Beatos Anselmo Polanco y Felipe Ripoll, mártires

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Estampa contemporánea de los dos Beatos, a partir de una ilustración.

Estampa contemporánea de los dos Beatos, a partir de una ilustración.

Hoy día 7 de febrero, por primera vez os presento a los Beatos Anselmo Polanco Fontecha, OSA (Obispo de Teruel) y Felipe Ripoll Morata (Presbítero y vicario general de la diócesis de Teruel), mártires de la Guerra Civil Española.

Anselmo Polanco Fontecha nació el 16 de Abril de 1881, siendo el primer hijo de Basilio y Ángela que tenían el oficio de labradores; a los cinco días fue bautizado tomando el nombre del sacerdote que lo bautizó y más tarde tuvo dos hermanos, Pedro y Amable, que murieron de muy corta edad quedando Anselmo como hijo único.

A los ocho años fue confirmado por el obispo de León, diócesis a la que pertenecía su pueblo (Buenavista); después ya ayudaba como monaguillo en misa y desde ese momento manifestaba a sus familiares el deseo de decir la misa que ahora ayudaba a celebrar.

A los quince años, después de superar las enseñanzas primarias, pidió la entrada en la Orden de San Agustín, en su convento de Valladolid, ingresando el día 1 de Agosto de 1896. Aquí también emitió su primera profesión temporal, el 2 Agosto de 1897. En él ya había madurado la idea de servir a Jesús y a las almas como sacerdote y se preparaba para el presbiterado, pero debido a una enfermedad de la época se vio obligado a interrumpir sus estudios y volver a su pueblo a convalecer. Restablecido ya, se reintegró a la vida de la Comunidad Agustina, hizo la profesión solemne el 3 de agosto de 1900 y dos años más tarde lo trasladaron al Monasterio de Santa María de la Vid (Burgos). Allí recibió en 1902 las órdenes menores y el subdiaconado, el diaconado un año más tarde, hasta que es ordenado presbítero en la Catedral del Burgo de Osma, el 17 de Diciembre de 1904, cantando su primera misa esa misma Navidad.

Fue destinado a muchos lugares de la geografía española para terminar de completar sus estudios: en Madrid superó el examen de Regente en Teología y en 1926 después de su experiencia, sería nombrado por el Padre General, Maestro en la Sagrada Teología, lo que equivaldría en la Orden a doctor.

Los hermanos de la comunidad lo consideraban un religioso ejemplar y lo nombraron Rector del Convento de Valladolid; el Capítulo General de la Orden lo eligió tercer consejero y fue trasladado a Manila. Durante su mandato, su acción no se limitó a las fronteras españolas, sino que formó casas con espíritu misionero en Filipinas, China, Japón, América del Norte y del Sur: Colombia, Perú… Además, por Europa viajó desde Alemania, pasando por Francia, Roma etc. Con esto fortalecía la fe de sus hermanos y promovía la evangelización en estos lugares.

Fotografía del Beato en su atuendo de obispo.

Fotografía del Beato en su atuendo de obispo.

El 21 de Junio de 1935 le llegó la gran noticia del Papa Pío XI, pues fue elegido obispo de Teruel con la administración apostólica anexa de Albarracín; aceptó este ministerio con preocupación por la responsabilidad que se le venía encima, pero acaso ¿no había sido San Agustín obispo de Hipona? Recibió la consagración episcopal el 24 de agosto de 1935 en Valladolid y a esta asistió su madre que proféticamente pronunció estas palabras: No son éstos los mejores tiempos para ser obispo. Pero, en fin, si le matan, qué le vamos a hacer; también los mártires dieron su sangre por Cristo.

El 25 de septiembre tomó posesión de la diócesis, el 8 de octubre hizo su entrada en Teruel y el 12 en Albarracín; este mismo día diría a sus diocesanos: He venido a dar la vida por mis ovejas y claramente, así lo cumplió.

Inminente ya el estallido de la guerra civil, se mostraba sereno y confiaba en Dios, a los sacerdotes y laicos les daba siempre los mejores consejos y se mostraba cercano y atento a las necesidades de todo aquel que se le acercaba inquieto por las cosas que se oían. Por otra parte captó el valor que tenían los laicos y el apostolado asociado y por esa razón se dedicó con fuerzas incansables a promover centros de acción católica por toda la ciudad y provincia hasta la misma víspera de quedar sitiada la ciudad.

En general era un hombre sencillo de profunda fe, que veía en San Agustín sus pasos a seguir y que de la adoración de la Eucaristía sacaba todas sus fuerzas para ejercer la buena y breve labor que realizó en la diócesis de Teruel y Albarracín.

Felipe Ripoll Morata, nació el 14 de Septiembre de 1878 en Teruel; ese mismo día, como era la costumbre, fue bautizado en la parroquia de Santiago. Sus padres eran un matrimonio profundamente cristiano y trabajaban en oficios modestos; cada mañana y desde muy temprana edad tenía que hacer casi diez kilómetros para llegar a la escuela que se encontraba en la capital y los domingos al mismo tiempo que se preparaba para tomar la primera comunión ayudaba a misa como monaguillo.

