La Festividad de los Fieles Difuntos: el Día de Muertos en México (III)

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Tradicional ofrenda sobre una tumba en Pátzcuaro, Michoacán. Fuente: voyageraumexique.wordpress.com

Tradicional ofrenda sobre una tumba en Pátzcuaro, Michoacán. Fuente: voyageraumexique.wordpress.com

En México, al hablar de la festividad de los Fieles Fifuntos o Día de Muertos, se habla de una serie de tradiciones y costumbres que, como se ha visto en los anteriores artículos de esta serie, tienen un gran significado; en cada lugar de México esta festividad en honor de los fieles difuntos tiene distintos matices, aunque todas convergen en lo mismo: rezar por el eterno descanso de sus seres queridos. También hay lugares donde realmente no se tiene tradiciones en particular y sólo se reduce a escuchar misa o visitar la tumba el día 2 de noviembre, pero en gran parte del país esta celebración se convierte en una fiesta, resultado de la mezcla del color y la tristeza, el recuerdo y la oración. Precisamente en esta tercera entrega quiero tratar algunos casos particulares de celebración a los fieles difuntos en México; ya en el artículo del año pasado se abordó el caso de Pomuch, Campeche y su curiosa tradición de año con año sacar los restos de sus seres queridos de la tumba, limpiarlos y rezarles el rosario, aunque las tradiciones sobre las que hablaré en este tercer artículo no son tan macabras como la celebrada en Pomuch, sí están llenas de particularidades muy especiales sobre las cuales hablaremos. Les recomiendo leer nuevamente los artículos de La Festividad de los Fieles Difuntos I y II para poder entender más a profundidad los significados y simbolismos de muchas de las tradiciones que se hablarán a continuación.

El Día de Muertos en Pátzcuaro, Michoacán
La región de Michoacán fue habitada desde épocas prehispánicas por la cultura purépecha o tarasca. Desde estos tiempos, la población de Pátzcuaro se destacaba por ser un sitio de rituales en torno a los muertos, el nombre significa “lugar que se tiñe de negro”. La deidad principal adorada en esta población era Curicaueri, dios azul de las aguas o guardián del paraíso, aunque también era invocado como dios del fuego. Debido a esto, los purépechas creían que tanto el lago cercano a esta población como la ciudad misma eran la entrada al reino de los muertos.

Entre la mitología y leyendas tarascas hay una de especial belleza que trata de explicar porque la festividad de difuntos se celebra año con año en estas poblaciones: se trata de la leyenda del príncipe Itzihuapa y la princesa Mintzita. Se cuenta que en la noche de Fieles Difuntos, las sombras de estos dos príncipes se unen en la isla de Janitzio donde se encuentra el cementerio más conocido del lugar. Mintzita era la hija de Tzintzicho, gobernante de Tzinzuntzan; e Itzihuapa era el príncipe heredero de Janitzio hijo de Taré. Los dos jóvenes se amaban y estaban próximos a casarse, pero sus planes de matrimonio se vieron frustrados ante la llegada y ataque de los españoles. Las huestes hispanas tomaron prisionero al rey Tzintzicho, ante esto los enamorados ofrecieron a cambio de su libertad el oro que se encontraba resguardado en el fondo del lago de Janitzio, que era resguardado por veinte sombras. El príncipe Itzihuapa decidió arrojarse a las aguas para intentar sacar el oro, pero no pudo y se convirtió en el vigésimo primer guardián de las riquezas del lago. La leyenda dice que cada año, durante la noche de muertos, los veintiún guardianes de las riquezas del lago suben al cementerio de la isla de Janitzio, donde los dos príncipes enamorados se reencuentran y reciben la ofrenda de los vivos en una ceremonia conocida como Animecha Kejtziatakua.

Familiares velando en la tumba de sus difuntos con el tradicional retablo adornado con flores y dulces en el cementerio de la isla de Janitzio. Fotografía: Rosabel Bustamante.

Familiares velando en la tumba de sus difuntos con el tradicional retablo adornado con flores y dulces en el cementerio de la isla de Janitzio. Fotografía: Rosabel Bustamante.

Conociendo ya los antecedentes de esta fiesta en la región de Michoacán y más específicamente del pueblo de Pátzcuaro, ya podemos relatar sobre cómo se festeja este día. Las festividades en honor a los fieles difuntos se realizan a partir del 28 de octubre y hasta el 2 de noviembre. El día 28 se reciben las almas de los niños recién nacidos y de las personas que murieron en algún accidente o que tienen menos de un año de haber fallecido, para el día 31 de octubre se prepara una canasta con todos los productos que se llevaran al cementerio de la isla de Janitzio. El día 1 de noviembre que está dedicado a las almas de los niños muertos o angelitos. Se celebra una misa en la iglesia de Janitzio llamada de “velación de angelitos”. En este día las tumbas se llenan de flores de color blanco por la inocencia de los niños, de los juguetes preferidos de los pequeños difuntos y de muchos dulces y golosinas que en vida le agradaron. Desde la tarde del 1 de noviembre y hasta el amanecer del 2 de noviembre ininterrumpidamente repican las campanas de la iglesia indicando “la llegada de las almas”, con un pequeño intervalo de medio minuto entre cada campanada. A este toque de campanas se le ha nombrado “toque de muertos”, estas campanadas son la señal para que todos los vivos empiecen su larga procesión hacia el panteón cercano en la Isla de Janitzio; a la cual acceden muchos de ellos en canoas con formas semejantes a mariposas, las cuales se iluminan con la luz de las velas mientras cruzan el lago, el cual se va llenando de luz poco a poco.

En la iglesia se celebra una misa con los familiares y amigos de los difuntos que tienen más de tres años de haber fallecido, pues se cree que estas almas ya no necesitan ser veladas en el cementerio toda la noche, pues ya deben estar descansando en paz [1]; por lo general en la iglesia están los hombres rezando, mientras las mujeres están en casa haciendo los alimentos para la ofrenda o arreglando las tumbas en el panteón. La gente lleva velas en las manos y se unen en oración, mientras en el cementerio se adorna con diversas flores, entre ellas el cempaxúchitl, que es por tradición la flor de difuntos [2]. Para adornar las tumbas se elaboran, con carrizos y cañas, unas figuras tipo retablo que se ponen en las tumbas adornados con flores, frutas y dulces, a algunas se les dan diversas formas. Estos retablos tienen diversos significados, algunos que simboliza la resurrección y la vida, es decir a Cristo, y otros que es símbolo del árbol de la vida de la persona que está enterrada en ese sitio.

