Santas Flora y María, mártires mozárabes en Córdoba

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Gozos catalanes dedicados a Santa Flora, mártir de córdoba. Fuente: www.bibliogoigs.blogspot.com.

Hoy, día 24 de noviembre, se celebra la festividad de dos mujeres mozárabes, es decir, cristianas en tierras musulmanas, que fueron martirizadas en Córdoba en tiempos de Al-Andalus. Algunos compañeros ya han escrito sobre estos mártires, a cuyos artículos me remitiré, pero hoy será esta servidora la que aborde específicamente el caso de estas dos Santas.

Aunque existen algunas fuentes para conocer la vida y martirio de Flora y de María, definitivamente la más antigua y la más fiable son los escritos de San Eulogio, quien las conoció en persona y fue testigo de su martirio. ¿Qué mejor testimonio que éste? Aprovecho de antemano para dar las gracias a mi querido amigo y colaborador de este blog, Antonio Barrero, por haberme facilitado el doble texto en latín y castellano de la Vida de estas Santas escritas por el mismo Eulogio, y cuya referencia reseño al final del artículo.

Flora, la virgen cordobesa
Eulogio nos empieza hablando de Flora, diciendo que era una virgen nacida en Córdoba, hija de madre cristiana, natural de Ausinianos (hoy Villa-Rubia) y de padre sevillano musulmán que se habían establecido en Córdoba. Era la última de los hijos del matrimonio, y Eulogio nos la describe como una joven de rostro agraciado y de esbelta figura.
Habiéndose quedado pronto huérfana de padre, fue su madre quien la crió y le inculcó la fe cristiana con gran fidelidad. Eulogio nos dice que entrevistó a la madre para que le contase cómo había sido la infancia de Flora, y la buena mujer le relató con todo lujo de detalles, de lo cuales hago un extracto: “Sinceramente le digo que mi hija, a medida que crecía en años (…) en todo tiempo pensaba en las cosas de Dios; nunca fue negligente para obrar el bien. Ya en su infancia era austera, observando todos los días una verdadera Cuaresma (…) ella, puesta su confianza en el poder divino, quedándose sin comer, dando la comida a los pobres, practicaba el santo ayuno a hurtadillas. (…) Mucho me costó persuadirla de que tomase el alimento normal, para que no enfermase aquel su fragilísimo cuerpo (…) Con todo, no logré que comiese sino por la tarde, y siempre tras duras amonestaciones. La esposa de Cristo se ingenió para cumplir el voto que había hecho al Señor”.

Aunque orgullosa de ser cristiana, Flora no se atrevía a asistir a las reuniones cristianas porque tenía un hermano mayor, ferviente musulmán, que la espiaba continuamente. De modo que se encontraba practicando la religión cristiana en secreto y, en público, cumpliendo con los ritos musulmanes, para que la dejaran en paz. Pero tras consultar con algunos cristianos entendidos, descubrió que aquello de ser cristiana en privado y aparentar en público ser musulmana estaba considerado pecado grave, por lo que, disgustada, resolvió abandonar el hogar para poder practicar libremente su fe. Sin decir nada a su madre, huyeron ella y una hermana suya, siendo acogidas por cristianos.[1]

Cuando supo de esto, su hermano montó en cólera y se lanzó en su búsqueda, y en su afán llegó a encarcelar a algunos clérigos a los que consideraba encubridores, y buscó hasta en los conventos. Pero cuando Flora supo que por su causa se estaba persiguiendo a la comunidad cristiana, inmediatamente regresó a casa y, poniéndose frente a sus familiares, confesó su fe y los retó a obligarla a abandonarla mediante los tormentos que quisieran probar con ella. Lleno de horror, su hermano trató de disuadirla con promesas y amenazas, pero como no sirviese de nada, él mismo la arrastró hasta el tribunal del cadí. Allí le contó al juez que su hermana, siendo buena musulmana hasta el momento, se había dejado embaucar por los cristianos. Cuando se le dio la palabra, Flora negó todo esto y confesó por vez primera que había sido cristiana desde niña, y que a él le había consagrado su virginidad.

