Beatos mártires de Chimbote

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Composición de los tres nuevos beatos.

Composición de los tres nuevos beatos.

Hoy está de fiesta la Iglesia Peruana, porque serán beatificados en Chimbote los frailes franciscanos Miguel Tomaszek y Zbigniew Adán Strzalkowski, así como el sacerdote italiano Alejandro Dordi, todos ellos misioneros asesinados por la guerrilla de Sendero Luminoso en el año 1991.

Beato Miguel Tomaszek, sacerdote franciscano
Nació en la región maderera de Zywiec, concretamente en la localidad Lekawica (Polonia) el día 23 de septiembre del año 1960, siendo el cuarto hijo del matrimonio formado por Miguel Tomaszek y Mieczyslawa Bárbara Rodak, siendo bautizado con un mes de edad en la parroquia de San Miguel de su localidad natal. Su familia era de condición humilde pero muy piadosa, poseían una pequeña hacienda y su padre trabajaba como minero. Su padre murió cuando él tenía nueve años de edad y en estas condiciones, empeoró la situación económica de la familia. Su madre también estaba enferma y la educación cristiana de sus hijos, junto con el mantenimiento de la casa, sobrepasaba todas sus fuerzas. Como era lógico, esta situación repercutió en los cuatro hermanos.

Cuando comenzaron a frecuentar la escuela, a Miguel le costó mucho trabajo el avanzar en los estudios, especialmente en las matemáticas, pero con la ayuda de una de sus hermanas, fue abriéndose camino, creyendo en sus posibilidades y liberándose de sus temores; de esta manera, comenzó a estudiar a gusto, destacando como un niño bueno, disciplinado y muy formal. En el año 1975 concluyó sus estudios primarios en Lekawica. Muy cerca de allí se encontraba el Santuario de Nuestra Señora de Rychwald, regentado por los frailes franciscanos, santuario que era frecuentado por Miguel, sobre todo en los días de fiesta. Fue allí donde tuvo su primer contacto con los hijos de San Francisco. Recibió el sacramento de la Confirmación de manos de monseñor Vicente Urban el día 21 de mayo del 1976.

Foto del beato Miguel Tomaszek.

Foto del beato Miguel Tomaszek.

Cuando terminó sus estudios primarios, como había sido un alumno sobresaliente, su familia decidió que siguiera estudiando, pero la elección de la escuela fue todo un dilema ya que la familia carecía de recursos económicos. Simultáneamente, Miguel comenzó a sentir sus primeros deseos de hacerse sacerdote franciscano, llegó a sentirlo como una verdadera necesidad y por eso decidió ingresar en el seminario menor de Legnica, a cargo de los frailes franciscanos conventuales. Los frailes de Rychwald lo informaron y prepararon y su hermana mayor le ayudó a buscar los documentos que debía presentar a su ingreso en el seminario. Allí, él que provenía de una familia pobre, recibió enseñanza y sustento, además del cuidado y del apoyo que le brindaron todos los educadores. En el primer curso tuvo las mismas dificultades que había tenido en la escuela primaria, pero a base de esfuerzos, logró alcanzar el nivel del resto de sus compañeros, de tal manera que, en el último curso, las calificaciones fueron excelentes. Fue allí, donde pidiendo “trabajar en las misiones”, solicitó ser admitido en la Orden de los Frailes Menores Conventuales.

Concluidos unos ejercicios espirituales, marchó hacia el noviciado en Smardzewice, recibiendo el hábito franciscano el 4 de octubre de 1980, festividad de San Francisco de Asís. Hizo la profesión simple el 1 de septiembre de 1981 y entre 1981 y 1987 estudió filosofía y teología en el Seminario Mayor que los Frailes Menores Conventuales tenían en Cracovia. Fue allí donde conoció a quién sería su compañero de martirio, el beato Zbigniew Strzalkowski, pues en la vida religiosa solo se llevaban un año de diferencia. El día de la Inmaculada Concepción del año 1984 realizó los votos solemnes y una vez realizada su tesina en teología moral fue ordenado de sacerdote en la basílica de San Francisco en Cracovia el 23 de mayo del 1987. Estaba en la plenitud de su vida, había sido enriquecido por Dios con unas excepcionales cualidades personales y quería dedicarse por completo a la evangelización.

Foto del beato Miguel Tomaszek.

Foto del beato Miguel Tomaszek.

Los primeros pasos como sacerdote los dio en la parroquia franciscana de Piensk, una localidad pequeña cercana a Zgorzelec; allí trabajó como vicario y como catequista, era un sacerdote ejemplar, dedicado a la confesión, la predicación, las visitas a los enfermos y la atención a los discapacitados psíquicos, pero asimismo, muy aficionado a la guitarra, a trabajar con los jóvenes y a cantar con los niños. Sin embargo, como sentía la inquietud de marchar a misiones, después de dos años de trabajo parroquial, cuando se enteró que los sacerdotes Jaroslaw Wysoczanski y Zbigniew Strzalkowski, habían decidido viajar a Perú, tomó la resolución de unirse a ellos, por lo que escribió al ministro provincial, padre Félix Stasica, solicitándole autorización para marchar a misiones. Los franciscanos conventuales acababan de fundar la misión de Pariacoto en los Andes peruanos y allí estaban ya los sacerdotes Jaroslaw Wysoczanski y Zbigniew Strzalkowski. Cuando el 25 de julio de 1989 llegó la noticia de que en la misión hacía falta un tercer sacerdote, los superiores autorizaron al padre Miguel para que emprendiera viaje a Perú. Al llegar allí, tomó clases de castellano en Lima hospedándose en el convento que los Padres Oblatos tenían en Barranco.

Cuando marchó a Pariacoto, los tres frailes formaron una pequeña comunidad franciscana, en la que pusieron en práctica su carisma dedicándose por completo a los indígenas que vivían dispersos por los caseríos andinos y especialmente, a los niños. En muy poco tiempo se ganó el cariño y el respeto de todos ellos, a los cuales catequizaba y de cuyas necesidades materiales y espirituales se preocupaba. En enero de 1991 estuvo en Córdoba (Argentina) realizando un cursillo mensual para sacerdotes, seminaristas y religiosos franciscanos pertenecientes a todas las provincias franciscanas de América Latina: el objetivo del cursillo era profundizar en la espiritualidad franciscana.

Foto del beato Zbigniew Adán Strzalkowski.

Foto del beato Zbigniew Adán Strzalkowski.

El empeño que ponía en la predicación del evangelio y la entrega a los campesinos trajo como consecuencia que los terroristas de Sendero Luminoso lo asesinaran en Pariacoto, junto con el padre Zbigniew, la noche del 9 de agosto del año 1991, poco después de celebrar su última misa con el otro sacerdote mártir. Todos los habitantes de la zona y el episcopado peruano consideraron de inmediato que dicha muerte era un verdadero martirio.

Beato Zbigniew Adán Strzalkowski, sacerdote franciscano
Nació el 3 de julio de 1958 en la aldea de Zawada, cercana a la ciudad polaca de Tarnów, siendo el tercer hijo de una familia católica formada por Estanislao Strzalkowski (campesino y cristalero) y Francisca Juana Wójcik. Fue bautizado una semana más tarde en la catedral de la ciudad. En su familia se disfrutaba de un ambiente lleno de amor, paz, bondad y sencilla religiosidad. Realizó sus estudios primarios entre los años 1965 al 1973 en la escuela de su localidad natal, obteniendo siempre muy buenas calificaciones.

