Sierva de Dios Vicenta Ivars Torres, religiosa mártir

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Óleo de la Sierva de Dios realizado por el pintor Enrique Rodríguez de Tembleque (2011). Convento de San Francisco de Asís, Herencia, Ciudad Real (España).

Una de las 296 religiosas asesinadas durante la Guerra Civil Española (1936-1939) fue una de las Hermanas Franciscanas de la Purísima Concepción, Congregación fundada por la madre Paula de Jesús Gil Cano, actualmente en proceso de canonización, para “cuidar del sustento, educación y enseñanza de las niñas huérfanas de amparo y protección a causa de la inundación de Murcia (España) por el río Segura el 15 de octubre de 1879”. Además, las labores de esta Congregación se expandieron al cuidado de los enfermos del cólera a causa de dicha inundación y a los damnificados de la inundación del río Amarguillo en Consuegra (Toledo). Con este fin fundó escuelas, hospitales y asilos por toda la geografía española, acogiendo a enfermos, ancianos y especialmente niños pobres abandonados. Actualmente dicha Congregación tiene 56 casas en España y países de Centroamérica, como México, Panamá, Cuba y Colombia; así como en tierras africanas (Mozambique y Kenya). La Sierva de Dios Vicenta Ivars, actualmente en proceso de beatificación, es la única mártir de esta Congregación.

Infancia y juventud
Su nombre en el siglo fue Francisca Salvadora Ivars Torres y nació en Benissa (Alacant) el 4 de octubre de 1867, hija de Vicente Ivars y María Torres Martínez. Siguiendo la costumbre de la época, la llevaron a bautizar al día siguiente de su nacimiento a la parroquia de San Pedro Apóstol de la ciudad; y le pusieron tal nombre en honor al Santo de ese día, San Francisco de Asís, que era también el nombre de su padrino y abuelo paterno; y el de Salvadora por su abuela paterna.

La familia, de posición acomodada, era cristiana fervorosa y tuvieron once hijos: Josefa, nuestra mártir Francisca Salvadora, que era la segunda; Francisco Bartolomé, Salvadora, Juan, las gemelas María Dolores y María Ángeles, Filomena, Miguel, Vicente y José. Toda la familia mostraba una gran piedad, asistiendo todos los días a misa, antes de iniciar la jornada, y profesando gran devoción a la Virgen como Inmaculada Concepción.

El padre, que llegó a ser alcalde de Benissa durante algunos años, tenía un taller de carpintería donde trabajaban también sus hijos, y en este ambiente creció Francisca, dedicada, como mujer, a las labores propias de la casa, cultivando sus devociones con sosiego y participando activamente de la vida de la parroquia.

Fotografía auténtica de la Sierva de Dios en su hábito de Franciscana de la Purísima Concepción, tomada en sus últimos años.

Religiosa Franciscana de la Purísima Concepción
Cuando tenía 22 años de edad, Francisca sintió la vocación a la vida religiosa. La Congregación en la que quiso ingresar fue la de las Religiosas Franciscanas de la Purísima Concepción, cuya casa más próxima se hallaba ubicada en Pego, donde fue recibida el 1 de 1890, iniciando su postulantado con 23 años “en el seguimiento de Cristo siervo, viviendo el Evangelio al estilo de Madre Paula, que bebió en las fuentes franciscanas, siendo portadora del amor de Dios a niños, jóvenes, enfermos y ancianos necesitados”.

El 19 de marzo de 1891, festividad de San José, inició su noviciado vistiendo el hábito propio de la Congregación -escapulario azul y cordón franciscano- en la Casa Madre de Murcia, momento en que cambió su nombre al de Vicenta, quizá en honor a su padre Vicente. Un año después, 19 de marzo de 1892, hizo su profesión temporal con 31 años; y el 14 de junio 1902, ya con 33, emitió sus votos perpetuos.