En las casas se elaboran bellos altares con la comida que agradaba al difunto, con diversas flores, pues se cree que su aroma “guía a las almas al mundo de los vivos” [3], estas ofrendas hogareñas se han vuelto cada vez más motivo de admiración por lo elaboradas de muchas de ellas, y es lo que le ha valido a Pátzcuaro convertirse en un lugar sumamente turístico en estas fechas, las familias abren sus casas para que cualquier conocido, curioso o extraño pase a ver la ofrenda y hacer una pequeña oración por el difunto.

Altar de muertos en la iglesia de San Andrés en Mixquic, México, D.F.

Altar de muertos en la iglesia de San Andrés en Mixquic, México, D.F.

Mixquic, México, D.F.
En una próxima población a la capital mexicana, San Andrés Mixquic, se lleva a cabo una de las celebraciones en honor a los Fieles Difuntos de mayor popularidad en todo el país. Esta población, fundada por un grupo de toltecas hacia 1168 y nombrada Mixquic, que significa “lugar de mezquites”, aunque muchos le han relacionado con la palabra mixquitl, muerte. Durante la época de la colonia, este pueblo fue evangelizado por la Orden de San Agustín, quienes fundador el templo y convento de San Andrés apóstol, bajo la protección de quien pusieron el pueblo y encima del antiguo adoratorio a Quetzalcóatl.

En Mixquic, como en gran parte del país, los días reservados a la celebración de los fieles difuntos son el 1 de noviembre para las almas de los niños y el 2 de noviembre para las almas de los adultos, pero los preparativos comienzan desde el 27 de octubre con la limpieza de las casas. Para el día 31 de octubre, afuera de cada casa se coloca un farol con diferentes formas y una vela dentro, eso es recuerdo de Cristo que es la luz del mundo, pero a la vez lo ponen como símbolo distintivo de cada familia “para que el alma sepa a dónde llegar”. Este día también se riegan pétalos de flores blancas desde la entrada de la casa hasta donde se encuentra el altar en honor a los niños difuntos, en los altares se pone una vela por cada difunto.

Personas reunidas en la noche de difuntos en el panteón de Mixquic.

Personas reunidas en la noche de difuntos en el panteón de Mixquic.

A las doce del día del 31 de octubre, en el templo de San Andrés, comienzan a repicar doce campanadas anunciado que empiezan los festejos en honor de los niños difuntos, como ya se mencionó, las ofrendas a estos niños siempre son con flores blancas por la inocencia de los infantes, dulces y juguetes. A las siete de la noche, las madres de los niños difuntos les ponen los alimentos que en vida les gustaron a sus hijos y, en la mañana del día siguiente, ellas cambian los alimentos, dejándoles en el altar lo que sus pequeños acostumbraban a desayunar en vida. A las doce del día del 1 de noviembre, vuelven a repicar las campanas anunciando que la festividad de los angelitos ha concluido y que está por empezar la de los adultos. Muchos velan en la noche en el cercano panteón con la ofrenda sobre las tumbas.

A las siete de la noche repican nuevamente las campanas, anunciado que es “la hora del campanero”, esta tradición se trata de una procesión de niños y jóvenes que van sonando una campana por las calles, mientras cargan un ataúd de cartón y un cirio, van de casa en casa pidiendo permiso para entrar a rezar por el eterno descanso de los difuntos, después de que se les da la entrada y hacen una oración en coro, cantan: “A las ánimas benditas les prendemos sus velitas; ¡campanero mi tamal! Todo lo que hay en la mesa, yo como bueno y sano, no me hace mal”. Después de esto hacen sonar su campanita y los dueños de las casas, en agradecimiento por sus oraciones, les ofrecen tamales [4] o frutas.

Al repicar estas otras campanadas, el altar cambia y las flores blancas dan paso a las vistosas flores de color como el cempasúchil, del mismo modo se pone alcohol en los altares si era del gusto del difunto y alimentos condimentados. Al dar las ocho de la noche, los familiares se reúnen en el altar o en la tumba para rezar el rosario en familia por el eterno descanso de sus difuntos. El día 2 de noviembre, a las doce, vuelven a repicar las campanas y es el momento en que los familiares asisten al cementerio a departir en la tumba. Para el día 3 de noviembre se comienzan a levantar las ofrendas y altares y a repartirse entre los vivos, cuando llegan las visitas a la casa, es costumbre decirles: “Aquí están las ofrendas que los muertitos dejaron para usted” y con esto concluyen las festividad en honor a los difuntos en Mixquic.

Altar de Janal Pixán en Yucatán dedicado a los niños difuntos.

Altar de Janal Pixán en Yucatán dedicado a los niños difuntos.

El Janal Pixán en Yucatán
El área maya que comprende en México, especialmente los estados de Yucatán, Quintana Roo, Campeche, Chiapas y Tabasco, tiene desde la época prehispánica sus propios ritos alrededor de los fieles difuntos, los cuales han sobrevivido hasta la actualidad, aunque como sucede en la mayor parte del país, éstos giran alrededor del 1 y 2 de noviembre y se realiza un altar y se visitan las tumbas, tiene al mismo tiempo particularidades que lo hace muy propia la celebración de esta región maya. La fiesta en honor a las ánimas es conocida por la palabra maya Hanal Pixán o Janal Pixán que significa “comida de las ánimas”. Los preparativos para esta fiesta comienzan a partir del 27 de octubre y para el 31 cada familia debe realizar el altar para recibir a los niños difuntos, a los cuales se les encienden velas en colores rosa, amarillo, verde y azul. Los altares son adornados con flores en color blanco y morado, del mismo modo se ponen dulces y juguetes en el altar y se hace el rezo del rosario.

Para el día 1 de noviembre la ofrenda dedicada a los adultos ya debe estar puesta. Para esta celebración de los adultos mayores la gastronomía yucateca se engalana con una gran variedad de alimentos típicos; destacando entre ellos el conocido como Pib, mukbipollos o pibipollos que es un alimento a base de masa de maíz y relleno de carne de cerdo con guiso a base de achiote, tomate, cebolla y epazote, y se hornea en un agujero bajo tierra que es cavado por los hombres. Del mismo modo se incluyen en la ofenda chanchamitos, que es una especie de tamal con guiso, chocolate, atole y refrescos embotellados, también aparecen los guisos a base de espelón, que es una leguminosa parecido a los frijoles o judías, sin faltar la cochinita pibil, que es carne de cerdo con un guiso de color rojizo a base de achiote, los panuchos, que es otro alimento parecido a la tortilla pero hecho de una masa diferente y fritos en aceite que llevan carne, frijoles refritos, tomate, cebolla y repollo.

