Beato Francisco Javier Seelos, misionero redentorista

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Lienzo realizado a partir de la fotografía del Beato. Parroquia de Füssen, Alemania.

La historia del misionero Francisco Javier Seelos, que murió de fiebre amarilla en Nueva Orleans, Estados Unidos, a los 48 años de edad, comienza en un pequeño y pintoresco pueblo de los Alpes alemanes: Füssen. Hasta comienzos del siglo XX era un lugar importante porque allí pasaba una de las vías de comunicación entre el norte de Europa e Italia.

Francisco Javier nació el 11 de enero de 1819, era el sexto hijo de una pareja simpática y muy religiosa formada por Mang Seelos y Frances Schwarzenbach. En 1811, con apenas un mes y medio de noviazgo, Mang y Frances se habían comprometido en la iglesia parroquial a amarse de por vida y educar cristianamente a los hijos que Dios les diera. Dios les regaló una docena, 8 mujeres y 4 varones; 3 murieron pronto, tres se casaron, tres permanecieron solteros y tres se hicieron religiosos.

En casa heredó y cultivó Francisco Javier las cualidades y virtudes que siempre lo caracterizaron: actitud positiva ante la vida, paciencia en las adversidades, desprendimiento de las cosas, facilidad para reír, y gusto en tratar con la gente y con Dios. El día concluía siempre con la oración y la lectura espiritual en familia. Durante su infancia, un día en que la madre terminó de leer en voz alta algunos pasajes de la vida de San Francisco Javier, gran misionero del Oriente, el niño Javier exclamó: “Yo quiero ser un Francisco Javier”.

En Füssen había solamente los 6 años de la escuela primera. Parecía imposible pensar en estudios superiores, porque la familia Seelos poseía escasos recursos económicos. El padre era comerciante de ropa, pero las ventas eran cada vez mas reducidas; la situación mejoró un poco cuando asumió el puesto de sacristán. De todos modos no podía financiar los 8 años de la escuela secundaria de sus hijos, pues había que hacerlos en otro lugar.
Ausburgo era la ciudad imperial y tierra de banqueros. Allí residían los Welser, que ayudaron en la expedición de Cristóbal Colón y los Fugger, que financiaron las guerras de Carlos V. Fue allí donde el párroco le buscó al niño Francisco Javier algunos bienhechores que le ayudaran a pagar los estudios secundarios en el Liceo San Esteban.

Fotografía del Beato en sus tiempos de misionero.

Sin ser nunca el primero de la clase, Francisco Javier se preocupaba por el estudio y obtenía buenas notas. En lo que si sobresalía era en deseos de servir y compartir cuanto tenía. Si veía a alguien más necesitado que él, no dudaba en darle las pocas monedas que le quedaban. Entre 1832 y 1839, Francisco Javier tuvo tiempo para estudiar alemán, historia, geografía, matemáticas, religión, latín, griego, hebreo, francés, italiano… y para leer clásicos latinos y griegos. Se encariñó especialmente con un libro: la versión francesa de Don Quijote de la Mancha.

A los 22 años terminó el Liceo. Gracias a sus buenas notas y a la recomendación del consejo Municipal de su pueblo obtuvo una beca en la Real Universidad de Ludwig de Múnich, donde se inscribió en la facultad de Filosofía. Los ratos libres los empleaba en las academias de baile y de esgrima, como era común en los universitarios de la época. Y durante las vacaciones enseñaba a sus hermanas los bailes de la ciudad.

Luego de Filosofía, Francisco Javier pasó a la facultad de Teología. Quería ser sacerdote, pero aun no había decidido donde. En su casa soñaban con verlo en alguna parroquia cercana; solo su padre estaba al corriente de la secreta pasión de Francisco Javier por las misiones en tierras lejanas, pasión alimentada por los relatos misioneros, en especial de los Redentoristas recién llegados a Norteamérica, que solicitaban clérigos deseosos de ir a trabajar entre los emigrantes de lengua alemana.

