El monacato sirio primitivo (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Restos de la columna de San Simeón el Estilita. Deir Samaam (Siria).

Nuestro recorrido por la antigüedad monástica nos lleva ahora a la región de Siria, que abarca la antigua Siria, Mesopotamia y Fenicia, que para finales del siglo IV estaban bajo el control del Imperio romano; para entonces las Iglesias locales de dicha zona estaban sometidas al Obispo de Antioquía.

Como hemos insistido, el monacato cristiano no es originario de Egipto. Y esto se nota muy especialmente en el monacato sirio. San Jerónimo, monje latino, a través de su Vida de Hilarión trató de darle procedencia copta al monacato de aquella región; al contrario, para Teodoreto de Ciro, monje y obispo nativo de Antioquía, el monacato se extendió desde Siria hacia Occidente. De todo esto queda claro para los modernos historiadores que en los inicios del siglo IV las costumbres del popular monacato egipcio aún no eran conocidas en la zona donde, sobre todo en Mesopotamia, existía desde hacía tiempo un importante y numeroso movimiento ascético que evolucionaría espontáneamente a formas monásticas estables.

Este movimiento ascético hunde sus raíces en las costumbres de la primitiva comunidad judeocristiana de aquellas lejanas provincias del imperio. Gracias a las numerosas fuentes llamadas “apócrifas” (Hechos de Tomás, de Pedro, de Juan; Evangelio de Tomás, etc.) sabemos que entre los primeros cristianos de la zona circulaban ideas rigoristas relacionadas con el celibato y la pobreza[1]; parece que en esto la comunidad esenia de Qumrân, de quienes conocemos su tendencia al ascetismo, ejerció una notable influencia, que se evidencia en el préstamo de ideas y conceptos a los judeocristianos tales como “guerra santa” (entendida como ascetismo), “hijos de la alianza”, entre otros. Tampoco podemos olvidar que, en el siglo III en Mesopotamia, nacería el maniqueísmo. A través de este movimiento entraría al ascetismo cristiano común elementos exóticos de orígenes persas e hindúes.

Al llegar el siglo IV los cristianos comunes se alejarían de las exigencias primitivas de vida austera. Entonces surgen los “hijos e hijas del pacto”, que se corresponden con el tercer género de monjes, sarabaítas o remnuoth: solían formar pequeños grupos alrededor de un templo, se abstenían de carne y de vino, vivían célibes, al parecer estaban bajo las órdenes del clero y tenían una vida litúrgica muy activa. En muchos casos, los “hijos del pacto” recibían las órdenes sagradas; las “hijas del pacto” se entregaban a las obras de misericordia. Se trata de un monacato urbano, embrionario, similar al que veremos en otras regiones del mundo cristiano.

San Efrén el Sirio. Mural en una iglesia ortodoxa de Cambridge, Gran Bretaña.

Al mismo tiempo que se agrupaban los “hijos e hijas del pacto”, otros hacían lo propio retirándose como solitarios a la región montañosa de Antioquía, a los desiertos de Siria oriental y a los alrededores de las principales ciudades. Será este género de vida, el anacoretismo, el que gozará de gran aceptación entre los cristianos sirios de tal forma que el cenobitismo encontrará una barrera casi invencible al tratar de establecerse por estas tierras.

Se trata de hombres y mujeres que realmente se esfuerzan en estar completamente solos, entregados del todo al amparo de Altísimo. A diferencia de lo visto en el monacato copto, los monjes sirios fueron mucho más creativos para establecer regímenes de vida, y por lo general, nada apetecibles.

Existían los monjes llamados boskoi, que vivían completamente a la intemperie, viviendo con las bestias del campo, pastando con ellas, posándose sobre las rocas a la manera de las aves; estaban los dendritai, que vivían en las copas de los árboles; encontramos a los giróvagos, que van errantes de un lado a otro, sin tener “dónde recostar la cabeza” a semejanza del Hijo del hombre; también hallamos la reclusión, que sería un género de vida muy aceptado entre los monjes sirios: algunos incluso se encerraban sin ninguna abertura, completamente a oscuras. No faltó quien, combinando la reclusión y la vida al aire libre de los boskoi, habitó celdas sin techo.

