La estigmatización de San Francisco de Asís

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Lienzo de la Estigmatización, obra de Vicente Carducho (ca. 1576-1638). Hospital de San Francisco de Asís, Madrid (España).

Hoy, día en el que se conmemora la estigmatización de San Francisco de Asís, quiero escribir sobre este tema concreto, si bien, de estigmatizaciones ya hemos hablado en otras ocasiones: San Pío de Pietrelcina, Santa Rita de Cascia, Beata Ana Catalina Emmerick…). Aunque el hecho real ocurrió el día 14 de septiembre, como ese día conmemora la Iglesia la Exaltación de la Santa Cruz, la festividad se traslada al día de hoy que es cuando la celebra toda la gran Familia Franciscana.

Los estigmas de la Pasión de Cristo, han suscitado un interesante debate teológico desde que por primera vez en la historia de la Iglesia, San Francisco de Asís los recibiera en su propio cuerpo.
El padre Tito Paolo Zecca, profesor de teología pastoral de la Pontificia Universidad Lateranense, que ha investigado muchísimo sobre este tema y que es una de las primeras autoridades mundiales en la materia, hablando sobre la Sábana Santa y las personas que han recibido los estigmas, dice: “En el misterio de la resurrección de Jesús, los Evangelios muestran cómo no quedaron canceladas sus llagas. Los estigmas representan un signo de lo que sufrió Cristo durante su pasión y, por tanto, constituyen un dato teológico en el que hay que profundizar mucho más de lo que hemos hecho hasta ahora. En el Evangelio de San Juan, cuando Jesús entra en el Cenáculo estando las puertas cerradas y saluda a sus discípulos, les muestra los estigmas para identificarse. A Santo Tomás llega a decirle: “Mete tu dedo en mi costado”. La consternación de los apóstoles es también un hecho revelador de este misterio, que muestra la eficacia de la salvación de Cristo en la Cruz y permanece de manera particular en el signo de los estigmas, convirtiéndose en un dato distintivo de la eficacia redentora y salvadora de la fe”.

Este signo de unión con Cristo, se ha manifestado en muchos santos y beatos de la Iglesia Católica, siendo el primero y más famoso, el caso de San Francisco y el último reconocido, el de uno de sus hijos: San Pío de Pietrelcina. En San Francisco se da cuando parece que todos sus proyectos habían fracasado y cuando se encontraba más solo y abandonado que nunca. La estigmatización lo martiriza, pero lo reconforta y fortalece a su Orden. Era una experiencia de alegría y de dolor. Era una gracia inmensa, pero al mismo tiempo, un terrible sufrimiento para un hombre físicamente débil, debido a las privaciones y a las enfermedades.

Francisco, de joven, cuando estuvo prisionero en Perugia, contrajo la malaria aunque algunos estudiosos dicen que fue la tuberculosis y cuando se convirtió a Cristo, a causa de las privaciones y de la mala alimentación se le originó una úlcera gástrica que le acompañó durante toda la vida. Cuando vino a España en el año 1215, caminando a pie, perdió todas sus fuerzas a causa de una dispepsia gástrica agravada por unas fiebres intermitentes, que le originaron una afonía. En el año 1217, a causa de la malaria, cayo nuevamente enfermo y tuvo que ser hospitalizado por el obispo de Asís. Dos años más tarde, cuando se unió a la cruzada en Damieta fue cuando contrajo la enfermedad en los ojos (probablemente una conjuntivitis tracomatosa) y en la Cuaresma del Adviento del año 1222 empezó a padecer del hígado y del bazo, a consecuencia de la presencia de plasmodium.

"La perfecta alegría", óleo del pintor valenciano J.Benlliure en el Colegio de San Antonio de Carcaixent (Valencia). Retrata el momento en que el Santo explica al hermano León que llevar las cosas con paciencia por Cristo supone tener la perfecta alegría.