A comienzos de 1842 escribió al Superior de la Misión Redentorista en América pidiendo su admisión. Pero la carta no tuvo respuesta inmediata. Por ese tiempo la salud de Francisco Javier se resintió y tuvo que pasar tres semanas en el hospital con fiebre alta y delirios. En noviembre del mismo año le llegó la respuesta positiva desde América.

El 17 de marzo de 1843 partía del puerto francés de Le Havre en el barco San Nicolás, junto con 156 pasajeros. También viajaban allí tres veteranos Redentoristas, enviados desde Europa a apoyar el grupo de misioneros que desde 1832 trabajaban en Norteamérica. Del barco San Nicolás se pasó directamente a la casa San Nicolás, que era la residencia de los Redentoristas en Nueva York. Luego Seelos fue enviado a Baltimore, a la comunidad de formación. Allí recibió el hábito Redentorista y empezó su noviciado el 16 de mayo de 1843. Un año mas tarde hacia la profesión religiosa, tercero en América luego de San Juan Nepomuceno Neumann y José Mueller. Estudió por su cuenta seis meses más de Teología y recibió la Ordenación Presbiteral el 22 de diciembre de 1844. Empezaba la misión en una tierra nueva. Aunque las cartas a su familia describen con optimismo estas primeras experiencias apostólicas, se sabe por otras fuentes que fue un aprendizaje duro y difícil. Su inglés dejaba mucho que desear y su teología no había podido ser completa.

Pertenencias del Beato expuestas en una vitrina. Destaca el cilicio, instrumento de penitencia.

En 1845 el Provincial de Bélgica, P. Federico Von Held, hizo una visita a las fundaciones americanas. Una de sus decisiones, además de prohibir los viajes y nuevas deudas, fue el traslado del Padre Seelos a la parroquia de Santa Filomena en Pittsburg, Pennsylvania. Ahí conoció a San Juan Nepomuceno Neumann y pronto se hicieron amigos. En Seelos es evidente el influjo de Neumann. Juntos trabajaron en los ministerios de la parroquia y en las misiones de los caseríos cercanos. Era la época de la construcción del templo y no faltaban las dificultades con grupos fanáticos anticatólicos y las estrecheces económicas.

Cuando Neumann fue trasladado a Baltimore y, luego nombrado Superior de todos los Redentoristas en Estados Unidos, la mutua estima no disminuyó. Un signo fue la decisión de escoger a Seelos como maestro de novicios en septiembre de 1847. En 1859 se creaba la Provincia Americana de los Misioneros Redentoristas, y pocos meses después, a comienzos de 1851, Seelos era nombrado Rector de la Comunidad de Pittsburg.

Seelos comenzó con entusiasmo su servicio como párroco y superior de la comunidad, dando también plena confianza a sus hermanos, en especial al P. Lorenzo Holzer, a quien le confió la dirección de algunas de las obras parroquiales. Sin descuidar la comunidad ni dejar de participar en algunas de las misiones de otras parroquias, se dedicó sobre todo a la animación litúrgica, la predicación, las confesiones, la dirección espiritual y la coordinación de la catequesis. Fue ahí donde sobresalió su espíritu de buen pastor, lleno de energía y prudencia al mismo tiempo. Durante su ministerio como párroco, se multiplicaron los servicios parroquiales y los feligreses: bautismos, comuniones, matrimonio, visitas a enfermos. Todos reconocían su carisma personal, en especial su amabilidad con todos, la razón principal del resurgir de la fe entre los católicos de Pittsburg.

Primer ataúd en que fue enterrado el Beato.

Conviene recordar que en este tiempo de intensa actividad parroquial comenzó con la peor de las noticias: su hermana menor se accidentó y murió; este accidente traumatizo a toda la familia, el papá sufrió un derrame cerebral, y una de sus hermanas casadas comenzó a perder el movimiento y quedó inválida por el resto de su vida. Solo la profunda fe de toda la familia ayudó a salir adelante en tan difícil prueba.

