San Flaviano y Santa Filomena en la Sierra Norte de Puebla, México

San Flaviano mártir en Tlatlauquitepec, Puebla.

San Flaviano mártir en Tlatlauquitepec, Puebla.

Pregunta: Saludos y felicidades por tan interesante página, mi duda con respecto a San Flaviano surge con su investigación acerca de los corposantos y una mía acerca de mi pueblo de origen: Tlatlauquitepec. En esta población se encuentra este tipo de relicario dedicado a San Flaviano, según una fuente, este corposanto fue traído gracias al cura Ambrosio López del Castillo desde Roma y contiene sus reliquias, ¿es posible que en verdad sean sus reliquias?, además ¿quien fue este santo?. Otra duda surge con respecto a Santa Filomena, pues en el pueblo cercano de Hueyapan existe un corposanto dedicado a ella, ¿sería posible que también contenga alguna reliquia? Ante su respuesta gracias.

Respuesta: Gracias a ti por tus comentarios y un saludo de regreso. Como sabes, el tema de los corposantos ha dado lugar a muchos debates y aún se requiere más investigación para conocer estos relicarios tan especiales. Los casos que nos comentas son similares a varios que ya hemos expuesto aquí en el blog y solamente haré algunas precisiones. Comenzaré hablando sobre San Flaviano.

San Flaviano se encuentra resguardado en una capilla de la iglesia del ex convento franciscano de Santa María de la Asunción, en Tlatlauquitepec, Estado de Puebla, México. Como bien señalas, se trata de un cuerpo relicario o corposanto, elaborado en cera. De acuerdo con la fotografía que nos compartes, en la urna se puede leer S. FLAVINVS M. N.P., las últimas siglas significan que posee “nombre propio”, esto significa que el nombre real del mártir aparecía en la lápida que cerraba su tumba.

Ambrosio López del Castillo. Tomado de: http://www.vivetlatlauqui.mx/historia/attachment/cura-ambrosio/

Ambrosio López del Castillo. Tomado de: http://www.vivetlatlauqui.mx/historia/attachment/cura-ambrosio/

Tú nos comentas que fue Ambrosio López del Castillo quien lo trajo, y aumentando un poco la información que proporcionas, he encontrado una referencia acerca de este hecho. En el Diario de un cura de pueblo y la relación de los señores curas que han servido la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Tlatlauqui, escrita por el señor cura don Ramón Vargas López, el texto señala que:

“Y últimamente, con el cuerpo de este santo mártir [San Flaviano] y reliquias que le fueron enviadas por nuestro santo Padre, que desde Roma, que desde Roma hizo venir, costéandolo todo el digno cura de su peculio particular”. [1]

Si Ambrosio López del Castillo ejerció su curato entre 1856 y 1864, San Flaviano llegó en una fecha indeterminada entre estos dos años y fue donado por el papa Pío IX, cuyo pontificado abarcó hasta el año de 1878. Lamentablemente no contamos con la auténtica que seguramente acompañó a este cuerpo relicario, documento con el que sería posible saber de qué catacumba se extrajeron los restos o en qué fecha llegó a tierras mexicanas.

Respondiendo a tu pregunta, de acuerdo con los datos que ya tenemos, sabemos que las reliquias de San Flaviano, (aunque no se precisa si es la osamenta completa o solamente algunos huesos) fueron extraídas de alguna catacumba romana, donadas por el papa Pío IX y traídas a México por solicitud del cura Ambrosio López del Castillo. No debemos confundirlo con ninguno de los Flavianos del santoral (San Flaviano de Constantinopla, San Flaviano de Montefiascone, etc.), pues se trata de un santo de catacumba. Además de su nombre y el vas sanguinis que acredita su muerte violenta, no podemos tener más datos sobre su vida.

Un rasgo interesante es que la urna de San Flaviano se encuentra cubierta por un “antependio”: una pintura del mártir en su urna, que se abre para revelar al relicario. La pintura reproduce con exactitud la urna actual, pintada de rojo y dorado y con un pequeño cortinaje, así como la postura del mártir, que lleva una mano en el pecho y la otra sosteniendo la palma del martirio. El vas sanguinis se puede apreciar a sus pies, aunque en la foto actual no es completamente visible debido a los floreros que lo adornan.

Antependio de San Flaviano mártir. Fotografía cortesía de Eduardo Limón.

Antependio de San Flaviano mártir. Fotografía cortesía de Eduardo Limón.

Santa Filomena. Gracias a las fotografías de Catedrales e Iglesias de México, pude conocer esta imagen. Es la segunda patrona del poblado de Hueyapan, Estado de Puebla, México y su festividad se celebra el 11 de agosto. Se encuentra resguardada en capilla propia.

El Diario de un cura de pueblo… menciona que fue Ambrosio López del Castillo quien inició la construcción de la capilla de Santa Filomena y de su ornato: “En el pueblo de Hueyapan, a las continuas exhortaciones y excitaciones que se ha hecho, se debe la continuación del templo de Santa Filomena, para cuyo culto y mejor ornato, se ha comprado un precioso ornamento”. [2]

Podemos inferir que para cuando Ambrosio López del Castillo llegó al curato de Tlatlauquitepec, ya existía un culto a Santa Filomena, aunque carecía de capilla propia. Observando las fotografías podemos ver que cuentan con dos imágenes: la que se encuentra en el altar mayor y una réplica más pequeña para uso procesional.