Pues a este Francisco, cuando tenía cuarenta y dos años de edad, después de haber llevado una vida de plena dedicación a su Orden, a la predicación por Italia y fuera de ella, al servicio de Dios, los pobres y la Iglesia, cuando solo le quedaban dos años de vida y su cuerpo estaba más débil por los ayunos y las diversas enfermedades que había padecido, estando en el monte de la Verna (Alvernia), en el valle del Casentino, en la mañana del día 14 de septiembre del año 1224, festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, mientras celebraba la llamada “Cuaresma de San Miguel”, ayunando y participando íntimamente en la contemplación de la Pasión de Cristo con quién estaba completamente identificado, se le apareció el mismísimo Cristo en forma de serafín alado y le gravó en sus pies, manos y costado los sagrados estigmas de la Pasión. Era el broche final, la culminación de la intensa vida espiritual y de la estrecha unión que siempre había existido entre Cristo y Francisco. Había recibido un don visible de una gracia invisible que él vivía con toda intensidad: Festividad de la Santa Cruz, Cristo crucificado y Francisco estigmatizado, todo, íntimamente unido. Testigo: el beato hermano León de Marignano, amigo, confesor y confidente de San Francisco.

Grabados con caracteres de sangre le aparecieron orificios visibles en las manos y en los pies, con forma de clavos de cabeza redonda, negruzco en las palmas de las manos y en el empeine de los pies y con punta doblada, remachada, en el dorso, así como una herida rosada y sanguinolenta en el costado. Era la primera vez que en la historia de la Iglesia Católica se realizaba el milagro de la estigmatización.
Este hecho milagroso está muy bien documentado, no sólo por los escritos del Beato Tomás de Celano y de San Buenaventura, sino por los numerosos testimonios anteriores y posteriores a la muerte del santo y por multitud de documentos de la propia Iglesia, el primero de los cuales fue la enérgica defensa que de este milagro hizo el mismísimo Papa Gregorio IX en el 1237 y otros Papas del mismo siglo XIII. La Iglesia lo reconoció oficial y litúrgicamente en repetidas ocasiones a lo largo de los siglos XIV al XVII.

Estigmatización del Santo. Fresco del pintor gótico Giotto di Bondone. Basílica de la Santa Croce de Florencia (Italia).

Francisco descendió del monte visiblemente transformado y muy dolorido y se marchó a Asís para continuar su doloroso calvario hasta el día de su muerte, cada vez más agotado y casi ciego. El Monte de la Verna fue su Monte Calvario y los dos años que le restaban de vida, fueron su Vía Dolorosa. Pero aun así, hecho un guiñapo humano, no le faltaron las fuerzas para continuar con su obra apostólica ni incluso sus visiones e inspiraciones que le llevaron a escribir en ese tiempo el hermoso “Cántico del hermano Sol”. Era cuidado por cuatro de sus primeros compañeros y entre ellos, el más íntimo, el hermano León que era el que le cambiaba las vendas empapadas en sangre y le ayudaba a mantener en secreto este prodigio.

En la corte papal de Rieti intentaron cauterizarle los ojos para curarle la ceguera, pero sin posibilidad de cura alguna, a través de Siena y Cortona, llegó de nuevo a Asís completamente extenuado. Lo hospitalizaron por espacio de dos meses en el palacio episcopal, dictó su testamento a los hermanos y solicitó lo llevaran a su queridísima iglesia de la Porciúncula, donde bendijo a sus frailes, le cantó a la hermana muerte corporal y puesto sobre la tierra y rezando el salmo 141, a las siete de la tarde del sábado 3 de octubre de 1226, voló directamente al Cielo.

