grupos antagónicos luchaban por apoderarse de la plaza: Los “Carrancistas” y los “Villistas”. [1] Había muchos muertos y heridos de ambos bandos y San David ejerció el apostolado de asistir a los agonizantes y moribundos en plena calle. Al realizar este heroico ministerio, a quien se atrevió a pedirle que no acudiera para que no sufriera de los riesgos que conllevaría su misión, le respondió: “¡Qué mayor gloria que morir salvando un alma a quien acabo de absolver!”

Detalle de la urna con los restos del Santo. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Guadalajara, México.

Detalle de la urna con los restos del Santo. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Guadalajara, México.

El 30 de enero de 1915, desde la madrugada, se desarrolló una batalla de las más sangrientas, desde las orillas de la ciudad, hasta el mismo centro, afuera del Palacio de Gobierno y de la Catedral. Como se dio cuenta de la magnitud de la carnicería dijo: “¡Cuántos pobrecitos morirán hoy sin confesión!” E invitó al Padre José María Araiza para que lo ayudara. Este padre le preguntó que si tenía algún salvoconducto y el santo le respondió que un militar se lo había otorgado. Llegaron al Jardín Botánico, frente al Hospital Civil, fundado por el Siervo de Dios Don Fray Antonio Alcalde OP, Obispo de Guadalajara. A punto de atender a los caídos, fueron aprendidos por unos militares que los llevaron ante el Capitán Enrique Vera, antes mencionado. Él se había casado por la Iglesia, pero abandonó a su esposa, hundiéndose en una vida llena de crímenes en la Revolución. Le gustó una joven llamada Josefina, que resultó ser hija de Flavia Galván y por tanto sobrina del santo. Cuando ambos se encontraron en Amatitán, el capitán Vera le propuso a San David que consintiera y ayudara en su plan de casarse con esta muchacha. Naturalmente se opuso a ello, diciéndole que eso era un pecado gravísimo y lo invitaba a no ofender a Dios y a desistir de sus intenciones. Entonces, cuando lo apresó, le ofreció dejarlo libre a cambio de su apoyo, pero el santo no aceptó. Enrique Vera se sintió derrotado interiormente, y decidió entregarlo al General Manuel M. Diéguez, Gobernador del Estado y acérrimo enemigo y perseguidor de la Iglesia, con la seguridad de que sería condenado a muerte, pero como se dijo antes, fue dejado en libertad al no haberse demostrado que estaba ejerciendo su ministerio sacerdotal. Entonces al encontrárselo nuevamente de frente, con odio y sed de venganza, decidió descargar en él todo su coraje.

En prisión, viendo el temor del Padre Araiza, San David le dijo: “No te asustes, de aquí a un rato, ya estaremos en el cielo” y como el padre le insistiera en que tenía hambre, el santo le respondió: “No importa que no hayamos desayunado, nos iremos a comer con Dios”. Ambos sacerdotes se confesaron y se administraron el sacramento de la Unción. Luego San David fue conducido a un costado del Hospital Civil, por la calle General Calderón. En tanto, familiares y amigos gestionaban desesperados el indulto de los dos sacerdotes; a pesar de las prisas solamente salvaron la vida del Padre Araiza. Llegaron con el indulto cuando lo estaban fusilando.

Placa conmemorativa en el lugar donde el Santo fue fusilado.

Placa conmemorativa en el lugar donde el Santo fue fusilado.

Puesto ante el paredón, dijo: “Luego, ¿sí me van a fusilar?” ante la respuesta afirmativa, repartió las pertenencias que llevaba y dirigiéndose al pelotón les dijo: “Les perdono lo que ahora van a hacer conmigo”. No aceptó vendarse los ojos, y llevándose las manos al pecho, sereno y humilde dijo: “¡Pues que sea aquí!”, luego de la descarga, el cuerpo rodó en el suelo. Su cadáver presentó balazos en el pecho, en la frente y en el cuello, y como eran balas expansivas, casi le desprendieron la cabeza. Su rostro, sin embargo, no tenía manchas de sangre. Con todo eso, aún le dieron el tiro de gracia. En lo que llegaba el Ministerio Público y se llevaban el cadáver para hacerle la autopsia, muchas personas pudieron impregnar con la sangre del santo, pedazos de algodón, y también tocar sus rosarios con sus despojos, pues tenían la certeza de estar frente a un verdadero mártir. Fue velado y sepultado el 31 de enero siguiente, en el Panteón de Mezquitán. Quince días después de saciar su sed de venganza, el capitán Enrique Vera murió ahorcado y acribillado junto Luis Vera, su hermano, en Atoyac, Jalisco. Así terminó la vida de quien no quiso escuchar los consejos de su amigo y que por una criminal pasión cerró los oídos y el corazón, para dar paso a la furia contra el sacerdote y la religión.

