San Esteban y el nacimiento del diaconado

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Icono ortodoxo ruso de San Esteban, diácono protomártir.

Icono ortodoxo ruso de San Esteban, diácono protomártir.

Hoy, día 26 de diciembre, festividad de San Esteban, protomártir, miraremos a este gran santo desde otra perspectiva diferente a la ya abordada hace unos años por nuestro compañero Antonio Barrero en esta misma web. En esta ocasión contemplaremos el otro apelativo que aparece a veces junto al nombre de este gran santo: el de protodiácono. En efecto, a veces se olvida que la Tradición de la Iglesia considera que san Esteban, junto a otros seis compañeros, fue el primer miembro de todo un orden eclesial, el de los diáconos (en griego, servidores). Por tanto, hoy dedicaremos este sencillo artículo a hablar de los comienzos de este ministerio ordenado, tan antiguo en la Iglesia, más incluso que el de los presbíteros.

La diakonía-servicio de Cristo
Aunque el conocido pasaje de Hch 6, 1-6 ha sido tomado como el momento fundacional del orden de los diáconos, realmente el mandato a la diakonía (en griego, servicio) está en la predicación del propio Jesús. Todo ministerio de la Iglesia tiene su origen en el mandato de Cristo de servir a los hermanos: Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros. En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía (Jn 13, 14-16). Por el deseo de acoger este precepto del mismo Jesús (diakonía Christi), en las nacientes comunidades cristianas surgen diferentes formas de solucionar las necesidades tanto puntuales como permanentes del servicio eclesial.

Desde el mismo origen de estos ministerios hay una identidad entre el hacer y el ser [1]. No era suficiente servir como Jesús, había que ser otro Cristo siervo. El ministro no quería sólo actuar como Jesús, sino que ordenaba todo su ser con Él. Todo ello hizo guías del servicio a estas primeras comunidades y modelo para la Iglesia en los siglos posteriores.

Ordenación diaconal.

Ordenación diaconal.

Todo bautizado, por el hecho de ser discípulo de Cristo Sacerdote, Rey y Profeta no puede dejar nunca a un lado su vocación bautismal al servicio de los demás: dicho bautismo le demanda cumplir con sus promesas. Pero cada uno debe definir esa llamada de servicio en un ministerio concreto, que no es más que un modo de entrega a la edificación de la Iglesia. Por tanto hemos de distinguir la llamada universal que todos los bautizados tienen al servicio, y el ministerio ordenado de los servidores-diáconos, llamados a ser signo de Cristo servidor en el mundo, ministerio que brota de los Apóstoles.

En el caso del ministerio que nace del de los Apóstoles, éstos, desde el principio, eligieron a colaboradores y sucesores para que continuasen la difusión del Evangelio y el cuidado del Pueblo de Dios [2]. La Iglesia entendió desde siempre el carácter privativo de esta misión, revestida con la gracia sacramental: es el llamado sacramento del Orden. Esta manera de resolver ministerialmente las necesidades eclesiales convertirán estos especiales ministerios en patrimonio de toda la Iglesia. Si acudimos al primer número del Catecismo que aborda este sacramento encontramos: El Orden es el sacramento gracias al cual la misión confiada por Cristo a sus Apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos: es, pues, el sacramento del ministerio apostólico. Comprende tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado [3] . Es pues un sacramento que confiere un sacerdocio diferente al sacerdocio común que todos los fieles reciben por el bautismo, pues está profundamente relacionado con el ministerio de los Apóstoles: en él se fundamenta, en él se mira, de él bebe.

Es cierto que los diversos ministerios que auxiliaron a los Apóstoles, han tenido una evolución a lo largo de los siglos y un cambio en su concepción, funciones y una mayor profundidad teológica, pero no puede negarse que los tres grados del Orden que la Iglesia acepta, se fundamentan directamente en la institución de Cristo, la Sagrada Escritura y la Tradición eclesial. El ministerio jerárquico, cuyo paulatino desarrollo refieren los escritos neotestamentarios, quedó fijado de manera definitiva como estructura fundamental de la jerarquía eclesial que peregrina en un conjunto integrado por los Obispos y sus colaboradores los presbíteros y los diáconos [4].