El altar se realiza en una mesa; que simboliza la tierra, y sobre ella se coloca un mantel blanco, que simboliza a las nubes. Se destaca particularmente que en los altares de Hanal Pixán se pone la Cruz sin Cristo, la famosa Cruz verde que tiene pintados los símbolos de la pasión y que en Quintana Roo es mejor conocida por “la Cruz parlante”, esta Cruz verde representa al árbol de la ceiba, que para los antiguos mayas era el lugar bajo el cual descansaba las almas, del mismo modo representa los cuatro puntos cardinales del universo y el sacrificio de Cristo [5]. Se pone la foto del difunto y se adorna con flores amarillas y moradas, que son las que se cultivan en esa época y representan el oriente y el sur, también se ponen los santos de devoción del difunto, como el caso de los Santos Reyes de Tizimín, la Virgen de Izamal, la Virgen de Guadalupe o el Divino Niño.

Algo que vale la pena destacar de la fiesta del Janal Pixán en Yucatán es que aquí esta festividad se le celebra la octava conocida como ochovario o biix en maya, para esta celebración se vuelve a confeccionar altares el 7 de noviembre para los niños difuntos y el 8 para los adultos, donde se ofrecen guisos como el relleno negro y blanco, dulces de la región como el de calabaza y algunas frutas.

Altar indígena de Tabasco adornado con hojas de plátano.

Altar indígena de Tabasco adornado con hojas de plátano.

El día de finados y el mes de las ánimas en Tabasco
En el estado de Tabasco, en el sureste de México, también se tiene una forma muy particular de recordar a los Fieles Difuntos, igual que en otras partes del país, las festividades se concentran en especial el 1 y 2 de noviembre, pero a diferencia de otras partes, en Tabasco se considera a todo el mes de noviembre como “el mes de las ánimas”; y durante todo el mes se acostumbra levantar ofrendas o altares en honor a los difuntos en los que se reza el rosario. También del mismo modo, otra festividad de gran celebración es el día 30 de noviembre, que se conoce como “la despedida de las ánimas”. Esta tradición del mes de las ánimas tiene sus raíces muy profundas en la antigüedad maya, debido a que tanto mayas como aztecas acostumbraban, antes de la evangelización, a celebrar meses completos dedicados al recuerdo de sus difuntos.

Las comunidades indígenas de Tabasco particularmente recuerdan estas fechas de Fieles Difuntos realizando desde el día 31 de octubre los altares en honor de los “angelitos” y posteriormente para los adultos. Los altares se adornan con hojas de plátano y palmas, la hoja de plátano se extiende en el suelo y sobre éstas se ponen los alimentos, alrededor se queman velas de cebo puestas en naranjas partidas por la mitad, el número de velas depende de los difuntos que se tengan en la familia. Se pone albahaca en los altares, puesto que los antiguos mayas creían que el aroma de esta planta era agradable a Dios y subía hasta el cielo, algo similar sucede con el uso de incienso, copal o estoraque que se extrae de resinas naturales, porque antiguamente se creía que al provenir de un árbol, el aroma llegaba al inframundo.

Los alimentos que se ponen en el altar de difuntos son conocidos como “el caldo bendito” y es costumbre que al terminar el rezo del rosario se reparten alimentos a los invitados y que nadie debe negarse a recibirlos, puesto que sería una ofensa para las ánimas y esto podría atraer enfermedades, también estas creencias, por demás fuera de la ortodoxia cristiana, son basadas en la antigüedad maya, puesto que ellos creían que no se debía ofender a los difuntos o podría ser catastrófico. Entre los alimentos elaborados especialmente para los días de difuntos se encuentra el uliche, palabra que viene de úlum, pavo e ich, chile o ají picante, este alimento de tipo caldoso se prepara con pavo y masa de maíz, además del uso del chile o ají; también se preparan los tamales de maneas o maneitas, que se trata de un tamal de tamaño gigante con relleno de carne de pavo o cerdo y algunas especias y envuelto en hoja de plátano, el cual se pone en la ofrenda y posteriormente se parte en pedazos para ser repartido entre los asistentes al rosario, la bebida tradicional que es el pozol a base de cacao, y dulces típicos de la región a base de coco, papaya y calabaza.

Altar mestizo adornado con papeles de colores.

Altar mestizo adornado con papeles de colores.

Por lo general en las comunidades indígenas estas festividades son de asueto y nadie trabaja los días 1, 2 y 30 de noviembre. Los altares también suelen ser adornados con papel de china de colores en las casas de más recursos en colores blanco, morado y negro, estos son puestos en tres niveles representando el primero el cielo, la parte de en medio el mundo de los vivos y el tercer plano o suelo donde se queman las velas simboliza el camino al inframundo. Del mismo modo se acostumbra poner una vela dedicada al Ánima Sola, es decir a las almas que no tienen quien rece por ellas, algunos también les ponen una ofrenda en especial, pero siempre en el número de uno. Nunca faltan imágenes religiosas del Santo de más devoción y, si se tiene, la foto de los familiares difuntos. Por lo general en la tarde las familias se reúnen a rezar el rosario y al terminar el rezador o alguien de la familia hacen el “rezo de ánimas” en lengua chontal, en el cual se nombra a los seres queridos y se les dice que su familia les ofrece esos alimentos y el rosario para su descanso, del mismo modo le piden a las ánimas que les ayuden en su quehacer diario y los protejan de enfermedades.

El día dos, por lo general, las personas asisten a los cementerios, donde rezan el rosario en chontal, queman velas por el descanso del difunto y usan el incienso para “purificar”, por lo general los sacerdotes realizan misas en las capillas de los cementerios a las que asisten los familiares de los difuntos.

Para el día 30 de noviembre se vuelven a montar los altares con diferentes alimentos tradicionales como el pejelagarto asado, tamales de chipilín, chorote que es una bebida fermentada o el guarapo, que es una bebida extraída de la caña de azúcar y fermentado. En el pueblo de Olcuatitán, Nacajuca, por ejemplo es común que en las cocinas de las casas se cuelguen bolsas con frutas y alimentos para los difuntos, pues ellos creen que estas ofrendas les servirán a las ánimas hasta el siguiente día de muertos.