Luego se preparó estudiando en la Escuela Superior Técnica de Tarnów. Durante un año trabajó en un taller de mecánica en el Centro Nacional de Maquinaria de Tarnowiec, destacando por ser un trabajador ejemplar, buen compañero, honrado y servicial, pero en ese tiempo sintió la llamada de Dios y decidió hacerse fraile franciscano siguiendo los pasos de San Francisco de Asís. Cuando sus compañeros de trabajo se enteraron de que una persona tan jovial y tan alegre había ingresado en la Orden Franciscana, quedaron muy apenados porque pensaban que encerrándose en la celda de un convento, estaba arruinando su vida

Foto del beato Zbigniew Adán Strzalkowski.

Foto del beato Zbigniew Adán Strzalkowski.

Después de realizar unos ejercicios espirituales a finales del mes de agosto, el día 1 de septiembre de 1979 ingresó en el noviciado franciscano de Smardzewice. Realizada la profesión simple al año siguiente, el 18 de septiembre pasó al Seminario Mayor de los Frailes Menores Conventuales de Cracovia. La profesión solemne la realizó el 29 de septiembre del 1984. Una vez terminados sus estudios filosóficos y teológicos, fue ordenado de sacerdote en Wroclaw, el día 7 de junio de 1986, siendo inmediatamente enviado como vicerrector al Seminario Menor de Legnica donde se dedicó a la preparación y educación de los futuros seminaristas. Esta tarea la compaginaba con el ministerio de la confesión en la parroquia y ayudando clandestinamente a los soldados soviéticos que se encontraban en dicha localidad.

En 30 de junio de 1988, la provincia franciscana de Cracovia decidió fundar una misión en Perú y como su deseo era marchar a misiones, el 28 de noviembre de 1988 dejó su Polonia natal para marchar a tierras peruanas. Su primera experiencia la tuvo en la localidad de Moro, un pueblecito cercano a Chimbote en la sierra de Ancash, reemplazando al párroco que había viajado a Europa. Allí durante seis meses estuvo estudiando el castellano. Posteriormente, el 30 de agosto del 1989, junto con el padre Jaroslaw Wysoczanski, llegó a la nueva misión de Pariacoto. A ellos, se les uniría un año más tarde el padre Miguel Tomaszek. El padre Zbigniew se caracterizaba por ser un hombre muy práctico, por lo que, además de la preocupación espiritual de sus feligreses, se dedicaba a solucionarles sus problemas originados por la falta de agua como consecuencia de la sequía y por los huaycos, o corrimientos de tierra. Trabajaba mano a mano con los campesinos limpiando los canales de regadíos y realizando todo tipo de trabajos manuales que ayudasen a elevar el nivel de vida de sus feligreses. Como además, tenía algunos conocimientos de medicina, atendía especialmente a los ancianos y enfermos quienes le conocían por “el padre doctorcito”. Pero todos proyectos se vivieron abajo cuando la noche del 9 de agosto del año 1991, después de celebrar la Eucaristía junto con su compañero Miguel, ambos fueron asesinados por los guerrilleros de Sendero Luminoso.

Foto del beato Alejandro (Sandro) Dordi.

Foto del beato Alejandro (Sandro) Dordi.

Beato Alejandro (Sandro) Dordi, sacerdote
Alejandro Dordi nació en Gromo San Marino (Bérgamo) el día 23 de enero de 1931, siendo el segundo de los trece hijos que tuvo la familia Dordi-Negroni. Con once años de edad se marchó a estudiar a Clusone y posteriormente ingresó en el seminario de Bérgamo. Antes de iniciar los estudios de teología, solicitó pasar a la “Comunidad Misionera de Paradiso” y con veintitrés años de edad, el 12 de junio del 1954 fue ordenado sacerdote por monseñor Adriano Bernareggi, obispo de Bérgamo.

Su primer destino como sacerdote fue la localidad de Donada, en la provincia de Rovigo y allí permaneció completamente integrado entre la comunidad campesina por espacio de once años, pasados los cuales, marchó como capellán de los emigrantes italianos en Suiza. Durante catorce años, en el departamento de Le Locle, compaginó su labor sacerdotal con el trabajo de relojero. En 1980 retornó a Italia pues quería marcharse como misionero a Burundi, pero el destino hizo que visitara algunos países de América Latina y allí eligió quedarse en Perú de manera definitiva.

Aunque dejó a su familia y su tierra siendo muy joven, siempre las llevó dentro de su corazón. En las cartas que escribía a sus parientes siempre recurría a la palabra “nostalgia”: decía que se acordaba de ellos con nostalgia y la nostalgia lo embargaba cuando se le venían a la mente las montañas y los bosques que rodeaban a su localidad natal: “Me acuerdo del murmullo de las aguas del río Serio que pasa cerca de mi casa”, “quién pudiera disfrutar del aire, del viento, de las flores y la nieve, de los bosques y montañas que rodean Gromo San Marino”. El era un montañés, amaba las montañas y las subía sin cansancio y sus vecinos, en recuerdo suyo, tienen un pequeño cuaderno en la cumbre del Recastello, donde estampa su firme en memoria suya cuantos suben a ella. Un hombre tan familiar, un hombre tan de sus raíces, lo había abandonado todo para entregarse a los demás en la cordillera andina del Perú.

Sepulcro del beato Miguel Tomaszek en Pariacoto (Perú).

Sepulcro del beato Miguel Tomaszek en Pariacoto (Perú).

Se estableció en Santa y allí estuvo desarrollando su labor apostólica por espacio de once años, comprometiéndose activamente en la defensa de los intereses de los pobres y tratando de organizar a los marginados, en medio de una violencia intensa implantada por la guerrilla de Sendero Luminoso. Por eso y solamente por eso, por ser un sacerdote comprometido socialmente, fue asesinado por los terroristas. Es cierto que sus feligreses le avisaban del peligro que corría y también es cierto que él tenía miedo; por eso, él lo demostraba rezando el salmo 26: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?, el Señor es la fuerza de mi vida, ¿quién me hará temblar?

Él era plenamente consciente del momento que le tocó vivir y por eso le escribió una carta al sacerdote que lo había reemplazado en Suiza, en la que le decía: “La vida social y política en Perú está llena de problemas. El 6 de septiembre el gobierno devaluó la moneda nacional y este hecho ha provocado más miseria y más violencia. Perú está viviendo un tiempo particular a causa del terrorismo, que con la muerte y la destrucción, quieren construir un mundo nuevo…La iglesia y los cristianos no podemos desentendernos de lo que pasa en la vida de los hombres y del país, porque Dios nos llama a dar nuestro testimonio de fe y a apoyar al pueblo. Aun con todo este peligro, no debemos ser demasiado pesimistas, hay señales de esperanza y tenemos que buscarlas. La gente es muy buena y nosotros tenemos que acompañarla”. Era plenamente consciente del avispero donde estaba metido, tenía miedo, pero no era cobarde y trabajaba a favor de sus feligreses.

Sepulcro del beato Zbigniew Adán Strzalkowski en Pariacoto (Perú).

Sepulcro del beato Zbigniew Adán Strzalkowski en Pariacoto (Perú).

