Santo Domingo Savio

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Estampa devocional del Santo. La imagen está considerada su más fiel retrato.

Santo Domingo Savio, “pequeño, pero gran gigante del Espíritu” (palabras de Pío XI). Domingo Savio nació en Riva de Chieri (antes San Juan de Riva) el 2 de abril de 1842, segundo de los hijos de Carlos Savio y Brígida Galato (aunque el primero murió al nacer). Fue bautizado en la Parroquia de la Asunción esa misma tarde con el nombre de Domingo José Carlos. Sus padres, pobres, pero humildes y muy católicos se casaron por amor. El trabajaba como herrero y a ella se le daba bien la costura y con estos oficios y otros trabajos en la dura faena del campo conseguían salir adelante. Para encontrar trabajo y mejorar la situación, el matrimonio se vio obligado a trasladarse de población sucesivamente, de Mondonio a Riva di Chieri, a Murialdo (que era una aldea de Castelnuovo) y de nuevo a Mondonio de donde eran oriundos.

Tuvieron diez hijos, desgraciadamente cinco murieron en edad muy temprana, el primero y el tercero nada mas nacer. Los hermanos querían muchísimo a Domingo; en casa le llamaban cariñosamente “Minot”. De Santo Domingo Savio no existen fotografías, aunque un compañero suyo, alumno de Bellas Artes, pinto de memoria su retrato, la primera imagen que acompaña el articulo. Sabemos que era de estatura mediana, complexión delicada y de ojos azules.

En una ocasión salvó de morir ahogada a su hermana pequeña Ramona que se bañaba en el río junto a el, cogiéndola de la mano y tirando de ella. La gente se quedo asombrada pues Domingo era bastante débil, el dijo con toda naturalidad que su Ángel Custodio tiraba de su otra mano. Otro hecho de su infancia sucedido cuando Domingo le pidió a su padre que le llevara a unas fiestas que se celebraban en un pueblo vecino.  Al regresar, caminando totalmente rendido y cansado un joven misterioso lo tomo en brazos y lo llevo hasta la puerta de su casa, desapareciendo a continuación: su Ángel pensaron de nuevo. Su hermana Teresa confirmó este hecho y otros muchos durante el proceso apostólico para su canonización.

Domingo frecuentaba la iglesia; en los primeros años de su vida acompañando a su madre y mas tarde solo. Cuando encontraba la puerta cerrada, fuera invierno o lloviera, se arrodillaba para rezar sin importarle el clima. A los 5 años ayudaba en misa siempre que podía, era muy gracioso según contaban ver los esfuerzos que hacia para trasladar el misal de un lado a otro del altar, pues apenas alcanzaba. Su hermana Teresa narra otra anécdota en la que un día fue un hombre invitado a  comer a su casa y como antes de empezar a comer este hombre no hizo la señal de la cruz, Domingo cogió su plato se levanto y se fue disgustado a comer a un rincón.

El 3 de noviembre de 1848, Domingo comenzó a frecuentar la escuela de su aldea, cursando las dos primeras clases de primaria, y repitiendo sin necesidad, por benevolencia de su maestro Don Juan Bautista Zucca, para que no se viera obligado a abandonar el estudio. Don Juan Zucca era un buen sacerdote que desde 1847 ejercía el servicio de capellán en la aldea y con el que Domingo hizo muy buenas migas. La norma en aquella época era no hacer la primera comunión hasta tener los 12 años. Domingo que no era conocido por ser un niño que insistiera, no paraba de preguntar una y otra vez cuando podría realizarla. ¡Con solo 7 años!

Óleo popular del Santo.

Don Juan Zucca se encontró ante un dilema, conocía bien a Domingo, pero no sabia si admitirlo para realizarla o retardarla, no tenia la edad requerida, pero estaba preparado y lo deseaba vivamente y tras comentarlo con compañeros sacerdotes se le despejaron las dudas. En cuanto le comunicó a Domingo que estaba admitido a la Primera Comunión, corrió feliz a darles la gran noticia a sus padres. Y el 8 de abril de 1849 Domingo Savio realizo la Primera Comunión. Se celebró en el templo de San Pedro de Castelnovo, a la cual pertenecía Murialdo. Allí también la hizo San Juan Bosco y en esa ocasión se encontraba presente el niño Juan Cagliero, con el que unos años más tarde se encontraría Domingo en el Oratorio de Turín. Son famosos los propósitos que Domingo redacto para esta ocasión.