André Efrén

Bibliografía:
– ARGUETA, Jermán, “Crónicas y leyendas mexicanas: Día de Muertos”, México, revista de publicación mensual, Tomo XV, septiembre 2007.
– GÓMEZ, Marco Antonio y DELGADO SOLÍS, José Arturo, “Ritos y mitos de la muerte en México y otras culturas”, México, editorial Tomo, segunda edición, 2002.
– LANDERO HERNÁNDEZ, Lucía: “Costumbres y tradiciones del poblado Olcuatitán, Nacajuca, Tabasco”, Tesis para obtener el título de licenciatura en historia. DACS y H-UJAT, junio, 2008.
– LANESTROSA ALEGRÍA, Magali y LANESTROSA ALEGRÍA, Sandra: “Las manifestaciones culturales de un pueblo chontal: Tamulté de las Sabanas”. Tesis para obtener el título de Licenciatura en Historia. DACSyH-UJAT.1998.
– MOSQUEDA, Sergio Gaspar, “La muerte me pela los dientes”, México, Editores mexicanos unidos, primera edición, 2010.
– RANSOM CARTY, Maureen (coord.), “Fiestas patronales y gastronomía de la cultura maya-yucateca”, México, Patrimonio Cultural, s/e, 2007.
– ZARAUZ LÓPEZ, Héctor, “Altares y ofrendas del día de muertos en México”, México, CONACULTA, primera edición, 2010.
– ZARAUZ LÓPEZ, Héctor, “La fiesta de la muerte”, México, CONACULTA, primera reimpresión, 2004.
– S/A, “¿Qué hay dentro de tu calavera?”, México, Editorial Época, s/e, 2005.


[1] Esta creencia es un legado prehispánico, pues antiguamente se creía que después de tres o cuatro años, dependiendo la región, el alma del difunto había terminado su recorrido por el mundo de los muertos y ya descansaba en paz, por lo que no necesitaba tantas oraciones ni ofrendas, del mismo modo actualmente cuando una persona fallece se le reza por su descanso por ese mismo número de años, pues se cree que después de ese tiempo “ya debió salir del purgatorio” o en dado caso ya no le falta mucho tiempo de estar en aquel sitio.
[2] Aunque tiene esta flor también un uso prehispánico en celebraciones religiosas, no es sino hasta la llegada de los misioneros españoles que se introduce en la celebración del Día de Muertos, puesto que era la flor más semejante a la que se acostumbraba llevar a las tumbas en España.
[3] Cabe decir que la Iglesia trata siempre de explicar a sus fieles que esta tradición se hace únicamente para rezar por el eterno descanso y que ningún alma puede venir del purgatorio al mundo de los vivos ni por un día, a pesar de esto, no ha sido impedimento para que las antiguas creencias respecto a estas festividades sigan sobreviviendo.
[4] Alimento de origen prehispánico a base de masa de maíz y relleno de carne de pollo, res o pavo y que se envuelve en hojas de maíz o de plátano.
[5] Recomiendo leer el artículo sobre la Santa Cruz en México para entender mejor el simbolismo de la Cruz verde entre los mayas.

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La Festividad de los Fieles Difuntos: el Día de Muertos en México (II)

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Calaveras de azúcar, símbolo nacional del Día de Muertos y que significa que con Cristo la muerte es dulce, es costumbre tanto adornar los altares con ellas como obsequiarlas a familiares y amigos.

El altar de muertos
Entre las tradiciones que rodean a la festividad de los Fieles Difuntos en México se encuentra la de la elaboración de un altar especialmente dedicado a las almas del purgatorio; este altar tiene antecedentes prehispánicos y coloniales en sus elementos y significados, algunos de ellos ya los tocamos en el artículo del año pasado, pero otros más en especifico son los que abordaremos.

Fray Diego Durán nos habla del altar de muertos prehispánico de esta manera:
“La víspera mataban pavos para hacer totolmole y tamales, como ofrendas a sus difuntos. Les hacían grandes súplicas para que los perdonasen y viniesen a recrearse y comer aquellos manjares. Toda la familia pasaba la noche ante la ofrenda, en cuclillas, las manos cruzadas y con los ojos bajos mirando al suelo, pues decían que si miraban a los difuntos, éstos se enojaban y los castigaban ásperamente. Por la mañana, muy alegres, se felicitaban y regalaban la comida a los pobres y forasteros o la tiraban, pues para ellos era sagrada”.
Debemos tomar muy en cuenta lo relatado por el padre Durán debido a que muchas de estas tradiciones que se realizaban desde antes de la conquista aun en la actualidad tienen eco en costumbres muy similares alrededor de la actual festividad del día de los angelitos (De Todos los Santos) y de los muertos.

Cristo, la Virgen, San Miguel y otros santos sustituyeron a los antiguos dioses y se convirtieron en los principales intercesores por las almas después de la evangelización en Nueva España.

Tal parece que el altar en el que se ponía la ofrenda representaba a la tumba del difunto. La ofrenda sobre el altar se dio en especial en las culturas que acostumbraban a cremar a sus muertos, otros por su parte acostumbraban hacer las ofrendas sobre la misma tumba.

Entre las festividades que se celebraban con mucha relación al festejo actual de fieles difuntos estaba la del mes Izcalli dedicada a Xiutecuhtli, dios del fuego, en la que se ofrecían cinco tamales (alimentos a base de masa de maíz) que se ponían sobre cinco sepulturas para después comérselos, acto que recuerda mucho a la actual celebración de Día de Muertos en los cementerios y el altar de muertos.

Particularmente vale la pena destacar otra festividad llamada Quecholli que era dedicada a los muertos en la guerra y coincidía en fechas con la festividad cristiana de Todos los Santos. Se confeccionaban flechas y eran atadas en manojos de cuatro y eran depositadas en los sepulcros junto con tamales y quedaban ahí un día entero y por la noche se quemaban las flechas. Es curioso la coincidencia de fechas y la similitud de rituales entre esta festividad y la que celebramos actualmente en México.

Hacia 1524 llegan los primeros misioneros cristianos a la Nueva España y al iniciar la evangelización deciden hacer varios cambios en las festividades dedicadas a los muertos, en especial el uso de cráneos humanos en los rituales, como en los tzompantlis o en el caso de los mayas que usaban los restos humanos en diversas celebraciones. Estos fueron sustituidos por calaveras de azúcar y chocolate que seguirían representando a la osamenta del antepasado, pero agregándole un nuevo simbolismo, “la muerte en Cristo es dulce”. Hay que mencionar que también es costumbre que a estas calaveras de chocolate y azúcar se les ponga un rotulo en la frente con nombres propios y se obsequien a los amigos con su nombre, esto es a tipo de broma algo macabra pero que resulta muy divertida y halagadora a los mexicanos. Del mismo modo se agrego el “pan de muerto” el que tiene antecedentes tantos hispanos como mesoamericanos y que viene a representar la forma de una tumba con los huesos del difunto encima y el cráneo en la parte central y espolvoreado de azúcar que simboliza la sangre derramada por los muertos.