El 13 de noviembre de 1990, cuando los terroristas le prendieron fuego al municipio de Santa, lo tuvo claro: “El próximo objetivo de los terroristas, somos nosotros” y leyendo una pintada que hicieron en el mercado de Santa en la que se decía: “Yankees, Perú será tu tumba”, dijo sin tapujos: “Esta amenaza va dirigida a mi”. La noche del 24 de agosto de 1991, víspera de su martirio, estuvo celebrando misa en Tamborreal Nuevo, clausurando unas misiones impartidas por los padres redentoristas y en ella, al abrirse las puertas de la iglesia para que entraran dos mujeres, no pudo disimular su miedo, ya que había recibido algunas amenazas y estaba seguro que irían a por él. Sabía que el 9 de agosto habían sido asesinados los dos frailes de Pariacoto y él se veía como la próxima víctima y aunque sus superiores le aconsejaron que se alejara de Santa, él no quiso abandonar a sus feligreses.

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La tarde del domingo 25 de agosto fue salvajemente asesinado en Rinconada, camino a Vinzos y su cuerpo, bañado en sangre, quedó cuatro horas tendido en el suelo, sin que nadie, a causa del miedo, se acercara a él. El miedo hizo que, aunque viéndolo al pasar, nadie lo viera y aunque escuchando los disparos, nadie los escuchara. Cuando los campesinos fueron capaces de vencer el miedo, recogieron su cadáver y lo velaron durante toda la noche. Al día siguiente fue sepultado aunque posteriormente, sus restos fueron devueltos a su localidad natal de Gromo San Marino, en Italia, en cuyo cementerio está sepultado junto con algunos de sus familiares.

Pasados los cinco años que marcan las reglas canónicas, el Ministro General de los Frailes Menores Conventuales y el obispo de Chimbote decidieron promover la Causa de beatificación. Pero en el año 1992, un año después del martirio, la Asamblea General de la Conferencia Episcopal Peruana, ya había aprobado por unanimidad realizar todos los trabajos de investigación a fin de tener preparado todo el material disponible para cuando se abriera la Causa y en el mes de enero del 1995 votaron a favor del comienzo de la misma, expresando el deseo en juntar en una sola Causa a los tres sacerdotes asesinados en la diócesis de Chimbote.

Sepulcro del beato Alejandro (Sandro) Dordi en el panteón familiar del cementerio de Gromo San Marino, Bérgano (Italia).

Sepulcro del beato Alejandro (Sandro) Dordi en el panteón familiar del cementerio de Gromo San Marino, Bérgano (Italia).

Aunque no habían transcurrido por completo los cinco años prescritos por las normas canónicas, la Sagrada Congregación para las Causas de los santos concedió el “Nihil obstat” el día 5 de junio del 1995. El 16 de julio del año siguiente, se inició el proceso a nivel diocesano y a partir de ese momento, los tres sacerdotes fueron declarados Siervos de Dios. El proceso diocesano concluyó el 25 de agosto del año 2002. El 11 de octubre de ese mismo año se inició el proceso en Roma, la cual validaba el proceso diocesano mediante decreto del 24 de octubre del año 2003. El pasado 3 de febrero, el Papa Francisco autorizó la promulgación del decreto por el que se reconocía el martirio de estos tres sacerdotes, que serán beatificados en el día de hoy en Chimbote (Perú).

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Bambarén Gastelumendi, L.A., “Firmes en la fe, alegres en la caridad, heroicos en la fidelidad”, Lima, 1992
– Gogola, Z., “La vida que nace del martirio. Los misioneros franciscanos conventuales en Perú”, Palencia, 2005.

Enlaces consultados (14/11/2015):
– www.beatificacionchimbote.org/
– http://franciscanosperu.blogspot.com.es/2010/09/sobre-nuestros-patronos.html

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Fray Mariano Toribio Jáquez, franciscano de Chihuahua

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Firma de fray Mariano Toribio de Jesús  y María.

Firma de fray Mariano Toribio de Jesús y María.

Para la historia eclesiástica de Chihuahua la figura de Fray Mariano Toribio merece ser recordada debido a su relevancia en los últimos años del siglo XVIII y a los testimonios de la santidad de su vida en tiempos de crisis que impactaron lo que hoy es México, debido a la expulsión de los jesuitas por parte de la monarquía española. Pocos conocen la vida de este humilde franciscano y su importancia evangelizadora en la Nueva Vizcaya. Para esta biografía se siguen los datos que proporcionan el profesor Zacarías Márquez Terrazas, historiador del periodo virreinal, y el padre Dizán Vázquez Loya, historiador de la Arquidiócesis de Chihuahua, acerca de la vida y obra de Fray Mariano.

Este franciscano, era originario de El Real de San Felipe de Chihuahua (Ciudad Chihuahua) y se destacó por su cultura, disciplina, fidelidad a los ideales franciscanos de observancia y vida de piedad. Su nombre al profesar como religioso fue Fray Mariano de Jesús María Toribio Jaquez, o fray Mariano Toribio de Jesús María. Parte de la biografía de este misionero nos remite al libro “Crónicas de la Provincia de Nuestro Padre San Francisco de Zacatecas”, escrita por el padre Fray José Arlegui a fines del siglo XVIII, revisada y aumentada en el siglo XIX (Edición de 1851). En esta segunda edición aparece el fraile chihuahuense porque el continuador de la revisión del libro, Fray Antonio Gálvez, fue discípulo de Fray Mariano en Zacatecas y de primera mano pudo conocer la vida virtuosa y la observancia religiosa de quien fuera su venerado maestro de novicios.

Fray Mariano nació en 1744 en la naciente pero prospera villa de Chihuahua; Se destacó por su piedad y muy joven entró en la orden de frailes menores franciscanos en Zacatecas donde hizo su noviciado y profesó uniendo a su nombre de bautismo los de Jesús y María. Fue ordenado sacerdote en Zacatecas en 1768 y pronto tuvo trabajo debido a su talento y a su capacidad intelectual.Su formación y disciplina hicieron que fuera elegido como maestro de estudiantes y de gramática, que englobaba varias disciplinas dentro del “Trivium” y “Cuatrivium”. Entre 1769 y 1781 dicta clases en la escuela del hospicio de San José en Chihuahua y ejerce los cargos de lector (o maestro) de filosofía y de gramática y además de ser predicador conventual, un título dado por sus dotes de oratoria. Desde el pulpito expresa su profunda unión con Dios y su amor por la vida religiosa franciscana.

En 1767 los padres de la Compañía de Jesús fueron expulsados de territorio español y en el norte de México su labor se vio truncada ya que gran parte de la sierra Tarahumara estaba a cargo de estos misioneros de San Ignacio de Loyola. En la ciudad de Chihuahua tuvieron que cerrar el colegio de Loreto pero los franciscanos hicieron lo posible por suplir el vacío que dejaron en este campo de la educación. Para eso contaron con la colaboración de Fray Mariano Toribio en ese entonces responsable de la Iglesia de San Jerónimo de Estridión en el poblado del mismo nombre, hoy Aldama, Chihuahua. Fray Mariano y los frailes tenían toda la buena intención de rescatar la cultura jesuítica pero las autoridades novo hispanas prohibieron a los nuevos maestros franciscanos el utilizar los textos que había empleado anteriormente los padres de la expulsada Compañía de Jesús. Gran parte del legado cultural se perdió.