Santa Filomena en Hueyapan, Puebla. Fotografía cortesía de "Catedrales e Iglesias".

Santa Filomena en Hueyapan, Puebla. Fotografía cortesía de “Catedrales e Iglesias”.

Analizando la escultura me parece que se trata de una “imagen yacente” réplica de Santa Filomena de Mugnano del Cardinale, Italia, y no de un corposanto o cuerpo relicario. Recordemos que la devoción a esta virgen y mártir cobra gran importancia durante el siglo XIX, por lo que no resulta extraño encontrar réplicas de su imagen en otros sitios del mundo, por ejemplo: Santa Filomena en Guadalajara, Jalisco, México; o Santa Filomena en Gaillac, Francia. Para conocer la historia de esta célebre Santa, te invito a leer los siguientes artículos.

En conclusión, San Flaviano es un auténtico mártir de catacumba, traído desde Roma por el cura Ambrosio López del Castillo, elaborado en cera, presenta la marca simbólica del martirio y está acompañado por la palma del martirio y el vas sanguinis, elemento que inequívocamente nos señala que tuvo una muerte violenta. Santa Filomena en Hueyapan se trata solamente de una imagen yacente que no posee reliquias (hasta donde podemos saber debido a que no tenemos contacto directo con las personas que la resguardan), no posee vas sanguinis ni otro elemento que nos indique que se trata de un cuerpo relicario. Es importante señalar que no todos las esculturas yacentes de mártires son relicarios, algunos solamente reproducen la imagen sin que obligatoriamente resguarden reliquias.

Santa Filomena en Gaillac, Francia. Fotografía de Montserrat Báez.

Santa Filomena en Gaillac, Francia. Fotografía de Montserrat Báez.

Galería de fotografías de Santa Filomena.

MontseB


[1] Diario de un cura de pueblo y la relación de los señores curas que han servido la parroquia de nuestra señora de la asunción de tlatlauqui, escrita por el señor cura don ramón Vargas López, Investigación, transcripción paleográfica, estudio preliminar, notas y edición (con la colaboración de Ramiro Navarro de Anda) de Ernesto de la Torre Villar, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial, Instituto de Investigaciones Históricas/ Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Instituto Nacional de Antropología e Historia/Gobierno del Estado de Puebla, Secretaría de Cultura de Puebla/ Universidad de las Américas, Puebla, 2006, p.126.
[2] Ibid., p.156

Rehabilitando a Santa Filomena: una síntesis recapituladora

Lienzo de la Santa, obra de Giuseppe Bezzuoli (1840). Catedral de Pistoia, Italia.

Al llegar al final de esta larguísima serie de artículos que he dedicado a Santa Filomena, mártir de las catacumbas romanas, es necesario hacer una síntesis que recapitule todo lo dicho acerca de ella y de paso, que contribuya a rehabilitarla, es decir, a salir en su defensa.
No porque en la actualidad sea una Santa desconocida u olvidada, más bien todo lo contrario. Pero ciertas opiniones despectivas y claros ataques contra su culto -más que contra ella misma, todo hay que decirlo- por parte de mentes preclaras y brillantes, muy duchas en el estudio científico de la hagiografía, podría llevar a más de uno a concluir que es una Santa inventada, que no existe.

Louis Réau, preclaro historiador del arte, en su volumen 3 de Iconografía del arte cristiano, dedicado a Iconografía de los Santos: De la A a la F, editado por Serbal, no vacila en decir que Santa Filomena es una “Santa imaginaria que (…) nació de un despropósito iconográfico”, “esta recién llegada a la devoción católica nunca existió”, “la Iglesia se honraría a sí misma aboliendo el culto usurpado por una falsa Santa”, y, en relación de la capilla que se le dedicó en la iglesia de Saint Gervais de París, “sin duda son honores excesivos para una Santa imaginaria”. Más duro es todavía el eminente H. Delehaye, bolandista, quien no vacila en sentenciar: “La pretendida Filomena no tiene derecho alguno al culto que se le profesa”.

Nada más lejos de mi intención en desafiar a estos excelsos estudiosos de la historia, la hagiografía y el arte, que honro, respeto y reverencio. Pero sin duda creo que estos duros planteamientos han sido suscitados por lo explosivo, místico y fervoroso que tiene la expansión del culto a la Santa. Para el historiador del arte, está claro que esa explosión de estatuillas de yeso e imágenes yacentes que generó el culto a la Santa es una oda a la ñoñería, el mal gusto y la fábrica en serie: no cabe duda de que no existen muchas obras dedicadas a Santa Filomena que puedan realmente llamarse obras de arte. Pero con todo, las hay y he intentado ir mostrándolas a lo largo de esta serie, aunque ni de lejos las abarcaría todas.

En el caso del bolandista, entiendo su reticencia: el culto a la Santa viene empañado por toda una sarta de despropósitos devotos y piadosos que han intentado sacar algo de donde no había casi nada; y es que una mártir de las catacumbas no da para mucho, y menos si es descubierta cuando la época del imperio de la fe y la Iglesia ya ha pasado. Inventarse milagros, leyendas y sucesos extraordinarios totalmente indocumentados; además de basar su culto en la espera egoísta de unos beneficios a cambio de vacías devociones domésticas, no ha contribuido mucho a que esta Santa cayese simpática a los auténticos “cerebros” de la hagiografía, mientras que era -¡y es!- fervorosamente alabada y venerada por inmensas masas de católicos sencillos y bienintencionados, pero, en algunas ocasiones, equivocados.