Tradicional altar de muertos mexicano.

Sin duda alguna uno de los añadidos y sustituciones más importantes a esta celebración fue el de las imágenes de santos, siendo estos junto con Cristo y María los principales intercesores para que las almas salgan del purgatorio, por lo que una gran gama de intercesores cruzaron el océano para instalarse en la tradición del día de muertos, como San Francisco de Asís, San Miguel, San Nicolás de Tolentino o San Martín de Tours, sin olvidar claro está a la Virgen del Carmen y el crucifijo, que vino a representar la muerte del hijo de Dios en estos altares.

Otro añadido de esta época de gran importancia fue el uso de la flor de cempaxúchitl. Los investigadores aun no se ponen de acuerdo de cuál fue el motivo que originó el uso de esta flor que aunque era utilizado en una única festividad de los aztecas a sus muertos, no se solía usar para los altares o tumbas; tal parece que se debe a que en España era tradición de llevar a las sepulturas crisantemos amarillos, pero al no existir esta planta en tierras novohispanas se decidió sustituirla por una pariente del crisantemo, es decir el cempaxúchitl, esta flor que su singular nombre significa “flor de veinte pétalos” lo que hace alusión a la eternidad; su color naranja se ha considerado que entre los aztecas tenía simbolismos de luto y actualmente es utilizado por sus vivos colores amarillos y naranja como símbolo de la luz que guía a los muertos en el camino de regreso.

Actualmente los altares de muertos que son un resultado de la amalgamación de tradiciones tanto prehispánicas como coloniales, se suelen hacer en general en varios niveles y el simbolismo de los mismos varía a veces desde el punto de vista prehispánico y otros desde el punto de vista cristiano. Así tenemos que hay altares en dos niveles, como símbolo del cielo y la tierra, en tres niveles, que simbolizan la tierra, en purgatorio y el cielo (o la Iglesia militante, la Iglesia purgante y la Iglesia triunfante) y que para las culturas precolombinas eran símbolo de los diversos mundos de los muertos en que creían; otros son elaborados en cuatro niveles, simbolizando el mundo espiritual, el mundo terrenal, el mundo infernal (o purgatorio) y el mundo celestial, desde la cosmovisión mesoamericana; desde la visión cristiana simbolizan el cielo, el purgatorio, la tierra y el limbo, pero a partir de la declaración de que este último lugar no existe, ha comenzado a simbolizar el cuarto nivel el mundo espiritual. También se elaboran en siete niveles como recuerdo de los siete pecados capitales y en nueve haciendo memoria de los nueve meses de gestación, el novenario de difuntos y los nueve lugares que el alma debe pasar para llegar al Mictlán. El número de escalones puede variar dependiendo de la región del país así como el significado de los mismos; puede haber de más o de menos.

Altar de muertos de Huaquechula, Puebla.

Se adornan estos altares con papeles picados de colores, cada cual con su propio significado: el color morado representan el luto cristiano, la Cuaresma, el negro el luto universal, el naranja la luz para guiar a las almas y el luto azteca, el rosado tristeza y alegría a la vez, el amarillo la gloria del cielo, el azul el cielo, el blanco la pureza, el rojo el luto maya y la sangre de Cristo. También se usan flores con estos mismos colores como la mano de león que con su color rojo recuerda el amor por los difuntos y la sangre de Cristo, las flores blancas que suelen usarse en particular en los altares para los niños muertos del 1 de noviembre, que recuerdan su inocencia y su pureza y sin faltar claro está al cempaxúchitl representando la luz. En la región sureste del país se acostumbra poner albahaca en los altares pues se piensa que su agradable aroma sube hasta el cielo y es agradable a Dios y a los santos y logra una conexión entre el cielo y la tierra.

Se acostumbra quemar incienso o copal, que como sabemos, es de gran uso en el catolicismo, como símbolo de las oraciones que suben hasta el cielo. Para las antiguas culturas mesoamericanas, el copal o incienso que es extraído de la savia del árbol es como la sangre de esté y por lo mismo tiene un simbolismo muy fuerte siendo como un tipo de sacrificio pero a la vez logrando conectar el cielo y la tierra, y purificando el ambiente.

Curioso altar del estado de Morelos, donde con panes y frutas se realiza el cuerpo del difunto y su cabeza con una calavera de azúcar y se le viste con la ropa que este usaba en vida.

Se pone un vaso de agua también como elemento purificador y para que las almas “mitiguen su sed” después del largo viaje, una cruz o un puñito de sal también como elemento purificado para alejar los malos espíritus. Son imprescindibles las velas o veladoras como símbolo de la luz que es Cristo. En la región sureste se ponen nueve velas como recuerdo de los nueve señores del inframundo y del novenario de difuntos, cirios morados como símbolo de luto, se pone licor para recordarle al alma los grandes festejos que tuvo en vida, se ponen calaveras de azúcar como recuerdo de que la muerte siempre está presente, se ponen tres calaveras grandes en honor de la Santísima Trinidad, el café negro símbolo de duelo, un petate o estera enrollado que es para que el alma “descanse” después de su largo viaje; en algunos sitios les ponen agua y jabón para que se laven las manos y se refresquen, el pan de muerto que como ya se menciono y que recuerda a una tumba pero a la vez es símbolo del pan eucarístico, el cuerpo de Cristo. Se pone una foto del difunto así como pertenecías del mismo, ropa u objetos. Se pone una cruz de ceniza para que el alma expíe sus culpas, una cruz con velas o con flores de cempaxúchitl recordando los cuatro puntos cardinales para que el alma se oriente para llegar a la ofrenda. Se ponen diversos alimentos que le gustaban al difunto, entre ellos tamales, el mole negro, diversidad de dulces que se preparan especialmente para la fecha. Se piensa que las almas no se alimentan de esto sino sólo de la esencia de la comida y que al pasar el 2 de noviembre estos pierden el sabor; estos alimentos posteriormente se reparten entre los visitantes o los que asisten al rosario por los fieles difuntos y en algunas comunidades indígenas se piensa que si alguien rechaza comer estos alimentos, es una ofensa para las ánimas y estas pueden molestarse y acarrear enfermedades por el rechazo.