En 1781 Fray Mariano hace un viaje desde Chihuahua a Zacatecas, descalzo y a pie, para tomar parte en el capítulo provincial de la orden franciscana, allí le solicitan que permanezca auxiliando en el convento como maestro de novicios cargo que ostentaría hasta 1784 y luego regresa al norte, a Chihuahua. Es designado a la región centro sur del actual estado encargándose de la misión de San Antonio de Julimes, allí permanecerá hasta 1796. Durante su tiempo en esta misión y al ver el crecimiento del pueblo de San Pablo, hasta el momento dependiente espiritualmente de Julimes, le corresponderá ser testigo de la elevación de San Pablo Apóstol a la categoría de parroquia en 1794 independizándose de San Antonio y siendo además los nuevos párrocos, capellanes militares del Presidio de San Pablo (Hoy Cd. Meoqui).

Un dato muy significativo de Fray Mariano es su denotada entrega en la misión y la reivindicación de los derechos de los indígenas, a quienes no duda en defender contra las injusticias de que son víctimas, ya que el 1° de diciembre de 1785 dirige una carta al corregidor Don Francisco Javier del Campo donde sale en defensa de los moradores del pueblo San Pablo, hoy ciudad Meoqui. En la carta protesta ante las autoridades pues se les quería despojar de tierras y del uso del agua a los legítimos pobladores. Es pues un defensor de los derechos de los indígenas y de los pobladores de San Pablo frente a las arbitrariedades de algunos militares del presidio.

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Siguiendo la redacción del profesor Márquez Terrazas, en este tiempo sus correrías apostólicas se extienden hasta la recién fundada población de San Antonio de Chorreras, en la que firma actas entre el 20 de junio de 1787 y el 1 de octubre de 1788. En 1790 funge como secretario del custodio franciscano de Parral, Fray José García Rico, que residía en Santa Cruz de Tapacolmes (Rosales). Su labor misional para con los indígenas es paternal y llena de unción.

Posteriormente se traslada al convento franciscano de la Purísima Concepción de María en Zacatecas donde continúa su apostolado con sencillez y tras recibir con piedad los auxilios espirituales muere cargado de virtudes en 1804 a la edad de 60 años, siendo llorado por la comunidad de los franciscanos que fueron testigos de su vida virtuosa. Los franciscanos que le conocieron dieron testimonio de su santidad y seguimiento de los ideales de San Francisco y por su entrega en los trabajos misioneros.

Fray Antonio Gálvez, discípulo de Fray Mariano y uno de sus novicios habla de él con afecto y admiración en la crónica franciscana que completó: “Puesto al frente de los novicios, desempeñó en toda su extensión tan grave ministerio, siendo el primero que se levantaba, el primero que barría, el primero que se presentaba para llevarnos al coro, a la iglesia, al refectorio; limpiaba los faroles cuando nos descuidábamos de hacerlo; repicaba con nosotros si faltaba quien nos ayudara; con nosotros rezaba la corona, el oficio de la Santísima Virgen, el de difuntos, y los viernes el Víacrucis; pero con la circunstancia de que mi maestro lo rezaba caminando de rodillas y con la cruz a cuestas, sin exigir de nosotros esa penitencia… Duro para sí mismo como el que más, para nosotros fue siempre manso, condescendiente y suave”. Entre sus virtudes se alaba la dedicación que ponía en la oración y muy especialmente su devoción al Santo Rosario. “Murió en el convento de la Purísima Concepción de Zacatecas, después de haber recibido con singular devoción los Santos Sacramentos en 1804”.

Estos son los datos sucintos del primer franciscano chihuahuense, de quien en su tiempo se alabaron sus virtudes y vida ejemplar, dejó honda huella a pesar de ser desconocido para los actuales pobladores de los lugares donde pasó. En nuestra investigación no pudimos encontrar su sepulcro u otros datos más que los de la Crónica debido a que a mediados del siglo XIX los franciscanos fueron victimas de persecución durante la guerra de Reforma, sus propiedades incautados o destruidas y gran parte de su antiguo archivo histórico expoliado o robado. Queda pues en la memoria el paso de Fray Mariano Toribio Jáquez, hihuahuense, santo, misionero y promotor de la justicia social. No tiene causa de beatificación y solo el recuerdo y los testimonios históricos de la época dan fe de sus virtudes.

Poncho

Bibliografía:
– Márquez T., Zacarías (2004) “Las misiones coloniales de Chihuahua”.
– Ramos G., José A. (2015) “San Pablo de Meoqui, apuntes para la historia de un pueblo y su templo”.
– Vázquez L. Dizán (2011) Misiones franciscanas en Chihuahua.

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Santa María Francisca de las Cinco Llagas

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Pintura de la Santa.

Pintura de la Santa.

Algunos meses antes de su nacimiento, San Francisco de Jerónimo y San Juan José de la Cruz predijeron su santidad. ¿Por qué digo esto? Porque su madre, Bárbara Basinsi, aun estando encinta era maltratada por su esposo y a consecuencia de la congoja que le producía este maltrato tuvo una serie de sueños espantosos. Buscando consuelo acudió al franciscano Juan José de la Cruz y al jesuita Francisco de Jerónimo y ambos la reconfortaron y le profetizaron que la criatura que llevaba en su vientre llegaría a ser santa.

Su nombre de pila era Ana María Rosa Nicolasa y nació en Nápoles el día 25 de marzo del año 1715, siendo hija de Francisco Gallo y de Bárbara Basinsi, que eran comerciantes de artículos de mercería. La familia vivía en el llamado “barrio español”, el cual tenía muy mala reputación ya que, después de la ocupación española, allí construyeron sus casas y chabolas quienes no tenían derecho a construir dentro de la ciudad y esto atrajo a una población muy dada a la promiscuidad y a todo tipo de actividades delictivas. Pero ese ambiente, que sí influyó en su padre, no marcó a la niña, a la que su padre hacía trabajar de sol a sol en un taller de hilados, sino que desde muy pequeña comenzó a sentir un interés especial por recibir la Primera Comunión, cosa que hizo con solo siete años de edad. Su madre y su párroco la prepararon pero ella misma, se convirtió en catequista un año más tarde, con solo ocho años de edad.

Un día, dando catequesis a unos niños que se preparaban para comulgar, de pronto se quedó callada y digiriéndose a un niño le dijo: “Josecito, corre a tu casa que tu madre te necesita; vete enseguida”. El niño le hizo caso y al llegar corriendo a su casa se encontró con que a su madre le había dado un ataque y al caerse al suelo, una lámpara encendida que llevaba en las manos, cayó sobre unos trapos y se estaba iniciando un incendio. El niño pudo apagarlo y salvar a su madre. La noticia se corrió por el barrio como un verdadero milagro, pues dado el hacinamiento y estrechez de la calle, si se hubiese producido el incendio no hubiera podido entrar el camión de los bomberos para apagarlo.

Utensilios utilizados por la santa, que se encuentran en su santuario de Nápoles.

Utensilios utilizados por la santa, que se encuentran en su santuario de Nápoles.