Ordenación diaconal.

Ordenación diaconal.

Yendo más concretamente al diaconado, su sacramentalidad está fundamentada en el mismo Jesús, en su diakonía, en su servicio, que según algunos autores tiene incluso una impronta salvífica que no hay que menospreciar teológicamente si interpretamos bien, unidas, las dos partes de la siguiente sentencia de Jesús: El Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir y dar la vida en rescate por muchos (Mc 10, 45). Él viene para servir y dar la vida, no viene sólo para servir a modo de un esclavo de la época, sino que lo pone todo en juego, su vida entera y el rescate de todos. Vemos que el servicio de Jesús está profundamente relacionado con la donación de su vida, con su entrega redentora [5]. Es un pasaje que expresa el sentido esencial de la diakonía de Jesús, y no lo limita a un servicio meramente asistencial, benéfico, o incluso evangelizador. Se trata de algo hondo, vivencial, que engloba la totalidad de su existencia, su misión, su presencia en el mundo. El que además en la Última Cena ejerciera de servidor-diácono en el lavatorio de pies (cfr. Jn 13, 5-16) y sus mismas palabras en el cenáculo, Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve (Lc 22, 27), denota que este servicio no era ni algo accesorio en el ministerio y vida de Jesús ni algo que no tuviera que ver con la ofrenda-oblación de su mismo Cuerpo y Sangre. Por eso el servidor al modo de Jesús no lo es sólo cuando colabora con las tareas que le son encomendadas, sino que es servidor-diácono siempre, de día y de noche.

El Texto de Hch 6, 1-6
Por aquellos días, al multiplicarse los discípulos, hubo quejas de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana. Los Doce convocaron la asamblea de los discípulos y dijeron: «No parece bien que nosotros abandonemos la Palabra de Dios por servir a las mesas. Por tanto, hermanos, buscad de entre vosotros a siete hombres, de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría, y los pondremos al frente de este cargo; mientras que nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra.» Pareció bien la propuesta a toda la asamblea y escogieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Pármenas y a Nicolás, prosélito de Antioquía; los presentaron a los apóstoles y, habiendo hecho oración, les impusieron las manos.

Icono ortodoxo americano del Santo. Iglesia de la Santa Dormición de Cumberland (EEUU).

Icono ortodoxo americano del Santo. Iglesia de la Santa Dormición de Cumberland (EEUU).

Si este texto no inaugura la diaconía de Jesús, y la sacramentalidad del diaconado no se basa en él, ¿qué nos narra entonces? Vemos que el ministerio diaconal ordenado surge por las quejas de los helenistas contra los hebreos porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana. Parece que estaba a flor de piel la tensión entre los cristianos provenientes del judaísmo y los provenientes de la gentilidad, y que las viudas de estos últimos eran discriminadas en la atención caritativa cotidiana. Los nombres de los varones elegidos para suplir esa carencia denotan que todos eran de origen helenista. Pero, una tarea a primera vista tan sencilla, ¿requiere la ordenación, imposición de manos, para realizarla?

Parece que el servicio a las mesas (caridad) no era sólo lo que realizan estos primeros diáconos, pues vemos, por la acción de Esteban y Felipe, más funciones en los capítulos posteriores del mismo libro de Hechos: predicación y evangelización (Hch 8, 5.12; 27, 8-9), bautismo (8, 38) y exorcismo y sanación (8, 7). Curiosamente del servicio a las mesas no se nos vuelve a hablar. Es lógico pensar que, los Siete tenían un campo ministerial más amplio del que se desprende de Hch 6, 1-6, por lo que quizá fueran elegidos para ser líderes o guías de las comunidades helenistas [6], en donde los Apóstoles, por el problema del idioma y la cultura, se desenvolverían de un manera no tan eficaz. El tener auxiliares para dichas comunidades sería de gran ayuda. Posteriormente, en los primeros siglos vemos cómo a los diáconos se le suman a estas funciones otras, las cuales han permanecido bastante estables a lo largo de los siglos.