Como ya se mencionó antes, se pone un crucifijo y las imágenes de los santos de los que el difunto haya sido devoto en vida, así como alguna imagen de las almas del purgatorio; se acostumbra en algunos lugares poner una vela aparte en honor del “ánima sola” y de todas aquellas almas que no tienen quien rece por ellas. En algunos sitios se pone un escapulario y un rosario como recuerdo de la protección maternal de la Virgen, también en algunos sitios se adorna con palmas trenzadas en forma de un arco recordando la entrada triunfal de Cristo el Domingo de Ramos, se cuelga papel picado como símbolo del cielo que todo lo ve y con sus colores es símbolo de que con Cristo no debemos temer a la muerte y la mesa donde va el altar se cubre con un mantel o palia blanca, como recuerdo del cielo que todo lo cubre.

Tumba adornada para la festividad de Fieles Difuntos en Michoacán, México.

También en algunas regiones se suele poner la figura de un perrito de barro, como recuerdo de que antiguamente se creía que los perros ayudaban a las almas a cruzar el Mictlán. En algunas regiones se pone un espejo para que el alma se refleje y en otros lugares, al contrario, se tapan los espejos pues creen que las almas quedan atrapados en ellos. Entre los chontales también se acostumbra que el día 2 en la noche o el 30 de noviembre (ellos piensan que todo el mes es dedicado a las almas) se cuelga cerca de la puerta una bolsa llena de alimentos para que el alma se lo lleve para su largo camino de regreso al inframundo.

En otras latitudes del país es costumbre también representar con objetos o figuras el oficio del difunto o si es un muerto reciente escenifican la manera en que falleció.
En varios lugares también es costumbre realizar un camino con pétalos de cempaxúchitl desde el cementerio hasta el altar de muertos del hogar para que el alma siga el camino hacia la ofrenda.

La Iglesia promueve abiertamente estas tradiciones en especial en contraposición del Halloween que cada vez más, debido a la globalización hace su aparición en México, eso sí destacando que la Iglesia le explica a los fieles que es bueno orar por las almas de los difuntos pero que nadie puede venir del purgatorio por un día a llevarse la esencia de los alimentos y regresar; a pesar de esto la tradición de creer que ciertamente las almas llegan a departir con su familia es muy extendida.

Por lo general la noche del 1 de noviembre las familias velan la ofrenda esperando que sus difuntos lleguen, se reza el rosario en honor de ellos y de todas las ánimas y en otras partes se piensa que no debe haber nadie para que el alma no se asuste y se vaya. Al siguiente día 2 de noviembre las familias acostumbran llevar las ofrendas y más alimentos al cementerio a la tumbas de sus familiares y comer sobre las sepulturas, a modo de “compartir los alimentos con sus familiares una vez más” mientras llevan música de banda o de mariachis y en algunos lugares se acostumbra la borrachera ritual para poder sobrellevar el dolor del recuerdo de los que ya no están. El día de los fieles difuntos los cementerios se encuentran repletos de personas que llegan a visitar a sus seres queridos y a realizar la ofrenda sobre las tumbas, donde las adornan con multitud de flores, velas y alimentos.

En Pomuch, Campeche se acostumbra limpiar los restos de los parientes muertos cada año y se les confecciona nueva mortaja bordada y se les reza el rosario.

Por otro lado es destacable el caso del pueblo de Pomuch, Campeche, un caso único en todo el país y en las celebraciones de día de muertos, debido a que ellos conservan la antigua tradición maya de que año con año, después de haber pasado cinco años de estar en la tumba y tener la seguridad de que solo quedan los huesos, sacan las osamentas de sus seres queridos de sus nichos y los limpian y acomodan y bordan cada año una nueva mortaja con motivos religiosos para cubrir los restos óseos, estos huesos depositados en cajas de madera durante estas festividades. Se dejan abiertas las cajas asomándose el cráneo desde dentro como viendo y vigilando a sus visitantes mientras se les ponen las ofrendas y se les hace el rezo del rosario por el descanso de sus almas.

Otra tradición muy singular de la época de noviembre, es la creación de las calaveras literarias, estos son versos satíricos a modo de panegírico o epitafio que se realizan a personas vivas, simulando que la parca, flaca, huesuda o catrina como se le conoce a la muerte en México con diversos apelativos se los llevó y se hace burla de defectos o cualidades de la persona. Esta tradición que empezó desde la época colonial y es en parte heredera de las danzas macabras medievales tuvo su auge durante el siglo XIX y principios del XX, en especial con José Guadalupe Posada quien además se encargó de caracterizar a través de grabados estas diversas calaveras literarias para burlarse de la sociedad aristocrática de la época. Actualmente en los periódicos se siguen leyendo cada año estos versos hechos para políticos y artistas: un ejemplo de estas calaveras, es la que sigue que dedico al blog:
A Pregunta Santoral,
ha llegado la Muerte
con una duda descomunal
sobre un Santo Penitente
.

Sepulturas adornadas para la festividad del día de muertos en Michoacán.

Una muy famosa es sin duda esta:
Es una verdad sincera
lo que dice esta frase
que sólo el ser que no nace
no puede ser calavera.

Sin duda a muchos esta tradición literaria les puede parecer escalofriante, pero a los mexicanos nos es agradable y hasta un halago el que alguien te escriba una calavera.

André Efrén

BIBLIOGRAFÍA
– Argueta, Jermán, “Crónicas y leyendas mexicanas: Día de Muertos”, México, revista de publicación mensual, Tomo XV, septiembre 2007.
– Dirección General de Culturas Populares, “Altares y ofrendas del Día de Muertos en México primer concurso nacional de fotografía”, México, CONACULTA, primera edición, 2010.
– Foster, George, “Cultura y Conquista la herencia española de América”, México, Universidad Veracruzana, segunda edición, 1985.
– Gómez, Marco Antonio y Delgado Solís, José Arturo, “Ritos y mitos de la muerte en México y otras culturas”, México, editorial Tomo, segunda edición, 2002.
– Iglesias y Cabrera, Sonia, “Las fiestas tradicionales de México”, México, Selector, primera edición, 2009.
– Maciel de Granados, Bárbara y Enríquez Argüello, Rossana, “Manual rescatando nuestras tradiciones festividad de los fieles difuntos”, México, Ludidáctico, primera edición, 2006.
– Marroquín, Enrique, “La Cruz mesiánica una aproximación al sincretismo católico indígena”, México, Palabra, segunda edición, 1999.
– Orellana, Margarita, “Día de muertos serenidad ritual”, México, Artes de México, primera edición, 2002.
– Zarauz López, Héctor, “La fiesta de la muerte”, México, CONACULTA, primera reimpresión, 2004.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

La Festividad de los Fieles Difuntos: el Día de Muertos en México

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Códice Borgia donde se aprecia la dualidad de la vida y la muerte, representadas por Mictlántecuhtli, señor de la región de los muertos, y Quetzalcoatl.