Quizás uno de los géneros monásticos sirios que más asombro causa actualmente es el de los que habitaban en lo alto de una columna, los estilitas. Bien podría pensarse que no es más que una fábula, si no es por la abundancia de testimonios escritos y las pruebas arqueológicas. Al parecer, se trató de una medida extrema tomada por los monjes cuando, habiendo alcanzado fama de santidad, eran importunados por las frecuentes visitas y así, no podían entregarse a la oración. San Simeón es el primer monje de quien tenemos noticia que haya vivido según tan extraño régimen, pero pronto muchos otros le siguieron, sobre todo en Mesopotamia.

San Simeón el Estilita. Placa del siglo VII en el Museo Nacional del Louvre, París (Francia).

De San Simeón estilita se ha publicado una reseña en este blog (el día 5 de enero), así que sólo resaltaremos los aspectos que nos interesan. Cuando Simeón abandona el monasterio de Teleda, se retira a una celda en Telanisos, cerca de Antioquía, en donde da rienda suelta a su fecunda imaginación ascética: inicia sus famosos ayunos cuaresmales, en donde pasa la Santa Cuaresma sin comer ni beber nada, absolutamente nada. Con el tiempo, hace levantar un muro que lo proteja de las miradas indiscretas. Tres años después de afincar en Telanisos, se hace atar a una roca con una cadena; cierto obispo de la región lo visita y persuade de que es mejor atarse con la voluntad, que no con cadenas. No pasará mucho tiempo antes de que se extienda la fama de santidad de este hombre el cual, en un intento por separarse un poco de las masas, inicia su hazaña de permanecer en lo alto de una columna; en lo que le resta de vida, mudará cuatro veces de columna, siempre a una más alta cada vez. Allí permanece de pie, de día y de noche, inclinándose profundamente cada vez que va a orar, según la usanza del país; de esto último Teodoreto de Ciro nos conserva en su Historia religiosa el siguiente dato: uno de los de su séquito se dedicó a contar las inclinaciones que hacía Simeón en el día y pronto llegó a la cifra de 1244, y después se cansó de contar. En las grandes solemnidades, Simeón sostenía los brazos en alto desde la salida del sol hasta su ocaso.

Semejante espectáculo no permanecería indiferente al pueblo fiel. Se organizan multitudinarias peregrinaciones a su columna. Simeón los acoge con caridad y decide predicar a la muchedumbre dos veces al día. Por supuesto, también actuó como mediador en los conflictos que le llevaban; realizaba curaciones milagrosas; enviaba mensajes al emperador y a los potentados del imperio; defendía la sana doctrina frente al ataque de los herejes. Era amado por el pueblo, tenido como un signo de la misericordia de Dios. Finalmente descansará en la Paz de Cristo el 1 o 2 de septiembre de 459, después de más de cuarenta años de vida monástica extrema y esforzada.

A pesar de estarse acostumbrado a la ascesis extrema en Siria, no hemos de pensar que el estilo de los estilitas fuera aceptado sin más. Tuvo sus opositores, quienes veían en ello una peligrosa singularidad, propensa al orgullo espiritual. Se conserva el relato de Teodoro el Lector de la presunta excomunión que los monjes egipcios enviaron a Simeón al saberse su peculiar forma de vida, pero la crítica moderna duda de la fiabilidad de este testimonio. Es más diciente, en cambio, la apología que Teodoreto hace de la vida de Simeón en su Historia religiosa donde, sin mencionar ni insinuar el anterior episodio, dedicas varias líneas a justificar la vida sorprendente y fenomenal del santo; esta defensa no tendría sentido si no existieran los detractores de Simeón. Con todo, la impresión que causaba en el vulgo tamañas hazañas haría que los estilitas fueran aceptados en el panorama monástico del cristianismo sirio.