De los Siete de Hch 6, sólo conocemos la actividad de dos: Esteban y Felipe. De Esteban ya conocemos su historia sobradamente. Su catequesis a las autoridades judías, repasando la historia de la salvación queda como uno de los discursos más logrados de la Sagrada Escritura. Su martirio, el primero de los seguidores de Cristo resucitado, es recordado en el día de hoy, y plasmado infinidad de veces en numerosas obras de arte que han servido de inspiración y consuelo a los cristianos perseguidos de todos los tiempos. Estos hechos gloriosos recordados por el autor de Hechos, san Lucas, seguramente propiciarían el ser nombrado en primer lugar en la lista de los Siete.

Martirio del Santo. Mural románico catalán en la iglesia de Sant Joan de Boi, Lleida (España).

Martirio del Santo. Mural románico catalán en la iglesia de Sant Joan de Boi, Lleida (España).

Un texto del Nuevo Testamento discutido, que algunos autores [7] atribuyen al santo que nos ocupa, es el de 1Cor 16, 15-16: Un último ruego, hermanos: Sabéis que la casa de Esteban (o Estéfanos, según traducciones) es primicia de Acaya y que se pusieron al servicio de los santos. Someteos también vosotros a gente como esta y a cualquiera que coopere en sus esfuerzos. De tratarse de Esteban, san Pablo, como sabemos presente en el martirio del mártir y diácono, nos hablaría aquí de una casa de acogida y descanso para los cristianos que fueran de paso por la ciudad de Acaya, modelo de la casa de cualquier seguidor de Cristo. La misión diaconal del padre de familia, Esteban, ya fallecido, seguía viva en esa casa. Sus habitantes eran una auténtica familia diaconal al servicio de la Iglesia. Este texto es de gran valía para la reflexión y oración personal de las familias de los actuales diáconos permanentes.

¿Cómo se desarrolló este ministerio diaconal a lo largo de la historia? Pues sería muy largo explicar sus avatares a lo largo de los siglos. Baste decir que en el catálogo de los santos hay numerosos diáconos, algunos muy importantes en la historia eclesial: san Lorenzo, san Vicente, san Efrén doctor de la Iglesia, san Antolín, san Eulogio, san Francisco de Asís… El diaconado tuvo gran auge en los primeros siglos de la Iglesia, siendo un ministerio de gran prestigio y poder. Pero precisamente por ese poder, y por la codicia humana (administraban los bienes), a partir del siglo VI cae en declive. El presbiterado, posterior en el tiempo al diaconado, gana terreno y se convierte en el prototipo y modelo de clérigo. Quedó el diaconado sólo con sus funciones litúrgicas y, en todo caso, como un paso transitorio de los aspirantes al presbiterado (también lo es hoy día), desapareciendo como ministerio permanente. Aunque el concilio de Trento quiso restaurarlo, no fue hasta el Vaticano II cuando se rescató para la Iglesia católica de rito latino (en algunos de los ritos católicos orientales aún se mantenía). El deseo de volver a sus orígenes tal y como se desarrolló en los primeros siglos fue tal, que se dio la opción de poder ordenar a varones célibes o casados. Estos últimos podían ejercer un papel muy importante como puente entre la jerarquía y el laicado. En Lumen Gentium 29 se concreta esta restauración [8].

Tabla gótica del Santo, obra de Giotto di Bondone (s.XIV).

Tabla gótica del Santo, obra de Giotto di Bondone (s.XIV).