En junio de 1922 sus restos fueron trasladados al templo de Nuestra Señora del Rosario, el cual estaba en construcción, en el barrio del Retiro. De allí en adelante se le profesó una devoción popular y hasta se tuvo la costumbre de rezarle cuatro lunes seguidos para obtener un favor, existiendo un folleto para ese fin; situación peculiar, pues es sabido que no puede darse ]culto a ningún candidato a los altares antes de que la Santa Sede se pronuncie. [2] Actualmente, cada lunes a las 6 de la tarde se celebra la Eucaristía en su memoria, continuando de esta manera la devoción de los lunes dedicados a él.

Detalle de la imagen yacente de bronce que hay bajo su sepulcro. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario, Guadalajara (México).

Detalle de la imagen yacente de bronce que hay bajo su sepulcro. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario, Guadalajara (México).

Beatificado el 22 de noviembre de 1992 y canonizado el 21 de mayo de 2000 por el papa San Juan Pablo II, junto con el grupo de mártires encabezado por San Cristóbal Magallanes Jara.

Sus restos se veneran en el crucero poniente de la hoy Parroquia de Nuestra Señora del Rosario, conocida popularmente como templo del Padre Galván. Están en un nicho del muro norte, debajo del cual hay una imagen yacente, de bronce, sobre una plancha de mármol, la misma sobre la cual se realizó su autopsia en la Cruz Roja, (ubicada por entonces en la Alameda o Parque Morelos).

Es Patrono de la facultad de Filosofía del Seminario de Guadalajara. En el calendario diocesano, la Ciudad Episcopal (Guadalajara) lo celebra como memoria obligatoria el 30 de enero, aniversario de su martirio y porque sus reliquias se ubican en la urbe y por ser, junto con San Julio Álvarez y San Genaro Sánchez, los tres santos oriundos de esta ciudad. [3] Junto con el grupo de los Santos Mártires Mexicanos, su memoria, con rango de opcional, fue insertada en el calendario universal, en la misma fecha de su canonización. [4]

Humberto


[1] Los “carrancistas” eran denominados los seguidores del General Venustiano Carranza, que fue Presidente de México y quien promulgó la constitución de 1917. Los “villistas” eran los simpatizantes del General Francisco “Pancho” Villa.
[2] Si bien dicho folleto, con licencia eclesiástica, hace plegaria a Cristo, pidiéndole el descanso eterno de su siervo, y que luego, por los méritos de su martirio, socorra las necesidades de los que le imploran.
[3] San José Genaro Sánchez Delgadillo, conforme a su Acta de Bautismo, efectuado en la Parroquia de San Juan Bautista de Mexicaltzingo, nació en Guadalajara. Sin embargo, hay una opinión generalizada de que nació en el Rancho de Agualele, en Zapopan, Jalisco, (lugar hasta ahora que no se ha podido identificar con precisión) municipio conurbado de la Capital. Según esa opinión, el santo sí nació en Zapopan, pero la madre quiso que se bautizara en Mexicaltzingo por razones especiales y quedó asentado que nació en la Capital.
[4] En la Arquidiócesis de Guadalajara la celebración litúrgica de estos Mártires tiene el rango de Fiesta y en el resto de México es Memoria obligatoria.

Bibliografía
¡Viva Cristo Rey!. Conferencia del Episcopado Mexicano
El Padre Galván. Una vida sacerdotal en el Marco Histórico de su Tiempo. Pbro. Rafael Haro Llamas
La Criba de San David Galván. Artículo del Semanario, Órgano de Formación e Información Católica de la Arquidiócesis de Guadalajara. P. Tomás de Hijar Ornelas

Agradecimiento al M.I. Mons. y Sr. Cango. José Guadalupe Ramiro Valdés Sánchez Vicario General de la Arquidiócesis de Guadalajara, antiguo Párroco de Nuestra Señora del Rosario y al M.I. Mons. Ramiro Vázquez Sainz, actual Párroco de Nuestra Señora del Rosario, por sus aclaraciones para la elaboración de este artículo.

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