Muy pronto mostró tanta piedad y práctica todas las virtudes cristianas que sus vecinos comenzaron a llamarla la “santarella” (la pequeña santa). Decidida a consagrarse a Dios, se puso en contra de su padre que le proponía un ventajoso matrimonio; este entró en cólera, le dio una tremenda paliza y la encerró durante varios días sin darle de comer, pero ella se mantuvo en sus treces y no consintió en contraer matrimonio. Hay que decir que en esto le ayudó su madre, la cual recurrió a un fraile franciscano que convenció a su padre para que libremente, ella decidiera qué rumbo darle a su vida. Ella decidió hacerse terciaria franciscana bajo la regla y la dirección de los padres de la reforma de San Pedro de Alcántara, los cuales habían encontrado un verdadero apoyo en San Juan José de la Cruz que vivía en el convento de Santa Lucía al Monte.

Con apenas dieciséis años de edad, el día 8 de septiembre del 1731, siendo una muchacha muy frágil a consecuencia de la brutalidad de su padre y de las penitencias a las que se sometía de manera voluntaria, vistió el hábito alcantarino pronunciando los votos prescritos por la Orden Tercera y cambiando su nombre de bautismo por el de María Francisca de las Cinco Llagas de Nuestro Señor Jesucristo.

Fresco representando la muerte de la Santa. Santuario en Nápoles.

Fresco representando la muerte de la Santa. Santuario en Nápoles.

Si bien estaba en el mundo, no vivía enclaustrada en ningún convento sino en su propia casa, observaba estrictamente la severa regla alcantarina, sometiéndose a continuos ayunos, a noches en vela, flagelaciones y cilicios. No le faltaron pruebas ni contratiempos de ningún tipo, como tentaciones, persecuciones por parte de algunos vecinos e incluso calumnias por parte de algunos varones que vivían cercanos a ella. Se cuenta que en cierta ocasión sufrió una tentación en la que se le apareció el demonio en forma de perro rabioso, pero ella hizo la señal de la cruz y el demonio salió huyendo. Este consejo se lo había dado su propio crucifijo: “Cuando te asalten los ataques del enemigo del alma, haz la señal de la cruz y además de invocar a las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad, di varias veces Jesús, José y María”. Y eso hizo en más de una ocasión.

En cierta manera, en estos sufrimientos también contribuyó su padre, que al tener conocimiento de que su hija, a veces, predecía el futuro, quiso aprovecharse de esta circunstancia para hacer negocios y conseguir dinero. También le propuso que echara la suerte a los demás y que cobrara por ello. Ella se negaba, diciendo que no era adivina, pero él le respondía: “No eres adivina, pero como eres una santa, conseguirás que Dios te comunique el futuro de la gente”. Ella se empeñaba en convencer a su padre de que tampoco era una santa y que nunca negociaría metiendo a la religión por medio. La respuesta del padre siempre era la misma: palizas a la hija y a su madre, que se metía por medio en su defensa. Esto llegó a conocimientos del obispo, quién denunció a Francisco Gallo, consiguiendo que un juez dictaminara que si en adelante volvía a pegar a su familia, sería castigado. Sólo esto, el miedo, aplacó al padre.

Escultura que contiene las reliquias de la santa. Santuario en Nápoles.

Escultura que contiene las reliquias de la santa. Santuario en Nápoles.

Cuando murió su madre, ella comprendió que, dado el violento temperamento de su padre, lo mejor era que ella se fuera de casa. Fue acogida por un sacerdote llamado Juan Pessiri y en su casa permaneció como ama de llaves los casi cuarenta años que aún le quedaron de vida.

El cardenal arzobispo José Spinelli, a fin de poner a pruebas sus virtudes, la confió por espacio de siete años a la dirección espiritual del párroco Montillo, sacerdote que siempre mantuvo posiciones jansenistas. Ella se sometió dócilmente, pero sin abandonar sus prácticas devotas sobre la Pasión de Cristo y su amor a la Virgen, dedicándose a difundir su devoción y su culto bajo el título de la “Divina Pastora”.

Como he dicho, se vio favorecida con varios carismas sobrenaturales, como los dones de profecías y de visiones y en numerosas ocasiones fue encontrada levitando, en éxtasis. En este sentido existen numerosos hechos perfectamente documentados, como por ejemplo que en tres ocasiones, al acercarse a comulgar, la Sagrada Forma salió volando posándose en su boca o que en la Navidad del año 1741, el Niño Jesús le habló diciéndole: “Quiero que seas mi esposa para siempre”. Esto es lo que ha venido en denominarse como los “desposorios místicos”, que les han ocurrido a varias santas y ella quedó tan emocionada, fue tal la impresión, que se quedó ciega por espacio de veinticuatro horas.

Escultura que contiene las reliquias de la santa. Santuario en Nápoles.

Escultura que contiene las reliquias de la santa. Santuario en Nápoles.

Gozó de la familiaridad de algunos santos de su época, como la Venerable Magdalena Sterlicco y San Francisco Javier María Bianchi, a quién le dijo que se le aparecería tres días antes de su muerte – cosa que hizo -, profetizándole también que sería canonizado. Llevó en su cuerpo los estigmas de la Pasión en las manos, los pies y el costado. Esto, unido a su débil salud, hizo que tuviera momentos en los que sufría físicamente de manera espantosa, sufrimiento que ella ofrecía por la conversión de los pecadores, consiguiéndolo al menos en uno de ellos: su padre.

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Profetizó la Revolución Francesa. Anunció que iban a llegar terribles sufrimientos a la iglesia en Francia, que ocasionarían la muerte de muchísimos cristianos y le pidió a Dios que no permitiera que ella presenciara esos desastres. “A veces, lo único que veo son desastres en el presente y desastres aun mayores en el porvenir. Pido a Dios que no permita que los presencie”. Y de hecho murió cuando la Revolución estaba comenzando. Falleció el día 6 de octubre del año 1791, con setenta y seis años de edad. A su funeral asistió una gran muchedumbre de personas que a toda costa querían llevarse una reliquia de la santa. Fue sepultada en la iglesia de Santa Lucia al Monte. Actualmente se encuentra en su santuario.

Escultura de la santa que se encuentra en el convento de Santa Clara, en Nápoles.

Escultura de la santa que se encuentra en el convento de Santa Clara, en Nápoles.

En Nápoles se considera milagroso que su barrio sobreviviera, fuese preservado durante los fortísimos bombardeos que sufrió la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial. También en su ciudad hay una curiosa costumbre y es que en la capilla donde reposan sus restos, hay una silla donde van a sentarse todas las mujeres que tienen deseos de quedar embarazadas.

Fue beatificada por el Papa Gregorio XVI el 12 de noviembre del año 1843 y canonizada por el Beato Papa Pío IX, el 29 de junio del 1867. Es muy venerada en la ciudad de Nápoles, donde entorno a la casa donde vivía se erigió un pequeño santuario y un instituto de hermanas terciarias franciscanas. Su fiesta se celebra en el día de hoy.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Adami, M.P., “Santa Maria delle Piaghe”, Bari, 1957
– Laviosa, B., “Vita Della B. Maria Francesca”, Nápoles, 1864
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, tomo VIII”, Città Nuova Editrice, Roma, 1988.

Enlace consultado (28/08/2015):
– www.santuariosantamariafrancesca.it

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Junípero Serra, fraile franciscano

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Reproducción del original de un retrato del Santo que le localiza en el Convento de Santa Cruz de Querétaro.

Reproducción del original de un retrato del Santo que le localiza en el Convento de Santa Cruz de Querétaro.