“Propósitos que yo, Domingo Savio hice en el año 1849 con ocasión de mi Primera Comunión, a los siete años de edad:
1º Me confesaré muy a menudo y recibiré la sagrada comunión siempre que el confesor me lo permita.
2º Quiero santificar los días de fiesta.
3º Mis amigos serán Jesús y María.
4º Antes morir que pecar”.

Llegó un momento en que ya no era posible que Domingo siguiera en la escuela de Murialdo, solo había una clase. El quería seguir estudiando, y sus padres también lo deseaban. No hubo otra manera que ir a la escuela de Castelnuovo, de la cual distaban cuatro kilómetros. Cuatro veces al día recorría ese camino y entre idas y venidas, un total de 16 kilómetros, verano e invierno. En los trayectos a veces se encontraba con gente mayor, otras veces compañeros y en ocasiones como el mismo relataba, con su Ángel. Un día que Domingo se dirigía sobre las dos de la tarde a la escuela, con un sol abrasador se cruzo con un hombre mayor que le dijo:
-“Amiguito, ¿no tienes miedo de ir solo por este camino?”
-“No voy solo, señor. Mi Ángel Custodio me acompaña en todos mis pasos”
-“Pero ha de ser pesado el camino con tanta calor, teniendo que hacerlo cuatro veces al día”
-“Nada es pesado cuando se hace por un amo que lo recompensa bien”

En la escuela de Castelnuovo se gano el afecto de su nuevo profesor Don Alejandro Allora. Apenas instalado vuelven a trasladarse a Mondonio, en febrero de 1853. En esta escuela sucedió un hecho sorprendente. Cuando llego una mañana el maestro de la escuela, Don José Cugliero se encontró la estufa llena de nieve y piedras; todos echaron la culpa a Domingo creyendo que no seria expulsado por su intachable comportamiento. Domingo aguanto la reprimenda y el castigo de rodillas sin decir nada. Mas tarde los verdaderos culpables salieron al descubierto y tras preguntarle el maestro por que no aclaro el asunto, Domingo le contesto que porque no quería que fueran expulsados, además añadió que a Jesucristo también lo calumniaron.

El actor infantil Lewis Crutch interpreta al Santo en la reciente serie televisiva "Don Bosco".

Las dificultades para proseguir los estudios de nuevo se hicieron presentes, el maestro visita a Don Bosco para tratar de ayudar al joven Domingo y se arriesga hasta el punto de decirle a Don Bosco:“Aquí en esta casa es posible que tenga usted jóvenes que le igualen, pero difícilmente habrá quien le supere en estudio y virtud, Obsérvelo usted”. El encuentro con Don Bosco se produjo una mañana de lunes, 2 de octubre de 1854. Esta es parte la conversación que se mantuvo, recordaba por el propio San Juan Bosco:
-“¿Quién eres? ¿Y de dónde vienes?”
-“Yo soy Domingo Savio, de quien ha hablado a usted el señor Cugliero, mi maestro, vecino de Mondonio”

Tras un rato de charla:
-“Y bien ¿qué le parece? ¿Me llevara a Turín a estudiar?”
-“Ya veremos, me parece que bueno es el paño”
-“¿Y para qué podrá servir el paño?”
-“Para hacer un hermoso traje y regalo al Señor”
-“Así pues, yo soy el paño; sea usted el sastre; lléveme con usted y hará de mí el traje que desee para el Señor”

Tras una prueba en que le dio un ejemplar de “Las Lecturas Católicas” para que se aprendiera una página y volviera al día siguiente con la pagina aprendida, Don Bosco lo dejó para que fuera con los otros niños mientras conversaba con el padre de Domingo. Aun no habían pasado ocho minutos cuando Domingo se presento con la lección aprendida y no solo eso, sino que entendía perfectamente lo que había aprendido. Don Bosco le dijo que lo aceptaba y Domingo le contesto que no tendría queja de él. El 29 de octubre de 1854 Domingo ingresaba en el oratorio de San Francisco de Sales de Turin. En esa misma fecha, setenta años después, sus restos serian colocados en la Basílica de María Auxiliadora. Domingo permanecería en el oratorio hasta el 1 de Marzo de 1857, en que por su delicada salud se vio obligado a regresar a Mondonio.