Siguiendo muy de cerca los pasos de la madre fundadora, a la que conoció y con la que compartió tareas, Vicenta ejerció el apostolado con ancianos, enfermos y mineros accidentados en el hospital de Mazarrón (Murcia) y en el hospital de San Juan de Dios de Pego (Alacant), donde se ocupó de ancianos, niños y enfermos, transeúntes y presos de la cárcel. Su último destino fue el colegio de San José de Valdepeñas, donde estuvo tres años. La misión de este centro era la enseñanza gratuita de niñas pobres externas y dar la comida de mediodía a las más necesitadas. También había un grupo de chicas mayores que iban para aprender a coser.

Tenía siempre presente los consejos del Rvdo. Manuel Malo y Malo (OFM), director espiritual del naciente Instituto, que instruía a las hermanas para que siempre tuvieran presente que en cada uno de los que asistían estaba Cristo, especialmente en los pobres, y sirviéndolos a ellos le servían a Él.
Dos alumnas suyas, Rosa y Laura Cifuentes López, que la conocieron, han dejado este testimonio de su proceder: “Era de estatura más bien baja, simpática con su precioso hábito azul: una ejemplar religiosa, sencilla, humilde, apacible, bondadosa, incapaz de hacer sufrir a nadie, cariñosa y cercana con las niñas”.

Fotografía de la Sierva de Dios -señalada con círculos verdes- junto a sus compañeras y alumnas.

Guerra y persecución
El 25 de julio de 1936, estallada la Guerra Civil, el comité revolucionario local se incautó el colegio de San José en Valdepeñas -donde Vicenta estaba- y expulsaron a todas las religiosas, que tuvieron que ir a refugiarse al hospital de San Francisco de Asís de la misma ciudad, también regentado por su Congregación, de donde, por el momento, aún no habían sido expulsadas. Aquí se camuflaron, quitándose el hábito y vistiendo de enfermeras seglares, y se dedicaron, por orden del comité, al cuidado de los heridos de guerra.
Sor Vicenta se mostró totalmente abnegada en la atención a los heridos, sin distinguir de un bando o de otro, pero como el conflicto bélico se alargaba y complicaba, no pudo permanecer por más tiempo en el hospital y se vio obligada a abandonarlo, cosa que sintió mucho, ya que dejaba allí a otras hermanas que, con el tiempo, acabarían siendo también expulsadas.

Entonces, viendo que allá no se le permitía hacer nada más, decidió regresar a Benissa, su hogar, y obtenido el permiso de su superiora, notificó a sus familiares que llegaría a casa el 23 de septiembre de 1936, y se puso a preparar su viaje.
Como necesitaba un salvoconducto para poder viajar, ella misma marchó a solicitarlo al Ayuntamiento de Valdepeñas, que estaba gobernado por el Frente Popular. Allí se lo expidieron, pero no sin antes haber recabado minuciosa información sobre adónde iría y qué etapas realizaría durante su viaje, disponiendo de todos los datos sobre sus futuros movimientos.
Fueron los mismos funcionarios del Ayuntamiento quienes, custodiada en coche, la acercaron hasta la estación de tren de Valdepeñas, donde el 23 de septiembre partió en ferrocarril hacia Alcázar de San Juan; lugar donde bajaría y tomaría otro tren que la llevaría en dirección a Alacant y de allí, a casa, a Benissa.

Sin embargo, nunca llegaría a su destino.

Fotografía del ya anciano Antonio López, testigo ocular del martirio, señalando la viña donde enterró a la Sierva de Dios.

Martirio
Nuestra protagonista tuvo la mala fortuna de que ese mismo día -23 de septiembre- tuviera lugar una serie de revueltas y disturbios debido a que el bando golpista había bombardeado la gasolinera CAMPSA de Alcázar de San Juan. En represalia de tal acción, todo miembro o simpatizante del Frente Popular se dedicó a detener a toda persona que les pareciese de derechas o persona de hábito, es decir, sacerdote o religioso.

Aunque sor Vicenta iba vestida de seglar y por tanto, no llevaba el hábito -que llevaba guardado en una bolsa de tela- ni se evidenciaba su condición de religiosa, alguien debió de suponer -según declaración de la madre superiora del hospital-asilo de Herencia (Ciudad Real) en la Causa General– que pertenecía a la Cruz Roja de Alcázar de San Juan; siendo avisados por sus compañeros de Valdepeñas, ya que cuando bajó del tren en Alcázar de San Juan, la abordaron unos milicianos que la estaban esperando. Fue obligada a subir, junto a un señor que también había salido de Valdepeñas, a un camión de trigo que iba en dirección a la localidad de Herencia (Ciudad Real).