Hoy, día de su canonización, quiero escribir sobre uno de los más grandes misioneros españoles, San Junípero Serra, gloria de la Orden Franciscana y de la Iglesia Universal. Natural de Petra (Mallorca), nació el 24 de noviembre del año 1713, siendo hijo de Antonio Serra y de Margarita Ferrer, quienes lo bautizaron el mismo día de su nacimiento imponiéndole el nombre de Miguel José. De joven frecuentó la escuela anexa al convento franciscano de San Bernardino en Petra, compaginando la escuela con la ayuda a sus padres en las labores del campo.

Queriendo consagrar su vida a Dios se marchó a Palma de Mallorca y el 14 de septiembre del 1730, vistió el hábito franciscano en el convento de Santa María de los Ángeles. Terminado el año de noviciado, el 15 de septiembre de 1731 hizo la profesión religiosa cambiando su nombre de pila por el de Junípero, el amable compañero de San Francisco de Asís al que admiraba por su simplicidad. Con dieciocho años de edad ingresó en el centro de estudios de la provincia franciscana de Baleares, concretamente en el convento de San Francisco en Palma de Mallorca, donde superó de manera brillante los tres años de estudios filosóficos y posteriormente los teológicos, los cuales terminó en el 1737. Cinco años más tarde se doctoró en Sagrada Teología.

Recibió el diaconado en el mes de marzo del año 1736, pero aunque se ordenó de sacerdote en 1737, no se sabe la fecha exacta ni el lugar de la ordenación. El 19 de marzo de 1738 consiguió el permiso para predicar y el 21 de febrero del año siguiente, la autorización para confesar. Entre los años 1740 y 1743 fue profesor de filosofía y a partir del 1744 y por espacio de cinco años, de teología en la Universidad del Beato Lluch en Palma. Supo unir un gran celo apostólico a los estudios y a sus trabajos como enseñante, e intentaba tratar a todos de manera exquisita, con una afabilidad muy comprensiva. Fue muy admirado por su sabiduría y por sus dotes oratorias, lo que hizo que estuviese predicando por toda la isla de Mallorca, consiguiendo muchas conversiones, especialmente durante las predicaciones cuaresmales.

Retablo de la Misión de San Juan de Capistrano.

Retablo de la Misión de San Juan de Capistrano.

A finales del año 1748 sintió una llamada interior que le impulsaba a marchar a tierras de misión. Cuando cumplió los treinta y cinco años de edad no dudó en tomar esa importante decisión, la cual había mantenido en secreto hasta que un discípulo suyo, llamado Francisco Palóu, le confió que tenía la misma vocación misionera; así que después de predicar la Cuaresma en su localidad natal, el 8 de abril del año 1749 se despidió de sus ancianos padres y de sus familiares sin decirles absolutamente nada sobre su inminente marcha hacia el continente americano. No se atrevió a decírselo pero encargó a un fraile amigo suyo para que lo hiciera: “Yo quisiera poder infundirles la gran alegría que llena mi corazón y, si lo hiciera, seguro que ellos me instarían a seguir adelante y a no retroceder nunca”. En realidad ese fue su lema: “Siempre para adelante, nunca para atrás”.

El 13 de abril se despidió de los frailes de su comunidad de San Francisco en Palma de Mallorca y junto con Francisco Palóu zarpó hasta Málaga y de allí, a Cádiz. El 18 de octubre, su nave levó ancla rumbo a San Juan de Puerto Rico, llegando el 7 de diciembre de 1749 a Veracruz. Desde allí, prosiguió su camino a pie hasta la ciudad de México, donde en la mañana del 1 de enero de 1750, fue amablemente acogido por los franciscanos del colegio apostólico de San Fernando, situado en los alrededores de la capital mexicana.

Durante cinco meses se estuvo preparando para desarrollar su actividad misionera entre los indios, pasados los cuales, se puso en camino hacia Sierra Gorda en compañía de Palóu, llegando a Jalpán el 16 de junio. Un joven indígena le enseñó la lengua Pame, tras lo cual, comenzó a predicar a los nativos en su propia lengua, a la cual tradujo también el catecismo y las oraciones más habituales, aunque sin dejar nunca de lado la educación propiamente dicha y la enseñanza de determinados métodos de cultivo más eficaces y la forma de domesticar a los animales que se criaban para la alimentación o para el transporte. De esta manera, ganándose a los nativos, pudo iniciar la construcción de una iglesia de piedra, de estilo barroco, que aún al día de hoy llama la atención y que sirvió de modelo para la construcción de otras cuatro en las restantes misiones.

Escultura del Santo frente a la iglesia de San Francisco de Asís, Palma de Mallorca (España).

Escultura del Santo frente a la iglesia de San Francisco de Asís, Palma de Mallorca (España).

A mediados del año 1751 se vio obligado a aceptar la presidencia de las cinco misiones de la Sierra. En septiembre del año siguiente marchó a la ciudad de México siendo nombrado comisario de la Inquisición para la Nueva España, pero en la práctica, no la ejerció. A mediados de 1754 renunció a la responsabilidad de presidir las misiones y, junto con Palóu, continuó desarrollando su apostolado en Jalpán, donde estuvo hasta finales del año 1758.

Por orden de sus superiores tuvo que dejar las misiones para trasladarse a Texas a fin de reconstruir la misión de San Sabas que había sido destruida por los indios apaches, aunque tuvo que abandonar este proyecto pues las autoridades españolas lo consideraron de alto riesgo. Entonces marchó de nuevo al colegio apostólico de San Fernando donde desempeñó el oficio de maestro de novicios entre los años 1761 al 1764. Al mismo tiempo, entre 1758 y 1767, a pesar de su edad y tener un pie herido, recorrió casi cuatro mil quinientos kilómetros predicando misiones populares por diversas diócesis mexicanas. He dicho que tenía un pie herido y esto se le produjo porque al llegar a México le picó un insecto en un pie, picazón que le produjo una gran hinchazón y una úlcera en la pierna que hicieron que prácticamente quedara cojo para el resto de su vida.

Cuando en el mes de junio de 1767 los jesuitas fueron expulsados de todas las posesiones españolas, las misiones de la Baja California fueron asignadas a los frailes franciscanos del colegio San Fernando. A él lo nombraron superior de las mismas y el 16 de julio marchó hacia allí con catorce compañeros llegando a Baja California a principios de abril del año siguiente. Después de estar durante dos años evangelizando aquella península, el 16 de julio del 1769 fundó la primera misión de San Diego de Alcalá. Entonces, marchando hacia la Alta California fue fundando una serie de misiones: San Carlos de Monterey (el Carmelo) el 3 de junio de 1770, San Antonio de Padua el 14 de julio de 1771, San Gabriel el 8 de septiembre del mismo año, San Luís obispo el 1 de septiembre de 1772… y así, hasta nueve misiones a lo largo de toda su vida.

Cenotafio en la Misión del Carmel, Monterrey.

Cenotafio en la Misión del Carmel, Monterrey.

Para defender los derechos de sus gentes tuvo que afrontar con firmeza el mal comportamiento de un comandante español y teniendo en cuenta los contratiempos que le fueron surgiendo, al no poder superarlos, decidió volver a México. A pesar de sus sesenta años de edad, su enfermedad y la distancia de dos mil kilómetros, el 6 de febrero de 1773 llegó al colegio de San Fernando, permaneciendo allí unos meses, viviendo como un fraile más y siendo modelo y ejemplo de conducta para todos los hermanos. Estando en el convento le escribió una carta a un sobrino sacerdote en la que le decía: “En California está mi vida y allí, si Dios quiere, espero morir”. El 13 de marzo de 1774 volvió a la misión de San Diego y el 27 del mismo mes, a la de San Gabriel. A primeros de mayo sintió la necesidad de tener un cierto período de descanso, permaneciendo tranquilo, descansando en el Carmelo (la misión de San Carlos Borromeo en Monterey) mientras otros frailes llevaban a cabo la evangelización de California.