Su intenso y exclusivo amor a Dios no hizo del P. Seelos una persona triste o aislada. Sobresalía precisamente por la capacidad de acogida y comprensión. Muchas personas declararon más tarde que habían encontrado en él un sacerdote celoso, atento, preocupado por los enfermos, de palabra clara y convincente, hombre de oración, feliz en su vocación religiosa, sacerdotal y misionera.

En marzo de 1854 paso Seelos de la parroquia de Pittsburg a la de Baltimore. Se distinguió, una vez mas por su capacidad de acoger personas, de manera especial en el Sacramento de Reconciliación. El Hermano portero sabía que, en la hora de la noche, el párroco era el primero en llegar a la puerta apenas sonaba la campanilla de los enfermos. Se justificaba diciendo que tenía un sueño liviano, pero en realidad pasaba largas horas rezando ante el Santísimo. Una noche fue llevado para atender a una mujer gravemente enferma y al subir por la escalera se percató que estaba en una casa de prostitución. Le explicaron que si era verdad lo de la mujer enferma y siguió adelante. Al día siguiente un panfleto divulgaba la noticia de que un importante sacerdote había sido visto entrando en una casa de dudosa reputación. Cuando alguien le mostró el recorte del periódico, Seelos se rió y dijo: “Déjenlos que chismorreen; yo por mi parte, he salvado un alma”.

Escultura del Beato -pensada para sentarse a su lado- realizada con ocasión del undécimo aniversario de su beatificación.

La animación de la comunidad y las actividades parroquiales ocupaban totalmente su agenda. Seelos cayó enfermo el 7 de marzo de 1857, era un sábado por la noche y estaba confesando, cuando empezó a sentir frio; poco después tuvo el primer vomito de sangre: Pasaron los días sin gran mejoría. Mientras tanto el Padre Poirier, que estaba gravemente enfermo, ofreció la vida para que el párroco se aliviara, y así sucedió. Poirier murió el 18 y al día siguiente Seelos se sintió mejor y cesaron los vómitos de sangre. El medico obligó a Seelos a quedarse en cama todavía por algunas semanas y él lo acepto con la mejor filosofía: “Estoy en el cielo; dichosa enfermedad que me ha permitido recuperar el vigor espiritual y el fervor”. El 28 de marzo, para evitar una caída, el superior Provincial trajo al maestro de novicios, como superior y párroco en Baltimore y trasladó a Seelos al noviciado en Annapolis, a Maryland.

La nueva comunidad estaba compuesta por 4 padres, 8 hermanos coadjutores, y 42 estudiantes. En pocos meses el número de estudiantes llegó a 60, lo que complicó las condiciones de alojamiento y multiplicó el trabajo de Seelos, que se desempeñaba como párroco, Superior de la Comunidad, Profesor de Teología, Dogmática y Exégesis, y Prefecto de estudiantes. No se sabe como encontraba tiempo para todo. Lo cierto es que fue muy apreciado como profesor; estuvo siempre disponible para atender a los estudiantes; nunca perdió la paciencia, mantuvo la serenidad en los tiempos de crisis, predicaba con entusiasmo; convencía con sus conferencias espirituales.

En 1859 y 1852 fue nombrado nuevamente Superior y Prefecto del Seminario Mayor. Y por las crónicas sabemos que también encontraba tiempo para participar en misiones parroquiales.
Desde septiembre de 1863 hasta mediados de 1865, Seelos ejerció el cargo de Superior de Misiones, es decir, responsable de la organización de las misiones itinerantes en diversas parroquias. Regresaba así a su ocupación preferida: la predicación misionera. Aunque hubiera deseado verse libre de la dirección del equipo misionero, pues se sentía más a gusto obedeciendo que mandando.