Después de su muerte, fueron muchos los testigos que vieron sus llagas y así nos lo cuenta San Buenaventura: “Al emigrar de este mundo, el bienaventurado Francisco dejó impresas en su cuerpo las señales de la pasión de Cristo. Se veían en aquellos dichosos miembros unos clavos de su misma carne, fabricados maravillosamente por el poder divino y tan connaturales a ella, que, si se les presionaba por una parte, al momento sobresalían por la otra, como si fueran nervios duros y de una sola pieza. Apareció también muy visible en su cuerpo la llaga del costado, semejante a la del costado herido del Salvador. El aspecto de los clavos era negro, parecido al hierro; mas la herida del costado era rojiza y formaba, por la contracción de la carne, una especie de círculo, presentándose a la vista como una rosa bellísima. El resto de su cuerpo, que antes, tanto por la enfermedad como por su modo natural de ser, era de color moreno, brillaba ahora con una blancura extraordinaria. Los miembros de su cuerpo se mostraban tan blandos y flexibles, que parecían haber vuelto a ser tiernos como los de la infancia. Tan pronto como se tuvo noticia del tránsito del bienaventurado Padre y se divulgó la fama del milagro de la estigmatización, el pueblo en masa acudió en seguida al lugar para ver con sus propios ojos aquel portento, que disipara toda duda de sus mentes y colmara de gozo sus corazones afectados por el dolor. Muchos ciudadanos de Asís fueron admitidos para contemplar y besar las sagradas llagas. Uno de ellos llamado Jerónimo, caballero culto y prudente además de famoso y célebre, como dudase de estas sagradas llagas, siendo incrédulo como Tomás, movió con mucho fervor y audacia los clavos y con sus propias manos tocó las manos, los pies y el costado del Santo en presencia de los hermanos y de otros ciudadanos; y resultó que, a medida que iba palpando aquellas señales auténticas de las llagas de Cristo, amputaba de su corazón y del corazón de todos la más leve herida de duda. Por lo cual desde entonces se convirtió, entre otros, en un testigo cualificado de esta verdad conocida con tanta certeza, y la confirmó bajo juramento poniendo las manos sobre los libros sagrados”.

Vista del Santuario en el monte de la Verna, lugar de la estigmatización de San Francisco.

Quiero terminar este pequeño artículo poniendo el himno de la Tercera Orden de San Francisco: “Las huellas del caudillo enamorado”:

Las huellas del caudillo enamorado, sigamos con fervor.
Vamos tras él, su voz ha resonado,
Tremolemos la insignia del amor.
Su sendero es de luz, fieles terciarios,
A Francisco seguid.
Honor y bendición al Padre Amante,
Honor y bendición al Serafín.

En redes amorosas te viste prisionero,
Amor fue su divisa, tu lema y tu ideal.
Incendios respirando, trazaste el fiel sendero,
Que muestra a los amantes, divino manantial.

Tu corazón ardiente a Dios ha cautivado
Y sus divinos ojos, con gozo en ti fijó,
Y al verte en tales llamas, dejástele hechizado,
Y con flamante dardo, tu cuerpo traspasó.

Divinamente herido te vieron los mortales,
Y fueron a pedirte lecciones de tu amor.
Inmensas muchedumbres siguiéronte leales,
Y a todas abrasaste con tu copioso ardor.

Tus ansias imitando seráficas legiones,
Luchando por el triunfo de Cristo y de su Cruz,
Iluminar queremos los pueblos y naciones,
Con célicos fulgores de salvadora luz.

Al cielo los hermanos no tienden la mirada,
Y en goces transitorios han puesto su afición.
Por eso hoy emprendemos seráfica cruzada,
Pidiéndote, ¡Oh Francisco!, amparo y protección.

Antonio Barrero

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San Francisco de Asís, fundador de la Orden de los Frailes Menores

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Óleo del Santo por el pintor italiano Francesco Albani, siglo XVII.

Es el santo patrono de Italia, es el santo por excelencia de los ecologistas por su amor a la Madre Naturaleza y es el pobre entre los pobres; vivió al límite la pobreza evangélica.