En la casa del Oratorio habitaban Don Bosco y Mama Margarita, que era su madre y una santa mujer, ya mayor, pero que con sus 66 años estaba entregada a la casa, al lavado de la ropa y mil faenas más. Los chicos la querían de verdad, aunque a veces la hacían perder la paciencia, era una buena educadora a la que nunca le faltaron las buenas palabras y la bondad para con aquellos chicos. Murió el 25 de noviembre de 1856, encontrándose todavía Domingo en el Oratorio.

El Santo se consagra a la Virgen María.

El 8 de diciembre de 1854 Pío XI proclamo la definición del solemne dogma de la Inmaculada Concepción. Domingo, chico activo y entusiasta colaboró en todos los acontecimientos que se realizaron en el Oratorio para tan señalada fiesta.

Al terminar la celebración religiosa de aquel día y por consejo de su confesor, Domingo renovó los propósitos de su Primera Comunión y luego se abandono en manos de María con esta sentida oración: “María, te entrego mi corazón, haz que sea siempre tuyo. Jesús y María sed siempre mis amigos, pero por el amor que os tengo, haced que muera mil veces antes de tener la desgracia de cometer un solo pecado”.

El objetivo de Domingo al ingresar en el Oratorio fue el querer seguir estudiando y también aquí contó con el apoyo y el afecto de los sucesivos profesores; el señor Bonzanino y el clérigo Juan  Bautista Francesia. Famoso es el suceso en que dos alumnos que se odiaban entre si estaban dispuestos a zanjar sus diferencias a pedradas. Domingo consiguió que le permitieran estar presente en el lugar que se citaron y cuando estaban dispuestos a lanzarse las piedras se interpuso corriendo entre ellos y levantando una cruz que llevaba en el pecho les conmino a que le lanzaran las piedras a el, apelando motivos religiosos. Avergonzados los dos jóvenes tras la actuación de Domingo se perdonaron uno al otro. Este hecho lo mantuvo en secreto Domingo, y sólo se supo más tarde porque lo contaron los dos jóvenes.

En una charla de una tarde de domingo de marzo abril, Don Bosco les habló a los chicos de la santidad y aquello que escuchó de boca de Don Bosco fue todo un descubrimiento para Domingo que se lo tomó en serio; “Yo debo y quiero ser santo, y no seré feliz hasta que no lo sea”. Poco después de esta charla se vio preocupado a Domingo, cuando le preguntaron respondió “Al contrario, sufro un gran bienestar, es decir, siento como un deseo y una necesidad de hacerme santo”.

En una ocasión que el joven Domingo volvía de clase oyó proferir una terrible blasfemia a un hombre, se le acercó y le pregunto si sabia donde se encontraba el Oratorio de San Francisco de Sales, el hombre le contesto que no y entonces le pidió que le hiciera un favor y acercándose al oído le dijo: “Usted me haría un gran favor si, cuando se enfada, se abstiene de blasfemar contra el santo nombre de Dios”. Lleno de admiración el hombre le dio la razón y le confesó que era un maldito vicio que tenia que vencer a toda costa.

Vista de la urna actual (itinerante) del Santo. Las reliquias están en el compartimento debajo de la figura yacente.

Un día le contó a Don Bosco que deseaba ver al Papa antes de morir porque tenia una cosa importante que decirle: que a pesar de las tribulaciones que le esperaban, no dejara de ocuparse con especial interés de Inglaterra. Don Bosco le preguntó en que se basaba para decir eso, y Domingo le contó que una mañana, dando las gracias después de la Comunión tuvo una distracción muy grande, le pareció ver una vastísima llanura llena de gente caminando en la niebla, no sabían hacia donde dirigirse pues no veían donde ponían los pies y uno de ellos le dijo a Domingo que ese país era Inglaterra, de pronto apareció Pío IX avanzando majestuosamente, con una antorcha en su mano. A medida que avanzaba la niebla se disipaba y la gente quedaba envuelta en la luz, y el hombre a su lado le dijo: “Esta antorcha, es la religión católica que debe iluminar a los ingleses”. Domingo no pudo llegar a ver al  Papa, pero en 1858 (un año después de su muerte), Don Bosco, en un viaje a Roma, le contó al pontífice la “distracción” de su querido alumno. El Papa escucho bondadosamente y luego dijo: “Esto me confirma en mi propósito de trabajar con toda energía por Inglaterra, a la que ya he dirigido mis mas vivas instancias”.