El cadí, entonces, buscando un castigo ejemplar, dio orden de que “asiéndola con sus manos dos verdugos, la extendiesen los brazos y la golpeasen sin compasión la cabeza hasta que, desgarrada, apareciese desnudo el hueso de la cabeza”. [2] A pesar de la tortura, Flora permaneció firme en la confesión de su fe y cuando ya estaba inconsciente y medio muerta por los golpes, el cadí la devolvió a su hermano y le dio orden de curarla y que; tras recuperarse, debía instruirla en la fe musulmana y si se resistía, traérsela de nuevo.

Su hermano se la llevó a casa y siguiendo las órdenes recibidas, la entregó a las mujeres del hogar para que la curaran. También cerró la puerta de la casa con cadenas para evitar su fuga. Sin embargo, y pese a que la casa estaba rodeada de altas tapias, Flora, aún convaleciente de la tortura, se las ingenió para escapar de nuevo. De noche, cuando nadie la vigilaba, marchó al corral de la casa, se subió a un chamizo que allí había y por las tapias se descolgó hasta el suelo de la plaza, sin hacerse daño. Huyó a casa de un cristiano que la acogió, y luego, tras un tiempo, marchó a la villa de Osaria (hoy Torredonjimeno, cerca de Martos, en Jaén) y allí, junto a su hermana, estuvo hasta que le llegó el martirio definitivo.

Concluyo este apartado con el conmovedor testimonio de Eulogio, que permite autentificar la tortura padecida por Flora: “Y yo, yo pecador, rico en culpas, yo que gocé de su amistad desde los principios de su martirio, yo merecí tocar con ambas manos las cicatrices de aquella venerabilísima y delicada cabeza, despojada de su virginal cabellera por la violencia de los azotes”. Desollada la cabeza por la flagelación, Flora se había quedado calva.

Imagen de Santa María, mártir cordobesa, venerada en su ermita de Niebla (Huelva, España), su ciudad natal.

María, la virgen de Niebla, religiosa en Cuteclara
En este punto, Eulogio pasa a hablarnos de la que sería su compañera de martirio, María. Era también hija de un matrimonio mixto. El padre, oriundo de Niebla (Huelva), se había trasladado a Córdoba, donde se casó con una mujer musulmana, a la que acabó por convertir y hacer bautizar. Tuvieron dos hijos: un varón, Walabonso, y la propia María. Como por ser cristianos vivían en un ambiente opresivo, marcharon al pueblo de Froniano, en las montañas cordobesas. Allí vivieron con estrechez y al poco tiempo, la madre fue atacada por unos lobos en el bosque y murió; y el padre, deseoso de retirarse a una vida contemplativa, se hizo clérigo. Como ya no pudiese hacerse cargo de sus hijos, entregó a Walabonso al monasterio, regido en aquel momento por San Félix; y a María al cenobio de Cuteclara, en Córdoba, dirigido por Artemia, quien había sido madre de dos mártires, Adolfo y Juan, decapitados en tiempos de Abd-al-Rahman II.

En el cenobio de Cuteclara María se distinguió en todas las virtudes; con gran afecto por su hermano Walabonso, que era menor que ella y la tenía como una madre. Él fue ascendiendo en las órdenes sagradas hasta llegar al diaconado, y como falleciese Salvador, el presbítero que lo tenía a su cargo, pasó a ocuparse de él un tiempo su propio padre de nuevo.

Pero al cabo de un tiempo, San Pedro, sacerdote; el propio diácono Walabonso y algunos compañeros fueron martirizados por la fe, siendo decapitados. María, aunque orgullosa del martirio de su hermano, se sentía muy afligida de haberle perdido y le lloraba a menudo, encomendándose a él. Se dice que entonces Walabonso se apareció a una religiosa compañera para que le dijese a su hermana que no le llorara más, que pronto estaría con él en el cielo. Desde ese sueño, María sintió la vocación del martirio y suspiraba por morir por Cristo.