El cuerpo y la sangre de la Santa trasladados a las catacumbas para su sepelio. Fresco neoclásico en el santuario de Ars, Francia.

Santa Filomena existe
Mejor dicho, existió. Es lo primero que debe quedar claro. Lo he intentado demostrar con esta serie: es una mártir real, histórica, y la base de su existencia, la prueba de que ella es real y no un “invento de la Iglesia”, se sustenta en un hecho documentado arqueológicamente: el hallazgo de su cuerpo en las catacumbas de Priscila, año 1802.

El 25 de mayo de 1802, en presencia de Monseñor Jacinto Ponzetti, se abrió la tumba en el cementerio de Priscila. La tumba estaba sellada, tapada, con tres tejas de terracota de dimensiones 1,74 x 0,5 metros. Allí estaba pintada con minio (óxido de plomo rojo) la célebre frase LVMENA PAXTE CVM FI, acompañada con una palma también pintada, tres flechas, un ancla y una flor, que fueron interpretadas como símbolos de martirio y virginidad. El vaso contenía un líquido oscuro y seco, esto es, sangre cuajada y seca que venía a confirmar que la difunta era una mártir.

En su lápida, el epígrafe real, grabado en las losas de terracota del cubículo donde estaban sus restos. Desde el punto de vista arqueológico, estudiadas a fondo, sin discusión alguna; auténticas, a pesar de las controversias generadas por quienes querían tumbar esta única reconstrucción posible del epitafio, y en la que se apoyan todos los “sabios” que se empeñan en negar su existencia. Y es que a pesar de lo que se diga, sólo hay una manera de reconstruir LVMENA PAXTE CVM FI, y es PAX TECVM FILVMENA. No hay vuelta de hoja. El epitafio no puede ser más claro, la llama por su nombre: la paz sea contigo, Filomena. Quienes entienden que el epitafio o la tumba son falsos porque LVMENA PAXTE CVM FI no significa nada caen en la contradicción de no querer admitir que la inscripción sólo tiene sentido como PAX TECVM FILVMENA, y por tanto, es absurdo buscar otra forma de reconstruirla. Y si la paz está con Filomena, es que es Filomena, y no un anónimo, quien ocupa esa tumba.

Imagen de la Santa señalando el camino hacia el santuario de Ars (Francia). A sus pies se lee en latín la inscripción: “Santa Filomena virgen y mártir, queridísima por J.M.B. Vianney”.

Junto a sus restos, el esqueleto de una niña de aproximadamente doce años, la ampolla de sangre, real, no sólo con sangre, sino con fragmentos de hueso roto que han probado que esa chiquilla sufrió una muerte violenta. Eso, unido al epitafio cristiano (“la paz contigo”) y el nombre, identifica perfectamente a una niña mártir de nombre Filomena. ¿Qué más hay que decir? ¿Cómo es posible negar la existencia de una persona que fue hallada al igual que los mártires Sebastián, Inés; y cientos y cientos de mártires de las catacumbas, cuya existencia no se ha cuestionado en absoluto? Sólo el desprecio al misticismo de su culto puede llevar a la ceguera de intentar negar la existencia de la mártir.

Tres años más tarde, en 1805, Francisco De Lucia, deseoso de tener un “cuerpo santo”, fue en junio a Roma acompañado del obispo de Piacenza, Monseñor Bartolomeo De Cesare, consiguiendo de Monseñor Ponzetti (el que tres años antes había abierto el cubículo de la catacumba de Priscila), que le facilitase el cuerpo de Filomena, el cual, después de una breve estancia en Nápoles, fue llevado el día 10 de agosto del mismo año a Mugnano del Cardinale, perteneciente a la diócesis de Nola; y puesta en la Iglesia dedicada a Nuestra Señora de las Gracias. Hasta hoy, como he dicho, todavía se venera allí. El cuerpo de Filomena está allí.

Si es una Santa inventada, ¿cómo es que sus reliquias se siguen venerando a día de hoy en el santuario de Mugnano? Digo yo que un Santo inventado no ofrece garantías si se carece de restos humanos, pruebas documentales… y todo eso lo tenemos en el hallazgo del cubículo en la catacumba de Priscila, perfectamente documentado; y en los documentos oficiales que certifican el traslado de los restos a Mugnano.

Si Inés y Sebastián son mártires auténticos porque sus cuerpos salieron de las catacumbas a sus respectivos templos… ¿por qué no Filomena? Si nadie duda de que los miles de “cuerpos santos” trasladados muy posteriormente (ss.XVI-XIX) a sus respectivos lugares de culto alrededor del mundo, son restos humanos auténticos… ¿por qué Santa Filomena tiene que ser diferente? No lo es. Ella existió y sus restos mortales están claramente localizados, desde su hallazgo en las catacumbas hasta su reposo actual en Mugnano donde se veneran.

A la vista de estos hechos, es lógico que dudar de la existencia de la Santa es tan absurdo como lo es dudar de la existencia de los faraones cuyas momias podemos visitar en el museo de El Cairo o, por citar un ejemplo más cercano, la de cualquier Santo cuyos restos podemos ver ante nuestros ojos.

El célebre “aceite de Santa Filomena”, que arde frente al altar donde se veneran sus reliquias en Mugnano y en otras partes del mundo, se distribuye embotellado entre los fieles por sus presuntas cualidades milagrosas.