En lo personal, como diácono permanente, san Esteban ha sido mi gran modelo diaconal. Curiosamente, él es titular de la parroquia donde he prestado servicio pastoral en los últimos años: la parroquia de san Esteban protomártir, del barrio burgalés de Villafría. He mirado muchas veces a su imagen en el retablo pidiendo ser un buen servidor-diácono y un buen testigo de Cristo. Que la intercesión de este santo tan importante para la Iglesia, el primero que derramó su sangre por el Salvador, y el primero del orden de los servidores-diáconos, nos ayude a todos a soportar las contrariedades de la vida, ser constantes en la fe y manifestar sin miedo al mundo que Cristo ha venido para salvarnos.

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David Jiménez, diácono


[1] Cfr. J. RODILLA MARTÍNEZ, El diaconado permanente en los albores del tercer milenio, Valencia 2006, 54.
[2] Cfr. LG, 20.
[3] CEC, 1536.
[4] Cfr. LG, 20.
[5] Cfr. J. N. COLLINS, Los diáconos y la Iglesia. Conexiones entre lo antiguo y lo nuevo, Madrid 2004, 46.
[6] Cfr. COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, El diaconado: evolución y perspectivas, Madrid 2003, 29.
[7] Cfr. J. RODILLA MARTÍNEZ, El diaconado permanente en los albores del tercer milenio, Valencia 2006, 57.
[8] LG, 29: En el grado inferior de la jerarquía están los diáconos, que reciben la imposición de manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio. Así confortados con la gracia sacramental en comunión con el Obispo y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad. Es oficio propio del diácono, según la autoridad competente se lo indicare, la administración solemne del bautismo, el conservar y distribuir la Eucaristía, el asistir en nombre de la Iglesia y bendecir los matrimonios, llevar el viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir los ritos de funerales y sepelios. Dedicados a los oficios de caridad y administración, recuerden los diáconos el aviso de San Policarpo “Misericordiosos, diligentes, procedan en su conducta conforme a la verdad del Señor, que se hizo servidor de todos”.
Teniendo en cuenta que, según la disciplina actualmente vigente en la Iglesia latina, en muchas regiones no hay quien fácilmente desempeñe estas funciones tan necesarias para la vida de la Iglesia, se podrá restablecer en adelante el diaconado como grado propio y permanente en la jerarquía. Tocará a las distintas conferencias episcopales el decidir, oportuno para la atención de los fieles, y en dónde, el establecer estos diáconos. Con el consentimiento del Romano Pontífice, este diaconado se podrá conferir a hombres de edad madura, aunque estén casados, o también a jóvenes idóneos; pero para éstos debe mantenerse firme la ley del celibato.

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San Esteban, diácono protomártir

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Tabla gótica del Santo, obra de Giotto di Bondone (s.XIV).

Las primeras noticias que tenemos de San Esteban provienen de los Hechos de los Apóstoles pero existen otros textos antiguos bastante posteriores al siglo I en los que sobre todo se habla del descubrimiento de sus reliquias y que son muy útiles para explicar las razones por las cuales San Esteban ha sido muy venerado desde los primeros siglos por toda la Cristiandad.

La primera vez que se habla de San Esteban es en (Hechos, 6, 5): “Pareció bien la propuesta a toda la asamblea y escogieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Pármenas y a Nicolás, prosélito de Antioquía” y esta elección fue consecuencia del malestar y de las protestas de los griegos contra los hebreos porque sus viudas eran desatendidas en aquella incipiente comunidad de Jerusalén, por lo que los apóstoles tuvieron que elegir a siete diáconos que les ayudaran en estos menesteres sociales.