En el año 2003 el Día de Muertos en México fue declarado por la UNESCO como patrimonio cultural de la humanidad. Aunque en lugares como Europa, la fiesta de Todos los Santos y los fieles difuntos no tienen tanta trascendencia, en México el culto y veneración por las ánimas benditas es a gran escala, ya que esta tradición hunde sus raíces en el pasado prehispánico de México pero también en la aculturación, a la llegada de los españoles y la evangelización de los indígenas, por lo que esta tradición tiene hasta hoy muchas características cristianizadas y muchas aun de la creencia mesoamericana.

Para los aztecas, después de la muerte, la persona podía ser destinada a cuatro lugares diferentes dependiendo, a diferencia del cristianismo de la forma de morir no de las virtudes practicadas en su vida, estos cuatro lugares eran el Mictlán, el Tlalocán, el Tonatiuh Ilhuícatl y el Chichihualcuauhco.

El Mictlán, esta palabra significa “En la región de los muertos” y se encontraba regido por dos deidades, Mictlantecuhtli (Señor de la región de los muertos) y su esposa Mictecacihuatl (Señora de la región de los muertos), este lugar consistía en nueve planos que se extendían debajo de la tierra y localizados al norte. A este lugar eran destinadas todas aquellas personas que fallecían de muerte natural; el alma del difunto tenía que pasar varias pruebas acompañado de un perro bermejo que era enterrado junto con el difunto para que le acompañase en la otra vida. Después de cuatro años el alma debía haber superado todas las pruebas y montado en su perro debería haber cruzar un caudaloso río llamado el Chignahuapan y después de pasar todas estas pruebas, el difunto debería presentarse ante Mictlantecuhtli y ofrecerle como ofrenda manojos de teas y cañas de perfume, algodón, hilos colorados y mantas. Según la creencia el Mictlan era un sitio de oscuridad donde no existían puertas ni ventanas. Este tipo de descripciones hizo que muchos cronistas hispánicos pensaran que el Mictlan era una especie de infierno.

El segundo sitio al que podía estar destinado un difunto era el paraíso de Tláloc, el Tlalocan; aquí llegaban los difuntos que habían tenido una muerte relacionada con el agua, así como los que morían por un rayo y los que morían por enfermedades como la gota, los hidrópicos, ahogados, enfermos del pulmón etc. En este lugar gobernaba Tláloc y su esposa Chalchiuhtlicue, acompañados de cuatro tlaloques principales y de los menores encargados de producir la lluvia y las tormentas. Este era un lugar de abundancia lleno de flores, frutas y verduras. Los muertos que morían por agua eran enterrados recordando a la semilla.

El Ichan Tonatiuh Ilhuícatl u Omeyocan, que era el “El cielo que es la morada del Sol” era un lugar destinado para los guerreros muertos en batalla o habían sido sacrificados; también iban aquí las mujeres que morían en el parto pues se consideraban que eran guerreras porque habían fallecido valientemente en la batalla de dar a luz y los comerciantes que morían en las expediciones mercantiles. Los guerreros acompañaban al Sol en su trayecto desde el amanecer hasta el medio día y a los cuatro años de muertos se convertían en colibrís para beber el néctar de las flores como Huitzilopochtli lo hace con el néctar de la sangre del corazón de los sacrificados. Las mujeres que morían en el parto se les llamaba Cihuapipiltin o mocihuaquetzque. Estas acompañaban al sol desde el atardecer hasta que se ocultaba.

El tradicional pan de muerto que se utiliza para los altares y ofrendas a las ánimas.

El cuarto sitio al que podían ir los difuntos era el Chichihualcuauhco o Xochatlapan (antecedente mesoamericano del limbo), a este lugar iban los niños muertos al nacer que no habían tenido relaciones sexuales ni habían comido maíz. En este sitio se encontraba un gran árbol que en sus ramas tenían muchas mamas que alimentaban con leche a los niños hasta que reencarnaran. Cada año estos pequeños podían bajar a la tierra para asistir a la fiesta de Mixcóatl, Serpiente de Nube que se celebrara en el decimocuarto mes del año (antecedente directo de la festividad del día de los angelitos del primero de noviembre).

Los aztecas celebraban varias fiestas dedicadas a sus muertos pero entre ellas destacan dos de importancia para esta investigación, la primera llamada Tlaxochimaco o Miccailhuitontli, la fiesta de los muertecitos o fiesta de los niños inocentes muertos, y la fiesta de Xócotl Uetzi o Hueymiccaihuitl, la fiesta grande de los muertos. Ambas festividades se celebraban alrededor del mes de agosto.

La fiesta de Tlaxochimaco “nacimiento de las flores” se llevaba a cabo entre el 22 de julio al 10 de agosto, era dedicada a los muertos de menor importancia social y a los niños difuntos. La celebración era en los templos y se entonaban cantos fúnebres y los sacerdotes ofrecían ofrendas de maíz, chile, frijol, calabaza, cacao, aves, frutas, semillas y comidas como los tamales.

La siguiente festividad era la llamada Xócotl Uetzi “caída de los frutos” o fiesta grande de los muertos. Se llevaba del 11 al 30 de agosto; en esta los deudos se cubrían la cara con tizne, lloraban y gritaban de dolor por su difunto. Para que las almas vinieran del más allá los deudos los invocaban desde las azoteas con palabras de bienvenida.

En la Iglesia Católica la festividad de los fieles difuntos se comenzó a celebrar desde el año 998 d.C., en la abadía de Cluny en Francia por mandato de San Odilón, abad del mismo monasterio, quien según nos narra la creencia popular al regreso de una peregrinación, paso por el monte Etna y al acercarse al cráter escucho los lamentos de las almas del purgatorio como lloraban de desesperación porque no había quien orara por ellas y debido a esto instituyo que el día posterior a la fiesta de Todos los Santos se usara para pedir por las almas de los fieles difuntos.

Pero no es sino hasta el siglo XVIII que S.S. Benedicto XIV concedió el privilegio de celebrar tres misas a los sacerdotes españoles y portugueses en sus territorios y colonias por el descanso eterno de las almas en el día de los fieles difuntos, pero es hasta el siglo XX, que en 1914 el papa S.S. Benedicto XV extiende este privilegio a la iglesia universal. Pero aun desde la época paleocristiana ya los primeros cristianos veneraban los restos de los mártires, y las sagradas escrituras en el segundo libro de los Macabeos recomiendan orar por los difuntos (2Mc 12, 43-46).

Personas velando en el cementerio esperando la "llegada de las ánimas" en la noche del 1 de noviembre en Michoacán, México.