Un culto muy desafortunado
Dicho esto, me consta que el único motivo que tienen mentes tan preclaras para dudar de la existencia de la pequeña mártir es lo desafortunada que ha sido la expansión de su culto en cuanto a popularidad, milagrerías, supercherías y leyendas; que han hecho más mal que bien a la pequeña Santita, llevándola a destacar entre otros miles de cuerpos santos hasta el punto de crear antipatía en quienes no veían en ella más que otra de tantos que vinieron de las catacumbas.

Quizá una de los peores aspectos de este culto ha sido la difusión de una absurda leyenda en base a una presunta revelación atribuida a una terciaria dominica (la Venerable María Luisa de Jesús), que vivió en Nápoles desde 1799 a 1875. En una larga serie de artículos he comentado esta leyenda paso a paso y he podido documentar que no es más que la construcción decimonónica de una leyenda de virgen mártir en base a la interpretación literal y totalmente arbitraria de los símbolos de la lápida, que no aluden a instrumentos de tortura sino a alegorías de la vida cristiana. La cantidad de errores históricos, etimológicos e iconográficos que contienen estas presuntas revelaciones es tal, que no cabe dudar de su absoluta falsedad, pues están hechas con una intención puramente devocional. La Iglesia, que se honró a sí misma con su buen juicio, las aprobó por no contener nada en ellas contrario a la fe, pero no mostró una postura ni a favor ni en contra de su autenticidad.

Por desgracia los errores que contenía dicha leyenda se han ido difundiendo ampliamente entre los devotos, quienes han dado más importancia a los beneficios que se podía obtener rezándole a esta “nueva” mártir, que a la admiración o veneración que debería suscitar una niña de corta edad que sufre el martirio, como sí fue el caso de Santa Inés. Tal interés se ve en que la publicidad de la Santa se ha basado más en lo que podía dar a cambio de oraciones que en lo que se podía aprender de su temprano martirio, y así, en lugar de alabanzas a su juventud, pureza y martirio, los epítetos que han dedicado a nuestra Santita han sido haciendo hincapié en sus poderes intercesores: “taumaturga del siglo XIX”, “poderosa con Dios”, “obradora de maravillas”, etc…

Altar dedicado a la Santa en la iglesia de Nôtre-Dame du Port, Les Sables d’Olonne (Francia).

Sobre semejante culto egoísta se han ido acumulado un montón de hechos indocumentados y dudosos, como relatos no contrastados ni comprobados de apariciones, milagros, sudoraciones y llantos de imágenes, espectaculares exorcismos… por no hablar de un auténtico mercadillo de estampitas, estatuillas y trozos de reliquias, de botellas de aceites milagrosos, cordones de pureza y demás “merchandinsing” donde el beneficio más inmediato se lo han llevado antes el Santuario de Mugnano y la Asociación del Rosario Viviente que los propios devotos, consumidores de todos estos productos devocionales. Hablo de un beneficio económico, naturalmente.

Lo que no significa negar los beneficios espirituales ni poner en duda el valimiento de la Santa como intercesora ante Nuestro Señor, que yo misma he podido sentir. Pero es de entender que este circo mediático -que, todo hay que decirlo, no es exclusivo de Santa Filomena, sino también de San Expedito, San Judas Tadeo, San Pío de Pieltrecina, etc.- causara desagrado en quienes buscan algo más racional por una parte, y espiritual por la otra, en el culto a un Santo.

No cabe pensar que San Jean-Marie Vianney -llamado “el santo cura de Ars”- tuviese mala intención cuando divulgó con tanto cariño y entusiasmo el culto a esta mártir en Francia. Cierto que todos sus milagros se los atribuía a ella; pero es lógico pensar que lo hacía por huir de la fama y no por alimentar un culto en base a los beneficios inmediatos. Y, ¿por qué no? Quizá alguno de esos milagros sí se obtuvieron enteramente por la intercesión de la Santa.

Lo mismo cabe decir de la Venerable Pauline Jaricot, fundadora del Rosario Viviente y otra de las grandes difusoras del culto a Santa Filomena, que sí fue curada enteramente por intercesión de la Santa cuando se hallaba moribunda de una afección cardíaca -el llamado “gran milagro de Mugnano”-. Otros grandes Santos y Beatos -entre ellos varios Papas- y muchas otras personas de buena voluntad, han avalado y recomendado el culto a la Santa, y no cabe dudar de sus buenas intenciones al respecto.

Pero no cabe duda de que la antipatía que ha generado la Santa en muchos estudiosos ha sido a causa de los inventos y supercherías generados por el fervor popular, que no cabe extrapolar a la existencia de la Santa misma; ya que al hacerlo, se comete una gran injusticia puesto que ella no es más ni menos Santa, mártir e intercesora, que todos los santos, mártires e intercesores conocidos y por conocer.

Santa Filomena, mártir de las catacumbas. Lienzo de la pintora Feszty Masa (1952), conservado en Budapest, Hungría.

Concluyendo
Santa Filomena, mártir de las catacumbas, es una santa real, verídica, que a partir de su traslado a Mugnano se hace muy popular y cuyo culto se extiende por todo el mundo. Se la llama Filomena de Roma simplemente porque fue encontrada en una catacumba romana, pero ¿donde nació? ¿Cómo y por qué sufrió el martirio? ¿Era libre o esclava? ¿Rica o pobre? ¿Culta o ignorante? Sólo Dios lo sabe… y ella, naturalmente.