De este texto podemos deducir que Esteban era ya muy conocido y valorado “hombre lleno de fe y de Espíritu Santo” en aquella primitiva comunidad. Hay quienes manifiestan que pertenecía al grupo de los setenta y dos discípulos que acompañaban al Maestro, pero esto no se puede afirmar completamente; lo que si se puede decir es que tenía muy buena reputación. Sigue diciendo San Lucas que “Esteban, lleno de gracia y de poder, realizaba entre el pueblo grandes prodigios y señales” (Hechos, 6, 8), pero que “Se levantaron algunos de la sinagoga de los Libertos, de Cirene y de Alejandría y otros de Cilicia y Asia, y se pusieron a disputar con Esteban; pero como no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba, entonces sobornaron a unos hombres para que dijeran: Nosotros hemos oído a éste pronunciar blasfemias contra Moisés y contra Dios” (Hechos, 6, 9-11).

De este texto se puede deducir que su apostolado no era meramente asistencial, sino que además, entre los judíos de la diáspora suscitaba animadas discusiones provocando el debate. Y el hecho de que lo acusen injustamente de blasfemar contra Moisés, nos da a entender que principalmente predicaba la visión que tenía de la misión salvadora universal de Cristo, salvación que sobrepasaba a la Ley y los profetas, que superaba la mera visión localista que tenían los judíos convertidos. Por eso, es acusado de dos crímenes: rechazar la Ley de Moisés y despreciar el Templo. San Lucas, en el capítulo 7 de los Hechos narra el largo discurso de Esteban ante el Sanedrín: la historia de la salvación, que empieza por Abrahán y los patriarcas, continúa por Moisés y David y que finalmente, lleva a Cristo a quién ellos traicionaron y asesinaron (aconsejo leer el capítulo 7 entero).

Martirio del Santo. Mural románico catalán en la iglesia de Sant Joan de Boi, Lleida (España).

La reacción contra esta reprimenda de Esteban fue furiosa sobre todo cuando proclamó su fe en Cristo: “Entonces, gritando fuertemente, se taparon sus oídos y se precipitaron todos a una sobre él; le echaron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle. Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo. Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación: «Señor Jesús, recibe mi espíritu.» Después dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado.» Y diciendo esto, se durmió” (Hechos, 7, 57-60). Según muchos exegetas, esta condena no tiene lo más mínimo de legalidad. Es originada por el furor del Sanedrín, por la violencia que entre ellos provocó la profesión de fe de Esteban. Esteban proclama la divinidad de Cristo y es por esto por lo que es el primer mártir, el primer testigo que paga con su propia sangre, la fe que profesa a Jesús. La manera en que San Lucas narra los últimos momentos de San Esteban es muy elocuente: “Señor Jesús, recibe mi espíritu” y “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”.

El evangelista Lucas no precisa el lugar del martirio, solo dice que fue “fuera de la ciudad”. Está basada en documentos muy posteriores, la creencia de que el lugar del martirio estaba en la parte Norte de la ciudad, una zona llena de piedras, lejana a la zona bajo el control de la guardia romana. Tampoco dice San Lucas donde fue sepultado; sólo dice: “Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban e hicieron gran duelo por él” (Hechos, 8, 2). Si releemos el artículo publicado el día 16 de marzo, titulado ¿A qué edad murió Cristo? y aceptamos que pudo ser el año 30 de nuestra era, Esteban debió ser martirizado el año 31 o 32, en un día muy cercano a la fiesta de los Tabernáculos, pues según nos dice San Lucas, había en Jerusalén muchos forasteros (Hechos, 7,9). Y esto es todo lo que se sabe de la vida y muerte de San Esteban, diácono y primer mártir de la Cristiandad, aunque bien es verdad que hay una “passio” legendaria de la que diremos algo.

Invención de las reliquias del Santo. Miniatura gótica del códice Speculum Historiae, siglo XV.