A la llegada de los misioneros españoles a América y especialmente a México, los evangelizadores buscaron la manera de terminar con los cultos paganos y de ese modo al convertir a los indígenas englobaron estas festividades a los difuntos en la fiesta de todos santos y el día de fieles difuntos del 1 y 2 de noviembre. Fray Diego Durán menciona cómo los indios el día de todos los santos recordaban a las almas de los niños muertos como sucedía anteriormente en la fiesta de Tlaxochimaco que era antes de la de los difuntos grandes, por lo que hasta la actualidad al 1 de noviembre se le conoce como “Día de los angelitos”.

De la misma forma las costumbres de venerar a los difuntos fueron cambiando y amalgamándose con creencias cristianas como el uso de velas, las imágenes de los santos, la creencia del purgatorio o el rezo del rosario y la misa de difuntos.

En algunos estados de la República las oraciones por las almas de los difuntos y a las ánimas del purgatorio no solo se engloban en los día 1 y 2 de noviembre; en algunos lugares se cree que el 28 de octubre llegan las almas de los ahogados, el 29 las de los muertos en accidentes, el 30 de octubre los que murieron violentamente, el 31 los niños muertos antes de nacer y el 1 de noviembre de los demás niños y el 2 de noviembre de los demás difuntos. Del mismo modo en algunas comunidades indígenas se cree que San Miguel abre el purgatorio el 29 de septiembre y San Andrés lo cierra el 30 de noviembre (como bien sabemos nadie puede salir del purgatorio y regresar a la tierra, pero la creencia indígena en esos sitios es que Dios les da permiso de salir en ese periodo de tiempo y venir a departir con sus familiares, esto es una creencia heredada de los aztecas y mayas que aun pervive), por lo que las plegarias se extienden entre ese periodo de tiempo.

En el sureste del país al mes de noviembre se le llama “el mes de las ánimas” y los treinta días se hacen plegarias y sufragios por su descanso y el día 30 se vuelve a poner un altar y rezar el rosario para “despedir a las ánimas”. Para el 1 de noviembre en muchos sitios se acostumbra velar en el cementerio; las personas pasan toda la noche en la tumba de sus familiares y las adornan con flores de cempaxúchitl la “flor de veinte pétalos” que para los aztecas simbolizaba la eternidad y su color amarillo y anaranjado simbolizan la luz, alimentos y velas y rezan durante toda la noche mientras suenan las campanas de las iglesias “esperando la llegada de los difuntos”, al día siguiente las personas hacen un camino de pétalos de cempaxúchitl hasta su hogar, de la entrada de su casa hasta el altar para que el alma se guie. El 2 de noviembre muchas personas también acostumbran visitar las tumbas y hacer oraciones, llevan sus comidas y bebidas y comen con sus difuntos como si estos aun estuvieran vivos, algunos, llevan mariachis al cementerio y durante todo el día se reza y se recuerda a los seres queridos que ya no están con nosotros.

Tradicional ofrenda de difuntos en un hogar mexicano.

En estos días de difuntos se suelen hacer una variedad de comidas y dulces especiales para los altares de muertos; entre ellos destacan las calaveras de azúcar y chocolate, esto fue un cambio que hicieron los misioneros al uso prehispánico de cráneos reales se los cambiaron por los de dulce, simbolizando que con Cristo la muerte es dulce. A estas calaveras se le acostumbra poner un cartelito en la frente con el nombre del difunto y algunos con el nombre de los vivos y se los regalan a familiares y amigos como broma. También es muy popular el “pan de muerto” que tiene su antecedente directo en los “huesos de santo” y el “pan de ánimas” españoles y en el uso ritual prehispánico del pan de maíz para celebrar algunas fiestas. Este pan tiene forma redonda simbolizando una sepultura, en la parte de arriba, una bolita de pan que representa la cabeza del muerto y tiene cuatro tibias de pan alrededor como símbolo de los huesos del difuntos y es espolvoreado de azúcar que representa la sangre de los muertos.

Existen varios tipos de altares y ofrendas pero los simbolismos en general los trataremos en un artículo a parte del próximo año, pero generalmente los altares se dividen en tres niveles que simbolizan la tierra, el purgatorio y el cielo, se adorna con papel picado en diversos colores. No pueden faltar la Cruz o crucifijo que representa a Cristo pero que antiguamente también representaba los cuatro puntos cardinales, la Virgen del Carmen como abogada de las almas, San Francisco de Asís, San Miguel arcángel y los santos de los que fuera devoto el difunto. Se ponen los alimentos que al muerto le gustaban en vida, un vaso de agua que representa la purificación y otros dicen que es para que el alma se refresque de su largo viaje, el papel picado que se cuelga y que simboliza el cielo que todo lo ve, y sus colores morado y negro que recuerdan el luto, el naranja la eternidad, el blanco la pureza, las flores de cempaxúchitl con las que se adorna todo el altar, la foto del difunto o sus objetos personales, un puño de tierra que recuerda que polvo somos y al polvo hemos de volver, sal para purificar, el incienso o copal que representa las oraciones que se elevan al cielo y que los aztecas y mayas creían hacia un contacto entre el cielo y la tierra.

André Efrén

Bibliografía:
1. Argueta, Jermán, “Crónicas y leyendas mexicanas: Día de Muertos”, México, revista de publicación mensual, Tomo XV, septiembre 2007.
2. Foster, George, “Cultura y Conquista la herencia española de América”, México, Universidad Veracruzana, segunda edición, 1985.
3. Gómez, Marco Antonio y Delgado Solís, José Arturo, “Ritos y mitos de la muerte en México y otras culturas”, México, editorial Tomo, segunda edición, 2002.
4. Iglesias y Cabrera, Sonia, “Las fiestas tradicionales de México”, México, Selector, primera edición, 2009.
5. Maciel de Granados, Bárbara y Enríquez Argüello, Rossana, “Manual rescatando nuestras tradiciones festividad de los fieles difuntos”, México, Ludidáctico, primera edición, 2006.
6. Marroquín, Enrique, “La Cruz mesiánica una aproximación al sincretismo católico indígena”, México, Palabra, segunda edición, 1999.
7. Orellana, Margarita, “Día de muertos serenidad ritual”, México, Artes de México, primera edición, 2002.
8. Parra Sánchez, Tomás, “Diccionario de los santos historia, atributos y devoción popular”, México, San Pablo, cuarta edición, 2002.
9. Sellner, Christian Albert, “Calendario perpetuo de los santos”, México, Hermes, primera edición, 1995.
10. Zarauz López, Héctor, “La fiesta de la muerte”, México, CONACULTA, primera reimpresión, 2004.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es