Fotografía coloreada del Beato en su hábito de sacerdote.

Fotografía coloreada del Beato en su hábito de sacerdote.

Cuando manifestó a sus padres que quería ser sacerdote diocesano no les extrañó para nada, pero debido a los pocos recursos económicos que tenían en casa no pudo pagar la matrícula del seminario por lo que se vio forzado a estudiar como externo, y no solo los estudios humanísticos, sino que también los filosóficos los hizo como alumno externo. Se costeó poco a poco la matricula dando clases a otros compañeros más jóvenes. Por aquel entonces era obispo Monseñor Comes y Vidal que le confirió las órdenes del diaconado en 1900 y el presbiterado en 1901. Su primer nombramiento fue profesor de los futuros sacerdotes del seminario donde él mismo ya llevaba unos años; mas tarde fue secretario de estudios, vicerrector y por ultimo rector desde 1913 a 1924 y mientras tanto hizo bachillerato y la licenciatura en teología.

En el 1922 se le concede en la ciudad la dignidad de Arcediano (archidiácono) de la iglesia madre, pasó también por el puesto de ecónomo de la catedral, seguido de penitenciario, que sería su dedicación fundamental, atendiendo a toda clase de penitentes y dejando una huella inolvidable en las personas que se acercaban a su confesionario.

Pasados unos años y muerta ya su madre, ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús en busca de la santificación personal. Pasó por diferentes lugares como Gandía y Manresa dando siempre lo mejor de él, pero esta experiencia no le duró mucho y estaba en los planes de Dios su santificación como sacerdote diocesano y no como religioso consagrado; algunos compañeros a su salida le decían: “Quédese, don Felipe, que profesores tenemos muchos pero directores espirituales no tenemos tantos”. A lo que él con cierta sorna les respondía: “No puedo. Y prefiero ser jesuita en la Catedral que canónigo en la compañía”.

De nuevo en Teruel en el año 1926 se le encomiendan varios cargos, entre ellos consiliario de la rama femenina de Acción Católica; al mes siguiente Don Anselmo Polanco lo nombró su Vicario General. Esta designación seria más tarde su verdadera comunión: en el ministerio pastoral, en la cautividad, en la muerte y hasta en la gloria.

Quien lo conoció atestigua que era un gran hombre defensor de la iglesia, ajeno a ambiciones y glorias mundanas, serio de carácter pero muy cariñoso, amable y sociable con todos, no le gustaba destacar por encima de nadie y estuvo cerca de Don Anselmo Polanco cuando más lo necesitaba en la vida diaria, en el apresamiento, en la cautividad y hasta en el martirio. Él presbítero archidiácono, junto a su obispo, como en la antigüedad lo fue San Vicente, diácono, junto a San Valero, obispo, ambos mártires de la primigenia iglesia zaragozana-aragonesa. Los dos recorrieron el vía-crucis que les esperaba. Don Anselmo halló en Felipe a su fiel sacerdote y Felipe se apoyaría en el obispo Anselmo como en el buen Jesús.

Lienzo contemporáneo de los Beatos, obra de Agustín Alegre. Cripta de los Mártires, Catedral de Santa María de Mediavilla, Teruel (España).

Lienzo contemporáneo de los Beatos, obra de Agustín Alegre. Cripta de los Mártires, Catedral de Santa María de Mediavilla, Teruel (España).

Cautividad
Estallada ya la Guerra Civil, la ciudad de Teruel se convirtió, por su situación geográfica, en un punto estratégico, choque de enfrentamientos bélicos y violentos, sobre todo para los sacerdotes, ya que al poco de estallar el conflicto llegó la noticia al Obispo Anselmo de que media docena de sacerdotes habían sido asesinados y otros muchos habían sido obligados a abandonar sus parroquias por la fuerza. Sobre la gravedad de los hechos que estaban aconteciendo se entrevistó con el Delegado Apostólico de Pío XI, Monseñor Antoniutti, quien le insistió en que no volviera a la ciudad de Teruel, pero él se negó a acatar este consejo diciendo: “Mi puesto esta en Teruel, con mis ovejas, mientras haya un alma en la ciudad, tiene grey el obispo”.

El 1 de Octubre 1937 la ciudad ya era un continuo bombardeo, gran parte de una nave de la catedral se desplomó y murieron varios sacerdotes. Este mismo día, el Obispo Anselmo tuvo que refugiarse en el seminario y allí acudió Don Felipe Ripoll despidiéndose así de sus familiares: “Me creo en el deber de marcharme con el señor obispo”.