Icono contemporáneo de San Efrén el Sirio.

Ahora observemos brevemente la figura de San Efrén (9 de junio), el gran diácono de Edesa, Padre de la Iglesia siria, cuya reseña también encontramos aquí. Es posible que, después de recibir el bautismo en Nísibe, es decir, hacia el año 324, llevará vida eremítica. Recibió la ordenación diaconal en 338. En 361 viaja y se establece en Edesa. Desde allí inicia una intensa actividad literaria, por la que al día de hoy es célebre. Su vida ascética y su labor apostólica e intelectual hacen que el régimen de Efrén se acerque al de los “hijos del pacto”. A pesar de esto, él predica la vida eremítica y desconoce por completo en sus escritos el cenobitismo. También enseña la necesidad que debe tener el monje de procurarse una buena formación intelectual: para él, el estudio procura la pureza del corazón y la madurez espiritual. A no pocos monjes motivó para dedicarse a la educación y las labores literarias. Es un hombre que añora el anacoretismo total pero que también insiste en el cultivo del intelecto por parte de los monjes. Sus escritos ejercerán una poderosa influencia en los monjes sirios de los años venideros.

Dairon


[1] Algunos historiadores piensan que el celibato y la pobreza total eran condiciones para el bautismo. Otros creen que solo se exigía la pobreza, pero se recomendaba mucho la castidad. Lo que sí no hay dudas es que entre los cristianos “de a pie” de Siria existía un gran entusiasmo por estas prácticas.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Efrén el Sirio

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Icono ortodoxo griego del Santo.

San Efrén el Sirio es un diácono, Doctor de la Iglesia. En un santo muy celebrado tanto con Oriente como en Occidente y son numerosas las fuentes que hablan sobre su vida. Los testimonios de San Jerónimo en “De viris illustribus” y la “Historia Lausiaca” corrigen y completan los datos biográficos encontrados en una “Vita Ephraemi” escrita originariamente en siríaco. Comparando todos estos documentos y teniendo igualmente en cuenta las precisiones autobiográficas escritas por el propio Efrén en su obra “Carmina Nisibena”, el hagiógrafo L. Leloir ha reconstruido recientemente y de forma crítica la biografía del santo.

Efrén nació en Nisibi (Mesopotamia), en la actual Turquía, alrededor del año 306, su madre era cristiana pero su padre era un sacerdote pagano muy intolerante, que echó a su hijo de casa cuando se enteró de que era cristiano. Estuvo en Nisibi, su ciudad natal, muy probablemente bajo la tutela del obispo Jacobo (San Jacobo de Nisibis), del cual el mismo Efrén en sus escritos habla con muchísima veneración, teniéndolo por un maestro del que recibió la educación y la instrucción cristiana, pero sin embargo, no tenemos noticias directas sobre cuales fueron exactamente sus estudios.

Las obras de San Efrén dan a entender que tenía conocimientos de la filosofía griega, pero de una forma sincretista. Efrén estudió teología, pero en esta materia, la teología, su vocabulario es bastante impreciso y en sus escritos, que estaban más dirigidos al pueblo que a las clases cultas, él intenta sobre todo excitar la piedad más que dar una profunda formación doctrinal a quienes lo leyesen. Con muchísimo celo, dulzura y firmeza continuará con su obra y alcanzará este objetivo gracias a la utilización de un estilo de escritura, simple y con un cierto tono poético. En vida fue llamado “el arpa del Espíritu”.