Dicho todo esto, concluyo todo lo que quería decir sobre esta Santa mártir tan querida por mí. Sin necesidad de creer en su absurda leyenda inventada, ni de comprar sus cordoncitos, aceites, estatuillas, sin invocarla únicamente pensando en obtener algo a cambio, yo he podido sentir su intercesión.
Por eso animo a todos los devotos a la Santa a que se queden con lo más importante, que es la autenticidad probada de su existencia histórica y de su martirio, y que se la invoque con cariño como intercesora desde la admiración por su martirio a tan corta edad; y no por egoísmo ni porque han dicho que es más milagrosa que otros. No necesitamos leyendas tontas, cuentos chinos ni mercadillos baratos para ver en ella lo que también se ve en los Santos Inés, Eulalia, Pancracio, Tarsicio, Justo, Pastor… y tantos otros niños mártires de la Antigüedad.

Existió, fue mártir, y nunca sabremos nada más de ella. Con eso basta. Todo lo demás, son historias.

FELIZ AÑO NUEVO A TODOS

Meldelen

Más sobre la lápida de Santa Filomena

“Madonna con Niño y Santa Filomena”, lienzo de Antonio Falzon. Nótese que la Santa ofrece su propio vas sanguinis y que a sus pies, un ángel sostiene su epitafio, al que le falta una baldosa. Museo de Bellas Artes de La Valletta, Malta.

Pregunta: Dicen que la lápida de Filomena (ya volvió el pesao con lo mismo) estaba al revés porque se acostumbraba a empezar a pintar por la del medio… vale. Pero si te fijas, ¿o me equivoco yo?, todas las lapidas de los corposantos que he visto ¡son una sola piedra! A veces se nota que intencionadamente son una sola piedra porque escriben todo amontonado, casi sin espacio… ejemplo: nuestra querida Munditia. Soy devoto de su lápida. España.

Respuesta: Volvemos con la querida Filomena, sin la cual, una parte de lo que es el blog no sería ni tan interesante ni tan polémico para más de uno. La tipología de lápidas es tan variada en lo que concierne a las catacumbas, que es difícil en realidad establecer una pauta o canon más allá de la repetición de símbolos paleocristianos o fórmulas conocidísimas como el “pax tecum”. Tenemos lápidas para todos los gustos, desde la extensa narrativa de la lápida de Mundicia, donde se nos da mucha información, hasta aquellas en las que sólo aparece el nombre, como la de Grania. Y desde luego que hay variedad de tamaños en cuanto a estas lápidas. Dentro de esa diversidad hay que aceptar que no hay una norma fija y que por eso la de Filomena, dentro de lo especial que es, no es menos buena por ser diferente.

Normalmente, como tú has dicho, suelen ser de una sola pieza y esto se observa por el abigarramiento de la inscripción, concentrada para aprovechar el máximo espacio posible. Pero no son las únicas, y ahí están no sólo la de Filomena, sino también la de Noeti –de la cual hablaba el Dr. Miravalle- que también estaba fragmentada en piezas. Además, tienes que tener en cuenta que estas lápidas han sido intervenidas en procesos de recuperación que poco tienen que ver con una metodología arqueológica rigurosa y respetuosa con el patrimonio. El período de extracción de estos cuerpos en las catacumbas abarca los siglos XVI-XIX y no había los conocimientos que ahora se tienen para realizar una adecuada excavación que no dañara el material extraído y recogiese la mayor cantidad posible de información. Así, muchas lápidas fueron rotas, estrelladas, tratadas con poco cuidado y hasta rayadas y pintarrajeadas por encima. La lápida de Mundicia, por ejemplo, parece estar recortada artificialmente, y se ha eliminado el resto de la piedra, algo impensable hoy en día para un arqueólogo serio, aun cuando los restos eliminados no contengan texto. Otros ejemplos: la lápida de Minia, que fue grabada por detrás, y la propia lápida de Filomena, que ha sido rayada con lápiz al lado de cada uno de sus símbolos. Vamos, que de lo que había, a lo que hay ahora, muchos tumbos y chapuzas se han dado. No hay que olvidar que se trabaja sobre un material que ya ha sido dañado e intervenido.

Urna de Santa Mundicia, iglesia de San Pedro, Munich (Alemania). Se observa la lápida con la prolongada inscripción.

Pero volviendo a tu pregunta, ya sabes que el Dr. Mark Miravalle habló en su informe acerca del presente estatus eclesial de la Santa (disponible en este blog) acerca de la controversia arqueológica, y ya expuso que la probabilidad de que la lápida fuera reutilizada era nula. Que se trate de una lápida sorprendentemente grande y alargada –en comparación con otras, se entiende- no es frecuente pero tampoco es imposible, ni por ello se ha de pensar que sea falsa o reutilizada. Para muestra, un botón: ahí tenemos la lápida de Santa Vibiana, mártir de las catacumbas, que se venera en la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles en LA (USA): aproximadamente es igual de larga e igual de ancha que la lápida de Filomena, aunque en este caso la inscripción es más larga –y NO ocupa todo el espacio disponible- y los símbolos se reducen a una sola corona. Esta lápida se rompió y las líneas de fractura vienen a caer, casualmente, más o menos por las mismas zonas por donde se fractura en tres la lápida de Filomena. La inscripción de Vibiana abarca prácticamente toda la longitud de la piedra, por lo que fue concebida como una unidad, pero que después fue fracturada, a juzgar por la limpieza del corte, por los que la extrajeron o durante el traslado de la misma.