En el siglo X se encontró un códice en el Monte Athos en el que se escribía, en lengua georgiana, sobre el martirio de San Esteban. De él existen versiones en diversas lenguas eslavas y en griego. Según este relato, San Esteban nació dos años después de la Ascensión en un tiempo en el que muchos sabios de Etiopía, Tebaida, Mauritania y Babilonia discutían acaloradamente sobre el nacimiento virginal de Cristo, sobre sus milagros y su Resurrección. Esteban tomó partido y sus adversarios lo llevaron ante Pilatos para que lo condenase, pero Pilatos les reprochó su terquedad defendiendo a Esteban. El mismo Pilatos, con su mujer e hijos se habían convertido al cristianismo.

Esteban fue llevado entonces ante Caifás, quien lo hizo azotar y durante tres días y tres noches hizo que Esteban debatiera con ellos sobre esos temas. Ni siquiera Saulo (San Pablo), logró rebatirlo por lo que se suscitó una violenta reacción, que fue frenada por Gamaliel, que era miembro del Sanedrín y que previamente se había convertido, quién sin embargo no pudo evitar que Esteban fuese torturado. Seguidamente lo condujeron ante el escriba Alejandro y posteriormente ante el tetrarca Antipas. La noche anterior al último juicio, un ángel anunció a Esteban su inminente martirio y lo confortó y en ese juicio, que aun fue más violento que los anteriores, fue Saulo quién insistentemente solicitó su lapidación. Esto ocurrió delante de Pilatos y familiares, Nicodemo, Gamaliel y su hijo Abibo. Posteriormente el mismo Nicodemo y Abibo serían también martirizados por haber intentado sepultar a Esteban pues sus enemigos pretendían que fuera devorado por las fieras. Entonces fue Pilatos quién lo sepultó en su tumba familiar y desde allí, milagrosamente su cuerpo fue trasladado a Kefar-Gamla. Otra versión dice que este traslado lo hizo Gamaliel con el consentimiento de los apóstoles.

Como puede verse esta “passio” está llena de ocurrencias a cual más inverosímil e incluso esperpéntica y no se acomoda en absoluto a lo escrito por San Lucas en los Hechos de los Apóstoles, siendo un relato inventado por un monje que vivió entre los siglos V-VI.

Las reliquias de San Esteban se encontraron en el año 415, hecho que contribuyó a incrementar el culto al santo. Parece asombroso que se perdiera el rastro del sepulcro de uno de los mártires más venerados de la antigüedad, pero así fue, aunque esto puede explicarse por el hecho de que el culto a los mártires en sus sepulcros no se inició hasta el siglo II, siendo en el siglo IV donde alcanzó su apogeo. Puede también explicarse este “abandono” por el hecho de que los emperadores Tito (en el año 70) y Adriano (en el año 135) arrasaron Palestina y muy especialmente, Jerusalén.

Relicario del Santo en Gimel, Francia.

Es un sacerdote llamado Luciano de Kefar-Gamla quién relata en griego este descubrimiento, relato que casi inmediatamente fue traducido al latín por Avito de Braga, al siríaco, copto, árabe y otras lenguas. Todo esto contribuyó a que por toda la Cristiandad “se corriera la noticia como la pólvora”. Según nos cuenta Luciano, durante tres días, en el mes de diciembre del año 415 se le apareció en sueños Gamaliel, quién le aseguró que San Esteban estaba sepultado en aquella localidad porque quién allí lo había sepultado era él mismo. También le indicó que en el mismo sepulcro había puesto los cuerpos de su hijo Abibo, de Nicodemo, quienes, por temor al Sanedrín, se habían refugiado en su casa antes de morir y aun el suyo propio; o sea: en el mismo sepulcro estaban Esteban, Gamaliel, Abibo y Nicodemo.

Luciano contó esto al obispo Juan de Jerusalén. Excavaron, encontraron la piedra sepulcral donde estaban anotados en griego los nombres de los cuatro, identificaron las reliquias e inmediatamente ocurrieron grandes prodigios (yo, la verdad, no se cómo pudieron distinguir los restos de uno de los restos de los otros tres). Luciano dice que él se quedó con una parte de los huesos, que posteriormente distribuyó entre algunos amigos, y que la porción mayor de las reliquias se trasladaron a Jerusalén, a la iglesia de Sión, el día 26 de diciembre del año 415.