Nació en Asís (Perugia) en el año 1182, hijo de Pietro de Bernardone y Madonna Pica. Al bautizarlo le impusieron el nombre de Juan. Aprendió a leer y escribir y ayudaba a su padre que era comerciante; fue un joven alegre y algo despilfarrador pero que siempre mostró un enorme amor a los pobres.

Como consecuencia de una guerra comunal, fue hecho prisionero y estuvo un año en prisión en la ciudad de Perugia. Lo liberaron porque cayó enfermo y esto le cambió el ánimo, su forma de vida: se volvió piadoso, realizaba innumerables actos de caridad y peregrinó a Roma. Un día, en la iglesia de San Damiano, le habló el crucifijo diciéndole: “Repara mi iglesia que, como ves, está en ruina”. Él se dedicó a repararla, renunció a la herencia paterna y se cobijó bajo el amparo del obispo de Asís, Monseñor Guido II. Así llevó dos años llevando vida solitaria y eremítica. Restauró tres iglesias en su pueblo natal: San Damiano, San Pedro de la Espina y la Porciúncula y en el mes de abril del año 1208, viste el típico sayal franciscano junto con sus compañeros Bernardo de Quintavalle, Pedro Cattaneo, Gil de Asís y algún otro. Así nace la Orden de los Frailes Menores, la Primera Orden.

Dos años más tarde, en el año 1210 redactó la primera Regla de su Orden, regla que fue aprobada por el Papa Inocencio III y aunque se le insinuó que se ordenase de sacerdote, por humildad no quiso y sólo fue ordenado como diácono y así, desde 1209 a 1224 ejerció una intensísima vida apostólica.

En 1212 toma los hábitos su convecina Clara de Asís y funda junto con ella la Segunda Orden Franciscana (Clarisas). Un año más tarde marcha a Palestina y posteriormente intenta visitar España y Marruecos, aunque se lo impide una tempestad en alta mar.

Va nuevamente a Tierra Santa, Siria y Egipto y envía los primeros misioneros de la Orden a tierras musulmanas: los santos Berardo, Pedro, Acursio, Adjuto y Otón, martirizados en Marruecos en el año 1220 y los santos Daniel, León, Ángel, Nicolás, Samuel, Hugolino y Donnino martirizados en Ceuta el día 16 de enero del mismo año.

Restos del hábito del Santo, expuestos en su Basílica de Asís, Italia.

Ese mismo año, vuelve a Asís a fin de llevar el control del cumplimiento de la Regla de su Orden y redacta nuevamente la Regla, haciéndola aun más rígida (segunda redacción), Regla que es aprobada definitivamente por el Papa Honorio III el día 29 de noviembre de 1223, o sea, sólo tres años más tarde.
Como era un foco de atracción y se acercaban a él numerosas personas casadas y solteras que querían vivir el evangelio pero sin ingresar en la Orden, en el año 1221 fundó la Tercera Orden Seglar Franciscana. Son multitud las personas que le siguieron y siguen de una u otra manera, pero viviendo el auténtico espíritu del evangelio, “sin glosa”, como le gustaba a él decir.

Se dice que San Francisco de Asís es el primer belenista de la historia; a él se le atribuye la construcción del primer Belén viviente, cuando en la Navidad del año 1223 aceptó la invitación del señor feudal de Greccio y pensó celebrar la Natividad en una gruta escarpada.“Quiero adorar al Niño que ha nacido en Belén y ver con mis ojos las dificultades de su infancia necesitada, cómo reposaba en el pesebre y cómo, entre el buey y un asno, fue recostado en la paja”. Y así, aquella Nochebuena todos acudieron a la gruta con cirios y antorchas. Se celebró la Santa Misa; Francisco, como era diácono, cantó el Evangelio y así celebraron el primer Belén de la historia.