El caso de Vibiana y de Filomena viene a indicar que existían diversos tamaños de cubículos y que su aprovechamiento fue diverso, existiendo lápidas pequeñas y grandes, cuadradas y rectangulares. Que en el caso de Filomena ésta viniese a fragmentarse es algo que el Dr. Miravalle ya ha explicado y a él me remito: la lápida de Filomena fue también concebida como una unidad –por la inscripción, que empieza por la mitad y acaba por el principio- pero probablemente fue necesario fragmentarla en tres para su adecuación al lóculo. Es un caso difícil de explicar, realmente, pero no tanto como para que ello comprometa la autenticidad de la lápida. No olvidemos que el vaso con sangre se había pegado a la argamasa de las piedras y al ser separadas fueron los excavadores –imposible llamarlos arqueólogos- quienes lo rompieron, haciendo necesario trasladar posteriormente esa sangre a un nuevo recipiente: esto vino a desmentir que el vaso estuviera ya roto, y fue otro de tantos argumentos válidos para demostrar que el lóculo no fue reutilizado.

Vista de la lápida de Santa Vibiana (obsérvense las líneas de fractura). Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles, LA (EEUU).

Estando demostrado que lápida, huesos y sangre de Santa Filomena son auténticos y que ello prueba su martirio, enredarse en cuestiones y argumentos retorcidos sobre tipologías de lápidas me parece un poquito forzado. También hablamos de una lápida que es muy rica en símbolos, pero eso es también normal –en la lápida de Grania se cuentan también siete símbolos- y las inscripciones indistintamente pueden ser largas o cortas –compara por ejemplo el MINIA IN SOMNO PACIS con el larguísimo epitafio de Mundicia o, por poner otro ejemplo, el de Inbenia, también algo extenso-.

A esto súmale que quienes escribían las lápidas –los lapidatores- no eran precisamente Cicerón ni Tito Livio, y de ahí que sea más que frecuente que la letra que ellos emplean –la capital cursiva en su mayoría- sea mala, se tuerza, se amontone, cometan faltas de ortografía, calculen mal el espacio o hasta tracen auténticos garabatos.

A modo de conclusión: sin ningún problema se puede admitir que la lápida de Santa Filomena es especial, curiosa, llamativa, pero a fin de cuentas, auténtica y perteneciente a su dueña, por decirlo de algún modo. Aquí lo que nos falta es disponer de un corpus con todas las inscripciones y lápidas de los mártires de las catacumbas –probablemente exista, pero lo desconozco- y empezar a verlos uno por uno. Definitivo es, haya lo que haya en la lápida, que había una mártir tras ella. No hay que olvidar tampoco la infinidad de cuerpos cuya lápida no tenía nada, no traía su nombre, o aquellas que fueron rotas por la torpeza de los currantes (más de una habrá). En ese sentido es una suerte que la de Filomena haya llegado para suscitar todas estas controversias, porque donde no hay nada, nada se discute, y siempre es mejor tener algo, que no tener nada.

Relieve neoclásico que representa el episodio mítico de la Santa rescatada de las aguas del Tíber. En el suelo, mosaico con el epitafio reconstruido. Basílica de San Jean-Marie Vianney, Ars (Francia).

En fin, pax tecum, Filumena.

Meldelen

Comentario a la leyenda de Santa Filomena (VII)

Ejecución de la Santa. Fresco neoclásico en la cúpula de la Basílica de San Jean-Marie Vianney, Ars (Francia).

“A la vista de este nuevo milagro, muchos se convirtieron, y la gente empezó a cambiar de vida y tomar el camino de la Fe en Jesucristo. Temiendo serias consecuencias, el tirano ordenó que fuera decapitada sin más demora. Es así como mi alma voló triunfante y gloriosa al Cielo, para recibir de mi Esposo Jesús la corona de la virginidad que para preservarla me había costado sufrir varios martirios.
Esto ocurrió el 10 de Agosto, era un viernes a las tres y media de la tarde. Por lo tanto, como ya te lo he contado, el Altísimo quiso que mi traslado a Mugnano se realizara en este día, con tantas señales de la ayuda del cielo, que Él quería que fueran conocidas de ahora en adelante”
.

Hasta aquí es donde llega el texto de las supuestas revelaciones de la mártir a Sor María Luisa de Jesús. Por fin se acaban los tormentos y llega la muerte por decapitación, que era el fin más probable y frecuente de todos los mártires. En alguna otra versión de la leyenda –no lo olvidemos, no hay un texto unitario y “oficial”, de modo que eso le resta aún más credibilidad – se especifica que Filomena fue decapitada con un hacha, lo cual está muy bien indicarlo, ya que pocos saben que las espadas con las que suelen aparecer los mártires son espadas cristianas medievales, en nada parecidas a las espadas romanas, que no servían para decapitar, por lo cual siempre se empleaba un hacha. Este pasaje es el que más se aproxima a la realidad, puesto que Filomena es mártir y como tal es muy probable que muriese así, por la presencia del vaso de sangre junto a sus restos.