Juvenal, obispo de Jerusalén mandó construir una basílica en el presunto lugar donde se produjo la lapidación del santo y esta basílica, fue solemnemente inaugurada por San Cirilo, patriarca de Alejandría, en el año 439. La emperatriz Eudocia, que vivía en aquella época, edificó una basílica aun más grandiosa y un monasterio, los cuales fueron destruidos por los persas en el siglo VII.

Demos por auténticos estos restos de San Esteban, pero si el descubrimiento de las reliquias se hubiese realizado en el día de hoy, ¿los hubiéramos dado por buenos, estando mezclados con otros, sin hacerles ningún tipo de pruebas? En el fondo, ¿qué quiero decir con esto? Que dudas razonables las hay, máxime cuando sabemos que si se juntasen todas las reliquias que del santo existen repartidas por toda la cristiandad, tendríamos varios esqueletos. Un simple ejemplo: hay un cráneo completo en el monasterio Vatopedi del Monte Athos (se reproduce una foto), otro también completo en Dubrovnik (Croacia) y algún otro más; algo parecido a lo que ocurre con San Juan Bautista (ver artículo del 26 de junio) y con algún que otro santo de la antigüedad.

Sepulcro de los Santos Esteban, Lorenzo y Justino. Basílica de San Lorenzo, Roma (Italia).

Que yo sepa, existen reliquias insignes de San Esteban en: Roma (Italia), Venecia (Italia), Nea Ionia (Grecia), Sens (Francia), Gimel (Francia), al-Fayum (Egipto), Viena (Austria), Waha (Bélgica), Monte Athos (Grecia), Putignano (Italia), Dignano (Croacia), Wegier (Polonia), Bega (Barcelona-España), Zagreb (Croacia), Huy (Bélgica), Kiev (Ucrania), Maastricht (Holanda), Dubrovnik (Croacia), Court St. Etienne (Bélgica), Limoges (Francia), Auxerre (Francia), etc., etc.

Además, hay casi una decena de iglesias que presumen de tener relicarios de ¡la sangre del mártir! A mí me vais a permitir que dude de la autenticidad de estas reliquias porque ¿quién y cuando recogió la sangre del mártir? Y el colmo: en Ancona (Italia) se veneran algunas de las piedras utilizadas durante la lapidación.

Como he mencionado antes, el culto es antiquísimo. El mismo San Lucas dice: “Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban e hicieron gran duelo por él” (Hechos, 8, 2). Esto se hacía en Palestina para conmemorar especialmente a los difuntos más distinguidos, más queridos y venerados, por lo que podemos deducir que ya esto, en si mismo, fue una primera veneración al santo. El mismo San Pablo, que fue testigo de su muerte, años más tarde dice que “fue testimonio de Cristo” (Hechos, 22, 20). San Agustín llega a decir que el mismo hecho de que su martirio esté contado en un Libro Sagrado, contribuyó a que desde los comienzos de la Iglesia, su memoria estuviese en la mente de todos.

En Oriente, en el siglo IV, varios Padres de la Iglesia escriben sobre él: San Gregorio de Nissa, San Basilio de Seleucia, San Asterio de Amasea y otros y destaquemos que estos sermones escritos por estos santos son anteriores a la fecha del descubrimiento de las reliquias, luego es seguro que ya con anterioridad a este hecho el Santo era venerado, aunque el descubrimiento de las reliquias incrementase aun más su culto. Ya desde el siglo V, el Martirologio Siríaco conmemora su fiesta el día 26 de diciembre y la Iglesia de Constantinopla lo conmemoraba un día después.

