Santos Perpetua, Felicidad y compañeros mártires de Cartago

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Los Santos mártires Perpetua (centro), Felicidad (izqda.) y Saturo (dcha.) en la arena. Vidriera decimonónica en la iglesia de Notre-Dâme de Vierson, Francia.

Hoy, día 7 de marzo, celebramos la fiesta de un grupo de mártires bien conocido y con gran repercusión en el arte y en el culto cristianos casi desde el mismo momento de su martirio. La razón hay que encontrarla en que se trata de uno de los escasísimos casos en que tenemos noticias fidedignas sobre el martirio y detalles del mismo; que nadie se atreve a poner en duda, así como no cabe duda posible de la existencia y perfecta historicidad de estos mártires. Pero hablemos primero del contexto histórico.

A finales del siglo II el cristianismo estaba ya muy difundido; por lo que a los pocos meses de la muerte del emperador Marco Aurelio ya fueron decapitados en Scilli seis mártires cristianos. Esto lo sabemos por un archivo de protocolos que constituía la versión más antigua de redacción de una passio. Esto dio lugar en la zona a una literatura particular cuya máxima expresión fue la obra de Tertuliano, Ad martyres, que relata la frecuencia con la que se ajusticiaba a los reos por causa de la fe. Existen también otras documentaciones históricas que narran con fidelidad los martirios de los cristianos; como es el caso de San Policarpo o los mártires de Lyon.

A este tipo de documentos extraordinarios pertenece la passio de las Santas Perpetua y Felicidad, de la cual existen una redacción latina y otra griega. A pesar de su apariencia testimonial, es difícil separar lo que es el relato exacto de los hechos de los añadidos posteriores; pues todo el documento está teñido de una sorprendente transparencia y veracidad. No se conoce con certeza la exactitud de los elementos ambientales ni el lenguaje de las diversas comunidades cristianas como para reconstruir exactamente la situación real; pero aún así, no cabe duda de la existencia de estos mártires ni de las condiciones de su martirio.

Esta passio se divide en tres partes: consta de un prólogo atribuido a Tertuliano por investigadores como De Labriolle y Van Beek; aunque su lenguaje no tiene la composición verbal característica del ardiente apologista cartaginés. De serlo, este documento tendría, definitivamente, toda veracidad histórica posible, al ser contemporáneo de este martirio. La segunda parte, que analizaremos con más detalle, está narrada por la propia Vibia Perpetua, contiene una profunda carga psicológica que es propia de la formación del catecumenado; y que se repite en la tercera parte, la que es atribuida a Saturo, el catequista. Ambos tienen una profundidad de sentimientos y visiones que los revela como catecúmenos y no los diferencia como mujer y hombre; aunque es cierto que Perpetua añade detalles relativos a la maternidad que sólo una mujer describiría con tal naturalidad.

Detalle de una escultura neoclásica de Santa Perpetua con su hijo en brazos. Iglesia de Santa Teresa de Lisieux, Royal Oak, Michigan (EEUU).

Y así, de acuerdo a este texto, sabemos con certeza que en el año 203, en Thuburbo Maius, pequeña localidad del África romana, fueron detenidos un grupo de jóvenes catecúmenos que pertenecían a una comunidad presidida por el obispo Optato. Eran dos mujeres (Vibia Perpetua y Felicidad) y tres hombres (Revocato, Saturnino y Secúndulo) a los que se unió voluntariamente su catequista, Saturo.

Vibia Perpetua tenía 22 años de edad, era culta, pertenecía a una familia acomodada y estaba casada, aunque no sabemos nada de su marido, con el que tenía un hijo al que todavía le daba el pecho. Su padre era pagano pero su madre, cristiana, sería probablemente la que la había iniciado en la fe. Tenía también dos hermanos y uno de ellos asistía a la escuela de catequesis; el otro era todavía niño de pecho. Felicidad, en cambio, era de condición humilde –se ha llegado a decir que esclava- y aunque estaba también casada, nada se dice de su marido. Estaba embarazada y ya en el octavo mes de gestación.