Más detalles: es hermoso hablar de corona de virginidad preservada, pero la dura realidad es que en Roma las vírgenes no podían ser ejecutadas ni torturadas, por lo que se ponía fin a esta virginidad antes de comenzar el proceso. Ya hemos hablado otras veces de esto, no insistiré más en ello.
Por otra parte, la precisión de la fecha, día, mes y hora, es risible; ya que el calendario que actualmente usamos ha sufrido diversos desfases y alteraciones desde época antigua, por lo tanto, las fechas no coincidirían respecto el cómputo de aquella época. Además, hacer coincidir precisamente el día del martirio, con el del traslado de sus reliquias, es un tejemaneje habitual a última hora que hemos visto en muchos otros casos. Este tipo de efemérides también se ven alteradas con el transcurrir de los siglos y el cambio del cómputo del calendario. Digamos, simplemente, que escogieron colocar el día del martirio el mismo que el de la traslación de las reliquias, a falta de datación en la lápida.
Y además, no olvidemos que el día y la hora es puramente simbólica: viernes, tres y media de la tarde, apenas media hora después de la tradicional hora de la muerte de Jesucristo en la cruz.

Ejecución de la Santa. Lienzo de su capilla en la iglesia de Nôtre-Dame de Plurin-les-Morlaix, Bretaña (Francia).

En general, podemos concluir que:
1. La leyenda de Santa Filomena es una construcción del siglo XIX y no procede en modo alguno de “revelaciones” auténticas y privadas, como se ha pretendido mostrar. No quiero decir con esto que Sor María Luisa de Jesús, o quien esté detrás de esta construcción, tuviera malas intenciones o pretendiera el engaño cuando lo redactó: no cabe duda de que sus intenciones eran buenas y debió creer justificado promover el culto y la piedad de la Santa elaborando una leyenda para la misma, para la cual se sirvió de dos fuentes básicas:
a) Los símbolos de la lápida de Santa Filomena, interpretados según convenía para la sucesión de supuestos tormentos.
b) Los tradicionales relatos legendarios de las vírgenes y mártires, presentes en la hagiografía cristiana desde la edad tardoantigua, y de gran éxito durante la Edad Media.

2. La leyenda de Santa Filomena recibió el imprimatur de la Santa Sede única y exclusivamente porque no contenía nada contrario a la fe, pero en modo alguno obligaba a ningún creyente a creer en ella, ni aventuraba que fuese en algo verosímil a nivel histórico. Dicho relato responde a deseos piadosos y de lectura puramente devocional, pero no es un relato válido como fuente histórica ni es un elemento indispensable creer en él para tener devoción a la Santa. Por tanto, quienes dicen que hay que creer en las revelaciones para creer en Santa Filomena, se equivocan. Y aún se equivoca más quien pretende augurar castigos divinos por no creer en algo que ni la Iglesia te obliga a creer.

3. La leyenda de Santa Filomena ha difundo numerosos errores históricos, etimológicos e iconográficos de una gravedad vergonzosa para el siglo en que se elaboró, y para nuestro presente siglo, en el que se sigue difundiendo. Ni el nombre de la Santa es lo que dicen que es, ni los símbolos de la lápida representan necesariamente todas esas torturas, ni por tanto, deberían representarse como instrumentos de martirio en la iconografía de la Santa.

4. Por último, y si todo esto no fuera suficiente para desacreditar la veracidad histórica de este relato y demostrar la no necesidad de los devotos de Santa Filomena de seguir atándose a semejante “cuento de Calleja”; decir que las recientes investigaciones sobre los restos de la Santa, realizadas en 2005, atestiguan que el martirio se puede datar en el año 202 d.C. es decir, más de cien años antes de la datación tradicional, y mucho antes de que el mismo Diocleciano llegase al poder; sin que esto altere para nada las consideraciones históricas de las provincias romanas que ya he indicado. Los interesados pueden dirigirse a Monseñor Braschi, rector del Santuario de Santa Filomena, pues ha sido él mismo quien ha divulgado este nuevo dato.

Síntesis de los padecimientos de la Santa según la malinterpretación de los símbolos de la lápida. Lienzo decimonónico de ámbito toscano, Italia.

Finalmente, sólo recordar que desde este blog y por parte de sus autores jamás se ha dicho que Santa Filomena sea una santa inexistente. En absoluto. Reconocemos la existencia y veracidad histórica de Santa Filomena, virgen y mártir de las catacumbas, cuyo cuerpo fue hallado con todos los indicios de un martirio. Nadie, absolutamente nadie, está obligado a creer nada más que esto, pues es lo único que puede demostrarse. Y por tanto, no nos va a venir ningún castigo divino por no creer en unos datos que –con perdón- son un insulto a todos los historiadores, arqueólogos, paleógrafos, filólogos clásicos e iconógrafos que han invertido su talento y sus vidas enteras en que tengamos un legado cultural decente sobre la Antigüedad cristiana que transmitir a nuestros hijos.

Meldelen

Comentario a la leyenda de Santa Filomena (VI)

Martirio de la Santa. Lienzo decimonónico obra de Eugenio Guglielmi. Iglesia de San Lucas, Padua (Italia).

“El tirano, furioso y desesperado, gritó que todo era magia y hechicería, y más obstinado que el Faraón con Moisés, ordenó que fuera atravesada por flechas y arrastrada por todas las calles de Roma. Pero cuando me vió atravesada por las saetas, desfalleciendo y muriendo me lanzó cruelmente a prisión, para que muriera desamparada sin ningún auxilio.”