Pasó la mayor parte de su vida en Nisibi, donde el obispo Jacobo lo ordenó de diácono y ejerció su ministerio como tal, enseñando, predicando y escribiendo. Por humildad, nunca quiso ordenarse de presbítero. Luchó con mucho vigor contra la herejía arriana y se afirma que acompañó al obispo Jacobo de Nisibi al Concilio de Nicea en el año 325. Hay una tradición que afirma que habiéndosele ofrecido el obispado de Nisibi, él simuló estar loco a fin de sustraerse a esta dignidad episcopal. Cuando en el año 367 los persas invadieron su ciudad natal, él la abandonó refugiándose en Edessa. Allí, siguió con su actividad apostólica predicando y escribiendo y contribuyó a la fundación de una escuela para persas, asimismo fue un gran defensor de la doctrina trinitaria y cristológica en la Iglesia sirio-antioquena.

Detalle del rostro del Santo en un fresco del s.XVI en el Monasterio Dionysios, Monte Athos (Grecia).

El ministerio pastoral al que dedicó toda su vida era prácticamente incompatible con una vida eremítica y en completa soledad, pero sin embargo está comprobado que, muy pronto, él abrazó la vida monástica siguiendo el ejemplo del obispo Vologeso, del cual él traza un retrato que en realidad es el ideal de vida monástica que él mismo se había propuesto. Esta consistía en vivir en perfecta castidad, ayunos, mortificaciones y noches en vela orando junto con otros ascetas, pero al mismo tiempo, consagrarse al servicio de la comunidad cristiana, al pueblo, en el que estaba inmerso. Unir la vida contemplativa con la vida apostólica fue su programa de vida y lo realizó tanto en Nisibi como en Edessa.

También debe ponerse en dudas su supuesto viaje a Cesarea de Capadocia, donde se dice que se encontró con el obispo Basilio, así como su estancia en los monasterios del desierto egipcio. En el año 372 con ocasión de una hambruna en Edessa, como diácono fue el encargado de organizar los escasos bienes y socorrer a los más necesitados. Murió en el año 373, tal día como hoy, el día 9 de junio.

No pretendemos aquí hablar de la actividad literaria del santo. En la tradición oriental, sus obras tienen tanta resonancia que a veces, se han mezclado obras auténticas con otras supuestas, que son simplemente escritos apócrifos. En el siglo XVIII un grupo de profesores maronitas publicó bajo el nombre de Efrén una colección de seis volúmenes, tres para las obras escritas en siríaco y otros tres para las escritas en griego, aunque traducidas al latín (“S.Ephraemi Syri opera omnia quae exstant graece, syriace, latine in sex tomos distributa”, editadas en Roma entre los años 1732-1746).

A estas publicaciones, deben unirse los cuatro volúmenes de una edición de Th. J. Lamy: “S. Ephraemi Syri hymni et sermones”, publicados en Malines (Bélgica) entre los años 1882 y 1903, así como su “Carmina Nisibena”, publicada en Lipsia en el año 1886. Es en esta copiosa fuente de información donde los críticos estudiosos de San Efrén deben discernir cuales son sus obras y cuales no lo son.

Representación del Santo en el Menologio Griego de Chipre, siglo XIII.

Las crónicas de Edessa dicen exactamente cual fue la fecha de su muerte (9 de junio del 373) y precisan que ese día y el 28 de enero eran las fechas en las que se festejaba al santo en la ciudad. La Iglesia Siria lo conmemora el día 1 de febrero. El Calendario palestino georgiano del Sinaítico 34, se hace eco de esta doble conmemoración. El Sinaxario Constantinopolitano de la Iglesia Bizantina lo celebra el 28 de enero y la Iglesia Copta, el 9 de julio. En Occidente, en el Martirologio de Beda aparece también el 9 de julio, pero en el de Floro, el 1 de febrero y es en esta fecha en la que aparece en el Martirologio Romano. El Papa Benedicto XV en el año 1920, lo proclamó Doctor de la Iglesia y extendió su festividad a toda la Iglesia Universal.
Hemos utilizado la obra de Joseph-Marie Sauget, escritor de la Biblioteca Apostólica Vaticana.

Antonio Barrero

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es