Eran tiempos del emperador Septimio Severo y éste había establecido penas muy duras contra judíos y cristianos, los cinco permanecieron en arresto domiciliario y recibieron el bautismo en esas condiciones.
Resulta muy conmovedor conocer por boca de la propia Perpetua los trabajos, molestias y sufrimientos padecidos a causa de la fe. Ella describe, por ejemplo, los encontronazos con su padre, cuando al inicio del arresto, éste trata de salvarla:
“Estando yo, dice ella, con los perseguidores, como mi padre, guiado por el amor natural, se esforzase por desviarme de mi propósito y perderme, le dije: “Padre mío; ¿ves en el suelo ese vaso o jarro, o como se le quiera llamar?” Y me respondió: “Lo veo.” Entonces yo le dije: “¿Acaso se le puede llamar de otro modo?” “No.” “De la misma manera, yo no me puedo llamar otra cosa que cristiana.”

Sin embargo, como se resistían a reconocer la divinidad del emperador, fueron sacados de sus domicilios y deportados a Cartago donde, arrojados en la cárcel, iban a dar comienzo sus auténticos sufrimientos. Perpetua describe con pesar cómo su mayor preocupación era el no poder estar con su pequeño hijo, y el atormentador dolor de sus pechos repletos de leche; peor que el hacinamiento, el calor, el encierro y los golpes que les daban los soldados. Los diáconos Tercio y Pomponio, sobornando a los guardias de la cárcel, lograron unas horas de alivio y descanso para los presos; momentos que Perpetua aprovechaba para amamantar a su hijo, que le habían traído.
En la cárcel, Perpetua tiene una visión en la cual asciende al cielo a través de una escalera franqueada por agudas lanzas y espadas afiladas, que sortea tras pasar por encima de un dragón. Al llegar al cielo, junto con Saturo y los demás compañeros, es recibida por el Padre Eterno en la gloria. Esta visión la comenta con su hermano y mutuamente se dan fuerzas para perseverar hasta el final.

Santa Perpetua en el tribunal de Hilariano. Lienzo de Giovanni Gottardi (1780-90).Pinacoteca de Faenza, Italia.

Cierto tiempo después, los prisioneros son llamados al tribunal de Hilariano, procurador de Cartago, y nuevamente Perpetua hace hincapié en el sufrimiento que le produce tener que renunciar a su hijo; y la lástima que le causa su padre pagano, por causa de la fe:
Subimos al tablado y habiendo sido interrogados los demás todos confesaron la fe. Cuando llegó mi vez apareció mi padre con el niño en los brazos y me arrastró fuera de la escalinata, suplicándome tuviera compasión de mi hijo. El procurador Hilariano, que hacía las veces del procónsul difunto Minucio Timiniano, me dijo: “Apiádate de las canas de tu padre y de la delicadeza del niño. Sacrifica por la salud de los emperadores.” Yo le respondí: “No sacrifico.” “¿Eres cristiana?” “Lo soy.” Y como mi padre se esforzara en convencerme, Hilariano mandó echarle de allí, y le hirió con una vara, lo cual me causó tanto dolor, como si me hubiera dado a mí; tanta compasión me daba la vejez de mi pobre padre.

Los prisioneros fueron condenados a morir en el anfiteatro, entre las garras de las fieras. Esto es recibido con tanta alegría que incluso Perpetua se resigna a no volver a estar con su hijo, que le es arrebatado. Mientras dura la estancia en la prisión, la joven vuelve a tener otra visión en la que se le aparece su hermano, Dinócrates; que había fallecido a los siete años de edad a causa de un cáncer facial. Ella, tras verle en una especie de lugar oscuro y de tormento, ruega fervientemente por su alma y, tras un tiempo, vuelve a tener una visión en que lo ve en un lugar de dicha y paz, con el rostro restablecido y sin la deformación que lo había matado.
Perpetua también nos habla de Pudente, un soldado que, conmovido por la actitud de los cristianos, permitía que las visitas entraran en la cárcel; de su padre, que siguió insistiendo incansablemente hasta el final porque ella se salvara; y de otra visión, en la cual ella misma se vio transformada en varón y libraba un combate en la arena contra un egipcio, al que derrotaba con la ayuda divina. Esto ella lo interpreta como una lucha contra el demonio; a quien debía vencer para alcanzar la gloria. Hasta aquí el relato de Vibia Perpetua.