Las tres órdenes fundadas por Francisco han dado a la Iglesia más de mil santos y beatos canonizados o beatificados oficialmente y muchísimos más que reciben culto a nivel local, aunque aún están en marcha sus Causas para el reconocimiento del culto “ab inmemorabile”. En alguna otra ocasión escribiremos sobre algunos de ellos y, con pesar, tampoco hablaremos hoy de su compañera Santa Clara de Asís. De ella ya contestamos una pregunta que se nos hacía el día 23 de septiembre del año pasado.

Pero volvamos a tratar sobre San Francisco, que es el Santo a quien dedicamos este artículo, artículo que he resumido al máximo pues de lo contrario tendría que haberlo dividido en varias partes; sabéis que es mi santo protector, al que tengo una especial devoción y un especial cariño.

Vista de los restos del esqueleto del Santo, expuestos tras su último reconocimiento en su Basílica de Asís, Italia.

Se le ha llamado y llama “el serafín” porque llevó en su cuerpo los estigmas de la Pasión de Cristo. El día 14 de septiembre del año 1224, festividad de la Santa Cruz, Francisco, extremadamente débil, se encontraba en oración en el Monte de la Verna. Estando en éxtasis, se le apareció un serafín alado que le hirió gravemente las manos, pies y costado reproduciendo en su cuerpo las llagas de Cristo. Él quedó marcado para toda su vida. Regresó a Asís, visiblemente dolorido y ya no levantó cabeza pasando un doloroso calvario hasta el día de su muerte. Incluso se le dañaron los ojos quedando casi ciego.

Aun así, en estas circunstancias, en el año 1225 compuso el hermoso “Canto del Hermano Sol”:

“Altísimo, omnipotente, buen Señor, tuyas son las alabanzas, la gloria, el honor y toda bendición.
A ti solo, Altísimo, corresponden y ningún hombre es digno de hacer de ti mención.
Loado seas, mi Señor, por todas tus criaturas, especialmente el señor hermano sol, el cual es día y por el cual nos alumbras.
Y él es bello y radiante con gran esplendor; de ti, Altísimo, lleva significación.
Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas; en el cielo las has formado luminosas, preciosas y bellas.
Loado seas, mi Señor, por el hermano viento y por el aire y el nublado y el sereno y todo tiempo, por el cual a tus criaturas das sustento.
Loado seas, mi Señor, por la hermana agua, la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta.
Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego, por el cual alumbras la noche y él es bello y alegre y robusto y fuerte.
Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra, la cual nos sustenta y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.
Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor y soportan enfermedad y tribulación.
Bienaventurados aquellos que las soporten en paz porque por Ti, Altísimo, coronados serán.
Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual, ningún hombre viviente puede escapar.
¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!: bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad, porque la muerte segunda no les hará mal.
Load y bendecid a mi Señor y dadle gracias y servidle con gran humildad”.

Vista de la tumba del Santo en su Basílica de Asís, Italia.

Murió la tarde del sábado día 3 de octubre del año 1226 con sólo cuarenta y cinco años de edad cantando el salmo 141:

“Voce mea ad Dominum clamo, voce mea ad Dominum deprecor.
Effundo in conspectu eius lamentationem meam, et tribulationem meam ante ipsum pronuntio.
Cum deficit in me spiritus meus, tu nosti semitas meas.
In via, qua ambulabam, absconderunt laqueum mihi.
Considerabam ad dexteram et videbam, et non erat qui cognosceret me.
Periit fuga a me, et non est qui requirat animam meam. – Clamavi ad te, Domine;
dixi: “Tu es refugium meum, portio mea in terra viventium.
Intende ad deprecationem meam, quia humiliatus sum nimis.
Libera me a persequentibus me, quia confortati sunt super me.
Educ de custodia animam meam ad confitendum nomini tuo; me circumdabunt iusti, cum retribueris mihi”.

Fue canonizado por el Papa Gregorio IX, dos años después de su muerte, en la ciudad de Asís, el día 16 de julio del año 1228. En el año 1230 sus restos fueron trasladados a la basílica construida en su honor en su ciudad natal y allí permanecen.

Antonio Barrero

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