Dado que en ese entonces la mayoría de los Redentoristas provenían de diversas regiones de Europa y de diferentes tradiciones misioneras, uno de los esfuerzos realizados durante este periodos fue el de llegar a una cierta unanimidad en el método y los contenidos de la predicación misionera en los Estados Unidos. El P. Seelos, con mucha cordialidad y claridad, se preocupó especialmente por moderar los tonos altisonantes y los gestos bruscos de algunos misioneros, que asustaban y apartaban a la gente en lugar de atraerla.

Relicario expuesto con un hueso del Beato.

Las crónicas de las misiones lo presentan predicando en diversos lugares de la franja oriental de Estados Unidos: Missouri, Illinois, Ohio, Pennsylvania, New Jersey, New York y Rhode Island. Se trata de misiones en grandes ciudades y también en pequeñas poblaciones; para comunidades católicas numerosas o para pequeños grupos desorientados; en zonas económicamente florecientes y aéreas prematuramente pobre en aquel entonces. En algunas partes la gente concurría a la misión desde 30 o 40 kilómetros de distancia y no pocas veces hubo que alargar los días de predicación y de las confesiones para responder a las exigencias de la gente. Los frutos fueron siempre mayores a las expectativas.

A comienzos de 1865, durante las misiones se puso delicado de salud y se temió que le repitiera el vómito de sangre. Por eso, en agosto de ese año lo trasladaron a la Parroquia Redentorista de Detroit; pero solo llegó allí a finales de año a causa de sus muchos compromisos previos.

El 26 de septiembre de 1866 entraba Seelos en Nueva Orleans. Había vivido con intensidad sus 48 años, siempre en tensión hacia el Dios del cielo, y ya presentía la muerte. Seelos que venía precedido por una amplia fama de santidad, llegaba como refuerzo especial, ya que podía expresarse en tres lenguas que se usaban en la pastoral: inglés, francés y alemán. En septiembre 1867 se declaró otra epidemia de fiebre amarilla en la ciudad, que mataba diariamente entre 50 y 60 personas. El trabajo de los misioneros se concentró en las visitas a los enfermos y en el consuelo a los sobrevivientes. El día 17, al volver a casa para el mediodía, Seelos sintió que las fuerzas le faltaban.

Aún así, fue a atender a un enfermo y, al volver, a las 3 de la tarde, ya no pudo más y tuvo que ir a la cama. No volverá a levantarse. Su salud que a ratos parecía mejorar, estaba empeorando. Mientras tanto, la casa se volvió un hospital, porque otros tres miembros de la comunidad cayeron gravemente enfermos. Será un duro golpe y un gran ejemplo para los Redentoristas, cuando reciban la noticia del fallecimiento de éstos tres y de Seelos en la misma semana, todos victimas del servicio a los moribundos.

El día 4, en las horas de la tarde, el Rector convocó al resto de la comunidad para rezar en la habitación del Padre Seelos, pues se veía que llegaba el último momento. Se entonaron las oraciones de recomendación del alma, mientras se rociaba agua bendita en la habitación y se acercaba a los labios del moribundo un Santo Cristo o una estampa de la Virgen para que los besara… Al preguntársele si quería que cantara algo, asintió con la cabeza y se entonaron dos de sus melodías favoritas. Entonces su rostro se iluminó y entregó el espíritu al Padre Dios. Eran las 5:45 de la tarde del día 4 de octubre de 1867.

Urna actual donde reposan los restos del Beato.

Los años transcurridos desde la muerte de Francisco Javier Seelos no han cancelado su recuerdo; más bien han servido para darnos la distancia necesaria y poder mirar el cuadro completo de su vida como fidelidad a Cristo en la total dedicación a la obra misionera de la Iglesia. Seelos nos invita a anunciar con él un futuro mejor, un nuevo mundo “sin tristeza ni llanto”

Tacho de Santa María

Bibliografía:
Taller de Profundización: Espiritualidad Misionera Redentorista. Cap. 21
Julio de 2000. San Luís Potosí, S.L.P. México
Cheerful ascetic: The life of Francis Xavier Seelos, C. Ss. R., Michael J. Curley.
New Orleans, 1969.

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