A partir de este punto, es Saturo, el catequista, quien toma la palabra. Él también tiene un sueño en la cárcel. En él, visionaba que después del martirio, se encontraba en el cielo, rodeado de un coro de ángeles cantando el Sanctus, y lo soñaba así porque eso era lo que él realmente deseaba. Por eso mismo, en esta visión se relata cómo el obispo Optato y el presbítero Aspasio se postran delante de Perpetua y de Saturo, rogándoles para ellos la paz; y ellos se la conceden.

El Chronographus del año 354 dice que Perpetua, Felicidad y compañeros padecieron el martirio el día 7 de marzo (nonis martii). Pero sucedió que Secúndulo murió antes, durante la estancia en la cárcel, por lo que no llegó a la arena. En cuanto a Felicidad, ya hemos dicho que estaba embarazada de ocho meses y; como era sabido que las mujeres encintas no podían ser ejecutadas hasta después de dar a luz, tres días antes de los juegos le provocaron el parto (!!). Nos cuentan que éste fue especialmente doloroso, pues, oyéndola gemir y gritar, los carceleros le dijeron: “Si ahora te quejas, ¿qué harás cuando seas arrojada a las fieras, de las que te burlas, al no querer sacrificar?” “Ahora soy yo la que sufro”, respondió ella, “pero entonces Otro estará en mí, que padecerá por mí, porque yo padeceré por Él.” Felicidad dio a luz una niña, de la que se desprendió enseguida, sin mirarla a la cara; para que la visión de su bebé no la hiciese flaquear en su determinación. De esta hija sólo se nos dice que fue acogida, criada y educada por una mujer cristiana.

Detalle de Santa Felicidad en un mosaico paleocristiano. Capilla Arzobispal de Rávena, Italia.

Finalmente llegó el día del suplicio final. En este último relato contrasta la firmeza y valentía de Perpetua con la morbosidad del público, que quería hacer durar el espectáculo para disfrutar más de su visión sangrienta. Hay que tener en cuenta que la passio no representa con fidelidad todas y cada una de las escenas del martirio; sino que con un fin moralizante, añade datos para la edificación del lector: Perpetua alienta al resto de los mártires y para contrarrestar el griterío de las gradas, comienzan a cantar los salmos.
Aunque se les quiso vestir con disfraces –a los hombres los quisieron vestir de sacerdotes de Saturno y a las mujeres, de sacerdotisas de Ceres- ellos rehusaron ser motivo de ridículo y se les permitió salir a la arena con sus ropas. Allí son desnudados y puestos en fila, los azotan con correas de cuero hasta dejarlos ensangrentados; lo que sufren con gran paciencia porque sentían a Cristo sufriendo con ellos. Luego, Perpetua y Felicidad son metidas en dos redes de pescar y exhibidas desnudas por la arena, lo que causa gran escándalo porque se veía que Perpetua era jovencísima y los pechos de Felicidad, recién parida, todavía chorreaban leche. Tras esto, se les devuelve sus vestiduras.

Saturo y Revocato fueron expuestos a un oso y a un leopardo; las mujeres, a modo de insulto, fueron expuestas a una vaca furiosa, que corneó a Perpetua y la tiró por el suelo, y luego atacó a Felicidad. La primera se levantó enseguida, arreglándose la ropa, y al ver a su otra compañera por el suelo, la ayudó a levantarse y le dio el beso de paz. Finalmente, estando las dos mujeres muy maltrechas y los varones ensangrentados por el ataque del oso y del leopardo, fueron todos pasados por la espada. Perpetua tuvo la mala suerte de ser ajusticiada por un gladiador primerizo, que la llegó a golpear tres veces sin lograr desprenderle la cabeza, por lo que ella acabó dirigiéndole la mano para que no volviese a fallar.