Francisco Cerruti entró en el Oratorio el 8 de noviembre de 1856, se encontraba perdido en aquella casa y se acordaba mucho de su madre.  Domingo que lo vio un día pensativo apoyado en una columna del pórtico se acerco a él y le ofreció su amistad, Francisco llego a ser salesiano y miembro del Consejo General de la Congregación Salesiana, interviniendo como testigo en el proceso de canonización.

Una fría noche de diciembre, en que la nieve cubría las calles, Don Bosco se disponía a acostarse cuando aparece Domingo indicándole que le siga rápidamente. Don Bosco dudo un segundo, pero después sin preguntar siguió a Domingo por calles y callejuelas hasta un portal, donde subió a un tercer piso. Domingo llamo a la puerta y le dice “Aquí es donde debe entrar”, para rápidamente irse del lugar. Una señora abrió la puerta, y al ver a Don Bosco levanto las manos al cielo dando gracias a Dios y diciendo que El se lo enviaba, pues su marido que había abandonado la fe hacia años se estaba muriendo y pedía confesarse para reconciliarse con Dios;  poco después de confesarse el hombre muere. A los pocos días, Don Bosco todavía impresionado por el suceso llamo  a Domingo y le pregunto como sabia lo del enfermo. Domingo lo miro y se echo a llorar; entonces comprendió Don Bosco que en su Oratorio había un chico que tenia relaciones especiales con Dios.

Un gran proyecto de Domingo fue la Compañía de la Inmaculada; se remonta a 1855 cuando se abrió un periodo de búsqueda de socios, de redacción y experimentación del reglamento. La fecha oficial de constitución fue el 8 de junio de 1856. Ese día ante el altar de la Virgen, en la iglesia de San Francisco de Sales, Domingo leyó los objetivos y artículos del reglamento que exponen los compromisos. El 1 de marzo de 1857 Domingo estaba preparando las maletas, pues se iba del Oratorio; se encuentra enfermo desde hace tiempo y los médicos aconsejan un cambio de aires regresando a Mondonio. Cuando Don Bosco preguntó por el origen de la enfermedad le dijeron: “Su complexión delicada, el precoz desarrollo de su inteligencia y la continua tensión de su espíritu, son como limas que van desgastando insensiblemente sus fuerzas vitales…”. La despedida más emocionante fue con los Congregantes de la Compañía de la Inmaculada, a los que exhorto a ser fieles a las promesas hechas a María y a poner en ella toda la confianza.

Detalle de la figura de cartón piedra en la urna actual. Ésta reproduce la postura en la que el Santo murió. Fotografía: Liceo Salesiano de Breslau (Polonia).

Cuando llego la hora de la partida su padre le esperaba en la portería. Cogido de la mano de Don Bosco y rodeado de sus compañeros se dirige a la puerta para el ultimo adiós. Dirigiéndose reservadamente a Don Bosco le dice: “Puesto que no ha querido usted mis cuatro huesos, me veo obligado a llevármelos a Mondonio. Hágase la voluntad de Dios. Si va a Roma no olvide el encargo que le di para el Papa sobre Inglaterra. Ruegue a Dios para que tenga una buena muerte. Nos volveremos a ver en el cielo”. A sus compañeros les dice: “Adiós queridos compañeros, adiós a todos. Rogad por mi, hasta vernos allí donde siempre estaremos con el Señor”. Las lágrimas de emoción de sus compañeros corrían por sus mejillas en abundancia. Eran las dos de la tarde cuando abandonó en el carro junto a su padre el Oratorio en el que había permanecido tres años. Los compañeros y superiores abrigaban la esperanza de volver a verlo pero no fue así.

Llegaron a Mondonio al atardecer; Brigida, la madre de Domingo le abrazo tiernamente y sus hermanos y hermanas le hicieron fiesta. Los cuatro primeros días no guardo cama, parecía encontrarse bien, pero le volvió la tos y las fuerzas comenzaron a fallarle. Le visita el médico, le diagnostica una pulmonía y le practican diez dolorosas sangrías. Todos creen que mejora menos el que pide confesar y comulgar. Unos días mas tarde, ya en cama, pide que le den la unción de enfermos. El párroco le da también la bendición papal; Domingo se siente feliz. En el Oratorio siguen con muchísimo interés el proceso de su enfermedad. Don Bosco es informado de todo por el señor cura.