En 1775 quiso dirigir personalmente los trabajos de reconstrucción de la misión de San Diego, que había sido incendiada por unos indios. Cuando el indio cabecilla de los rebeldes fue capturado, fray Junípero escribió al Virrey pidiéndole que le perdonara la vida y así, todos los que fueron capturados, fueron perdonados: “En el caso de que los indios, tanto paganos como cristianos, quisieran matarme, deberían ser perdonados, pues debe darse a entender al asesino, después de un leve castigo, que ha sido perdonado y haciendo esto, cumpliremos la ley cristiana que nos manda perdonar las injurias y no buscar la muerte del pecador, sino su salvación eterna”. Y como sentía la necesidad imperiosa de seguir trabajando, fundó la misión de San Francisco de Asís el 1 de agosto de 1776, la de San Juan de Capistrano el 1 de noviembre del mismo año y la de Santa Clara de Asís el 7 de enero de 1777. Retornó al Carmelo poco después de que Felipe de Neves se instalase en Monterey, ciudad que fue elevada al rango de capital de California en febrero de ese mismo año y desde finales de septiembre al 11 de octubre visitó las misiones de Santa Clara y San Francisco.

Tumba en la Misión del Carmel, Monterrey.

Tumba en la Misión del Carmel, Monterrey.

A mediados de 1778 recibió un Breve Pontificio mediante el cual el Papa Clemente XIV, ante la falta de obispos, la concedía la facultad para que durante diez años pudiese administrar el sacramento de la Confirmación y entre el 25 de agosto y el 23 de diciembre, en solo cuatro meses, administró este sacramento a mil ochocientos noventa y siete personas de las misiones de San Diego, San Juan de Capistrano, San Gabriel, San Luís y San Antonio. Durante esos diez años, llegó a confirmar a cinco mil trescientos nueve bautizados.

Se enfrentó con gran coraje al gobernador que quiso suprimir los suministros alimenticios a las misiones fundadas después del 1773. La situación fue mejorando tanto que, en el canal de Santa Bárbara – el área más densamente poblada de toda California -, fundó la misión de San Buenaventura el día 31 de marzo de 1782, siendo la última misión que llegó a fundar en aquellos territorios. El 18 de marzo, terriblemente cansado, agotado volvió al Carmelo.

En el transcurso de quince años, entre 1767 y 1782, “el viejo” (como así le llamaban los indios) desarrolló un intensísimo trabajo de evangelización, fundó nueve misiones, de las cuales derivaron los nombres de importantísimas ciudades californianas, como San Francisco, los Ángeles (allí estaba la misión de San Gabriel), San Diego, etc. Desde los cincuenta y seis hasta los setenta años de edad, cojeando, se recorrió a pie y a caballo, más de cinco mil cuatrocientas millas (unos ocho mil ochocientos noventa kilómetros), soportando en sus viajes unas condiciones infrahumanas y varias enfermedades.

En el mes de julio del 1784 se retiró a la tranquilidad del Carmelo con su compañero Francisco Palóu, con el cual, durante todos esos años, había compartido tantas alegrías y tantos pesares y quién después de muerto el santo, escribió su vida. En las cercanías de Monterey, murió confortado con los últimos sacramentos el día 28 de agosto del año 1784, siendo sepultado en la iglesia de la misión de San Carlos Borromeo, la cual había hecho las veces de su cuartel general. Los indios y los soldados españoles lloraron su muerte y muchos se llevaron como recuerdo, trozos de su hábito o medallas y rosarios con los que tocaron su cuerpo.

Cenotafio en la Misión del Carmel, Monterrey.

Cenotafio en la Misión del Carmel, Monterrey.

Poco después de su muerte, el padre guardián del colegio de San Fernando le escribía al provincial de los franciscanos de Mallorca en estos términos: “Murió como un justo, en tales circunstancias que todos los que estaban presentes derramaban tiernas lágrimas y pensaban que su bendita alma subió inmediatamente al cielo a recibir la recompensa de su intensa e ininterrumpida labor de treinta y cuatro años, sostenido por nuestro amado Jesús, al que siempre tenía en su mente, sufriendo aquellos inexplicables tormentos por nuestra redención. Fue tan grande la caridad que manifestaba, que causaba admiración no solo en la gente ordinaria, sino también en personas de alta posición, proclamando todos que ese hombre era un santo y sus obras eran las de un apóstol”.

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Considerado como el padre de los indios, fue honrado como un héroe nacional y desde el 1 de marzo del 1931 una escultura suya se encuentra en la sala del Congreso de Washington, representando al Estado de California. Incluso la cima de la cadena montañosa de Santa Lucia en California, lleva su nombre.

Su Causa de beatificación se inició en el año 1949 mediante un proceso informativo instruido en la diócesis de Monterey-Fresno. La heroicidad de sus virtudes fue reconocida mediante decreto fechado el 9 de mayo del 1985 y el decreto previo a la beatificación fue promulgado el 11 de diciembre de 1987. Fue beatificado por San Juan Pablo II el 25 de septiembre del año 1988 y su canonización fue confirmada por el Papa Francisco el día 5 de mayo de este año. Hoy es canonizado por el Santo Padre en la Basílica de la Inmaculada Concepción de Washington (Estados Unidos).

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Cavalleri, O., “Bibliotheca sanctórum, apéndice I”, Città Nuova Editrice, 1987
– Palóu, F., “Relación histórica de la vida y tareas apostólicas del venerable padre fray Junípero Serra”, Ciudad de México, 1787.
– Piette, M., “El secreto de Junípero Serra, fundador de la Nueva California”, Washington, 1949.
Possitio de la Causa de Canonización.

Enlaces consultados (20/08/2015):
– www.franciscanos.org/santoral/junipero.html
– https://es.wikipedia.org/wiki/Jun%C3%ADpero_Serra

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Mártires franciscanos del Perené

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Martirio de los franciscanos.

Martirio de los franciscanos.

Pregunta: ¿Me podríais facilitar alguna información sobre los llamados mártires del Perené? Muchas gracias desde Perú.

Respuesta: Lo hacemos con mucho gusto suponiendo que te estás refiriendo a los primeros mártires del Vicariato de San Ramón, en Perú, los frailes franciscanos Jerónimo Jiménez y Cristóbal Larios, martirizados en el año 1637. Por lo que yo se, estos dos franciscanos no tienen aun abierta ninguna Causa de beatificación, aunque son conocidos como tu mismo los has mencionado. Si algún lector tuviese alguna noticia a este respecto, le agradecería nos la comunicase.