Y así, un día, María abandonó el monasterio, resuelta a entregarse a las autoridades y padecer el martirio por Cristo. Pero paró un momento en la iglesia de San Acisclo para orar y prepararse. Y allí, se encontró con Flora.

Detalle de la imagen de Santa María, mártir cordobesa, venerada en su ermita de Niebla (Huelva, España), su ciudad natal.

Encuentro y prisión de las Santas
Flora también había acudido allí a encomendarse a los mártires, decidida a morir por Cristo desde que oyera como una voz interior, la del Salvador, que le decía: “Otra vez vengo a ser crucificado”.
Ambas se saludaron con afecto y se dieron el ósculo de paz; pues se conocían de antemano al haber vivido un tiempo Flora con ellos anteriormente. Luego se descubrieron una a la otra el propósito de sufrir el martirio, y después de jurarse amistad eterna y no separarse ya; se presentaron juntas ante los cadíes de la ciudad.

Ante el tribunal, Flora habló primero, identificándose como aquella cristiana hija de musulmán a la que habían hecho azotar para que aceptase el Islam y, después, había vivido fugitiva hasta ese momento. Declaró la divinidad de Cristo y al mismo tiempo tachó de falsario al profeta Mahoma. A continuación habló María y declaró que era hermana de Walabonso, a quien ellos habían decapitado, e igualmente injurió a Mahoma y al Islam, diciendo que eran falsos y diabólicos.

En consecuencia, esto enfureció a los jueces, que mandaron cargarlas de cadenas y arrojarles a la cárcel, junto a “mujeres de vida equívoca” (suponemos que Eulogio se referirá a prostitutas). Allí permanecieron las dos, dedicadas a la oración, al ayuno, a la meditación y al canto de los himnos celestiales. Sin embargo la estancia en prisión debió ser durísima para ambas, porque, tiempo después, y presionadas por ruegos y persuasiones exteriores, se encontraron en trance de retractarse de sus palabras para obtener la libertad.

Eulogio relata a continuación cómo él había estado en la cárcel, pero fue liberado cuando ellas entraban en la misma. Sabiendo que la fortaleza de las dos mujeres se venía abajo y que estaban a punto de abjurar, escribió y dedicó a ellas el Documento Martirial, en el que las animaba a perseverar en la confesión de la fe y recomendaba meditarlo para que lograran acabar lo que habían empezado. Sintiéndose animadas por estas palabras, las dos cristianas se comprometieron a permanecer firmes hasta el final. Antes de partir hacia el martirio, se dirigieron hacia algunas compañeras cristianas, prisioneras con ellas, y les prometieron que, en el momento en que estuviesen ante Jesucristo, intercederían por ellas, para que recobrasen su libertad.

Emira de los Santos Walabonso y María en Niebla, Huelva (España). En la entrada, imagen procesional de Walabonso, hermano de María, adornada para la procesión.

Martirio de las Santas
Llevadas de nuevo ante los jueces, Flora y María fueron nuevamente interrogadas, primero una y después otra. Pero al igual que había sucedido anteriormente, primero una y después la otra, se reafirmaron en sus declaraciones, por lo que fueron sentenciadas a muerte.
Fueron conducidas al lugar de la ejecución y allí, después de santiguarse, ofrecieron sus cuellos al verdugo. Primero fue decapitada Flora y le siguió inmediatamente María. Los cuerpos quedaron expuestos en el mismo lugar de la ejecución, para que fueran pasto de los perros y de las aves carroñeras. Era el 24 de noviembre de 851.

Un día después, los sagrados despojos fueron recogidos por los musulmanes y arrojados al río Guadalquivir. El cuerpo de María apareció al poco tiempo -según Eulogio, por revelación divina pudo ser hallado- y fue sepultado en el monasterio de Cuteclara, donde se había santificado. El de Flora, en cambio, no pudo recuperarse y se perdió definitivamente.
En cambio, las cabezas de las dos mártires sí que se conservaron y fueron primero veneradas en la basílica de San Acisclo, donde “el pueblo cristiano siente visiblemente su protección”, según Eulogio; y actualmente, podemos encontrar sendos cráneos mezclados con los restos de los demás mártires mozárabes, en la iglesia de San Pedro de Córdoba.