El párroco visito a Domingo una hora y media antes de morir, viendo su semblante sereno y alegre por lo que nadie podía pensar que su fin era tan inminente. Al marcharse el párroco Domingo le pide un recuerdo, no sabe que darle y le dice que recuerde la Pasión de Nuestro Señor. Se adormece durante media hora y al despertarse le dice a su padre que ya ha llegado el momento.  Le pide que tome “El Joven Cristiano” y que le lea las letanías de la buena muerte. A la madre, que llora con el corazón partido de dolor le dice que no llore, que va al Paraíso. El padre reprimiendo las lágrimas, lee las letanías a las que Domingo va respondiendo con verdadera devoción. Aludiendo a la ultima invocación dice: “Esto es lo que yo deseo papa, cantar eternamente las alabanzas del Señor”. Pareció conciliar el sueño y al rato dijo: “Adiós, papá. ¡Qué cosas tan hermosas veo!” Dicho esto, serenamente expiró. Eran las diez de la noche de aquel 9 de marzo de 1857.

Altar de Santo Domingo Savio y primera urna en que reposaron sus reliquias. Basílica de María Auxiliadora, Turín (Italia).

Fue sepultado el día 11 en el cementerio, tras el funeral al que acudió todo el pueblo. Su tumba siempre muy bien cuidada. Cambio hasta cuatro veces de lugar, la cuarta vez los restos fueron trasladados al interior de la capilla del cementerio donde se le preparo, al lado izquierdo del altar, un elegante sarcófago de mármol. Ahí estuvieron con gran veneración de los fieles, hasta que fueron inhumados en Turín en el año 1914.
El padre de Domingo comunicó en una carta el fallecimiento de este a Don Bosco; los compañeros se sumieron en una gran consternación.

Aproximadamente un mes después de la muerte de Domingo, su padre tuvo el grandísimo consuelo de ver aparecer mientras se encontraba en la cama sin poder conciliar el sueño a su querido hijo. Le pareció que la pared del techo se abría y en un gran resplandor aparecía Domingo, el padre le pregunto si ya estaba en el cielo y que rogara por él, su madre y todos sus hermanos. A todo respondió que “sí” Domingo, para desaparecer tal como vino.

Veinte años después de la muerte de Domingo, Don Bosco tuvo un sueño en el cual se le apareció el joven todo de blanco y con una faja roja en la cintura. Venia al frente de una multitud de jóvenes, Don Bosco le pregunto por qué iba vestido todo de blanco; no contesto él, sino un coro de voces que le dijeron: “Estos son los que ciñeron sus lomos con la mortificación y lavaron sus vestidos con la sangre del cordero”. Al preguntarle por el significado de la faja roja, también contestaron el coro de voces: “Son los que conservaron la pureza y siguen al cordero donde quiera que vaya”. Don Bosco comprendió que aquella faja roja significa los grandes sacrificios y esfuerzos que tuvo que hacer Domingo para mantenerse casto.

El 9 de julio de 1933 el Papa Pío XI declara Venerable a Domingo Savio, pronunciando las palabras que encabezan el articulo. El 5 de marzo de 1950 el Papa Pío XII lo declara Beato pues la comisión de teólogos y médicos había reconocido dos milagros por la intercesión del joven. Un milagro fue a favor del niño de siete años Sabatino Albano, que se encontraba en agonía, víctima de una grave enfermedad de septicemia y nefritis. El otro milagro fue a favor de una joven natural de Barcelona; María Consuelo Moragas, de dieciséis años; fue curada al instante de una doble fractura de codo. El 12 de junio de 1954 el mismo Papa Pío XII que lo beatifico cuatro años antes, lo canoniza en la plaza de San Pedro ante una gran multitud de jóvenes. Dos años después, el 8 de junio de 1956 es proclamado Patrón de los “Pueri cantores”.

Abel

Bibliografía:
– RAMÍREZ ARAGÓN, Miguel; “Domingo Savio: un mensaje para todos”. Editorial CCS.

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