Debemos el relato de su martirio a un hombre llamado Antonio López, que era peón caminero en aquellos tiempos y fue testigo ocular del asesinato de sor Vicenta. Él vivía en una de las tres casitas de camineros que había en el término municipal de Alcázar de San Juan a Herencia. Ese día, él estaba desbrozando una viña, o sea, quitando con el azadón la maleza y las piedras, y rellenando baches en el terreno, cuando vio que un camión paraba cerca de donde él estaba. Asustado, corrió a esconderse a su casita por lo que pudiese pasar, y desde allí, a través de una rendija en la ventana, vio todo lo que sucedió a continuación.
Bajaron a sor Vicenta del vehículo -con la excusa pueril de que se les había pinchado una rueda- y la condujeron hacia la cuneta, al lado de la viña, y sin más dispararon contra ella, que debido a la fuerza de los disparos, cayó desplomada al suelo de la cuneta. Pero cuando ya se iban notaron que la víctima seguía con vida y volvieron atrás para rematarla. El tiro de gracia entró por su ojo derecho y destrozó el cerebro, que quedó esparcido por toda la viña. Tenía 68 años de edad.
Unos pasos más adelante mataron también al hombre que habían detenido con ella. Luego se marcharon en el camión, satisfechos de un “trabajo” limpio, rápido y sin testigos, o eso pensaron.

Vista de la placa con los nombres de las religiosas enterradas en el panteón de las Franciscanas de la Purísima Concepción. El nombre de la Sierva de Dios aparece señalado con flecha verde.

Cuando se aseguró de que los asesinos se habían marchado, Antonio López salió de su casa y fue a buscar el cadáver en la viña, pero éste se había hundido tanto entre la maleza que no lo vio y creyó, erróneamente, que la habían enterrado. Pero a los tres días, al realizar una nueva búsqueda, la encontró, con las manos aún unidas en ademán suplicante, la cabeza traspasada a tiros y la masa encefálica esparcida a su alrededor. Entonces tomó una pala y cavó un hoyo, enterrándola al pie de una cepa, en la misma viña. Incluso se tomó el cuidado de recoger los sesos de la mártir, envolverlos en un pañuelo y dejarlos junto a ella. También dejó a su lado sus escasas pertenencias: una peineta para el pelo, un crucifijo, caído de sus manos entrelazadas; una pequeña Virgen del Pilar en plata y un monedero con algo de dinero (un billete de 25 pesetas y seis o siete duros en monedas). Testimonio de que era un buen hombre, prudente y honrado, es que no se embolsó el dinero, sino que, como decía, lo enterró junto a su propietaria.

Antonio López no dijo nada a nadie acerca del asesinato y el entierro de sor Vicenta, pues tenía miedo de correr él la misma suerte, pero a pesar de ello pronto se corrió la noticia por Alcázar de San Juan de que habían matado a una religiosa.
Sin embargo, las Hermanas Franciscanas de la Purísima Concepción no supieron nada hasta que, tres meses después, recibieron carta de un hermano de sor Vicenta, preguntando por ella. Al contrastar la fecha de salida de la religiosa y la fecha en que debería haber llegado, se temieron lo peor: que la habían asesinado a medio trayecto.

Hallazgo del cuerpo
Los sucesos de la guerra, naturalmente, impidieron hacer las debidas investigaciones para localizar el paradero de la Hermana desaparecida; pero una vez acabado el conflicto bélico en 1939, se denunció el caso y se localizó al único testigo del asesinato: Antonio López. Éste se ofreció en persona a acompañar a las religiosas de la Congregación a la viña junto a la carretera, donde la había enterrado. Hay que tener en cuenta que sin el valioso testimonio de este hombre, no se conocerían los detalles del martirio ni se hubiese encontrado el cuerpo, lo que hubiese hecho que sor Vicenta fuera una más de las tantas religiosas desaparecidas, de las que no se sabe si sobrevivieron, huyeron o murieron mártires.