Concluye Eulogio diciendo que la intercesión de las Santas por la libertad de los cristianos prisioneros se cumplió, pues si ellas murieron el día 24, el 29 él, estando prisionero, fue liberado.

Vista de la urna que contiene, junto con los restos de los demás mártires cordobeses, los cráneos de las Santas Flora y María. Iglesia de San Pedro de Córdoba, España.

Conclusión
Al tener un testimonio como el de San Eulogio, que conoció personalmente a nuestras mártires, las visitó en la cárcel, las animó a perseverar en el martirio, fue amigo de la propia Santa Flora, tocó las heridas que sufrió en tormento y hasta conoció a su madre; resulta absolutamente ridículo dudar lo más mínimo de la total existencia histórica de estas mártires y de la veracidad de su martirio.

Además, el relato, de total realismo aunque imbuido de consideraciones místicas y espirituales propias del fervor de San Eulogio, no deja entrever ninguna exageración ni dislocación de la realidad. Cabría preguntarse hasta qué punto el martirio de las dos Santas fue necesario, en el sentido en que ellas se entregaron voluntariamente y provocaron la ira de las autoridades con su denostación del Islam; en una época en que, debido a la convivencia -no siempre pacífica, pero convivencia al fin y al cabo- de las tres religiones monoteístas, fácilmente habrían podido salvarse de seguir viviendo en entornos cristianos protegidos. Sin duda, la opresión sufrida por Flora en el entorno familiar, la pérdida de Walabonso por parte de María, y un entorno donde se alentaba a la rebelión contra el sistema islámico gubernamentalmente establecido, favorecieron la reacción “autodestructiva” -si es que se la puede llamar así- y con ella, la condena y ejecución de dos cristianas en una época en que no podemos hablar de persecución oficialmente establecida; sino de tensiones sociales y culturales constantes entre dos religiones que, al menos en la época, eran poco tolerantes la una con la otra. Hoy en día, sin duda alguna y a pesar de lo que algunos siguen manteniendo, el ejemplo a seguir es otro.

El culto a estas dos mártires queda prácticamente reducido a Córdoba y a la ciudad de Niebla, de donde era oriundo el padre de Walabonso y María, que son los patronos de la misma. Es muy difícil encontrar representaciones artísticas de las dos Santas y por ello, su iconografía no está muy desarrollada, limitándose a la representación de dos mujeres con palmas de martirio y una de ellas no siempre con hábito de religiosa, como teóricamente correspondería a María.

Independientemente de las muchas opiniones y debates que espero conseguir con el tema de los cristianos que se abocan voluntariamente al martirio; Santas Flora y María de Córdoba, rogad por nosotros y en especial, por los cristianos perseguidos en todo el mundo.

Meldelen

Bibliografía:
– EULOGIO DE CÓRDOBA, San: Vida y martirio de las Santas vírgenes Flora y María (textos latino y castellano), en Obras completas de San Eulogio (edición bilingüe). Versión castellana del P. Agustín S. Ruiz, benedictino. Editada en el XI centenario del Santo (859-1959). Real Academia de Córdoba, imprenta provincial de Córdoba.


[1] El detalle del hermano musulmán y las dos hermanas cristianas confirma la práctica habitual que, por la ley coránica, se seguía en la educación de los hijos de padres de diferentes religiones: los hijos debían ser educados en la religión del padre y las hijas, en la de la madre. De ahí que el hermano de Flora fuese musulmán y ella y su hermana, cristianas.
[2] La ley romana prohibía escrictamente la flagelación en la cara y en la cabeza, pues existía un enorme riesgo de mutilar la nariz, la boca o sacar los ojos. Esto se debe sin duda a la forma de los látigos romanos. Sin embargo, los látigos empleados en Al-Andalus eran una tira de piel de hipopótamo que, consecuentemente, no podían engancharse como sí lo hacían los romanos. Aún así, parece terrible y exagerada la idea de la flagelación en la cabeza, que desollaría el cráneo y desfiguraría el rostro.

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