Pasada la Nochebuena, el seminario se convirtió en un lugar de refugio para muchos sacerdotes, religiosos y civiles; se convirtió en una trinchera donde cada día se tenía más necesidad de las cosas básicas: como curiosidad tenían que derretir la nieve si querían beber agua. Los soldados quería romper el cerco en varias ocasiones para salvar al obispo de lo que se estaba convirtiendo en una muerte segura, pero el respondía: “O me salvo con los míos o muero con los míos”.

Durante el asedio ellos tenían una actitud paciente, hacían dentro de esta situación sus reuniones semanales, hablaban sobre temas de pastoral, confesaban y por otra parte, siendo ellos mismos testigos de lo que estaba ocurriendo atendían a los moribundos, daban la absolución, celebraban misa de difunto etc. Cuando ya la situación era cada vez más inhumana, los jefes al mando de ambos bandos acordaron evacuar la zona con ayuda de cruz roja internacional y fue ahí cuando de un solo golpe entró el bando contrario al seminario y desarmó a los soldados que aun seguían defendiendo el lugar. Seguidamente, el obispo quiso garantizar que se realizase toda una operación de paz y salió el último de entre todos los sacerdotes. Un miliciano al ver la cruz pectoral que llevaba como símbolo de obispo, le espetó: “¡A cuántos habrás matado con éste!”, a lo que el obispo respondió: “Yo no he matado a nadie, y menos con Éste, que da la vida”.

Cuando iban a separarlo del resto del grupo, un mando de los milicianos ordenó: “A ver, un sacerdote que acompañe a este obispo”. Don Felipe Ripoll se adelantó de un paso y con este gesto demostró al obispo su fidelidad a él y a la Iglesia, y así comenzó para ellos su prisión, pasión y calvario.

Vista de la Cripta de los Mártires en la Catedral de Santa María de Mediavilla, Teruel (España), donde está sepultado el Beato Anselmo Polanco.

Vista de la Cripta de los Mártires en la Catedral de Santa María de Mediavilla, Teruel (España), donde está sepultado el Beato Anselmo Polanco.

Después de un ir y venir de unos a otros lugares donde fueron llevados, se les incomunicó y se les interrogó; querían que el Obispo se retractarse de su firma en la carta colectiva que cuarenta y siete obispos españoles habían redactado, explicando a los obispos del mundo las injusticias, horrores y abusos que se estaban cometiendo. A algunos les parecía un texto político cuando en realidad era un explicación de lo que estaba pasando en el país.

El obispo Anselmo no se retractó sino que hizo patente su conformidad con este texto y con ello su fidelidad a la Iglesia Católica Española y por ello despertó la furia de sus verdugos. En el mismo penal también se encontraban otros religiosos turolenses, además de altos mandos militares, que no corrieron la misma suerte y fueron testigos para el proceso de beatificación. En la celda, el obispo Anselmo prestaba su manta para los enfermos, tapándose él con su capa de agustino ya roída y el padre Ripoll daba su ración a otros jóvenes; durante todo el cautiverio no dejaron de rezar el rosario, hacer las oraciones del breviario, salmos, etc.

Después de un rosario de cárceles que a su vez eran antiguos conventos, muchas autoridades de la época se pusieron en contacto con él, como el Lehendakari, delegados del gobierno republicano, el vicario general de Barcelona, que a escondidas le llevaba la comunión. También representantes del gobierno republicano se pusieron en contacto con él ofreciéndole a cambio de quitar su firma, ser promovido como obispo de Barcelona. Todo esto fue en vano porque no se retractó.

Mientras que el bando nacional avanzaba cada vez más, el bando de sus verdugos retrocedía. El 7 de Febrero de 1939, una mañana diez días después, en la localidad de Pont de Molins (Girona) un pastor dio la alarma: había encontrado cuarenta y dos cadáveres a medio quemar, y entre ellos se encontraban el obispo Anselmo Polanco y don Felipe Ripoll, que fácilmente fueron reconocidos por el juez de guardia gracias a que el fuego no afecto sus cuerpos. Algunos de los que integraron el pelotón de fusilamiento podrían haber atestiguado sobre los últimos momentos pero nunca quisieron hablar. Asimismo solo uno expresó que habían muerto con fidelidad a la Iglesia.

Monseñor Anselmo Polanco, OSA y Don Felipe Ripoll con su padecimiento nos han mostrado su amor a Dios, la gloria de Cristo y la fuerza del espíritu. Sus restos fueron traslados por petición popular a la Catedral de Teruel, donde allí descansan en la cripta. En 1950 comenzó el proceso de canonización. El 2 de junio de 1994, el papa San Juan Pablo II, los declaró mártires, siendo beatificados el 1 de Octubre de 1995 junto a cuarenta y cuatro mártires españoles más.

Relicario con la cruz pectoral del beato Anselmo Polanco.

Relicario con la cruz pectoral del beato Anselmo Polanco.

Para realizar este trabajo he utilizado artículos de prensa de las hemerotecas de los periódicos turolenses, la web de la diócesis de Teruel y el libro: “Dar la vida por amor”, de Joaquín Martín Abad.

David Garrido

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es