Esta fecha no conmemora el día del martirio sencillamente porque no se sabe, sino que quieren solemnizar la festividad de este primer mártir cristiano poniéndola lo más cerca posible del día en el que conmemoramos en nacimiento de nuestro Salvador. De hecho, San Gregorio de Nissa nos recuerda cuales eran las fiestas celebradas alrededor de la Navidad: Santos Pedro y Pablo, Santos Juan y Santiago, San Esteban…; cabe destacar, sin embargo, que la “Depositio martyrum” del año 354 no menciona esta festividad.

Relicario del cráneo del Santo venerado en el monasterio Vatopedi, Monte Athos (Grecia).

Como he dicho anteriormente, el descubrimiento de las reliquias es lo que hace florecer el culto principalmente, máxime cuando el propio Luciano dice que él repartió parte de ellas entre sus amigos; una de ellas se la regaló a Orosio, obispo de Menorca, en Hispania (!!). De hecho, como hemos visto antes, las hay por todos los países cristianos tanto de Oriente como de Occidente.

Se multiplicaron las fiestas litúrgicas conmemorando traslados de las reliquias de un sitio a otro y se le dedicaron multitud de iglesias, monasterios y abadías. Recordemos en este momento un curioso relato que habla del traslado de las reliquias de San Esteban: Un mujer de Constantinopla, llamada Juliana, había sepultado en Jerusalén a su esposo llamado Alejandro, junto al sepulcro de San Esteban. Realizó diversas gestiones y consiguió que le permitieran trasladar el cuerpo de su marido desde Jerusalén a Constantinopla; conseguido el permiso, consiguió engañar a todos y en el ataúd que debiera llevar el cuerpo de su esposo, escondió el del santo y así trasladó el cuerpo a Constantinopla (!!) Una vez que el cuerpo estuvo en la Ciudad Imperial, Pulqueria, hermana de Teodosio II, se dedicó a regalar parte del cuerpo a diversas personas relevantes de la Corte, devolviéndose algunas a la propia Jerusalén. Parte de ellas volvieron a Occidente en el siglo XIII durante la Cuarta Cruzada.

Además de la fiesta del día 26 de diciembre, a partir del siglo X se empezó a celebrar otra fiesta sobre el descubrimiento del cuerpo: el día 2 de agosto (!!), fiesta que como es natural, ha sido una de las suprimidas del siglo pasado. ¿Y por qué? Porque está clarísimo que fue una confusión con la festividad del Papa San Esteban I que es precisamente ese día; ya dijimos que Luciano cuando habla de la invención, lo hace en diciembre. Pero sobre este tema de fechas, siguen las discusiones entre los hagiógrafos en las que no es necesario entrar aquí. Las Iglesias caldea y copta lo conmemoran el día 8 de enero, pero hay que tener en cuenta que estas iglesias el día anterior conmemoran la Navidad.

En la Edad Media existían en Roma diversas iglesias dedicadas al santo diácono protomártir, la más famosa, Santo Stefano Rotondo sul Monte Celio, erigida por el Papa San Simplicio en el siglo V. Existe otro relato que dice que a finales del siglo VI, durante el pontificado de San Pelagio II se llevaron reliquias desde Constantinopla hasta Roma, siendo estas reliquias las que reposan en la cripta existente bajo el altar de la Basílica de San Lorenzo fuori le Mura, junto con las reliquias del santo diácono hispano.

Icono ortodoxo americano del Santo. Iglesia de la Santa Dormición de Cumberland (EEUU).

Sobre la abundante iconografía de San Esteban prefiero no hablar porque además de alargar en exceso el artículo, no soy yo la persona más apropiada. Para preparar este artículo, además de utilizar el Nuevo Testamento, las Cartas de Luciano y los datos propios de mi archivo, principalmente me he basado en los trabajos de Monseñor Gian Domenico Gordini, profesor de Historia Eclesiástica del Pontificio Seminario Regional de Bologna (Italia).

Antonio Barrero

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