San Félix de Cantalicio, fraile capuchino

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Estampa devocional popular del Santo.

San Félix de Cantalicio fue uno de los más populares y característicos personajes de la Roma del siglo XVI. Había nacido en Cantalicio, un pueblecito al pie de los Montes Apeninos, muy cercano a Rieti, en el año 1513.
Como sus padres eran campesinos muy pobres, hasta los treinta años de edad, trabajó en el campo como pastor de ovejas y posteriormente marchó a la Roma papal, no para gozar de las diversiones de la ciudad ni para mejorar su condición de pobre pueblerino. Entró como hermano lego en un convento de frailes capuchinos y desde el año 1574 hasta su muerte ocurrida en el año 1587, fue fraile mendicante del convento de San Niccolò dei Porci (ahora llamado de Santa Cruz dei Lucchesi).

Deambulaba por las calles romanas, descalzo, con un hábito raído, viejo, pidiendo limosma, no tanto para su convento como para los pobres y los enfermos de Roma. Esta tearea era dura, cansada y hasta humillante y cuando le daban alguna cosa, contestaba: “Deo gratias” (“gracias a Dios”) y lo mismo le decía a quienes nunca le daban limosna alguna, por lo que los romanos lo llamaban el “hermano Deo gratias”.
Era muy humilde, muy sencillo, pero tenía un gran espíritu religioso y, aunque era humilde tenía una sabiduría sobrenatural, exhortando a todos con infinita caridad. Enseñaba a los niños canciones sencillas que él mismo dirigía, como si fuera un coro. Cuando la gente le preguntaba en qué libro había aprendido tanta sabiduría, el les contestaba que “en un libro que solo tiene seis páginas: las cinco llagas de Cristo Crucificado y la Virgen Maria”.

San Felipe Neri, el sacerdote florentino apóstol de los romanos, lo conoció y se hizo amigo suyo. Mutuamente se decían cosas chistosas, como por ejemplo esta: “Fray Félix, que te quemen vivo los herejes, para que te consigas un gran puesto en el cielo”. Fray Félix le responde: “Padre Felipe: que lo picadillen los enemigos de la religión para que así se consiga una gran gloria en la eternidad”. Así que cuando se encontraban por las calles, daban públicamente consejos y enseñaban. La pura y popular simplicidad del fraile capuchino llenaba a todos de consuelo y admiración.
También San Carlos Borromeo y otros muchos prelados romanos lo tenían en gran consideración y estima, reconociendo en la espiritualidad del capuchino un poder intelectual extraordinario. San Carlos Borromeo le pidió unos consejos para conseguir que sus sacerdotes se hicieran más santos y él le respondió: “Que cada sacerdote se preocupe por celebrar muy bien la Misa y por rezar muy devotamente los salmos que tiene que rezar cada día, el Oficio Divino”.

Al franciscano Felice Peretti, que iba a ser elegido Papa le dijo: “Si un día lo nombran Papa, esmérese por ser un verdadero santo, porque si no es así, sería mucho mejor que se quedara como sencillo fraile en un convento”. Cuando llegó a ser Papa, Sixto V, siempre recordaba el consejo del humilde hermano Félix. Este mismo Papa decía que durante su pontificado ya se habían obtenido dieciocho milagros por la intercesión de Fray Felix. Así, en la gloriosa Roma del siglo XVI, se vió a las púrpuras cardenalicias y a los prelados de la Curia inclinarse delante de aquel pueblerino, vestido con el hábito franciscano, con una larga capucha, que había sido adoptada por el Beato Mateo de Bascio, venticinco años atrás. Y como el fundador de la reforma capuchina dentro de los franciscanos, fue venerado como beato, el humilde y rudo campesino de Cantalicio, le tuvo inmediatamente una especial devoción.

Sepulcro del Santo en la iglesia de Santa Maria Inmacolata a Via Veneto, Roma (Italia).

Murió con setenta y dos años de edad el día 18 de mayo del año 1587, extasiado ante la visión de la Virgen. Decía en el momento de su muerte: “Veo a mi Madre, la Virgen María, que viene rodeada de ángeles a llevarme”. Su tumba, en la iglesia de los capuchinos de Roma, fue un lugar donde se obraron muchos milagros. El aceite de la lámpara que ardía junto a su tumba, tenía extraordinarias virtudes medicinales y el “hermano Deo gratias” continuó desde su tumba concediendo gracias al pueblo que recordaba su simpática figura en las calles de la ciudad, entre las ruinas de los antiguos monumentos y la construcción de los nuevos monumentos que surgían en el que posteriormente, por su magnífico esplendor, fue llamado el siglo de oro.
Fué beatificado por el Papa Urbano VIII, el día 1 de octubre de 1625 y canonizado por el Papa Clemente XI, el día 22 de mayo del año 1712. Su fiesta se celebra el día 18 de mayo.

Felice Stasio

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