No sé si en época de Diocleciano las comunidades cristianas tendrían noticia del relato de Faraón y Moisés, que es tradición del pueblo hebreo. En cualquier caso, es más probable que primero la arrastrara por las calles de Roma y luego la hiciera flechar, no al revés, pero dado que es un relato construido, tampoco tiene mayor importancia. El flechamiento sí es un tormento documentado en la Antigüedad, del cual podemos mencionar diversos casos: San Sebastián, el más conocido, pero también Santa Cristina, San Cristóbal, Santa Irene, etc… de nuevo la mano escritora cae en el error de suponer que una persona moribunda sería lanzada a prisión, ya dijimos en el artículo anterior que esto está fuera de toda lógica y del sentido práctico romano –y de cualquier otra nación-.

“A la mañana siguiente, esperando encontrarme sin vida, ya que me había visto en pésimo estado, quedó estupefacto al encontrarme sonrosada y alabando a Dios con salmos y cantos, como si nada hubiera pasado. En la noche, el Dios Todopoderoso me había dado un dulce sueño, y había mandado a un ángel para que sanara mi cuerpo, untándolo con un fragante ungüento, no dejando ninguna huella de las heridas. Por el mucho amor que tenía a Jesús, había deseado tener mil vidas para ofrecérselas… una sola vida me parecía poco… y estaba feliz de sufrir en unión con Él. Por eso fui preservada tantas veces de la muerte y sufrí varias torturas.”

Esto es también muy propio de los relatos de martirio. La hermosa virgen es torturada hasta que su cuerpo inspira más lástima y repugnancia que deseo, y es arrojada al cárcel en tal estado para que las ratas den cuenta de ella. Por la noche, es consolada y curada por un evento celestial, y al amanecer está tan sana y hermosa como en sus mejores días. Lo tenemos presente desde las leyendas tardoantiguas y es algo muy común en los relatos hagiográficos que compiló Jacopo Della Voragine en su Leyenda Áurea. Y desde luego, la explicación de por qué se prolonga tanto un martirio, por intervención divina, es también vieja como la tos: para mayor gloria del mártir, de Jesucristo que sufre en unión con Él, y para iluminación y conversión de todos los presentes.

Esta vez, el Emperador, sintiéndose burlado e impotente, entró en tal furia, que ordenó me dispararan con flechas hasta que muriera. Los arqueros doblaron sus arcos, pero las flechas no podían moverse. El tirano me maldijo, acusándome de ser una bruja. Pensando que con el fuego, la hechicería sería neutralizada, ordenó que las flechas fueran calentadas al rojo vivo en la caldera. De nuevo, mi Esposo me salvó de éste tormento. Tuve un rapto de éxtasis. Las flechas que iban hacia mi cuerpo se devolvieron hacia los arqueros, y seis de ellos fueron atravesados y murieron.

El milagro de las flechas. Fresco neoclásico en la cúpula de la Basílica de San Jean-Marie Vianney, Ars (Francia).

En esta ocasión el malvado Augusto ya no espera atormentarla sólo un poco, sino acabar con ella de inmediato. Pero las flechas se quedan paralizadas en los arcos por intervención divina. Sospechando algo de brujería, se procede a calentarlas al rojo vivo. Esto está bastante conseguido, porque el fuego exorciza y purifica ya en la piedad pagana, algo que pasaría luego a la cristiana, y al calentar el metal de espera que la brujería que la impregna salga de él. Pero de nuevo se opera un milagro y las flechas vuelven por donde habían venido, clavándose en los que las habían disparado. Esto tampoco es nuevo: ya se ve en el relato del martirio de San Cristóbal, quien condenado al asaeteamiento, vio cómo las flechas dirigidas contra él se volvían contra sus agresores, y una llegaba a clavarse en el ojo del magistrado que le había condenado.

De nuevo tenemos que decir que la única realidad del pasaje es ésta: se incluyeron dos escenas de flechamiento en el relato del martirio de Filomena única y exclusivamente porque en la lápida de su loculus aparecen representadas tres flechas, que son perfectamente identificables como tales. Dos de ellas tienen el remate emplumado, la tercera, que está en el centro, carece de él. Por eso se ha especulado en que tal vez este tercer símbolo no sea una flecha, sino una lanza: incluso hay quien dice, sin citar sus fuentes, que en el momento de examinar los restos de la mártir pudieron observar daños serios en la caja torácica que hicieron pensar que había sido alanceada. Esto no se puede comprobar porque hasta la fecha, Monseñor Braschi, rector del Santuario de Santa Filomena en Mugnano, donde se veneran sus restos, no ha facilitado a nadie el informe científico resultante de un estudio definitivo de los restos realizado en 2005. Algo me hace pensar que la observación de las costillas rotas por una lanza sea algo aventurada, porque no consta en la leyenda ningún alanceamiento ni ha quedado reflejado en la iconografía de la Santa, que siempre sostiene tres flechas, y no dos flechas y una lanza.

Vista de la baldosa central del loculus de Filumena. Contiene la parte de la inscripción CVM FI y, al igual que las otras dos baldosas, la representación de una flecha y algo que ha sido interpretado como una flor.

Ahora bien, ¿cuál es el significado auténtico de las flechas? Está claro que son flechas, pero, ¿qué simbolizan? ¿Son realmente instrumentos martiriales? ¿Son realmente dos flechas y una lanza? No existiendo una explicación alternativa, es posible que sí tuvieran que ser aceptados como tales, pero no deja de ser un caso extraordinario.

Meldelen