El 20 de julio de 1939, recabados todos los permisos civiles y eclesiásticos, y haciendo uso de la misma azada con que la había sepultado, Antonio López desenterró a sor Vicenta, que apareció todavía con las manos juntas y con sus objetos al lado, tal y como la había dejado.
El cadáver pudo ser fácilmente identificado por las religiosas, ya que todavía llevaba algunas medallas cosidas por dentro del vestido y otras señas, y especialmente sor Jacinta Luna Navarro reconoció la bata que llevaba puesta: ella misma se la había confeccionado.
Una vez realizadas las preces, los restos de la mártir fueron trasladados al panteón de la Congregación en la localidad de Herencia, donde siguen a día de hoy.

Estampa de la Sierva de Dios que incluye la oración completa de todos los mártires incluidos en su Causa: los de la diócesis de Ciudad Real (España).

Glorificación de la mártir
El proceso de beatificación de sor Vicenta Ivars se inició el 8 de julio de 2007 a instancias de don Amós Rodríguez Tembleque, sacerdote oriundo de Herencia. Actualmente dicho proceso está a punto de ser terminado en su fase diocesana, para ser entregado a la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, en un grupo de mártires de la diócesis de Ciudad Real, encabezado por el obispo Eustaquio Nieto y Martín.

Aunque no se conocen palabras, testimonios o actitudes del comportamiento personal de sor Vicenta desde el momento en que es detenida en la estación de tren de Alcázar de San Juan, hasta su ejecución en la viña de Herencia; no cabe dudar que nos encontramos ante un auténtico martirio. Aquella religiosa fiel y buena, que sólo había dispensado amor y sacrificio personal a quienes estaban a su cargo, fue asesinada in odium fidei, de manera cruel e injusta, e inocente de todo mal; por el mero hecho de ser religiosa, y aun habiendo trabajado a las órdenes de los mismos que después la delatarían a sus asesinos.

El resto de su experiencia, si sintió angustia en el momento en que la detuvieron, si sufrió maltratos o insultos en su traslado de la estación a la viña, si perdonó a sus asesinos, si les dirigió palabras de afecto, si confesó valientemente su fe y su condición de religiosa, si sintió dolor, miedo o angustia en el momento de su muerte; no lo sabemos y Antonio López no alcanzó a verlo: sólo Dios lo sabe.
Pero el hecho de que en su cadáver quedase congelado su último gesto en vida, el aferrar con ambas manos su crucifijo de religiosa en ademán suplicante, nos revela que murió mostrando a Cristo crucificado a sus ejecutores y por tanto, dando testimonio de lo que era, aquello en lo que creía, y lo que más amaba en este mundo.

Oh Dios, que concediste la gracia del martirio a Vicenta Ivars Torres, Religiosa Franciscana de la Purísima Concepción, haz que su nombre aparezca en la gloria de los santos, para que ilumine con su ejemplo la vida y la entrega de todos los cristianos. Concédenos imitarla en su fortaleza ante el sufrimiento y la gracia que por su intercesión te pedimos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Meldelen

Bibliografía:
Sor Vicenta Ivars Torres, Religiosa Franciscana de la Purísima Concepción. Tríptico informativo de la Congregación de las Religiosas Franciscanas de la Purísima Concepción.
– RODRÍGUEZ ALVARENGA, sor Míriam Luz; Sor Vicenta Ivars Torres, Hermana Franciscana de la Purísima Concepción: mártir de la Fe. Biografía publicada por la Casa Generalicia, Madrid 2011.
– RODRÍGUEZ FERNÁNDEZ, Gregorio; El hábito y la cruz. Religiosas asesinadas en la Guerra Civil Española. Edibesa, Madrid 2006.

Enlaces web (16/08/2012):
http://www.franciscanasdelapurisimaconcepcion.org
http://herenciainmaculada.blogspot.com.es/2011/01/misa-presentacion-del-rostro-de-sor.html

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