Perpetua y Felicidad en la arena. Grabado contemporáneo para la serie "Lives of the Saints".

Aquí, por extraño que parezca, termina la narración de este impresionante documento. Nada se dice de la sepultura de los mártires. Algunas cuestiones se han aclarado con las recientes excavaciones arqueológicas, pero aún así, queda pendiente saber qué se hizo del cuerpo de Secúndulo, muerto en la cárcel; si los padres de Perpetua reclamaron su cuerpo o no; si se recogieron los cadáveres para que se les tributara culto…

En el siglo IV se construyó una basilica maiorum para guardar los restos de los mártires escilitanos; de Perpetua, Felicidad y compañeros; de Víctor, de Celerina, hecho que está documentado en la Historia persecutionis Vandalicae. Los restos de esta basílica fueron identificados por Delattre en el año 1907 gracias a que se encontró un epígrafe que mencionaba a todos los mártires allí sepultados.

Como todos los mártires pertenecen a la Iglesia, es la comunidad cristiana quien promueve su culto y por eso, se superan los confines geográficos siendo múltiples las causas que lo originan y no pudiéndose siempre explicar todas ellas. Por ejemplo: San Ignacio de Antioquía, siendo martirizado en Roma y muy venerado en Antioquía, jamás es mencionado ni en el Gelasianum ni en el Gregorianum.

Sin embargo, el martirio de las Santas Perpetua y Felicidad tienen la singularidad de que su relato tuvo una gran difusión influyendo bastante no sólo en la literatura sino incluso en la liturgia. La Depositio martyrum y el Martirologio Jeronimiano dicen que en Roma se celebraban el día 7 de marzo, aunque posteriormente se ha pasado al día 6 para favorecer la festividad de Santo Tomás de Aquino el día 7. Las liturgias mozárabe y ambrosiana las conmemoran el día 7. En Oriente son celebradas el día 2 de febrero, el 4 y el 14 de marzo. El Martirologio Siríaco del siglo IV las menciona el 7 de marzo.

Los mártires son rematados a espada. Iluminación del Menologio de Basilio II, Biblioteca Vatiana (Roma, Italia).

En resumen –y terminando ya a la vez que me disculpo por este artículo tan largo- nadie duda de la existencia de estos mártires y de la naturaleza de su martirio, debido a la presencia de estas sorprendentes actas, que junto con algunos otros textos martiriales –los mártires de Scilli, los de Lyon, entre pocos más- constituyen uno de los documentos más luminosos de la Antigüedad cristiana. Quien quiera leer el relato completo, cosa que recomiendo encarecidamente, puede hacerlo aquí.

Las Santas Perpetua y Felicidad son representadas casi siempre en la arena, siendo corneadas por una vaca; también dándose el beso de la paz –esta escena, malinterpretada actualmente por algunos colectivos con cierta intencionalidad particular, ha empezado a difundir la idea, totalmente errónea, de que ambas eran amantes-. También es una malinterpretación representarlas como dos mujeres de raza negra, pues todos sabemos que en el África proconsular tan sólo los esclavos podían ser de esta raza.

Se las considera patronas de las madres (ambas lo eran), de las mujeres embarazadas que dan a luz en condiciones difíciles (Felicidad) y de las madres lactantes (Perpetua).

Dejo aquí el extracto de un documental llamado “Historia del cristianismo”, emitido por el canal Odisea, donde se recrea el sueño del egipcio y más tarde, el martirio de la Santa, aunque con algunas inexactitudes, como la omisión del suplicium ad bestias y la reiteración de llamarla Vibia (su praenomen o apellido), cuando su nombre de pila (nomen) era Perpetua.

Meldelen

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