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Fray Jerónimo Jiménez era natural de Lima y desde su convento limeño, donde vivía como hermano lego, se marchó a las Pampas de Junín por caminos desconocidos, atravesó los valles de Huancabamba y Chorobamba llegando al Cerro de la Sal que era un lugar al que acudían los indígenas para proveerse de esta materia prima. Como su intención era evangelizarlos, fundó allí una misión y marchó posteriormente al valle de Chanchamayo. En aquella zona, en las cercanías del río Perené fue martirizado a flechazos junto con su compañero, el sacerdote fray Cristóbal Larios, que también era peruano. Pero basándonos en el libro “Historia de las Misiones Franciscanas en el Oriente del Perú” de Sáiz e Izaguirre, editado en Lima en el año 2002, intentaremos explicar brevemente que es lo que realmente ocurrió.

Los indios de Quirimi estaban gobernados por el cacique Andrés Zampati, el cual había recibido el bautismo. Con el permiso de éste, fray Jerónimo Jiménez erigió una iglesia en honor de San Buenaventura, en la cual daba catequesis en la lengua campa, que previamente había aprendido de los propios nativos. Las relaciones eran buenas hasta el punto de que los propios indios le procuraban los alimentos e incluso diariamente les pedían su bendición antes de marchar al trabajo. Pero el cacique, que además de ostentar el poder en Quirimi lo ejercía también en Nijandáris y en el Perené, se fue alejando de la moral cristiana dando riendas sueltas a sus pasiones hasta el punto de amancebarse con tres mujeres. Fray Jerónimo le recriminaba su conducta diciéndole que como buen cristiano solo podía convivir con una sola mujer; Zampati, de mala gana, le hizo caso y se fue a vivir solo con una, aunque el cariño que al principio le tuvo al misionero, poco a poco, se fue tornando en ansias de venganza.

Fray Jerónimo no se acobardó y como veía que los indios aceptaban de buen grado la religión cristiana, escribió al padre Cristóbal Larios, al que conocía y que estaba en el convento de Huánuco, para que se fuera con él y le echara una mano en su labor evangelizadora. El padre Cristóbal accedió, se fue con fray Jerónimo y ambos se repartieron el trabajo: el padre oficiaba la Misa y administraba los sacramentos mientras que el hermano lego se dedicaba a la catequesis.

Martirio de los franciscanos.

Martirio de los franciscanos.

La labor de los dos misioneros molestaba cada vez más a Andrés Zampati, quién con la intención de acabar con ellos, urdió una estratagema que parecía bienintencionada. Insinuó a los frailes que fueran a convertir a los indios Antis – de los cuales también era el cacique -, que habitaban a ambas orillas del río Perené hasta su confluencia con el río Pangoa, diciéndoles que con su apoyo allí también podrían levantar iglesias, catequizar y bautizar. Los frailes fueron advertidos por un cristiano de Quimiri, pero creyeron a Zampati y se pusieron en camino. Antes de llegar a su destino, descubrieron las emboscadas que les había preparado Zampati y aunque no lo denunciaron para no comprometer al cristiano que les había advertido, disimularon motivos de prudencia y volvieron a Quimiri donde se encontraban más protegidos por los nativos.

Así estaban las cosas cuando llegó a Quimiri una compañía de treinta soldados españoles acompañando al dominico fray Tomás de Chávez. Cuando los indios vieron por primera vez las armas de fuego que llevaban los soldados, no solo quedaron sorprendidos sino que se aterrorizaron, lo cual le vino muy bien al cacique Zampati para, engañando a los frailes, intentar montar un motín indígena contra los soldados y, de paso, deshacerse de los misioneros. Y puso en marcha su nuevo plan: convenciendo al padre Chávez, le facilitó balsas para que subiera por el Perené acompañado por los dos franciscanos quienes les allanarían el camino de la evangelización pues conocían a los nativos y hablaban su lengua.

Por caridad y compañerismo hacia el padre dominico a fin de no dejarlo solo, los frailes franciscanos aceptaron acompañarlo y cayeron de nuevo en la trampa. Organizaron dos grupos: uno iría por el río y el otro bordeándolo recorriendo las cincuenta leguas que separaban ambos puntos. Por el río irían el cacique Andrés, su mujer, cinco soldados españoles, el padre dominico y fray Jerónimo. El padre Cristóbal iría por tierra en el otro grupo. Cuando llevaban algo menos de dos días de navegación, el padre dominico enfermó gravemente, tuvo que bajar a tierra y ser de nuevo acompañado hacia Quimiri. De esta manera, no solo se libró de la matanza, sino que ni siquiera se enteró.

Cuando el grupo de fray Jerónimo llegó al lugar denominado Las Cañadas, en el cual se forman grandes turbulencias en el río, fueron atacados por arqueros con flechas que estaban apostados en unos estratégicos lugares, donde no eran vistos pero que eran conocidos por el cacique que momentos antes, se había tirado al río y a nado llegó a la orilla. Todos los soldados españoles murieron salvo un joven de menos de veinte años.

Cuando el cacique llegó a tierra se dio cuenta de que los indios atacaban a los soldados pero no tiraban contra fray Jerónimo. Esto lo irritó sobremanera y ordenó que le dispararan. La mujer del cacique le rogó que no lo hiciera, pero Zampati, enfurecido, golpeó a su propia mujer tirándola al suelo y ordenó de nuevo matar al fraile. Tanto era el cariño que los nativos le tenían a fray Jerónimo que se negaron a acatar las órdenes del cacique diciéndole que ya habían matado a los soldados, quienes podrían ser sus verdaderos enemigos, mientras que el fraile era inofensivo y bueno y no tenían por qué matarle. El cacique cada vez más irritado, ordenó que lo mataran y dos indios obedecieron dándole dos flechazos en el pecho, pero no en el corazón.

Fray Jerónimo Jiménez, herido, se puso de rodillas encima de la balsa y cogiendo entre sus manos una cruz que llevaba encima, bendijo a quienes lo habían asaeteado y levantando los ojos al cielo, se puso a rezar cayendo medio muerto sobre la balsa. Los indígenas se negaron a seguir disparándole y el propio Zampati se echó al agua y al llegar a la balsa, quitó el hábito al fraile y lo remató con los remos. Era el 8 de diciembre del 1637.

Después de haber matado al hermano Jerónimo Jiménez, ordenó que buscaran al padre Cristóbal Larios y a los soldados que lo acompañaban. Les montaron una emboscada en una cuesta en la que no tenían escapatoria ya que tenían que subirla a gatas y allí empezaron a tirarles flechas. Hirieron al padre y aunque este les suplicó que no lo matasen, la respuesta fue una lluvia de flechas de manera que cayendo mortalmente herido, rodó cuesta abajo hasta llegar a los pies de Juan de Vargas Valdés, quién abandonándolo se echó a la fuga junto con otro soldado llamado Juan de Miranda. El cacique, le quitó los hábitos y los vasos sagrados al fraile y lo dejó abandonado en la selva. Era el 11 o el 12 de diciembre de 1637. Fue el propio Juan de Vargas quién posteriormente contó lo que había ocurrido.

Grosso modo eso es lo que ocurrió. Eran dos frailes santos que estaban realizando su labor evangélica en tierras peruanas, que murieron como mártires, que como tales son conocidos, pero de los cuales desconozco si tienen Causas abiertas.

Antonio Barrero

Bibliografía
– Izaguirre, B. y Sáiz, F., “Historia de las Misiones Franciscanas en el Oriente del Perú”, Lima, 2002.
– Tapia, A., “Historia de la parroquia de San Ramón”, San Ramón, 2014.

Enlace consultado (05/06/2015):
– http://peru-cristiano.blogspot.com.es

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